Amigos y enemigos, el futuro toca la puerta

Hernán Alvarado

Hace más de 50 años, Colombia se desangra en una guerra fratricida, cuya espiral de venganzas nutre una violencia desalmada; la guerra de unos, armados, contra todos los demás, desarmados. Pero esa disimula otra más indignante: la violencia estructural, cotidiana, que asegura la desigualdad social. El presidente Biden la acaba de denunciar de manera sencilla, directa y sorprendente: nadie que trabaje 40 horas a la semana merece vivir bajo el umbral de pobreza.

Las enormes manifestaciones en Colombia expresan mucho más que la oposición a una reforma tributaria de por sí retrógrada e inoportuna. Son la cosecha presupuestada, en uno de los países más afectados, de 40 años de neoliberalismo en América Latina. Toda manifestación significa que una realidad injusta se ha vuelto intolerable para muchos y, por eso, siempre será polémica, un sacudón del poder. Ella invoca un futuro desde el presente que trastorna. Cual heraldo del porvenir, anuncia un futuro espectral que cuestiona el orden vigente, el del privilegio; impulsada por un océano de demandas insatisfechas.

Más aún, la manifestación restaura la política, porque actualiza el espacio histórico de la justicia preventiva; de ahí su valor democrático. Aunque una buena gestión política atenuara el conflicto, solo lo transformaría en una nueva oportunidad emancipatoria, y así infinitamente. Por el lado contrario, la represión solo echa más gasolina al fuego. El manifestante, en cambio, habla el mismo idioma, con los mismos gestos y razones, para dos sujetos opuestos. Se dirige a amigos y enemigos, ambos contemporáneos; porque apela a una razón superior, a la convivencia pacífica, indispensable para que los negocios prosperen, para que las sociedades progresen, para que la humanidad se aproxime a su destino. También se ha visto la colaboración, incluso la complicidad, entre manifestantes y policías.

Esta manifestación en Colombia cuenta con la determinación de miles de jóvenes sin futuro, o sin más futuro que la esclavitud en un sistema que beneficia solo al 1% de la población. Parece un manifiesto firmado por millones de personas anónimas de todos los sectores, de todas las regiones, que se saben Pueblo y exigen respeto a quienes ellos mismos pagan. Discurso multívoco, tejido de múltiples voces y colores, que denuncia, en primer lugar, la represión brutal de manifestaciones pacíficas, supuestamente protegidas por la Constitución de la República. Las imágenes que circulan por todo el orbe son alarmantes. Dejan claro que una policía que sale armada lo que busca es violentar la manifestación. Colombia confirma hoy que muchas «democracias» son de papel, alegorías demagógicas, incluso distópicos encubrimientos de gobiernos dictatoriales; incapaces de cumplir, por lo demás, con la función básica de un Estado, cual es la seguridad de todos y no solo la de los más ricos propietarios.

Entonces, cabe primero un respetuoso y adolorido minuto de silencio por las decenas de caídos (36 y contando), porque la mayoría, si no todos, eran jóvenes; como Lucas Villa, instructor de Yoga y amante de la paz, quien recibió ocho disparos en el cuerpo. Lo que equivale a decir que se ha cercenado, con cada uno y cada una de ellos, el futuro de la patria. Nadie tiene derecho a segar así el futuro de la humanidad. Un gobierno que se vanaglorie o que no se avergüence de semejante atropello merecería ser depuesto y enviado al infierno del olvido con un rótulo en el pecho que dijera: «macho violador». Por eso los trinos del «Matarife», no solo deben ser borrados; deben servir para demandarlo ante las Cortes internacionales, como se ha propuesto hacer el senador Iván Cepeda.

Ha sido triste e indignante ver las noticias de terror que provienen de esa tierra querida, contra un pueblo que lleva el arte y la alegría en las venas, volcados ahora mismo en las calles. Casi no se puede creer que una policía militarizada dispare contra una juventud desarmada, sacrificándola en el altar de la brutalidad, como solo ocurriría en un narco Estado. Mientras tanto la respuesta del presidente es militarizar las ciudades, sin escuchar el coro del mundo que le grita ¡No!. Muy fallido ha de ser ese Estado, donde la policía, hasta disfrazada de civil, masacra a los habitantes que tiene el deber de proteger, mientras se muestra indolente ante el asesinado sistemático de líderes sociales.

Otra vez, el presidente comienza hablando con todo el mundo, menos con los manifestantes, mientras el país entero se le incendia y desangra frente a sus propias narices. En vez de hablarle a los jóvenes y ofrecerles diálogo y educación. Lo mismo que debiera hacer con los demás manifestantes; para que haya paz, para ralentizar el contagio, para que se recupere el país. Porque ¿qué sentido tiene polarizar una situación de gobierno contra pueblo y viceversa, a quién le sirve eso? A los mismos de siempre, a los que obtienen su rédito político del pavor que causan en la gente.

En Colombia, dicho sin ambages, el principal problema se llama «mal gobierno», uno que obedece a un «Centro» que de «democrático» solo tiene la fachada. El gobierno, en vez de traer la mejor solución a la mesa, se ha convertido en el principal obstáculo. Allá, ese «Centro democrático» ha ocupado el ejecutivo y asegurado el dominio del Senado, secuestrando además a las instancias de control institucional, por ejemplo, la Fiscalía general, con lo que ha configurado un Estado indivisamente totalitario que hoy cierra filas alrededor de su «presidente eterno». ¿Y para qué ese poder omnímodo, centralizado, si él nunca ha tenido nada que ofrecer al futuro del pueblo colombiano, salvo la defensa sangrienta del estatus quo, cual fiel guardián de un pasado que más bien habría que enterrar?

Manejar mal la pandemia no es excusable, pero se pudo haber disimulado. Pero manejar mal los tiempos de la patria, dispararle directo a los ojos, abusarla sexualmente (se habla de 10 casos documentados) y aplastarle los sueños más caros con cada uno de sus hijos e hijas agredidos, es imperdonable y torna ilegítimo el monopolio de la violencia en manos del Estado. De ese tamaño ha llegado a ser la estupidez política allá. Pocos podrán vanagloriarse de un gobierno así, manchado desde el principio, entre otras cosas, por la donación de votos comprados por parte de sus amigos del narcotráfico. Y todavía hay quien tiene el descaro, y la cobardía, de tele dar órdenes de matar a discreción. Instrucciones precisas para las «Águilas negras» que complementan la acción salvaje e ilegal de algunos cuerpos represivos del Estado, siguiendo la instrucción neo-nazi de «disipar» la inventada «revolución molecular».

La esperanza es, entonces, que esto sea el final del uribismo y su historia de terror, la que sigue esperando, en la impunidad, un juicio por más de 6,000 personas inocentes asesinadas por el ejército para cumplir con los indicadores de resultado de un gobierno homicida («falsos positivos»). Así que el fantasma del futuro ha llegado a Colombia y viene con su daga afilada y su furia ancestral, entre cantos, tambores, bailes y banderas, a cobrar las deudas de la barbarie, al pasado de la humanidad. No es casual, entonces, que los jóvenes estudiantes de la Universidad de Nueva York recogieran más de 1,800 firmas para impedir la visita de Álvaro Uribe Vélez; a quien terminaron dejando solo en su Webinar, desconectándose uno por uno, hasta cerrarle la boca, ofreciéndole un trato de vil dictador; típico final de este tipo de personaje.

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