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“Comunista”

Por Juan Carlos Cruz Barrientos

Cuando el poder deja de convencer, empieza a etiquetar. Y en ese gesto, convierte palabras en armas y el lenguaje en campo de batalla.

En la política contemporánea, figuras como Donald Trump, Javier Milei y Rodrigo Chaves han convertido términos como “comunista”, “zurdo” o “izquierdista” en instrumentos de combate. No son categorías analíticas ni definiciones ideológicas rigurosas: son etiquetas diseñadas para simplificar, estigmatizar y deslegitimar al adversario.

La historia demuestra que este recurso no es nuevo ni inocente. El señalamiento de “comunista” ha servido como antesala de la violencia. Los ejemplos abundan, pero aquí hay algunos: Maximiliano Hernández Martínez lo utilizó para justificar la masacre de más de 30 mil indígenas en 1932; Adolf Hitler lo integró en su cruzada anticomunista durante la Segunda Guerra Mundial; Augusto Pinochet lo convirtió en argumento para la represión, la desaparición y el asesinato sistemático, como también ocurrió con las dictaduras argentinas tras el golpe de 1976.

Hoy, en pleno siglo XXI, el término “comunista” funciona como un significante vacío. Puede designar a un sindicalista, a un senador demócrata estadounidense, a una feminista, a un ambientalista o a una lideresa indígena. Su función no es describir, sino despojar de legitimidad cualquier crítica que incomode.

Nombrar al adversario como “comunista” no explica lo que es: define cómo debe ser tratado.

Algo similar ocurre con la etiqueta de “terrorista”. Su uso indiscriminado deshumaniza y simplifica. Una vez aplicada, borra matices y convierte demandas de soberanía, autodeterminación o justicia en amenazas contra la seguridad, la paz, la nación. Así, la violencia pasar dominio exclusivo de los adversarios, combatirles no es cuestionado, es más bien un imperativo, una necesidad.

Lejos de ser un simple exceso retórico, este tipo de lenguaje forma parte de una disputa más profunda. Como advertía Antonio Gramsci, el poder no se sostiene solo por la fuerza, sino por su capacidad de construir sentido común: esa trama de ideas y percepciones que hace que el mundo parezca “natural” e incuestionable.

En ese terreno, el lenguaje es decisivo. Durante décadas, instituciones educativas, religiosas y mediáticas han contribuido a fijar asociaciones automáticas: “comunista” como amenaza, “terrorista” como enemigo absoluto. El resultado es una reacción casi refleja: la etiqueta sustituye al análisis.

Cuando la etiqueta reemplaza al argumento, la democracia empieza a vaciarse.

En contextos de crisis o de disputa política intensa, este mecanismo se vuelve más visible. Cuando el consenso se resquebraja, se intensifica la lucha por el sentido. Es allí donde estas etiquetas operan como herramientas en una verdadera “guerra de posiciones”: una confrontación menos visible que la fuerza directa, pero decisiva en la construcción de legitimidad. Etiquetar en ese contexto, es fijar fronteras. No solo se define quién tiene razón, sino quién merece ser escuchado… y quién no. Y más aún, quién merece ser destruido sin que medie ninguna otra explicación.

El uso sistemático de epítetos como estos revela, en última instancia, una fragilidad. Cuando un proyecto político necesita recurrir a la estigmatización constante, lo que evidencia es su dificultad para sostenerse en la argumentación y en la persuasión. En lugar de convencer, busca alinear; en lugar de debatir, intenta clausurar.

La disputa por el lenguaje no es secundaria. Es parte del conflicto político central. Porque allí donde etiquetar sustituye al debate, lo que está en juego no es solo una palabra, sino la capacidad de una sociedad para pensarse a sí misma, deliberar y decidir en libertad.

Fahrenheit 911…OTRA VEZ

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

En una producción de 2004 dirigida por el cineasta Michael Moore se explicaban las razones subyacentes de los ataques a las torres gemelas tres años antes, las relaciones entre los entornos familiares de Osama Bin Laden y George Bush, así como las verdaderas intenciones comerciales y financieras tras las guerras de Estados Unidos contra Afganistán e Irak.

En la introducción del documental Moore habla con ironía sobre los países “aliados” de Estados Unidos, entre ellos Costa Rica, a la que le dedica carcajadas de humor al ridiculizarla como una de las grandes potencias en la industria de la guerra, mostrando de fondo una carreta típica.

Eran los inicios de un intenso, extraño y contingente siglo XXI. Un siglo en el que el país ha ido perdiendo proyecto, visión de futuro, fuelle diplomático. Esto último sin lugar a dudas ha convertido a Costa Rica en un simple e insignificante punto en el mapa en la distribución de poder desarrollado por Donald Trump y el emporio económico y simbólico que lo acompaña a escala planetaria, incluido el más terrorífico de los encuentros de los fascismos y autoritarismos del presente.

Como si no estuviera devaluada ya la imagen del país a escala internacional, la teatralización de los vínculos Washington-Zapote nos ha dejado en la perplejidad, esperando por la nueva edición de un documentalista que venga a reírse de nuevo en nuestras caras.

Hace pocos días Costa Rica fue uno de los 16 países firmantes junto a Estados Unidos del principio de “paz mediante la fuerza” para el hemisferio occidental. Se queda uno pensando en la paradoja más que en la contradicción y el por qué aparecemos en esa vergonzosa foto de familia.

Como si no bastara el gancho semiótico con que Trump ha “rejuntado” a sus amigos y les ha tirado del brazo para que le apoyen en medio de una escalada de violencia global propiciada por su gobierno y otros gobiernos ahí sí que aliados, mientras escribo estas notas los medios digitales informan sobre la presencia del presidente y su ministra de la Presidencia en la lacónica “Cumbre escudo de las Américas” convocada por Trump, en la que se “analizarán estrategias conjuntas de lucha contra el narcotráfico y la inseguridad”.

No tengo más palabras que agregar. El chiste se cuenta solo.

Pensar en tiempos de la inteligencia artificial: una preocupación humanista

José Rafael Quesada / pressenza

Vivimos una época paradójica y compleja. Nunca antes la humanidad había tenido tanto acceso a información, herramientas de análisis y tecnología avanzada como hoy; sin embargo, asistimos a una disminución preocupante del pensamiento crítico, de la reflexión profunda y de la capacidad de escucha. Se lee menos, se estudia menos, se dialoga menos y se reacciona más. En este contexto reducido, la inteligencia artificial y la llamada “singularidad tecnológica” aparecen como una promesa ambigua: pueden ampliar la conciencia humana o, por el contrario, adormecerla.

El riesgo no reside únicamente en la tecnología, sino en la actitud que adoptamos frente a ella. El “scroll infinito”, la sucesión incesante de estímulos, noticias, videos y opiniones erosiona silenciosamente nuestra capacidad de concentración y de elaboración propia del pensamiento. El tiempo que antes destinábamos a reflexionar hoy se diluye en una corriente continua de consumo pasivo.

Como advertía Isaac Asimov, “el verdadero peligro no es que las computadoras empiecen a pensar como los hombres, sino que los hombres empiecen a pensar como computadoras”. Una frase escrita décadas antes del auge de la IA, pero inquietantemente actual.

La dificultad de pensar(se)

A este fenómeno se suma un elemento más profundo e incómodo: la dificultad personal para ejercer la autocrítica. Pensar críticamente no solo implica cuestionar el mundo exterior, sino también aceptar la incomodidad de revisar nuestras propias ideas, escuchar objeciones y reconocer límites.

Vivimos una expansión de la opinión sin reflexión, una acriticidad activa en la que el pensamiento se vuelve identitario y defensivo. La inteligencia artificial, en este contexto, puede convertirse en una prótesis peligrosa si sustituye —en lugar de potenciar— el esfuerzo humano de pensar.

Arthur C. Clarke lo expresó con lucidez al afirmar: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. El problema surge cuando aceptamos esa “magia” sin comprensión, sin preguntas y sin conciencia de sus efectos sobre nuestra forma de pensar.

Tecnología, conocimiento y conciencia

La ciencia ficción ha sido, en realidad, una gran escuela de pensamiento crítico. No por anticipar tecnologías, sino por obligarnos a pensar en sus consecuencias humanas, culturales y éticas.

En ese sentido, la obra de Liu Cixin aporta una perspectiva fundamental desde otra tradición cultural e histórica. En El problema de los tres cuerpos y el resto de la trilogía, el autor introduce una idea clave: la fragilidad de la civilización.

Como señala Liu Cixin: “En el universo, la supervivencia de una civilización depende de su capacidad para comprender su propia fragilidad”. Esta frase desplaza el foco desde el poder tecnológico hacia la conciencia histórica y colectiva.

La nueva desigualdad: quienes pueden pensar y quienes no

Junto con la caída de las grandes ideologías del siglo XX, asistimos al aumento de desigualdades tradicionales y al surgimiento de una nueva brecha silenciosa: la desigualdad cognitiva. Ya no se trata solo de ingresos o acceso a tecnología, sino de acceso al pensamiento.

Hay personas que nacen en contextos donde el tiempo para pensar, estudiar y reflexionar existe; y otras que nacen en condiciones donde la supervivencia inmediata impide el desarrollo del pensamiento crítico. Esta nueva desigualdad separa a quienes pueden comprender el mundo de quienes solo lo padecen.

Asimov advertía algo esencial para este punto: “La autoeducación es, creo firmemente, la única forma de educación que existe”. Cuando las condiciones sociales niegan esa posibilidad, la desigualdad se vuelve estructural y profunda.

El deber humanista en esta época

En este escenario, definirse como humanista no es una postura moral abstracta, sino una responsabilidad histórica. Ser humanista hoy implica trabajar activamente para democratizar el acceso al pensamiento crítico, defender el derecho a comprender, a preguntar y a disentir.

Implica también crear prácticas concretas —educativas, culturales, comunitarias y tecnológicas— que devuelvan a las personas la capacidad de pensar por sí mismas. La inteligencia artificial puede ser una aliada poderosa si se utiliza para ampliar la conciencia humana y no para reemplazarla.

El verdadero desafío no es estar “a la altura” de la inteligencia artificial, sino estar a la altura de lo humano. Porque el futuro no se jugará únicamente en la velocidad de las máquinas, sino en la profundidad de nuestra conciencia, nuestra capacidad de autocrítica y nuestra voluntad de no renunciar al pensamiento.

Publicado en https://www.pressenza.com/es/2026/01/pensar-en-tiempos-de-la-inteligencia-artificial-una-preocupacion-humanista/ y compartido con SURCOS por el autor.

El Verbo se hizo fragilidad

Pbro. Glenm Gómez Álvarez

Hay un momento en que la palabra, aun siendo verdadera, no basta. No porque carezca de sentido, sino porque ha sido desgastada y despojada de consecuencias. Se pronuncia, se repite, se promete … pero circula sin riesgo, sin responsabilidad. Se habla demasiado y la realidad permanece intacta.

Por eso la Navidad no comienza con una idea nueva o un discurso brillante, sino con un gesto radical: “el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14). La Palabra dejó de ser sonido para volverse vida; dejó de flotar en el aire para mostrarse en la fragilidad de un niño. No se hizo argumento. No se hizo doctrina. No se hizo explicación. Se hizo carne. Y al hacerse carne, se hizo también debilidad, fragilidad y dependencia.

La encarnación interrumpe la lógica de la retórica vacía y devuelve a la palabra su peso, su riesgo y su responsabilidad. En el pesebre, Dios no habla desde arriba: se compromete desde abajo, con un cuerpo que necesita cuidado, con una vida que reclama abrigo.

Nuestra fe no es teoría ni reglamento: surge por alguien que se cruzó en el camino: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1).

Vivimos un tiempo particularmente saturado de palabras. Más aún, en contextos electorales como el nuestro, el lenguaje se vuelve arma, espectáculo, mercancía. Se exagera, se grita, se simplifica. La palabra deja de servir para comprender y se usa para dividir, desacreditar, imponer. Se habla sobre la gente, pero rara vez desde la gente. Se promete sin intención de cumplir y se acusa sin voluntad de reparar.

A veces, además, el discurso se vuelve deliberadamente burdo. No por descuido, sino por cálculo. La grosería se confunde con franqueza, la descalificación con valentía, el atropello verbal con autenticidad. Como si degradar la palabra fuera una forma legítima de ejercer poder. Como si decir, sin medir consecuencias, fuera una prueba de verdad.

Frente a ese clima, la Encarnación es reclamo. Porque recuerda que la palabra verdadera no se impone ni se grita; se encarna. No humilla; se expone. No se protege tras un consenso fabricado; asume el costo.

El Verbo no se quedó en el decir. Dio un paso que desarma todo criterio de dominación: aceptó el límite. Un cuerpo que se cansa, que tiembla, que necesita ser cargado. Un cuerpo vulnerable. Dios no eligió la omnipotencia del discurso; eligió la precariedad de la presencia.

Por eso la verdad ya no se valida por lo que se afirma, sino por lo que se muestra. “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9). Dios se vuelve visible en un modo de estar, de relacionarse, de tocar, de mirar. Antes que palabra pronunciada, la revelación es cuerpo entregado.

La Navidad no celebra, entonces, el exceso de palabras, sino su límite. Marca el punto en que el lenguaje, para no convertirse en justificación, debe asumir consecuencias. No todo se resuelve hablando. Hay dolores que no se entienden, se acompañan. Hay injusticias que no se corrigen con diplomacia. Hay cansancios que no necesitan discursos, sino cuidado.

La Encarnación incomoda porque nos expone. Nos obliga a revisar cuánto de nuestra palabra está dispuesta a perder comodidad para ganar verdad. Cuánto está dispuesta a renunciar a la estridencia para volverse responsable. Cuánto está dispuesta a hacerse cuerpo para no seguir siendo ruido.

El Verbo se hizo carne. Se dejó cargar. Se dejó envolver. Se dejó herir…

Y quizá ahí esté la pregunta más exigente de la Navidad —también para nuestra vida pública—: ¿Qué forma de vida me exige soltar el discurso que ya no sostengo con hechos?

La fe no se instrumentaliza: Un llamado desde la Navidad

Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista

La Navidad es, siempre, una invitación a pensar. La encarnación —el misterio de Dios hecho hombre— ilumina nuestra mirada sobre la vida, al incorporar en nuestra historia una lógica distinta, hecha de cercanía, de verdad y de misericordia. Cuando el Evangelio proclama: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14), afirma algo decisivo: Dios entra en nuestra experiencia humana sin reservas, comparte nuestra fragilidad y camina con nosotros en lo cotidiano.

Esa presencia cambia la forma de estar en el mundo porque nos enfrenta a una verdad imposible de eludir: si Dios tomó en serio la condición humana, nosotros no podemos vivirla con superficialidad. La encarnación nos recuerda que el poder se ejerce de otro modo, que la dignidad de cada persona es inviolable y que nuestras relaciones solo encuentran sentido cuando se construyen desde la responsabilidad y el cuidado mutuo.

Este marco resulta especialmente pertinente en Costa Rica, en medio de un proceso electoral que pone a prueba nuestra convivencia social. En momentos así, cuando proliferan interpretaciones interesadas de Jesús y de su mensaje, la Navidad nos llama a volver a su verdad. Desde esa claridad, se abre un espacio para discernir con más lucidez: cuidar la dignidad de la palabra, fortalecer la transparencia en nuestras relaciones y sostener la esperanza compartida que hace posible la vida en común.

En ese discernimiento emergen dos tentaciones recurrentes: La primera es la neutralización simbólica, frecuente en ciertos discursos progresistas. No rechazan a Jesús, pero lo diluyen: lo presentan como un humanista inofensivo, compatible con todo y, por lo mismo, exigente con nada. Un Jesús culturalmente cómodo, siempre que no cuestione ni incomode. Es un Jesús “sin encarnación”: estético, no transformador.

La segunda tentación aparece en algunos discursos de quienes se autoproclaman “conservadores”. Realizan la operación contraria: la apropiación. Se adjudican una custodia exclusiva de Jesús y lo convierten en un arma cultural, como si defender la fe fuera equivalente a defender su propia agenda ideológica. Se proyectan como cruzados modernos, convencidos de que proteger el Evangelio es lo mismo que proteger sus posiciones. Es un Jesús “militante”: útil, pero distorsionado.

Ambos movimientos —la neutralización y la apropiación— comparten un mismo error epistemológico y espiritual: buscan que Jesús legitime una agenda previa. Pero la encarnación no respalda ideologías: las desborda. No se alinea con progresistas ni con conservadores: confronta a ambos. Y no permite convertir el discurso religioso en munición retórica sin degradarlo en el proceso.

Conviene hacer una aclaración necesaria: no se trata de expulsar el Evangelio de la conversación pública. De él brotan implicaciones éticas profundas, con consecuencias humanas y sociales que interpelan por igual a todos. La dignidad de la persona, el bien común, la opción preferencial por los pobres, la solidaridad, la subsidiariedad, la justicia, la paz y el cuidado de la creación no pertenecen a la derecha ni a la izquierda; pertenecen al Reino.

Pero una cosa es dejarse iluminar por el Evangelio, y otra muy distinta pretender domesticarlo para que respalde nuestras posiciones. La Navidad, con su sobriedad y su lenguaje de humanidad concreta, nos recuerda precisamente eso: que Jesús no es un argumento, sino una persona; que su palabra no es un arma, sino un llamado; que su presencia no respalda trincheras, sino que las relativiza.

En el país se habla mucho de unidad —es la consigna de moda—, pero esa unidad es inviable mientras Cristo, el único capaz de sostenerla, sea reducido a una pieza más dentro de un tablero que solo pretende ganancias. Quizá ahí radique la mejor contribución que la Navidad puede hacer a la conversación pública en plena campaña: recordarnos que la fe no es un instrumento de persuasión, sino una verdad que interpela a todos por igual.

Diálogos por la democracia y los derechos humanos: convocatoria abierta para este 2 de diciembre

Para este 2 de diciembre se propone un espacio abierto de reflexión y análisis sobre los desafíos actuales que enfrenta Costa Rica en materia democrática y de derechos humanos. La actividad, titulada “Diálogos por la democracia y los derechos humanos”, se realizará el martes 2 de diciembre, de 5:00 p. m. a 8:00 p. m., en el Café Kracovia, ubicado en el Hotel Ave del Paraíso, San Pedro de Montes de Oca.

El encuentro reunirá a personas investigadoras, docentes y autoras que abordarán procesos políticos, legislativos y sociales que atraviesa el país. La actividad incluye:

  • Presentación del libro “Nuevas cartografías para comprender la Costa Rica del siglo XXI”, a cargo de Carolina Sánchez y Carlos Sandoval.
  • Balance del Informe del Programa Estado de la Nación, a cargo de Leonardo Merino.
  • La agenda legislativa de la extrema derecha en Costa Rica, presentada por María Eugenia Román.
  • Entrega del libro “Pensamiento crítico, totalitarismo del mercado y extrema derecha. Franz Hinkelammert, in memoriam”, presentada por Norman Solórzano.

La actividad es organizada por tres organizaciones comprometidas con la promoción del pensamiento crítico y la defensa de los derechos humanos:

  • Fundación Rosa Luxemburg
  • Voces Nuestras
  • Instituto de Estudios Sociales en Población (IDESPO) de la Universidad Nacional

La invitación es abierta al público interesado en comprender los retos que enfrenta la institucionalidad democrática costarricense, así como en promover espacios de diálogo informados y plurales.

Bukele y el ascenso de la derecha autoritaria en El Salvador: claves para comprender sus riesgos y aprendizajes para Costa Rica

Seminario UNA: Jornadas por la democracia y los derechos humanos

En el marco del seminario de la UNA “Jornadas por la democracia y los derechos humanos”, cuya actividad pública del 27 de noviembre debió suspenderse por razones de seguridad institucional, compartimos el análisis central preparado por el académico salvadoreño Carlos Molina Velásquez. El documento completo —Bukele y el ascenso de la derecha autoritaria en El Salvador: lecciones para Costa Rica— ofrece una reflexión profunda sobre las condiciones que permitieron el surgimiento del régimen autoritario de Nayib Bukele y los aprendizajes que otros países, incluido Costa Rica, deben considerar ante el avance regional de los autoritarismos.

A continuación, un resumen de los contenidos expuestos por el autor.


1. Cómo surgió Bukele: condiciones políticas previas

Molina explica que Nayib Bukele inició en la política local bajo la bandera del FMLN, combinando elementos de marketing digital, liderazgo juvenil, una cuidada imagen pública y posiciones reformistas ambiguas. Aunque sus gestiones como alcalde tuvieron resultados limitados, logró proyectarse como la única figura “capaz de transformar la política”, especialmente en un contexto donde amplios sectores estaban desencantados con los gobiernos tradicionales.

La descomposición institucional previa fue decisiva: corrupción generalizada, descrédito de la función pública, vínculos de actores estatales con el crimen organizado y el desgaste de los principales partidos políticos —ARENA y FMLN— facilitaron la aparición de un liderazgo percibido como una ruptura radical.

2. El rol de las izquierdas y del movimiento social

Una parte de la militancia del FMLN migró hacia Bukele ante la frustración por la falta de renovación interna. Otras izquierdas sociales —feministas, ambientalistas, sindicales, organizaciones de derechos humanos— vieron en él una opción “progresista” frente al desencanto acumulado, más por rechazo al FMLN que por claridad programática.

El movimiento social llegó fragmentado y debilitado a este giro histórico, tras años de tensiones y divisiones generadas por las políticas neoliberales adoptadas por gobiernos autoproclamados de izquierda.

3. Economía, remesas y narrativa tecnológica

El texto señala que la economía salvadoreña —dependiente de las remesas y con sectores productivos debilitados— fue terreno fértil para las promesas de modernidad financiera que impulsó Bukele, como el bitcoin. Esta narrativa encontró eco en una población que por décadas ha sostenido su economía familiar gracias a ingresos externos y que ve en el éxito financiero un horizonte posible, aunque incierto.

4. Pandillas, crimen organizado y Estado de excepción

Las maras habían consolidado un control territorial amplio y una presencia violenta en zonas urbanas y suburbanas. Bukele negoció inicialmente con las pandillas —como gobiernos anteriores—, pero luego emprendió una intervención militarizada que suspendió garantías constitucionales y extendió un Estado de excepción permanente.

Aunque la criminalidad disminuyó en cifras oficiales y muchas comunidades experimentaron alivio frente a la violencia, miles de personas inocentes fueron detenidas, asesinadas o desaparecidas, y el aparato represivo se consolidó como herramienta central de gobierno.

5. Desmantelamiento del Estado de derecho

Desde 2021, Bukele consolidó un control total sobre los poderes del Estado: sustituyó magistraturas, suspendió el habeas corpus y promovió una “legalización de la ilegalidad” mediante la reserva o bloqueo de información pública, deuda opaca, opacidad en la gestión de la pandemia y debilitamiento de los controles democráticos.

El régimen se sostiene mediante:

  • culto a la personalidad,

  • partido único de facto,

  • eliminación de contrapesos,

  • persecución del pluralismo político,

  • control militar de la vida pública,

  • economía concentrada en la familia presidencial,

  • desinformación masiva y manipulación emocional.

6. Fascismo neoliberal y enemigo interno

El académico clasifica el régimen como fascismo neoliberal, caracterizado por:

  • culto mesiánico al líder,

  • vaciamiento de la representación democrática,

  • construcción de enemigos cambiantes (partidos, maras, periodistas, ONG, organismos internacionales),

  • criminalización de la pobreza como categoría política,

  • movilización emocional basada en el odio y la “deshumanización del otro”.

La narrativa del “enemigo” se ajusta según la coyuntura y sostiene una maquinaria de persecución que afecta especialmente a comunidades empobrecidas.

7. Ataque a los derechos humanos

Basado en análisis de Franz Hinkelammert, Molina plantea que la política de Bukele constituye una “metafísica de la inhumanidad”, donde los derechos humanos se presentan como obstáculos irracionales que deben ser sacrificados por la “seguridad” y la “medicina amarga”.

El régimen no oculta su desprecio por los derechos humanos: los muestra como instrumentos contra el pueblo y reivindica la violencia estatal como mecanismo legítimo de ordenamiento social.

8. ¿Puede replicarse el modelo en Costa Rica?

El autor concluye que el modelo puede inspirar intentos en otros países, pero depende de condiciones muy particulares. La tarea para Costa Rica, afirma, no es caer en el triunfalismo ni en el fatalismo, sino mantener una vigilancia activa sobre:

  • debilitamiento institucional,

  • erosión del pluralismo,

  • ataques a la prensa y a la independencia judicial,

  • uso político de la desinformación,

  • discursos de odio,

  • militarización simbólica y real,

  • concentración de poder en el Ejecutivo.

El mensaje final es una invitación al análisis responsable, la organización colectiva y la acción solidaria para impedir que derivas autoritarias puedan arraigarse en el país.


Descargar el documento completo

El texto íntegro de la exposición puede descargarse aquí:
https://surcosdigital.com/wp-content/uploads/2025/11/Bukele-y-el-ascenso-de-la-derecha-autoritaria-en-El-Salvador.pdf

Lo que escribe el odio

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

Hace algunas semanas fue publicado en España el resultado de un año de seguimiento en redes sociales a los discursos racistas que permean sus contornos.

Es cierto. Detrás de una opinión que no es simple, se vierten los contenidos más espurios de ataque a las personas en razón de su nacionalidad, color de piel, identidad.

Le correspondió esta vez al atacante Lamine Yamal recibir calificativos como “moro de mierda” o “Mena”, según el Observatorio contra el racismo y la xenofobia de aquel país europeo. En el último año el jugador barcelonés concentró el 60% de los insultos racistas.

El otro jugador receptor de tales agravios es el brasileño Vinicius JR, contra quien incluso se han proferido insultos que han llegado a detener partidos y expulsar a quienes lanzaron los gritos desde las graderías.

Para que tengamos una dimensión real del significado del racismo hacia Yamal, la palabra “Mena” fue instrumentalizada por la derecha española para hacer referencia a cualquier persona con aspecto magrebí.

Ya su uso empezó a descuadrarse al vincular a los Menores Extranjeros No Acompañados que llegaban a países como España, Francia e Italia con peligro y delincuencia.

Rápidamente, como suelen ser las ideas del radicalismo de derecha, su significado alcanzó connotaciones racistas que pronto abordaron las canchas de fútbol.

Lo que el odio escribe y pregona es la barbarización del otro hasta restarle su humanidad. En tiempos donde justamente la humanidad vive uno de sus períodos más complejos, estos discursos deben ser erradicados y restados en su poder. Empezar por ejemplo a negarlos, eliminarlos como opción para que no vuelvan a tener espacio en ningún lugar con resonancia.

Esa es la tarea.

Un país que ya (casi) no existe

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

Parafraseo al gran Roque Dalton en esta columna. Lo hago desde el más absoluto de los miedos sobre lo que somos y estamos a punto de llegar a ser. “País mío no existes”, dice Dalton con gran elocuencia.

Tiene razón.

Si con la narrativa del odio politico y a la institucionalidad democrática no nos fuera suficiente, quedan aún otras formas de legitimar la desigualdad cultural, exhibir un racismo solapado en una supuesta comunidad de iguales que ya no lo es más. Non existe más.

La semana anterior se conoció de un mensaje puesto en circulación en redes sociales que a la letra decía lo siguiente: “Necesito recolectores de café, si alguien tiene indios desocupados le agradecería que me lo preste para avanzar y no se caiga el café”.

A todas luces, la subjetividad que aquí se dibuja es una subjetividad negada, cosificada, mercantilizada. Este discurso no es casual en un país (que ya casi no queda) en el que el otro continúa siendo menguado en razón de su origen, etnia y color de piel.

Por otro lado, la subjetividad que enuncia se ampara en siglos de exclusión, hegemonía blanca, poder cultural.

En el contexto de pandemia la situación de la recolección de café fue un tema central que hizo emerger la importancia de las manos recolectoras provenientes de Panamá y Nicaragua. Ante el cierre de fronteras, los productores nacionales apelaron a convocar a la mano de obra nacional con un éxito reducido.

Pero entonces, como ahora, el reconocimiento al otro se estructura sobre la base de su rol económico, nunca como subjetividad y colectividad sociocultural.

En una época en la que el escenario de la confrontación y la descalificación oficial a los contrarios está pautado, estas narrativas racistas constituyen una más de las vergüenzas que nos tocó escuchar.

“Antes creía que solamente eras muy chico que no alcanzabas a tener de una vez Norte y Sur, pero ahora sé que no existes y que además parece que nadie te necesita”. Dice Roque en su texto. Yo creo ciertamente que hemos perdido ese país y que para encontrarlo toca, una vez más lo declaro, refundarnos desde el fondo.