Este sábado 10 de octubre, a las 10 de la mañana, frente al Edificio Metálico, el Comité Antifascista Costarricense Italiano nos convoca al homenaje al héroe y mártir antifascista costarricense, el doctor Carlos Luis Collado Martínez, brutalmente asesinado por el nazifascismo en esa fecha, en 1944, en Italia.
En momentos en que el neofascismo se expande de nuevo por nuestras tierras latinoamericanas y otras partes del planeta, con su lenguaje de odio y violencia, este llamado a reunirnos y a no olvidar el pasado no podría ser más actual y urgente. El capitalismo, ahora neoliberal, en su decadencia, recurre a la ya conocida táctica fascista: la demonización de toda aquella persona que se le oponga y el llamado a su destrucción. Ante esta realidad, no tenemos otra opción que organizarnos y mostrar que no tenemos miedo. Mostrar que no tememos, en una Costa Rica que vemos degradarse.
Muy oportuna y acertada es la decisión de honrar también a una mujer partisana, en la figura de la mártir Virginia Tonelli. Sin la participación y el sacrificio de millones de mujeres, no hubiera sido posible vencer al fascismo.
Hoy, en pleno 2026, el ejemplo heroico de personas que no dudaron en poner en peligro y ofrendar sus vidas, como Carlos Luis Collado Martínez y Virginia Tonelli, nos llama a manifestarnos. El peor error sería tratar de escondernos, tolerar la situación actual y en un futuro decir: «No protesté, preferí guardar silencio», cuando ya era demasiado tarde (Martin Niemöller).
El Comité Antifascista Costarricense Italiano invita a la conmemoración «Il partigiano Collado», un homenaje al médico costarricense Carlos Collado Martínez, a quien la organización reconoce como héroe y mártir antifascista. La actividad se realizará el sábado 10 de octubre de 2026, a las 10:00 a. m., en el Jardín de Paz, frente al Edificio Metálico, en San José.
El encuentro está abierto a todo público e incluirá música, pintura en vivo, poesía e historia. El Comité extiende la invitación a las personas antifascistas y antisionistas, y en general a quienes deseen honrar a las víctimas del fascismo y del neofascismo actual.
Homenaje a las partisanas: Virginia Tonelli
La actividad también rendirá homenaje a las mujeres partisanas, en la figura de Virginia Tonelli. Nacida en 1903 en Castelnovo del Friuli, en el nordeste de Italia, en una familia humilde, comenzó a trabajar a los 11 años como aprendiz de costurera tras la muerte de su padre. Más tarde trabajó en el cuidado de personas enfermas en un hospital infantil de Venecia.
Bajo la dictadura de Benito Mussolini, en 1930 se incorporó a la organización clandestina del Partido Comunista Italiano. En 1933 emigró a Tolón, en Francia, donde su casa se convirtió en refugio para personas exiliadas y antifascistas que circulaban entre Francia, Italia y España. Regresó a Italia a inicios de 1943 y, tras la ocupación alemana, pasó a la clandestinidad con el nombre de combate de «Luisa». Organizaba reuniones secretas, transportaba documentos, recaudaba fondos y distribuía prensa clandestina entre las formaciones partisanas de Friuli y el Véneto.
El 19 de setiembre de 1944 fue detenida junto con otra militante, Wilma Tominez Padovan, mientras viajaban de Udine a Trieste con documentos de las Brigadas Garibaldi. Durante diez días fue torturada en la prisión del Coroneo, en Trieste, sin revelar ningún nombre de la red de resistencia. El 29 de setiembre fue llevada a la Risiera de San Sabba, el único campo en territorio italiano con horno crematorio, donde fue asesinada. Su cuerpo nunca fue recuperado. En 1971, Italia le otorgó de forma póstuma la Medalla de Oro al Valor Militar.
30 de setiembre 1860 – Hace 166 años fueron fusilados Mora y Arancibia (chileno). Dos días después también fue fusilado Cañas (salvadoreño).
En su honor, hace un tiempo, junto a vecinas y vecinos de Puntarenas, realizamos homenaje en el Parque Mora y Cañas del Puerto. Luego lanzamos flores al mar.
También «habilitamos la memoria» de la Ruta de los Héroes 1856 (camino de piedra), entre Atenas y San Mateo, con carretas, bueyes y muchos vecinos y vecinas de esos cantones.
Por otro lado, en los Barrios del Sur, Parque Los Héroes de Paso Ancho, pintamos un mural con Juanito Mora, Pancha Carrasco y Juan Santamaría, como Héroes de la Patria.
¡No olvidamos!
Por ellos y el Ejército Libertador Costarricense de 1856-1857, es que hemos gozado de libertad y seguimos adelante.
Organizaciones que han ayudado a promover el rescate de la memoria histórica, con estas actividades:
El historiador Vladimir de la Cruz presenta el libro Junta Fundadora de la Segunda República. Actas 1948-1949, publicado por la editorial ISOLMA. La obra pone al alcance de las personas lectoras las actas de la Junta que gobernó el país entre 1948 y 1949, acompañadas de un amplio estudio introductorio y de documentos históricos del período.
Según la presentación de la obra, estas actas constituyen una fuente documental esencial para comprender cómo se tomaron las decisiones que redefinieron el Estado costarricense en esos años. A través de ellas es posible conocer, desde sus protagonistas, los debates, tensiones, acuerdos y visiones que marcaron el inicio de una nueva etapa nacional. Fue un período atravesado por crisis políticas, reformas sociales, confrontaciones ideológicas, elecciones controvertidas, pactos decisivos y una guerra civil, del cual surgió un proyecto de país cuyos efectos siguen presentes en la vida política e institucional costarricense.
La introducción de Vladimir de la Cruz examina el contexto político que condujo al conflicto de 1948, el liderazgo de José Figueres Ferrer y la participación de figuras como Rafael Ángel Calderón Guardia, Manuel Mora Valverde, monseñor Víctor Manuel Sanabria, Teodoro Picado y Otilio Ulate. De acuerdo con la contraportada, más que una recopilación documental, el libro invita a reflexionar sobre el poder, la democracia, la legitimidad política y la construcción del Estado.
Una obra para el debate actual
La publicación adquiere especial importancia histórica y política en el presente, cuando desde el oficialismo se habla de una «Tercera República» sin dar cuenta del entramado sociohistórico que ese concepto implica. Conocer las actas oficiales de la conformación de la Segunda República, junto con la ubicación histórica que realiza el autor como historiador y analista, resulta fundamental para formar criterio sobre ese debate.
Contenido del libro
La obra abre con el prólogo «¿Cómo nace la Segunda República?», de Vladimir de la Cruz. La primera parte inicia con un extenso ensayo del mismo autor, «José Figueres Ferrer. El hombre, el político, el estadista», seguido de una selección de documentos que permiten seguir el proceso histórico paso a paso:
Textos de José Figueres Ferrer desde 1942, entre ellos «¡Lo que el Gobierno debe hacer es irse!» (8 de julio de 1942), «Palabras gastadas», «Las virtudes nacionales» y «En febrero de 1944 murió la Primera República» (17 de marzo de 1945).
El Pacto del Caribe (16 de diciembre de 1947) y las dos proclamas de Santa María de Dota (23 de marzo y 1 de abril de 1948).
Los documentos de abril de 1948 sobre la sucesión presidencial, incluidos varios textos de Teodoro Picado hasta el decreto ejecutivo que llamó al tercer designado a ejercer la Presidencia (20 de abril de 1948).
Textos de Benjamín Núñez y Carlos Monge Alfaro, el Pacto Ulate-Figueres (1 de mayo de 1948) y la declaración de José Figueres Ferrer del 8 de mayo de 1948, con la que se constituyó el Consejo de Gobierno Provisorio bajo el nombre de Junta Fundadora de la Segunda República.
Tres textos posteriores: «Presencia de José Figueres» (setiembre de 1986), de Alfonso Chase; «Los últimos 70 años» (24 de enero de 2026), de Jaime Ordóñez; y «El ‘Corrido de Pepe Figueres'», de Carmen Granados.
La segunda parte, «Junta Fundadora de la Segunda República. Actas 1948-1949», reúne la totalidad de las actas de las sesiones de la Junta. Entre ellas se intercalan decretos ley emitidos en ese período, como los n.° 16, 37 y 42. De esta forma, el libro combina la fuente documental completa con análisis históricos y políticos que permiten situarla en su contexto.
Dónde adquirirlo
El libro puede adquirirse en la Librería UCR, en San Pedro de Montes de Oca, a un precio de ₡15.000.
Aquel memorable 6 de enero de 1973 amaneció con un aire denso sobre el Cementerio Obrero de San José. No era una fecha cualquiera. Se cumplían veinticinco años de uno de los crímenes más execrables de nuestra historia: el asesinato de los mártires del Codo del Diablo. Federico Picado, Tobías Vaglio, Lucio Ibarra, Octavio Sáenz, Narciso Sotomayor y Álvaro Aguilar. Seis nombres que quisieron borrar con sangre, pero que el pueblo trabajador grabó en su memoria.
Aquella mañana, un grupo de obreros, de hombres y mujeres militantes de Vanguardia Popular, con niñas y niños familiares, se congregaron frente al mausoleo de la Confederación de Trabajadores de Costa Rica, (C.T.C.R.) con una estructura escalonada de cinco niveles que se levanta imponente en el cementerio obrero, para rendir homenaje a los caídos. Y en primera línea, custodiadas por aquella marea humana de luchadores, dos niñas pequeñas encabezaban el acto solemne. Una de ellas es Yalena de la Cruz Figueroa. La otra, una pequeña cuya identidad se pierde en el tiempo, pero cuya presencia allí, en ese momento, tiene un peso simbólico que estremece. Ellas representaban el futuro por el que aquellos hombres y mujeres habían entregado todo. Ellas eran la prueba viviente de que la lucha continuaba.
La fotografía que comparto, con sus bordes ajados por el tiempo y papel periódico viejo que solo da la memoria, es mucho más que un documento familiar. Es un tesoro histórico. Es la prueba de que existimos, de que luchamos, de que resistimos. Cada vez que la veo, siento que el pasado me habla al oído con esa voz ronca de los que ya no están, pero cuya presencia se niega a desaparecer. Allí están, frente al mausoleo, un grupo de hombres y mujeres que escribieron con sudor, sangre y convicción algunas de las páginas más dignas del movimiento popular costarricense. Y en el centro de esa gesta, como una imagen que condensa todas las esperanzas y todas las contradicciones, esas dos niñas; no eran un adorno: eran el símbolo de que la semilla plantada por los mártires germinaba en las nuevas generaciones.
Recuerdo el ambiente en el cementerio aquel enero de 1973. La solemnidad del momento, el silencio respetuoso de los presentes, las palabras pronunciadas con voz firme y emocionada. Recuerdo las coronas de flores, los cantos, los puños en alto. Y recuerdo, sobre todo, la sensación de estar participando en algo mucho más grande que nosotros mismos. La lucha por la justicia social no es una tarea de un día ni de una generación. Es una carrera de relevos en la que cada uno aporta su esfuerzo, su sudor, su inteligencia y, a veces, su vida. Aquellos mártires del 48 habían entregado lo más preciado. Nosotros, los que vinimos después, teníamos la obligación de honrar su memoria y de continuar su obra. Y eso es lo que hicimos y hacemos con todas nuestras fuerzas y con todas nuestras limitaciones.
En la fotografía, de izquierda a derecha, los rostros se suceden como las páginas de un libro de historia. Allí está María Alfaro, abuelita de Rocío Alfaro, una mujer que seguramente cargaba sobre sus hombros el peso de muchas luchas y el cuidado de muchas generaciones. A su lado, un hombre cuya identidad no logro recordar con precisión, pero cuya presencia en ese grupo habla de una militancia anónima, de esos cientos de trabajadores que sostuvieron con su esfuerzo cotidiano la estructura del Partido. Luego, la figura inconfundible de Gonzalo Sierra Castillo, legendario comunista y dirigente sindical y campesino; su nombre solo basta para evocar una época entera de luchas bananeras, de huelgas en las plantaciones, de organización de los trabajadores del campo y de la ciudad. Sierra Castillo fue fundador y secretario general de la emblemática Confederación General de Trabajadores, la CGT, en los años 50 de dura clandestinidad y represión política y sindical, y su vida es un testimonio de coherencia y entrega; ¡cuántas historias guardo de él, de sus palabras encendidas, de su capacidad para mover a las masas con la sola fuerza de su convicción! Su recuerdo es inseparable de las gestas más importantes del movimiento obrero costarricense junto a Carlos Luis Fallas y Álvaro Montero Vega, líderes del movimiento sindical de obreros bananeros. No puedo dejar de recordar a Gonzalo Sierra -Sierrita como le decíamos en el Partido- aquel primero de mayo de 1962 en la tribuna y con su cabeza sangrando por una piedra que lanzaron los agresores del Movimientos Costa Rica Libre, grupo fascista de aquellos tiempos; aún herido, terminó su discurso y corrimos hacia él para darle abrazo y cerciorarnos de que la herida no fuera de gravedad; aun así, se le llevó para darle la correspondiente atención médica, mientras nos dispersamos bajo la lluvia de piedras y palos de los fascistas. Ahí nació nuestro Juramento de que nunca más nos volverían a agarrar de sorpresa ni permitiríamos que nos volvieran a agredir sin una respuesta contundente de nuestra parte, como ocurrió el primero de mayo de1963 en las celebraciones del día del trabajador frente al Correo y la estatua de Juan Rafael Mora Porras.
Al lado de Sierrita, con esos anteojos de intelectual comprometido, está Francisco Gamboa. Su figura representa esa fusión indisoluble entre pensamiento y acción que caracterizó a los dirigentes comunistas de su generación. Gamboa no solo leía y escribía; también organizaba, movilizaba, arriesgaba. Luego, vemos a Elmer Soto, cuyo nombre resuena en los anales de la lucha obrera sindical; y, a su izquierda, la insigne militante de los barrios del sur, Pamela, quien siempre nos acompañaba a las luchas juveniles de la época. Más atrás, en esa segunda fila que la fotografía captura con cierta penumbra, se adivinan las figuras del linotipista obrero de la Imprenta Elena y de un zapatero de Cristo Rey. El linotipista: ese trabajador de la palabra impresa. El zapatero de Cristo Rey, un barrio de trabajadores, un hombre que cosía zapatos y que en su taller humilde discutía política y organizaba a sus vecinos: Leymer, cuyo nombre propio se ha perdido pero cuya presencia en ese grupo testifica que él siempre estaba en la primera línea. Y Edwin Calderón, el abuelito-padre de Yalena; él está allí como siempre, en los actos de calle que se organizaban; con él me identificaba plenamente y cumplía muchas tareas. Edwin no fue un espectador; fue parte de esa dirigencia que sostuvo el acto, que organizó el homenaje, que mantuvo viva la memoria de los caídos. Y más a la derecha, completando el grupo, vemos a Manuel Moscoa y a Eliécer Sánchez -el Tigre, como le llamábamos-, cuyos nombres se suman a esta constelación de luchadores.
Todos ellos, en su conjunto, representan el músculo trabajador de una Costa Rica que muchas veces se empeña en olvidar sus raíces. Pero la fotografía está ahí para recordarnos que la historia no la hacen solo los grandes personajes de los libros oficiales. La hacen también los linotipistas, los zapateros, los campesinos, las amas de casa, los sindicalistas, los intelectuales comprometidos. La hacen esos hombres y mujeres que un día decidieron que la dignidad no se negocia y que la solidaridad es la ternura de los pueblos.
El acto en el Cementerio Obrero, frente al mausoleo de la C.T.C. R, fue mucho más que una ceremonia. Fue un acto de resistencia. En una época en la que el movimiento popular era perseguido, en la que las ideas de izquierda eran estigmatizadas y criminalizadas, reunirse para honrar a los mártires del Codo del Diablo era un gesto de valentía y una afirmación de soberanía popular. El Partido Vanguardia Popular, junto a otras organizaciones sindicales y campesinas, mantenía encendida la llama de la memoria hasta el día de hoy. Y en el centro de ese acto, como una imagen que condensa todas las esperanzas y todas las contradicciones, estaban esas dos niñas que encabezaban el homenaje: no eran un adorno sino el símbolo de que la lucha continuaba, de que la utopía seguía viva, de que la semilla plantada por los mártires germinaba en las nuevas generaciones.
Hoy, cuando miro esta fotografía restaurada, cuando recuerdo esos rostros queridos, esos rostros de compañeros y compañeras que ya no están, siento una mezcla de nostalgia y de orgullo. Nostalgia por los tiempos vividos, por las luchas compartidas, por las esperanzas que nos animaban. Orgullo por haber formado parte de esa gesta, por haber conocido a esos hombres y mujeres, por haber aprendido de ellos el valor de la solidaridad y la importancia de no claudicar nunca. La restauración de la imagen, ese trabajo paciente de limpiar las arrugas del papel, de aclarar las sombras, de devolverle la nitidez a los rostros, es una metáfora de lo que debemos hacer con nuestra memoria histórica. No se trata de alterar la realidad, de inventar lo que no fue, de embellecer el pasado para hacerlo más digerible. Se trata de limpiar el polvo del olvido, de iluminar las zonas oscuras, de permitir que las nuevas generaciones puedan ver con claridad lo que sus abuelos y abuelas hicieron por ellos. La fotografía no es solo un documento familiar. Es un documento histórico. Es la prueba de que existimos, de que luchamos, de que resistimos. Es la prueba de que la clase trabajadora costarricense tiene una historia digna de ser contada y honrada.
Bien podemos afirmar que la Costa Rica de hoy se construyó sobre las luchas de hombres y mujeres que no se resignaron a la injusticia. Se construyó sobre la sangre de los mártires del Codo del Diablo y sobre el sudor de los trabajadores del campo y de la ciudad.
Las niñas de la fotografía crecieron. La vida siguió su curso, con sus alegrías y sus dolores, con sus triunfos y sus derrotas. Pero aquel momento quedó grabado para siempre. El mausoleo de la C.T.C.R. sigue en pie en el Cementerio Obrero, Los nombres de los mártires del Codo del Diablo siguen resonando en los actos conmemorativos, y hoy tengo la certeza de que sus nombres y ejemplo viven en el corazón de miles de costarricenses y jóvenes, y que la lucha continúa. De hecho, nuevas generaciones de jóvenes junto a veteranos luchadores nos reunimos todos los años -el 18 de diciembre- para recordarles y rendirles el homenaje que siempre merecen, recordando que la lucha continua por la dignidad, la solidaridad, la justicia social, la democracia, las libertades republicanas y la soberanía popular Esos principios no caducan: son la brújula que nos orienta en medio de las tormentas de la historia, y hoy más que nunca frente a un Gobierno autoritario que pretende imponer un régimen dictatorial.
Al escribir estas memorias, al reconstruir estos recuerdos, siento que cumplo con un deber. El deber de transmitir a las nuevas generaciones la verdad de lo que fuimos y de lo que seguimos siendo. El deber de decirles que la Costa Rica de hoy, con sus contradicciones y sus desigualdades, no surgió de la nada. Se construyó sobre las luchas de hombres y mujeres que no se resignaron a la injusticia. Se construyó sobre la sangre de los mártires del Codo del Diablo y sobre el sudor de los trabajadores del campo y de la ciudad. Se construyó sobre la convicción patriótica de que otro mundo es posible. Esa convicción sigue viva. La utopía sigue viva. Y mientras haya memoria, mientras haya lucha, mientras haya esperanza, la llama de aquellos hombres y mujeres seguirá iluminando el camino.
Aquella fotografía en blanco y negro, con rostros queridos y su mausoleo imponente, es mucho más que un recuerdo. Es un legado. Es una herencia que recibo con humildad y que procuro transmitir con pasión. Es la prueba de que la vida vale la pena cuando se vive al servicio de los demás. Es la prueba de que la historia la escriben los pueblos cuando se atreven a soñar y a luchar. Es la prueba de que, a pesar de todo, la dignidad humana es indestructible. Por eso la guardo con celo. Por eso la comparto con orgullo. Por eso la defiendo con firmeza. Porque en ella están mis raíces, mi historia, mi gente. Y porque en ella está, también, el futuro que queremos construir. La memoria es un arma de liberación. La memoria es un acto de amor. La memoria es la victoria sobre el olvido. Y nosotros, los que tenemos la dicha de recordar, tenemos la responsabilidad de contarlo. Para que otros sepan. Para que otros luchen. Para que otros sueñen.
La historia oficial ha intentado borrar la verdad sobre el Codo del Diablo, sobre el Pacto de Ochomogo, sobre la traición de Figueres y Benjamín Núñez. Han mutilado páginas de la Cartilla Histórica. Han deformado los hechos. Han presentado a los vencidos como verdugos y a los verdugos como héroes. Pero la verdad se abre paso. La verdad está en esta fotografía. La verdad está en los nombres de los mártires. La verdad está en la memoria del pueblo trabajador. ¡Basta de medias verdades! Exigimos que se publique la historia completa, la de los vencidos y la de los vencedores. Las nuevas generaciones tienen derecho a saber que la «historia oficial» se construyó sobre la exclusión y el engaño. Tienen derecho a saber que el Pacto de Ochomogo fue un pacto por la paz, respeto a las garantías sociales, respeto a la vida, al derecho ajeno, negociado y acordado entre Manuel Mora Valverde, Carlos Luis Fallas (Calufa), José Figueres Ferrer y el presbítero Benjamín Núñez. Tienen derecho a saber que Figueres firmó y luego traicionó. Tienen derecho a saber que apenas un mes después de tomar el poder, tiró estos acuerdos a la basura y desató la respuesta de sangre: el crimen del Codo del Diablo, la persecución, la cárcel, centenares de presos políticos, el exilio de Manuel Mora, de Carmen Lyra y de centenares más.
No olvidaré la imagen de aquellos hombres y mujeres en el Cementerio Obrero. No olvidaré a Gonzalo Sierra Castillo, a Francisco Gamboa, a Elmer Soto, al linotipista, al zapatero de Cristo Rey, a Leymer, a Manuel Moscoa, a Eliécer Sánchez. No olvidaré a María Alfaro, a Rocío Alfaro, a las dos niñas. No olvidaré a Edwin Calderón. No olvidaré el mausoleo de la C.T.C.R., con sus cinco niveles escalonados, con sus inscripciones borroneadas por el tiempo. No olvidaré la fecha: enero de 1973, veinticinco años después del crimen. No olvidaré el silencio respetuoso, los cantos, los puños en alto. No olvidaré la sensación de estar participando en algo mucho más grande que nosotros mismos.
La lucha continúa. La persecución y agresión de las fuerzas policíacas antimotines a las luchas de obreros, campesinos, estudiantes y mujeres no cesa hasta nuestros días. Pero tampoco cesa nuestra resistencia. Tampoco cesa nuestra organización. Tampoco cesa nuestra esperanza. La memoria es un arma de liberación. La memoria es un acto de amor. La memoria es la victoria sobre el olvido. Y nosotros, los que tenemos la dicha de recordar, tenemos la responsabilidad de contarlo. Para que otros sepan. Para que otros luchen. Para que otros sueñen.
Imagen: Foto original del mausoleo compartida por Yalena de la Cruz Figueroa (archivo familiar). Se acompaña de la misma imagen restaurada. Colaboró en digitalizacion: Luana Jiménez..
Y en este territorio hay … algo mágico y especial; donde Las Musas arrullan a las madres para parir hijos e hijas brillantes, únicos. Inteligentes, virtuosos, hombres y mujeres de bien, que han de destacar por lo bueno, lo bello, sus valores. Mal haríamos en reducir a San Ramón como un terruño donde sólo han destacado políticos educadores, poetas, artistas, músicos, pensadores y deportistas. No. San Ramón es más que eso. Aquí también ha florecido el amor a la ciencia, investigación y la medicina.
Hoy les hablo de un niño como ustedes, que creció albergando en su pecho grandes sueños. Pero que para alcanzarlos establa claro que se requería disciplina, estudio y fuertes convicciones. Chapotéo en quebradas, persiguió sapos y renacuajos. Transito senderos y horadó montañas desconocidas Escuchó el trinar de las avecillas y miró absorto muchos tipos de insectos y bichos. Nunca dejó de ser curioso y mirar que las plantas, que si bien la mayoría son verdes, eran muy distintas, de variados tamaños, formas, fragancias, así como muchos colores multicolores.
Cursó estudios primarios en su natal San Ramón. Hizo la mayor parte de su secundaria en el colegio Horacio Mann, creado bajo la égida de don Julián Volio Llorente. Combina sus estudios secundarios con trabajar en las diferentes boticas que ya había en San Ramón. Con una aguda inteligencia aprende muy rápido de todo lo que ve. A los 16 años logra inscribirse en el prestigioso Liceo de Costa Rica, en San José, antes de que despuntara el nuevo siglo.
Poco después gracias a su tenacidad, esfuerzo y dedicación que ya muchos veían en él, le es otorgada una beca y parte a estudiar a Europa.
A los 20 años ya es un alumno destacado en París donde luego pasa a la famosa Universidad de Lausana en Suiza; y posteriormente a la universidad de Ginebra. Ávido de nuevos conocimientos también adquiere dominio sobre otras lenguas: francés, inglés, italiano, alemán y latín. Allí va forjando sus inclinaciones e inquietudes científicas. Mostrando un fuerte interés por las ciencias naturales. Particularmente la botánica.
Probablemente en Suiza, muchos de sus frecuentes viajes por veredas y travesías por picos montañosos, en los Alpes, sirvieron para ponerle en contacto con la flora de aquellas latitudes. Así como perfeccionar sus dotes de gran observador. Efectúa varias crónicas de viajes y es un gran traductor de artículos en alemán y en inglés.
De regreso a Costa Rica se destaca por su gran trabajo al lado del gran naturalista y científico Henry Pittier, quien fuese fundador del Instituto Geográfico Nacional (1889) y del Instituto Meteorológico Nacional (abril, 1888) y pionero de la cartografía nacional. También se desempeña como profesor de Ciencias Naturales y profesor universitario en la Facultad de Farmacia y en la Escuela Normal.
Durante esa época ante el autoritarismo y afrentas a la democracia propiciadas por los hermanos Tinoco, se opone a la dictadura y a sus excesos, por lo que es perseguido y cesado de su trabajo.
Tras la caída de la infame dictadura. Empieza a trabajar en el Museo Nacional (fundado en 1887) donde se constituirá como jefe de la sección de Botánica. Para ese entonces, la presidencia de la república ha sido asumida por el ramonense Julio Acosta García, quien depuso a los Tinoco, a los usurpadores del poder.
Durante toda su etapa en docencia destacó por efectuar constantes y frecuentes excursiones. Siempre impulsó en sus estudiantes el espíritu de observación. Tras mirar árboles, tallos, hojas, flores; luego plasmaban lo visto en fieles dibujos.
En esta etapa de su vida, la belleza, misterio y color de las orquídeas, capturan su interés y lo enamoran cada vez más.
Desde la Sección de Botánica del Museo Nacional, siempre que podía hacerlo visita San Ramón y se adentra en las profundidades de sus selvas: vírgenes, húmedas y solitarias. Allí el graznido del pájaro campana era su acompañante y testigo mudo. Conoció Zapotal, El Socorro, La Calera, como pocos, hacía trabajos de campo, desde las riberas del Tárcoles en su desembocadura hasta las fincas de Nicolas Orlich en Piedades Sur.
Cuando se jubila, deja una colección de poco más de 22 000 especímenes en el Herbario Nacional del Museo Nacional de Costa Rica, en 1944.
Sus estudios botánicos son más conocidos en otros lares que en nuestro propio país. Muchos de ellos dieron origen a diversos medicamentos que salvaron miles de vidas. Su obra sólida y fecunda le han hecho merecedor de múltiples homenajes en diversas partes el mundo.
Los científicos en el mundo siguen investigando en sus colecciones; esta se encuentra en diversos herbarios y jardines del mundo. Penoso es recordar que una de las mayores colecciones de orquídeas recolectadas por don Alberto Manuel Benes se encontraba en el Jardín Botánico de Berlín, que desafortunadamente fue destruido por los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial.
En 1944, un pueblo agradecido le erige este monumento, donde aparece una de las plantas estudiadas (cinchona) y que abundaban en las cercanías de Berlín y Llano Brenes. Don Alberto Manuel fallece 18 de mayo 1948.
Hoy en día su nombre y diversas investigaciones suyas aparecen en prestigiosas revistas científicas del mundo.
“Fue enterrado en su pueblo natal en una humilde fosa. Ante sus restos mortales desfilaron en apretadas filas de niños de las escuelas, que cubrían el camino con flores, como el último tributo que rendía la inocencia al máximo investigador de la flora costarricense. Tras el féretro caminaban cabizbajos José Figueres Ferrer, Fracisco J. Orlich, Fernando Valver Vega.” Los dos primeros, beneméritos de la patria.
En 1970, merecidamente fue declarado Benemérito de la Patria.
En 1975 se crea en San Ramón la Reserva Forestal que lleva su nombre. En 1993, con una extensión de 7 800 hectáreas es transformada en Reserva Biológica.
Actualmente dos escuelas llevan su nombre.
Hay un género de orquídeas que lleva su nombre Brennesias
Hay gente que nunca muere. Sólo aquellas como don Alberto Manuel Brenes, que son capaces de dejar una huella profunda, imborrable, imperecedera en su paso por esta tierra, pueden alcanzar la gloria de la inmortalidad y encontrar el camino hacia las estrellas”.
La grandeza de su admirable obra sólo es posible de ser dimensionada por ejemplos como el siguiente: En 1945 gracias a las características geofísicas y ambientales las de San Ramón, que lo convertían en un territorio único, semejante a una especie de Dorado, mítico poblado precolombino, añorado por los conquistadores ibéricos; dos afamados botánicos como Schlechter y Pupulin, encontraron en un solo árbol caído, 504 plantas de orquídeas de 39 especies.
Durante su vida también experimento la envidia y malicia de otros. No se doblegó ante la maledicencia de almas malvadas. Más bien escribió en setiembre de 1922 “Considero a las orquídeas lejos de las perversidades humanas, … mis amigas, tan inofensivas como bellas”.
La Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales Manuel Mora Valverde, la Cátedra Abierta Manuel Mora Valverde, la Universidad Estatal a Distancia (UNED) y la Escuela de Ciencias Sociales y Humanidades de la UNED invitan a la conferencia «El arte del acuerdo: legado de Manuel Mora Valverde para una Costa Rica en diálogo«, que se realizará el miércoles 26 de agosto, a las 5:30 p.m., en el Paraninfo de la UNED en Sabanilla.
La conferencia estará a cargo del Dr. Arnoldo Mora, filósofo, académico de la lengua y exministro de Cultura de Costa Rica, reconocido por su aporte al pensamiento crítico y a la identidad cultural del país.
La actividad será transmitida por Onda UNED a través de sus canales de Facebook y YouTube.
Un nuevo taller invita a aprender a observarlos y monitorear su salud
Una iniciativa de ciencia ciudadana abre un nuevo proceso de formación para que jóvenes, comunidades, organizaciones y personas interesadas puedan adquirir herramientas para monitorear el blanqueamiento de los corales y participar activamente en el cuidado de los ecosistemas marinos.
Quizás usted ha visto alguna vez un arrecife de coral. Tal vez ha nadado cerca de ellos, ha practicado buceo o simplemente ha escuchado hablar de estos ecosistemas. Pero, ¿se ha detenido alguna vez a observarlos realmente? ¿A reconocer cuándo un coral está sano y cuándo está enfrentando una situación de estrés? ¿Podría identificar un proceso de blanqueamiento y registrar lo que está ocurriendo para que esa información pueda ser utilizada en la protección del ecosistema?
Estas son algunas de las preguntas que motivan el nuevo taller “Monitoreo del blanqueamiento de corales desde la ciencia ciudadana”, una iniciativa que busca acercar el conocimiento sobre los arrecifes a jóvenes, comunidades, organizaciones y personas que viven cerca del mar o que simplemente quieren dar el paso para involucrarse más activamente en la protección de los ecosistemas marinos.
El taller se desarrollará de manera virtual durante tres sesiones, los viernes 14, 21 y 28 de agosto, de 7:00 p. m. a 8:40 p. m., y tendrá posteriormente un componente práctico de monitoreo en el mar, previsto para octubre en el Caribe.
La propuesta no requiere experiencia previa. Su objetivo es brindar herramientas básicas y prácticas para comprender la salud de los arrecifes, reconocer las causas y características del blanqueamiento coralino, registrar observaciones y utilizar herramientas digitales para recopilar y reportar información.
La idea es sencilla pero importante: conocer nuestros arrecifes también es una forma de involucrarnos en su protección.
Del conocimiento a la participación ciudadana
Los arrecifes de coral son ecosistemas pequeños en extensión, pero extraordinariamente importantes por la diversidad de formas de vida que albergan. Proporcionan refugio y alimento a numerosas especies marinas, contribuyen a la seguridad alimentaria y a las economías de comunidades costeras y ayudan a proteger las costas frente al impacto del oleaje.
Sin embargo, estos ecosistemas enfrentan cada vez mayores presiones. El aumento de la temperatura del océano puede provocar episodios de blanqueamiento coralino, un fenómeno en el que los corales expulsan las algas microscópicas que viven en sus tejidos y que les proporcionan buena parte de su energía y coloración.
Un coral blanqueado no necesariamente está muerto. Se encuentra bajo una situación de estrés y queda más vulnerable a enfermedades y otros impactos, aunque en determinadas condiciones puede recuperarse.
Por eso, observar lo que está ocurriendo es fundamental. Y observar no significa necesariamente ser especialista. Precisamente uno de los objetivos de la ciencia ciudadana es que las personas puedan adquirir herramientas para generar información útil sobre los cambios que ocurren en sus propios territorios.
“Creemos que conocer nuestros arrecifes es también una forma de involucrarnos en su protección. La participación ciudadana es fundamental para generar conocimiento, dar seguimiento a los cambios que enfrentan los arrecifes y fortalecer las acciones para su cuidado y conservación”, señalan las personas organizadoras.
Ahora, el nuevo taller vuelve a abrir este espacio de formación, pero con un énfasis particular en el monitoreo del blanqueamiento de los corales y en las herramientas que pueden utilizar las personas participantes para registrar y reportar lo que observan.
La respuesta nuevamente ha sido significativa. Más de 130 personas de distintas regiones del país ya se han matriculado, superando ampliamente el cupo inicialmente previsto.
La modalidad virtual ha permitido ampliar la participación y recibir personas interesadas desde diferentes zonas del país. Las sesiones virtuales son gratuitas y la matrícula permanecerá abierta hasta el 13 de agosto.
La participación en las actividades prácticas de monitoreo en el mar implicará que cada persona participante asuma los costos asociados a su traslado y actividad en el sitio.
Aprender a mirar el mar
El taller busca que las personas participantes no solamente reciban información, sino que puedan desarrollar capacidades para observar y documentar lo que sucede en los ecosistemas marinos cercanos a sus comunidades.
Durante las sesiones se abordarán conceptos relacionados con la salud de los arrecifes y las causas del blanqueamiento coralino. También se conocerán métodos prácticos para registrar y reportar observaciones y herramientas digitales para recopilar información mediante formularios y plataformas de participación.
El enfoque estará orientado a que estos conocimientos puedan ser aplicados posteriormente en localidades tanto del Pacífico como del Caribe.
De esta manera, una persona que vive cerca del mar, una organización comunitaria, una ONG, una persona joven interesada en los ecosistemas marinos o alguien que simplemente quiere aprender más podrá contar con herramientas para pasar de la preocupación a la observación y de la observación a la participación.
Porque frente a la transformación de los océanos, contar con más personas capaces de mirar, reconocer cambios, documentarlos y compartir información puede convertirse también en una forma de ejercer una ciudadanía marina más activa.
El taller será impartido por Ana María Arenas, tallerista en ciencia ciudadana para el monitoreo de arrecifes de coral e instructora de buceo, quien compartirá herramientas y conocimientos para comprender y participar activamente en el monitoreo del blanqueamiento de los corales.
La actividad es organizada por el colectivo Costa Rica por el Océano, junto con los proyectos de acción social Voces y Política, de la Escuela de Ciencias Políticas, y Geografía y Diálogo de Saberes, de la Escuela de Geografía, ambos vinculados al Programa Kioscos Socioambientales de la Universidad de Costa Rica.
Este nuevo proceso parte de una convicción: para cuidar un ecosistema primero necesitamos acercarnos a él, conocerlo y aprender a reconocer los cambios que está experimentando.
Y quizás ese sea el primer paso para muchas personas que nunca han tenido la oportunidad de hacerlo: entrar al mar con una mirada distinta, aprender a reconocer un arrecife y descubrir que también podemos participar en su cuidado.
Información e inscripción
Taller: Monitoreo del blanqueamiento de corales desde la ciencia ciudadana
Sesiones virtuales: viernes 14, 21 y 28 de agosto
Horario: 7:00 p. m. a 8:40 p. m.
Actividad práctica: monitoreo en el Caribe durante octubre
Modalidad: virtual, con componente práctico presencial
En el año 2016, mediante la aprobación de la ley número 9393, la Asamblea Legislativa declaró el 4 de agosto como Día Nacional de las Trabajadoras y los Trabajadores Bananeros.
Esa fecha fue elegida para rendirle homenaje a los obreros bananeros, debido al significado histórico que encarna tanto para ese sector laboral como para toda la clase trabajadora costarricense. Fue, precisamente, el 4 de agosto de 1934, hará justamente noventa y dos años, cuando los obreros de la empresa bananera estadounidense United Fruit Co. ubicada en la zona atlántica de nuestro país, declararon la histórica huelga bananera, un enorme movimiento reivindicativo que llegó a tener repercusiones nacionales e internacionales, cultivando desde entonces sentimientos antiimperialistas en algunos sectores de la sociedad costarricense, a pesar de los grandes cambios históricos producidos en el transcurso del último siglo.
La clase trabajadora costarricense había comenzado sus luchas por la justicia social medio siglo antes de que se diera aquel gran movimiento huelguístico. Los primeros movimientos sociales en nuestro país se iniciaron en los centros urbanos de aquella época, especialmente en la ciudad capital, con la participación de los primeros obreros y artesanos que comenzaban a surgir al calor de la paulatina modernización de la economía nacional.
Por su parte, los trabajadores agrícolas también habían comenzado a demandar mejores condiciones de trabajo frente a sus patronos, generalmente productores de café, de azúcar y de algunos otros productos agrícolas. Aquellas fueron tan solo algunas manifestaciones aisladas de lo que llegaría a ser, más tarde, el movimiento sindical que alimentó las principales luchas por las garantías sociales en la Costa Rica de la década del cuarenta del siglo XX.
Por otro lado, la década del treinta del siglo pasado le había deparado a la humanidad una de las amenazas más grandes: el arribo del fascismo en los países más desarrollados de la época, incluyendo a Estados Unidos y a varios países de Europa Occidental. El antecedente inmediato de aquella era de catástrofes había sido la crisis financiera de 1929, la cual había dejado postradas a las economías más grandes del mundo.
Fue en esas circunstancias de crisis general y ante las pésimas condiciones laborales de los bananales del Atlántico costarricense, cuando miles de obreros bananeros se levantaron en huelga en contra de la poderosa United Fruit Co. El dirigente obrero Carlos Luis Fallas, junto a otros compañeros suyos pertenecientes al joven Partido Comunista, se dieron a la tarea de organizar al proletariado bananero para luchar por mejores salarios y pagos en efectivo, mejores viviendas, precios más bajos en los comisariatos de la UFCO, el establecimiento de botiquines en cada finca para atender las emergencias por accidentes laborales, etc. La reivindicación más importante, desde el punto de vista político, fue el reconocimiento legal del Sindicato de Obreros del Atlántico como interlocutor entre los trabajadores y la Compañía.
Aquel movimiento huelguístico marcó un antes y un después en la historia del movimiento sindical costarricense, razón por la cual nuestra clase trabajadora ha tenido esta fecha en su memoria como un referente de lucha y esperanzas.
Hoy día, casi un siglo después, de nuevo asoman los viejos nubarrones del fascismo mundial y, lo más grave, nuestro país no está exento de semejante amenaza. La presencia hoy día de algunos autócratas en la conducción de los destinos de nuestra patria no puede dejar indiferente a nadie, especialmente a la clase trabajadora costarricense. Debemos estar alertas.
Aprovechamos esta importante ocasión para hacer un llamado a la clase trabajadora de nuestro país e instarla a defender nuestra democracia y fortalecerla, inspirada en principios humanistas y en el legado democrático que nos dejaron las anteriores generaciones. Debemos de impulsar nuestro desarrollo material con justicia social y oportunidades para todas las clases y sectores sociales que reúne en su seno nuestra querida Costa Rica. ¡Nuestro objetivo mayor es que prevalezca una visión de futuro con justicia y solidaridad!
Apasionado por la iconografía, como lo soy, y en particular por la fotografía, cuando me interesé en la vida y la obra de los primeros naturalistas que exploraron Costa Rica —hace unos 20 años—, me di a la tarea de buscar imágenes para ilustrar mis artículos y libros acerca de ellos. La culminación de ese esfuerzo fue el voluminoso libro Trópico agreste; la huella de los naturalistas alemanes en la Costa Rica del siglo XIX (2013), publicado siete años después, y cuyas 865 páginas están ilustradas con 498 figuras (dibujos, pinturas, grabados y fotografías), muchas de ellas de difícil consecución.
Es en ese contexto que hoy deseo referirme a los tres personajes principales de mi libro, como lo fueron los médicos Karl Hoffmann Brehmer y Alexander von Frantzius Ritt, y el maestro-jardinero Julián Carnigohl Grasneck. En efecto, aunque conseguir retratos de ellos no fue difícil —como ya lo explicaré—, sí lo fue que tuvieran la resolución, la nitidez o la calidad suficientes para que las imágenes resultaran bien impresas.
A continuación me voy a referir a la situación con cada uno de ellos, pero no en el orden en que los cité, sino más bien en el de la complejidad de la tarea que debí enfrentar para contar con buenas fotografías, así como en lo que he hecho recientemente para mejorarlas. Esto último se debe a que en semanas recientes me he puesto a travesear con el programa de inteligencia artificial ChatGPT, al cual prefiero llamarlo ChatGePeTo, como al creador del célebre Pinocho.
Para empezar, debo destacar que conseguir fotos de Karnigohl —quien españolizó su apellido a Carmiol, para evitarle dolores de cabeza a la gente— resultó sencillo, pues fue el único de los tres que dejó descendencia. Y, como su tataranieta, la bióloga Ligia Carmiol Fernández, fue compañera de trabajo en la Universidad Nacional (UNA) hace muchos años, recurrí a ella, y con éxito.
Efectivamente, de su ancestro hay dos fotografías originales, aunque de fechas desconocidas, las cuales conservaba su padre Francisco Carmiol Calvo. Eso sí, su calidad es muy diferente. En una, de tonalidad sepia, aparece con una de sus hijas, mientras que en la otra, en blanco y negro, está solo; esta última ilustró el artículo Apuntes para la biografía de don Julián Carmiol G., publicado por don Francisco en la Revista de Agricultura (1973, Nos. 1-4). Ella me comentó que el original —que era lo que yo deseaba obtener— lo tenía un pariente, a quien se lo solicitó para mi libro, pero nunca lo pudo hallar, y él falleció en años recientes.
Fue por ello que en mi libro Trópico agreste, así como en otros artículos en que menciono a Carmiol, me vi obligado a incluir una fotocopia de esa foto, con los inconvenientes que eso representa; aquí se aplica el refrán “a falta de pan, acemitas” que, por cierto, ya nadie usa, pero que era común en nuestra infancia, cuando las acemitas —ricas, aunque un poquito duras— se vendían en las pulperías. Sin embargo, por fortuna, en estos días logré, gracias a GePeTo, elaborar una imagen que refleja a cabalidad los rasgos fisonómicos de Carmiol, y que, como una primicia, comparto ahora con los lectores de este artículo. También comparto la renovada imagen en la que aparece con una de sus hijas, de impecable calidad.
Para continuar con el segundo naturalista, de von Frantzius había una foto nada más, y de mala calidad, por lo que también debí fotocopiarla. Dicha imagen apareció en la breve semblanza Alejandro v. Frantzius, publicada por el también naturalista José Fidel Tristán Fernández en la revista Páginas Ilustradas (1907, No. 128).
Conocido este retrato, supuse que estaría en los archivos del Museo Real de Zoología de Berlín o del Instituto Smithsoniano, en Washington, con los que von Frantzius colaboró por muchos años, y me di a la tarea de averiguar con contactos si estaban allá, pues ambos entes tienen buenos archivos fotográficos de científicos nacionales y extranjeros. No obstante, mis indagaciones fueron infructuosas, y no me quedó más opción que publicarla tal cual, una y otra vez, no solo en mi libro Trópico agreste, sino que también en varios artículos académicos y divulgativos que he escrito sobre este fecundo científico. Sin embargo, para mi suerte —y sin buscarla, como sucede a veces cuando uno anda con el radar activado—, hace pocos meses llegó a mí otra biografía sobre él, aún más breve, intitulada El doctor Alejandro von Frantzius, también de Tristán; la publicó en la revista El Repertorio (1897, No. 2). Eso sí, por fortuna, la fotografía que la acompaña es de mucha mejor calidad que la primera.
Ahora bien, subsiste la duda acerca de dónde la obtuvo Tristán. Mi hipótesis es que quien la conservó por muchos años fue José Cástulo Zeledón Porras, discípulo de von Frantzius —que fue su mentor y padre científico—, a quien éste quizás se la dejó de recuerdo, cuando en 1868 partió hacia Alemania, y que en algún momento él se la prestó a Tristán. De ser cierto esto, no hay duda de que Tristán se la devolvió a Zeledón, pues, si no, la foto estaría hoy en el Fondo Particular José Fidel Tristán, en el Archivo Nacional. Y, como Zeledón no tuvo descendencia, es muy posible que después de su muerte, en 1923, el original de la foto desapareciera, junto con todos sus archivos, que uno hubiera esperado que su esposa Amparo López-Calleja Basulto los entregara al Museo Nacional. O tal vez lo hizo, pues ella fue miembro de la junta directiva de esta entidad, y quizás fue allí donde tan preciados archivos se dañaron o se extraviaron, en alguno de sus recurrentes avatares.
En todo caso, la buena noticia es que —una vez más, al igual que con Carmiol— GePeTo recientemente me ha deparado, con base en la imagen publicada por Tristán, una fotografía realmente formidable de von Frantzius, que también muestro aquí como primicia. Basta con un cotejo rápido de ambas fotos para percatarse de la multitud de rasgos que, de manera prolija, ha podido rescatar y resaltar ese sorprendente programa de inteligencia artificial.
Ahora bien, tengo la impresión de que —a la usanza de la época—, la foto de von Frantzius era de cuerpo entero, y que Tristán la recortó, para destacar más de cerca los rasgos del rostro su biografiado. ¡Vaya uno a saber!
Para concluir lo referido a von Frantzius, debo mencionar un insólito hallazgo cuando visité el Instituto Smithsoniano, durante la gestación deTrópico agreste. Aunque sabía que ellos no tienen la foto de von Frantzius que yo anhelaba, sí conocía que poseían el original de una de José Cástulo Zeledón, pues él hizo una pasantía ahí, entre 1868 y 1872. Por tanto, una venturosa mañana, al hurgar en un archivo fotográfico en busca de la foto de Zeledón —entre muchas otras de científicos—, me quedé estupefacto, al presenciar frente a mí una foto de von Frantzius que desconocía, y que pronto pude reproducir gracias a la gentileza de Li Ju, un fotógrafo profesional chino que en esos días realizaba un proyecto ahí.
En efecto, marcada con el código 15286 de los Archivos del Instituto Smithsoniano (SA-570), en esa foto —que no muestro en esta artículo, por falta de espacio— se observa un individuo de semblante sereno y cálido, pero con notorios signos de deterioro físico. Captada en el estudio Rulf & Dilger, en Friburgo, Alemania, dicha imagen data de 1876, cuando la enfermedad asmática que lo agobió durante casi toda su vida había causado serios estragos en él, como lo documento en detalle enTrópico agreste. En síntesis, faltaba poco para su final, ocurrido el 18 de julio de 1877, recién cumplidos los 56 años de edad. ¡Algo muy triste, realmente!
Bueno…, debo referirme por último a Hoffmann, de quien hay una sola imagen, de buena calidad, que por muchos años atesoró el connotado historiador Carlos Meléndez Chaverri. Esa foto la conocí gracias a su libroCarl Hoffman. Viajes por Costa Rica (1976), tras lo cual, después de ser retocada por la amiga Silvia Troyo Jiménez —bisnieta de don Anastasio Alfaro—, me la facilitó la geógrafa Silvia Meléndez Dobles, hija del citado historiador. Al consultarle dónde obtuvo su padre dicha imagen, ella me indicó que es parte de un álbum con fotos de varios personajes que, al parecer, él compró a un coleccionista. Esto es providencial realmente, pues, de otra manera el retrato se habría extraviado para siempre, y nunca hubiéramos conocido el rostro de tan importante científico y médico. De hecho, aparte de que no tuvo descendencia, la fotografía ni siquiera está en los archivos del Museo Botánico de Berlín ni del Museo Real de Zoología de Berlín, con los que Hoffmann mantuvo una muy cercana relación.
Ahora bien, aunque feliz de tener esa imagen en mis manos, caló un poco el desánimo, pues bastó con hurgar un poco en las actividades de campo de Hoffmann en Costa Rica, para que se suscitaran algunas dudas acerca de su apariencia física.
Efectivamente, tan pronto como arribó a nuestro país, él desplegó sus destrezas de infatigable recolector de plantas y animales, durante largas jornadas en el campo, incluidos los agobiantes y extenuantes ascensos a los volcanes Irazú y Barva. En realidad, es muy improbable que una persona tan obesa como la mostrada en la foto pudiera haber hecho eso. Y, en gran medida, ello es valedero también para un médico que poco después debió fungir como Cirujano Mayor del Ejército Expedicionario en los frentes de batalla, durante la primera etapa de la Campaña Nacional contra el ejército filibustero de William Walker.
Al respecto, se cuenta con un revelador testimonio, del combatiente Juan Blas Venegas, quien lo describió así, cuando Hoffmann era un muchacho de apenas 32 años: “Era un hombre en la flor de la vida, alto, galán, de barba negra, valiente como pocos, afectuoso y servicial lo mismo con el Presidente de la República que con el último soldado”(La Tribuna, 19-IV-1929, p. 6). Según otro dato, que aparece en nuestro libro Karl Hoffmann, médico y héroe en la Campaña Nacional, medía cerca de 1,80 metros, y todo sugiere que era de contextura fornida y vigorosa. Obviamente, ese no es ni por asomo el individuo que aparece en la foto. ¿Entonces? Para responder a esta interrogante hay una pista clave.
En efecto, al insertar la foto de Hoffmann en su libro, Meléndez tuvo el tino de incluir al pie el apellido del fotógrafo: Buchanan. Esto me permitió hacer algunas indagaciones esclarecedoras. Por ejemplo, como lo documentamos en el libro recién mencionado, este estadounidense, de nombre William, estuvo en Costa Rica en varios períodos, y uno de ellos fue en el segundo semestre de 1857, justamente cuando Hoffmann estaba muy enfermo. Su padecimiento, de origen incierto y, al parecer, asociado con la médula ósea, era de carácter crónico y degenerativo, lo cual explica que, cuando posó ante Buchanan, se le percibía abotagado, con una notoria papada, y las manos muy inflamadas. En síntesis, su deplorable estado de salud, muy evidente en la foto, enmascaraba su verdadero aspecto físico.
Fue por ello que, consciente de esta distorsión, para mis libros sobre Hoffmann le pedí a mi querido amigo, el pintor alajuelense Carlos Aguilar Durán, que recreara algunas imágenes en las que se percibiera a Hoffmann como un individuo de salud satisfactoria. La última vez que lo hizo, incluso le solicité valerse de algunos rasgos de mi amigo Frithjof (Federico o Fred) Hoffmann, a quien en una ocasión le tomé varias fotos que ayudaran a perfilar mejor a su lejano pariente; aunque su grado de parentesco no está del todo claro, Fred pareciera descender de un primo hermano de Karl, y nació en Stettin, la misma ciudad de éste. Es pertinente mencionar que él llegó a Costa Rica en 1962, y aquí se casó con Marielos Mesén Araya, pero después retornó a Alemania, tras lo cual retornó y se instaló de nuevo en Costa Rica, y hoy reside en San Isidro de Heredia, no muy lejos de mi casa.
Para retornar a la imagen de Hoffmann, aunque los esfuerzos pictóricos de Carlos sin duda fueron meritorios, continuaban siendo insuficientes. En realidad, siempre había pensado que lo ideal sería “jugar” un poco con la única foto existente, para corregirle lo que fuera inapropiado, pero no sabía cómo hacerlo. Sin embargo, como lo indiqué al principio, hace unas semanas apareció en mi vida el providencial GePeTo, y aquí estoy, muy contento.
Debo confesar que a mi impericia se sumó el hecho de que este programa no siempre respeta a plenitud la fidelidad de las imágenes, por lo que tuve que hacer numerosos intentos —no pocas veces frustrantes— para lograr lo que deseaba. Se trataba de remover hasta lo posible los rasgos físicos asociados con la enfermedad de Hoffmann, es decir, la inflamación general del cuerpo, manifiesto sobre todo en el vientre abultado, la cara llena, la carnosidad de la papada, y las manos hinchadas.
A su vez, era necesaria la definición o pulimiento de algunos rasgos que aparecen apenas insinuados —debido a la enfermedad, la calidad de la imagen o la pose de Hoffmann—, que Fred me dijo que son muy constantes en la estirpe Hoffmann, como la nariz aguileña, las orejas grandes, pero bien proporcionadas, los ojos verdes y las “entradas” en el cuero cabelludo. En cuanto a estas últimas, me sentí tentado a agregar más pelo, asumiendo que la enfermedad podría haber acelerado su caída, pero preferí respetar su apariencia en ese sentido; al respecto, en el momento de la foto Hoffmann rondaba los 34 años, pero no puede descartarse que, por factores genéticos, padeciera de calvicie o alopecia prematura.
En fin, hechas todas esas modificaciones, logré reconstruir una imagen que me parece bastante fiel o veraz del aspecto de Hoffmann a esa edad, pero sin los síntomas de la enfermedad que por tantos años lo aquejó, al punto de que provocó su muerte el 11 de mayo de 1859, cuando él tenía apenas 35 años de edad. Esa imagen la comparto aquí.
Para concluir, gracias a ese extraordinario y sorprendente programa de inteligencia artificial —aunque, en mi corta experiencia, no es muy fiable para reproducir rostros fotografiados a cierta distancia—, de esta manera he podido restaurar cinco fotografías que, deterioradas por el tiempo o por su reproducción sucesiva, tienen un gran valor histórico. Por tanto, quedan ante sus ojos, amigos lectores, los renovados rostros de tres notables naturalistas alemanes —a quienes tanto les debemos—, y que a partir de ahora vienen a enriquecer el acervo pictórico de los pioneros de nuestras ciencias naturales.
Karl Hoffmann, en la foto original.Alexander von Frantzius, en la foto original.Julián Carmiol, en la foto original.Karl Hoffmann, en la foto retocada.Alexander von Frantzius, en la foto retocada.Julián Carmiol, en la foto retocada.
En la imagen de portada se aprecia a Julián Carmiol con una de sus hijas, en foto retocada.
Karl Hoffmann, en la foto original
Alexander von Frantzius, en la foto original
Julián Carmiol, en la foto original
Karl Hoffmann, en la foto retocada
Alexander von Frantzius, en la foto retocada
Julián Carmiol, en la foto retocada
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