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Un visitante indeseable

José Manuel Arroyo Gutiérrez

El poder siempre ha querido perpetuarse, pasar a la posteridad. Es un rasgo muy común de la condición humana, que en el fondo revela su fragilidad e impotencia frente al paso del tiempo y la muerte inexorable. Faraones y grandes caciques nos legaron sus pirámides-tumbas; reyes y emperadores sus castillos y palacios; cardenales y papas sus catedrales cargadas de oro y arte; y los presidentes de la modernidad han querido ser recordados por sus grandes obras de infraestructura, museos, bibliotecas, universidades, o proezas diplomáticas.

Vivimos sin embargo una época tan degradada –desde el punto de vista civilizatorio- que un tiranillo de cuarto mundo quiere pasar a la posteridad legando una “mega-cárcel”. Y hay quien lo admira y quiere imitar (sin decir nombres).

La humanidad ha tenido, desde siempre, serios problemas de qué hacer con los diferentes, los delincuentes, los locos, los disidentes y rebeldes, los marginados y pobres. Es lo que el criminólogo italiano de última generación –Alessandro De Giorgi-, llama el problema de la “excedencia”, los que en una sociedad salen sobrando, los que no logran sentarse a la mesa del reparto.

Las soluciones humanistas y democráticas han propuesto estrategias de reconocimiento de derechos e integración, de atención e inclusión social para esos sectores. Al contrario, las “soluciones” autocráticas, meramente represivas, han recetado desde hace siglos, el encierro o el abierto exterminio. Ese fue el dilema que enfrentó la camarilla nazi con los campos de concentración primero, y los hornos asesinos casi inmediatamente después. Esta es la “solución” de Donald Trump y otros líderes europeos persiguiendo, expulsando y aniquilando migrantes que buscan mejores condiciones de vida. Este es también el camino elegido por el genocida gobierno israelí para deshacerse del pueblo palestino.

Hoy sabemos, a pesar de la persecución y censura a medios de comunicación y activistas de derechos humanos, que en El Salvador hay más de cincuenta mil presos, la gran mayoría detenidos arbitrariamente, sin juez ni defensa, sin juicio ni sentencia, sin debido proceso. Por desgracia, no podemos saber cuántos están muriendo, porque la maquinaria represora del gobierno ha eliminado todo tipo de vigilancia y control externos. Contemplar a un presidente de Costa Rica (otra vez sin decir nombres), con pose de oficial de las SS haciendo recorrido de reconocimiento a presos semidesnudos y hacinados en la mega-cárcel bukeliana, es de lo más bochornoso y patético que nos ha tocado vivir.

Esta “salida” al problema de la violencia social es una confesión abierta de total fracaso político. Se ha fracasado en la construcción de instituciones democráticas, se ha fracasado en la lucha contra la desigualdad y la pobreza, se ha fracasado en una redistribución justa de la riqueza y se ha fracasado en dar escuela y trabajo a las nuevas generaciones.

Pero además, más temprano que tarde se sabrá el precio que ha pagado Bukele para bajar las tasas de homicidios en el hermano país centroamericano. Sus acuerdos subterráneos con los líderes mareros, sus tratativas con el crimen organizado y las corruptelas personales que lo han enriquecido cada vez más. Cuán sostenible es esta respuesta también lo sabremos muy pronto.

En todo caso, no es válido aprovecharse del miedo legítimo de la gente para imponerle ilusorias salidas a problemas profundos, que atañen al régimen de capitalismo salvaje dominante y sus políticas de exclusión y miseria para amplias mayorías de la población. Mientras esto no se resuelva, en pocos años, habrá otros 100 mil jóvenes salvadoreños en la más absoluta marginalidad y violencia. ¿Qué se le ocurrirá al tiranillo salvadoreño?, ¿tirarlos al mar?, ¿exportarlos como esclavos a Arabia Saudita?

Nayib Bukele es una viva ofensa a la tradición democrática costarricense. Es un sujeto indeseable que sin pudor alguno nos visita para tratar de influir en un proceso electoral en el que se quiere manipular, una vez más, el miedo a la violencia delictiva para tapar los problemas de fondo que siguen esperando auténticas soluciones.

Mirarnos en la pantalla: el individuo y el libre mercado de las emociones

Abelardo Morales Gamboa (*)

Para recuperar la esperanza de un mundo común frente a aparatos y pantallas

El individualismo avanza y lo social se deshilacha. Eso no ocurre a pesar del desarrollo tecnológico, sino en buena medida gracias a él. No es un fenómeno accidental ni reciente, tampoco es resultado inevitable de alguna ley natural. Ocurre debido a procesos históricos concretos: relaciones sociales desiguales, la dominación política y una estructura de poder que opera tanto a escala global como local.

Desde hace al menos cinco décadas, la expansión de las tecnologías digitales, la globalización y la centralidad de la información han alterado profundamente la manera en que las personas se relacionan, el cómo construyen su identidad y viven en sociedad. Más que solo un cambio tecnológico, enfrentamos una mutación cultural de gran alcance. La relación entre el individuo y lo social —individuación y socialización— se ha convertido en un campo de tensión permanente, ambiguo y conflictivo.

Autores como Manuel Castells, Ulrich Beck o Anthony Giddens – para señalar algunos –ofrecieron ideas tempranas para comprender estas transformaciones. Sin embargo, en los últimos años han surgido nuevas miradas —muchas de ellas impulsadas por mujeres— que permiten mirar más allá del diagnóstico estructuralista y adentrarse en la experiencia cotidiana de la individuación: las emociones, el cuerpo, la vida digital y la dificultad creciente de sostener una vida en común.

Hoy, el yo ocupa un lugar central en la forma en que nos vinculamos con el mundo. Los dispositivos digitales se han convertido en el principal medio de relación social. En esos entornos, la identidad no solo se expresa, también se construye, se comunica y se moldea de manera constante. Beatriz Muros lo explica con claridad al analizar el yo online: la identidad virtual no es una simple prolongación del sujeto fuera de la pantalla, sino un espacio propio de existencia, fragmentación y narración de sí. El reconocimiento ajeno, mediado por pantallas, se vuelve un componente decisivo de la autoidentificación.

Esta forma de construcción identitaria refuerza la individuación, pero también genera nuevas dependencias, cada vez más simbólicas. La autonomía personal queda atada a la exposición, y la autoafirmación depende de la validación permanente, por parte de los demás. Aquí resultan especialmente sugerentes los aportes de Eva Illouz y Sara Ahmed: las emociones no son privadas ni espontáneas, sino profundamente socializadas, reguladas y mercantilizadas. El capitalismo digital produce sujetos emocionalmente activos, pero también frágiles, que desarrollan afectos y expectativas en un auténtico mercado de emociones.

Desde una perspectiva latinoamericana, Clara Beatriz Bravin introduce un matiz decisivo: la subjetividad es una experiencia encarnada. No existe un sujeto puramente cognitivo o informacional. La individuación contemporánea atraviesa el cuerpo, el deseo y la sensibilidad. Incluso en los entornos virtuales, el cuerpo no desaparece: se transforma, se disciplina y se convierte en un terreno de disputa simbólica. Para muchas personas, esta contienda adopta formas traumáticas que se expresan en estrés, ansiedad, depresión e, incluso, ideaciones suicidas.

La cultura digital, en particular las redes sociales, no solo conectan individuos, también producen imaginarios, formas de ver, de sentir y de interpretar la realidad. Ana C. Dinerstein ha advertido que la globalización impone una abstracción, que separa a los sujetos de los procesos sociales que los afectan. El dinero, la información y las lógicas globales operan como velos que vuelven opaca la relación entre acción individual y estructuras colectivas.

Así, la individuación se vive muchas veces en disfunción de las conexiones. El individuo está conectado pero aislado. Las personas toman decisiones, expresan opiniones y construyen identidades en un mundo fragmentado, donde las consecuencias sociales de sus actos resultan difusas o invisibles. La promesa de libertad individual convive, y a menudo choca, con una creciente sensación de impotencia personal y colectiva.

Las plataformas digitales profundizan esta paradoja. Al personalizar la experiencia social, refuerzan una sensación de control individual, pero debilitan los marcos comunes de interpretación. La vida social se vuelve selectiva, filtrada y segmentada, dificultando la construcción de horizontes compartidos. La idea de un individuo capaz de tener control de sí, se vuelve un chantaje.

Por eso Marina Garcés propone recuperar la idea de un mundo común, no como una identidad homogénea ni como un refugio nostálgico, sino como una tarea política urgente. En sociedades marcadas por la fragmentación y el repliegue individual, lo común no está dado: debe construirse.

La comunidad no es la negación de la individuación, pero tampoco puede reducirse a una simple suma de singularidades. Requiere implicación, responsabilidad y cuidado mutuo. Estas ideas dialogan con las advertencias de Alberto Melucci, quien señalaba que las formas contemporáneas de acción colectiva son frágiles, reticulares y basadas en el sentido, pero no por ello irrelevantes.

Los movimientos sociales actuales, muchas veces articulados en redes digitales, expresan esta tensión. Combinan una fuerte dimensión expresiva y subjetiva con grandes dificultades para sostener proyectos colectivos de largo aliento. La solidaridad aparece de forma intermitente, asociada a causas específicas, pero rara vez logra institucionalizarse.

La profundización del individualismo en la era digital conlleva riesgos sociales evidentes. Uno de ellos es el debilitamiento del espacio público, donde la pluralidad degenera en aislamiento y la diferencia en incomunicación. Otro es la erosión de la solidaridad, entendida no solo como empatía, sino como la disposición a asumir responsabilidades compartidas.

Eva Illouz advierte que la emocionalización de la vida social puede vaciar de contenido político el malestar, transformándolo en ira individual maleable, pero no en resistencia colectiva. En ese contexto, sujetos incapaces de comprender los procesos que los afectan se vuelven más vulnerables a la manipulación. La subjetividad política queda atrapada en la lógica del libre mercado de las emociones.

El desafío, entonces, no es negar la individuación ni idealizar comunidades del pasado. Se trata de imaginar formas de articular subjetividad, cuerpo, emoción y acción colectiva. Recuperar la idea de un mundo común implica reconocer la interdependencia, repensar la solidaridad y disputar los sentidos dominantes de la libertad individual.

En una sociedad atravesada por la información y la cultura digital, el reto político y cultural central es volver a hacer visible que aquello que vivimos como experiencia personal tiene raíces sociales. Se debe superar el analfabetismo digital con nuevas pedagogías liberadoras y creadoras de nuevos sentidos de la vida social. Solo desde esa conciencia será posible reconstruir una vida común a la altura de nuestro tiempo.

(*) Sociólogo, comunicador social y analista internacional. Se usó la herramienta de IA para la revisión de aspectos formales del texto.

Psicópata conspiracionista y depredador

Dr. Oscar Aguilar Bulgarelli

En estos tiempos, personajes con una peligrosa combinación de características psicológicas, integradas y mezcladas, que asumen el poder en diversos países y continentes, tienen al mundo de cabeza, y por lógica, a nuestro país.

Por ejemplo, el psicólogo y criminalista español Vicente Garrido nos habla en su libro “El Psicópata Integrado” del papel destructivo de estos individuos en la familia, la empresa y la política; sobre este último aspecto es importante ver la opinión de este autor. Lo primero que señala Garrido, es que los psicópatas son gente profundamente “desconectada” entregados a la acumulación de poder y estatus, por lo que deben ser considerados personajes de gran riesgo cuando tienen en sus manos cargos de gran responsabilidad política, y cita como ejemplos muy relevantes a Donald Trump y Vladimir Putin (P. 163) y agregamos localmente a Rodrigo Chaves.

A este tipo de líderes generalmente narcisistas y psicópatas hoy se les llama: líder tóxico, líder predatorio, o líder destructivo que, de acuerdo con la socióloga Jean Lipman:” Son aquellos individuos que, en virtud de su conducta destructiva y rasgos disfuncionales de personalidad, generan un efecto venenoso y permanente en los individuos, las familias, las organizaciones y en toda la sociedad en su conjunto… (P.165)”. Pues bien, para estos individuos la política resulta un terreno abonado para desenvolverse por ser, generalmente, carismáticos, manipuladores, egocéntricos y mentirosos, características que los hace atractivos a las masas, especialmente si encuentran eco en los medios de comunicación o las redes sociales, por lo que dice o promete hacer, generalmente por medio de mensajes simples sin mayor contenido y sin reparo para mentir y manipular, a través de los cuales promete solventar todos los problemas y ser casi, un salvador de la Patria.

Además, señala el psicólogo Garrido, los psicópatas tienen un “núcleo duro” presente en todos ellos que los hace: crueles, sin empatía, emocionalmente superficiales, mentirosos y manipuladores, por lo que no les importa los efectos negativos que para otros pueda tener su lamentable accionar, ya que no tiene sentimientos de culpa pues, de inmediato, le endilga a otros la responsabilidad de esa consecuencia (P. 181). Este autor describe veinticinco aspectos que caracterizan a estos políticos psicópatas, no vamos a citarlos todos aunque encajan en figuras harto conocidas, pero algunos resultan de especial relevancia: 1) Son seres ”magnéticos” ante los medios, y mantienen una relación amor-odio ( en función de si le son favorables o no) con estos; 2) Enfrenta los poderes del Estado para apuntalar su poder, ya que cuanto más debilitados estén, menos podrán controlarlo; 3) Desarrollo del culto a la personalidad; 4) Dificultad para mantener una conversación coherente y profunda. Rigidez mental, no acepta el debate; 5) divide el país entre “buenos” y “malos” ciudadanos en función de su apoyo o no a sus ideas, 6) utilización de sus subordinados y, cuando dejan de serle útiles, los separa sin miramientos, 7) pone a sus incondicionales en los puestos claves de las instituciones, por lo que no tiene amigos reales, solo servidores 8) uso artero del lenguaje. Ahora bien, las tres últimas características que podemos citar de su larga lista, resultan especialmente interesantes: 9) utiliza los poderes del Estado para favorecer a grupo criminales que lo apoyan o que son antisociales por el daño que causan a la comunidad en su conjunto (narcotráfico, por ejemplo); 9) alienta teorías de la conspiración para justificar sus actuaciones antidemocráticas o el fracaso de sus políticas (acción de fiscales o tribunales de justicia, por ejemplo) y 11) presenta una clara tendencia paranoica: cualquiera puede convertirse en su enemigo en cualquier momento si aprecias signos de una mínima critica. (Pp. 190-202)

Pienso que con esta descripción de un psicópata metido en la política y con poder, usted querido lector, ya ha empezado a seleccionar uno, una o varios personajes nacionales, que calzan dentro de estas características. Pero déjeme ahora hablar de otro aspecto fundamental, para ayudarle en su ubicación de estos nefatos personajes: el “conspiracionista”, ligado especialmente a los puntos 9 y 10 anteriormente descritos.

Sobre ese conspiracionismo y la tendencia paranoica, quiero fundamentarme en las explicaciones que sobre esos aspectos nos da el reconocido comunicador y catedrático de la Universidad de París el Dr. Ignacio Ramonet en su libro “La Era del Conspiracionismo” que, si bien centra su análisis en el caso de Donald Trump, explica cómo aplica esas condiciones generales a cualquiera otro, como Rodrigo Chaves, por ejemplo. Dice Ramonet que todas estas teorías, en donde sea que se den, están basadas en la “creencia que unas fuerzas poderosas y mal intencionadas mueven, clandestinamente, los hilos para manipular determinados eventos, personas o coyunturas” Esto hace pensar que los acontecimientos tienen una trama oculta y siempre los culpables son un individuo o un grupo poderoso que controla, en secreto, los hilos del poder político que los causa y son los culpables de su desgracia. Pero lo más interesante es que esos grupos o individuos, están ligados siempre al poder económico, la banca, los medios de comunicación, las instituciones académicas que se mueven en contra de los intereses de la gente sencilla. En Costa Rica los ataques a los medios de comunicación “canallas”, los ladrones de las instituciones para su beneficio, las universidades, etc. son harto coincidentes (P. 75).

El gran aliado del político psicópata creador o inventor de estas teorías conspirativas sin fundamento y demostración, son las redes sociales “que favorecen la creación de comunidades a veces con ideas de odio, racistas, machistas, supremacistas “desde donde se acusan a los antiguos medios de haber abusado de la manipulación, de ocultaciones y de mentir en los últimos treinta años, con lo que han logrado debilitar el periodismo y su credibilidad (P. 76). Así podemos decir que esos medios “canallas” son en mucho sustituidos por medios “vasallos” creados en las plataformas digitales, al servicio del interés político del personaje de turno. Ante la presión del poder político, muchos de esos medios “canallas” terminan por doblegarse y convertirse también en sus vasallos.

Ese surgimiento en las redes sociales de los “creadores de contenidos” y sus granjas de troles dispuestos a difundir la mentira como su arma favorita, es lo que Umberto Eco llamó la invasión de los necios, la dilución del conocimiento, la banalización del discurso y la cultura, logrando con ello desvirtuar la verdad en favor de la mentira, para darle puerta abierta desde 2016 con la elección de Trump a una de las mayores aberraciones del discurso político: la posverdad. A partir de ahí, según Ramonet la confirmación de los hechos ya no importa, a la gente se le atrae y se les mantiene adherida con sentimientos y emociones por eso los relatos o afirmaciones sin fundamento sobre complots o conspiraciones son aceptadas emocionalmente y no necesitan comprobación, y cualquier explicación racional o documental resulta un vano esfuerzo (P.89 y 93). Así la mentira reiterada y entre más grande mejor, es más creíble para una población que nada en la incertidumbre que les han creado. En otras palabras, los mentirosos consumados, asumieron el poder.

Ese psicópata con poder y atrapado mentalmente en una serie de planteamientos conspiracionistas, algunas veces porque los cree y otras porque le conviene, se convierte en lo que Giuliano da Empoli nos habla en su libro “La Hora de los Depredadores”. Para él, los Trump, Bolsonaro o los Bukele y Chaves, Ortega o Milei agregaríamos nosotros, para apropiarse del poder asumen la utilización o provocación del caos como instrumento o marca de los más fuertes. En este momento, dice el autor, el ciudadano que podía pensar había algunas salvaguardas en el accionar de la sociedad (respeto por la independencia de las instituciones, los derechos humanos y las minorías, la atención prestada a las repercusiones internacionales de los actos de gobierno, la Constitución y las leyes) se encuentra, casi de pronto, que nada de eso tiene valor en la hora de los depredadores, generalmente escasos de conocimientos de los cuales, aunque parezca paradójico, son enemigos. No leen, no estudian, no les interesa pues en su mundo caótico y de poder lo que les interesa son las decisiones inmediatas, hasta audaces “que dejen estupefactos a los adversarios… no existe prácticamente ninguna relación entre poder intelectual y la inteligencia política (P. 82-83)”. Al gobernante depredador no le interesa ni le sirve un sistema regido por las reglas (leyes) y por ello ha infundido en el pueblo el sentimiento de que no son garantía de nada, sino instrumentos de un “gigantesco fraude, por no decir un complot de las elites para oprimirlo”. El depredador ofrece acabar con los males de la sociedad: criminalidad, coste de la vida, trabajo, etc. Pero como sus adversarios piden el respeto a la ley, a las reglas, a las normas y por eso… ¡no lo dejan gobernar!

Ahora podemos ver las características del político psicópata, conspiracionista y depredador en nuestro patio costarricense, pues estamos en manos de uno de ellos. Pero no solo Rodrigo Chaves las reúne, en su entorno otros actúan como tales y poseedores de esas “virtudes caóticas y destructivas”. Por ejemplo, la maestra de la mentira y nutricionista de la posverdad oficial la diputada Pilar Cisneros, o Laura Fernández que pretende ser el alter ego de Rodrigo Chaves, aunque en lo único que lo supera es en su supina ignorancia.

Les propongo que vuelvan a leer este artículo y comparen cada característica con el comportamiento de Chaves y sus acólitos; terminarán diciendo como cuando comprábamos postalitas… la tiene, la tiene, la tiene…-

Este día en la historia

Arturo Fournier Facio

Este 9 de enero se conmemora en Panamá el nefasto «Día de los Mártires» duelo nacional, allá en 1964, cuando resultaron asesinados 21 estudiantes y más de 500 heridos, quienes hacían una marcha pacífica, en su afán por conseguir la Soberanía sobre el Canal de Panamá: Ascanio Arosemena y otros, al plantar la bandera panameña en la zona del canal.

Honor a su memoria.  / 1905 los soldados del Zar disparan en Petersburgo contra una manifestación pacífica, conocida como la “Masacre del Domingo Sangriento”.

Imagen: https://tribunaldecuentas.gob.pa/dia-de-los-martires/

Pensar en tiempos de la inteligencia artificial: una preocupación humanista

José Rafael Quesada / pressenza

Vivimos una época paradójica y compleja. Nunca antes la humanidad había tenido tanto acceso a información, herramientas de análisis y tecnología avanzada como hoy; sin embargo, asistimos a una disminución preocupante del pensamiento crítico, de la reflexión profunda y de la capacidad de escucha. Se lee menos, se estudia menos, se dialoga menos y se reacciona más. En este contexto reducido, la inteligencia artificial y la llamada “singularidad tecnológica” aparecen como una promesa ambigua: pueden ampliar la conciencia humana o, por el contrario, adormecerla.

El riesgo no reside únicamente en la tecnología, sino en la actitud que adoptamos frente a ella. El “scroll infinito”, la sucesión incesante de estímulos, noticias, videos y opiniones erosiona silenciosamente nuestra capacidad de concentración y de elaboración propia del pensamiento. El tiempo que antes destinábamos a reflexionar hoy se diluye en una corriente continua de consumo pasivo.

Como advertía Isaac Asimov, “el verdadero peligro no es que las computadoras empiecen a pensar como los hombres, sino que los hombres empiecen a pensar como computadoras”. Una frase escrita décadas antes del auge de la IA, pero inquietantemente actual.

La dificultad de pensar(se)

A este fenómeno se suma un elemento más profundo e incómodo: la dificultad personal para ejercer la autocrítica. Pensar críticamente no solo implica cuestionar el mundo exterior, sino también aceptar la incomodidad de revisar nuestras propias ideas, escuchar objeciones y reconocer límites.

Vivimos una expansión de la opinión sin reflexión, una acriticidad activa en la que el pensamiento se vuelve identitario y defensivo. La inteligencia artificial, en este contexto, puede convertirse en una prótesis peligrosa si sustituye —en lugar de potenciar— el esfuerzo humano de pensar.

Arthur C. Clarke lo expresó con lucidez al afirmar: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. El problema surge cuando aceptamos esa “magia” sin comprensión, sin preguntas y sin conciencia de sus efectos sobre nuestra forma de pensar.

Tecnología, conocimiento y conciencia

La ciencia ficción ha sido, en realidad, una gran escuela de pensamiento crítico. No por anticipar tecnologías, sino por obligarnos a pensar en sus consecuencias humanas, culturales y éticas.

En ese sentido, la obra de Liu Cixin aporta una perspectiva fundamental desde otra tradición cultural e histórica. En El problema de los tres cuerpos y el resto de la trilogía, el autor introduce una idea clave: la fragilidad de la civilización.

Como señala Liu Cixin: “En el universo, la supervivencia de una civilización depende de su capacidad para comprender su propia fragilidad”. Esta frase desplaza el foco desde el poder tecnológico hacia la conciencia histórica y colectiva.

La nueva desigualdad: quienes pueden pensar y quienes no

Junto con la caída de las grandes ideologías del siglo XX, asistimos al aumento de desigualdades tradicionales y al surgimiento de una nueva brecha silenciosa: la desigualdad cognitiva. Ya no se trata solo de ingresos o acceso a tecnología, sino de acceso al pensamiento.

Hay personas que nacen en contextos donde el tiempo para pensar, estudiar y reflexionar existe; y otras que nacen en condiciones donde la supervivencia inmediata impide el desarrollo del pensamiento crítico. Esta nueva desigualdad separa a quienes pueden comprender el mundo de quienes solo lo padecen.

Asimov advertía algo esencial para este punto: “La autoeducación es, creo firmemente, la única forma de educación que existe”. Cuando las condiciones sociales niegan esa posibilidad, la desigualdad se vuelve estructural y profunda.

El deber humanista en esta época

En este escenario, definirse como humanista no es una postura moral abstracta, sino una responsabilidad histórica. Ser humanista hoy implica trabajar activamente para democratizar el acceso al pensamiento crítico, defender el derecho a comprender, a preguntar y a disentir.

Implica también crear prácticas concretas —educativas, culturales, comunitarias y tecnológicas— que devuelvan a las personas la capacidad de pensar por sí mismas. La inteligencia artificial puede ser una aliada poderosa si se utiliza para ampliar la conciencia humana y no para reemplazarla.

El verdadero desafío no es estar “a la altura” de la inteligencia artificial, sino estar a la altura de lo humano. Porque el futuro no se jugará únicamente en la velocidad de las máquinas, sino en la profundidad de nuestra conciencia, nuestra capacidad de autocrítica y nuestra voluntad de no renunciar al pensamiento.

Publicado en https://www.pressenza.com/es/2026/01/pensar-en-tiempos-de-la-inteligencia-artificial-una-preocupacion-humanista/ y compartido con SURCOS por el autor.

Él quiere ser rey…

Isabel Ducca D.

Coronémoslo pues, méritos ha hecho.

El rey de la patanería.

El rey de la grosería.

El rey de la indecencia.

El rey de los abusadores sexuales.

El rey de los agresores verbales.

El rey de la mediocridad. Su estrechez mental solo le alcanza para ser un vulgar imitador de Bukele y de Trump.

El rey de los depredadores: es depredador sexual, depredador ambiental, depredador económico, depredador de la institucionalidad pública, depredador político.

El rey del odio.

El rey del egoísmo.

El rey del egocentrismo.

El rey de la soberbia.

¿Rey de los borrachos y chicheros?

¿Rey de los narcos y delincuentes?

El rey de los siervos menguados. No había terminado el terrorista de Washington de perpetrar el ataque a Venezuela, cuando él ya había salido a aplaudirlo como payaso de circo. Sin embargo, los informativos ni los desinformativos lo nombran, cuando citan a los adeptos de Trump, son Bukele y Milei.

El colectivo por la Defensa de la decencia, la compasión humana y la armonía social está preparando la ceremonia de coronación, para lo cual abrirá un concurso de diseño con el fin de elaborar una corona digna de su sociopatía y una medalla con la que se condecorará con la Orden de Herodes por el menosprecio y burla a la matanza de la niñez en Palestina y su atropello a la niñez costarricense.

Comisiones de tarjetas: cómo Costa Rica frenó un abuso silencioso

Welmer Ramos González
Economista

Durante décadas, el mercado de pagos con tarjeta en Costa Rica operó como una caja negra. Los comercios, especialmente las pequeñas y medianas empresas, pagaban comisiones excesivas, sin transparencia ni capacidad real de negociación. El argumento era siempre el mismo: no se debe regular, el mercado se autorregula. Cinco años después de la entrada en vigencia de la Ley 9831, los datos oficiales del Banco Central de Costa Rica (BCCR) demuestran exactamente lo contrario. Regular fue necesario. Y regular dio resultados.

Antes de la Ley 9831, las comisiones que los bancos cobraban a los comercios permanecieron prácticamente intactas por más de 30 años. Esto ocurrió a pesar de una transformación tecnológica profunda: pagos electrónicos masivos, automatización, reducción de costos operativos y un crecimiento exponencial del número de transacciones.

El Estudio Técnico del BCCR 2025 es claro: en 2019 muchas pymes en Costa Rica pagaban comisiones hasta del 12%, una de las cifras más altas del mundo. No había justificación técnica ni económica. Era, simplemente, el reflejo de un mercado altamente concentrado y con prácticas oligopólicas. Cuando no hay competencia real, hay abuso.

Uno de los hallazgos más contundentes del estudio del BCCR es el impacto económico agregado de la regulación. Entre 2020 y 2025, la reducción de comisiones significó un ahorro acumulado equivalente a cerca de 2,5 puntos del Producto Interno Bruto, distribuido entre comercios y consumidores.

Ese dinero no desapareció:

– se tradujo en precios más bajos,

– mayor liquidez para pymes,

– más inversión,

– y mayor inclusión financiera.

Regular no destruyó valor: lo devolvió a la economía real.

El estudio también confirma que, si bien aún existe dispersión en las comisiones, el rango se ha reducido de manera significativa. Hoy, los comercios pagan comisiones que van aproximadamente del 0,1% al 1,95%. En 2019, ese rango iba del 0,1% hasta el 12%.

Esto importa —y mucho— porque esa dispersión extrema generaba competencia desleal: pequeños comercios pagando varias veces más que grandes cadenas por exactamente el mismo servicio. Aún queda mucho por hacer en este aspecto. La cancha todavía no está completamente nivelada, pero ya no está inclinada de forma escandalosa.

La regulación no eliminó la competencia: eliminó el abuso.

Contrario a los augurios catastrofistas, el estudio del BCCR muestra que hoy hay más competencia de los oferentes de datáfonos y mayor dinamismo en el mercado.

Además, los datos reflejan que:

– el volumen de transacciones electrónicas crece a tasas anuales cercanas al 10%, reflejando un uso cada vez más intensivo de tarjetas en la vida cotidiana;

– el monto total transado aumenta año a año a ritmos del 8% al 12%, incluso en un contexto de desaceleración económica, lo que evidencia mayor confianza y penetración del sistema;

– y los pagos electrónicos continúan ganando terreno frente al efectivo, cuyo uso relativo se reduce de forma sostenida, especialmente en comercios formales y servicios masivos.

La disputa por nuevos nichos —como el transporte público, plataformas digitales y pagos masivos— evidencia una mayor penetración de los medios electrónicos de pago en la vida cotidiana de la población.

Cuando bajar precios abre mercado, todos ganan.

El mensaje de fondo del estudio es contundente: los mercados oligopólicos y altamente concentrados no se autorregulan en favor del bienestar general. El mercado de tarjetas —dominado por pocos entes financieros y grandes marcas internacionales— requiere límites claros para evitar abusos y proteger la sanidad del sistema. Los oligopolios no se autorregulan

La fijación anual de tarifas máximas, lejos de ser contraproducente, ha sido —en palabras del propio estudio del BCCR— una medida técnica, efectiva y positiva, que no frenó la innovación ni la inversión. Poner topes no destruyó el mercado: lo hizo funcionar mejor.

Costa Rica no está sola en la regulación del oligopolio.

El estudio recuerda que muchos países de la OCDE regulan las comisiones de tarjetas, precisamente porque reconocen las fallas estructurales de estos mercados. Europa, Australia y otras 20 economías avanzadas aplican límites para proteger comercios, consumidores y la competencia. Regular no es una rareza. Es una buena práctica internacional.

Lo que falta por hacer

El propio BCCR señala que Costa Rica aún tiene espacio para mejorar. Las tarifas promedio siguen siendo más altas que las que enfrentan los grandes comercios en mercados más competitivos. El desafío ahora es seguir reduciendo brechas, fortalecer la transparencia y garantizar que las pymes accedan a condiciones similares.

Cinco estudios, una conclusión

Durante la discusión de la Ley 9831, bancos, marcas internacionales de tarjetas y algunos economistas sostuvieron que la regulación de comisiones sería ineficiente y contraproducente. No obstante, la teoría económica reconoce desde hace décadas que en mercados con estructuras oligopólicas o monopólicas, donde existen fallas persistentes de competencia, altos costos de cambio y poder de mercado, la intervención regulatoria es necesaria para corregir precios, evitar rentas excesivas y proteger el bienestar social.

Cinco estudios técnicos elaborados por el Banco Central de Costa Rica confirman empíricamente este principio: la regulación de comisiones no debilitó el sistema, sino que contribuyó a mejorar la eficiencia, fortalecer la competencia y reducir distorsiones regresivas que recaían desproporcionadamente sobre comercios y consumidores. Defender esta ley implicó ir contra intereses consolidados, pero la evidencia es concluyente. Cuando el análisis empírico es consistente, los argumentos ideológicos pierden sustento técnico.

Junta Directiva CCSS: vocación para servir, no obediencia política

Bach. Martha Elena Rodríguez González
Exdirectora Caja Costarricense de Seguro Social

A la Junta Directiva de la Caja Costarricense de Seguro Social se debe llegar con vocación de servicio, humanidad y un compromiso profundo con la seguridad social. No es un espacio para el cálculo político ni para la subordinación, sino un órgano colegiado llamado a resguardar uno de los pilares más importantes del pacto social costarricense.

En la entrevista reciente concedida por la candidata presidencial del Partido Pueblo Soberano, Laura Fernández Delgado, se afirma:

“¿Cómo va a ser posible que siendo la Caja la institución presupuestariamente más grande de toda Centroamérica la dieta que se le paga a cada directivo es de 47.000 colones?

“… la raíz del problema es la conformación y la integración de esa Junta Directiva… hay personas ahí que ni siquiera levantan la mano, que no les he oído la voz porque les da miedo participar… una Junta Directiva donde están los sindicatos, el solidarismo, las cooperativas y el que pone el presidente es solamente un voto dentro de toda esa Junta… entonces en la Caja hay que hacer grandes transformaciones…”

Estas afirmaciones, lejos de constituir un diagnóstico serio, evidencian un desconocimiento profundo del diseño jurídico e institucional de la CCSS y del rol que la Constitución y su Ley Constitutiva asignan a la Junta Directiva. El monto de la dieta no es un incentivo económico, sino un reconocimiento simbólico a una función pública de alta responsabilidad, cuyo fundamento no es la retribución material, sino la vocación de servicio.

Reducir la discusión a la dieta no solo trivializa el compromiso ético que implica ser directivo o directiva de la Caja, sino que desconoce que la institución cuenta con una robusta estructura técnica y asesora -jurídica, financiera, actuarial, logística, médica y administrativa- que respalda la toma de decisiones. Nadie está llamado a ser experto en todas las materias; lo indispensable es la probidad, la independencia de criterio, el conocimiento de la seguridad social y la solidaridad con quienes dependen del sistema de salud y pensiones.

La candidata también afirma que hay directivos que “no levantan la mano” por miedo. Sin embargo, atribuir ese silencio a la composición tripartita resulta falaz. El verdadero problema no es la presencia de sindicatos, cooperativas o solidarismo -expresamente prevista por la ley-, sino la práctica política que ha impuesto, en esta administración, un control absoluto del órgano colegiado mediante presiones, amenazas veladas y destituciones arbitrarias. No es miedo a participar: es el costo real que enfrentan  quienes se atreven a disentir del Poder Ejecutivo.

La Ley Constitutiva de la CCSS es clara: la Junta Directiva se integra de manera tripartita, con tres representantes del Gobierno, tres del sector patronal y tres del sector laboral. Una vez nombrados, deben actuar con absoluta independencia del Poder Ejecutivo, para garantizar un equilibrio de intereses donde prevalezca el bien común y no la agenda política de turno.

Plantear “grandes transformaciones” sin reconocer este marco legal ni el valor democrático de la representación social implica abrir la puerta a una recentralización del poder, incompatible con la autonomía y el modelo solidario que ha sostenido a la CCSS durante décadas. La Caja no necesita una Junta obediente ni homogénea; necesita personas íntegras, con criterio propio, capaces de deliberar, cuestionar y defender la institución incluso frente al Gobierno.

Los hechos recientes -el maquillaje de estudios actuariales, compras a sobreprecio como el caso Barrenador, la crisis operativa asociada al sistema ERP-SAP de la CCSS, los nombramientos ilegales en la Junta Directiva, el crecimiento exponencial de las listas de espera y la escandalosa deuda del gobierno con la CCSS- no evidencian un exceso de representación social, sino un abandono del deber constitucional de proteger la seguridad social.

La Caja no es el problema. El problema es su captura política, que debilita su democracia interna y silencia a quienes piensan distinto.

La CCSS se fortalece recuperando la ética pública, la transparencia y el compromiso humano de quienes la dirigen; defendiendo su autonomía, su independencia y su carácter tripartito como garantías reales del derecho a la salud, a las pensiones y a la dignidad de millones de personas.

Infraestructura, violencia estructural y seguridad: una reflexión necesaria

Carlos Carranza Villalobos
Sociólogo

Entre otros temas, considero que el derecho a la vida y su relación con la seguridad es un asunto vital, que no puede reducirse únicamente a un enfoque carcelario o punitivo. Es necesario analizarlo desde una perspectiva más amplia, que incluya el grado de violencia estructural existente en nuestra sociedad.

Quisiera referirme, en particular, a la problemática de la infraestructura, la cual adolece de un tratamiento adecuado tanto por su rezago histórico como por la deuda acumulada. Si bien se ha avanzado en algunos aspectos durante las dos últimas administraciones, persisten obras de larga duración —algunas de hasta cinco años—, así como proyectos con inconsistencias que parecen originarse desde el diseño básico, o bien con dificultades en áreas sensibles. En otros casos, se recurre a diseños “forzados” con el fin de concluir las obras.

A ello se suma que los periodos de contratación suelen ser excesivamente largos, por diversas razones. Asimismo, los altos costos de las obras, que con frecuencia se incrementan durante su ejecución, evidencian problemas estructurales, sin dejar de lado la escasa competencia en la realización de estos proyectos.

Sin extenderme más, debe señalarse también la desplanificación urbana, claramente visible en amplios sectores de la Gran Área Metropolitana y en distintos cantones, distritos y localidades del país. A esto se añade un sistema de transporte desarticulado, un tema que merece un análisis más detenido y profundo.

Es indispensable que estos asuntos se debatan y se dialoguen de manera amplia y responsable.

Costa Rica: el Fitness Center de la Democracia

Por: Msc. Esteban Guisseppe Cavallini Espinoza
Comunicador

Este comentario parte de lo que debería ser el ideal de un Estado: un «Fitness Center» democrático que opere bajo el concepto de libertad ética racional. Es decir, una nación donde las decisiones se toman con base en principios de autonomía individual y colectiva, pero siempre guiadas por la razón, el derecho y la ética, priorizando el bienestar común y la soberanía.

Ejemplos de esta búsqueda de equilibrio se observan en naciones como Noruega, Singapur o Suiza, por citar algunas, donde la planificación estratégica, la democracia directa y el compromiso con objetivos nacionales claros definen un camino de progreso sostenido. Sin embargo, en Costa Rica, la realidad de nuestro «gimnasio» dista mucho de este ideal.

Los atletas en la pista de entrenamiento

En el área de las máquinas de pesas, encontramos a los actores que representan el estancamiento y el sabotaje. Hacienda se mantiene como el «gordo» del gimnasio, un personaje que ocupa demasiado espacio y consume recursos sin traducirlos en progreso. Junto a él, aparece la figura de un oficialismo obeso, malcriado, prepotente, mal educado y gritón. Este actor, en lugar de entrenar o facilitar el espacio, se dedica acaparar las máquinas, insultar, descalificar a los otros usuarios y generar un ruido ensordecedor que impide la concentración y el trabajo serio.

Sus víctimas principales, los contrapesos, es decir, los pilares mismos del establecimiento: la Constitución Política, la Democracia y la Sala Cuarta yacen como atletas lesionados en la banca. No fue la falta de voluntad lo que las retiró de la pista, sino las zancadillas y la actitud prepotente de este oficialismo (y gobiernos anteriores) que les lanzaron peso muerto para frenar su carrera, dejándolas debilitadas para arbitrar el juego limpio que la soberanía exige.

El Poder Judicial intenta mantenerse «fit», pero sigue consumiendo únicamente leyes desactualizadas que lo mantienen en un estado de desnutrición funcional. Mientras tanto, los «Musculosos» del sistema están bajo condiciones de exhibición críticas. La Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) resiste el embate de un contrapeso peligroso: el oficialismo gritón y los anteriores se niegan sistemáticamente a pagarle la cuota de mantenimiento (la deuda estatal), asfixiando a la atleta más fuerte para forzar su caída.

Al mismo tiempo, el Banco de Costa Rica-BCR, el Instituto Nacional de Seguros-INS, el Instituto Costarricense de Electricidad-ICE y el Agro son exhibidos en vitrinas para acreedores extranjeros, impidiéndoles renovarse para justificar su eventual liquidación.

El cuerpo técnico y la métrica manipulada

Los entrenadores secundarios son los tres poderes de la República: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Entre ellos, la división es ética: están los que velan por el músculo de la inversión social y los opuestos que recetan una dieta basada únicamente en impuestos y «deuda nueva».

Es en este escenario, los medios de comunicación, quienes deberían ser la báscula y la cinta métrica imparcial, pues han sido intervenidos por filtros trucados que favorecen exclusivamente a los acreedores alineados bursátiles, ignorando la voluntad del pueblo.

Por encima de todos, se encuentra el entrenador principal y dueño del gimnasio, me refiero al Pueblo, quien cuenta con el TSE (Tribunal Supremo de Elecciones) como el gran espejo de la realidad para que su voz sea escuchada.

Cierre: el último set hacia las elecciones racionales

De cara a las próximas elecciones, es imperativo que el buen juicio y la razón nacional tomen el control de la rutina. No podemos permitir que la apatía de los jóvenes en las gradas, distraídos por sus pantallas, sea el silencio que acompañe la caída del edificio. Se requiere una actitud crítica y feroz para silenciar los gritos del oficialismo malcriado y evitar que el gimnasio colapse en el cierre del periodo.

El objetivo es claro: evitar que terminemos con deportistas «musculosos» muertos por negligencia o sabotaje, y que los esfuerzos de quienes sí quieren trabajar terminen en una frustración irreversible. La soberanía nacional se defiende levantando el peso de la responsabilidad en las urnas; solo una elección racional podrá sanar a los lesionados, pagar las deudas del entrenamiento y garantizar que este Fitness Center de la Democracia vuelva a ser un lugar de salud, disciplina y progreso real, donde la educación del soberano se imponga sobre la prepotencia de los gritones y confrontativos quienes se creen ser dueños de la verdad y del mundo.