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Costa Rica se queda atrás en cobro de impuestos al tabaco, según estudio global

Comunicado

La IV Edición del Cuadro de Indicadores de Impuestos al Tabaco de Economics for Health (CI) se publicó esta semana y muestra que la mayoría de los gobiernos no están implementando las mejores prácticas en materia de impuestos al tabaco. En este contexto, Costa Rica se ha quedado también muy atrás a pesar de que la Asamblea Legislativa tiene en estudio el Proyecto de Ley 23.880 para la Responsabilidad Social del Consumo de Tabaco que busca aumentar los impuestos y facilitar su cobro.

El consumo de tabaco es una de las principales causas de muerte prevenible, y los impuestos al tabaco siguen siendo las herramientas más eficaces para reducir el consumo y aumentar la recaudación fiscal.

El CI muestra que la puntuación media mundial del impuesto al tabaco de 2024, de 2,01 de 4 puntos, no ha cambiado significativamente desde 2022, cuando era de 2,02. En un análisis más detallado, 54 de 171 países experimentaron un aumento en su puntuación general entre 2022 y 2024, mientras que 44 países experimentaron una disminución. En general, el desempeño de los impuestos al tabaco ha mejorado ligeramente en el período de 10 años desde 2014, cuando la puntuación media fue de 1,90.

Solo Reino Unido y Finlandia cobran bien los impuestos al tabaco

Solo dos países obtuvieron una puntuación general de 4 puntos o superior en 2024: el Reino Unido (Gran Bretaña e Irlanda del Norte) y Finlandia. Estos dos países implementan sistemas efectivos de impuestos al tabaco, aunque ambos se beneficiarían de una mayor reducción de la asequibilidad de los cigarrillos mediante un aumento constante de las tasas impositivas.

Únicamente hay 22 países con puntuación superior a 3: Bélgica, Filipinas, Nueva Zelanda, Australia, Lesoto, Ucrania, Países Bajos, Vanuatu, Chequia, Ecuador, Irlanda, Singapur, Eslovaquia, Turkmenistán, Dinamarca, Francia, Malasia, Malta, Mauricio, Seychelles, Canadá y Montenegro.

Cómo está Costa Rica en cobro de impuestos al tabaco

El país se encuentra en el rango donde están la gran mayoría de países entre 2 y 3 puntos. Pero más cerca de los que cobran menos impuestos con 2,25 puntos. Esta cifra es el promedio de: 3 puntos en precio, 0 puntos en cambio en la asequibilidad, 2 puntos en participación de los impuestos en el precio y 4 en estructura tributaria, como se muestra en la tabla de Puntuación general y de componentes del impuesto al cigarrillo por país del 2024:

En cuanto al análisis de los últimos 10 años, Costa Rica ha ido empeorando. Pasó de 3,13 en 2014 cuando recién se aprobó la Ley 9028 de control de tabaco, a un 2,13 en 2018, 2,00 en 2020, y un 2,25 en 2024, como se muestra en la tabla Puntuación general del impuesto al cigarrillo por país desde el 2014 al 2024:

Screenshot

Se debe reducir la asequibilidad global del tabaco

Los hallazgos de esta edición aumentan la preocupación sobre la asequibilidad de los cigarrillos en todo el mundo. Solo la región del Mediterráneo Oriental logró reducir la asequibilidad con el tiempo. En términos generales, los gobiernos no están aumentando los impuestos lo suficiente ni actualizándolos en función de la inflación y el crecimiento del ingreso real. Como resultado, la asequibilidad de los cigarrillos se mantiene constante e incluso aumenta en algunos países.

Aunque los precios promedio de los cigarrillos en 2024 aumentaron en todas las regiones, revirtiendo una tendencia a la baja desde 2022, este cambio se debe al aumento de precios de la industria, más que a las reformas fiscales. En consecuencia, son las empresas tabacaleras, no los gobiernos, quienes se apropian de estos ingresos como ganancias adicionales. Además, los precios en los países de bajos ingresos, donde las tabacaleras buscan expandir sus mercados, siguen bajando en promedio.

Se requieren estructuras tributarias más efectivas

El Cuadro de Indicadores también muestra que los gobiernos siguen optando por estructuras tributarias menos efectivas, como sistemas complejos y escalonados, o aquellos que se basan en impuestos ad valorem. La puntuación general promedio en este componente aumentó solo ligeramente desde 2022, y algunos países incluso han retrocedido. Las estructuras tributarias desfavorables socavan la efectividad de los aumentos de impuestos y pueden ser difíciles de administrar.

Los impuestos al tabaco siguen siendo una fuente desaprovechada de nuevos ingresos. A largo plazo, una tributación efectiva sobre los cigarrillos también puede reducir la presión sobre los sistemas de salud al mejorar la salud de la población, especialmente en los países de bajos ingresos, y aumentar la productividad económica.

Cómo se construye el Cuadro de Indicadores

El Cuadro de Indicadores del Impuesto al Cigarrillo de Economics for Health utiliza los datos del Informe bienal de la Organización Mundial de la Salud sobre la Epidemia Mundial de Tabaco, 2025 (RGTE), junto con información macroeconómica del Banco Mundial y otras fuentes, para evaluar el desempeño de los impuestos al cigarrillo en 171 países.

El Cuadro de Indicadores presenta cuatro componentes clave de los sistemas de impuestos al cigarrillo: precio del cigarrillo, cambio en la asequibilidad, participación de los impuestos en el precio y estructura tributaria, y describe oportunidades para que los gobiernos alineen sus políticas con las recomendaciones de mejores prácticas.

La Red Nacional Antitabaco, RENATA apoya el Proyecto de Ley 23.880 que se encuentra en la Asamblea Legislativa para facilitar y aumentar la recaudación fiscal de cigarrillos: https://www.rednacionalantitabaco.com/2025/09/19/sial23880/

El “paciente” está enfermo por el tratamiento

Juan Carlos Cruz, para SURCOS

En un texto reciente publicado en su perfil de Facebook, Carlos Francisco Echeverría analiza la elección y el ejercicio del poder de Rodrigo Chaves como expresión de un malestar social previo y profundo. Aunque Chaves ganó la presidencia con relativa facilidad, su victoria se apoyó más en el rechazo a un adversario desgastado que en propuestas propias. Ya en el gobierno, ha mantenido altos niveles de aprobación no por logros concretos, sino por convertir la presidencia en plataforma de una retórica de desprecio hacia la historia, las instituciones y la democracia costarricense.

Esa retórica conecta con una parte significativa de la sociedad frustrada por la creciente desigualdad y el deterioro de los servicios públicos. Según Echeverría, el “desprecio” funciona como válvula de escape para quienes se sienten abandonados por un sistema injusto. Costa Rica, sin embargo, ya era un “paciente” debilitado: el discurso presidencial no cura la enfermedad, sino que agrava el malestar y lo convierte en capital político, deteriorando el diálogo social.

El autor recurre a la metáfora de una enfermedad autoinmune para describir una sociedad que, obsesionada con sus errores y carencias, termina atacando también sus propios logros, virtudes e instituciones. Las próximas elecciones serán, en este sentido, una prueba de la salud cívica del país: podrían confirmar el avance de un clima autoritario y cínico, aunque también existe el antecedente de 2018, cuando el electorado reaccionó frente a una amenaza percibida a la convivencia democrática.

Echeverría subraya la urgencia de revisar a fondo el sistema que generó concentración de ingresos y deterioro de los servicios públicos. Sin correcciones estructurales serias, advierte, el país corre el riesgo de entrar en una fase terminal de demagogia y populismo autoritario, aunque todavía existe una ventana de oportunidad para evitarlo. Su tesis de fondo es clara: el chavismo es síntoma y acelerador de una crisis estructural, no su causa originaria. El verdadero dilema es si Costa Rica logrará corregir esa crisis antes de que el proceso autodestructivo se consolide.

Echeverría deja servida la mesa para una respuesta que no se quede en la superficie moral del “paciente enfermo”, sino que vaya al hueso estructural del problema. Lo que él describe como “sistema ineficiente e injusto” no es un accidente ni una desviación reciente: es el resultado de un viraje histórico profundo que Costa Rica emprendió desde finales de los años 80 y que hoy muestra sus consecuencias más crudas.

La invitación a “revisar a fondo el sistema que nos llevó hasta aquí” es indispensable, pero exige nombrar con claridad cuál fue ese sistema y cómo se instaló. Costa Rica no llegó a la actual concentración de la riqueza ni al deterioro de su Estado social por fatalidad ni por errores aislados: llegó por un proceso histórico de desmantelamiento progresivo del pacto social que había sostenido la movilidad social, la clase media amplia y las instituciones públicas fuertes.

Durante buena parte del siglo XX, el país combinó tres pilares que explicaban su excepcionalidad regional: un Estado social robusto, una estructura tributaria relativamente progresiva y un modelo de desarrollo orientado a la inclusión. Ese equilibrio comenzó a romperse con la crisis de la deuda en los años 80. Bajo presión de organismos financieros internacionales y élites económicas locales, Costa Rica adoptó un modelo neoliberal de apertura, desregulación y privatización parcial que tuvo tres efectos decisivos.

Primero, se debilitó la capacidad redistributiva del Estado. La estructura tributaria se volvió más regresiva: aumentó el peso de los impuestos indirectos, se multiplicaron exoneraciones a grandes capitales y zonas francas, y se redujo la carga sobre las rentas altas y el patrimonio. El resultado fue una transferencia silenciosa de riqueza hacia arriba.

Segundo, se fragmentó el mercado laboral. El empleo público dejó de ser motor de movilidad y el empleo privado se precarizó. La economía se dualizó: un sector moderno, exportador y altamente productivo, pero con poco encadenamiento, y un sector interno estancado, informal y mal remunerado. La desigualdad dejó de ser solo de ingresos: se volvió desigualdad de oportunidades, estabilidad y dignidad.

Tercero, se consolidó un modelo de crecimiento que no derrama. La inversión extranjera directa generó islas de prosperidad, pero no un desarrollo nacional integrado. El país creció, sí, pero creció para pocos. La clase media dejó de expandirse y comenzó a erosionarse. En síntesis, Costa Rica pasó de un modelo de movilidad social a uno de acumulación concentrada, donde el crecimiento económico dejó de traducirse en bienestar colectivo.

El deterioro de las instituciones del Estado social tampoco es producto de la incompetencia reciente, sino de un proceso de asfixia fiscal, política y simbólica que lleva décadas.

La asfixia fiscal ha sido deliberada: mientras se exigía al Estado hacer más, se le quitaban los recursos para hacerlo. La regla fiscal, las exoneraciones, la evasión y la elusión estructural han dejado a instituciones como la CCSS, el MEP o el IAFA sin capacidad de inversión, innovación o expansión. Un Estado sin recursos es un Estado condenado a fallar.

La privatización por desgaste siguió un patrón conocido: se deteriora el servicio público, la ciudadanía se frustra, se abre espacio para el discurso de “lo público no sirve” y así se legitima la privatización o la tercerización. Es un círculo vicioso que erosiona la legitimidad del Estado social.

A esto se suma la captura política y tecnocrática: las élites económicas lograron imponer una visión de país donde el Estado es visto como obstáculo y no como garante de derechos. Esa narrativa permeó medios, partidos y tecnocracias, produciendo un Estado administrado para no incomodar al poder económico.

Finalmente, el desgaste simbólico del pacto social ha sido profundo. La prédica presidencial actual —que desprecia instituciones, historia y democracia— no surge en el vacío. Es la fase aguda de un proceso largo de deslegitimación cultural del Estado social, que lo presenta como ineficiente, corrupto o anacrónico, mientras oculta los intereses que se benefician de su debilitamiento.

La conclusión es inevitable: el “paciente” no está enfermo por accidente, sino por tratamiento. Si Costa Rica parece hoy un paciente debilitado, es porque durante décadas se le aplicó un tratamiento que debilitó su sistema inmunológico (el Estado social), concentró la riqueza en pocas manos, precarizó a la mayoría y abrió la puerta a discursos autoritarios que se alimentan del malestar social.

Revisar el sistema implica revertir ese rumbo, no maquillarlo. Implica recuperar la capacidad redistributiva del Estado, reconstruir servicios públicos universales, democratizar la economía y devolverle a la ciudadanía la certeza de que el país puede ser nuevamente un espacio de movilidad, dignidad y esperanza.

Todavía estamos a tiempo. Pero solo si dejamos de tratar los síntomas y enfrentamos la enfermedad estructural.

Elecciones 2026: Las propuestas económicas también hablan de la vida cotidiana

Carlos Hernández Porras
Economía social y solidaria
carloscokomal.p@gmail.com

Cuando escucho las propuestas económicas de los partidos políticos, no puedo evitar pensar que no se trata solo de números, planes o discursos técnicos. Detrás de cada propuesta hay una forma concreta de ver la vida, el trabajo y a las personas. La economía, aunque a veces se presente como algo lejano, se vive todos los días: en el empleo que se consigue o no, en el salario que alcanza o no alcanza, en la seguridad de llegar a fin de mes.

Muchas de las propuestas actuales insisten en lo mismo de siempre: competitividad, atracción de inversión, infraestructura y seguridad como motores del desarrollo. Ese enfoque no es nuevo. Responde a un modelo que apuesta a que, si el país resulta atractivo para el capital, los beneficios eventualmente llegarán a todos. Sin embargo, desde la experiencia cotidiana, esa promesa no siempre se cumple.

He visto cómo la llamada competitividad beneficia sobre todo a ciertos sectores, mientras amplios territorios y comunidades siguen enfrentando precariedad, empleo informal y falta de oportunidades. Se habla mucho de crecimiento, pero poco de cómo se reparte ese crecimiento y de quiénes quedan fuera del camino.

Otro tema recurrente es la formalización laboral. Se plantea facilitar las condiciones para que las empresas se pongan al día, eliminando sanciones o flexibilizando requisitos. Aunque esto puede parecer razonable, deja intactas las causas profundas del problema: salarios insuficientes, inestabilidad laboral y un modelo económico que concentra la riqueza en pocas manos. Formalizar, sin cambiar esas condiciones, no mejora realmente la vida de las personas.

Algo similar ocurre con las pequeñas y medianas empresas. Se les ofrece acompañamiento para sobrevivir los primeros años, pero desde una lógica individual, como si cada quien tuviera que arreglárselas solo. En la práctica, muchas personas emprenden no por oportunidad, sino por necesidad, y enfrentan el mercado sin redes de apoyo reales ni solidaridad económica.

Desde mi vivencia, hace falta mirar la economía desde otro lugar. La economía solidaria propone algo distinto: cooperación en lugar de competencia extrema, redes comunitarias en lugar de aislamiento, y acuerdos sociales que pongan en el centro la dignidad del trabajo, el cuidado del ambiente y el bienestar colectivo. No es una idea abstracta; es algo que ya sucede en comunidades, cooperativas y organizaciones que resisten día a día.

Las propuestas económicas no son solo planes de gobierno. Son señales claras del tipo de país que se quiere construir. Por eso es importante preguntarnos si queremos seguir apostando por un modelo que deja a muchos atrás, o si estamos dispuestos a imaginar y construir una economía más humana, más justa y más cercana a la vida real de las personas.

De Infancia, colores y democracia

Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista

Hubo un tiempo en Costa Rica en que, durante las elecciones, los niños nos sumábamos de lleno en el trajín electoral. Sabíamos que no íbamos a votar, pero participábamos con el mismo entusiasmo: algunos madrugábamos para ayudar como guías de mesa en la organización, otros andábamos con la respectiva camiseta bien puesta y la bandera al hombro. En aquel entonces, esos colores no activaban alertas ni ameritaban expediente alguno: eran juego, fiesta y —para sorpresa del presente— también identidad.

Las elecciones se vivían en la calle y en la casa. Íbamos con nuestros papás a los actos políticos, dábamos vueltas por el barrio luciendo el color y celebrábamos cuando en la esquina nos pitaba el carro si era del mismo bando. Aquello no era propaganda agresiva, sino un saludo: una seña rápida de pertenencia en una democracia que todavía se permitía disfrutarse. Y, por supuesto, no faltaba el amiguito “pancista” —así bautizábamos a la veleta del barrio—, el que siempre encontraba la camiseta correcta para cada momento. También eso se aprendía: que no todos jugaban con el mismo color hasta el final

En la familia se discutía. Cada quien defendía su color con entusiasmo, sin manuales de convivencia ni protocolos de protección. Nadie pensaba que esas peleas de sobremesa pudieran vulnerar derechos fundamentales. Ahí íbamos entendiendo, a punta de palabras y risas, que la democracia no es pensar igual, sino aprender a vivir con el desacuerdo.

Hoy, en cambio, la política se volvió sospechosa. El Patronato Nacional de la Infancia (PANI) abrió una investigación por la participación espontánea de la hija del candidato Álvaro Ramos en un acto público, acompañada por su papá y su mamá. Una chiquilla que habló con naturalidad pasó, de un momento a otro, a ser tratada como posible caso de riesgo institucional. No por abandono, no por violencia, sino por haber estado cerca de la política.

Conviene entonces ordenar el nuevo mapa mental. Si la política es peligrosa para los niños, habrá que revisar nuestras viejas costumbres democráticas: borrar las votaciones infantiles que se promueven como ejercicios cívicos, suspender las elecciones estudiantiles en escuelas y colegios, guardar las camisetas de colores, esconder banderas y papeletas de juguete. No vaya a ser que los chiquillos, sin saberlo, estén siendo inducidos en esa práctica dudosa llamada ciudadanía.

La democracia costarricense, al parecer, ya no se aprende en la esquina ni en la casa, sino en la distancia prudente y el silencio preventivo. Y así, bien protegidos de toda influencia, tal vez, algún día, los niños despierten a los 18 años con una vocación democrática pura, intacta y libre de toda contaminación. Mientras tanto, este país empieza a confundir cuidado con miedo y derechos con silencio.

Y cuando por fin los niños crezcan, quizá descubran que no se les privó de la política para protegerlos, sino de la democracia para administrarla mejor.

Encendamos alertas. ¡Qué no nos tomen desprevenidos!

Marielos Aguilar Hernández

A los costarricenses que dichosamente, no vivimos los oscuros días de la guerra civil de marzo y abril de 1948, nos puede resultar inconcebible que, en plena campaña electoral, la candidata del oficialismo Laura Fernández se atreva a anunciar la posibilidad de suspender las garantías individuales, con sus consecuentes medidas de represión contra la ciudadanía dada, según ella, la agudización del crimen organizado por el narcotráfico en nuestro país.

Pero no es tan difícil atar los cabos que explican semejante anuncio, el cual conlleva una amenaza mayor para las tradiciones de paz costarricense.

Ahora resulta claro que la estrecha amistad del presidente Rodrigo Chaves con su colega salvadoreño, el presidente Nayib Bukele, de claras tendencias fascistoides, y la firma de un reciente acuerdo en materia de seguridad nacional entre ambos, ha sido el antecedente inmediato que le está permitiendo a la candidata Laura Fernández fomentar, de manera descarnada, los peligros que hoy amenazan nuestra paz social. Ese acercamiento Chaves-Bukele ya le había encendido algunas alertas a la ciudadanía costarricense. Hoy, han comenzado a concretarse con el anuncio de una eventual suspensión de las garantías individuales en nuestro país.

Semejante anuncio se hace en un contexto de agudización de los conflictos entre el Poder Ejecutivo, por una parte, y los poderes Legislativo y Judicial, por la otra. Sumado a ello, aparecen las serias contradicciones que hoy enfrentan también al Tribunal Supremo de Elecciones con el presidente Rodrigo Chaves.

Lamentablemente, las fichas del actual tablero político nacional parecen acomodarse en el mismo sentido de la estrategia presidencial. Inicialmente, observamos una mano muy suave, por parte de este gobierno, con el crimen organizado por los barones del narcotráfico. Como consecuencia, se ha producido una expansión de las bandas del sicariato y de la venta de cocaína y otras sustancias, como nunca antes en la historia de nuestro país. De esta forma, las condiciones están dadas para anunciar el siguiente paso de la próxima presidencia: un incremento de las medidas represivas con el crimen organizado pero que, es de suponer, también conlleva una intencionalidad política, en el caso de que el oficialismo no logre concretar sus aspiraciones de triunfo en las elecciones próximas. Veámonos también en el espejo hondureño y en la directa intervención estadounidense en su reciente proceso electoral, el cual no termina de aclararse.

Todo esto se da en un momento internacional muy complejo. Haciendo nuestras las palabras de los líderes estudiantiles argentinos que sacaron adelante la gloriosa Reforma Universitaria de Córdoba en 1918, nos atrevemos a parafrasearlos: “Vivimos hoy una hora americana”.

Al comenzar a cerrarse la etapa de la mundialización, originada en la pasada década del ochenta, con la implosión del proyecto revolucionario de la antigua URSS, pareciera que se está fomentando un retorno, por parte de Estados Unidos, a la vieja Doctrina Monroe. La descarada intervención del presidente Donald Trump en el reciente proceso electoral en nuestra vecina Honduras, las amenazas de invasión militar en Venezuela y las confrontaciones con el gobierno colombiano de Gustavo Petro, son algunos de los ejemplos que nos hacen ver cómo los reflectores del poder imperial estadounidense vuelven a dirigirse, agresivamente, hacia nuestros países latinoamericanos.

Y Costa Rica no está exenta de semejantes amenazas. El interés del gobierno norteamericano de olfatear los movimientos legislativos que giran en torno a la posibilidad de quitarle la inmunidad al presidente Chaves, para que dé cuenta de su reiterada beligerancia política en el actual contexto electoral, no debe pasar desapercibido, todo lo contrario.

Hacemos un llamado a la conciencia ciudadana para estar atentos y atentas ante los eventos de la actual coyuntura nacional. ¡Qué no nos encuentren desprevenidos! La paz social es lo primero.

Caminata promueve el movimiento humano como herramienta terapéutica para personas adultas mayores

La Fundación Caminantes de Costa Rica impulsa una iniciativa orientada a promover el movimiento humano como herramienta terapéutica para la población adulta mayor, a través de una caminata que busca fomentar el contacto con la naturaleza, la actividad física y el bienestar integral.

La actividad se realizará en el Parque de la Libertad, en el sector de Fátima de Desamparados, e incluye un recorrido interno aproximado de tres kilómetros, diseñado para facilitar la participación de personas adultas mayores en un entorno seguro y accesible.

Desde la Fundación señalan que el propósito central de la caminata es destacar la importancia del movimiento consciente y del vínculo con la naturaleza como elementos que contribuyen a la salud física, emocional y social de las personas adultas mayores, fortaleciendo además espacios de encuentro comunitario.

La participación en la actividad se realiza mediante contribución voluntaria. Como parte de la jornada, se entregará una medalla alusiva al evento, así como productos de personas patrocinadoras y rifas.

Las personas interesadas pueden solicitar información directamente con la organización a través del número telefónico indicado por la Fundación Caminantes de Costa Rica: Tel 71894252

Para la contribución voluntaria: Sinpe 62262080

¡Defensa de las familias sancarleñas! – Para firmar

SURCOS le comparte la siguiente campaña:

El brutal desalojo de 70 familias de la comunidad de Chorreras en San Carlos ha ocasionado el dolor y la precariedad de esas familias y, lo que es peor, la denuncia de la desaparición de siete menores puesta en el Patronato Nacional de la Infancia. El paradero de estas criaturas se ignora, pues el terror perpetrado durante el desalojo provocó su huida.

Compartimos imágenes de algunas viviendas de la comunidad desalojada.

Pedimos su firma antes 20 diciembre para exigir el respeto a los derechos humanos.

Enlace:

https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSdAwY32nlGbEI_J-c__cJFJlQTS8Q6aFgbx-qtFHA6qVeo_WQ/viewform

Defenderse del odio

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

Quizá por estas latitudes nuestras hay noticias que pasan desapercibidas. Es que la ocupación y la preocupación por los destinos de un país como Costa Rica nos ha hecho pensar mucho en lo doméstico y restarnos la mirada periférica hacia el contexto internacional.

Este año, no debemos olvidarlo, asumió en su segunda magistratura el republicano Donald Trump. Recordemos que una de las promesas de campaña que a la larga le llevó al poder fue “acabar con el problema de la inmigración hasta volverla 0”.

Para ello, la campaña de persecución, detención y deportaciones masivas debía ser feroz. Y sí que lo ha sido. En la memoria, triste memoria, nos quedará como país haber contribuido a servir como destino de vuelos de deportados que fueron a parar a la zona sur del país en condiciones de hacinamiento y violencia institucional.

En lo que el teatro doméstico se alista para una de las contiendas más importantes de su historia democrática, en algunas ciudades de Estados Unidos se escenifican acciones de resistencia contra la maquinaria migratoria y represiva que Donald Trump ha ordenado lanzar contra los cuerpos de las personas migrantes y sus familias.

Recién la semana pasada un artículo publicado en el sitio digital Revista Crisis, detallaba las estrategias de autodefensa vecinales y comunitarias ensayadas en sitios como Chicago, una de las ciudades con mayor población latina en aquel país.

Las acciones consistían en talleres de formación, entrenamientos colectivos y herramientas de comunicación ingeniosas destinadas a luchar contra las detenciones masivas y las deportaciones.

El poder de la organización está allí, en la gente. Pienso en eso y es inevitable no pensar en la incapacidad que ha mostrado la oposición en Costa Rica para derrotar al oficialismo y su autoritarismo legitimado. Pienso en cierto ADN que se perdió y es necesario recuperar con sentido colectivo y liberador.

Si los migrantes en Estados Unidos están logrando resistir y combatir el odio, pienso que hay un resquicio de esperanza que proponga terminar con esta pesadilla política y dedicarnos de inmediato a reconstruir el proyecto de país que somos. Refundarnos. Salir del fondo.

“Cuando el enojo se vuelve excusa” – ¿Dictadura? ¿y de 70 años? Segunda parte

JoseSo (José Solano-Saborío)

Seguimos…

La historia ya nos contó esta película.

Muchas veces.

Demasiadas.

Siempre empieza igual, como decía en la primera parte: un pueblo cansado, con razón. Golpeado por abusos, corrupción, desigualdades reales. Aparece entonces un personaje que no propone reparar, sino arrasar. No invita a mejorar la casa: invita a prenderle fuego. Y lo hace gritando sus palabras mágicas: dictadura perfecta.

Así -hace no tanto- llegaron Mussolini, prometiendo orden frente al “caos” italiano.

Así llegó Hitler, jurando salvar a Alemania de enemigos internos (judíos y comunistas) y de una “democracia humillante”.

Así justificaron sus golpes Pinochet y Videla, diciendo que venían a “rescatar” la patria.

Así Trump, llamando fraude a todo lo que no podía controlar, convenciendo a millones de que la democracia era el problema y él la solución.

Ninguno llegó diciendo: “Vengo a ser dictador”.

Llegaron diciendo: “Vengo a liberarlos”.

Y cuando el pueblo se dio cuenta del trueque, ya no había Congreso que frenara, ni jueces que hablaran, ni prensa que denunciara. El poder ya estaba concentrado. Y la factura fue sangre, miedo y silencio.

Por eso preocupa —y mucho— ver cómo aquí, en Costa Rica, se intenta sembrar la idea de que todo lo que somos fue una mentira. Que nuestro orgullo patrio era un espejismo. Que el Estado Social de Derecho fue una farsa. Que la democracia era, en realidad, una “dictadura maquillada”.

¿En qué momento nos convencieron de eso?

Costa Rica no es perfecta. Nunca lo ha sido. Pero es una rareza luminosa en una región marcada por cuartelazos, caudillos y exilios. Aquí abolimos el ejército cuando otros se desangraban. Apostamos por la educación pública cuando otros apostaban por fusiles. Creamos instituciones para equilibrar poder cuando otros lo concentraban.

Por eso el mundo nos respeta.

Por eso aquí llegan estudiantes, organismos internacionales, mediadores de paz.

Por eso, cuando un costarricense habla de democracia, afuera escuchan.

¿De verdad vamos a creernos ahora que todo eso fue una mentira bien montada?

No.

Lo que pasa es otra cosa: hay goteras. Y claro que las hay. Pero cuando una casa tiene goteras, no se demuele. No se incendia. Se repara el techo. Se cambian las tejas. Se arregla lo que no sirve.

Si un perro tiene pulgas, no se mata al perro. Se baña. Se cura. Se cuida.

Pero el populismo autoritario no quiere reparar. Quiere destruir para reconstruir a su imagen… y quedarse con las llaves.

Y aquí viene la ironía más cínica:

Quienes hoy desprecian el “sistema”, quienes lo llaman corrupto y dictatorial, se educaron gracias a él. Estudiaron con becas pagadas por ese mismo Estado que hoy insultan. Escalaron gracias a las oportunidades de esa “dictadura” que, curiosamente, nunca los persiguió, nunca los encarceló, nunca los silenció.

Eso no es rebeldía.

Eso es hipocresía.

El peligro no está en criticar la democracia. Eso es sano. El peligro está en dejar que el enojo nos haga entregar todo el poder a un “salvador” que nos dice exactamente lo que queremos oír… mientras nos pide que dejemos de pensar, de cuestionar, de exigir controles.

Porque así empieza siempre.

Con aplausos.

Con insultos al pasado.

Con la promesa de que “ahora sí”.

Y termina con silencio.

Costa Rica no necesita nuevos profetas. Necesita ciudadanos despiertos. Que defiendan su herencia, que exijan cambios sin renunciar a los principios, que entiendan que la democracia no se entrega por despecho.

Que no nos vuelvan a engañar.

Porque una cosa es estar cansados…

Y otra muy distinta es regalar el futuro por un discurso bonito y un poder sin frenos.

Ahí sí, cuando ya no haya a quién reclamarle, cuando el poder esté concentrado y la voz apagada, entenderemos —demasiado tarde— que la casa no estaba perdida.

Solo necesitaba que la cuidáramos.

Las múltiples caras de África: cuestiona la empatía y solidaridad con fronteras

Bernardo Archer Moore, presidente de ACUDHECA.

Por: Bernardo Archer Moore
Cahuita, Talamanca, Limón, Costa Rica

Contrario a la narrativa simplificada que durante décadas se nos ha impuesto, África no es un país, sino un continente conformado por 54 Estados soberanos, múltiples regiones geográficas y una vasta diversidad de pueblos, culturas y subculturas ancestrales, cuya historia se remonta a tiempos prehistóricos, anteriores a la era cristiana. Desde el Magreb y el norte de África, pasando por África Occidental —incluida Nigeria y su capital económica, Lagos—, África Central, África Oriental y África Austral, el continente africano ha sido siempre plural, complejo y profundamente diverso.

Dentro de estas sociedades, ayer como hoy, han coexistido realidades marcadas por una profunda desigualdad: los que tienen y los que no tienen, una brecha estructural que no ha desaparecido y que continúa reproduciéndose en el presente.

Las imágenes recientes provenientes de Lagos, Nigeria (África Occidental) revelan procesos de desplazamiento forzado, exclusión urbana y concentración de riqueza que resultan incluso más alarmantes que los fenómenos actualmente observados en la costa del Pacífico de Costa Rica, derivados de la implementación de los Planes Reguladores Costeros (PRC) promovidos por el Instituto Costarricense de Turismo (ICT).

Este paralelismo deja al descubierto una realidad incómoda: el desalojo sistemático de poblaciones de ingresos bajos y medios, junto con la expulsión de pequeños emprendimientos locales de zonas costeras estratégicas para abrir paso a grandes capitales y desarrolladores inmobiliarios, no es una ocurrencia aislada de la política nacional costarricense, sino parte de una estrategia de “desarrollo” de carácter transnacional.

En este contexto, resulta imposible ignorar el silencio sepulcral de muchos autoproclamados líderes de la Diáspora Africana, quienes proclaman con orgullo su ancestralidad africana, se envuelven simbólicamente en togas identitarias, pero dan la espalda a nuestros hermanos y hermanas avasallados en la madre patria. Ese silencio —cómodo y selectivo— se convierte en una forma más de complicidad frente al despojo y la exclusión que hoy sufre África.

Y revela que nuestra empatía y solidaridad tiene fronteras restringidas.

Este patrón global, que atraviesa continentes y discursos, nos obliga a cuestionar no sólo las políticas públicas y los modelos económicos vigentes, sino también la coherencia ética de ciertos liderazgos y el sentido real de la solidaridad afrodescendiente. Al final, la pregunta sigue siendo inevitable:

¿Desarrollo para quién y a costa de quién?