Poetas frente al espejo: Julio Enrique Ávila y Roque Dalton
Por René Mauricio Valdez (Feb. 17, 2026)
1.
Flor de favor nos hizo a los salvadoreños el profesor Lara-Martínez al imposibilitar que siguiéramos presumiendo alegremente por el mundo que el sobrenombre con que se conoce a nuestro pequeño país — el pulgarcito de América — fue un chispazo de admiración de Gabriela Mistral. Mediante una investigación meticulosa comprobó que el pegajoso alias fue inventado por el salvadoreño Julio Enrique Ávila (1892-1968), un escritor olvidado (borrado, lo llama) que tuvo su apogeo en la primera mitad del siglo 20 y cuya obra recibió sonoros elogios de Mistral, Miguel de Unamuno, José Santos Chocano, Juan Ramon Jiménez, Enrique Gómez Carrillo, entre otros. El origen de la confusión habría sido el poeta y revolucionario Roque Dalton (1935-1975) que abrió Las historias prohibidas del pulgarcito, una de sus obras más conocidas publicada poco después de que fuera ejecutado por sus propios compañeros de la guerrilla, con un epígrafe en el que atribuyó la frase a la Nobel chilena (quien, por cierto, no fue santa de su devoción).
Lara-Martínez discute por qué y para qué pudo Dalton haber cometido este “error”, así como la relevancia de esclarecer el asunto. Descarta que Dalton se haya equivocado, desconociera la autoría de la frase o la obra de Ávila, a la que alude en varias partes sin citarla. Considera que la cuestión es parte de un “juego roqueano” emprendido por motivaciones literarias, generacionales y políticas, que pone de manifiesto la crítica avasalladora y el humor corrosivo que la Generación Comprometida de jóvenes poetas que Dalton encabezó, le aplicó a casi toda la literatura producida en el país antes de ellos. El error de Roque, para decirlo en mis palabras, es un guiño de ojo para iniciados.
2.
Ávila comenzó El mundo de mi jardín, una de sus obras más emblemáticas, publicada en 1927, con una confesión:
Ahora soy jardinero. En la anochecida… me encuentro encorvado todavía, auscultando los rosales… En este mundo diminuto de mi jardín campestre, soy médico y sacerdote. Con amor voy palpando los miembros heridos o marchitos; voy sanando dolencias misteriosas, dolores perfumados… Ahora que soy jardinero, he ahondado la misión del poeta. La misión del poeta es ésa: ser jardinero! Quien pudiera ser jardinero de la humanidad!
Cuarenta años más tarde Dalton comentó este pronunciamiento en boca de uno de los “poetas blasfemos” de su generación que hacen “pachanga verbal” en Pobrecito poeta que era yo:
¿Para qué el ´por qué´? No puedo deletrear el mensaje. ¿Viene de muy hondo? No lo sé. El ramo de flores que habla: la incoherencia es la abejita que chupa y chupa, ¿eh? La misión del poeta es esa, bobo: ser jardinero. No le busques más filos.
Ávila fue un innovador en las letras hispanas, algunos lo consideran precursor del microcuento: “El desierto: He aquí un Mar que murió de sed.” Sin embargo, para Dalton su estilo era pomposo y grandilocuente, encarnaba un “preciosismo abstracto” desinteresado de la realidad del país que a él lo obsesionaba. Ávila no fue costumbrista ni nacionalista: en su obra literaria no habló de El Salvador (cosa que obviamente hizo en su obra ensayística) ni de ningún otro país. Es posible que, dadas estas características de la obra avileña y en sintonía con su temperamento bromista y molestón –odioso, dicen algunos—, Dalton haya borrado a Ávila “por-joder”, concepto que un personaje que cita con admiración asegura es fuerza motriz de la historia del país. Pero la motivación principal fue política.
En su ensayo monográfico sobre El Salvador, Dalton acometió contra “los escritores de la burguesía que han acuñado para El Salvador el ridículo término de ´pulgarcito de América´” con fines propagandísticos y de encubrimiento de la realidad. Observemos que Ávila no fue un escritor de la burguesía sino un burgués escritor, un poeta rico, un miembro de la élite económica que escribía. Graduado en 1912 como Doctor en Química y Ciencias Naturales, fue propietario de droguerías y almacenes, y docente y decano de la Facultad de Química y Farmacia de la Universidad de El Salvador. Introdujo el cultivo del henequén en tierras de su propiedad y en 1932 fundó la primera fábrica de sacos para empacar productos de exportación. “Este paso de Ávila”, remarca una biografía, “no sólo tuvo un impacto en lo económico, sino también en la percepción de los salvadoreños sobre las posibilidades de industrialización del país”. En 1933 fundó la Droguería Italia, de las más importantes de la capital, llamada “establecimiento de servicio público” por el diario oficial.
Por su condición de empresario capitalista, era natural que Ávila produjera escozor entre los poetas comprometidos, convencidos como estaban de que las clases propietarias eran los artífices de la opresión y la miseria. Ávila, sin embargo, parecía una excepción. Tuvo la reputación de ser no solamente un empresario exitoso e innovador, sino también una persona correcta y bondadosa, un hombre que conducía sus negocios y vida privada de manera ejemplar. En su obra hizo gala de un admitido idealismo cristiano (sutilmente “conversante” con la teosofía) y de una militante convicción en el poder del espíritu sobre la materia y las barreras, nociones que expuso con agudeza sicológica y gran simbolismo en su obra poemática El vigía sin luz, una combinación de novela y libreto teatral (el Instituto de Ciegos de Bilbao publicó dos ediciones en lenguaje Braille en 1936). El mexicano Federico Gamboa en 1936 lo llamó “sembrador de buenas intenciones”, a quien no arredren “ventiscas y pedreas, ni las alimañas de los campos… ni los profetas falsos y pícaros verdaderos…”, alguien que arroja “la buena semilla que carga en el corazón” en el surco “abierto con el talento de la palabra.”
Las credenciales de que gozaba y su posición socioeconómica le permitieron pararse con independencia en el terreno de la política, en el que tuvo participación desde joven, incluyendo en agitadas jornadas en 1918 y 1922 que le costaron maltratos y el exilio. En 1931 fue subsecretario de instrucción pública del malogrado gobierno laborista de Arturo Araujo. Políticamente era un liberal reformista moderado. Lo suyo era el gradualismo. En su obra y discursos se manifestó indignado por las injusticias contra los desposeídos, pero por completo opuesto a la violencia política y a las revoluciones, hecatombes que sólo traían desengaños y sufrimientos:
Ya lo dijimos: la violencia se encadena eternamente en la violencia. ¡Y nunca encontrará la paz quien la busque en los campos de guerra, porque no podrá dar rosas blancas una mata que se riegue con sangre! Las revoluciones –semilleros de odios—han acarreado siempre reacciones –cosechas de venganzas–. Y el mundo ha venido de esta manera dando tumbos hacia atrás y hacia adelante, como un ebrio, sin otra dirección que la crueldad y sin otra norma que satisfacer sus apetitos.
En el radicalmente pacifista El himno sin patria: Ensayo sobre el origen de la música y su acción social (escrito en los albores de la Segunda Guerra Mundial), expresó conceptos que le restaron muchos puntos tanto con los comprometidos (“las calles lúgubres de Leningrado y de Moscú … viven bajo el resplandor de un incendio”, al compás “delirante de La Internacional” con sus “trágicos presagios para la tierra entera”) como con los fascistas. Llamó a los nazis “vencedores de Alemania”, que “al estruendo guerrero de su ´Horst Weffel´ han poblado los ricos valles del Rhin de nuevas walkirias, que esperan, ansiosas, el momento de lanzar su sentencia de muerte”.
Tuvo amistad con el general Maximiliano Hernández Martínez, quien gobernó El Salvador con mano férrea entre 1932 y 1944. Según lo reportó el periodista Napoleón Viera Altamirano, propietario del importante El Diario de Hoy, Ávila le habría dicho que su amistad con Martínez era fácil de entender: “mi lucha por los ideales patrios se libra en planos alejados de la política partidista. Por otra parte yo no le he pedido ni le debo favores, y esta amistad entre los dos me ha servido para ser embajador de mis amigos perseguidos y molestados por el régimen”. Ávila era un intachable a quien el diletante Hernández Martínez (teósofo y ex miembro de la junta directiva de la principal asociación cultural del país) respetaba. En 1937 asumió la dirección de la Radio Nacional en la que el gobernante pronunciaba sus llamativos discursos político-esotéricos. En este “sistema radial” (tres radios con que se llegaba a todo el país) se leyó el ensayo del pulgarcito antes de que apareciera impreso. Cuando el dictador entró en conflicto con Viera Altamirano, quien debió salir al exilio en Costa Rica, el general clausuró el periódico. Gracias a las gestiones “de amigos del Mandatario que no querían la muerte de El Diario de Hoy y entre los cuales figuraba Julio Enrique Ávila, pudo lograrse su reaparecimiento con el nombre ´Centro América´”. Ávila dejó las radios en 1938, y entre 1941 y 1944 asumió la dirección del matutino.
Hernández Martínez fue derrocado en mayo de 1944 por una “huelga general de brazos caídos” la que, pese al estado de sitio y la censura, fue ampliamente documentada por El Diario de Hoy que después de la huelga recuperó su nombre original. Se estableció un gobierno de transición con mandato de convocar a una asamblea legislativa y constituyente, encabezado por el anciano general Andrés Ignacio Menéndez, hombre de confianza del depuesto dictador, y por Ávila quien asumió como ministro de relaciones exteriores y principal vocero político. Siendo Canciller, Ávila dio su aprobación a una operación encubierta mediante la cual, vía el consulado en Suiza, se certificó la nacionalidad salvadoreña y se salvó la vida a alrededor de 50,000 judíos europeos. En 1953 Francia le concedió su máxima distinción –la Orden de Caballero de la Legión de Honor—por el reconocimiento diplomático dado en septiembre de 1944 al gobierno provisional de Charles de Gaulle “semanas antes de que las grandes potencias y la generalidad de las naciones americanas imitaran el ejemplo dado por El Salvador”. Este paso, en palabras del Encargado de Negocios de Francia en el país, fue “decisivo, más que simbólico, que sólo el doctor Ávila habría podido dar sin vacilación”.
El gobierno de Menéndez promovió una amplia participación en la campaña electoral, incluyendo de los grupos más reprimidos por el dictador. Para los afectos al antiguo régimen la situación parecía fuera de control, lo que llevó a que el coronel Osmín Aguirre –jefe de la policía durante la dictadura– diera un golpe de estado que reinstaló una brutal represión. En cierta forma este golpe fue contra Ávila, quien salió al exilio en Guatemala donde apoyó moral y económicamente una invasión de los exiliados que fue aplastada por Aguirre. Cuando después de muchos traspiés el país vivió la fugaz “primavera democrática” de la Revolución del 48, Ávila se convirtió en el primer decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de El Salvador. La apertura de esa Facultad era un signo de los nuevos tiempos. El Consejo de Gobierno Revolucionario asistió en pleno a la primera reunión de Junta Directiva en la que se posesionó a Ávila.
3.
Ávila no fue sólo una figura literaria y académica brillante, un empresario y diplomático de distinción. Llegó a ser una de las voces más creíbles de la moderación en lo político, de ese reformismo que durante la segunda posguerra mundial los poetas revolucionarios llamaron a demoler con un “implacable materialismo antipintoresco”. Los argumentos con que se descalificó al reformismo político fueron los mismos que los comprometidos le encasquetaron a la obra de Ávila y demás “culicagados cincuentones de la generación que declina”: era publicidad, un distractor.
La obra y figura de Ávila se me revelan como un negativo fotográfico de Dalton: un ignorado opuesto dinamizador, su imagen invertida lateral frente al espejo. El contraste no puede ser más marcado en lo que atañe a la autonomía del goce estético y al pesimismo de Ávila frente a lo que consideraba cantos de sirena. Desde su jardín intentó advertir del peligro:
Que por qué hablo tanto de rosas y jazmines?
Muy sencillo. Prefiero la amistad de las flores
a la de los hombres. Prefiero enloquecerme de aro-
mas que de vanas palabras!


Referencias selectas
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Alvarenga, Luis. Roque Dalton: la radicalización de las vanguardias. San Salvador: Universidad Don Bosco, 2011.
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Ávila, Julio Enrique. El mundo de mi jardín. San Salvador: Ministerio de Cultura, cuarta edición, 1957. Incluye una extensa carta de Miguel de Unamuno y un anexo de 8 páginas con “algunas opiniones del extranjero sobre la obra de Julio Enrique Ávila” con notas de Gabriela Mistral, María Luisa Ross, José Santos Chocano, Máximo Soto Hall, Enrique González Martínez, entre otros. Una nueva edición del libro fue publicada en 2025 por la Universidad Don Bosco.
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Cañas Dinarte, Carlos. “El migueleño que creó la frase ´El Salvador, Pulgarcito de América´”. elsalvador.com, 11 de mayo de 2024.
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Dalton, Roque. Las historias prohibidas del pulgarcito. San José: Editorial Universitaria Centroamericana, 1976.
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Lara-Martínez, Rafael. Política de la cultura del martinato. San Salvador: Universidad Don Bosco, 2011. Véase el capítulo titulado “Crónica de encuentro con el ´Pulgarcito de América´”.
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López Vallecillos, Ítalo. “Ávila, poeta del dolor irreverente”. San Salvador: Contrapunto, 16 de septiembre de 2025, publicado originalmente por el Diario Latino de San Salvador el 13 de septiembre de 1969.
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MCN Biografías, 2025. “Julio Enrique Ávila Villafañe (1892-1968): Un Humanista Polifacético de El Salvador”. https://mcnbiografias.com/app-bio/do/avila-villafanne-julio-enrique
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Viera Altamirano, Napoleón. “Cuando El Diario de Hoy se llamaba Centro-América”. El Diario de Hoy, 8 de diciembre de 1968.
El autor agradece los valiosos comentarios y materiales puestos a su disposición por Marily Ávila Orozco, hija adoptiva de Julio Enrique Ávila, y su esposo José Antonio Morales Carbonell.
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