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80 años de la Gran Guerra Patria Soviética: Reserva moral contra el negacionismo y el olvido

Félix Madariaga Leiva
Periodista

El acontecimiento mundial más importante de este año es la conmemoración del 80º aniversario de la victoria soviética en la “Gran Guerra Patria” y su importancia en la derrota nazi-fascista.

El próximo 9 de mayo no sólo el pueblo ruso conmemorará lo que fue la gran hazaña, conocida como la “Gran Guerra Patria”, lucha que encabezó la Unión Soviética para librarnos de lo que fue, sin duda, el principal enemigo de la humanidad en el siglo XX, el nazismo. También desde este sur del mundo saludamos la derrota de la ideología nazi/fascista, que aunque derrotada logró sembrar su germen en América Latina en los años que vendrían.

No soy historiador, y no les voy a contar la historia de la segunda guerra mundial y el rol del ejército soviético, esa la pueden encontrar en cualquier enciclopedia, pero sí quiero – humildemente – rememorar y analizar lo que significó para millones de personas la derrota de la Alemania nazi, y no como lo cuentan las películas de Hollywood en el cine o como lo cuenta la propaganda de los “vencedores”, en la que obviamente ellos son los héroes y los protagonistas, tergiversando los hechos para cambiar a su conveniencia la historia.

A 80 años de finalizada la guerra más despiadada que haya vivido la humanidad, surgen voces, imágenes, archivos, testimonios, verdades que cuestionan una realidad establecida como tal, porque Estados Unidos se declaró el vencedor, utilizando para ellos todos los medios a su disposición.

De hecho, finalizada la II Guerra Mundial, la Unión Soviética fue vista como uno de los principales protagonistas en la derrota del nazismo y el fin de la guerra. Pero con el paso de los años, su papel se fue empequeñeciendo en favor de los Estados Unidos, el último de los aliados que ingresó en el conflicto. Por lo mismo hoy no soy neutro, y quiero reconocer a los verdaderos vencedores.

Los ejemplos son innumerables, desde el descubrimiento y conquista de América, con el exterminio de sus pueblos originarios, los procesos de industrialización con el empobrecimiento de campesinos y el saqueo de los recursos naturales, las frágiles democracias a cambio de pactos de silencio, la justicia en la medida de lo posible, las amnistías para los violadores de derechos humanos y la apertura salvaje al capitalismo, tantas historias contadas a medias, tantos actores excluidos de su rol.

La Unión Soviética hizo la mayor contribución a la victoria sobre el nazismo, destruyendo más del 80% de los soldados y oficiales enemigos y el 75% del equipo militar total en el Frente Oriental. Como resultado de la guerra, la URSS se convirtió en una de las dos principales potencias mundiales

¿Fue importante el desembarco en Normandía? Sí, ese 6 de junio de 1944 marcó un hito importante en el posterior desarrollo de la guerra, pero no hay que olvidar que el punto de inflexión fue la batalla de Stalingrado, finalizada un año antes, que frenó la ofensiva alemana en territorio soviético debilitado las fuerzas del Eje.

La percepción generalizada sobre el desembarco en Normandía es que esa victoria se debió únicamente al poderío militar de Estados Unidos, sin embargo, fue un esfuerzo conjunto de los aliados, bajo el liderazgo británico. Recordemos que la entrada de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial fue en diciembre de 1941, tras el ataque a Pearl Harbor y 6 meses después de la Unión Soviética.

Es muy fácil reducir la victoria soviética contra la ofensiva alemana en su territorio al efecto de los duros inviernos, es una reducción perversa que despoja de toda trascendencia al ejército rojo, los líderes y al valiente pueblo ruso que combatió y contra todo pronóstico derrotó al ejército nazi.

Reivindicando roles

A partir de un breve recuento de las extraordinarias victorias alcanzadas por la Unión Soviética en las batallas de Moscú, Stalingrado y Kursk, así como en las grandes ofensivas de los años 1944 y 1945, que liberaron a un numeroso grupo de países y condujeron a las acciones decisivas en Berlín, se fundamenta el protagonismo de los soviéticos en el desenlace de la contienda y se refutan las interesadas falsificaciones de la verdad histórica occidental.

¿Qué hacían las otras potencias occidentales en Europa mientras la Unión Soviética detenía el avance alemán en Moscú y Leningrado?

Prácticamente nada. A pesar de la insistencia de Stalin de abrir un segundo frente, los aliados dejaron a Rusia sola: el desembarco en Sicilia se produjo el 10 de julio de 1943, cuando los soviéticos habían vencido en Stalingrado el 2 de febrero, fecha de rendición de los alemanes y en la batalla de Kursk a mediados de julio. El tan esperado desembarco de Normandía no se realizó hasta el 6 de junio de 1944, cuando los primeros soldados soviéticos ya estaban cruzando el río Vístula y entrando en Polonia el 16 de julio del mismo año y el 22 de junio iniciaron la operación Bragation que destruyó el grupo del ejército centro alemán, entre 25 y 28 divisiones, 350.000 hombres en total, su más grande derrota en la guerra.

El precio pagado por el pueblo soviético para librar a la humanidad del nazismo fue enorme: 27 millones de muertos entre combatientes y civiles, 2 millones de desaparecidos y casi 20 millones de heridos, muchos con incapacidad total; la desaparición de más de 80 mil ciudades y poblados y cientos de miles de kilómetros de vías férreas, carreteras y puentes destruidos. Esto es una verdad histórica, que se ha manipulado a propósito con el pasar de los años. Las casualidades no existen y ha sido un largo trabajo de inteligencia en el que han gastado ingentes recursos económicos, esos que no gastaron en la guerra para librarnos del nazismo, y el responsable sabemos quién es, una de las naciones más poderosas del mundo, que tiene la capacidad de crear y ocultar verdades.

No hay vergüenza en el reconocimiento de la verdad, eso deberíamos tenerlo claro en Chile. En un país en el que después de 50 años seguimos buscando a nuestros desaparecidos y desaparecidas, en un país en que después de 50 años no hay verdad, justicia ni reparación; reconocer el rol del Estado soviético en la derrota del nazismo es una reserva moral para seguir luchando, para no olvidar, para combatir cualquier forma de glorificación del nazismo que intente instalarse en nuestras aún frágiles democracias.

Desde 2026, baja gradual de jornada laboral a 40 horas semanales: México

La reducción gradual de la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales entrará en vigor en 2026, ya que existe “una necesidad imperiosa” de que se cumpla con esta “demanda muy sentida” de los trabajadores mexicanos, dijo el titular de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), Marath Bolaños López. Puede leer la nota completa en este enlace: LaJornada

¡Victoria para la justicia y la protesta legítima!

Comunicado

Este miércoles 7 de mayo, en los Tribunales de San Ramón de Alajuela, concluyó el juicio contra cuatro estudiantes de la UCR, a quienes se criminalizó por manifestarse pacíficamente en 2019 en defensa de la educación superior pública.

Tras 6 años de judicialización, el tribunal dictó sentencia absolutoria para el grupo de estudiantes, dejándoles libres de todos los cargos por el supuesto delito de obstrucción de la vía pública.

La jueza a cargo fue enfática en señalar que el fallo de la Sala Constitucional, vinculado al caso, es preciso: el artículo del Código Penal que tipifica el delito de obstrucción no puede utilizarse para criminalizar de ninguna forma el ejercicio legítimo del derecho a la protesta.

Agradecemos profundamente a todas las personas, organizaciones y medios que han acompañado este proceso con solidaridad y firmeza. Y especialmente a Edgardo Araya, por su defensa ética, comprometida y solidaria.

Con la dignidad y la conciencia tranquilas, seguimos de pie.

Recope en la mira, otra vez

Freddy Pacheco León

Pueden, deben, los jerarcas de RECOPE, tener siempre presente (¡ojalá en la sala de juntas y en la presidencia ejecutiva), mensajes con las tareas vitales que han de marcar su día a día. Entre ellas, no olvidar que el abastecimiento de todos los combustibles, ha de ser seguro, continuo, eficiente, en todo el país, sin excepción. Y, que la calidad de ellos ha de ser inmejorable, y con los mejores precios, como lo ha venido haciendo RECOPE, empresa estatal sin fines de lucro, de manera ordinaria.

Costa Rica, ha reafirmado en su estrategia para el desarrollo sostenible, que la seguridad energética, es fundamental para la estabilidad económica, el bienestar social y el cumplimiento sostenido, de derechos fundamentales, como la salud, la educación, la seguridad, el transporte en todas sus formas, la producción industrial, la agricultura. En fin, para el desarrollo como un todo.

Al ser RECOPE, una sociedad anónima estatal, cuyas acciones son resguardadas por sus accionistas (el Consejo de Gobierno), reconocida como la empresa más grande y determinante del istmo centroamericano, que, entre otras cosas, colecta eficientemente para el Estado, tributos reunidos en el llamado “impuesto a los combustibles”, solo superado por la renta y el valor agregado, es fundamental que no se le contamine, con intereses empresariales privados, lucrativos, por definición.

Las propuestas de vender, el 100 % u otro porcentaje de sus acciones, o, las de ubicar su administración en el Ministerio de Ambiente, para, desde allí, alquilar su muy costosa y especializada infraestructura (muelle petrolero, tanques de almacenamiento, cientos de kilómetros de poliductos, estaciones de distribución mayorista, camiones cisternas…), como lo propusieran los exdiputados Otto Guevara y su compañera Natalia Díaz (Proyecto N° 17.888), con el pretexto de «abrir RECOPE«, a la competencia, alegando que era una empresa ineficiente, no soportó el examen público; era, sin duda, una pésima idea. Y lo sigue siendo, porque además de encarecer, inevitablemente, los combustibles, pondría en riesgo, la citada seguridad energética, que tanto hemos de valorar. O ideas sin sentido, como la «promesa» de campaña electoral de Eli Feinzaig, de convertir RECOPE, «en una pequeña oficina«.

El más reciente ataque, tiene que ver con la “movida” sospechosa del Poder Ejecutivo, quien pese a conocer el perfil ideológico, del economista Daniel Suchar, se le incorpora a su junta directiva, pese a ser un entusiasta privatizador, sin experiencia, además, en la función pública costarricense. Preocupante acto de Casa Presidencial, pues, ante el uso profuso, y enérgico, de la palabra oral, que le conocemos al amigo, podría suceder que lograre convencer al cuerpo colegiado, de la supuesta bondad de sus palabras, de sus “brillantes ideas”, y los pusiere a cavilar acerca, de las supuestas ventajas que tendría una «apertura» de RECOPE, de cara a la campaña electoral que ya se ha iniciado, donde, en algunos sectores de la ciudadanía, las propuestas demagógicas, populistas, divulgadas por Casa Presidencial, les sirven de alimento cotidiano.

Privatizar la seguridad, despojar lo humano: una lectura política de Robocop

Luis Andrés Sanabria Zaniboni

Es lo mejor de dos mundos. Los reflejos más rápidos, memoria de computadora y toda una vida de datos policiales de la calle. Es todo un placer presentarles a Robocop.
Robocop (1987)

La película de ciencia ficción Robocop, estrenada en 1987, nos invita a cuestionar premisas incómodas sobre la política de seguridad en cualquier sociedad: ¿es posible abandonar un enfoque de derechos para priorizar una “mano dura” que reprima y aísle a quienes rompen las reglas? ¿Qué aspectos deberíamos considerar para repensar las políticas de seguridad actuales, como las que impulsa el gobierno de Rodrigo Chaves en Costa Rica?

No es casual hablar de “política de (in)seguridad”. Este término señala una contradicción central: políticas que, en nombre de la seguridad, terminan desprotegiendo a buena parte de la población y vulnerando derechos fundamentales. No se trata de que falte seguridad, sino de una seguridad selectiva, excluyente y que beneficia al poder.

La historia de Robocop nos traslada a un futuro cercano, alrededor del año 2028, en una Detroit al borde del colapso social y financiero. Abrumada por el crimen y la falta de recursos, la ciudad entrega a la corporación Omni Consumer Products (OCP) el control de la policía. OCP busca reemplazar a los policías humanos por soluciones más eficientes y baratas. Su primer intento, el robot ED-209, fracasa de manera trágica al matar a un ejecutivo durante una demostración. Aprovechando el error, Bob Morton, un ambicioso ejecutivo, lanza su propio proyecto: Robocop.

El oficial Alex Murphy es asignado a una nueva comisaría y, junto con su compañera Anne Lewis, persigue a una banda criminal liderada por Clarence Boddicker. Durante una emboscada, Murphy es brutalmente asesinado. Su cuerpo es usado por OCP para crear a Robocop, un cyborg programado con tres directrices: servir al interés público, proteger a los inocentes y hacer cumplir la ley. Sin embargo, hay una cuarta directriz secreta que le prohíbe actuar contra los altos ejecutivos de OCP, dejando en evidencia una estructura de impunidad.

Al principio, Robocop actúa como una máquina eficiente, sin recuerdos ni emociones humanas. Pero poco a poco, fragmentos de la memoria de Murphy emergen, llevándolo a cuestionar su identidad y rebelarse contra quienes lo controlan. Este proceso simboliza la recuperación de la conciencia y la resistencia ante un sistema que despoja a las personas de su humanidad en nombre de la eficiencia y el control.

Hoy, en Costa Rica, vemos lógicas similares. La propuesta de construir una megacárcel —como la que anunció el presidente Chaves en febrero de 2024 para una zona aún no definida, con capacidad para miles de personas privadas de libertad— apunta a una respuesta basada en la expansión del castigo, en lugar de atender las causas sociales que alimentan la criminalidad. Mientras tanto, las políticas sociales quedan subordinadas a enfoques asistencialistas o al discurso de que cada persona debe “emprender” y resolver su situación por sí misma, frente al abandono del Estado.

Esta visión ignora a las personas como sujetos de derechos y desatiende las vivencias que explican por qué se descompone el tejido social. En su lugar, se glorifican las estadísticas de represión como si fueran logros. Pero este tipo de políticas va erosionando la vida en común, y abren la puerta a aplicar “estados de excepción” —es decir, situaciones donde las autoridades pueden suspender derechos o aplicar medidas extraordinarias— contra cualquier persona que el poder considere prescindible.

Así, la seguridad deja de ser un derecho y se convierte en una herramienta para disciplinar. No solo busca disuadir delitos, sino inducir obediencia mediante el miedo y la fuerza física. Se normaliza el despojo de derechos en nombre del orden. La gran pregunta es: ¿cuál es el costo moral y social de esta deriva?

El daño más profundo es la pérdida de la experiencia humana como base de la política. Cuando dejamos de comprender, dialogar y construir soluciones colectivas, debilitamos también la capacidad de transformar las causas de la inseguridad, la desconfianza o la indiferencia.

La caída de esta “utopía” tecnológica en Robocop ocurre cuando el propio protagonista, recuperando la conciencia de Murphy, decide actuar contra el sistema. Comprende las contradicciones que genera una seguridad privatizada y solo, a través de su humanidad, puede imaginar otra forma de proteger. Una seguridad que devuelve al ser humano su lugar en las decisiones y cuestiona el privilegio en una sociedad privatizada.

La pregunta que nos deja esta historia no solo apunta al futuro, sino al presente: ¿qué tipo de seguridad estamos construyendo hoy? ¿Queremos una seguridad que administre el miedo o una que fortalezca la vida común desde la justicia, la memoria y el derecho a existir plenamente?

Si aspiramos a una sociedad más justa y segura, no basta con más policías o más cárceles. Necesitamos políticas que partan de la dignidad humana, que atiendan las causas profundas y que, como Robocop al recuperar su conciencia, se atrevan a romper con las lógicas que despojan lo humano en nombre del control.

Segundo partido político solicita a Agenda Viva dialogar ante una posible coalición nacional

Comunicado

  • Nota fue enviada por el Comisión Nacional de Renovación de Estructuras y Articulación de Alianzas del partido.

  • Esta se convierte en la segunda organización política en mostrar interés abierto en suscribir la Agenda.

Abril, 2025. El llamado hecho por Agenda Viva a reconstruir Costa Rica continúa convocando a organizaciones políticas. El Partido Centro Democrático y Social (CDS) remitió una nota formal solicitando audiencia para conocer a fondo el proceso de construcción de la agenda y explorar su incorporación a una coalición nacional. Este viene refrendado por Ana Masis Ortiz, Kattia Cambronero Aguiluz, Urania Chaves Murillo y Cesar López Dávila, miembros de la Comisión Nacional de Renovación de Estructuras y Articulación de Alianzas de dicho partido.

La solicitud reconoce que el esfuerzo ciudadano impulsado por el movimiento constituye una contribución valiosa y sin precedentes, para la construcción de una coalición nacional, plural, diversa e incluyente; en un momento en que el país exige un nuevo pacto colectivo. Por lo que este proceso ofrece una base sólida sustentada en propuestas concretas, liderazgos comprometidos y una visión compartida de futuro para Costa Rica.

EL CDS se convierte en la segunda organización política que se sentaría a dialogar con Agenda Viva, el primero fue el partido Frente Amplio. El Comité de Enlace de Agenda Viva, siguiendo sus procesos internos, trasladó la solicitud a la Comisión Coordinadora para definir una fecha de reunión.

“Que más organizaciones políticas se sumen al llamado que hicimos es una señal positiva. En Agenda Viva creemos que las transformaciones se construyen con diálogo, con visión de país y con voluntad de poner las propuestas ciudadanas al centro. Cuando presentamos la Agenda, hicimos un llamado claro y contundente y esperamos que los partidos sepan reconocer el momento histórico que enfrenta el país, mencionó Emilio Arias, de la coordinación de Agenda Viva.

El colectivo estableció tres condiciones para participar en un proceso de construcción hacia una coalición: que existan al menos dos partidos políticos en la mesa de diálogo, que la agenda ciudadana sea el centro de la propuesta programática y que las organizaciones no tengan candidaturas predefinidas, permitiendo así un proceso abierto, participativo y transparente.

Agenda Viva es un colectivo que reúne personas de diferentes áreas —derecho, medio ambiente, ingeniería, salud, administración, ciencias políticas, comunicación, docencia, economía—, así como organizaciones y sectores sociales sin colores partidarios. Aspira a convertirse en una plataforma común para las voces que promueven el diálogo, la inclusión y el desarrollo justo y equitativo del país.

Nueve llamados. Si bien, Agenda Viva, es un documento que almacena más de 200 propuestas, el movimiento social enumeró 9 consignas que son los temas prioritarios que necesita abordar el país en este momento:

  1. La inseguridad ciudadana, la corrupción, el narcotráfico y las distintas formas de violencia, en especial contra las mujeres, están fuera de control, es necesario declararlo una emergencia de atención inmediata.

  2. La educación atraviesa una crisis sin precedentes. Es necesario declararla emergencia nacional para su atención y construir una política educativa de estado y a largo plazo.

  3. El sistema de salud está en estado crítico, debemos garantizar acceso oportuno a los servicios de salud, calidad en la atención, en los medicamentos, en los insumos críticos, la infraestructura local y nacional, así como condiciones dignas para la población trabajadora del sistema.

  4. Todas las personas tenemos derecho a una pensión justa y digna. Nos oponemos al aumento de la edad de jubilación. Creemos en una pensión básica universal para todas las personas adultas mayores en situación de pobreza y vulnerabilidad. El estado debe pagar sus deudas y es necesario concertar acciones urgentes para fortalecer el sistema nacional de pensiones.

  5. Debemos proteger nuestros recursos naturales y la marca país. Rechazamos la minería a cielo abierto, así como la explotación petrolera y de gas natural. Nos comprometemos con la conservación de humedales, la vida silvestre y el uso responsable de la energía, asegurando su beneficio para todos. Que la conservación ambiental siga distinguiendo a Costa Rica.

  6. El agua potable es un derecho y no un privilegio. Es imperativo asegurar agua potable para todos y todas en la ciudad y en las zonas rurales.

  7. Vivimos una crisis de movilidad sin precedentes, la planificación del transporte público está frenada. Es urgente apostar por la movilidad sostenible, inclusiva y segura. La electrificación del transporte público, la descarbonización y por los principales proyectos de infraestructura en carreteras, puertos y aeropuertos.

  8. Para hacer las grandes transformaciones debemos concertar una reforma tributaria verdaderamente progresiva, donde quien más tiene más pague, redefinir las prioridades de inversión, cobrar de manera eficiente los impuestos, renegociar la deuda pública y atacar frontalmente la evasión y la elusión.

  9. Debemos proteger sin distinción a niños, niñas, adolescentes, mujeres, personas en situación de discapacidad, personas mayores, entre otros, especialmente aquellas en situación de pobreza y vulnerabilidad.

Las propuestas completas pueden consultarse en www.agendaviva.cr

Centro Democrático y Social renueva estructuras y acepta propuesta de Agenda Viva

Comunicado

  • El CDS reconoce el aporte del colectivo Agenda Viva y propone que sus propuestas se conviertan en la base propositiva de una Coalición.

  • La agrupación humanista de centro ha solicitado audiencia formal al equipo coordinador de Agenda Viva.

El Partido Centro Democrático y Social (CDS) reconoce hoy más que nunca la necesidad de construir una coalición de partidos, colectivos sociales y liderazgos independientes que se convierta en la mejor alternativa de cara a las elecciones del 2026. Actualmente, la agrupación se encuentra en la fase final de su proceso de renovación de estructuras y, en ese contexto, ha solicitado una audiencia formal al colectivo Agenda Viva para adherir su agenda mínima y, a la vez, invitarle a ser parte de un esfuerzo de coalición.

El encuentro permitirá conocer a profundidad la metodología que dio origen a más de 200 propuestas y escuchar la ruta planteada por el colectivo hacia la construcción de alianzas. El CDS considera que este esfuerzo ciudadano representa una contribución valiosa para la configuración de una coalición de nuevo tipo: nacional, plural, diversa e incluyente; así como un proceso inédito surgido desde la sociedad civil.

Como país debemos apostar por más y mejor democracia. Debemos dejar de ser espectadores y, por el contrario, sumar en equipo. De ahí la participación del Centro Democrático y Social en un momento histórico para Costa Rica de cara a los comicios del 2026. Agenda Viva, sin duda, es un esfuerzo ciudadano que respetamos y valoramos, y por ello queremos que se sume en este gran proyecto de coalición”, mencionó la diputada independiente de la actual legislatura, Kattia Cambronero Aguiluz.

La seguridad, la educación, la salud, la empleabilidad y la protección del medio ambiente figuran entre las mayores preocupaciones que aquejan a la población costarricense. A ello se suman los acelerados índices de corrupción y la penetración del narcotráfico, factores que coinciden con las razones por las cuales el CDS decidió reactivar su agrupación política.

Asimismo, identifican la necesidad urgente de modernizar el Estado, en procura de fortalecer la institucionalidad pública y su visión de inclusión social, garantizando a la vez que los servicios públicos sean prestados con calidad y eficiencia.

El actual momento histórico requiere buscar puntos de encuentro para enfrentar el peligro de perder las conquistas sociales que han hecho de Costa Rica un país vivible. Pero, a la vez, el contexto social al cual han llevado al país el presente y los anteriores gobiernos demanda nuevos logros que mejoren las condiciones de vida y las oportunidades de una gran cantidad de compatriotas —especialmente aquellos en situación de pobreza y vulnerabilidad—. Para ello debemos construir bajo la tradición de diálogo que edificó nuestro país”, aseveró César López Dávila, de la Comisión de Renovación de Estructuras y Articulación de Alianzas.

El CDS, creé firmemente que el país requiere un nuevo pacto colectivo, sustentado en propuestas concretas, liderazgos comprometidos y una visión compartida de futuro. En este sentido, la convocatoria hecha por Agenda Viva, y sus más de 200 propuestas, a favor de un programa mínimo común, que “reconstruya Costa Rica”; es una oportunidad que merece ser escuchada y fortalecida.

A pesar de ser un partido debidamente inscrito ante el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), el CDS ha renunciado a convertirse en un partido taxi o franquicia para llevar candidaturas sin un proyecto político serio y coherente con sus ideales, razón por la cual no participó en las elecciones de 2014, 2018 ni 2022.

Fundado en 2012 como un partido humanista de centro, el CDS se ha caracterizado por su compromiso con la ética, la transparencia y el fortalecimiento del Estado social de derecho. En congruencia con estos principios, y ante los desafíos actuales del país en materia de seguridad, empleo, educación, salud, medio ambiente y derechos humanos, reitera su disposición de sumarse a espacios de diálogo serio, abierto y respetuoso con sectores sociales, colectivos ciudadanos y otras agrupaciones políticas.

Reactivar nuestro partido no es una casualidad, es un acto de responsabilidad con el presente y el futuro de Costa Rica. Hoy más que nunca, necesitamos unir fuerzas con quienes comparten nuestros principios”, afirmó la miembro fundadora del CDS, Urania Chaves Murillo.

De esta forma, el CDS reafirma su voluntad de contribuir a la construcción de un proyecto político sólido, participativo y transformador, que devuelva la esperanza a las y los costarricenses.

La globalización y la izquierda perdida: El giro inesperado de la rebeldía

Mauricio Ramírez

Mauricio Ramírez Núñez
Académico

Durante gran parte del siglo XX, el internacionalismo fue uno de los ideales más nobles del pensamiento marxista. La utopía de una humanidad obrera solidaria, sin fronteras ni explotadores, luchando por la emancipación común, inspiró revoluciones, guerrillas, movimientos sociales y sindicales en todo el mundo. Sin embargo, la historia tiene sus ironías brutales: fue el capitalismo quien logró materializar un tipo de “internacionalismo”, pero completamente desvirtuado de su espíritu original. No unió a los trabajadores del mundo; unió al capital.

Este proceso, que tomó fuerza con el avance neoliberal en los años ochenta y noventa, fue bautizado como globalización. En su núcleo no había una humanidad compartida, sino una élite desarraigada que fluía sin obstáculos por el mundo: sin nación, sin dios, sin comunidad, sin límites. El capital se hizo verdaderamente libre, mientras los trabajadores se quedaron más atados que nunca. Para las élites globalistas, la patria dejó de tener sentido; para los trabajadores del mundo, la patria fue lo único que les quedó.

La globalización cosmopolita impuso un modelo cultural y económico único que se identificó con un orden mundial unipolar dirigido desde Washington y Londres. Lo hizo con un lenguaje seductor: “libertad”, “diversidad”, “progreso”. Pero esa libertad no era para todos. Era la libertad del capital para devorar el mundo, no la del obrero, el campesino e incluso la misma clase media, para conservar su dignidad. El liberalismo anglosajón, con su idea absolutista del individuo como entidad soberana, desgajada de toda comunidad, tradición o vínculo, se volvió dominante. Así, el individualismo no sólo reemplazó a la clase como sujeto político, sino que también vació de contenido a la nación, a la cultura y hasta a la espiritualidad.

Lo que Zygmunt Bauman llamó las consecuencias humanas de la globalización no fue más que el rastro de ruina y desarraigo que dejó ese nuevo (des)orden. Franz Hinkelammert, con mayor profundidad, denunció cómo ese huracán neoliberal se presentaba como progreso mientras aniquilaba toda resistencia real: familia, comunidad, religión, patria, incluso la propia realidad. El capitalismo no busca sólo dominar, sino disimular, desviar, negar.

En ese contexto, la izquierda se perdió. Se enamoró de los cantos de sirena del progresismo posmoderno, creyendo que abolir las fronteras, las naciones y los vínculos tradicionales era un gesto revolucionario. Abrazó un discurso anti-identitario que, en lugar de confrontar al capital, lo liberó de los pocos límites que aún tenía. En su afán de parecer moderna y correcta, la izquierda dejó de hablarle al pueblo real: el que trabaja, el que cree, el que pertenece.

Trató a ese pueblo como ignorante, retrógrado, discriminador. Le dio la espalda justo cuando más lo necesitaba. Y entonces ocurrió lo impensado: la rebeldía viró hacia la derecha. No hacia la derecha liberal del libre mercado, sino hacia una derecha conservadora, populista, incluso radical en algunos casos, que supo leer el malestar de los pueblos y apropiarse del relato de la defensa del arraigo, de la soberanía, de la identidad.

Una derecha que, paradójicamente, se ha comportado en muchos casos de forma más “marxista”, en el sentido de comprender la lucha de clases y oponerse al poder global del capital, que los autoproclamados marxistas del presente. Esta derecha, aunque llena de contradicciones internas (pues algunas de estas derechas siguen siendo fanáticas del mercado en lo económico y liberales en lo social), las hace hoy más cercanas a las masas que cualquier izquierda académica, elitista y desarraigada.

Esta es la gran paradoja de nuestra era: el capitalismo global hizo de la izquierda su aliada cultural, mientras la derecha recogió el hartazgo de los de abajo. Así, el espacio de la resistencia cambió de lugar. Pero este nuevo bloque conservador no ofrece un proyecto alternativo real: su retorno a la tradición muchas veces es superficial, y su crítica al capital no es estructural, como muchos deseáramos.

Por eso, si desde los pueblos se quiere disputar en serio el poder a esta derecha en ascenso, no se puede volver a la lógica liberal que ha dominado la izquierda posmoderna. No se puede seguir absolutizando al individuo por encima de la sociedad, negando los vínculos colectivos, las raíces culturales, las tradiciones, las espiritualidades, la nación. Esa lógica liberal-individualista es la verdadera aliada del capital global.

La verdadera emancipación y la construcción de un futuro justo no pueden construirse sin identidad, sin comunidad, sin soberanía, ni sin un profundo sentido de pertenencia que devuelva a los pueblos su lugar central en la historia. Sobre estos pilares se asienta la apuesta por un mundo multipolar, en el plano de las relaciones internacionales y el nuevo orden global. La disputa que se avecina ya no será entre izquierda y derecha, entre progresistas y conservadores, sino entre quienes defienden la vida con dignidad desde abajo, enraizados en sus pueblos, y quienes la convierten en mercancía, negociándola desde arriba en los fríos altares del mercado sin alma.

Programa de transición a la radicalización de la democracia

Esteban Beltrán Ulate
esbeltran@yandex.com

Volver la política a la comunidad misma, es el corazón de esta reflexión, no porque no sea así, sino porque se ha olvidado de ser así. La política es el cordón umbilical de la comunidad, la política es siempre un acto en relación, es el nacimiento mismo de la vida en sociedad. El vertiginoso sistema mundo en el que vivimos, nos lleva a modos de vivencia acelerados, donde las discusiones políticas resultan ser una tarea de seres de otra dimensión. El alejamiento de la discusión política se aplaca con la tradicional “chota”, “meme” y discusión tóxica avivada por media docena de falacias, entre las que destacará siempre la “falacia ad hominem”. No obstante, esta forma de referirse a la política como mero comentario despectivo, con aroma a despecho, no resuelve las problemáticas nacionales, y mucho menos las comunales.

La distancia entre la política de escritorio (aunque algunos digan que tiene un pie en la calle) y la vida en “comunidades” (lo planteo en plural, pues la diversidad es amplia y el error de homogenizar es factor desencadenante de la crisis actual), ha fomentado un caldo de cultivo que puede ser aprovechado (y ya es así) por algunos grupos con espíritu de exacerbación nacionalista, con el culto al caudillo, con la imagen del “hombre fuerte”, con el mito del “outsider” (el que critica el sistema político pero igual quiere estar dentro de él). En síntesis, la realidad de que algunas y algunos no se interesen en la política costarricense es toda una “bendición” para aquellos grupos que se reparten las cuotas de poder institucional, dispersas en diferentes estructuras del Estado costarricense.

Conversando con algunos grupos que se intentan configurar como alternativas políticas, emerge de vez en cuando la pregunta por la causas y consecuencias de la débil participación política permanente, a su vez, no deja de relucir la pregunta: ¿Qué hacer?… ¡Volver a la política comunal!, es en algunas ocasiones la respuesta común, pero ¿Cómo?, evadir estas preguntas es fomentar la ignorancia política, ignorancia necesaria para los grupos en el poder que aprovechan la maquinaria institucional para fomentar.Frente a esto, se desprenden múltiples acciones (no estoy descubriendo el agua tibia, estoy partiendo de las experiencias vividas y observadas), tales como la convocatoria a las comunidades para “escuchar” a “figuras políticas reconocidas”, convocar a causas comunes (agua, carretera, educación), sumarse a proyectos de articulación social (causas benéficas, de desarrollo comunal, deportivas y artísticas), y por supuesto no se puede descartar la práctica común de los partidos tradicionales (y los no tan tradicionales que ya están aprendiendo de los tradicionales) a llevar banderas, cimarrona a las comunidades tres meses antes de una elección. De lo anterior, quizás lo último suele ser lo más nocivo, y las demás al estar desarticuladas entre sí (o prefabricadas con algún fin electoral temporal), no tienen en la mayoría de los casos una sostenibilidad en el tiempo, que sea acompañada por un sustento teórico que ilumine la práctica (cabe destacar el rol de ciertos grupos religiosos y su variopinto fin en estas zonas abandonadas por la organización política civil).

No resolveré el problema de la construcción de la política comunal, ni daré el antídoto contra la desidia política, pero al menos considero oportuno aportar a la discusión la necesidad de la construcción de un programa de transición a la radicalización de la democracia, por medio de la articulación de acciones comunales, dentro de una red, de modo que no sean solo focos que se agoten, sino una red interdependiente que se alimente entre sí. Las palabras parecen fáciles, pero lo complejo es el método que inicie el proceso, la chispa que encienda requiere de uno o varios equipos de acción, que no necesariamente deben ser partidos políticos electorales (pueden ser asambleas populares, donde dos o más se reúnan en nombre de la justicia y el bien social bienvenido sea), pero con un alto nivel de conciencia y estudio que evite el surgimiento de egoísmo sectarios y/o caudillismos. En este sentido, la chispa debe estar dirigida por unos “comunes” mínimos, que permitan asumir un trabajo en red sin egocentrismo y con el cuidado de no convertirse en una granja de votos como suele suceder con algunos conglomerados en la historia reciente del país, (hablo de coaliciones y agendas taxi).

Frente a lo anterior, planteo la idea del Programa de transición a la radicalización de la democracia como una herramienta para la configuración de la acción colectiva, que debe tener como eje central el diálogo intercultural de las comunidades, romper con el mito de la ciudad, reventar las cadenas de la idea del “iguali-tico”; hay una diversidad a lo interno de cada comunidad que debe ser la fuente de la construcción del poder político orgánico, desde las diferencias la construcción de puntos de trabajo comunes, que a su vez sean parte de acciones locales y regionales, es una que nace de lo singular pero que se alimenta de lo plural y general. La única manera de no ceder al agotamiento de las fuerzas particulares radica en la articulación con otras fuerzas en similar condición, la interdependencia del poder, el “poder compartido”.

Las acciones no hay que buscarlas en libros, ni esperar a que el algoritmo nos lo ofrezca en la cara, fuente de la política comunitaria, que es la chispa que enciende el poder político orgánico, nace de los detalles de cada comunidad, debe ser un problema latente o una oportunidad que entusiasme, desde un problema vial, un conflicto por sonidos nocturnos, hasta la construcción de un parque urbano o una huerta comunitaria; este tipo de acciones debe considerar también el traslape generacional, para evitar crear islas etarias.

Las acciones de las y los comunes frente a los problemas y/o oportunidades deben recrear nuevas formas creativas y participativas para no ceder al juego burocrático del sistema que reduce la democracia al “conteo de votos”, esto significa que hay que estimular nuevas formas de participación democrática para la toma de decisiones. En este sentido, el diálogo intercultural e intercomunitario ha de ser un escenario que no debe obviarse.

Un programa de transición a la radicalización de la democracia es una herramienta gestada desde múltiples voces, para ofrecer insumos en miras a construir el poder desde las comunidades en lugar de esperar ganarlo como si fuera un trofeo, un premio de lotería, o un intercambio con objetivos de favorecer a grupos de poder económico. Con construir el poder me refiero a transformar desde la base orgánica comunitaria las relaciones que conforman el poder que se revela en las prácticas cotidianas, asambleas de base comunitarias interdependientes que atraviesen las comunidades, para derrumbar la burocracia, acciones articuladas mediante un programa de acción, para una democracia permanente, una radicalización del poder del pueblo, el poder como práctica de la comunidad.