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Etiqueta: bienestar emocional

¿Qué pasó? ¡La tecnología nos separó!

MSc.Lic.Bach. Anais Patricia Quirós Fernández
Académica Universitaria
Especialista en la Enseñanza del Idioma Inglés
Universidad Técnica Nacional, Sede El Roble
Estudios en Género, Diversidad y Derechos Humanos,
Conciencia digital y fundamentos de la IA,
Diplomada Internacional en Cambio Climático y
Gestión Integral del Riesgo de Desastres Naturales
Estudiante Carrera Derecho

Eres invisible, no te puedo ver ni escuchar.

No deseo juzgar; solo trataré de reflexionar acerca de un tema que nos afecta, pero que no deseamos reconocer como un problema porque lo «necesitamos», aun cuando sabemos el daño que está causándole al núcleo social.

Hace algunos años, la comunicación se alimentaba de encuentros físicos, de intención y paciencia. El teléfono fijo era solo un objeto anclado a un lugar, no a una persona. Si alguien te llamaba, era más una sorpresa que un acto planeado o negado. Las conversaciones se daban en el pasillo de casa o en un lugar público, a la vista de todos. Escribir cartas o postales compartía aquella intención de comunicarse: el olor al papel y el color de la tinta. Era todo un ritual; elegir la mejor postal, la mejor caligrafía y el mejor papel para denotar la dedicación de un acto lleno de sentido. Había una gran intención.

Aquellos encuentros casuales eran físicos, llenos de energías y capturas visuales que provocaban el deseo de una segunda ocasión. La disponibilidad era real. Los sentidos se activaban totalmente: vista, oído, olfato y un tacto que podía terminar en un apretón de manos, un abrazo caluroso o un beso en la mejilla; gestos con el poder de transmitir sentimientos e imágenes perdurables. Nada era gestionado por una agenda digital.

Las pantallas individuales antes no existían; la familia convergía en un solo punto, convirtiendo en un evento colectivo el acuerdo de ver un programa o una película. Se permitían las cenas compartidas para hablar o discutir temas cotidianos mirando a los ojos. La mesa era un centro sagrado, sin interrupciones por timbres de celulares. Eran conversaciones que iniciaban y concluían sin retiros tempranos ni despedidas aceleradas. Los juegos de fin de semana en familia permitían que el lenguaje corporal fuera esencial para detectar las emociones o dudas de los otros.

Si caminabas, podías ver a los ojos a un extraño para pedir una dirección y dar las gracias. Podías disfrutar de un concierto levantando las manos y viviendo la adrenalina, llevándote las imágenes guardadas en tu cerebro, sin la preocupación de subir contenido a las redes para que el mundo se enterara de dónde y con quién estabas. Disfrutabas de una conversación de frente, captando gestos y grabando cada instante vivido. Veías a los niños jugando en un parque mientras los adultos hablaban entre sí sin perderlos de vista. Estábamos ahí al 100%. Existía una presencia que generaba sentimientos reales en tiempos reales. No teníamos el don de la ubicuidad (estar en muchos sitios a la vez), pero teníamos el don de la atención.

Con la llegada de la tecnología, nos estamos volviendo invisibles para quienes están frente a nosotros; terminamos no estando plenamente en ningún lado, pero fríamente en todas partes.

Es necesario entender la diferencia entre estar conectados y estar vinculados. La tecnología nos ha dado un gran empujón como herramienta, pero no nos detenemos a ver cómo ha desplazado nuestra capacidad de sostener vínculos profundos. Esto provoca un «aislamiento funcional»: ese momento en una cena donde intentas responder a diferentes chats, estando físicamente en el lugar, pero emocionalmente fragmentado. No estás con nadie.

Basándonos en el concepto de Zygmunt Bauman, hemos pasado de una sociedad de «productores» (donde las relaciones eran sólidas y requerían esfuerzo) a una sociedad de consumidores desechables. Para Bauman, un vínculo requiere compromiso, tiempo y trabajo. Una conexión, en cambio, solo requiere un «clic»: activar, bloquear o desactivar. Es una libertad acompañada de soledad; nos volvemos invisibles para otros con la misma facilidad con la que nosotros los invisibilizamos.

Mercado de las personalidades

Hoy, las redes sociales y aplicaciones de citas están integradas por seres humanos «perfectos», preparados para ser empaquetados y vendidos en un mercado necesitado de aprobación. El valor se mide en likes, comentarios o emojis. Editamos el «yo» mostrando solo los mejores viajes y sonrisas, y como cualquier producto en venta, debemos rotar, plantear ofertas y actualizar la fecha de caducidad; es la obsolescencia programada de nuestra propia identidad.

La tecnología ha eliminado la necesidad de reparar. En un mercado de variedad infinita, no hay necesidad de buscar profundidad. Aquí nacen las relaciones líquidas: parejas, padres e hijos líquidos que se evaporan fácilmente. Antes, si tenías un conflicto, buscabas soluciones porque tu círculo social era limitado; hoy, el mercado ofrece cientos de opciones para comprar una conexión nueva en la cultura del descarte. Esta deshumanización enmascarada nos hace ver perfiles en lugar de personas, convirtiéndonos en objetos de consumo que se usan mientras entretienen y se desechan cuando requieren un esfuerzo real. Hemos confundido contactos con amigos, transformándonos en una presencia digital que no abriga.

El banquillo de suplentes digitales

La parte más dolorosa de esta invisibilidad ocurre cuando penetra el manto de la confianza y la lealtad en la pareja. La tecnología ha vuelto la infidelidad algo abstracto, constante y de aparente bajo riesgo emocional. No es que antes no existiera, pero requería un esfuerzo logístico enorme. Hoy, las parejas viven en una alerta permanente o en un cinismo absoluto. La tecnología permite mantener a personas en una «sala de espera» emocional, invisibilizando a la pareja presente frente al fantasma de la fantasía digital.

La deslealtad como consumo de novedad: sin cuerpo, pero con daño

La lógica del mercado dicta que el producto más nuevo siempre parece mejor que el que se tiene en casa. La tentación del catálogo infinito provoca la ansiedad del FOMO emocional (miedo a perderse algo). Entonces, la pareja deja de ser un compañero de vida para convertirse en un «servicio» reemplazable por la novedad de un chat recién iniciado. Es más fácil reemplazar que reparar; bloqueas a alguien y deja de existir en tu interfaz, en un acto de bloqueo de su humanidad.

Esta zona gris destruye la confianza. El autoengaño de creer que «solo es un chat» nos lleva a subastar afectos en un catálogo virtual esperando siempre un mejor precio o calidad. La tecnología ha democratizado la traición. Preferimos la ligereza de una conexión volátil tras la pantalla que la solidez y el peso de una relación real.

Indudablemente, la tecnología nos ha dado mil formas de estar con otros, pero nos ha quitado la lealtad de quedarnos con uno solo. En este mercado de afectos falsos, no se es infiel por falta de amor, sino por un exceso de opciones volátiles que nos han vuelto, finalmente, invisibles.

La tecnología no es el enemigo, pero si la cortina que nos ha vuelto invisibles. Hemos canjeado la calidez de un abrazo por la frialdad de un “like” y la lealtad de un compromiso por la ansiedad de un catálogo infinito que capta solo una milésima de segundo de un ser perfecto que no existe mas que en la virtualidad y que ofrece gran variedad de afectos desechables. Nos hemos convertido en expertos(as) en conectar, pero analfabetos en vincularnos. En productos de consumo sentimental, insensibles, y de relaciones liquidas. Estamos renunciando a lo real. Pero al final cada uno elige, y soporta cuando se enfrenta a su propia realidad: El desafió de volver a ser visible y real.

Niñez con depresión: cómo detectarla y qué hacer

UNA Comunica. Se suele asociar la imagen de la niñez con los juegos, las risas y el aprendizaje de un mundo por descubrir. Sin embargo, la realidad esconde una faceta de la cual poco se habla: la depresión en edades infantiles, incluso a partir de los dos años.

El tema resurge ante la crítica situación que experimenta un país como Corea del Sur: en cuestión de cuatro años, los casos de depresión en esta población aumentaron un 70%. En esta nación, la “presión por el éxito” impulsa a personas adultas responsables a mantener a la niñez en jornadas escolares y extracurriculares que superan las 40 horas semanales, lo que ha generado preocupación en personas expertas.

Tradicionalmente, los cuadros depresivos se han asociado con etapas como la adolescencia o la adultez. Sin embargo, la académica Tamara Fuster, de la Escuela de Psicología de la Universidad Nacional (UNA), señala que “la depresión puede suceder en todas las etapas de la vida, lo que ocurre es que va a tener manifestaciones distintas, según la etapa en la que nos encontremos”.

Una de las diferencias más marcadas en la niñez es que los síntomas no siempre se manifiestan como tristeza, sino como irritabilidad. “Son personas menores de edad que, de repente, van a tener rabietas fuertes o que van a explotar por cualquier cosa”, explicó Fuster.

También se debe prestar atención a cambios en el comportamiento, como la pérdida de interés en actividades que antes resultaban atractivas, falta de energía, disminución del deseo de socializar o tendencia al aislamiento.

Otros signos pueden incluir alteraciones en los patrones de sueño y alimentación, como dormir en exceso o muy poco.

Diferencias entre tristeza y depresión

La depresión en la niñez presenta particularidades relacionadas con la capacidad de expresar emociones. Según Fuster, las personas adultas tienen mayores herramientas para comunicar lo que sienten, mientras que en la niñez esta capacidad está en desarrollo.

La especialista subraya la importancia de distinguir entre tristeza y depresión. La tristeza es una emoción básica y pasajera, asociada a situaciones como la pérdida de un ser querido o de una mascota. En cambio, cuando los síntomas se prolongan por más de dos semanas y se acompañan de irritabilidad, enojo o falta de energía, podría tratarse de un cuadro depresivo.

Factores asociados

Las causas de la depresión en la niñez pueden ser diversas. Entre ellas se encuentran predisposiciones genéticas, condiciones de crianza y la ausencia de vínculos seguros con personas adultas responsables.

También influyen factores como la presión académica, cargas excesivas, acoso escolar y entornos sociales que limitan la interacción o el desarrollo emocional.

Asimismo, se mencionan factores externos como la inseguridad ciudadana, que reduce los espacios de recreación, y la exposición a contenidos violentos que pueden afectar la estabilidad emocional de la niñez.

¿Qué hacer ante señales de alerta?

La académica de la UNA recomienda a las personas adultas responsables permitir que la niñez exprese sus emociones sin juicio, así como demostrar afecto mediante el contacto físico y el acompañamiento cercano.

También se sugiere:

  • mantener rutinas adecuadas de sueño y alimentación,

  • promover actividades físicas y recreativas,

  • fomentar el contacto con la naturaleza,

  • aplicar rutinas relajantes antes de dormir.

“El tiempo de contacto con la naturaleza ayuda ante estados de ansiedad o depresión”, indicó Fuster.

En casos donde los síntomas se prolongan o se agravan, se recomienda acudir a atención profesional, especialmente si la persona menor de edad expresa ideas relacionadas con la muerte, se autolesiona o manifiesta conductas de alarma.

Oficina de Comunicación
Universidad Nacional, Costa Rica

Alternativas analizará la neuroquímica de la Navidad y las emociones que acompañan esta época

El programa Alternativas dedicará su emisión del 12 de diciembre de 2025, a las 18:00 horas, a un tema poco explorado en el debate público: la neuroquímica de la Navidad y los procesos emocionales que se activan durante esta época. La transmisión se realizará en vivo por Facebook Live, YouTube y Spotify, con el apoyo de diversas emisoras comunitarias.

El espacio contará con un panel invitado integrado por especialistas de distintas áreas. Participará Pamela González González, psicóloga, terapeuta floral y gestora de proyectos, quien coordina círculos de escucha y forma parte de la Coordinación de Vida Estudiantil en la UCR Sede Occidente. También estará Marianella Masís, bióloga con estudios de doctorado en Neurociencias en la Universidad de Ratisbona, profesora de la Escuela de Biología de la UCR e investigadora del Centro de Investigación en Neurociencias desde 2009.

Completará el panel Alberto Rojas, comunicador, sociólogo y teólogo, docente e investigador en la Universidad Nacional, con amplia trayectoria en análisis cultural y enseñanza de Ciencias de la Religión.

La transmisión ofrecerá un diálogo accesible sobre cómo los sistemas neuroquímicos del cerebro se relacionan con estados emocionales como la alegría, la nostalgia, el estrés o la sensibilidad afectiva que muchas personas experimentan en diciembre. El programa forma parte del esfuerzo del colectivo Reflexión + Acción y de Alternativas por promover espacios de pensamiento crítico orientados a comprender fenómenos sociales, culturales y emocionales desde múltiples perspectivas.

En la imagen puede ver los detalles de transmisión.

Una celebración que abraza

Niñas y niños de Cuidados Paliativos Pediátricos vivirán la fiesta “Juntos tejemos Luz y Paz”

El próximo 16 de diciembre, 600 niños y niñas del Programa de Cuidados Paliativos Pediátricos —junto a sus familias— participarán en la fiesta navideña “Juntos tejemos Luz y Paz”, una actividad que busca ofrecer un día de esperanza, acompañamiento y calidez humana a quienes enfrentan situaciones de salud complejas y prolongadas.

La celebración se realizará en el Complejo Recreativo de la Municipalidad de San José, donde diversas instituciones —entre ellas el OIJ, la Municipalidad de San José, Bomberos, Cruz Roja y otras organizaciones aliadas— se unirán para crear espacios vivenciales que permitan a los niños conocer, explorar y compartir experiencias con quienes trabajan diariamente al servicio del país. Más que una actividad recreativa, la iniciativa simboliza una red de apoyo social que reconoce la dignidad, la valentía y las necesidades de estas familias.

El comunicado destaca que esta fiesta es un recordatorio de que la solidaridad transforma, de que el acompañamiento es parte fundamental del cuidado integral y de que ninguna familia debería enfrentar la enfermedad en soledad. La actividad representa un gesto colectivo que teje paz, sostiene emociones y permite que la esperanza florezca incluso en momentos difíciles.

Aunque no se trata de una invitación abierta al público, la Fundación Pro Unidad de Cuidado Paliativo Pediátrico informó que se aceptan donaciones para apoyar el desarrollo de la actividad y fortalecer los servicios brindados a las familias.

Quienes deseen colaborar pueden comunicarse directamente con la oficina de la Fundación.