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Etiqueta: don

Gracias: la palabra más linda

Pbro. Glenm Gómez Álvarez

Estaba concentrado en escribir un texto para la Navidad cuando una tarea doméstica me obligó a detenerme. Me levanté, fui hasta la lavadora, acomodé la ropa, casi automáticamente, y volví al escritorio tratando de no perder la idea. Antes de sentarme, le pedí a Alexa —ese asistente de voz presente en tantas casas— que me avisara cuando terminara el ciclo.

Cuando la alarma sonó, en lugar de decir “stop”, dije “Alexa, gracias”, un lapsus. No lo pensé. Me salió. Y respondió: “Acabas de decir la palabra más linda que la humanidad ha inventado”.

Me detuve en seco. La cabeza me explotó: una idea inesperada acababa de romper la rutina. Una máquina, programada para asistir, incapaz de pensar o comprender como una persona, puso en perspectiva algo profundamente humano: agradecer. Alexa, sin pretenderlo, activó una alarma aún más urgente. Una voz sin alma puso en evidencia lo que, en medio de la prisa, tantas veces olvidamos: la necesidad de agradecer, la urgencia de la gratitud por encima de cualquier tarea.

Vivimos instalados en la exigencia: al calendario le pedimos resultados, a la vida le pedimos explicaciones, a los demás les pedimos respuestas. En medio de tanta presión, el agradecimiento se vuelve un gesto rápido. Pero agradecer no es cortesía: es reconocer que no todo nos pertenece ni está en nuestras manos realizarlo, que no todo lo hicimos solos, que hay cosas que llegaron como regalo, sin haberlas buscado ni negociado.

Quizá lo que necesitamos, en estos últimos días del año, no es tanto hacer balances ni prometer más, sino hacer una pausa y decir con verdad: Gracias.

Convendría entonces preguntarse: ¿gracias por qué?

Dar gracias por haber llegado hasta aquí, incluso con cansancio; por la salud que sostuvo y por la fragilidad que obligó a bajar el ritmo; por quienes permanecieron a nuestro lado y por quienes se fueron, dejando una ausencia que también enseña. Por el trabajo que dio estabilidad o por el desempleo que forzó a replantear el rumbo.

Dar gracias por la palabra dicha a tiempo y por el silencio que evitó un daño mayor. Dar gracias por lo pequeño, eso que no entra en los balances ni en las memorias oficiales: una comida sin prisa, una conversación honesta, una tarde en paz. Dar gracias incluso por lo que no salió bien, porque también allí hubo límite, verdad, aprendizaje. Gracias por lo que duele, y, sin embargo, no nos destruye.

Dar gracias por lo inesperado que nos obligó a improvisar; por las puertas que se cerraron y nos hicieron buscar otras. Dar gracias por las manos que nos sostuvieron cuando flaqueamos y por las veces en que tuvimos que sostener a otros, descubriendo que la solidaridad es real. Dar gracias por las risas que aparecieron sin plan y por las lágrimas que limpiaron lo que no podíamos cargar solos. Dar gracias, incluso, por la incertidumbre, porque nos enseñó a confiar más allá de lo que controlamos.

Resulta desconcertante que una inteligencia artificial —tan eficaz como impersonal— nos recuerde algo que solemos olvidar: que dar gracias es, como la expresión atribuida a Lao Tsé, “la memoria del corazón”. Dar gracias nos desarma de la autosuficiencia y nos devuelve a lo esencial: la vida, antes que un proyecto, es un don.

Tal vez cerrar este año 2025 no consista, desde ya, en prometer más, sino en agradecer mejor. No en multiplicar propósitos, sino en reconocer lo recibido. Decir gracias no como una palabra apresurada, sino como un modo de habitar el tiempo. Repetirla —gracias, gracias, gracias— casi como una letanía que vuelve la gratitud un acto coral, compartido, secularmente litúrgico.

Tenía razón aquella voz sin alma: gracias es una palabra hermosa. Cerrar el año no es exigir más ni multiplicar promesas. Es detenerse, reconocer lo recibido y dejar que la gratitud nos habite.

Decir gracias como la palabra que sostiene la vida. La más linda y más honda. Y, a juzgar por cómo vivimos, una palabra urgente. «Den gracias en toda circunstancia» (1 Tes 5,18).

Don de Lenguas

Por Walter Antillón Montealegre

 

El cultivo sistemático, en nuestro pueblo, de un analfabetismo larvado, regido por el pensamiento mágico y flanqueado por hábitos de consumismo e irresponsabilidad, ha permitido a la oligarquía costarricense y transnacional medrar sin control alguno en la riqueza del País, del brazo de una clase política corrupta, ampliando con ello la brecha social en una medida exorbitante.

Y uno de los resultados de la corrupción y el desgobierno imperantes ha sido que crecientes poblaciones en estado de abandono y pobreza extrema han caído en manos de organizaciones religiosas orientadas, asesoradas y subsidiadas por algunas de las poderosas iglesias norteamericanas que, desde hace algunas décadas, empezaron a aplicar exitosamente en reuniones masivas, un estilo espectacular, impresionante; con atractivas melodías, lemas coreados por la asamblea entera al ritmo de las palmas, conmovedores testimonios y confesiones públicos, curaciones milagrosas, predicación ‘en lenguas’, etc.

Entre las diversas iglesias cristianas que por esa vía han proliferado en Costa Rica, y que en pocos años han erigido más de tres mil templos en el territorio nacional, se encuentra la denominada Centro Mundial de la Adoración, en la cual canta y predica el candidato Fabricio Alvarado. Y tanto él como su esposa han declarado reiteradamente que, por la gracia del Espíritu Santo, pueden hablar ‘en lenguas’ en sus canciones y prédicas; y han pretendido demostrarlo profiriendo un limitado elenco de sonidos que, obviamente, no corresponden a ningún idioma occidental moderno, sino que recuerdan de modo vago ciertos acentos del hebreo o del árabe.

Ahora bien, según se afirma en varios textos del Nuevo Testamento, por inspiración del Espíritu Santo muchos predicadores que llevaban el mensaje cristiano a gentes de distintas naciones, poseyeron el don de dirigirse a ellas en los idiomas propios de esas naciones. De manera que si, por ejemplo, su auditorio era sirio, sin esfuerzo, de modo espontáneo él predicador le hablaba en su lengua: el arameo; y si era egipcio, le hablaba en copto, aunque nunca antes hubiera estudiado dichos idiomas. Tal era el significado de lo que se llamó ‘don de lenguas’ que, por lo visto, el Espíritu Santo administraba con largueza, a fin de que cualquier persona en el Mundo pudiera entender el mensaje de los predicadores cristianos.

Por el contrario, no tendría ningún sentido pensar que el Espíritu Santo va a otorgar, por ejemplo, el don de la lengua cabécar al predicador que se dirige a un grupo de fieles noruegos. O el don de la lengua china en una asamblea de zulúes ¿De qué iba a servir entonces aquella prédica?

Precisamente San Pablo denunciaba la mendacidad de los paganos que, cuando decían estar en comunicación con los dioses, farfullaban rosarios de palabras ininteligibles para los oyentes; y exhortaba a los cristianos a evitar semejantes prácticas, diciéndoles:

…Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire…1 Corintios 14: 9.

¿Será que el Espíritu Santo no ha querido favorecer a Fabricio, al poner en su boca parrafadas de fonemas ininteligibles, que no contribuyen en nada a la comprensión del mensaje de sus canciones? O bien ¿qué buscan Fabricio y Laura producir con sus ‘ramamashekas talamasoas’ en la crédula mente de sus feligreses? ¿Será que ese galimatías hace que los fieles, por la gracia del Espíritu Santo, salgan del templo más inteligentes y perceptivos?

La verdad es que no: la verdad es que la ignorancia es atrevida: Fabricio y Laura no han entendido lo que en los textos del Nuevo Testamento significaba el don de lenguas; y cayeron en la infamia de aprovechar la disposición a la credulidad de gente sencilla reunida en el templo, para figurar ante ellos como seres favorecidos de la gracia del Espíritu Santo, y usufructuar esa ventaja.

Así las cosas, sólo nos queda preguntar: si esta singular criatura llamada Fabricio Alvarado es capaz de haber montado tamaña grotesca farsa para abusar de la buena fe de sus hermanos en religión (a quienes dice amar), con desprecio total de su dignidad de personas humanas ¿Qué no estaría dispuesto a hacer con los ‘inmundos’ y los ‘infieles’, que somos todos los demás?

 

(*) Walter Antillon Montealegre, Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica.

 

Imagen con fines ilustrativos tomada de www.wikihow.com

Publicado originalmente en el país.cr, enviado a SURCOS por el autor.

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