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Etiqueta: Educación Cívica

Lo manifiesto, lo latente, lo verdadero

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Un video compartido recientemente muestra el choque entre un vehículo liviano y una motocicleta. Como producto del percance, uno de los ocupantes de la motocicleta fallece por las lesiones ocasionadas. En el lugar del accidente debía estar instalada una señal vertical de alto en el sentido de trayectoria del vehículo liviano. Su chofer nunca la observó porque la señal no estaba. Había sido vandalizada.

Hace tan solo unos días se informaba de la destrucción de estaciones de autobús y tren. Los asientos, los dispositivos de publicidad y otros elementos son sustraídos de estos sitios un día sí y otro también dejando a la intemperie a las personas usuarias de los mismos. El robo de cable eléctrico, la sustracción de alcantarillas. saltarse las filas, pagar sobornos para obtener servicios de forma rápida son tan solo algunos ejemplos cotidianos en los que lo iícito pareciera ser la norma.

Todos estos hechos tienen un notable eje transversal: la afectación de bienes públicos comunes y colectivos con el propósito de lograr un objetivo individual. Los medios, no importa cuáles, para llegar a los fines. O como se dice en cierto argot especializado: el gesto técnico oportuno para hacerle daño al Estado, a toda costa. Un daño superlativo, profundo, devastador. La función manifiesta.

Hace algunos años, quizás a inicios de la década de 2000, se produjo en Costa Rica un documental audiovisual que explicaba el origen social de los comportamientos irracionales contra el bien común. Los utilcé tal vez en alguno de mis cursos. Lamentablemente no he logrado encontrar de nuevo ese trabajo que sería pieza obligada en la Costa Rica bisoña del bicentenario, clase de educación cívica obligatoria bajo las actuales circunstancias. Recuerdo ver en ese análisis a gente de la talla de Carlos Sojo, Patricia Vega y otros más.

En este documental se analizaba con criterio sociológico cómo las actitudes de dañar los bienes públicos por parte de algunos sectores de la población estaban relacionadas en sus motivaciones con las acciones que las clases políticas y económicas, las élites y sus representantes, desarrollaban en materia de corrupción. La función latente explicando los entuertos de unos y otros.

Sobre el rol de la comunicación seria y a propósito de su ausencia en la amplia propuesta actual, no es posible olvidar los esfuerzos de un proyecto comunicativo emblemático que combinaba humor, crítica social y cuestionamiento político, erigido así mismo y autonombrado como “activista del escuadrón anti chorizo”. Cuanta falta hace en estos momentos.

“La patada”, como se denominaba el espacio, llegó a develar una y otra vez las funciones latentes, es decir, los propósitos reales mediante los cuales los sujetos utilizaban medios irregulares para conseguir sus propositivos.

Lo manifiesto consistiría en la señal arrancada, el cable robado, los casi 80.000 millones de colones trasegados en una gigantesca red de corrupción recientemente descubierta en el país.

Políticos, religiosos y personas de las élites costarricenses fueron expuestas a través de bien documentadas y argumentadas investigaciones en el programa mencionado. Todo logrado con un uso irrestricto de la figura de la neutralidad analítica que le garantizaba llegar hasta las profundidades de los casos que analizaba. Algo que el día de hoy es materia pendiente en los enfoques periodísticos sobre el tema.

Recordarán amigos y amigas lectores, que el director del programa fue asesinado en circunstancias todavía no esclarecidas. En la Costa Rica que no ha logrado aún resolver asesinatos de activistas ecologistas y dirigentes indígenas, yo ya no estaría tan seguro de que el chivo expiatorio con el que se intentó construir el caso del crimen de Parmenio Medina haya estado tan apegado a la realidad.

Lo manifiesto, lo latente y lo verdadero toman hoy otras dimensiones en un país cuyo contrato social expiró hace tiempo. La refundación es necesaria. Y, como decía La Patada, aplicado para el desarrollo social y económico nacional, esa refundación misma sigue siendo un asunto de cabeza. Esperemos encontrarla y colocarle el sombrero de la decencia que tanta falta hace.

 

Imagen: http://www.primeraplana.or.cr

Atentado de La Penca: ni perdón ni olvido

Lic. Javier Francisco Cambronero Arguedas

El próximo 30 de mayo se cumplirán 37 años del horroso crimen de La Penca, perpetrado con la finalidad de asesinar a Edén Pastora, en el marco de la lucha interna en Nicaragua entre la contra y el régimen sandinista. Tras dicho atentado que pretendía materializarse en una conferencia de prensa a orillas del rio San Juan, el Comandante Cero resultó severamente herido y se perdieron 7 vidas y hubo 22 heridos más, tras el estallido de una bomba, que aún hoy se desconoce quien la puso. Entre los fallecidos, valerosos trabajadores de la presa, cito a Lynda Frazier (del Tico Times), Jorge Quirós, Evelio Sequeira, Carlos Vargas Genè y Roberto Cruz (murió tiempo después por las secuelas). Entre los periodistas gravemente heridos y que hoy nos sobreviven Nelson Murillo, José Rodolfo Ibarra, Edgar Fonseca y don Gilberto Lopes.

Esa página negra en la historia patria dará origen a través de un decreto ejecutivo de 2010, a la creación del Día del Periodista.

Tras casi 4 décadas, no hay acusados y la justicia nacional e internacional le ha fallado al país y a las familias de fallecidos y sobrevivientes.

Esta fecha no puede pasar desapercibida. Constituye una gran afrenta a nuestra democracia, pues conforme pasa el tiempo se llegan a conocer mayores detalles y se pone en evidencia la complicidad de autoridades nacionales y de cuerpos de seguridad para que se perpetrara dicho atentado, ejecutado en territorio nicaragüense pero orquestado desde Costa Rica donde “otros movieron los hilos”.

Presumo que más de la mitad de quienes leerán esta nota, aún no habían nacido en ese momento. Y es que nos corresponde desmitificar que durante toda nuestra historia hemos sido un remanso de paz, de dicha y felicidad. Y que como los ticos hemos sido vistos tan buena gente y como mansos corderos, pareciera que fuerzas divinas nos han visto con sumo agrado y eso nos ha permitido vivir en medio de la virtud y de la abundancia. Nada más alejado de la realidad. Costarricenses hasta no hace mucho el país y Centroamérica entera, estuvo envuelta en graves y profundos conflictos donde la sangre inocente de miles de hermanos, fue derramada en Nicaragua, Guatemala y El Salvador. Toda esto ocurrió a muy pocos kilómetros de nuestras fronteras. El genocidio en Guatemala donde el general Ríos Montt masacró y provocó la muerte de miles y miles de indígenas. Guerra civil en El Salvador por los combates y enfrentamientos entre el ejército y la guerrilla; entre las víctimas encontramos religiosas asesinadas por los fusiles del ejército y su temible batallón Atlacatl, la invasión al campus de la Universidad Centroamericana y el cobarde asesinato de Ignacio Ellacuría, así como de otros padres jesuitas y el martirio de monseñor Romero, hoy merecidamente canonizado por la iglesia.

Por eso resulta dolorosa la tozudez de autoridades educativas por bajarle el perfil a asignaturas tan importantes como lo son Estudios Sociales y Educación Cívica. Importantes contenidos en los programas de estudio de esas asignaturas en secundaria han estado asociados lógica y naturalmente al estudio de la historia; historia patria e historia de Centroamérica, así como la consolidación de nuestras instituciones democráticas y valores fundamentales como el derecho a la vida y a la libertad de la prensa, debidamente consagrados en nuestra Constitución Política.

De ninguna mara podemos ir a la celebración de un cacareado Bicentenario con una visión parcial de la historia patria. Lo he dicho en otros momentos, se equivocan las autoridades educativas una y otra vez en que pruebas FARO y pruebas ISA no incluyan Estudios Sociales y Educacion Cívica, o será más bien que deliberadamente se quiere que se olvide todo esto y se profundice el mito fundante de que los ticos nunca hemos sufrido conflictos, guerras o violencia alguna. Por ejemplo, ignorar que muchas de las conquistas sociales que hoy disfrutamos fueron concesiones gratuitas de las clases dominantes y que no costaron vidas ni sangre ni lágrimas de otro costarricense que nos ha heredado esta patria. O que luchar por la libertad, la justicia y que la prensa realmente esté al servicio de la verdad ha costado hasta la vida y salud de valientes costarricenses.

Tras los horrores de la década de los ochenta vinieron los acuerdos de paz suscritos en Esquipulas y Chapultepec. Legaba la paz sobre todo a Guatemala y El Salvador. Pero hoy con estupor y dolor miramos las desgarradoras imágenes de caravanas de centroamericanos migrando hacia el norte en busca de una mayor calidad de vida, que su propio país no fue capaz de brindarles. A lo mejor llegó la paz a Centroamérica pero no así se detuvo la desigualdad y el agresivo proceso de acumulación de riqueza, hoy acelerado por la codicia y los efectos de la pandemia.

Por eso hoy debemos hacer un alto en el camino y honrar merecidamente a quienes perdieron su vida aquel 30 de mayo y a quienes resultaron seriamente heridos. No contribuyamos, con nuestra indiferencia a echar una palada más para que convenientemente se olvide tan macabro hecho. No lo merecen las familias de quienes perdieron su vida ni tampoco quienes aún hoy conviven con nosotros: Edgar Fonseca, Rodolfo Ibarra, Nelson Murillo y Gilberto Lopes. Para ustedes, grandes costarricenses y buenos periodistas, nuestra admiración y respeto imperecederos. Sigan haciendo periodismo grande, bueno, del que marca diferencia. Costa Rica los necesita.

27-V-21