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Etiqueta: encíclica Magnifica Humanitas

Llegamos en curva a la inteligencia artificial

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

-La verdadera preocupación no es lo que las máquinas serán capaces de hacer, sino lo que nosotros hemos dejado de hacer antes de su llegada. –

La reciente encíclica Magnifica Humanitas de León XIV constituye una reflexión lúcida, necesaria y profundamente esperanzadora sobre los desafíos que la inteligencia artificial (IA) plantea para la humanidad. Sus implicaciones son universales. La revolución tecnológica ya está transformando el mundo y ninguna sociedad podrá permanecer al margen de sus efectos económicos, culturales, educativos y políticos.

Sin embargo, la lectura de la encíclica me llevó inevitablemente a pensar en Costa Rica. Mientras buena parte del mundo debate los riesgos y las oportunidades de la inteligencia artificial, tengo la impresión de que nosotros enfrentamos un desafío previo. Me preocupa que estemos observando el horizonte sin advertir la fragilidad del terreno que pisamos.

La preocupación de León XIV no se limita a los avances tecnológicos. En el fondo, la encíclica recupera una pregunta tan antigua como la filosofía misma: ¿qué es el ser humano y qué necesita para vivir una vida verdaderamente humana? Porque toda revolución tecnológica termina desembocando en una cuestión antropológica. Antes o después, la pregunta deja de ser qué pueden hacer las máquinas y vuelve a ser quiénes queremos ser nosotros.

Vista desde esa perspectiva, la dificultad principal no es tecnológica. Es humana. Veo estudiantes que llegan a la universidad con serias dificultades para comprender un texto sencillo. Veo personas incapaces de sostener la atención durante unos pocos minutos sin consultar el teléfono. Veo una creciente dependencia de contenidos breves e inmediatos, acompañada por el debilitamiento de hábitos que durante siglos fueron considerados indispensables para la formación intelectual: la lectura profunda, el estudio paciente y la reflexión crítica.

No se trata simplemente de un cambio de costumbres. Se trata de una transformación cultural más profunda. Una sociedad que pierde la capacidad de pensar críticamente se vuelve más vulnerable no solo a la manipulación tecnológica, sino a cualquier forma de poder.

Lo digo porque basta observar nuestras interacciones. Cada vez parece más difícil sostener un diálogo sereno e informado sobre cualquier tema. La discrepancia se transforma casi de inmediato en descalificación, el argumento cede ante el insulto y la búsqueda honesta de la verdad es reemplazada por la necesidad de imponerse. No importa si se trata de política, educación, religión o asuntos de interés nacional. Con frecuencia asistimos a un espectáculo de ataques personales y frases diseñadas para provocar aplausos o indignación.

Esta tendencia no se limita a las redes sociales. Se ha instalado también en algunos medios de comunicación, en espacios de opinión donde la confrontación genera más audiencia que la reflexión y en programas donde el espectáculo parece más importante que la información. Se manifiesta en dirigentes que desacreditan a quienes piensan distinto antes de responder a sus argumentos, en manifestaciones donde resulta más fácil pintar una pared que construir una razón y en una cultura que parece encontrar más satisfacción en señalar culpables que en buscar soluciones. Poco a poco hemos ido aceptando como normal una forma empobrecida de debatir, donde importa más quién grita más fuerte que quién tiene mejores razones.

El ruido ocupa el lugar de las ideas. La ocurrencia desplaza al conocimiento. La polémica genera más interés que la verdad. Y uno termina con la amarga impresión de que, mientras el mundo se prepara para desafíos cada vez más complejos, nosotros seguimos atrapados entre el circo, la maroma y el teatro.

Y hay algo más preocupante todavía. Hemos comenzado a confundir la autenticidad con la vulgaridad. Pareciera que hablar “como la gente” consiste en insultar, ridiculizar o descalificar. Como si la grosería fuera una prueba de cercanía con el pueblo y la agresividad una muestra de sinceridad. Sin embargo, una cosa es utilizar un lenguaje sencillo y directo, y otra muy distinta es empobrecer la conversación hasta convertirla en una sucesión de ofensas. Cuando las vulgaridades sustituyen a los argumentos, no estamos democratizando el debate; estamos degradándolo.

Por eso la llegada de la inteligencia artificial plantea una paradoja inquietante. En nuestra sociedad estas herramientas aparecen en un momento en que parecen debilitarse precisamente aquellas facultades que deberían orientarlas.

Nos preocupa que las máquinas puedan pensar por nosotros, cuando desde hace años estamos renunciando, poco a poco, al ejercicio de pensar por nosotros mismos.

Una sociedad no pierde su rumbo cuando aparecen nuevas tecnologías. Lo pierde cuando deja de cultivar las capacidades humanas necesarias para comprenderlas, juzgarlas y ponerlas al servicio del bien común.

Por eso la discusión, al menos en Costa Rica, sobre la IA no debería comenzar preguntándonos qué harán las máquinas en el futuro. Debería comenzar preguntándonos qué clase de personas y qué clase de sociedad estamos formando en el presente.

La Iglesia frente al poder invisible de la Inteligencia Artificial

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

He concluido la lectura de la encíclica «Magnifica Humanitas» del Papa León XIV y debo admitir que me dejó una extraña mezcla de entusiasmo e inquietud, atravesada, además por innumerables preguntas… muchas preguntas.

Me impresiona particularmente el giro que ha dado la reflexión de la Iglesia sobre la Inteligencia Artificial (IA) en apenas un par de años. Recuerdo cuando el Papa Francisco abordó este tema en la 58ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2024, bajo aquel sugerente lema: “Inteligencia artificial y sabiduría del corazón: por una comunicación plenamente humana”. Allí, aunque se advertía sobre el riesgo de una tecnología rica en herramientas, pero pobre en humanidad, el énfasis era claro: la verdad, la comunicación, las fake news, la manipulación mediática, la necesidad del discernimiento.

Pero hoy el panorama es otro. El tema ha sido trasladado al corazón mismo de la Doctrina Social de la Iglesia. El Magisterio pasó muy rápido de hablar de “sabiduría del corazón” y comunicación humana a hablar de poder, concentración tecnológica, colonialismo digital, dominio cultural, trabajo humano, geopolítica, control de datos y nuevas formas de exclusión.

Y esto también me impresiona profundamente. Porque el Papa pudo haber escogido muchos otros grandes temas para inaugurar su magisterio social. Pudo haber escrito sobre las guerras contemporáneas, las migraciones masivas, la crisis climática, la secularización acelerada, la persecución religiosa, el colapso demográfico de Occidente, el capitalismo financiero, el riesgo de absolutizar figuras políticas contemporáneas —como Donald Trump u otros líderes convertidos casi en referentes mesiánicos— o la creciente polarización política global.

Pero no. Escogió la IA. Y eso no puede ser casual. La IA no aparece aquí como un tema más entre tantos otros, sino como uno de los posibles ejes estructurantes de la nueva época histórica.

La Doctrina Social de la Iglesia jamás ha sido ingenua respecto al poder. Nunca ha interpretado los grandes cambios de la historia como procesos puramente espontáneos o neutrales. Siempre ha comprendido que detrás de las transformaciones económicas, culturales y tecnológicas existen intereses concretos, visiones antropológicas, disputas de poder, élites y proyectos de sociedad.

Y, precisamente, por eso resulta tan significativa esta encíclica. Porque da la impresión de que la Iglesia percibe que estamos ante un fenómeno impulsado por actores con una capacidad inédita para reorganizar la experiencia humana global. No hablamos únicamente de gobiernos o instituciones visibles, sino de estructuras tecnológicas, corporaciones multinacionales, algoritmos, plataformas, fondos de inversión, laboratorios y redes de influencia que muchas veces operan fuera del radar cotidiano de la mayoría de las personas, pero que igualmente moldean hábitos, información, decisiones, vínculos sociales e incluso la comprensión de la realidad.

Insisto: que el primer gran documento social de León XIV haya sido precisamente sobre la IA revela que la Iglesia percibe aquí algo más profundo que una simple innovación tecnológica. Intuye un cambio de época. Una transformación antropológica. Tal vez incluso civilizatoria.

Y voy a confesar algo: rara vez escribo un artículo compuesto casi únicamente de preguntas. Creo que es la primera vez que lo hago deliberadamente. Pero, como he dicho, la lectura de este documento me dejó demasiados interrogantes atravesados en el pecho como para ignorarlos y, más aún, guardármelos:

¿Qué indujo este cambio de enfoque dentro de la Iglesia? ¿Cómo se produjo, en apenas dos años, el tránsito desde una preocupación comunicacional hacia una preocupación social, económica y geopolítica?

¿Qué ocurrió entre los primeros discursos del Papa Francisco sobre cultura digital y esta encíclica para que la IA dejara de ser presentada solo como fenómeno comunicacional y comenzara a interpretarse como estructura de poder?

¿Quiénes fueron los interlocutores intelectuales que ayudaron a mover esta discusión? ¿Economistas? ¿Expertos en geopolítica? ¿Grandes empresarios tecnológicos? ¿Universidades? ¿Centros de pensamiento?

¿Hasta qué punto lo ocurrido en estos dos últimos años terminó obligando a la Iglesia a abandonar una mirada estrictamente técnica sobre la inteligencia artificial? ¿En qué momento se comprendió que el problema ya no era solamente la desinformación o la manipulación comunicacional, sino el control del conocimiento humano, de la conducta social e incluso el posible sometimiento de la humanidad a nuevas estructuras de poder tecnológico?

¿Puede hablarse legítimamente de colonialismo digital cuando culturas enteras terminan dependiendo tecnológicamente de plataformas, modelos y sistemas diseñados desde unos pocos centros de poder mundial?

¿Quién define hoy qué es verdad, qué merece visibilidad y qué debe desaparecer? ¿Quién entrena las inteligencias artificiales? ¿Con qué visión antropológica? ¿Con qué intereses económicos? ¿Con qué ideología?

¿Puede seguir hablándose de neutralidad tecnológica? ¿O toda tecnología termina expresando inevitablemente una visión del ser humano y de la sociedad?

¿Estamos frente a una nueva cuestión social comparable a la revolución industrial?

¿Será casual que el lenguaje reciente del Magisterio recuerde tanto las grandes denuncias sociales de los siglos XIX y XX? ¿Estamos entrando en la nueva Rerum Novarum del siglo XXI?

¿La propiedad más poderosa del futuro ya no será la tierra ni la fábrica, sino los datos? ¿Será que el gran conflicto contemporáneo ya no gira solamente alrededor del capital y el trabajo, sino alrededor del conocimiento, los algoritmos y la capacidad tecnológica?

¿Estamos todavía a tiempo de humanizar la tecnología antes de que la tecnología termine reorganizando lo humano?

Ahora bien —y aquí quiero decir algo que para mí resulta fundamental— no puedo leer este momento histórico únicamente desde la sospecha. Como creyente, también me niego a pensar que la historia queda exclusivamente en manos de los poderosos. Porque precisamente ahí es donde aparece otra lectura posible: la acción del Espíritu Santo suscitando en la Iglesia una conciencia nueva frente al que quizá sea el tema más decisivo de nuestra época. Quizá la Iglesia lo está entendiendo antes de que muchos alcancen a dimensionarlo.

Esta encíclica sobre IA podría ser el intento de la Iglesia de construir un contrarrelato frente a una narrativa tecnológica que suele presentarse como inevitable, neutral y salvadora. Y eso le da muchísimo espesor al texto. Porque ya no sería solamente una reflexión moral sobre herramientas digitales, sino una disputa profunda sobre quién define el futuro humano.