Sociedad irritable… anatomía de un enojo permanente
Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista
William Hooke decía que “un día de batalla es un día de cosecha para el diablo”. Sin duda, la división es terreno fértil para el mal. Y no pensemos solo en guerras absurdas, sino en esos momentos en que la vida cotidiana entra en “modo combate”: cuando todo se vuelve confrontación y el otro deja de ser hermano para convertirse en adversario. Basta mirar nuestras carreteras, las discusiones que en diversos ámbitos escalan sin medida o la agresividad que se respira en la palestra pública para reconocer cuánto daño nos ha provocado vivir permanentemente a la defensiva.
La ira —raíz silenciosa de muchos males— casi nunca aparece de golpe en su forma más extrema. Comienza como simple impaciencia: una molestia constante, una irritación que se instala en el corazón y que se manifiesta en la prisa permanente, en la incapacidad de esperar, en la incomodidad ante cualquier desacuerdo pequeño. Parece algo menor, pero va creando un clima tenso donde todo molesta y cualquier chispa puede encender el conflicto.
Luego llega el desborde. La irritación ya no queda por dentro; se transforma en palabra hiriente, en amenaza velada, en gestos que rompen vínculos. Aparece en las burlas y exclusiones en las aulas, en el bullying que hiere profundamente, en discusiones familiares que terminan en gritos, en debates políticos donde las ideas dieron paso a los ataques personales.
Si no se detiene a tiempo, la violencia se normaliza. Entonces vemos agresiones que ya no sorprenden, enfrentamientos que dejan heridas profundas, reacciones desproporcionadas ante conflictos pequeños que terminan en tragedias irreversibles. Muchas historias dolorosas comenzaron con una palabra mal dicha o con un momento de enojo que nadie quiso frenar.
El punto más peligroso —y demasiado frecuente— es la rabia descontrolada, cuando la razón se nubla y el corazón se endurece. De ahí, precisamente, nacen el odio que se prolonga en el tiempo y la venganza que busca hacer daño a cualquier costo. Y entonces, ya no buscamos la verdad, sino el desquite.
Desde los primeros capítulos de la Biblia encontramos una advertencia contundente cuando Dios se dirige a Caín: “¿Por qué estás enojado y por qué está decaído tu rostro? Si obras bien, podrás alzarlo. El pecado está a la puerta, acechando; pero tú debes dominarlo” (Génesis 4,6-7). Este prólogo al fratricidio funciona como una llamada a detenerse antes de cruzar límites de los que luego cuesta volver. Siglos más tarde, Jesús retoma y profundiza esta enseñanza al invitar: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11,28-30), mostrando que la verdadera fuerza está en la mansedumbre que transforma el corazón y las relaciones humanas.
Frente a la ira, como vemos, la fe cristiana propone una virtud sencilla y fuerte a la vez: la mansedumbre. No es debilidad ni pasividad, sino la capacidad de responder sin destruir, de hablar con firmeza sin perder la humanidad, de sostener la verdad sin renunciar al amor.
No es casualidad que el Papa León propusiera “la abstinencia de palabras hirientes durante esta Cuaresma”. Los líderes, en primer lugar, dan ejemplo: si reaccionan con explosión, descalificación o venganza, terminan “normalizando” que la ira sea la primera respuesta ante cualquier conflicto. Practicar la paciencia y la mansedumbre, en cambio, enseña que es posible responder con firmeza sin dañar al otro, transformando los conflictos en oportunidades de diálogo, reconciliación y crecimiento personal.
Nadie está exento del enojo; forma parte de la vida y de las tensiones reales que vivimos como sociedad. Pero cuando la irritación se vuelve costumbre, termina afectando la manera en que hablamos, decidimos y convivimos. Tal vez el desafío no sea negar el conflicto, sino aprender a reconocer cuándo la impaciencia empieza a dominar, cuándo el desborde ya está tocando la puerta y cuándo la rabia amenaza con nublar la razón. Detectar esos momentos —en lo personal, en la familia, en la política y en la vida social— puede ayudarnos a frenar a tiempo y evitar consecuencias que después nadie puede deshacer.
