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Etiqueta: espiritualidad política

Bienaventuranzas para un país en camino

Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista

Este domingo, en la Eucaristía, se proclamará uno de los textos más incómodos del Evangelio. Y si no vas a misa, quédate un momento: esto también te interpela. Son las bienaventuranzas.

Jesús no habla desde un palacio ni desde una tarima. No ocupa el centro, no levanta la voz, no promete éxito. Se sienta en la montaña y mira a los ojos a gente concreta: pobres, cansados, heridos, personas que no encajan en el relato del triunfo. Y a ellos —no a los poderosos— les propone una revolución silenciosa: una forma de vivir que subvierte nuestras ideas de felicidad, desenmascara el poder y deja en evidencia las reglas de un mundo que aplaude al fuerte y descarta al débil.

Y este Evangelio nos alcanza hoy en un momento muy concreto de nuestra historia: las elecciones nacionales. No es casualidad. Las bienaventuranzas no son un poema piadoso para tranquilizar conciencias; son una escala de valores que cuestiona toda forma de poder, también el poder político y también nuestra manera de participar como ciudadanos.

“Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

El pobre en el espíritu no es el resignado ni el indiferente. Es quien sabe que no tiene toda la verdad, que no es el centro del universo, que reconoce sus límites y por eso se abre a Dios, a los demás, a la realidad. Es lo contrario a la soberbia espiritual o moral, quien no acciona desde la arrogancia ni desde el desprecio del otro. En tiempos electorales, esta bienaventuranza nos invita a una humildad muy concreta: escuchar más, informarnos mejor, pensar antes de repetir consignas, reconocer que el país es más grande que mis miedos, mis rabias o mis preferencias.

“Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra”.

La mansedumbre no es debilidad; es fuerza que no necesita gritar. En un clima donde el insulto, la burla y la descalificación se han vuelto casi normales, el Evangelio nos recuerda que no todo vale. No se construye país humillando ni dividiendo. El futuro —esa tierra que queremos heredar— no la cuidan los violentos, sino quienes saben cuidar la convivencia, incluso en el desacuerdo.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia”.

Aquí el Evangelio toca el corazón de esta jornada. No se trata solo de elegir personas o partidos, sino de preguntarnos con honestidad: ¿Qué justicia anhelamos? ¿Una que excluye o una que integra? ¿Una que protege privilegios o una que defiende la dignidad de todos, especialmente de los más frágiles? Votar también es decir qué país soñamos: uno donde nadie quede descartado.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz”.

La paz no es silencio ni conformismo. La paz cuesta. Es fruto de la verdad, del respeto y de la responsabilidad. Después de las elecciones, gane quien gane, el país seguirá siendo uno solo. Seguiremos siendo vecinos, compañeros de trabajo, familia. Por eso, desde ahora, estamos llamados a sembrar paz y no a hipotecarla por un resultado.

De este Evangelio brotan tres llamadas sencillas y exigentes para este momento:

participar con conciencia, no desde la ira ni la apatía;

cuidar el lenguaje y el trato, incluso cuando pensamos distinto;

y poner siempre a las personas y su dignidad en el centro, antes que cualquier ideología.

Las bienaventuranzas no nos dicen por quién votar. Nos dicen cómo estar, cómo decidir y cómo convivir. Y eso, hoy, es profundamente actual y necesario.