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Etiqueta: evangelio

Conciencia, no consigna: la fe no vota, votan las personas

Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista

En cada proceso electoral se vuelve habitual escuchar a ministros religiosos y actores políticos referirse a un supuesto “voto católico” o “voto evangélico”, e incluso proclamarse sus intérpretes o representantes. Más que una simple etiqueta, esta afirmación empobrece la experiencia de fe, reduce la conciencia moral y convierte la religión en un instrumento al servicio de la política.

La fe no cabe en un partido ni se agota en una ideología. El cristiano no encontrará nunca una opción política que encarne plenamente las exigencias del Evangelio. Por eso, su adhesión será siempre crítica y discernida, nunca automática: la fe no se entrega en bloque ni se subordina sin más; acompaña, ilumina y, cuando es necesario, cuestiona (cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 573).

Sin embargo, creer no nos aparta de la vida pública ni nos autoriza a desentendernos de ella. Al contrario, el Evangelio impulsa a un compromiso responsable con la realidad, a ser fermento de esperanza y constructores del bien común. Jesús no llamó a la indiferencia ni al repliegue, sino a una presencia activa, lúcida y comprometida en medio del mundo.

Esta reflexión, aunque nace de la tradición católica, no es ajena a los hermanos evangélicos. Buena parte de la teología cristiana contemporánea —católica y evangélica— ha dialogado sobre conciencia, dignidad humana y responsabilidad social. Ignorar este planteamiento es desconocer una fuente común que nos une.

Desde esta perspectiva, conviene detenerse en algunos errores de percepción que se repiten en el debate público y que suelen enturbiar la relación entre fe, política y participación ciudadana.

Primer error: reducir la fe a una identidad política.

La fe no es una etiqueta electoral ni una identidad cerrada. Es relación con la verdad y el bien, capaz de juzgar y relativizar toda construcción histórica. Convertirla en pertenencia partidaria la vacía de su fuerza crítica.

Segundo error: sustituir el discernimiento por la lógica del bloque.

El creyente no vota como parte de un rebaño político, sino como persona libre y responsable. Un voto confesional, en cambio, reemplaza la conciencia por la pertenencia y el discernimiento por la alineación.

Tercer error: apropiarse de la fe como recurso de poder.

Cuando un candidato afirma representar el “voto católico” o “evangélico”, intenta apropiarse de un capital simbólico que ninguna Iglesia le otorga. La fe se convierte en bandera de campaña.

Cuarto error: someter el Evangelio a categorías ideológicas.

Hablar de voto “conservador” o “progresista” traduce la fe al lenguaje de los bandos políticos. Pero el Evangelio incomoda a todos y no se deja reducir a consignas.

Quinto error: convertir a los creyentes en actores partidarios.

La misión de la Iglesia no es administrar adhesiones electorales, sino formar conciencias capaces de discernir. El creyente no está llamado a ser ficha de un bloque, sino testigo de una esperanza que juzga toda política.

Un voto presentado como “católico” o “evangélico” termina siendo, paradójicamente, un voto ideologizado. Aunque se revista de lenguaje religioso, opera con la misma lógica de toda ideología: simplifica la realidad y protege una agenda de la crítica.

Dicho con claridad: hay proyectos políticos que, sin proclamarse religiosos, han mostrado mayor coherencia con las exigencias del Evangelio que otros que se presentan como sus defensores. El Evangelio no se verifica por etiquetas, sino por la justicia que produce, la dignidad que protege y el bien común que sirve.

No existe un voto católico ni un voto evangélico en sentido estricto. Existen creyentes que, desde su fe, ejercen un voto crítico, libre y consciente. Todo lo demás no es expresión más fiel de la fe, sino su reducción utilitaria.

Navidad: La fragilidad que confronta la vida

Pbro. Glenm Gómez Álvarez

Con el Niño Jesús en brazos, el anciano Simeón pronuncia una frase que atraviesa por entero la Navidad: «Este niño está puesto para caída y elevación de muchos, y como signo de contradicción… para que se revelen los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35). No sale de sus labios una bendición complaciente. Es una profecía y en esas palabras cabe toda la historia humana. Y cabe también nuestro presente.

La Navidad, a la luz de Simeón, no es el relato folclórico: es una confrontación abierta. El Niño no viene a confirmar seguridades ni a reforzar privilegios. No legitima poderes ni tranquiliza conciencias satisfechas. Su sola presencia obliga a tomar posición. Revela. Desnuda. Desplaza. Levanta a unos y hace caer a otros, no por arbitrariedad, sino porque expone lo que cada corazón ha decidido amar, proteger o esconder. Frente a Él no hay neutralidad posible: o se deja uno afectar en lo más hondo, o se organiza la resistencia.

La paz que nace en Belén no es fruto de un acuerdo superficial ni una calma fabricada. El nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz, sí, pero solo para quienes buscan la verdad. No hay paz auténtica cuando se construye sobre la negación, la mentira o el encubrimiento del dolor ajeno. La Encarnación no anestesia la historia ni la vuelve soportable: la ilumina desde dentro. Y esa luz incomoda a una época que confunde paz con silencio, unidad con uniformidad, consensos forzados con verdad, y estabilidad económica con justicia.

Este Niño que Simeón presenta no se deja utilizar. Él es signo de contradicción. Contradice la fe reducida a moralismo, a discurso piadoso sin consecuencias reales. Contradice a quienes invocan a Dios con facilidad mientras lo desmienten en sus opciones concretas. Contradice toda espiritualidad que bendice el orden establecido sin mirar a los caídos, que predica valores sin tocar heridas, que habla de paz evitando el conflicto inevitable que exige la justicia. Ante este Niño, toda fe queda expuesta a su verdad.

Navidad, entonces, no confirma a nadie: cuestiona a todos. Cuestiona a quienes gobiernan el mundo, porque ningún poder puede reclamar a Dios como aval sin pasar por la fragilidad del pesebre. Cuestiona a las estructuras religiosas cuando se preocupan más por preservarse que por servir, más por defenderse que por entregarse. Cuestiona a una sociedad que, aun llamándose cristiana, se distancia del Evangelio cuando normaliza la exclusión, trivializa la mentira o convierte la indiferencia en norma social.

Pero al mismo tiempo —y aquí está la paradoja que salva— la profecía de Simeón abre una esperanza real: este Niño está puesto también para la elevación. Levanta a quienes no cuentan, a quienes han sido expulsados del relato oficial, a quienes no tienen voz, nombre ni escenario. No los eleva como concesión simbólica, sino como referencia: allí Dios decide hacerse visible y desde allí juzga la historia. Lo pequeño, lo frágil, lo descartado se vuelve criterio.

La Navidad no es evasión ni consuelo fácil. Es la irrupción de Dios en la fragilidad humana. Un Dios que consuela sin mentir, que ofrece paz sin renunciar a la verdad, que levanta sin halagar y que incomoda porque ama demasiado como para dejarnos intactos.

Por eso Simeón puede morir en paz (cf. Lc 2,29-30). No porque todo esté resuelto, ni porque la historia haya encontrado equilibrio, sino porque la verdad ya ha entrado en ella. Y cuando la verdad entra —también hoy, también entre nosotros— nada puede seguir siendo igual sin quedar, tarde o temprano, al descubierto.

El Evangelio no cabe en una etiqueta

Pbro. Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista

Miro con dolor cómo la polarización hiere a la Costa Rica de hoy, donde el diálogo se desvanece y los matices se vuelven sospechosos. Antes nos cuidábamos de no quedar atrapados bajo etiquetas ideológicas; hoy, en cambio, las exhibimos como estandartes, como si los rótulos pudieran definir la verdad o medir la fe. Pero muchas veces no revelan convicciones profundas, sino que responden a prejuicios ajenos, a lealtades impuestas, a una necesidad de pertenencia que termina sofocando la conciencia.

En medio de esa fractura, algunos se refugian bajo la identidad de “conservadores”, como escudo de valores, familia o fe. Pero esa proclamación, tan estridente como cómoda, no basta para encarnar el Evangelio. La fe no se verifica en el discurso repetido ni en la trinchera ideológica que se ocupa, sino en la coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. Ser cristiano no es alinearse con un bando, sino dejarse transformar por la verdad que libera, por el amor que incomoda, por la justicia que interpela.

Ciertamente, decirse “conservador” puede expresar el deseo legítimo de custodiar valores, pero también puede convertirse en coartada para mantener estructuras, privilegios o formas de poder que nada tienen que ver con el Reino de Dios. A menudo, quienes se declaran guardianes de la moral y del orden parecen olvidar que Jesús no fue un defensor del statu quo. Fue, por el contrario, quien incomodó, rompió barreras, sanó en sábado y se acercó a los que la religión oficial despreciaba.

El Evangelio no puede reducirse a una agenda ideológica. Quien intenta confundir el cristianismo con una postura política —sea conservadora o progresista— termina desfigurando el mensaje de Cristo. Jesús no vino a fundar un movimiento de derecha ni de izquierda, sino a transformar el corazón del ser humano y a reconciliarlo con Dios y con los demás.

Ser cristiano no significa conservarlo todo; significa discernir qué merece resguardarse y qué necesita transformarse. La fidelidad al Evangelio no se traduce en inmovilismo, sino en conversión constante. En palabras de san Pablo: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno” (1 Tes 5,21). Es decir, ni aceptar sin pensar lo nuevo, ni idolatrar lo antiguo. Como escribió Henri de Lubac, “no confundamos fidelidad a lo eterno con apego al pasado”. Esa distinción es clave para evitar que la fe se convierta en un refugio nostálgico en lugar de una fuerza viva que impulsa hacia adelante.

En su alocución de Navidad dirigida a la Curia romana – 2023-, el Papa Francisco instó a permanecer “vigilantes contra el fijismo de la ideología que, a menudo, bajo la apariencia de buenas intenciones, nos separa de la realidad y nos impide caminar”. Esta advertencia ilumina con claridad lo que ocurre cuando alguien se define públicamente como “conservador”, no en el sentido de custodiar con humildad el Evangelio, sino en el de erigirse en guardián ideológico con etiqueta moral-espiritual.

La verdadera fe no se mide por la resistencia al cambio, sino por la capacidad de amar, perdonar y servir. Muchos se dicen conservadores y, sin embargo, fomentan divisiones, desprecian a los diferentes o justifican la exclusión. ¿Qué hay del Evangelio en eso? El Reino de Dios no se defiende con consignas, sino con gestos de misericordia.

Lo he visto una y otra vez: cuando la fidelidad al Evangelio se vive con radicalidad, incomoda tanto a conservadores como a progresistas. No porque provoque, sino porque interpela. Rechazar esas etiquetas no es evasión; es una forma de custodiar la libertad interior, esa que permite actuar desde la conciencia y no desde la presión grupal. No lo digo como juicio, sino como experiencia: la fe auténtica descoloca, incomoda, despierta. Y en ese despertar, nos recuerda que seguir a Jesús no es alinearse con un bando, sino dejarse transformar por la verdad que libera y el amor que exige.

2º Domingo t.o.

Lect.:  1 Sam 3: 3b-10; 1 Cor 6: 13. 15…  Jn 1:35-41

Jorge Arturo Chaves O
Jorge Arturo Chaves O.

 

1- Un pequeño esfuerzo de análisis, ayudado con la imaginación, nos permite ubicar mejor el texto del evangelio. Dos discípulos del Bautista, Andrés y Juan, se sienten atraídos, o quizás simplemente curiosos, por la actuación de aquel que hasta poco antes había sido también miembro de su grupo, Jesús, el de Nazaret, y que ahora está empezando a predicar por su cuenta y del que comienzan a hablarse muchas cosas. Incluso un comentario del mismo Bautista hace que Andrés y Juan se pongan a seguir a Jesús en el camino. Jesús se vuelve entonces y les pregunta qué quieren. Esto lleva, como acabamos de oír, a que se acerquen a conocer y a compartir un poco el modo de vida del Maestro. Lo que debería llamarnos la atención es que esos dos discípulos del Bautista, ya tenían su propio grupo, su propio inspirador, y sus propias prácticas religiosas. ¿Por qué siguen buscando entonces?

2- Este relato nos da pie para pensar en dos maneras muy distintas de vivir lo religioso y la búsqueda de Dios. Una, que podríamos llamar «acomodada», no problematizada, casi no reflexiva, que simplemente hereda una religión de la familia y el ambiente, y adopta un conjunto de creencias y prácticas que ayudan a ir por la vida con cierta seguridad. En esa actitud, prácticamente, no se busca nada más.

3- La otra manera de vivir lo religioso es la que nos refleja este relato de hoy. Andrés y Juan no están solo buscando tener cierta seguridad existencial o psicológica con la ayuda de lo religioso. Su meta no es contentarse con pertenecer a un grupo cuyos ritos y doctrinas les den tranquilidad y les prometan felicidad. Lo que uno puede adivinar es que están buscando algo más y más profundo: una experiencia viva de Dios. Esa búsqueda los hizo dejar el judaísmo tradicional en el que nacieron, la religión del Templo, los llevó después a unirse al movimiento de crítica radical del Bautista y, ahora, esa misma búsqueda los empuja a dejar al Bautista y a seguir a Jesús en cuya forma de vida creen descubrir un camino que les lleve hacia la experiencia de un Dios vivo, no un dios de libro o de creencias.

4- Algunos católicos podrían preguntarse: en nuestro caso actual, ¿para qué seguir buscando si ya estoy en la religión verdadera, ya estoy en relación con Dios?, ¿qué más tengo que buscar? Y una reflexión parecida podría hacerse un musulmán o un judío piadosos. Pero pensar así es empequeñecer la imagen del Dios de Jesús, empequeñecer nuestra propia condición humana y volver la espalda a la cambiante realidad social y cultural. El Dios de Jesús no es un objeto más del universo al que podamos llegar jamás a conocer plenamente. Ninguna teología, ni todas juntas, ninguna iglesia o religión puede jamás entregarnos un libro diciendo que ahí está todo lo que necesitamos saber de esa realidad que llamamos Dios. Si nos dijeran: «vean Dios es así o asá», encerrándonos en doctrinas y conceptos, nos estarían hablando de algo que no puede ser Dios.

5- Por otra parte, el corazón humano, movido por el mismo Espíritu de Dios, se siente siempre impulsado a buscar más. Ese impulso es el que hace avanzar el conocimiento científico, pero también es el que nos hace crecer en el conocimiento de nosotros mismos y en nuestra vida espiritual. Esa búsqueda permanente es la que nos dio en el pasado valiosos aportes a la humanidad y a los cristianos y a todas las personas religiosas. Nos condujo a formular preguntas y a obtener respuestas adecuadas para otras épocas. Pero, de igual manera, una nueva cultura y una nueva sociedad como la que nos ha tocado vivir, nos plantea nuevos interrogantes, nuevas realidades que nos empujan a seguir buscando nuevas respuestas, nuevos caminos para llegar a nuevas maneras de acercarse a la experiencia del Dios de Jesús, una experiencia viva y no solo encerrada en libros y en creencias. Ω

 

Tomado del Blog Los que queremos ser de Jorge Arturo Chaves O.

http://losquequeremosser.blogspot.com/

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