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Etiqueta: extrema derecha

Después de la Segunda República: Neoliberalismo, hegemonía y la disputa por el futuro de Costa Rica

Por MSc. Rodrigo H. Campos Hernández

Rodrigo Campos Hernández

Hay cifras que informan y cifras que obligan a pensar. El 64 % de valoración positiva que registra la presidenta Laura Fernández en la encuesta publicada por el Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica (CIEP-UCR) pertenece a la segunda categoría.

No se trata de una encuesta improvisada en redes sociales ni de una medición contaminada por granjas de bots. El estudio entrevistó a 994 personas adultas mediante una muestra aleatoria de telefonía celular, con un margen de error de ±3,1 puntos porcentuales y un nivel de confianza del 95 %. El resultado es contundente: 64 % califica positivamente la gestión presidencial, 25 % negativamente y 11 % mantiene una valoración neutra. Cuando se pregunta directamente si se respalda al Gobierno, la cifra alcanza el 69 %.

El dato resulta todavía más interesante por el momento en que se produce. Costa Rica atraviesa una seria discusión sobre seguridad y crimen organizado, tensiones alrededor del presupuesto público, enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Poder Judicial y un ambiente político crecientemente confrontativo. A pesar de ello, la popularidad presidencial permanece elevada.

La reacción más sencilla sería preguntarse: ¿cómo es posible que tanta gente no vea lo que está ocurriendo?

Quizá esa sea la pregunta equivocada.

Tal vez no estamos frente a personas incapaces de ver la realidad. Quizá estamos frente a personas que observan la misma realidad, pero han aprendido a interpretarla mediante categorías diferentes.

Y si esto es así, el problema deja de ser electoral.

Se convierte en un problema de hegemonía.

No necesariamente se vota contra los propios intereses

Desde cierta izquierda se ha repetido durante décadas una afirmación aparentemente evidente: “la clase trabajadora vota contra sus propios intereses”.

Pero esa frase contiene una trampa: Presupone que nosotros conocemos los intereses de las personas mejor que ellas mismas.

El trabajador que respalda a Laura Fernández puede estar votando exactamente de acuerdo con los intereses que ha aprendido históricamente a reconocer como propios: quiere pagar menos impuestos, quiere seguridad, considera injusto que el Estado “mantenga vagos”, desea eliminar “privilegios”, aspira a emprender, quiere que los empleados públicos trabajen, quiere delincuentes encarcelados y quiere, finalmente, que “dejen gobernar”.

Ese mismo trabajador posiblemente utiliza la Caja Costarricense de Seguro Social, envía a sus hijos a la educación pública, espera que alguno pueda ingresar a una universidad estatal, utiliza infraestructura financiada colectivamente y espera recibir una pensión cuando llegue a la vejez.

No necesariamente experimenta contradicción alguna entre ambas cosas.

Porque esos elementos no están articulados políticamente como un sistema.

Ahí está la hegemonía.

Antonio Gramsci comprendió tempranamente que ninguna clase puede gobernar de manera estable recurriendo exclusivamente a la coerción. Necesita conseguir que una determinada interpretación del mundo aparezca como razonable, natural y hasta evidente.

Mucho después, Stuart Hall analizaría el neoliberalismo precisamente desde esa dimensión cultural. Su éxito no dependió solamente de privatizaciones, apertura comercial o disciplina fiscal. Dependió también de construir sujetos capaces de reconocerse dentro de sus categorías.

La hegemonía no consiste en convencer al explotado de que disfrute su explotación.

Consiste en conseguir que interprete su experiencia mediante categorías funcionales al orden existente.

El neoliberalismo también ocurrió dentro de nosotros

“El pobre es pobre porque quiere”.

“Hay trabajo para quien realmente quiere trabajar”.

“Sea su propio jefe”.

“Todo depende de su actitud”.

“Cambie usted y el mundo cambiará”.

Estas expresiones parecen inocentes. Incluso pueden resultar motivadoras. Pero detrás de ellas existe una profunda transformación cultural.

El desempleo deja de relacionarse con la estructura económica y comienza a explicarse mediante falta de iniciativa personal. La pobreza deja de ser una relación social y se convierte en fracaso individual. La precariedad laboral se transforma en falta de emprendimiento. El éxito demuestra mérito; el fracaso revela insuficiencia personal.

El sujeto colectivo se fragmenta.

Ya no somos trabajadores insertos en determinadas relaciones de producción. Somos emprendedores, colaboradores, consumidores, usuarios y contribuyentes.

Una persona puede pertenecer objetivamente a la clase trabajadora y subjetivamente imaginarse completamente fuera de ella.

Quizá por eso uno de los mayores triunfos del neoliberalismo costarricense no ocurrió en el Ministerio de Hacienda.

Ocurrió en nuestras cabezas.

Y ese triunfo cultural ayuda a explicar una paradoja fundamental: personas que dependen materialmente de instituciones públicas pueden apoyar proyectos que pretenden reducirlas.

No necesariamente han sido engañadas.

Han aprendido a imaginar su bienestar como resultado fundamentalmente individual.

Esto no comenzó con Rodrigo Chaves

Responsabilizar al chavismo de haber inventado todo aquello que hoy preocupa sería históricamente cómodo.

También sería falso.

La transformación del Estado costarricense comenzó mucho antes.

La crisis económica de comienzos de los años ochenta abrió el camino a programas de estabilización y ajuste estructural. A partir de entonces comenzó una transformación progresiva del modelo de desarrollo: apertura comercial, promoción de exportaciones, atracción de inversión extranjera, disciplina fiscal, transformación institucional y redefinición de las funciones económicas y sociales del Estado.

PLN y PUSC participaron, con diferencias, conflictos y ritmos distintos, en ese proceso. Posteriormente también lo hicieron las administraciones del PAC.

Decir esto no significa afirmar que todos los gobiernos hayan sido iguales. Las diferencias importan.

Pero las continuidades también.

Y existe un episodio reciente particularmente revelador.

Rodrigo Chaves no ingresó inicialmente a la política costarricense como dirigente antisistema ni como enemigo de las élites que posteriormente denunciaría.

Después de 27 años trabajando en el Banco Mundial, fue nombrado ministro de Hacienda por Carlos Alvarado en noviembre de 2019. El comunicado oficial de Presidencia estableció entre sus tareas continuar la consolidación fiscal, sanear las finanzas públicas y mejorar la eficiencia del gasto.

El dato merece ser recordado.

Chaves entró al Estado costarricense no para romper con el proceso de transformación económica existente, sino para administrar una de sus dimensiones fundamentales.

Eso obliga a formular una hipótesis incómoda: ¿y si el chavismo no representa la ruptura con el neoliberalismo costarricense, sino su mutación política?

Cuando el consenso deja de ser suficiente

Durante cuatro décadas las transformaciones económicas avanzaron mediante negociaciones, reformas parciales, pactos, resistencias sociales y límites institucionales.

El resultado fue contradictorio.

El Estado social sobrevivió, pero no permaneció intacto.

Sobrevivieron la CCSS, las universidades públicas, instituciones autónomas, derechos laborales y una determinada concepción de ciudadanía social.

Simultáneamente avanzaron la mercantilización, la disciplina fiscal, la desigualdad, la precarización laboral y una creciente deslegitimación cultural de lo público.

Quizá el chavismo haya identificado algo que los reformadores anteriores no pudieron resolver completamente: el obstáculo pendiente ya no es solamente económico. Es político y cultural.

Laura Fernández ha denominado “Tercera República” al proceso político que pretende impulsar y ha hablado de transformaciones profundas.

Conviene tomar esas palabras en serio, aunque nuestra interpretación no tenga por qué coincidir con la del Gobierno.

Porque la pregunta relevante no es qué significa retóricamente “Tercera República”.

La pregunta es qué transformaciones materiales podrían terminar asociándose con ella.

Y aquí podemos formular una hipótesis provisional: podríamos estar frente al intento de culminar una transformación neoliberal mediante una nueva forma política: un Estado económicamente menos universalista, políticamente más ejecutivo y penalmente más fuerte.

Un Estado selectivamente fuerte

Nicos Poulantzas introdujo hacia el final de su obra la categoría de “estatismo autoritario” para describir transformaciones de las democracias capitalistas caracterizadas por el fortalecimiento del Ejecutivo, la pérdida de capacidad de determinadas mediaciones políticas y una creciente concentración de decisiones estatales.

No estamos afirmando que la Costa Rica actual corresponda mecánicamente a aquella categoría.

Las categorías sirven para pensar, no para sustituir la realidad.

Pero Poulantzas permite cuestionar una asociación particularmente engañosa: neoliberalismo no significa necesariamente Estado débil, puede significar Estado selectivamente fuerte.

Menos Estado para redistribuir.

Más Estado para disciplinar.

Menos universalidad social.

Más disciplina fiscal.

Menor capacidad colectiva de negociación.

Mayor capacidad administrativa.

Menos protección.

Más control.

Menos bienestar.

Más seguridad.

El aparente “Estado mínimo” puede convertirse entonces en un Estado extraordinariamente fuerte precisamente allí donde necesita garantizar orden.

Y aquí la seguridad adquiere una función política fundamental.

El miedo no necesita enemigos imaginarios

El crimen organizado existe.

Los homicidios existen.

El narcotráfico existe.

La inseguridad ciudadana existe.

Negarlo sería absurdo.

Precisamente porque la amenaza es real, no resulta necesario inventarla.

Lo políticamente relevante es cómo esa amenaza se interpreta, se jerarquiza y se convierte en argumento para determinadas soluciones.

La encuesta del CIEP ofrece una pista formidable.

Entre las acciones gubernamentales mencionadas positivamente, seguridad y lucha contra el crimen representan 24,3 % y sistema penitenciario 23,1 %. Juntas concentran 47,4 % de las menciones positivas.

El apoyo posee entonces un relato extraordinariamente sencillo: seguridad, cárcel, orden.

El descontento, en cambio, aparece fragmentado entre numerosas preocupaciones.

Aquí debemos proceder cuidadosamente.

No existe evidencia suficiente para afirmar que el Gobierno esté produciendo deliberadamente una crisis de seguridad con el objetivo posterior de justificar medidas excepcionales.

Afirmarlo significaría sustituir investigación por sospecha.

Pero existe otra hipótesis más sólida.

Una crisis real puede convertirse en una estructura de oportunidad política para legitimar transformaciones que, fuera de esa crisis, resultarían mucho más difíciles de aceptar.

No hace falta conspiración. Hace falta oportunidad.

La pedagogía de la excepcionalidad

Si la inseguridad permanece como preocupación fundamental; si determinadas instituciones encargadas de combatirla son representadas como ineficientes; si jueces, fiscales, diputados o controles constitucionales comienzan a aparecer como obstáculos; si simultáneamente se fortalecen las políticas penitenciarias y entran en la discusión pública nuevas formas de cooperación internacional en seguridad, la frontera entre lo normal y lo excepcional comienza lentamente a desplazarse.

La propia presidenta ha declarado que determinadas operaciones terrestres estadounidenses podrían resultar beneficiosas frente al crimen transnacional, aunque también ha aclarado que no existe actualmente una operación concreta y que cualquier ingreso requeriría autorización legislativa.

Precisamente por eso el punto no consiste en anunciar tropas estadounidenses recorriendo mañana las calles costarricenses. Sería irresponsable. El fenómeno interesante es otro: algo que anteriormente habría parecido políticamente extraordinario ha ingresado en el campo de las posibilidades discutibles.

Y una sociedad comienza a transformarse mucho antes de que cambien sus leyes. Comienza a transformarse cuando cambia aquello que considera razonable.

“No nos dejan gobernar”

Otro dato del CIEP adquiere entonces una importancia enorme: El 75 % considera que existen actores que obstaculizan la labor de Laura Fernández. Entre quienes perciben obstáculos, las principales menciones recaen sobre la Asamblea Legislativa y sus diputaciones, con 35 %, y los partidos de oposición, con 33 %.

El conflicto institucional puede entonces dejar de funcionar como costo político. Puede convertirse en prueba de autenticidad. “Si todos se oponen al Gobierno, debe ser porque está tocando intereses”.

La universidad critica: forma parte del sistema.

El Poder Judicial protesta: defiende privilegios.

Los sindicatos se movilizan: protegen intereses particulares.

Los partidos se oponen: no dejan gobernar.

La evidencia contraria termina confirmando la narrativa.

Ernesto Laclau estudió precisamente cómo demandas heterogéneas pueden articularse mediante la construcción de una frontera política que separa “el pueblo” de aquellos representados como responsables de impedir la satisfacción de sus demandas.

Entonces el 64 % deja de ser únicamente un indicador de popularidad. Comienza a mostrarnos una posible reorganización del sentido común.

No existe una sola clase dominante

Llegados a este punto sería tentador preguntar quién está detrás de todo esto.

La pregunta puede conducirnos nuevamente a una simplificación.

No existe “la clase dominante” como un sujeto homogéneo reunido alrededor de una mesa.

Poulantzas insistió en comprender el Estado como condensación material de relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase.

Capital financiero, exportador, comercial, inmobiliario, turístico, empresas transnacionales, sectores vinculados a zonas francas y empresariado nacional no poseen intereses perfectamente idénticos.

Algunas de esas fracciones pueden compartir objetivos como disciplina fiscal, apertura económica, reducción de determinadas cargas o flexibilización y simultáneamente rechazar inseguridad jurídica, enfrentamiento con los tribunales, imprevisibilidad administrativa o excesiva concentración personalista del poder.

Aquí aparece una contradicción importante: las élites tradicionales pueden rechazar las formas del chavismo mientras comparten partes importantes de su horizonte económico.

Eso permite comprender también por qué fuerzas políticas que participaron históricamente en transformaciones económicas de orientación semejante pueden enfrentarse hoy al Gobierno.

Quizá una parte de la disputa no enfrente neoliberalismo contra Estado social. Podría enfrentar: neoliberalismo institucionalizado frente a neoliberalismo plebiscitario y securitario.

El primero reforma negociando con las mediaciones existentes. El segundo puede comenzar a considerar esas mediaciones precisamente como el problema.

¿Terminar lo que comenzó en los ochenta?

Aquí nuestra hipótesis adquiere su forma más provocadora.

El chavismo podría no haber llegado para destruir el proceso iniciado durante los años ochenta.

Podría haber llegado convencido de que finalmente puede culminarlo, no porque exista necesariamente un plan maestro elaborado hace cuarenta años. Los procesos históricos no funcionan así.

Gobiernos cambian. Intereses cambian. Fracciones de clase compiten. Existen resistencias, retrocesos, improvisaciones y contingencias. Pero una dirección estructural puede sobrevivir a quienes inicialmente la impulsaron, y puede encontrar, décadas después, una forma política más adecuada para profundizarse.

En ese sentido, la “Tercera República” podría terminar significando algo mucho más profundo que un cambio de gobierno. Podría expresar la tentativa de sustituir definitivamente el pacto social que, con todas sus contradicciones, estructuró la Costa Rica posterior a 1949.

La incómoda posición de la izquierda

Aquí el análisis debe dirigirse también hacia quienes nos ubicamos en la izquierda.

Defender la independencia judicial, las libertades públicas, la división de poderes, las universidades públicas y los controles constitucionales resulta indispensable. Pero defender la democracia liberal no obliga a convertirla en horizonte último de emancipación humana.

Podemos defender elecciones libres y preguntar simultáneamente cuánta democracia existe dentro de una empresa.

Podemos defender el Estado de derecho y preguntar qué libertad material posee quien debe aceptar condiciones laborales precarias para sobrevivir.

Podemos defender igualdad jurídica y preguntarnos qué igualdad política real existe cuando la riqueza se concentra extraordinariamente.

El problema aparece cuando la defensa democrática reúne al Frente Amplio con PLN, sectores provenientes del PAC y otras fuerzas sin que resulte suficientemente visible dónde termina la alianza táctica para defender instituciones y dónde comienza el proyecto alternativo de la izquierda.

Porque el chavismo obtiene entonces gratuitamente la imagen que necesita:

“ellos”: Partidos tradicionales, izquierda, sindicatos, universidades, instituciones y “privilegiados”.

Frente a: “nosotros”: El pueblo al que no dejan gobernar.

Cuando la izquierda conserva y la derecha promete transformar

Aquí aparece quizá la inversión política más inquietante de todas.

La izquierda defiende la CCSS.

Defiende las universidades.

Defiende derechos laborales.

Defiende convenciones colectivas.

Defiende pensiones.

Defiende instituciones públicas.

Y tiene razones históricas poderosas para hacerlo.

Pero defender conquistas no equivale todavía a construir futuro.

Mientras tanto, la derecha habla de: cambio, ruptura, transformación, refundación, Tercera República.

La paradoja resulta brutal: la izquierda corre el riesgo de convertirse en la fuerza conservadora de la Segunda República mientras la derecha se apropia del lenguaje revolucionario.

El Frente Amplio posee propuestas programáticas diferentes. Negarlo sería intelectualmente deshonesto. Pero un programa no constituye hegemonía.

Una alternativa contrahegemónica necesita organización social, presencia territorial, comunidades, sindicatos renovados, movimientos sociales, jóvenes, intelectuales orgánicos, producción cultural, pedagogía política y una imagen del futuro capaz de convertirse en deseo colectivo. No basta escribir la sociedad que queremos. Hay que conseguir que millones de personas quieran vivir en ella.

El vacío dejado por la izquierda

Y aquí Costa Rica deja de ser excepcional.

La reciente victoria de Alternative für Deutschland (AfD) en Sajonia-Anhalt, Alemania, donde obtuvo cerca del 44 % de los votos, debería obligarnos a pensar.

No porque Costa Rica y Alemania sean sociedades equivalentes. No lo son. Sino porque determinadas fuerzas de extrema derecha parecen haber comprendido algo que buena parte de la izquierda perdió de vista: La política no consiste solamente en administrar intereses. También consiste en producir sentido.

Al trabajador precarizado le dicen: alguien te quitó aquello que merecías.

Al habitante de territorios abandonados: las élites se olvidaron de vos.

Al pequeño empresario: el Estado te asfixia.

Al ciudadano asustado: recuperaré el orden.

Y al conjunto:

“Vos no fracasaste. Te traicionaron”.

Podemos cuestionar esas respuestas, pero antes debemos comprender por qué encuentran receptores.

Cuando desapareció el otro futuro

La caída del llamado socialismo real entre 1989 y 1991 significó mucho más que una derrota geopolítica. Contribuyó a destruir un horizonte.

Durante buena parte del siglo XX, capitalismo y socialismo aparecieron —con todas sus variantes, horrores, conquistas y contradicciones— como futuros posibles.

Después de 1989 comenzó a consolidarse la idea de que el capitalismo no constituía una forma histórica de organizar la sociedad, sino prácticamente la única realidad imaginable.

China demuestra que las relaciones entre planificación, mercado, propiedad, tecnología y Estado pueden adoptar configuraciones distintas, aunque su trayectoria histórica sea singular y resulte imposible trasladarla mecánicamente a otras sociedades.

Cuba y Nicaragua obligan, desde experiencias completamente diferentes, a discutir también los límites de proyectos que se presentan como alternativas al capitalismo liberal. Ser socialista no debería exigir suspender nuestra capacidad crítica precisamente cuando analizamos experiencias realizadas en nombre del socialismo.

Mark Fisher denominó “realismo capitalista” a esa dificultad contemporánea para imaginar una organización social más allá del capitalismo.

Quizá allí resida una parte fundamental de nuestra crisis.

La izquierda no perdió solamente elecciones: Perdió, en buena medida, el monopolio sobre la idea de futuro.

Defender ya no alcanza

Durante demasiado tiempo las fuerzas progresistas han sido colocadas a la defensiva:

Defender la Caja.

Defender el FEES.

Defender salarios.

Defender pensiones.

Defender sindicatos.

Defender instituciones.

Defender la democracia.

Todo ello puede resultar indispensable.

Pero resistir solamente responde una pregunta: ¿qué no queremos perder? No responde la pregunta decisiva: ¿qué queremos construir?

Una izquierda transformadora no debería limitarse a defender condiciones laborales de quienes todavía conservan derechos. Debería universalizarlos.

No solamente defender buenas pensiones para quienes aún las tienen, sino garantizar una vejez digna para todos.

No solamente defender estabilidad en el empleo público, sino combatir la precarización laboral pública y privada.

No solamente defender las universidades estatales, sino convertir el acceso al conocimiento superior en un derecho material para las clases populares en todo el territorio.

No defender privilegios: Universalizar conquistas.

Ese pequeño desplazamiento cambia completamente la conversación: Convierte una reivindicación defensiva en proyecto político.

¿Qué viene después de la Segunda República?

Llegamos entonces a la pregunta que quizá debimos hacernos desde el principio.

La Segunda República fue una construcción histórica. No apareció naturalmente. Tampoco constituye el destino eterno de Costa Rica.

Construyó instituciones extraordinarias, amplió derechos y desarrolló mecanismos de integración social que marcaron profundamente nuestra historia. También produjo exclusiones, contradicciones y límites que no debemos romantizar. Pero el consenso que la sostuvo parece agotarse.

El chavismo ya ofrece una respuesta para aquello que debería venir después: La llama Tercera República.

Quienes no compartimos ese proyecto tendremos que hacer algo mucho más ambicioso que defender indefinidamente aquello que todavía sobrevive del anterior. Tendremos que imaginar nuestra propia respuesta.

¿Qué significaría una Costa Rica donde el aumento de productividad producido por inteligencia artificial y automatización se convierta en reducción del tiempo de trabajo y no en desempleo?

¿Por qué no discutir una jornada laboral de treinta horas?

¿Por qué no ampliar sustancialmente la propiedad cooperativa?

¿Por qué los trabajadores no deberían participar en las decisiones estratégicas de las empresas?

¿Por qué la vivienda debe funcionar fundamentalmente como mercancía?

¿Por qué los cuidados continúan siendo tratados como responsabilidad privada?

¿Por qué no pensar una banca pública deliberadamente orientada hacia una transformación productiva ecológica?

¿Por qué no discutir formas públicas y comunitarias de propiedad sobre determinadas infraestructuras tecnológicas y datos?

¿Por qué no construir una política de seguridad capaz de perseguir implacablemente al crimen organizado mientras combate simultáneamente desigualdad, exclusión educativa y abandono territorial?

¿Por qué la democracia debe detenerse en la puerta del lugar de trabajo?

Eso todavía no constituye un programa. Es algo anterior. Es recuperar el derecho a imaginar.

Recuperar el futuro

La crisis histórica de la izquierda no consiste solamente en perder elecciones. Consiste en haber perdido, durante demasiado tiempo, la capacidad de hacer deseable otra sociedad.

Mientras tanto, nuevas derechas han comprendido el vacío y están intentando ocuparlo.

Por eso nuestra tarea no puede reducirse a conservar aquello que todavía queda de la Segunda República.

Hay que volver a imaginar el futuro.

No sabemos todavía cómo llamar a esa nueva Costa Rica. Tampoco sabemos exactamente cómo construirla.

Pero una transformación auténticamente democrática, solidaria, socialista y ecológica tendrá que recuperar aquello que cuatro décadas de neoliberalismo consiguieron debilitar: la convicción de que los grandes problemas colectivos no se resuelven individualmente y de que una sociedad conserva el derecho democrático de decidir cómo organiza su economía, distribuye su riqueza, utiliza su tecnología y construye su vida en común.

Quizá una revolución del siglo XXI comience precisamente allí. No necesariamente tomando un palacio. Sino recuperando algo que parecía habernos sido arrebatado: la posibilidad de imaginar que las cosas pueden organizarse de otra manera.

Porque si nosotros no somos capaces de imaginar qué viene después de la Segunda República, otros ya lo están haciendo por nosotros. Y hasta le han puesto nombre:

Tercera República.

Referencias orientadoras

CIEP-UCR. (2026). Informe de resultados de la encuesta CIEP-UCR, septiembre de 2026. Universidad de Costa Rica.

Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? Caja Negra.

Gramsci, A. (1981-2000). Cuadernos de la cárcel. Ediciones Era.

Hall, S. (2018). El largo camino de la renovación: el thatcherismo y la crisis de la izquierda. Lengua de Trapo.

Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.

Poulantzas, N. (1979). Estado, poder y socialismo. Siglo XXI.

Sin tapujos: el lenguaje del odio y sus consecuencias para la democracia costarricense

José Luis Callaci.

José Luis Callaci

Las expresiones agraviantes de la máxima representante del Poder Político hacia los ciudadanos que no comparten sus puntos de vista o propuestas, al llamarles de manera despectiva “comunistas” en nada se diferencian de las utilizadas hoy por algunos otros representantes de la derecha latinoamericana, en la llanura o en gobierno (ver las recientes declaraciones del candidato de la extrema derecha en Colombia, el que se hace llamar “tigre” o el cotidiano lenguaje del gobernante argentino).

Es algo que genera odios y violencia, levanta muros y destroza esos puentes que con tanto esfuerzo fue construido por varias generaciones de costarricenses. Por eso no bastan los simples reclamos o pesares.

No es ignorancia ni torpeza sino algo mucho más grave. ¿Es una estrategia pensada minuciosamente y ordenada a quienes, por encima de ideologías, son parte del dominio del Poder situado al norte del Rio Bravo o Grande?

La práctica democrática de los costarricenses ha sido una constante a lo largo de la historia. Ello permitió construir un país emblemático de claros avances sociales y de sana convivencia en las diferencias.

Ese lenguaje -en una sociedad que decide hacerle un homenaje a un comunista al colocar su busto en un parque de la ciudad y nombrarlo Benemérito de la Patria y que el rostro de una comunista esté estampado en el billete de máxima nominación, solo a modo de ejemplo- representa un ultraje no solo a los comunistas sino a todo el pueblo costarricense.

Permitir que prosperen esos lenguajes y esas acciones agraviantes conducirá, si no se frenan a tiempo, a algo sumamente grave: que se sabe dónde comienza pero no dónde termina.

Presentarán libro Pensamiento crítico, totalitarismo del mercado y extrema derecha en homenaje a Franz J. Hinkelammert

La Universidad Nacional (UNA) será sede de la presentación y entrega del libro Pensamiento crítico, totalitarismo del mercado y extrema derecha, obra dedicada in memoriam al filósofo y economista Franz J. Hinkelammert, una de las figuras más influyentes del pensamiento crítico en América Latina.

La actividad se realizará el 5 de marzo a las 2:00 p.m. en el Auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNA, y contará también con transmisión por YouTube Live, lo que permitirá la participación virtual de personas interesadas en el debate contemporáneo sobre democracia, mercado y extrema derecha.

Durante el acto se entregará un ejemplar del libro a las personas asistentes, en el marco de esta presentación pública.

El libro recoge materiales del VIII Encuentro Internacional de Pensamiento Crítico y constituye un aporte al análisis de las transformaciones políticas y económicas contemporáneas, particularmente en torno al papel del mercado, los riesgos del autoritarismo y los desafíos democráticos actuales.

La presentación estará a cargo de Norman Solórzano y Henry Mora, quienes abordarán la relevancia de la obra y el legado intelectual de Hinkelammert, cuya producción académica marcó profundamente la reflexión latinoamericana sobre economía, ética y emancipación.

La actividad es organizada con el respaldo de diversas instancias académicas y sociales, entre ellas el Instituto de Estudios Sociales en Población (IDESPO), la Vicerrectoría de Investigación de la UNA, la Cátedra de Pensamiento Crítico Franz J. Hinkelammert, el Grupo de Pensamiento Crítico (GPC), Voces Nuestras y la Rosa Luxemburg Stiftung, entre otras entidades vinculadas al análisis crítico de la realidad social.

Este espacio académico busca fortalecer el debate público desde una perspectiva reflexiva y rigurosa, promoviendo el pensamiento crítico como herramienta para comprender las dinámicas contemporáneas del poder económico y político.

Los resultados electorales nos llaman a la lucha

Partido Pueblo Unido

1.-

El triunfo de las fuerzas oficialistas en las elecciones de este 1º. de febrero representa un duro revés para el pueblo de Costa Rica.

Esa alternativa ganadora se propone llevar las reformas neoliberales a sus máximas consecuencias, eliminando los resabios del estado de bienestar general, es decir, las conquistas del pueblo en materia de seguridad social, educación, salud y otras. Al mismo tiempo, son una dura amenaza a los derechos laborales, ya de por sí muy diezmados, mediante la intensificación de la represión contra el movimiento sindical organizado.

Pero va más allá, va por una destrucción del régimen de libertades públicas, los derechos políticos de los ciudadanos y el empeoramiento de la situación de los derechos humanos. Va a ser un régimen de carácter totalitario, violento y represor.

El movimiento ganador en estas elecciones forma parte de una corriente internacional que si bien no nació por inspiración del presidente de EEUU Donald Trump, tiene ahora a este como su apóstol. Se trata del fortalecimiento de la extrema derecha violenta y autoritaria por sus concepciones políticas, su racismo y su reclamo a revertir los cambios progresistas del pasado reciente. Esta internacional del mal se fortalecido en nuestro continente y hoy dirige gobiernos en Argentina, Chile, Ecuador y El Salvador. Es una opción profundamente antiobrera, antidemocrática, neoliberal a ultranza y profundamente violenta. Es la expresión renovada de las fuerzas de la oligarquía que gobernaron por años por medio de dictaduras sangrientas y que hoy, ante el miedo de perder sus privilegios, se reacomodan con esos nuevos ropajes muy cercanas al fascismo europeo.

2.-

¿Por qué ese triunfo?

Mucho se ha hablado acerca de las causas de la fortaleza de ese movimiento, pero no está de más reiterarlas y corroborarlas con su triunfo electoral.

La primera es que triunfó por el desprestigio de las otras fuerzas contendientes, que el pueblo mira como partidos tradicionales.

La debacle del Partido Unidad Socialcristiana tuvo su punto culminante en 2004 con el apresamiento del expresidente Miguel Ángel Rodríguez, quien semanas antes había asumido la secretaría general de la OEA, y del también expresidente Calderón Founier pocos meses después. Ambos fueron consecuencia de serias denuncias de corrupción. Esa crisis, sin embargo, ya venía abonándose por los malos resultados de sus gobiernos. A partir de entonces, el PUSC se convierte en una fuerza minoritaria y aún hoy sigue siéndolo. Así lo demuestran sus resultados de este domingo.

El Partido Liberación Nacional ha sufrido un deterioro constante desde hace dos décadas, producto de los malos resultados de sus gobiernos y las acusaciones de corrupción. Hoy día, pese a mantenerse como uno de los partidos mayoritarios, lleva veinte años sin ganar una elección presidencial.

La decepción por los partidos tradicionales se profundizó con el desplome de un tercer movimiento, el Partido Acción Ciudadana, que irrumpió en la política como una fuerza nueva, aupada por las esperanzas de la mayoría de la población, pero que decepcionó de tal manera que después de haber ganado las elecciones en dos ocasiones consecutivas, no obtuvo en la siguiente solo el 1% de los votos. Esa lápida persigue a ese partido aún hoy, como se demostró en las elecciones que comentamos.

Las masas populares están decepcionadas con la vieja política, y como ocurre en todos los continentes y en todos los tiempos, la decepción alimenta las alternativas extremas, en especial el extremismo de derecha.

La segunda causa es que la población está decepcionada por la institucionalidad, pese a que ala fuerzas progresistas les cueste mucho aceptarlo. Desde hace muchos años la gente habla mal de todas las instituciones (la Asamblea Legislativa, la Corte Suprema de Justicia, el Tribunal Supremo de Elecciones, los bancos estatales y el INS e, incluso, las instituciones de interés social, como la CCSS, el PANI y otras). Le reclaman su ineficiencia, su burocratización y su corrupción. La institucionalidad en su conjunto, al igual que el Estado burgués, han caído en el desprestigio precisamente porque no representan una solución pronta, justa y razonable para los problemas del pueblo. Y la extrema derecha en general y Chaves en particular, se presentan ante las masas como alternativa a esa institucionalidad, como la fuerza antisistema. Por el contrario, todos los demás, especialmente la izquierda, asumen el papel de fuerzas conservadoras, defensoras de esa institucionalidad que, pese a sus muchas bondades, está tan desprestigiada.

Tercera, el desempeño del gobierno, que ha sido muy deficitario, no es percibido por las masas como dañino, dado a que en cierta medida la macroeconomía le ha sido benevolente. Ha mantenido un tipo de cambio bajo, inflación controlada y servicios públicos cuya debacle no es todavía tan palpable.

Por último, ese partido parece haber sorteado la dificultad de un empeoramiento de las condiciones de inseguridad que se agravan en el país o, al menos, la gente percibe que gobierno hace un buen trabajo en relación ese problema, pese a que las cifras muestran un aumento de la criminalidad y se multiplican las denuncias de presuntas relaciones del gobierno o gente cercana a él con los entes mafiosos, en especial con el narcotráfico.

3.-

¿Quiénes han votado por el chavismo?

Es muy temprano para hacer un balance sobre este aspecto, pero sí podemos afirmar que una gran parte de la gente más pobre ha sido su base de apoyo. Se trata de los habitantes de los barrios marginales del Área Metropolitana y, sobre todo, de los litorales, que reúnen a la población más empobrecida. Se trata, en gran parte, del proletariado urbano y rural y de sectores que se encuentran muy cerca del proletariado: semiproletarios, pequeños propietarios pobres, campesinos empobrecidos, trabajadores por cuenta propia, desempleados y otros, y son el sector más resentido por la ineficiencia de las instituciones públicas. En su conjunto, ellos son el sector mayoritario de la población.

Ese sector empobrecido es el más golpeado por la crisis del país y por la ineficiencia de los gobiernos de los tres partidos tradicionales. Es verdad que el beneficio que han recibido del actual es nulo o mínimo, pero el descontento que estos sectores sienten, su ira antisistema, no pueden depositarla en otra alternativa, pues no hay otro partido en el que se sientan representados.

Este comportamiento de las masas más pobres es también producto del abandono, voluntario u obligado, a que los ha sometido la izquierda, la cual no ha tenido ni fuerza ni visión para conducirlos en la organización de su lucha. En muchos casos, ese vacío ha sido ocupado por las iglesias pentecostales, que de forma evidente han tenido una gran influencia en los resultados electorales.

Cabe mencionar que se ha producido una división muy peligrosa entre sectores proletarias y cercanos al proletariado y la llamada “clase media”, compuesta por profesionales, empleados públicos no proletarios, empleados universitarios, maestros y profesores y otros similares. Los primeros han apoyado al oficialismo. Los otros, al menos una buena parte de ellos, ha alimentado al Frente Amplio, al PAC y muy posiblemente también al PLN. Esa división por motivos electorales es importante pero no la más decisiva. Lo realmente importante es que los sectores más pobres consideran a esas “clases medias” como sus enemigos, y apoyan las medidas a que los somete el neoliberalismo.

4.-

El Partido Liberación Nacional logró colocarse en esta contienda como la alternativa de oposición y acumular un 30% de los votos, una cifra nada despreciable. La mayoría de los opositores lo vieron como la opción viable. No obstante, sus resultados dejan mucho que desear. Su fracción parlamentaria, la mayoritaria, se mantiene en el rango de las últimas cuatro elecciones, entre 17 y 19 diputados.

La derrota tiene posiblemente muchas causas, como suele ocurrir. La primera y más importante es el desprestigio que este partido arrastra y de la cual no puede desprenderse. La segunda es la ausencia de un programa sustantivo de reformas a la vida del país. Todas sus propuestas fueron tímidas y poco llamativas.

5.-

El PAC, ahora semicamuflado bajo otra franquicia, ha cosechado una segunda derrota histórica, pese a la gigantesca suma de dinero invertida en su campaña. Apoyados por la derecha, evidentemente protegidos por la gran prensa, no lograron crear una opción viable ni levantar un programa creíble. Una de las causas de esos pésimos resultados es que no lograron separarse del gobierno de Carlos Alvarado al que, por el contrario, justificaron y defendieron.

6.-

El PUSC es el otro gran fracasado de la campaña de la que, como en las anteriores, lo dejan como colero, pero con un fuerte retroceso. Su fracción parlamentarias queda reducida a un solo diputado. Eso muestra que los electores le cobran su colaboracionismo con el gobierno actual y la carencia de propuestas para hacer frente a los problemas, especialmente de las masas más pobres, que siempre fueron su base de sustento y que ahora han pasado a apoyar al oficialismo.

7.-

Aunque una inteligente y luchadora fracción de jóvenes diputados ha sabido rodearse de gran respeto y apoyo popular, tampoco el Frente Amplio pudo convertirse en una alternativa ganadora. Si bien ha obtenido un nada despreciable resultado de votos legislativos (aumentando en uno su número de diputados) su votación la presidente, muy inferior a la de hace cuatro años, lo coloca también entre las fuerzas residuales.

Los resultados obtenidos por el Frente Amplio demuestran el fracaso de esa política de renuncia de los grandes objetivos de cambio social y de concesiones ideológico-políticas reiteradas, en ese lento pero sostenido alejamiento de posiciones revolucionarias y se marcha igualmente lenta pero sostenida hacia el centro-izquierda o, simplemente, hacia el centro.

Su experiencia en este sentido es muy importante para el movimiento popular porque demuestra que ese no es el camino del éxito, sino todo lo contrario: el camino de las concesiones solo conduce al fracaso. Como dice el dicho popular: Hacerle el favor al diablo con llevárselo le paga y, efectivamente, cuando se hace una concesión a la derecha, esta se torna más fuerte. Es como en la guerra: si se entrega un territorio al enemigo, este se fortalece, y nosotros pasamos a pelear en una posición de mayor debilidad.

En política nacional este partido se olvidó de la tarea de producir una verdadera distribución de la riqueza, aunque a veces menciona este punto de soslayo; esto incluye la consigna de realizar una profunda reforma tributaria y, por el contrario, ha apoyado posiciones fiscales de la derecha, como son el apoyo a los eurobonos (es decir, al endeudamiento externo) y su oposición de poner impuestos a las zonas francas. En su afán de no polemizar con los empresariado, dejaron también de lado el tema de acabar con la evasión fiscal. El Frente Amplio ha votado en favor de la extradición de nacionales a Estados Unidos y por el financiamiento de una megacárcel, ambas partes integrantes de la política de seguridad continental del imperialismo. Pero, sobre todo, en esta campaña no presentó un verdadero programa alternativo y, por el contrario, se presentó como impulsor del continuismo reformista ya agotado.

En materia internacional ha mostrado una política seguidista de la derecha y de renuncia a la solidaridad antiimperialista. Durante la campaña y de manera reiterada candidatos y dirigentes de este partido hicieron referencias contrarias a Cuba y Venezuela, en un intento de sacudirse de posibles acusaciones de izquierdistas y de ganar votos con la utilización del anticomunismo vulgar.

Pero, sobre todo, este partido abandonó el trabajo de bases y la lucha con las comunidades y los sectores laborales, reduciendo su política casi exclusivamente al parlamentarismo.

8.- El análisis de esta campaña no puede estar completa sin una autocrítica de las fuerzas de izquierda y, en particular, de nosotros, de Pueblo Unido. Durante muchos años la izquierda revolucionaria, por motivos muy diversos, hizo abandono de la lucha al frente de la clase trabajadora, así como de la lucha ideológica y política de masas. En esta campaña electoral nuestro partido no pudo completar los requisitos legales de inscripción y tuvo que mantenerse al margen.

El Partido Pueblo Unido considera que la única acción consecuente en las actuales circunstancias es llamar al pueblo a luchar contra la opción ultraderechista que representa el chavismo. Son las masas en la calle las que pueden parar la cruzada ultraderechista. Una de las primeras acciones en este camino es el fortalecimiento del partido, la unidad de las personas de izquierda que se encuentran dispersas, muchas veces desilusionadas, en todo el país, la recuperación de su personería legal y su preparación para una participación plena. Esta no es solamente ni principalmente electoral, pero sí debe contemplar la participación plena en los procesos electorales.

En esta tarea llamamos a todos los costarricenses de izquierda, a los que mantienen viva en sus corazones la aspiración a un cambio revolucionario que nos conduzca a una nueva sociedad, sin violencia y sin injusticia, y hacia el socialismo.

Las claves del triunfo chavista: fragmentación democrática y unificación de la derecha

Jorge Mora Portuguez

Jorge Mora Portuguez, M.Sc.

Las elecciones nacionales de 2026 en Costa Rica dejaron un resultado que, aunque jurídicamente es incuestionable, merece una lectura más profunda. La victoria de Laura Fernández y del Partido Pueblo Soberano se alcanzó con cerca del 48.3 % de los votos válidamente emitidos.

Sin embargo, cuando se observa el panorama completo del padrón electoral; 3,731,788 personas inscritas, según datos oficiales del Tribunal Supremo de Elecciones; la realidad es otra: el nuevo gobierno cuenta con el respaldo directo de apenas el 31.9% del total de electores; y sus diputaciones con el 28,8%. Es decir, se trata de una victoria institucional y jurídicamente clara y legítima, de la que no cabe duda alguna; pero con una legitimidad social y política más bien moderada.

Este resultado no puede interpretarse como una adhesión mayoritaria de la sociedad costarricense al proyecto político de extrema derecha que representa el chavismo. Por el contrario, responde fundamentalmente a una estrategia que logró lo que durante años parecía imposible: absorber a prácticamente todo el espectro conservador, fundamentalista religioso y de derecha radical en una sola opción electoral; que atrajo a los sectores sociales históricamente más vulnerables y excluidos.

El Partido Pueblo Soberano absorbió y desplazó a fuerzas que hasta hace poco dominaban el centro derecha y la derecha política: Nueva República, el Partido Liberal Progresista, la Unidad Socialcristiana, Unidos Podemos y otras agrupaciones menores que juntas llegaron apenas al 8.07% de los votos válidos. La dispersión histórica del voto conservador desapareció y se concentró en un proyecto común, permitiendo alcanzar una mayoría relativa contundente entre quienes sí acudieron a las urnas.

Mientras tanto, el bloque democrático, progresista y de centro mostró una profunda fragmentación. Aproximadamente un 43.2 % de los votos válidamente emitidos se dispersó entre el Partido Liberación Nacional, el Frente Amplio, la coalición Agenda Ciudadana (que obtuvieron 1,080,000 votos) y otras fuerzas menores.

En total un 58.7% de los votos válidos fue para partidos de oposición (1,350,000 votos) mientras que Pueblo Soberano obtuvo el 48.3% (1,190,000 votos). Esta división resultó determinante. En conjunto, estas fuerzas de oposición representaron una porción significativa del electorado, pero al competir separadas facilitaron el triunfo de una derecha cohesionada. La historia electoral es clara: cuando un bloque político se unifica y su adversario se fragmenta, la victoria del primero se vuelve altamente probable, incluso sin contar con mayoría social.

A este escenario se suma un tercer actor cada vez más relevante: el abstencionismo. Cerca del 30 % del padrón electoral decidió no participar. Se trata de una población marcada por la apatía, la desconfianza en la política o la sensación de que ningún proyecto representa realmente sus intereses. Este sector, al margen del proceso democrático, termina siendo funcional a que proyectos políticos que no necesariamente son mayoritarios controlen el poder institucional del país. Esta población proviene principalmente de esos mismos sectores excluidos e históricamente marginados que nutrieron al chavismo en estas elecciones, pero que no pudieron ser enganchados por este, ni tampoco por las fuerzas democráticas.

Otro elemento revelador de estas elecciones es su dimensión territorial. Laura Fernández superó el 50 % de los votos en 44 cantones del país. De ellos, solo uno corresponde a un centro urbano: Alajuela Centro. Los otros 43 son cantones rurales, periféricos y de las regiones históricamente más excluidas: las zonas costeras, la Zona Norte y comunidades alejadas del centro económico del país. A estos se sumaron otros cantones y poblaciones con menor índice de desarrollo y mayores niveles de pobreza y exclusión.

Este patrón no es casual. En muchas democracias contemporáneas, los proyectos de extrema derecha han logrado arraigo precisamente en territorios golpeados por la desigualdad, el abandono estatal y la falta de oportunidades. Allí donde el Estado ha llegado menos, el discurso autoritario y el fundamentalismo religioso encuentran terreno fértil.

Las lecciones políticas que deja este proceso son claras.

Primero, el nuevo gobierno no representa a una mayoría social absoluta, sino a un proyecto político que supo concentrar el voto, absorbiendo y unificando a las derechas; lo que fue clave para su triunfo.

Segundo, la fragmentación del campo democrático, de centro y progresista resultó decisiva para la derrota. Así como la ausencia de un proyecto político que resultara atractivo a la población.

Tercero, el abstencionismo sigue siendo un problema estructural de la democracia costarricense.

Cuarto, las regiones excluidas del país se han convertido en el principal escenario de disputa política, con predominio, por el momento, del proyecto de extrema derecha que representa el chavismo.

Todo esto evidencia la necesidad de que las fuerzas democráticas, progresistas y de centro superen la lógica de la división y apuesten por alianzas amplias, acuerdos programáticos y coaliciones que permitan enfrentar con mayor éxito a la extrema derecha en los próximos procesos electorales.

Pero estas alianzas no pueden limitarse a pactos electorales entre dirigencias y partidos. Deben ir acompañadas de la construcción de un proyecto político que atraiga nuevamente a la población, de un discurso y una narrativa que convenzan; y de un trabajo sostenido con los movimientos sociales y populares; en las comunidades, especialmente en los territorios rurales y periféricos que hoy se sienten abandonados. Es allí donde debe reconstruirse la confianza en la democracia, con presencia institucional, políticas sociales reales y propuestas que respondan a las necesidades cotidianas de la población.

Las elecciones municipales del 2028 serán clave para que los partidos democráticos rectifiquen sus estrategias y recuperen en los territorios el terreno perdido y logren consolidar proyectos reales dirigidos al bienestar del mayor número, especialmente en las áreas rurales y periféricas donde hoy la extrema derecha concentra su fuerza.

Las elecciones de 2026 no marcan un giro mayoritario del país hacia la extrema derecha. Revelan, más bien, una combinación peligrosa: una derecha estratégicamente unificada bajo un proyecto político y con una narrativa que convence y atrae a los sectores históricamente excluidos y decepcionados; una oposición democrática fragmentada, sin narrativa y sin proyecto político alternativo; y una ciudadanía distante y apática del proceso político.

El desafío para Costa Rica es enorme. O las fuerzas democráticas logran articular unidad, presencia territorial y un proyecto inclusivo capaz de reconectar con la ciudadanía, o el proyecto autoritario de la extrema derecha se consolidará, ganando poder aún con apoyos sociales minoritarios, pero políticamente bien organizados.

La extrema derecha no sabe cómo colocarse ante la agresión de Trump en Venezuela y el imperialismo de EEUU

Javier Biosca de elDiario.es

La agresión de Trump en Venezuela, el secuestro de Maduro y el imperialismo yankee en acción ha descolocado a la extrema derecha europea, evidenciando tensiones y contradicciones evidentes. ¿Qué es más importante, la soberanía nacional por encima de todas las cosas (normalmente definida por oposición al globalismo y entidades supranacionales que minan el poder de las naciones) —uno de los pilares sobre los que se levanta esa extrema derecha, junto con el racismo, por supuesto— o la eliminación de Nicolás Maduro, retratado durante años como el villano internacional de la derecha y la encarnación de todos los males del pérfido socialismo?

Muchos salieron rápidamente a celebrar la intervención estadounidense. “Debemos alegrarnos por ello y apoyar la restauración de la democracia en Venezuela”, decía un Abascal exultante (aunque eso está por ver. Primero, el petróleo). “La caída de Maduro es un golpe para la mafia sanchista”, añadía estirando el chicle un poquito de más. Geert Wilders, su colega en Países Bajos, también rebosaba alegría: “Bang Boom Maduro gone”.

Dentro del mismo partido europeo, Patriots, hay posiciones mucho más duras que priman con la soberanía, como la de los Le Pen y Bardella en Francia y otros que ni siquiera quieren opinar para no meterse en problemas con papi Trump.

“Hay una razón fundamental para oponerse al cambio de régimen que Estados Unidos acaba de provocar en Venezuela. La soberanía de los Estados nunca es negociable, independientemente de su tamaño, su poder o el continente al que pertenezcan. Es inviolable y sagrada. Renunciar hoy a este principio por Venezuela, por cualquier Estado, equivaldría a aceptar mañana nuestra propia servidumbre”, declaraba Le Pen.

Su línea es la más coherente con el programa de Patriots, del que Abascal, por cierto, es presidente. Dicho programa concluye con esta frase: “Dar prioridad a la soberanía sobre el federalismo, a la libertad sobre los dictados y a la paz”.

Matteo Salvini, vice primer ministro italiano y líder de Lega, invocaba incluso al Papa: “La principal vía para resolver las disputas internacionales y poner fin a los conflictos en curso debe retornar a la diplomacia, respetando el derecho de los pueblos a decidir su propio futuro. Las palabras del Santo Padre son esclarecedoras en este sentido, al instar a la soberanía nacional de Venezuela”.

Otros se encuentran tan descolocados o divididos, que prefieren no pronunciare, como ha sido el caso de la AfD alemana, con una rama más trumpista y otra más prorrusa. Su líder, Alice Weidel, ha tuiteado mucho estos días, pero nada de Venezuela. Su portavoz de exteriores, Markus Frohnmaier, dice que no es su tarea comentar estos asuntos, añadiendo que “el derecho internacional no es una ley natural, sino una herramienta interpretativa política. Lo apruebes o no, lo que cuenta en la escena internacional es la fuerza, no la ética académica”.

Ni siquiera el todopoderoso Viktor Orbán, primer ministro húngaro, lo tenía claro: “Ha sucedido, y estamos considerando si esto es bueno o malo para Hungría”. Hungría fue el único Estado miembro de la UE que se negó a firmar un comunicado conjunto al respecto pidiendo calma, contención y respeto por el derecho internacional.

En una rueda de prensa dos días después, dijo: “2025 fue un año en el que quedó claro para todos que una era en la política internacional había llegado a su fin, con la toma de posesión del presidente Trump dando el golpe final. Como resultado, en 2026 ya estamos viviendo en una nueva era. Por ahora seguimos utilizando el sencillo enfoque de llamar a la era que terminó en 2025 ‘el orden mundial liberal’. Esta tenía sus propias reglas que ya no son válidas; y en 2026 los húngaros tendrán que avanzar en un mundo que funciona según nuevas reglas. Llamamos a la era en la que hemos entrado ‘la era de las naciones’ y, con la debida humildad y modestia, nos consideramos los heraldos de esta era desde 2010”.

Tras varios días de silencio, el FPO austríaco, primera fuerza política en su país, reaccionó a través de su portavoz de Exteriores, Susanne Fürst, que con mucho cuidado trató de no celebrar o criticar la acción: “Austria es un país pequeño y neutral con muchos problemas propios. En política exterior la prioridad es proteger a la propia población, lo que significa, sobre todo, mantenerse al margen de conflictos y guerras que no son nuestros. Eso se aplica tanto a Venezuela como a Ucrania”.

Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, intentaba cuadrar el círculo soplando y sorbiendo a la vez: “La acción militar exterior no es la vía a recorrer para poner fin a regímenes totalitarios, pero al mismo tiempo, el Gobierno considera legítima una intervención de naturaleza defensiva contra ataques híbridos a su propia seguridad, como el caso de entidades estatales que alimentan y favorecen el narcotráfico”.

El peso de Trump

Hablando del tema con Franco Delle Donne, autor de Epidemia Ultra, me decía: “Hay un bloque más proatlantista y pro-Trump, como Vox y Milei, que ha articulado mucho su discurso en contra del régimen venezolano desde lo ideológico y lo simbólico. Luego hay posiciones más moderadas como Meloni, que busca cierta independencia de MAGA para no quedar como una suerte de sirviente, aunque en líneas generales apoya. Pero llama la atención las contradicciones que se ven en los partidos más relacionados con Rusia. Al mismo tiempo que defienden a Rusia, o que al menos no se posicionan muy en contra de la misma respecto a Ucrania, condenan esto de Trump”.

Todas estas formaciones tienen, al menos en la práctica, la soberanía sagrada de las naciones como uno de sus pilares (por eso su oposición frontal a una UE centralizada y supranacional). Pero eso se matiza cuando la violación viene por parte de Donald Trump, erigido líder de la internacional reaccionaria. En su reciente Estrategia de Seguridad Nacional, Trump, adoptando la teoría del Gran Reemplazo, el otro gran pilar de estos partidos, ha prometido apoyar a las formaciones «patriotas» para salvar a Europa mientras declara la guerra al continente. Sin embargo, la colisión entre el ‘America First’ y el ‘España First’, ‘Francia First’ o ‘Alemania First’ es cuestión de tiempo, como vimos con los aranceles.

“Que no haya un punto de acuerdo demuestra que no hay una internacional ultraderechista orgánica y organizada, sino que hay espacios y foros en los cuales se discuten y trafican narrativas y fuentes de financiación, pero hay intereses propios en cada uno de esos partidos que en ocasiones no obedecen a alineamientos estratégicos e ideológicos congruentes”, dice Delle Donne.

Trump no solo ha transformado para siempre el Partido Republicano de EEUU, sino también la red de partidos ultraderechistas de Europa.

Una última reflexión evidente, pero necesaria: oponerte a un ataque militar ilegal en Venezuela no te convierte en amante de Maduro, igual que oponerte a la invasión de Irak no te convertía entonces en seguidor de Sadam Husein.

La izquierda de mentirillas

Oscar Madrigal

Óscar Madrigal

A raíz de la derrota electoral en Chile y del ascenso de la extrema derecha, el análisis predominante, de los principales analistas de la izquierda, es que las elecciones se pierden porque la izquierda se ha movido al centro político, porque no ha llevado adelante reformas económico y sociales que cambien la estructura de las sociedades, porque sus gobiernos no salen de los límites que le imponen el mismo sistema organizado por la derecha, entre algunos argumentos. Es decir, que la izquierda es demasiado reformista, demasiado poco radical y que se aleja de las necesidades de los pueblos, lo que la hace perder las elecciones.

El debate es interesante y probablemente la verdad es más compleja, porque la realidad global, el mundo capitalistas actual es muy diferente al de años anteriores.

Es cierto que la izquierda se ha preocupado por aspectos o elementos que han surgido en las últimas décadas como la lucha de las mujeres por sus derechos, los de la diversidad sexual, gays y lesbianas o trans, o el cambio climático, descuidando, según algunos, la esencia de su existencia como es la lucha por los pobres, contra la desigualdad y la formación de una nueva estructura socioeconómica. Pero el asunto es si la izquierda debía desentenderse de esos problemas o debía asumirlos como propios e incorporarlos a sus luchas por una nueva sociedad. Creo que la respuesta es absolutamente no. Y en términos generales, la izquierda latinoamericana no ha dejado de lado esos planteamientos que la caracterizan.

El otro asunto interesante es saber si los cambios iniciados por los gobiernos de izquierda en América Latina han sido cosméticos o fueron reformas populares dirigidas a conformar una nueva sociedad, entendido que esa nueva sociedad no puede ser igual para todos los países e incluso parecida o no al modelo soviético, cubano, venezolano o nicaragüense.

La izquierda perdió las elecciones en Ecuador: Rafael Correa no fue tibio. En Perú donde derrocaron a Pedro Castillo por querer llevar adelante reformas y por discriminación de clase ya que fue el primer presidente peruano proveniente de las clases pobres o “bajas” de la sociedad. En Bolivia se perdió por la división estúpida de la izquierda y no por tibieza de Luis Arce. La derrota electoral de Alberto Fernández en Argentina se debe a las particularidades propias del peronismo, pero había perdido en el 2015, ganado la ultraderecha de Macri, después del gobierno de Cristina Fernández, que tampoco fue muy tibia.

El caso de Nicaragua es emblemático. Un gobierno revolucionario que había realizado reformas muy profundas, estructurales, tales como la reforma agraria, la alfabetización, la nacionalización, etc., perdió las elecciones en 1990 con Violeta Chamorro. Esa derrota no se debió a la tibieza o reformismo del FSLN. El Frente Sandinistas perdió como 2 o 3 elecciones más hasta que Daniel Ortega y Arnoldo Alemán firmaron un pacto político donde establecieron cuotas de poder y aseguraron el triunfo de Ortega en 2005. Después de eso el FSLN ganó todas las elecciones hasta el día de hoy y las seguirá ganando no se sabe hasta cuándo ya que liquidó a toda la oposición.

El caso de Chile deberían analizarlo los que mejor conocen el fenómeno. Sé que Gabriel Boric fue acusado de flojo y entregado a la derecha. Además, que su gobierno inició con las consignas que los llevaron a la Presidencia, muchas de ellas bastante radicales y que apostó por una nueva Constitución surgida de las grandes movilizaciones populares, que era un gran avance y que tocaba aspectos importantes de la estructura de la sociedad chilena; sin embargo, ese proyecto fue rechazado por el 62% de los chilenos. Esa fue una gran derrota que condujo a que perdiera la iniciativa política, lo cual es pecado en política y empezó a ganarla la derecha. Sin embargo, logró una reivindicación fundamental para los trabajadores, reformar el sistema de pensiones que había privatizado Pinochet, aprobó la jornada laboral de 40 horas a la semana e impulsó programas sociales de impacto en los sectores más pobres. ¿Qué no fue suficiente? La extrema derecha neonazi gana las elecciones sin programa social alguno solo prometiendo dos cosas: eliminar la migración y eliminar la delincuencia. ¿Y quién fue derrotada en estas elecciones? Nada menos que una comunista. Por primera vez en América Latina una miembro de un Partido Comunista es candidata de una coalición con reales opciones de poder. Hubiera significado para la derecha “el comunismo en el poder”. Esa comunista obtuvo el 42% de los votos de los chilenos. Es una cifra enorme que obtuvo la izquierda, mayor incluso que el porcentaje con el que ganó Allende en 1970 y es un caudal que augura grandes movilizaciones.

Creo que los gobiernos de izquierda de Latinoamérica, en general, se han caracterizado por ser antiimperialistas, promotores de reformas en bien de los sectores de trabajadores y más pobres, defensores de los recursos naturales y de la soberanía nacional. Algunos más radicales que otros, pero todos con los mismos objetivos.

¿Podemos ser más radicales? El radicalismo va siendo marcado por las condiciones nacionales, pero especialmente, las internacionales. Y lo que es más importante es que se será cada vez más radical conforme el pueblo lo vaya indicando.

Petro, Lula y Claudia Sheinbaum representan a los países y economías más fuertes de América Latina y están formando un valladar contra Trump y la política imperial. En México hay en curso una transformación muy profunda y es hoy un faro que debería iluminar a la izquierda y los pueblos latinoamericanos.

En América Latina hay una izquierda combativa que gana gobiernos para trasformar la sociedad. Por lo menos en este momento es la mejor vía revolucionaria.

Todas las perlas de la nueva estrategia de seguridad nacional de EEUU

Javier Biosca de elDiario.es

«Nuestras élites hicieron apuestas enormemente equivocadas y destructivas por el globalismo y el llamado ‘libre comercio’, que vaciaron la clase media y la base industrial en la que se sustenta la preeminencia económica y militar estadounidense».

Trump, el magnate inmobiliario de la mansión de Palm Beach con 128 habitaciones y el presidente más rico de la historia de EEUU según Forbes, no se considera de la élite. Que el país que levantó el sistema internacional y que más se ha beneficiado de él cargue contra el “globalismo” es especialmente grave. Y no es un mitin de Trump en el cuarto distrito de Alabama, zona rural en la que obtuvo el mayor porcentaje de apoyo en todo el país en las elecciones de 2024 (83%), sino que es la Estrategia de Seguridad Nacional, documento que fija la visión y plan de acción del país más poderoso del mundo.

(Por cierto, te recomiendo esta interesantísima entrevista que publicamos hace unas semanas con el historiador Marc-William Palen, quien en su libro ‘Pax Economica’ reconstruye la idea del librecambismo como proyecto pacifista y antiimperialista).

«Queremos la restauración y revitalización de la salud espiritual y cultural de Estados Unidos, sin la cual la seguridad a largo plazo es imposible […] Esto solo se puede lograr con más familias fuertes y tradicionales que críen hijos sanos».

Este documento tiene todas las papeletas para convertirse en el gran manual de la extrema derecha y punto de inflexión del movimiento ultra internacional. Esta afirmación tiene dos vertientes. Primero: todos sabemos lo que quiere decir con familia tradicional. Segundo: más familias y más hijos para que las personas migrantes no acaben con nuestra civilización. La teoría del gran reemplazo en la estrategia de seguridad nacional.

La actual visión de EEUU no dista demasiado de la guerra cultural ultraconservadora de Putin cuando dice: “Miren lo que están haciendo a su propio pueblo. Se trata de la destrucción de la familia, de la identidad cultural y nacional, la perversión y el abuso de los niños, incluida la pedofilia, todo ello se ve como algo normal. Están aplicando políticas que equiparan las familias numerosas con las parejas del mismo sexo y la creencia en Dios con la creencia en Satanás”.

«La era de la migración masiva ha terminado: las personas a las que un país acepta —en cantidad y origen— definirá inevitablemente el futuro de esa nación […] En países de todo el mundo, la migración masiva ha agotado los recursos nacionales, aumentado la violencia y otros delitos, debilitado la cohesión social, distorsionado los mercados laborales y socavado la seguridad nacional».

Por si el nativismo radical del punto anterior no había quedado lo suficientemente claro. Tiene gracia que diga esto el presidente de un país nacido en 1776 compuesto prácticamente en su totalidad por inmigrantes y sus descendientes. Los europeos formaban aproximadamente el 80% y los africanos esclavizados y sus descendientes, el 20%.

Los únicos que no son de origen migrante en EEUU son los pueblos indígenas. Y Trump no es uno de ellos.

«El corolario Trump a la doctrina Monroe: negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicos en nuestro hemisferio […] Debemos hacer todo lo posible por expulsar a las empresas extranjeras que construyen infraestructura en la región. […] EEUU debe reconsiderar su presencia militar en el hemisferio occidental [América]. Esto significa [entre otras cosas] establecer o extender el acceso en puntos estratégicos importantes».

La doctrina Monroe nace en la década de 1820 en un contexto de independencias en el continente y en el que EEUU no era una potencia regional. Bajo el lema ‘América para los americanos’, consideraba que cualquier intento de Europa por tratar de recuperar sus viejas colonias o intervenir en el continente sería percibido como una amenaza a la seguridad. Con el paso de las décadas, convertido EEUU en el gran hegemón, aquello evolucionó hasta considerar el resto del continente simplemente como el patio trasero de EEUU donde hace y deshace a su gusto.

Trump está estirando al extremo esta teoría y las injerencias de EEUU en elecciones como Argentina y Honduras, las presiones a Panamá para desplegar a sus soldados en el Canal y el asedio y los ataques y ejecuciones ilegales frente a Venezuela son solo algunos ejemplos.

«El declive económico de Europa se ve eclipsado por la perspectiva real y más cruda de la desaparición de la civilización. Entre los problemas más graves se encuentran las actividades de la Unión Europea y otros organismos transnacionales que socavan la libertad política y la soberanía, las políticas migratorias que están transformando el continente y creando conflictos, la censura de la libertad de expresión y la represión de la oposición política, el desplome de las tasas de natalidad y la pérdida de las identidades nacionales y la confianza en sí mismas […] Si las tendencias actuales continúan, el continente será irreconocible en 20 años o menos».

Vuelve la teoría del gran reemplazo y EEUU carga, además, contra la UE como una organización maligna que promueve guerras, censura y reprime a la oposición. Cualquiera con un mínimo conocimiento de historia de las relaciones internacionales sabe que el periodo de paz que vive la UE desde su creación es absolutamente una anomalía histórica en un continente plagado de guerras.

«La creciente influencia de los partidos patrióticos europeos es motivo de gran optimismo […] Nuestra política general para Europa debería priorizar: fomentar la resistencia a la trayectoria actual de Europa dentro de las naciones europeas».

EEUU quiere una UE dividida con Estados gobernados por partidos euroescépticos de extrema derecha y fomentar su ascenso se ha convertido en una política de seguridad nacional para Washington. Antes que EEUU, estos partidos europeos habían encontrado en Rusia el líder y referente que necesitaban para su guerra cultural, al tiempo que Rusia debilitaba el bloque comunitario a través de estas formaciones. Después de la invasión de Ucrania, esa alianza se hizo más complicada (no olviden que Marine Le Pen, por ejemplo, tuvo que retirar folletos electorales en los que aparecía junto a Putin). Ahora es EEUU quien ha adoptado ese papel y comparte intereses con la Rusia de Putin, con quien, según el documento, busca establecer una “estabilidad estratégica”.

«La Administración Trump se encuentra en desacuerdo con los funcionarios europeos que tienen expectativas poco realistas sobre la guerra [de Ucrania], atrapados en gobiernos minoritarios inestables, muchos de los cuales pisotean los principios básicos de la democracia para reprimir a la oposición. Una gran mayoría europea quiere la paz, pero ese deseo no se traduce en políticas, en gran medida debido a la subversión de los procesos democráticos por parte de esos gobiernos».

Mientras el documento no menciona la palabra invasión ni la responsabilidad de Rusia en la misma, acusa a los Gobiernos europeos de no ser democráticos y no querer la paz. EEUU está más cerca de Putin que de la UE.

«Es más que plausible que, en unas pocas décadas como máximo, algunos miembros de la OTAN pasen a tener una mayoría no europea. Por lo tanto, queda por ver si considerarán su lugar en el mundo, o su alianza con Estados Unidos, de la misma manera que quienes firmaron la carta fundacional de la OTAN».

Traducción para no iniciados en la extrema derecha: cuando todos los europeos vivamos bajo la tiranía del islam, la OTAN tendrá al enemigo dentro.

«A medida que esta administración derogue o suavice las políticas energéticas restrictivas y la producción energética estadounidense se incremente, la razón histórica por la que Estados Unidos se ha centrado en Oriente Medio irá desapareciendo».

Décadas de política exterior de EEUU en una sola frase. Guerras, sangre, injerencias… todo estaba unido por el mismo hilo, según el documento de seguridad nacional de EEUU: el petróleo.

«No nos disculparemos por el pasado y el presente de nuestro país».

O dicho de otro modo: se acabó el hablar del legado de la esclavitud y la educación sobre las causas estructurales de la desigualdad entre la población blanca y afroamericana. Algunos datos que la derecha estadounidense no quiere ver: las familias negras sólo tienen 10 céntimos de riqueza por cada dólar que poseen las familias blancas, según datos de 2016; y las mujeres negras tienen el triple de probabilidades de morir por causas relacionadas con el embarazo que las mujeres blancas.

«Estados Unidos protegerá sin complejos su propia soberanía. Esto incluye impedir su erosión por parte de organizaciones transnacionales e internacionales».

Estados Unidos ha sido el gran arquitecto del sistema internacional global actual levantado tras la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, este comportamiento no es nuevo. Estados Unidos siempre ha visto organizaciones internacionales clave como una amenaza a su poder y no es miembro de tratados aceptados por todo el mundo. Es el equivalente a un policía que no quiere cumplir la ley. Algunos ejemplos:

  • Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional que estudia los delitos de genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y el crimen de agresión (tiene 125 Estados miembros)

  • Convención sobre la prohibición de minas antipersona (tiene 164 Estados parte) y Convención sobre las Municiones en Racimo

  • EEUU solo ha firmado y ratificado cinco de los 18 tratados internacionales de derechos humanos –entre los 18 están incluidos los protocolos adicionales a los textos principales–. Por ejemplo, es el único país del mundo (con Sudán del Sur) en no ser parte del Convenio de los Derechos del Niño. Tampoco es miembro de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer ni del Convenio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, entre otros.

  • EEUU también es uno de los 16 países en todo el mundo (cinco de ellos sin acceso al mar) que no ha firmado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.

«Predisposición al no intervencionismo […] Para un país cuyos intereses son tan numerosos y diversos como los nuestros, no es posible una adhesión rígida al no intervencionismo».

Una bonita forma de justificar un comportamiento de injerencia por todo el mundo. Bombardeo de Irán, ejecuciones en las costas de Venezuela, injerencias electorales en los países latinoamericanos…

Diálogos por la democracia y los derechos humanos: convocatoria abierta para este 2 de diciembre

Para este 2 de diciembre se propone un espacio abierto de reflexión y análisis sobre los desafíos actuales que enfrenta Costa Rica en materia democrática y de derechos humanos. La actividad, titulada “Diálogos por la democracia y los derechos humanos”, se realizará el martes 2 de diciembre, de 5:00 p. m. a 8:00 p. m., en el Café Kracovia, ubicado en el Hotel Ave del Paraíso, San Pedro de Montes de Oca.

El encuentro reunirá a personas investigadoras, docentes y autoras que abordarán procesos políticos, legislativos y sociales que atraviesa el país. La actividad incluye:

  • Presentación del libro “Nuevas cartografías para comprender la Costa Rica del siglo XXI”, a cargo de Carolina Sánchez y Carlos Sandoval.
  • Balance del Informe del Programa Estado de la Nación, a cargo de Leonardo Merino.
  • La agenda legislativa de la extrema derecha en Costa Rica, presentada por María Eugenia Román.
  • Entrega del libro “Pensamiento crítico, totalitarismo del mercado y extrema derecha. Franz Hinkelammert, in memoriam”, presentada por Norman Solórzano.

La actividad es organizada por tres organizaciones comprometidas con la promoción del pensamiento crítico y la defensa de los derechos humanos:

  • Fundación Rosa Luxemburg
  • Voces Nuestras
  • Instituto de Estudios Sociales en Población (IDESPO) de la Universidad Nacional

La invitación es abierta al público interesado en comprender los retos que enfrenta la institucionalidad democrática costarricense, así como en promover espacios de diálogo informados y plurales.

Jornadas de Pensamiento Crítico: “Resistencias en defensa de la dignidad”

Las Jornadas de Pensamiento Crítico por la Democracia y los Derechos Humanos, tituladas “Resistencias en defensa de la dignidad”, se llevarán a cabo el miércoles 26 y el jueves 27 de noviembre de 2025, en modalidad bimodal desde el Auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional (UNA), con transmisión en vivo por Idespo_UNA.

El encuentro se desarrolla en un momento regional y mundial caracterizado por el avance de la extrema derecha, los autoritarismos y la profundización del neoliberalismo, fenómenos que generan retrocesos sustantivos en derechos humanos y un aumento de las violencias. Las Jornadas buscan aportar a la construcción de un espacio urgente de reflexión colectiva, articulación social y construcción de alternativas para la defensa de la dignidad y del Estado Social.

Las reflexiones parten de aprendizajes recientes en Centroamérica, especialmente de la situación salvadoreña analizada por el académico Carlos Molina (UCA), y se complementan con debates sobre el presente político costarricense, las amenazas a la democracia y las resistencias que emergen desde distintas organizaciones sociales, ambientales, feministas, estudiantiles y sindicales.


Organizaciones convocantes

  • Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional (UNA)

  • Instituto de Estudios Sociales en Población (IDESPO-UNA)

  • Grupo de Pensamiento Crítico de Costa Rica

  • Cátedra de Pensamiento Crítico Franz J. Hinkelammert (UNA)

  • Asociación Voces Nuestras

  • Fundación Rosa Luxemburgo

  • Programa Estado Nación

  • Universidad de Costa Rica (UCR)

  • María Eugenia Román

  • Bloque Verde

  • Unión Nacional de Productores Agropecuarios Costarricense (UNAG)

  • Juan Bautista Alfaro Rojas

  • MULABI, Espacio Latinoamericano de Sexualidades y Derechos

  • Servicio Jesuita para Migrantes Costa Rica (SJM-CR)

  • Colectiva por el Derecho a Decidir de Costa Rica

  • Confederación de Trabajadores Rérum Novarum (CTRN)

  • Mesa Nacional de Diálogo Social y Productivo

  • Red Feminista contra la violencia hacia las mujeres

  • Edgardo Araya

  • Equipo de Seguimiento del Acuerdo Nacional contra la Desinformación y los Discursos de Odio


Programa Detallado

Miércoles 26 de noviembre

9:00 a.m. – 9:30 a.m.

Inauguración y presentación de las Jornadas

  • Norman Solórzano (IDESPO-UNA)

  • Grettel Montero (Fundación Rosa Luxemburgo)

  • Guillermo Acuña (Vicedecano Facultad de Ciencias Sociales, UNA)

9:30 a.m. – 10:00 a.m.

Conferencia magistral
“Bukele y el ascenso de la derecha autoritaria en El Salvador. Lecciones para Costa Rica”

  • Dr. Carlos Molina (UCA – El Salvador)

  • Moderación: Génesis R. Cruz

10:00 a.m. – 10:30 a.m.

Diálogo con el conferencista

10:30 a.m. – 10:50 a.m.

Refrigerio


Mesa 1 — 10:50 a.m. – 11:50 a.m.

Estado social y democracia en Costa Rica: retrocesos recientes y amenazas en curso

Expositores:

  • Leonardo Merino: Balance político del Informe del Programa Estado Nación

  • Carlos Sandoval: Presentación del libro “Nuevas cartografías para comprender la Costa Rica del siglo XXI”

  • Moderación: Liliana León

11:50 a.m. – 12:30 p.m.

Diálogo con panelistas

12:30 p.m. – 1:45 p.m.

Almuerzo


1:45 p.m. – 2:15 p.m.

La agenda legislativa de la extrema derecha en Costa Rica

  • Expositora: María Eugenia Román

  • Moderación: Génesis R. Cruz

2:15 p.m. – 2:45 p.m.

Diálogo

2:45 p.m. – 3:00 p.m.

Refrigerio


Mesa 2 — 3:00 p.m. – 4:15 p.m.

El nuevo asalto de la extrema derecha contra los derechos humanos (Parte 1)

Expositores:

  • Fabián Pacheco (Bloque Verde)

  • José Oviedo (UNAG)

  • Juan Bautista Alfaro Rojas (Campesino, naturalista y defensor de la tierra)

  • Moderación: Liliana León

4:15 p.m. – 5:00 p.m.

Diálogo

5:00 p.m.

Cierre del día


Jueves 27 de noviembre

Mesa 3 — 9:00 a.m. – 9:45 a.m.

El nuevo asalto de la extrema derecha contra los derechos humanos (Parte 2)

Expositoras y expositores:

  • Natasha Jiménez (MULABI)

  • Adam Álvarez (SJM-CR)

  • Peggy Quesada (Colectiva por el Derecho a Decidir)

  • Moderación: Génesis R. Cruz

9:45 a.m. – 10:15 a.m.

Diálogo

10:15 a.m. – 10:30 a.m.

Refrigerio


Mesa 4 — 10:30 a.m. – 12:00 p.m.

Las luchas que se avecinan y las próximas elecciones: un llamado a la acción

Participan:

  • Fanny Sequeira (CTRN)

  • Alison Quintanilla (Mesa Nacional de Diálogo Social y Productivo)

  • Marco Víquez (FEUNA)

  • Ana María Trejos (Red Feminista contra la violencia hacia las mujeres)

  • Edgardo Araya (abogado ambientalista)

  • Moderación: Liliana León

12:00 p.m. – 12:30 p.m.

Diálogo

12:30 p.m. – 1:30 p.m.

Almuerzo


Mesa 5 — 1:30 p.m. – 2:00 p.m.

Presentación del Acuerdo Nacional contra la Desinformación y los Discursos de Odio

  • Joaquín Tapia (Voces Nuestras)

  • Equipo de Seguimiento del Acuerdo

  • Moderación: Génesis R. Cruz


Mesa 6 — 2:00 p.m. – 3:00 p.m.

Presentación del libro
Pensamiento Crítico, Totalitarismo del Mercado y Extrema Derecha. Franz J. Hinkelammert, in memoriam.

Participan:

  • Carlos Molina

  • Norman Solórzano

  • Henry Mora

  • Moderación: Grettel Montero

3:00 p.m. – 4:00 p.m.

Diálogo


Cierre — 4:00 p.m. – 4:30 p.m.

  • Carlos Molina (UCA)

  • Grettel Montero (Fundación Rosa Luxemburgo)

  • Norman Solórzano (IDESPO)