Ir al contenido principal

Etiqueta: Faroleada por la Democracia

Lero, lero, calzón de cuero. Queerizar la burla para pensar la democracia

Por Msc. Rodrigo H. Campos Hernández

Rodrigo Campos Hernández

Quizá dentro de algunos años, cuando intentemos recordar este extraño momento de la historia costarricense, no sean los grandes discursos políticos los que primero regresen a nuestra memoria. Tal vez recordemos una frase infantil:

“Lero, lero, calzón de cuero”.

Pronunciada por Rodrigo Chaves ante un ciudadano que cuestionaba por qué debía mostrar su cédula para ingresar a la Plaza Mayor de Cartago durante los actos de celebración de la Independencia, la expresión provocó indignación, risas, memes y comentarios de toda naturaleza.

Podríamos quedarnos allí. Podríamos responder a la burla con otra burla, fabricar el meme correspondiente y continuar la interminable batalla de las redes sociales.

Pero también podemos hacer algo diferente.

Podemos queerizar el lero lero.

Queerizar, en este caso, significa tomar aquello que pretendía ridiculizar, desplazarlo de su lugar original y devolverlo convertido en pregunta. Quitarle a la burla su capacidad de humillar y utilizarla para mirar críticamente las relaciones de poder que hicieron posible aquella escena.

Entonces el “lero lero” deja de ser una simple ocurrencia presidencial y comienza a preguntarnos cosas.

¿Cuándo dejamos de escucharnos?

La escena es sencilla.

Un ciudadano interpela a una autoridad pública. Pregunta por qué debe presentar su identificación para ingresar a un espacio donde se desarrolla una celebración nacional. La respuesta termina convertida en sarcasmo.

Podemos discutir si la pregunta era adecuada, si el ciudadano estaba molesto, si existían razones de seguridad para los controles o quién había tomado la decisión.

Pero queda una cuestión anterior a todas ellas:

¿qué sucede con la conversación democrática cuando quien pregunta deja de ser interlocutor y se convierte en objeto de burla?

La pregunta importa porque el episodio no ocurrió aisladamente.

Llegó después de meses de enfrentamientos entre el Poder Ejecutivo y otras instituciones, cuestionamientos al Poder Judicial, conflictos presupuestarios, acusaciones cruzadas, manifestaciones, discursos sobre seguridad, criminalidad y enemigos políticos.

Y ocurrió precisamente durante la celebración de la Independencia.

La fotografía de Cartago

Quizá la imagen más poderosa de aquella noche no sea ninguna declaración.

Es una valla.

De un lado estaban autoridades y simpatizantes gubernamentales dentro de la Plaza Mayor. Del otro, manifestantes contrarios al Gobierno que habían participado en la llamada faroleada por la democracia.

Hubo policías, controles, revisiones y restricciones de acceso.

También hubo autobuses que trasladaron simpatizantes gubernamentales desde diferentes regiones del país y distribución de alimentos, capas y banderas.

Las redes hicieron inmediatamente su trabajo y apareció uno de esos productos inevitables del humor político costarricense: el “escuadrón arroz con pollo”.

Podemos reírnos.

Pero después de la risa queda la fotografía:

unos adentro, otros afuera y una valla en medio.

No necesitamos afirmar que alguien diseñó deliberadamente aquella imagen para reconocer su enorme potencia simbólica.

Era Cartago.

Era la Plaza Mayor.

Era la Antorcha.

Era la víspera del 15 de septiembre.

Era una celebración que supuestamente nos recordaba aquello que compartimos.

Y aparecimos separados físicamente.

La escenografía del poder

Hay otro elemento que merece atención.

La política no solamente habla.

También se viste, camina, gesticula, organiza espacios, construye escenarios y produce imágenes.

Erlin Rojas llamó recientemente la atención sobre la vestimenta presidencial y recuperó una provocadora categoría contemporánea: el fascismo-core. Partiendo de la conocida reflexión de Walter Benjamin sobre la estetización de la política, la categoría permite preguntarnos cómo determinadas imágenes de autoridad, disciplina, seguridad y orden pueden circular culturalmente antes incluso de convertirse en formulaciones ideológicas explícitas.

Conviene ser prudentes.

Una capa azul no convierte a nadie en fascista.

Un despliegue policial tampoco demuestra por sí mismo la existencia de un régimen autoritario.

Y atribuir intenciones políticas precisas a una elección de vestuario sin evidencia sería sustituir análisis por especulación.

Pero observar la escena completa sí resulta legítimo.

Vestimenta presidencial austera. Policía. Vallas. Controles. Autoridades protegidas. Símbolos patrios. Discursos sobre seguridad. Ciudadanos separados.

El objeto de análisis deja entonces de ser una prenda.

Es la escenografía del poder.

La pedagogía de la excepcionalidad

Durante los últimos meses hemos utilizado una expresión para intentar comprender algunos de estos acontecimientos: pedagogía de la excepcionalidad.

No significa que Costa Rica viva necesariamente bajo un régimen de excepción.

Significa algo más sencillo y quizá más difícil de percibir: la posibilidad de que determinadas prácticas inicialmente extraordinarias vayan incorporándose paulatinamente a nuestra experiencia cotidiana.

Primero sorprenden.

Después se repiten.

Finalmente dejan de sorprender.

La pedagogía puede operar mediante discursos: inseguridad, amenazas, enemigos, crisis.

Puede materializarse mediante prácticas: escoltas, barreras, controles, dispositivos policiales.

Y ahora advertimos una tercera dimensión:

la estética.

También aprendemos mediante imágenes.

Aprendemos cómo luce la autoridad.

Cómo luce el peligro.

Quién debe ser protegido.

Quién debe ser vigilado.

Quién ocupa el centro.

Quién permanece afuera.

Pero aquí aparece una cuarta dimensión todavía más preocupante:

aprender quién merece ser escuchado.

Cuando al adversario político se le responde mediante la ridiculización, la lección puede ser sencilla: con determinadas personas ya no hace falta discutir.

Basta reírse.

Pero cuidado: el miedo también puede enseñarse desde la oposición

Aquí necesitamos detenernos.

Sería demasiado cómodo observar exclusivamente al Gobierno.

Durante meses, sectores opositores han advertido sobre autoritarismo, deterioro institucional, amenazas a la división de poderes y eventualmente tendencias fascistas.

Algunas advertencias se apoyan en acontecimientos concretos que merecen escrutinio.

Pero también debemos preguntarnos qué ocurre cuando cada nuevo acontecimiento es interpretado como confirmación definitiva de que la democracia está a punto de desaparecer.

Una hipótesis que explica absolutamente todo corre el riesgo de volverse imposible de refutar.

Si el Gobierno confronta, confirma el autoritarismo.

Si retrocede, fue porque la resistencia lo obligó.

Si aumenta la seguridad, confirma la excepcionalidad.

Si modera el discurso, podría interpretarse como estrategia.

Entonces debemos hacernos una pregunta incómoda:

¿qué evidencia nos haría cambiar de opinión?

La pregunta vale para todos.

También para nosotros.

Nosotros también sentimos el miedo

Esta reflexión no nace desde una supuesta neutralidad exterior.

Quienes observamos críticamente estos acontecimientos también podemos experimentar indignación, cansancio y temor.

Después de Cartago resulta comprensible que algunas personas piensen:

“Hasta aquí. Hay que hacer algo más fuerte”.

Pero precisamente ahí debemos observarnos.

Porque del otro lado puede estar ocurriendo exactamente el mismo proceso.

Algunos simpatizantes gubernamentales consideran que el Gobierno intenta transformar el país y que determinados sectores institucionales y políticos impiden hacerlo.

En redes sociales aparecen entonces palabras como “antipatriotas”, “traidores”, “zurdos” o “enemigos”.

Mientras tanto, desde sectores opositores aparecen “fascistas”, “dictadores” y otras categorías igualmente absolutas.

Las posiciones son distintas y sus fundamentos deben examinarse por separado. Pero pueden producir una emoción semejante:

miedo al otro.

Y cuando cada grupo comienza a considerar al otro una amenaza existencial, la política cambia.

Ya no discutimos sobre cuál Costa Rica queremos.

Comenzamos a discutir sobre quién tiene derecho a pertenecer a Costa Rica.

La ternera

Existe una expresión popular bastante menos académica que quizá explique mejor el problema:

tanto se le jala el rabo a la ternera que termina pateando.

Y cuando patea, poco importa hacia dónde.

Patea.

Una sociedad sometida permanentemente a tensión puede llegar a un punto donde un acontecimiento relativamente pequeño produzca consecuencias enormes.

Una provocación.

Una detención.

Un empujón.

Una actuación policial equivocada.

Una imagen difundida fuera de contexto.

Un video viral.

Después cada grupo podría decir:

“¿Ven? Nosotros teníamos razón”.

Y atribuir al otro toda responsabilidad.

Por eso quizá deberíamos preguntarnos si la principal amenaza inmediata no reside únicamente en determinadas acciones gubernamentales, sino también en la pérdida progresiva de nuestra capacidad colectiva para procesar democráticamente el conflicto.

¿Se rompió la excepcionalidad costarricense?

Durante décadas nos contamos una historia.

Costa Rica era diferente.

La Suiza centroamericana.

El país sin ejército.

El país del diálogo.

El país donde los conflictos se resolvían institucionalmente.

Esa representación siempre fue parcialmente mítica. Nuestra historia contiene desigualdad, exclusión, violencia y enfrentamientos sociales.

Pero los mitos nacionales también cumplen funciones sociales.

Quizá lo que se está quebrando no sea necesariamente la democracia costarricense, sino la representación que teníamos de nosotros mismos.

Nos miramos y ya no reconocemos aquella fotografía.

El 14 de septiembre Cartago ofreció otra:

dos grupos de costarricenses separados por una valla.

Y al día siguiente, durante otra ceremonia de Independencia, volvimos a observar enfrentamientos verbales entre autoridades nacionales y municipales.

Algo está ocurriendo.

Reconocerlo no exige anunciar una dictadura.

Pero negarlo tampoco parece sensato.

¿Pacifismo o blandenguería?

Entonces aparece otra vieja pregunta costarricense.

¿Nuestro pacifismo constituye una fortaleza democrática o simplemente hemos aprendido a soportarlo todo?

Probablemente pueda ser ambas cosas.

Existe un pacifismo que significa:

“Mejor no meterse”.

Eso puede convertirse en pasividad.

Pero existe otro:

“Estoy profundamente en desacuerdo con usted, protestaré contra usted y utilizaré todos los mecanismos democráticos disponibles, pero no necesito destruirlo para hacerlo”.

Eso no es debilidad.

Es una forma exigente de fortaleza democrática.

Protestar no contradice la paz.

Fiscalizar tampoco.

Denunciar abusos no destruye la convivencia.

Recurrir ante tribunales, organizarse, marchar, investigar, escribir, cuestionar y exigir explicaciones forman parte de una democracia viva.

La pregunta es cómo hacerlo sin reproducir aquello mismo que denunciamos.

Quizá no necesitamos unidad

Durante mucho tiempo hemos repetido otra expresión hermosa:

unidad en la diversidad.

Pero quizá estamos pidiéndole demasiado a la democracia.

No necesitamos estar unidos.

No necesitamos pensar parecido.

Ni siquiera necesitamos caernos bien.

Podemos sostener proyectos de país profundamente incompatibles.

Lo indispensable es algo anterior:

reconocimiento mutuo de legitimidad.

Yo acepto que usted pertenece legítimamente a esta comunidad política aunque quiera una Costa Rica distinta de la que deseo.

Y usted reconoce exactamente lo mismo en mí.

Mientras eso exista, tenemos adversarios.

Cuando desaparece, comenzamos a fabricar enemigos.

Quitar la valla

Al principio parecía sencillo decir:

hay que quitar la valla.

Ahora sabemos que no basta.

Primero debemos preguntarnos si quienes están a ambos lados desean quitarla.

Porque ninguna convivencia democrática puede reconstruirse unilateralmente.

Tampoco significa tolerarlo todo.

Diálogo no significa sometimiento.

Pacifismo no significa pasividad.

Pluralismo no significa aceptar la destrucción del pluralismo.

Esperanza no significa ingenuidad.

Quizá necesitamos algo bastante más difícil:

vigilancia democrática sin pánico; resistencia sin odio; movilización sin violencia; denuncia sin exageración; esperanza sin ingenuidad.

No porque exista una vía correcta perfectamente trazada.

Precisamente porque no existe.

Volvamos al “lero lero”

Y entonces regresamos al comienzo.

Lero, lero, calzón de cuero.

Queericemos la frase.

Quitemos al insulto su capacidad de cerrar la conversación y obliguémoslo a abrirla.

Que ya no signifique:

“No merezco responderle”.

Que nos obligue, por el contrario, a preguntar:

¿cuándo dejamos de escucharnos?

¿En qué momento convertimos al adversario en enemigo?

¿Qué estamos aprendiendo a considerar normal?

¿Qué límites democráticos no estamos dispuestos a abandonar?

¿Qué tendría que ocurrir para que cambiáramos nuestra interpretación de los acontecimientos?

¿Podemos protestar sin odiarnos?

¿Podemos defender nuestras instituciones sin convertir el miedo en nuestra principal herramienta política?

¿Podemos disentir radicalmente y continuar reconociéndonos como costarricenses igualmente legítimos?

Quizá la democracia no dependa de encontrar respuestas idénticas.

Tal vez dependa de conservar el espacio donde todavía podamos formularnos juntos esas preguntas.

Porque el verdadero problema no comenzará cuando desaparezca la valla de la Plaza Mayor.

Comenzará si algún día descubrimos que la valla ya no necesita estar allí porque la llevamos instalada dentro de nosotros.

Y entonces ningún “lero lero” tendrá gracia.

Cartago: convocan taller de elaboración de faroles

La Colectiva Autónoma por la Resistencia Social (CARS), el Frente de Lucha por el Nuevo Hospital de Cartago y la Mesa Nacional de Diálogo Social y Productivo invitan a un taller gratuito de elaboración de faroles, a realizarse el viernes 11 de septiembre, a las 4:00 p.m., en el Auditorio CIC del Tecnológico de Costa Rica. La actividad incluye los materiales necesarios para la elaboración de los faroles.

El taller se enmarca en la serie de convocatorias «Faroleada»/»Farolazo» para el 14 de septiembre, ya impulsadas en distintos puntos del país por organizaciones como la CARS —que ha promovido la «Faroleada por la Democracia»— y el Frente de Lucha por el Nuevo Hospital de Cartago, que convocó previamente a su propia «Faroleada por la Salud y la Democracia» en la Plaza Mayor de Cartago. Ambas iniciativas retoman el simbolismo histórico de los faroles como expresión de participación popular, vinculado en Centroamérica a la independencia de 1821 y, en Costa Rica, al desfile de faroles instaurado en 1953.

Encendemos nuestros faroles: la democracia no es un regalo, es una construcción colectiva

Colectiva Autónoma por la Resistencia Social

La Colectiva Autónoma por la Resistencia Social (CARS) surgió a partir de la organización de diversas personas de la sociedad civil que sintieron la urgente necesidad de alzar la voz en defensa de las injusticias sociales, recortes presupuestarios, ataques a la institucionalidad y amenazas a nuestra democracia que atravesamos a nivel país. Su primera aparición fue en el Plantón por la Defensa del ICE, en donde a través de la unión de muchísimos sectores sociales, universidades, sindicatos e instituciones logramos desconvocar la votación del proyecto de ley de armonización, iniciativa que hubiera afectado la calidad de vida de miles de costarricenses.

Esta organización no surge como un hecho aislado, sino que nace como una respuesta ciudadana en defensa de los principios democráticos que han caracterizado a la idiosincrasia costarricense por muchos años. Es así como a través de la articulación y unión de esfuerzos comienza a tomar forma una movilización que el día de hoy conocemos como el Plantón por la Justicia Democrática. Iniciativa que marcó un precedente histórico para las movilizaciones sociales de los últimos años, convocando miles de personas en todas las regiones del país, que tomaron la bandera de la patria y de la democracia para salir a defender la división de poderes y el Estado Social de Derecho.

El Plantón se concibe como una respuesta ciudadana y un punto de partida para esta Colectiva y para los movimientos sociales del país, en donde se dio un espacio democrático, transparente y apartidario en el cual las personas pudieran manifestar sus inconformidades y transmitir sus demandas a los diversos poderes del Estado. En una coyuntura en la cual la administración Chaves-Robles y posteriormente la administración Fernández-Delgado se han dedicado a debilitar nuestro tejido social, desfinanciar y debilitar nuestras instituciones, hacer recortes sistemáticos a áreas fundamentales como educación, cultura y salud, a atacar y perseguir a activistas y creadores de contenido e irrespetar los principios constitucionales y de derechos humanos del marco jurídico nacional e internacional. Bajo este panorama, la CARS surge como una alternativa para reactivar y articular el tejido social y fungir como un puente entre la sociedad y actores sociales como sindicatos, organizaciones, instituciones públicas y demás actores en defensa de los principios democráticos y la soberanía ciudadana.

A partir de este recorrido, del éxito masivo del Plantón, de su impacto a nivel nacional e internacional, la CARS se establece como un referente de los movimientos sociales en el país, a ser la portavoz de todas esas voces y demandas que en los últimos años han sido silenciadas.

La afirmación anterior nos llevó a darnos cuenta que no podemos quedarnos con acciones aisladas, el Plantón fue el punto de partida para una serie de movilizaciones a nivel país, quedó demostrado con la marcha en defensa del FEES y el plantón por la defensa de la CCSS. Y nuevamente le demostraremos al Ejecutivo que los costarricenses demandamos una Costa Rica justa, democrática, libre de persecución y libre de corrupción en la Faroleada por la Democracia. Este próximo 14 de septiembre nos volveremos a unir de forma pacífica en diversos puntos del país como San José, Cartago, Limón, Puntarenas, Heredia, Alajuela, Liberia, Nicoya, Pérez Zeledón y muchísimos otras comunidades, esta vez en defensa de la democracia, de la independencia de Costa Rica, de nuestras instituciones públicas y de la libertad.

Esta actividad no pretende competir o desconvocar las actividades tradicionales de nuestras fiestas patrias; reconocemos el valor cultural y político que tiene el famoso desfile de faroles en nuestro país, especialmente para las infancias. Sin embargo, creemos que es fundamental que como costarricenses nos apropiemos de nuestras fechas históricas, acontecimientos que llevaron a constituir la democracia que hoy defendemos y cuidamos. El 14 de septiembre no es una fecha que le pertenece al gobierno; le pertenece a las personas costarricenses, a las personas trabajadoras, agricultoras, ganaderas, jefas de hogar, madres, padres, niños y niñas, mujeres, pescadoras y a toda la ciudadanía en general.

El trasfondo político de los faroles en Costa Rica va mucho más allá de una actividad escolar o una tradición infantil. Su origen está ligado a la lucha por la independencia de Centroamérica y al papel que jugó el pueblo en ese proceso.

El 14 de septiembre de 1821, en la ciudad de Guatemala, mientras las autoridades debatían si declarar o no la independencia de España, una mujer llamada Dolores Bedoya salió a las calles con antorchas y faroles para reunir a la población y presionar a los dirigentes para que tomaran la decisión independentista. Los ciudadanos se congregaron frente al Palacio Nacional gritando consignas como “¡Viva la Patria!” y “¡Viva la Libertad!”. Ese movimiento popular ayudó a crear el ambiente político que culminó con la firma del Acta de Independencia el 15 de septiembre de 1821.

En Costa Rica, los faroles simbolizan precisamente esa luz de libertad que acompañó al pueblo centroamericano en su camino hacia la independencia. Sin embargo, la tradición del desfile de faroles no nació en 1821, sino en 1953, después de la Guerra Civil de 1948, cuando el Estado costarricense impulsó el fortalecimiento de los valores cívicos y la identidad nacional. El educador Víctor Manuel Ureña Arguedas organizó oficialmente los primeros desfiles para inculcar patriotismo y conciencia histórica en la niñez.

Es por esto por lo que cuando los costarricenses encienden un farol el 14 de septiembre, no sólo recuerdan la independencia; también evocan el derecho de los ciudadanos a hacerse escuchar y a participar activamente en el destino de su nación. Esa es la razón histórica y política que da sentido a una de las tradiciones patrias más queridas de Costa Rica.

La Faroleada por la Democracia nace como continuidad del trabajo que hemos venido desarrollando desde la Colectiva. El pasado 6 de agosto organizamos el Plantón por la Justicia Democrática, como un espacio de participación ciudadana y expresión pública en defensa de los principios democráticos. A través de la Faroleada buscamos dar continuidad a ese proceso desde nuestras comunidades, reivindicando la importancia de la democracia, las instituciones públicas, la división de poderes, el Estado Social de Derecho, la educación pública y las distintas luchas sociales que forman parte de las preocupaciones de nuestras comunidades.

Los faroles tienen además un profundo significado histórico: representan la participación popular, expresiones artísticas y políticas y la libertad y la capacidad de la ciudadanía de organizarse y hacerse escuchar. Nuestra propuesta retoma precisamente ese simbolismo para plantear una actividad pacífica, cívica y patriótica. Queremos que esta jornada no sea únicamente una actividad central, sino también una oportunidad para que cada comunidad pueda organizarse, encontrarse y articular sus propias demandas, preocupaciones y propuestas.

Inspirados en ese legado histórico, convocamos a la ciudadanía a una Faroleada por la Democracia, una actividad pacífica, cívica y patriótica para recordar que la democracia se fortalece cuando las personas participan, se expresan y defienden las instituciones que garantizan nuestras libertades. No se trata únicamente de celebrar la independencia alcanzada hace más de dos siglos; se trata también de reafirmar nuestro compromiso con los valores democráticos que han distinguido a Costa Rica: el respeto al Estado de Derecho, la separación de poderes, la libertad de expresión, las elecciones libres y la convivencia pacífica.

Hoy más que nunca debemos unirnos, defender la patria, el Estado Social de Derecho y nuestra libertad. En un contexto hostil en el cual incluso se promueven discursos de odio, ataques, persecución política, granjas de troles, contratación de autobuses y compra de arroz con pollo y arroz cantonés para que seguidores del chavismo se presenten a atacar las actividades y movilizaciones en defensa de la democracia, debemos demostrar que somos más fuertes, que estamos más unidos y que la defensa de la democracia no se vende o se compra con favores o dinero malversado.

Así como Dolores Bedoya encendió una luz para convocar al pueblo a defender su futuro, hoy encendemos nuestros faroles para recordar que la democracia no es un regalo permanente, sino una construcción colectiva que requiere vigilancia, participación y compromiso ciudadano.

Este 14 de septiembre, cada farol será un símbolo de esperanza, libertad y responsabilidad cívica. Una luz encendida por Costa Rica, por la democracia y por las futuras generaciones.

Porque la libertad se celebra, pero la democracia también se defiende.

Haga clic en este enlace para ver la galería de imágenes del Plantón por la Justicia Democrática que subió Isaac Zamora.

Las siguientes son las convocatorias comunicadas hasta el miércoles 9 de setiembre al mediodía:

«Dime de qué presumes y te diré de qué careces»: La paz no se construye con bombillos

«La grandeza de una república no reside en la estridencia de quienes gobiernan, sino en los anhelos de dignidad de su gente y en los límites que la ley le impone al capricho del poder».

Por Jaime E. García González, Dr. sc. agr.
Profesor catedrático jubilado de la UCR y la UNED
Miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad (RCB) y de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina (UCCSNAL)
biodiversidadcr@gmail.com

A propósito de la alocución de la escolar Keyla Chavarría; por qué el reclamo de la infancia al respeto y al diálogo desarma la propaganda de la General Cañas y nos recuerda que la paz se practica con el ejemplo y no con la estricta estrategia del insulto.

Hay algo profundamente desconcertante en contemplar, durante este Mes de la Patria, la palabra PAZ iluminando la carretera General Cañas mientras Costa Rica atraviesa uno de los períodos de mayor crispación política de sus últimas décadas.

La instalación lumínica de la Compañía Nacional de Fuerza y Luz (CNFL) es hermosa, pero las palabras en el escenario público también funcionan como espejos. Esta imagen nos obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿es este despliegue un simple gesto patriótico o una flagrante contradicción política que pretende maquillar con propaganda la retórica oficialista de la confrontación?

El viejo refrán popular alberga una sabiduría implacable: «dime de qué presumes y te diré de qué careces». En este contexto, resulta contradictorio que el Poder Ejecutivo exalte la concordia en las carreteras mientras, en la práctica cotidiana, se cultiva el enfrentamiento permanente como método de gobierno.

Como hemos podido observar, durante la administración de Rodrigo Chaves, y ahora bajo la línea de continuidad de la presidenta Laura Fernández, el aparato estatal se ha concentrado en deslegitimar de forma sistemática a las instituciones que garantizan el equilibrio republicano. La Asamblea Legislativa, la Contraloría General de la República, el Tribunal Supremo de Elecciones y la prensa independiente han sido convertidos en blancos recurrentes de descalificaciones y etiquetados oficiales desde el poder.

Frente a este ambiente de constante hostilidad que promueven las altas esferas gubernamentales, la verdadera sensatez cívica ha brotado desde las aulas escolares. Los actos del pasado 1ero. de setiembre en el cantón de Coronado quedaron marcados por la intervención de Keyla Chavarría Jiménez, una estudiante de segundo grado y apenas ocho años de edad, quien con enorme lucidez sacudió la complacencia de los adultos al recordarles una verdad medular: «la democracia no solamente se hereda, también se cuida». Su mensaje desarmó la propaganda política actual, evidenciando que la estabilidad de una nación no se decreta, sino que se construye tolerando la disidencia.

Lamentablemente, el comportamiento del Gobierno transita por el rumbo contrario. En el preciso momento en que la escolar recordaba que el civismo exige convivir en la diversidad al dictar que «aprendemos democracia cuando vemos que las personas pueden pensar diferente y aun así se hablan con respeto», el ministro de Justicia y Paz utilizaba su papelería oficial para validar el rastreo y etiquetado de profesores y defensores civiles bajo la premisa de tenerlos «identificados». De manera simultánea, la presidenta de la República arremetía contra la independencia judicial, acusando públicamente a los veintidós magistrados de la Corte Suprema de amoldar sus fallos a conveniencias de continuidad de sus cargos.

Estos ataques rompen el tejido social elemental, dado que no puede haber paz institucional cuando se pretende arbitrariamente dividir al país entre «ciudadanos legítimos» que aplauden al oficialismo, y supuestos «enemigos de la patria» bajo registro y vigilancia estatal.

Por esa razón, las peticiones de Keyla constituyen un severo y directo emplazamiento ético a las autoridades del Estado. Al exhortar a los adultos a deponer los discursos de odio, Keyla sentenció: «Enséñennos con su ejemplo, enséñennos que podemos estar en desacuerdos sin convertirnos en enemigos. Enséñennos que nuestras palabras pueden construir en lugar de lastimar».

Lamentablemente, el oficialismo actual intenta validar su opacidad y sus despliegues autoritarios bajo la premisa de que el triunfo en las urnas les concede un poder absoluto e incuestionable. Olvidan de forma voluntaria que en nuestro ordenamiento constitucional el gobernante es un simple administrador transitorio y que el verdadero soberano es el pueblo. Los frenos técnicos de los tribunales y la fiscalización del periodismo independiente no son obstáculos ni complots; son las salvaguardas que protegen la libertad de la ciudadanía frente a los abusos del mandatario de turno.

La paz, tal y como lo resumió de forma magistral la escolar, va mucho más allá del desarme militar: «La paz no significa solamente vivir en un país sin ejército; significa también aprender a convivir, perdonar, escuchar y resolver nuestras diferencias sin violencia».

Siendo así, es claro que la auténtica fortaleza republicana no radica en gritar más fuerte desde un micrófono presidencial ni en atemorizar a la judicatura, sino en respetar la legalidad y actuar con la humildad de saber que el poder puede equivocarse.

Este próximo 14 de septiembre, cuando la ciudadanía responda a la convocatoria de participar activamente en la faroleada nacional portando luces y banderas blancas por la concordia, se estará enviando una advertencia contundente a las cúpulas políticas.

Es hora de que los inquilinos temporales de Casa Presidencial abandonen la estricta estrategia del insulto y demuestren con acciones que, tal como concluyó Keyla en Coronado, «todas las personas merecen ser tratadas con dignidad».

Imagen: Página de la CNFL en Facebook aportada por el autor.

En el mes de la Patria… La lección de Coronado: Una niña de ocho años le enseña democracia al poder

A propósito de la alocución de la escolar Keyla Chavarría; por qué su llamado al respeto y al diálogo desarma la retórica de la confrontación oficialista y nos recuerda que la paz es una tarea cotidiana

Por Jaime E. García González, Dr. sc. agr.
Profesor catedrático jubilado de la UCR y la UNED
Miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad (RCB) y de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina (UCCSNAL)
biodiversidadcr@gmail.com

«La grandeza de una república no reside en la estridencia de quienes gobiernan, sino en los anhelos de dignidad de su gente y en los límites que la ley le impone al capricho del poder».

Al inaugurarse este mes de la patria en la Costa Rica de 2026, el ambiente nacional se respira tenso, marcado por una preocupante polarización y por discursos oficiales que erosionan cotidianamente el respeto institucional. Frente a esa estridencia permanente que emana desde las cúpulas del poder, la bocanada de aire fresco y lucidez cívica ha venido desde la inocencia escolar.

Este artículo se basa en la conmovedora alocución pronunciada el pasado 1ero. de setiembre en el parque de San Isidro de Coronado por la niña Keyla Chavarría Jiménez, de segundo grado de escuela y tan solo ocho años de edad, con ocasión de la apertura del Mes de la Patria. Sus palabras no repiten consignas de la politiquería barata; por el contrario, configuran una lección magistral de civismo que desmonta el populismo discursivo y nos recuerda que «la democracia no solamente se hereda, también se cuida».

El mensaje de Keyla es un recordatorio de que la salud de una república depende de la calidad ética de la convivencia humana y del respeto absoluto a las reglas del juego democrático. Mientras el aparato propagandístico del oficialismo insiste en insultar a los críticos y en catalogar de enemigos a quienes piensan distinto, la estudiante de segundo grado devolvió la brújula al debate nacional al sentenciar que «aprendemos democracia cuando vemos que las personas pueden pensar diferente y aún así se hablan con respeto».

En una Costa Rica que padece el debilitamiento de su Estado social, la persecución discursiva hacia la academia y el quebrantamiento de la neutralidad pública, la voz de la infancia nos alerta que los valores de la paz y la libertad «no debemos darlos por sentado», ya que «la democracia es un tesoro que recibimos de quienes estuvieron antes que nosotros».

A la par de esta hermosa profesión de fe cívica, la alocución de Keyla se convierte, de forma involuntaria pero categórica, en la advertencia más severa para los gobernantes que confunden el mandato temporal de las urnas con una corona absolutista.

Cuando el Poder Ejecutivo utiliza la descalificación sistemática como herramienta de gestión, el clamor escolar resuena como un emplazamiento ético directo a los adultos que dirigen el Estado: «Enséñennos con su ejemplo, enséñennos que podemos estar en desacuerdos sin convertirnos en enemigos. Enséñennos que nuestras palabras pueden construir en lugar de lastimar».

Gobernar bajo el imperio del derecho implica entender, tal como lo expuso esta niña en Coronado, que «la paz no significa solamente vivir en un país sin ejército, significa también aprender a convivir, perdonar, escuchar y resolver nuestras diferencias sin violencia».

La soberanía no reside en las marcas de un partido político transitorio, sino exclusivamente en el pueblo —esa Nación plural y soberana que define nuestra Constitución—, y la mejor forma de honrarla en este mes patrio es protegiendo los contrapesos institucionales que blindan la libertad de los ciudadanos frente al abuso.

El próximo 14 de setiembre, cuando se espera que muchos ciudadanos participen en la faroleada que se está convocando y utilicen la luz blanca de la concordia para disolver pacíficamente la retórica del odio, la ciudadanía estará respondiendo al llamado de esta escolar de ocho años para «defender siempre el respeto» y «construir juntos una cultura de paz».

Escuchemos la reserva moral que habita en nuestras aulas y exijamos a los administradores temporales del Estado que abandonen los gritos estridentes; es hora de que demuestren estar a la altura de la dignidad que el cargo les demanda y de la grandeza del pueblo al que juraron servir.

«Faroleada por la Democracia»: convocatoria regional para el 14 de septiembre

La Colectiva Autónoma Por la Resistencia Social hizo un llamado a convocar una «Faroleada por la Democracia» en cada región del país, actividad programada para el domingo 14 de septiembre, a partir de las 4:00 p.m.

La convocatoria cuenta con la suscripción de una amplia lista de organizaciones sociales, estudiantiles, sindicales, feministas, comunitarias y de la diversidad, entre otras, que respaldan la iniciativa como una actividad de carácter descentralizado, invitando a que cada región del país organice su propia faroleada bajo esta misma consigna.