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Etiqueta: fe cristiana

Iglesia Presbiteriana de Venezuela condena la violencia, llama a la paz y defiende la soberanía

Desde su identidad cristiana y su compromiso histórico con la dignidad humana, la vida, la justicia y la paz, la Iglesia Presbiteriana de Venezuela (IPV) emitió un comunicado oficial en el que rechaza de forma contundente la violencia y la intervención militar contra el territorio venezolano, y expresa su solidaridad con el pueblo ante los hechos ocurridos el 3 de enero de 2026.

En el documento, la Iglesia señala que toda acción que genere muerte es contraria al Evangelio y a la práctica cristiana, por lo que manifiesta su rechazo absoluto a cualquier forma de violencia y destrucción del territorio nacional.

Asimismo, declara inaceptable la intervención militar y el bombardeo por parte del Gobierno de los Estados Unidos, calificando estos hechos como una tragedia que ha vulnerado la dignidad del pueblo venezolano, su soberanía y su derecho a la autodeterminación.

La Iglesia Presbiteriana de Venezuela expresa su profundo dolor por las numerosas víctimas civiles y militares producto de esta acción, manifestando acompañamiento espiritual a sus familias y reconociendo el sufrimiento que hoy recae sobre el país.

El comunicado advierte que se trata de una situación grave que trasciende las fronteras nacionales, ya que afecta a la región y al mundo, al revertir principios fundamentales del derecho internacional y atentar contra la dignidad de los pueblos.

En un llamado amplio, la Iglesia dirige sus oraciones y su disposición de servicio al pueblo de Venezuela, al pueblo de los Estados Unidos y a los pueblos del mundo, así como a las iglesias y al gobierno venezolano, con el fin de contribuir al restablecimiento de la paz, la soberanía, la unidad y el amor cristiano.

De igual forma, invita a todas las comunidades de fe a mantener una práctica constante y consciente de oración, clamando con esperanza al Dios de la vida y de la historia, y a desarrollar acciones pastorales de apoyo a la salud emocional, física y a las necesidades básicas de la población, según las posibilidades de cada comunidad. También llama a participar activamente en todo esfuerzo que defienda la soberanía nacional dentro de un marco de diálogo, justicia y paz.

Como Iglesia cristiana, la IPV hace un llamado a mantener la calma y la confianza en Dios, recordando que la paz verdadera proviene de la justicia y del respeto a la vida.

Finalmente, expresa su agradecimiento a las personas, organizaciones religiosas, organizaciones civiles e instancias internacionales que han manifestado su solidaridad, ánimo y apoyo incondicional al pueblo venezolano y a la Iglesia Presbiteriana de Venezuela frente a los acontecimientos recientes.

El comunicado es suscrito por la Junta Coordinadora de la Iglesia Presbiteriana de Venezuela.

El Evangelio no cabe en una etiqueta

Pbro. Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista

Miro con dolor cómo la polarización hiere a la Costa Rica de hoy, donde el diálogo se desvanece y los matices se vuelven sospechosos. Antes nos cuidábamos de no quedar atrapados bajo etiquetas ideológicas; hoy, en cambio, las exhibimos como estandartes, como si los rótulos pudieran definir la verdad o medir la fe. Pero muchas veces no revelan convicciones profundas, sino que responden a prejuicios ajenos, a lealtades impuestas, a una necesidad de pertenencia que termina sofocando la conciencia.

En medio de esa fractura, algunos se refugian bajo la identidad de “conservadores”, como escudo de valores, familia o fe. Pero esa proclamación, tan estridente como cómoda, no basta para encarnar el Evangelio. La fe no se verifica en el discurso repetido ni en la trinchera ideológica que se ocupa, sino en la coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. Ser cristiano no es alinearse con un bando, sino dejarse transformar por la verdad que libera, por el amor que incomoda, por la justicia que interpela.

Ciertamente, decirse “conservador” puede expresar el deseo legítimo de custodiar valores, pero también puede convertirse en coartada para mantener estructuras, privilegios o formas de poder que nada tienen que ver con el Reino de Dios. A menudo, quienes se declaran guardianes de la moral y del orden parecen olvidar que Jesús no fue un defensor del statu quo. Fue, por el contrario, quien incomodó, rompió barreras, sanó en sábado y se acercó a los que la religión oficial despreciaba.

El Evangelio no puede reducirse a una agenda ideológica. Quien intenta confundir el cristianismo con una postura política —sea conservadora o progresista— termina desfigurando el mensaje de Cristo. Jesús no vino a fundar un movimiento de derecha ni de izquierda, sino a transformar el corazón del ser humano y a reconciliarlo con Dios y con los demás.

Ser cristiano no significa conservarlo todo; significa discernir qué merece resguardarse y qué necesita transformarse. La fidelidad al Evangelio no se traduce en inmovilismo, sino en conversión constante. En palabras de san Pablo: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno” (1 Tes 5,21). Es decir, ni aceptar sin pensar lo nuevo, ni idolatrar lo antiguo. Como escribió Henri de Lubac, “no confundamos fidelidad a lo eterno con apego al pasado”. Esa distinción es clave para evitar que la fe se convierta en un refugio nostálgico en lugar de una fuerza viva que impulsa hacia adelante.

En su alocución de Navidad dirigida a la Curia romana – 2023-, el Papa Francisco instó a permanecer “vigilantes contra el fijismo de la ideología que, a menudo, bajo la apariencia de buenas intenciones, nos separa de la realidad y nos impide caminar”. Esta advertencia ilumina con claridad lo que ocurre cuando alguien se define públicamente como “conservador”, no en el sentido de custodiar con humildad el Evangelio, sino en el de erigirse en guardián ideológico con etiqueta moral-espiritual.

La verdadera fe no se mide por la resistencia al cambio, sino por la capacidad de amar, perdonar y servir. Muchos se dicen conservadores y, sin embargo, fomentan divisiones, desprecian a los diferentes o justifican la exclusión. ¿Qué hay del Evangelio en eso? El Reino de Dios no se defiende con consignas, sino con gestos de misericordia.

Lo he visto una y otra vez: cuando la fidelidad al Evangelio se vive con radicalidad, incomoda tanto a conservadores como a progresistas. No porque provoque, sino porque interpela. Rechazar esas etiquetas no es evasión; es una forma de custodiar la libertad interior, esa que permite actuar desde la conciencia y no desde la presión grupal. No lo digo como juicio, sino como experiencia: la fe auténtica descoloca, incomoda, despierta. Y en ese despertar, nos recuerda que seguir a Jesús no es alinearse con un bando, sino dejarse transformar por la verdad que libera y el amor que exige.