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Etiqueta: Hegel

Heráclito de Éfeso: el filósofo de todos los tiempos

Gabe Abrahams

Heráclito de Éfeso fue un filósofo presocrático que influyó sobre algunos de los principales pensadores de todos los tiempos. Este artículo repasa su biografía y pensamiento.

Entre los filósofos del mundo clásico, uno de los más destacados fue el griego presocrático Heráclito de Éfeso. Un filósofo materialista, panteísta y dialéctico. Los datos de su biografía que se conocen y su pensamiento resultan de sumo interés.

Heráclito de Éfeso o Heráclito el Oscuro nació en Éfeso en el siglo VI antes de nuestra era (sus fechas de nacimiento y muerte son discutidas), un lugar situado en la costa de Jonia, actual Turquía.

Éfeso se encontraba en aquel momento bajo el Imperio Persa, siendo una de las doce ciudades jónicas de las orillas del mar Egeo. Y la relación entre los persas conquistadores y los jónicos sometidos no era fácil. Al final, se produjo la revuelta jónica contra el dominio persa, suponiendo la batalla de Éfeso (498 a.n.e.) el fin de la resistencia jónica.

La importancia de Éfeso perduró en el tiempo y un hecho que lo prueba es que el judío Pablo de Tarso, el discípulo del rabino Jesús que protagonizó la fundación y el desarrollo del cristianismo en el siglo I, permaneció allí varios años. Éfeso tenía en aquellas fechas una numerosa comunidad judía que contaba con una sinagoga y, probablemente, aquello motivó la presencia de un Pablo deseoso de convertir a los judíos en seguidores de su grupo y Jesús.

Éfeso y la situación entre los persas y los jónicos influyeron en el joven Heráclito, nacido y crecido en el seno de una familia de la aristocracia, de tal forma que la rechazó y decidió vivir retirado para poder buscar la verdad. En esa soledad, Heráclito logró encontrar las ideas que lo hicieron indispensable para algunos pensadores posteriores.

Solitario y autodidacta, Heráclito dejó para la posteridad ideas claves. Las tres principales que perduraron a través de los siglos y milenios no tienen desperdicio.

Heráclito defendió la idea de que, detrás de la diversidad, se encuentra una sustancia única, el Uno. “No escuchándome a mí, sino al Logos, es sabio confesar que todas las cosas son Uno”, apuntó.

Dos mil años después, en los siglos XVI y XVII, pensadores de gran talla como Giordano Bruno o Baruch Spinoza retomaron esa idea de Heráclito. Bruno, en su obra De la causa, principio y obra (1584), escribió que “el Uno, el infinito, el ser es lo que está en todo y por todo… De qué manera en el Universo toda la diversidad y diferencia que notamos no son sino los diversos y distintos aspectos de la misma sustancia”.

La osadía de retomar esa idea le costó a Bruno ser ajusticiado por la Inquisición católica y acabar quemado en una hoguera en el año 1600. En la plaza Campo de’ Fiori de Roma, el lugar en el que sufrió el calvario, una estatua lo recuerda.

El Logos que citaba Heráclito era, por cierto, una especie de razón universal presente en todo el Cosmos y en los seres humanos, aunque una mayoría de estos no la entendía.

Heráclito también defendió la idea de que la diversidad de ese Uno se encuentra en constante cambio, ya que todo fluye (panta rei, en griego clásico). “Son distintas las aguas que cubren a los que entran en el mismo río”, apuntó. En torno a la idea de que todo fluye, el pensador Gottfried Leibniz afirmaría en su obra La Monadologie (1714) que “todos los cuerpos están en un estado de flujo perpetuo como los ríos”.

Y Heráclito, además, exaltó una tercera idea de suma importancia, la cual defendió que los contrarios se hallan dentro de una unidad. “No comprenden cómo lo que está en lucha consigo mismo puede estar de acuerdo: unión de (fuerzas) contrarias, como el arco y la lira”, sentenció.

Más de dos mil años después de Heráclito, en pleno siglo XIX, esta idea sería primero recuperada por el pensador Georg Wilhelm Friedrich Hegel y su idealismo dialéctico y, después, por Karl Marx y su materialismo dialéctico, al igual que por seguidores de este último como Vladímir Lenin.

Hegel admiró a Heráclito, afirmando en su libro Lecciones de Historia de la Filosofía (1830) que “no hay proposición suya que yo no haya aceptado en mi Lógica”. Según Lenin, en la obra Sobre la naturaleza de Heráclito, se encontraba “una excelente definición de los principios del materialismo dialéctico”.

El método de Karl Marx, el cual defiende que las condiciones materiales resultan determinantes, comprende la crítica al capitalismo, el materialismo histórico y el citado materialismo dialéctico. Y este a la vez se basa en la ley de la unidad y lucha de los contrarios, la ley del paso de la cantidad a la calidad y la ley de la negación de la negación.

Aparte de Hegel, Marx y Lenin, también el pensador Friedrich Nietzsche retomó las ideas de Heráclito, reivindicando su figura. En La filosofía en la época trágica de los griegos (1873), escribió: “Los sabios panteístas del estoicismo encontraron en Heráclito un ideal… Heráclito ve, pues, una sola cosa, pero en un sentido opuesto al de Parménides. Todas las cualidades de las cosas, todas las leyes, todo nacer y perecer son una continua manifestación de la existencia del Uno”.

Heráclito de Éfeso, el gran filósofo materialista, panteísta y dialéctico, en definitiva, trazó el camino por el que transitaron algunos de los más destacados pensadores de la historia. Sembró con sus brillantes ideas un pensamiento occidental que nutrió a varios de los más grandes filósofos de todos los tiempos.

La vida de Heráclito de Éfeso se vio finalmente interrumpida por una hidropesía, desencadenando esa enfermedad su fallecimiento hacia el año 470 a.n.e. Tras su marcha, su discípulo más fiel fue Crátilo, el maestro de Platón. El paso de los siglos y milenios, sin embargo, haría crecer el número de sus seguidores hasta el infinito.

Hegel y Marx: la dialéctica del amo y del esclavo

Por Arnoldo Mora

La dialéctica del amo y del esclavo es una de las páginas más célebres de LA FENOMENOLOGÍA DEL ESPÍRITU, una de las obras mayores de Hegel, quien es considerado como uno de los filósofos más influyentes de los últimos doscientos años. La dialéctica del amo y del esclavo constituye uno de los mayores aportes y de mayor trascendencia de la filosofía hegeliana a la filosofía contemporánea; sobre todo, si tenemos en mente la versión que de la misma hizo Marx a la luz de las categorías epistemológicas que sustenta el materialismo histórico; por eso resulta difícil, por no decir imposible, separar una versión de la otra, si bien es indispensable hacer este intento para mejor sopesar y valorar el aporte de una u otra versión. Para Hegel, la dialéctica del amo y del esclavo caracteriza una de las “figuras de la conciencia” histórica: la antigüedad clásica, que Hegel analiza particularmente a propósito del Imperio Romano. En concreto, para Hegel se trata de comprender la historia como vivencia existencial colectiva, tomando en cuenta una ética de la alteridad, basada en una concepción integral de la sociedad y de la confrontación de los sectores que la componen; todo lo cual da un enfoque político a los procesos históricos, entendiendo por “política” el ámbito social donde se libra la lucha por el poder y su resultante como ejercicio del mismo en el Estado. Para ello, se requiere asumir un punto de vista epistemológico, a tenor del cual se analizan los hechos no sólo como realidades objetivas como hace el historiador, sino desde la conciencia vivida de los principales protagonistas de la historia; ya que lo importante para nuestro filósofo en la historia, más que los hechos tomados como eventos aislados o, más exactamente, a partir de los hechos fácticamente tomados, aquí se busca explicar la racionalidad que rige, no tanto los hechos individualmente tomados, sino los procesos históricos que los rigen y explican; por lo que se reflejan en las instituciones que en esos períodos históricos se crearon.

En este caso concreto, el aporte más significativo de la Roma clásica a la cultura universal fue la creación del primer Estado propiamente dicho (Maquiavelo) y su justificación racional mediante el derecho. En la historia, tal como la solemos estudiar, se caracteriza a la sociedad y al Estado de la Roma Imperial, organizada como una sociedad “esclavista”. Desde un enfoque epistemológico, la sociedad romana debe verse como un todo socio-cultural, donde amos y esclavos son por igual, aunque con roles diametralmente diferentes, sus artífices; en una sociedad esclavista, unos y otros son indispensables. Al analizar la conciencia del hombre romano, Hegel señala que uno de sus componentes es el esclavo, tan imprescindible como el señor, si bien con un rol irreconciliablemente antagónico. En consecuencia, si caracterizamos la conciencia del romano, sea amo o sea esclavo, estamos ante una conciencia alienada, dado que una de las partes que la componen, es negada por la otra; estamos ante una conciencia en conflicto, en lucha contra sí misma. El esclavo es la negación del amo; por su parte, el amo se niega a sí mismo, al negarse a reconocer uno de los elementos constitutivos de su propia conciencia. Ese elemento, que es el esclavo, es la parte material de la conciencia del amo, y el amo es la parte pseudoespiritual o trascendente de la conciencia del esclavo; por lo que éste lleva a su dominador dentro de sí mismo; su conciencia también está enajenada.

El amo sólo sueña en ser conquistador por la violencia, por lo que desprecia al esclavo a quien ha vencido obligándolo a producir lo necesario para satisfacer las necesidades materiales, es decir, la vida mediante el trabajo. Dentro de este contexto político y cultural, el esclavo no es una persona, no es un sujeto de deberes y derechos sino un instrumento o herramienta de trabajo; su vida, a los ojos del señor, no se justifica más que por la producción de bienes materiales; razón por la cual justifica su existencia objetivando su esencia de esclavo mediante el producto de su músculo, aunque no le pertenece sino al amo, es él – el esclavo – el que produce la riqueza; esta es la razón por la que el amo le perdona la vida. Lo que el amo olvida es que, si bien el esclavo necesita del amo para sobrevivir, el amo también necesita del esclavo, porque sin su trabajo se moriría de hambre. No hay amo sin esclavo; el amo necesita del esclavo para afirmar su libertad y justificar su condición de amo; el esclavo le es imprescindible; por lo que el esclavo se convierte en su destino inexorable; hasta el punto de que el amo termina por depender de la existencia misma del esclavo.

Por eso el esclavo se libera, es decir, produce su propia libertad, al objetivar la conciencia alienada mediante el trabajo material, mientras el amo destruye su propio ser en el goce o disfrute del trabajo ajeno. Más que el esclavo, es el amo quien necesita del esclavo para su propia sobrevivencia. El amo está más lejos de su liberación que el esclavo; el amo sólo podrá lograr su libertad, es decir, desenajenar su conciencia de esclavista, mediante la reconciliación con el esclavo; lo que equivale a reconocer la condición de persona del esclavo y, con ello, su condición de sujeto de derechos y deberes. Lo cual significa que el amo debe negarse a sí mismo, vivir su propia contradicción intrínseca como su destino inexorable como individuo (Hegel) y el fin de su clase social como destino histórico (Marx).

Finalmente, si vemos este proceso dialéctico a más largo plazo, es decir, desde el punto de vista de una filosofía de la historia de Occidente, como lo hacer Hegel en la obra mencionada, el hombre medieval – período que sigue a la época clásica esclavista – se caracteriza por asumir su existencia como “conciencia desdichada” o conciencia desgarrada, que ya en sus escritos de juventud Hegel caracterizaba como lo propio del cristianismo; tal es la conciencia de culpabilidad por considerarse un pecador. Esa concepción teológica llega al paroxismo con los reformadores, de donde proviene el propio Hegel. Por su parte, el reconocimiento de los derechos y deberes del esclavo, es decir, de las clases sociales subalternas, implica una revolución, no sólo política, sino también cultural. Para Marx, esto sólo se da con un cambio en la clase social dominante, cosa que, históricamente, se logra gracias al advenimiento del modo de producción feudal y la cultura medieval básicamente teológica, “metafísica”, diría Comte. Con ello la contradicción interna y existencial del hombre medieval se traslada al más allá, con lo que la vida aquí en la tierra se ve tan sólo como un tránsito a la otra vida, la que es considerada como la definitiva y plena; el más allá es la razón de ser del más acá. Las grandes peregrinaciones religiosas son la más evidente expresión de esa cultura, dirá Hegel.

Los 250 años del nacimiento de Hegel y su entorno histórico / conferencia

El Instituto de Investigaciones Filosóficas (INIF) y la Asociación Costarricense de Filosofía (ACOFI) le invitan este miércoles 23 de setiembre a las 6 p.m. a la conferencia: «Los 250 años del nacimiento de Hegel y su entorno histórico«, con la participación del Dr. Arnoldo Mora Rodríguez.

Modalidad de Plataforma Zoom.

ID: 72074715066

Código de acceso: 3U5cQH.