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Etiqueta: integridad moral

Guía para creyentes: por quién votar en las elecciones del 2026

Eduardo Sasso*

En las elecciones nacionales de 2022, el expresidente de Costa Rica, José María Figueres, visitó un templo para arrodillarse y orar a Dios el día de la votación.

A muchos la escena les generó una pregunta: ¿Sería el exmandatario alguien de verdad devoto al Altísimo? ¿Alguien que honra a Dios con sus acciones?

No somos quienes para juzgar ni condenar —ni deberíamos—. Pero más allá de la capacidad técnica o profesional que un candidato pueda o no tener, el incidente nos lleva a considerar la relación entre la fe y la política, así como la integridad moral de quienes nos representan en el poder.

Cinco criterios para evaluar a líderes públicos

Los escritos bíblicos contienen una biblioteca de voces que pueden darnos sabiduría al evaluar a los candidatos a presidente y diputados que profesen ser personas de fe. Aquí un resumen de cinco nada más:

1) “Cuando fui a ustedes para anunciar el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría . . . sino que estuve entre ustedes con debilidad, y mucho temor y temblor.” (1 Corintios 2:1-3)

Según el apóstol Pablo, la asertividad y la elocuencia no tienen prioridad en el cristianismo. Quien mejor habla no es quien mejor actúa. Más bien, “Dios ha escogido lo débil para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27).

Ante una congregación que admiraba el carisma y la sabiduría mundana, Pablo enfatizó una y otra vez la “estupidez” de un rey crucificado (1 Cor 1-2). “La fe, la esperanza y el amor” (1 Cor 13) son la marca de quien tiene el Espíritu de Dios.

2) “Solamente nos pidieron que nos acordáramos de los pobres; lo cual también procuré hacer con diligencia.” (Gálatas 2:10)

Acá los apóstoles de Jerusalén instaron a Pablo a retomar el lugar prioritario que tenían los más necesitados en el judaísmo (la viuda, los huérfanos, los extranjeros). Acordarse de los más pobres no es una opción; más bien, requiere “diligencia”.

Lo enfatiza también Juan en su evangelio y en sus cartas, donde subraya que quien dice amar a Dios debe también amar a quienes no tienen casa ni pan. Por su parte, el autor del Apocalipsis condenó “la vanagloria y el lujo arrogante” (Apocalipsis 18:7) como algo incompatible con seguir a Jesús.

3) “No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan se les medirá.” (Mateo 7:1-5)

Un verdadero creyente no apunta dedos ni condena a otros, sino que extiende manos; no juzga, más bien construye y busca primero que su vida refleje lo que predica. Nadie puede tirar piedras, porque nadie está libre de pecado.

4) “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro o querrá mucho a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir a la vez a Dios y a las riquezas.” (Mateo 6:24)

Este reto atraviesa el corazón de lo que implica servir a Dios y al evangelio, no con la boca sino con la vida. Quienes priorizan el crecimiento económico por encima del bien común se equivocan y distorsionan la política de Jesús. El dinero no es una meta final, sino un instrumento que debe ponerse al servicio del reino de los cielos aquí abajo.

La gente de fe debe reconocer que el dinero es un medio para alcanzar los propósitos de Dios en la tierra: una vida de justicia y paz para todos, en especial para los más necesitados (Santiago 2:1-13; 1 Juan).

5) “Revístanse de afecto entrañable y bondad, humildad, amabilidad y paciencia…” (Colosenses 3:12-14)

Muy por encima de sus promesas en campaña, quien sigue a Jesús refleja las distintas virtudes que los apóstoles enlistaron en varias de sus cartas. En este caso, según el apóstol Pablo, alguien que hace buenas obras, es humilde, tiene capacidad de escucha, se comporta de forma amable con todos y es paciente ante sus oponentes o detractores. Además de las propuestas políticas y económicas (importantes), el carácter y la integridad moral de quienes lideran son todavía más importantes.

Más allá de frases puntuales

Entre muchos otros, es importante enfatizar que estos son solo cinco aspectos que podemos tener en cuenta al elegir a un candidato. Más allá de frases puntuales en esta guía para creyentes —y del virus de la llamada versiculitis aguditis— necesitamos evaluar a los candidatos (y a sus partidos y diputados) a la luz de toda la narrativa del canon de las Escrituras.

Esta narrativa comienza con la creación de todas las cosas, se detiene en la llegada del reinado de paz y justicia desde tiempos de Jesús y apunta a la restauración de todas las cosas aquí en la tierra.

Todavía más importante: debemos comparar qué tan bien los distintos candidatos reflejan el carácter de Jesús mismo, a quien el autor del Apocalipsis proclamó Rey de reyes.

“Imiten a Dios como hijos muy amados y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios.” (Efesios 5:1-2)

Independiente de discursos, independiente de oraciones, independiente de arrodillarse o no en un templo, es la forma de vivir la que importa: “la fe que actúa por medio del amor” (Gálatas 5:6).

¿Refleja esta persona el carácter de Jesús? ¿Imita en su vida el amor de Dios? ¿Hay evidencia de que haya trabajado por políticas que demuestren dar prioridad a los más marginados y olvidados en las zonas más remotas de Costa Rica?

Un candidato que ejemplifique el amor de Dios buscará gobernar para todos, incluidos sus detractores. Más importante, gobernará sabiendo que él o ella mismo no es ni bueno ni justo sino necesitado, al igual que los demás, de la sabiduría, la gracia y la bondad de Dios.

Resuena aquí el llamado de Jesús en el Sermón del Monte:

“Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan el bien a quienes los odian, y oren por los que los maltraten y los persigan; para que así sean hijos de su Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.” (Mt 5:44-45)

*Eduardo Sasso es máster en teología interdisciplinaria y autor de Jesús Presidente, un libro que explora el legado de Jesús de Nazaret para el mundo de hoy. Este texto se encuentra en la página del autor y fue compartido con SURCOS por Flora Fernández Amón.

Fuente: https://www.jesuspresidente.org/post/guia-para-creyentes-por-quien-votar-en-el-2026

¿Nos estamos convirtiendo en un país de “arrastrados”?

Henry Mora Jiménez

En el español costarricense, el adjetivo «arrastrado» o «arrastrada» es un término muy coloquial y bastante fuerte, cargado de un significado negativo.

La característica principal de una persona «arrastrada» es la falta de dignidad, de vergüenza o de auto respeto. Se usa para describir a alguien que se rebaja o humilla a sí mismo por algún interés calculado, para conseguir un beneficio, ganar el favor de alguien o por simple sumisión.

Y claramente, la palabra engloba varias actitudes que se consideran despreciables, como por ejemplo:

  1. Servilismo y adulación excesiva: Es la característica principal. Un «arrastrado» es un «lamebotas» o un «chupamedias». Hace todo lo que le pide otra persona (generalmente alguien con más poder o estatus) sin cuestionar, con tal de quedar bien.
  2. Falta de autenticidad: No actúa por sus propias convicciones, sino por mera conveniencia. Cambia su opinión o comportamiento para coincidir con quien cree que le puede ayudar.
  3. Oportunismo: Se aprovecha de situaciones o se apega a las personas para sacar un provecho, sin importarle los medios.
  4. Sumisión extrema: No defiende su posición ni su dignidad. Permite que lo traten mal con tal de no perder el favor de la otra persona.

Veamos algunos ejemplos de uso común:

En el trabajo: Un compañero que le hace todos los mandados al jefe, le dice siempre que sí a todo (incluso cuando está mal), y le cuenta chismes de los otros empleados con tal de ser el favorito.

En la política: Un persona que defiende ciegamente a un político o partido, ignorando todas sus faltas, solo por fanatismo o porque espera conseguir un puesto o una dadiva.

En la vida social: Alguien que solo busca amistad con gente de dinero o influencia, cambiando su forma de ser para encajar y obtener beneficios.

En una relación de pareja: Una persona que acepta maltratos, infidelidades o faltas de respeto constantes por no tener la voluntad de terminar la relación.

En resumen, llamar a alguien «arrastrado» en Costa Rica es un insulto grave al carácter de esa persona. Es acusarla de carecer por completo de dignidad y de actuar de manera servil y oportunista. Es un término que refleja desprecio hacia la actitud de quien no valora su propia integridad por un beneficio mezquino.

Pero ¿Y qué observamos en la Costa Rica actual?

Diputados y diputadas serviles y acríticos al poder de turno, aunque con sus acciones nieguen radicalmente lo que en el pasado juraron defender; alcaldes y alcaldesas oportunistas que se pasan de bando partidario no por verdadera convicción sino por interés propio; ciudadanos sumisos y sin escrúpulos que avalan la corrupción, los berrinches y las faltas del presidente sin importar su gravedad; medios de comunicación (públicos y privados) y periodistas que venden su imparcialidad al mejor postor; políticos y líderes sociales que cambian de partido como cambian de vestimenta; dirigentes políticos que ya ni se apenan de que sus partidos sean denominados “partidos taxi”; funcionarios públicos que aplauden y ejecutan órdenes evidentemente incorrectas o ilegales con tal de no contrariar al Ministro de turno o a Casa Presidencial; “influencers” que se comportan como verdaderos sicarios de la verdad y defensores de la “post verdad”. Y ni mencionemos el servilismo hacia el gran vecino del norte, que con contadas excepciones siempre nos ha caracterizado.

Como ha ocurrido en otras ocasiones cuando se han normalizado insultos hasta convertirlos casi en cumplidos (recuerdo en especial el término choricero: “soy choricero, y qué?”), Costa Rica transita hoy por un filo de navaja. La gran diferencia y el peligro real radica en que esta vez no se trata de un mote para un grupo, sino de la normalización de «ser un arrastrado» como estrategia política y social válida. Estamos peligrosamente cerca de que la falta de dignidad, el servilismo y el oportunismo -las actitudes que precisamente definen al «arrastrado»- dejen de ser vistos como lo que son: vicios repudiables que carcomen la confianza y pudren el tejido social. Al aceptar pasivamente que políticos, líderes e influencers actúen con una absoluta falta de autenticidad y vergüenza, no solo los normalizamos: les damos un permiso tácito para que sigan destruyendo los cimientos de la sana convivencia en beneficio propio. Esta no es una simple polarización; es la evidencia de una clara decadencia moral que nos degrada como sociedad.

Frente a esto, nuestro rechazo debe ser activo y consciente.

¡No lo aceptemos! Exijamos, como ciudadanos, autenticidad, coherencia y, sobre todo, dignidad en la vida pública.

¡No lo permitamos! Rechacemos con nuestro voto, nuestra voz y nuestra interacción diaria a quienes premian la sumisión y el arrastre.

¡No lo normalicemos! Señalemos y denunciemos la adulación excesiva y la falta de escrúpulos, aunque vengan de «nuestro bando».