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Etiqueta: inteligencia artificial

La UTN hacia una universidad de clase mundial: visión estratégica para la transformación y la competitividad internacional

MBA Lic. Bach. Luis G Martínez Sandoval
Académico Universitario Ciencias Económicas y Empresariales,
Comercio Exterior, Administración Aduanera
Especialista en Relaciones Económicas y Políticas Internacionales,
MBA Administrador de Empresas énfasis Mercados Globales y Negocios Internacionales.
Exfuncionario Banco Mundial IFC – Ecuador- y,
América Latina,
Escritor, Científico Social

La Universidad Técnica Nacional (UTN), creada mediante la Ley N.° 8638 en el año 2008, representa uno de los proyectos educativos más importantes impulsados por el Estado costarricense para fortalecer la educación superior técnica, tecnológica y científica. Desde su origen, la institución nació con el propósito de responder a las necesidades de formación del sector productivo nacional y de servir como puente entre la educación técnica y la educación universitaria, contribuyendo al desarrollo económico, social y tecnológico del país.

Después de casi dos décadas de existencia, la UTN ha logrado consolidar una presencia nacional significativa mediante sus sedes regionales y una oferta académica orientada a la empleabilidad y al fortalecimiento de sectores estratégicos de la economía. Su ubicación geográfica, particularmente en la provincia de Alajuela, le otorga ventajas competitivas extraordinarias debido a la cercanía con zonas francas, parques industriales, centros logísticos, el Aeropuerto Internacional Juan Santamaría y corredores de comercio internacional que la conectan con los principales mercados del mundo.

Sin embargo, los desafíos de la segunda mitad del siglo XXI exigen una transformación más profunda. La acelerada evolución de la ciencia y la tecnología, la digitalización de la economía, la inteligencia artificial, la automatización, la sostenibilidad ambiental y la competencia global por el talento obligan a replantear la visión institucional. La meta ya no debe limitarse a ser una universidad nacional exitosa, sino convertirse progresivamente en una universidad tecnológica de referencia para América Latina y, eventualmente, en una institución de rango mundial.

Para alcanzar ese objetivo, la UTN debe orientar su crecimiento hacia áreas estratégicas de alta demanda internacional. Entre ellas destacan la Ciencia de Datos, la Inteligencia Artificial, la Computación Cuántica, la Ciberseguridad, las Energías Renovables, la Biotecnología, la Tecnología de Alimentos, la Industria 4.0 y 5.0, la Logística Inteligente y las Cadenas Globales de Suministro. Estas disciplinas constituyen la base de las economías más dinámicas y representan oportunidades reales para que Costa Rica fortalezca su competitividad internacional.

La internacionalización debe convertirse en un eje transversal de toda la estrategia institucional. Esto implica fortalecer el bilingüismo, promover programas de doble titulación, impulsar intercambios académicos, establecer convenios con universidades líderes del mundo y desarrollar una cultura universitaria orientada hacia estándares globales de excelencia. La capacidad de atraer profesores visitantes, investigadores internacionales y estudiantes extranjeros será un indicador clave del avance institucional.

Un componente fundamental de esta transformación es el fortalecimiento de la investigación, el desarrollo y la innovación. La investigación universitaria debe responder prioritariamente a los problemas nacionales y regionales, contribuyendo a generar soluciones en áreas como sostenibilidad ambiental, salud pública, educación, productividad empresarial y desarrollo social. Más allá de la publicación de artículos científicos, la universidad debe enfocarse en generar impacto real mediante la transferencia tecnológica, la creación de patentes, la incubación de empresas, el emprendimiento innovador y la vinculación efectiva con los sectores productivos.

La sostenibilidad financiera constituye otro de los grandes desafíos institucionales. El financiamiento proveniente del Fondo Especial para la Educación Superior seguirá siendo esencial, pero resulta necesario complementarlo mediante alianzas público-privadas, cooperación internacional, fondos de investigación, convenios con organismos multilaterales y mecanismos innovadores de captación de recursos. Instituciones como el Banco Mundial, la Corporación Financiera Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Centroamericano de Integración Económica y los programas europeos de investigación representan oportunidades relevantes para financiar proyectos estratégicos.

Asimismo, la universidad debe avanzar hacia una transformación digital integral. La implementación de plataformas inteligentes de gestión, sistemas de gobierno digital, analítica de datos institucionales y automatización de procesos permitirá mejorar la eficiencia administrativa y académica. La incorporación de tecnologías emergentes fortalecerá tanto la experiencia estudiantil como la capacidad institucional para responder a las demandas de una sociedad cada vez más digitalizada.

El desarrollo del talento humano será igualmente determinante. La calidad de una universidad depende en gran medida de la excelencia de sus docentes, investigadores, directivos y personal administrativo. Por ello, es indispensable fortalecer los procesos de selección basados en competencias, promover la capacitación continua, garantizar condiciones laborales competitivas y fomentar una cultura organizacional orientada a la innovación, la calidad y la rendición de cuentas. El liderazgo institucional deberá caracterizarse por una visión estratégica, capacidad de gestión y compromiso permanente con la excelencia académica.

La consolidación de la calidad requiere además sistemas rigurosos de evaluación, acreditación y mejora continua. La UTN debe medir su desempeño mediante indicadores internacionales, comparar sus resultados con universidades líderes y participar activamente en rankings académicos globales. No se trata únicamente de mejorar posiciones, sino de utilizar esos referentes para impulsar procesos permanentes de aprendizaje institucional y fortalecimiento de capacidades.

Una visión de largo plazo también exige proyectar el crecimiento de la infraestructura física y tecnológica. El desarrollo de ciudades tecnológicas sostenibles alrededor de las sedes universitarias, en alianza con empresas de alta tecnología y sectores productivos estratégicos, podría convertir a la UTN en un ecosistema de innovación capaz de integrar educación, investigación, emprendimiento y desarrollo regional. Esta visión permitiría atender una población estudiantil creciente y consolidar espacios para la experimentación tecnológica y la transferencia de conocimiento.

Convertirse en una universidad de clase mundial implica responder preguntas estratégicas fundamentales: cuál será su identidad diferenciadora, cómo se financiará su crecimiento, cuáles serán sus áreas prioritarias de especialización, cómo medirá el éxito institucional y qué alianzas nacionales e internacionales serán necesarias para alcanzar sus objetivos. La claridad en estas definiciones permitirá construir una hoja de ruta sólida y sostenible para las próximas décadas.

En conclusión, la Universidad Técnica Nacional posee condiciones excepcionales para convertirse en un referente regional de educación superior tecnológica. Su origen, cobertura territorial, cercanía con los sectores productivos y orientación hacia la formación técnica constituyen fortalezas significativas. No obstante, alcanzar estándares internacionales requerirá una estrategia integral basada en innovación, investigación aplicada, internacionalización, transformación digital, sostenibilidad financiera y excelencia académica. El verdadero reto no consiste únicamente en ascender en los rankings mundiales, sino en formar profesionales altamente calificados, bilingües, innovadores y comprometidos con el desarrollo sostenible de Costa Rica. Si logra consolidar esta visión estratégica, la UTN podrá posicionarse como una universidad tecnológica líder en América Latina y proyectarse exitosamente hacia el escenario global.

Los pobres ¿electores de derecha?

Juan Huaylupo1

1 Catedrático. Docente e investigador pensionado. Facultad de Economía. Universidad de Costa Rica.

En los recientes procesos electorales de nuestra América se discute y se interpreta el papel desempeñado por los pobres, a quienes acusan, como siempre, de ignorantes, sin conciencia, conservadores y sumisos al poder totalitario por haber contribuido al triunfo electoral de explotadores, mafiosos, corruptos, tiranos, que privatizan la función pública, transgreden la Constitución de la República que liquidan la institucionalidad, centralizando y concentrando ilegal y dictatorialmente el poder estatal.

Ante esta situación y condición política existente en Costa Rica, Perú y Colombia, entre otros espacios nacionales, ¿los pobres son culpables?, ¿acaso los sectores medios, desempleados, funcionarios públicos, intelectuales, pensionados, empleados privados, periodista, militares, partidos políticos, entre otros, son espectadores inocentes de los resultados de los procesos y fraudes electorales, de la complicidad burocrática en las transgresiones a las funciones públicas que se realizan cotidianamente?

No, los pobres no son ignorantes ni complacientes con el totalitarismo, son sobrevivientes en la precariedad, inestabilidad o del chantaje laboral, de salarios insuficientes, de la vulnerabilidad ante la criminalidad, la salud pública, de la regresión cognoscitiva o de la inmunidad e impunidad del poder económico y político. Los pobres no se imaginan ricos ni pensar como ellos, pero al estar imposibilitados de perder lo que les permite subsistir, algunos son coaccionados. El culpabilizar por su condición a los pobres se ha interiorizado en los estereotipos y prejuicios de la estupidez colectiva, en contextos que históricamente han culpado a los débiles, enfermos, manifestantes, dominados, explotados o los asesinados.

En la actualidad la agudización del hambre, miseria, represión y guerras guardan correspondencia con el enriquecimiento de pocos en la aldea global, dueños de las nuevas tecnologías y de los negocios mundiales que también son protagonistas de la actual e inmensa regresión cognoscitiva. La expresión tecnológica actualizada de la estupidez, representada por la inteligencia artificial (IA), en nuestros días está siendo usada en las guerras, fraudes electorales y en la sustitución de millones fuentes de trabajo que en otros tiempos convirtieron el trabajo humano en una labor mecánica o robotizada, como es la formación académica. El absurdo de los dueños, creadores y difusores y creyentes de la IA afirman regresivamente que es superior a la inteligencia humana, tendencia que sustituirá las relaciones sociales a relaciones entre cosas hacia la extinción. El entusiasmo actual para que la máquina realice labores personales, sin intervención humana, se va transformando en tragedia.

El sistema imperante recrea incesantemente las condiciones para la reproducción ampliada de la riqueza privada, comprometiendo desde hace siglos a los empobrecidos del mundo a la mecanización newtoniana que persiste hacia la sustitución radical del trabajo a todos los sectores subalternos, no solo con su esfuerzo, subsistencia, pensamiento y actuación, también con su salud y vida, en contextos de inseguridad y miedo. Luego, la tendencia hacia la paulatina erradicación de los subalternos transcurre haciendo irrelevante y sustituible técnica y formalmente, su voluntad, decisión y acción política y electoral. Entonces, serán los pobres culpables de haber sido electos como presidentes a ignorantes y autócratas en Costa Rica, Perú y Colombia.

Tiempos de incertidumbre en el mundo: ¿qué significa esto para la gente de la Zona Sur o las zonas agrícolas?

José Rafael Quesada / pressenza

Durante décadas muchas personas creyeron que la llamada globalización traería estabilidad permanente, crecimiento económico continuo y una creciente integración entre los países. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos años nos muestran una realidad diferente. Vivimos una época caracterizada por la incertidumbre, el miedo, la fragmentación, la violencia y cambios acelerados que afectan tanto a las grandes potencias como a las pequeñas comunidades rurales en todo el mundo, y en Costa Rica también.

Hasta el concepto globalización se debió cuestionar por muchos por tratarse de una sola forma de relaciones entre personas y países, tanto que desde hace tiempo se habla de Mundialización y no de globalización -financiera- en todo caso.

Las guerras en Europa y Medio Oriente, las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, la competencia por minerales estratégicos, la transformación tecnológica impulsada por la inteligencia artificial y el cambio climático son expresiones de un nuevo escenario mundial. Lo que antes parecía distante hoy influye directamente en la vida cotidiana de millones de personas.

Para muchos habitantes de la Zona Sur de Costa Rica, que es una zona agrícola en crecimiento como muchas en el mundo y en América Latina por supuesto, la geopolítica puede parecer un concepto alejado en el tiempo y en el espacio. Sin embargo, basta observar cómo las fluctuaciones internacionales afectan el precio de los combustibles, los fertilizantes, los alimentos y el transporte para comprender que los acontecimientos mundiales llegan rápidamente hasta las comunidades rurales.

Cuando aumenta el costo del petróleo, gasolinas y el diésel, aumenta el costo de movilizar productos agrícolas. Cuando se interrumpen cadenas de suministro internacionales, ciertos insumos se vuelven más escasos o más caros. Insumos de por sí encarecidos por los costos, las distancias y la economía usurera. Cuando los fenómenos climáticos como el del Niño, se intensifican, las cosechas, los caminos, los puentes y la infraestructura local sufre mayores impactos. Y esto complica la participación de los agricultores en el intercambio de productos y servicios.

La incertidumbre global no solo tiene efectos económicos. También tiene consecuencias humanas. En muchos países crece la ansiedad, el caos, la movilización en las calles, el miedo al futuro y la sensación de que los cambios ocurren demasiado rápido. Paradójicamente, vivimos en una época con más acceso a la información y a la tecnología que nunca antes, pero también con mayores niveles de preocupación social.

Desde una perspectiva humanista, el desafío central no es únicamente tecnológico o económico. La pregunta fundamental es qué ocurre con las personas sobre todo que viven las zonas agrícolas alejadas, en medio de transformaciones tan profundas. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero no sustituye la necesidad de construir sentido, fortalecer vínculos comunitarios y desarrollar proyectos colectivos.

La Zona Sur o región Brunca posee importantes fortalezas para enfrentar estos desafíos. Su tradición agrícola, la experiencia de las cooperativas, las asociaciones de desarrollo, las Asociaciones administradoras del agua y las múltiples formas de organización comunitaria constituyen una base sólida de resiliencia social. Allí donde existen redes de cooperación y solidaridad, las comunidades suelen responder mejor a las crisis y adaptarse con claridad y eficacia.

Esto de las inteligencias artificiales, ejemplo, puede convertirse en una herramienta valiosa para mejorar la agricultura, agregar el acceso a la educación, el cierre de la brecha digital, fortalecer la atención en salud y facilitar la comercialización de productos rurales. Y es que para que esto ocurra, la tecnología debe ponerse al servicio de las personas y no al revés. ¿De qué sirve tener empresas y tecnología si no sirve al ser humano?

Vivimos realmente tiempos difíciles y complejos. Nadie puede predecir ni jugar de mago para predecir con precisión cómo será el mundo dentro de veinte años. Lo que sí sabemos es que las comunidades rurales y urbanas que cultiven la solidaridad, la cooperación y la capacidad de adaptación tendrán mayores posibilidades de prosperar.

Y es aquí donde cabe proteger esa capacidad del ser humano que es la intencionalidad, todos los seres humanos de las ciudades y las ruralidades tenemos esa intención para mover la propia vida y para tomar decisiones entre condiciones que le afectan la libertad.

La incertidumbre de la gente en el ámbito mundial es real. Pero insistimos, también los son la creatividad y la innovación humanas, la organización comunitaria y la capacidad de construir los futuros imaginados.

En última instancia, la mejor respuesta que podemos colocar frente a la incertidumbre y el miedo sigue siendo actuar para fortalecer lo que nos hace verdaderamente humanos como son la cooperación, la esperanza, el compromiso con el bienestar común y la intención de Humanizar la Tierra, o sea humanizar todos los ámbitos que nos encontremos en la vida.

¿Por qué los Papas suelen llegar antes?

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

Recientemente un colega periodista me hizo una observación que merece ser pensada. Si la Iglesia suele ser percibida como una institución lenta, prudente y, a veces, excesivamente cautelosa, ¿por qué con frecuencia los Papas parecen adelantarse a debates que después terminan ocupando el centro de la discusión pública?

Ocurrió con la cuestión social en el siglo XIX, cuando León XIII publicó Rerum Novarum en medio de las tensiones provocadas por la revolución industrial. Mientras muchos observaban únicamente los conflictos laborales inmediatos, el Papa comprendió que estaba surgiendo una nueva cuestión social que marcaría buena parte del siglo siguiente.

Más recientemente ocurrió con Juan XXIII. Cuando convocó el Concilio Vaticano II en 1959, no pocos consideraron que se trataba de una iniciativa innecesaria. La Iglesia parecía estable y el mundo occidental vivía una etapa de prosperidad. Sin embargo, el Papa percibió transformaciones culturales que apenas comenzaban a manifestarse y comprendió que la Iglesia debía prepararse para dialogar con una sociedad profundamente distinta.

Ocurrió también con Pablo VI. En Populorum Progressio (1967), advirtió que el desarrollo humano no podía reducirse al crecimiento económico y alertó sobre las desigualdades entre naciones. Décadas después, la globalización, las migraciones y las persistentes brechas sociales confirmaron la vigencia de aquellas intuiciones.

Algo semejante sucedió con Juan Pablo II. Mucho antes de la caída del comunismo, percibió que los sistemas políticos que negaban la libertad humana contenían contradicciones internas que terminarían debilitándolos.

Ocurrió con la ecología integral en el pontificado de Francisco, mucho antes de que numerosos actores políticos asumieran plenamente la gravedad de la crisis ambiental. Y vuelve a ocurrir hoy con León XIV y su reflexión sobre la inteligencia artificial, la dignidad humana y el futuro de la civilización tecnológica.

La explicación más sencilla sería atribuirlo a la inteligencia excepcional de algunos pontífices o, para quienes somos creyentes, a la asistencia del Espíritu Santo. Sin embargo, esa respuesta tiene matices. Los Papas no son futurólogos ni disponen de una bola de cristal.

Quizá la explicación sea otra. Mientras gran parte de la política, de los medios de comunicación y de la vida pública está obligada a responder a la urgencia del día, los Papas suelen trabajar con horizontes mucho más amplios. Piensan en décadas; a veces, en siglos.

Mientras muchos observan los acontecimientos, los Papas suelen preguntarse por los procesos que los hacen posibles. Más que observar qué está ocurriendo hoy, se preguntan qué está ocurriendo con la persona humana. Y esa diferencia es decisiva.

Cuando una sociedad discute una nueva tecnología, normalmente se concentra en sus ventajas, riesgos o aplicaciones inmediatas. El Papa, en cambio, pregunta qué efectos tendrá sobre la libertad humana, sobre la verdad, sobre la dignidad de la persona, sobre la vida familiar o sobre la cohesión social. No comienza por la técnica. Comienza por la antropología. Por eso muchas veces parece llegar antes.

Existe además otro factor que suele pasarse por alto. La Iglesia está presente en todos los continentes, culturas y contextos sociales. Escucha simultáneamente las inquietudes de académicos, trabajadores, campesinos, empresarios, científicos, familias y comunidades pobres. Esa experiencia acumulada le permite percibir tendencias que a veces aún no son visibles para quienes observan únicamente una realidad local o nacional.

Paradójicamente, esta capacidad de anticipación convive con una realidad incómoda. Con frecuencia los Papas llegan antes que las propias estructuras. Las grandes intuiciones del magisterio pontificio suelen encontrar resistencias, cautelas excesivas o simples demoras en su recepción. Mientras los pontífices intentan leer los movimientos profundos de la historia, no pocas instancias eclesiales permanecen absorbidas por la administración cotidiana de problemas inmediatos.

No se trata de una crítica a personas concretas. Es una tensión inherente a toda institución. Quien debe gobernar una realidad compleja tiende a concentrarse en las urgencias del presente. Pero la historia demuestra que los grandes cambios culturales no anuncian su llegada con estridencia. Cuando se vuelven evidentes, normalmente ya llevan años actuando silenciosamente.

Tal vez por eso la pregunta correcta no sea por qué los Papas llegan antes. La pregunta verdaderamente inquietante es por qué nosotros llegamos después.

Quizá porque hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para reaccionar y una preocupante incapacidad para anticipar. Quizá porque resulta más fácil administrar lo urgente que comprender lo importante. Y quizá porque no abundan —ni en la sociedad ni dentro de la Iglesia— liderazgos con la profundidad intelectual y la libertad interior necesarias para leer los signos de los tiempos antes de que se conviertan en crisis.

Juan XXIII vio venir una transformación cultural. Pablo VI percibió las fracturas de un desarrollo económico sin suficiente justicia. Juan Pablo II comprendió la crisis de los sistemas que negaban la libertad. Francisco advirtió los límites de una cultura que trata a la naturaleza y a las personas como objetos descartables. Y hoy León XIV nos obliga a preguntarnos qué ocurrirá con la dignidad humana en una civilización cada vez más gobernada por algoritmos.

Llegamos en curva a la inteligencia artificial

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

-La verdadera preocupación no es lo que las máquinas serán capaces de hacer, sino lo que nosotros hemos dejado de hacer antes de su llegada. –

La reciente encíclica Magnifica Humanitas de León XIV constituye una reflexión lúcida, necesaria y profundamente esperanzadora sobre los desafíos que la inteligencia artificial (IA) plantea para la humanidad. Sus implicaciones son universales. La revolución tecnológica ya está transformando el mundo y ninguna sociedad podrá permanecer al margen de sus efectos económicos, culturales, educativos y políticos.

Sin embargo, la lectura de la encíclica me llevó inevitablemente a pensar en Costa Rica. Mientras buena parte del mundo debate los riesgos y las oportunidades de la inteligencia artificial, tengo la impresión de que nosotros enfrentamos un desafío previo. Me preocupa que estemos observando el horizonte sin advertir la fragilidad del terreno que pisamos.

La preocupación de León XIV no se limita a los avances tecnológicos. En el fondo, la encíclica recupera una pregunta tan antigua como la filosofía misma: ¿qué es el ser humano y qué necesita para vivir una vida verdaderamente humana? Porque toda revolución tecnológica termina desembocando en una cuestión antropológica. Antes o después, la pregunta deja de ser qué pueden hacer las máquinas y vuelve a ser quiénes queremos ser nosotros.

Vista desde esa perspectiva, la dificultad principal no es tecnológica. Es humana. Veo estudiantes que llegan a la universidad con serias dificultades para comprender un texto sencillo. Veo personas incapaces de sostener la atención durante unos pocos minutos sin consultar el teléfono. Veo una creciente dependencia de contenidos breves e inmediatos, acompañada por el debilitamiento de hábitos que durante siglos fueron considerados indispensables para la formación intelectual: la lectura profunda, el estudio paciente y la reflexión crítica.

No se trata simplemente de un cambio de costumbres. Se trata de una transformación cultural más profunda. Una sociedad que pierde la capacidad de pensar críticamente se vuelve más vulnerable no solo a la manipulación tecnológica, sino a cualquier forma de poder.

Lo digo porque basta observar nuestras interacciones. Cada vez parece más difícil sostener un diálogo sereno e informado sobre cualquier tema. La discrepancia se transforma casi de inmediato en descalificación, el argumento cede ante el insulto y la búsqueda honesta de la verdad es reemplazada por la necesidad de imponerse. No importa si se trata de política, educación, religión o asuntos de interés nacional. Con frecuencia asistimos a un espectáculo de ataques personales y frases diseñadas para provocar aplausos o indignación.

Esta tendencia no se limita a las redes sociales. Se ha instalado también en algunos medios de comunicación, en espacios de opinión donde la confrontación genera más audiencia que la reflexión y en programas donde el espectáculo parece más importante que la información. Se manifiesta en dirigentes que desacreditan a quienes piensan distinto antes de responder a sus argumentos, en manifestaciones donde resulta más fácil pintar una pared que construir una razón y en una cultura que parece encontrar más satisfacción en señalar culpables que en buscar soluciones. Poco a poco hemos ido aceptando como normal una forma empobrecida de debatir, donde importa más quién grita más fuerte que quién tiene mejores razones.

El ruido ocupa el lugar de las ideas. La ocurrencia desplaza al conocimiento. La polémica genera más interés que la verdad. Y uno termina con la amarga impresión de que, mientras el mundo se prepara para desafíos cada vez más complejos, nosotros seguimos atrapados entre el circo, la maroma y el teatro.

Y hay algo más preocupante todavía. Hemos comenzado a confundir la autenticidad con la vulgaridad. Pareciera que hablar “como la gente” consiste en insultar, ridiculizar o descalificar. Como si la grosería fuera una prueba de cercanía con el pueblo y la agresividad una muestra de sinceridad. Sin embargo, una cosa es utilizar un lenguaje sencillo y directo, y otra muy distinta es empobrecer la conversación hasta convertirla en una sucesión de ofensas. Cuando las vulgaridades sustituyen a los argumentos, no estamos democratizando el debate; estamos degradándolo.

Por eso la llegada de la inteligencia artificial plantea una paradoja inquietante. En nuestra sociedad estas herramientas aparecen en un momento en que parecen debilitarse precisamente aquellas facultades que deberían orientarlas.

Nos preocupa que las máquinas puedan pensar por nosotros, cuando desde hace años estamos renunciando, poco a poco, al ejercicio de pensar por nosotros mismos.

Una sociedad no pierde su rumbo cuando aparecen nuevas tecnologías. Lo pierde cuando deja de cultivar las capacidades humanas necesarias para comprenderlas, juzgarlas y ponerlas al servicio del bien común.

Por eso la discusión, al menos en Costa Rica, sobre la IA no debería comenzar preguntándonos qué harán las máquinas en el futuro. Debería comenzar preguntándonos qué clase de personas y qué clase de sociedad estamos formando en el presente.

El señor de los anillos quiere ganar la guerra

Gilberto Lopes
San José, 3 de junio 2026

Los ingenieros de élite de Silicon Valley tienen la obligación de participar en la defensa de nuestra nación, de nuestros valores. De preservar la ligera ventaja que los Estados Unidos y sus aliados occidentales todavía tienen sobre sus adversarios.

Así comienzan Alexander C. Karp, cofundador y CEO de Palantir, y Nicholas W. Zamiska, encargado de asuntos corporativos y consejero legal en la oficina de Karp, La República Tecnológica (*), un libro de 220 páginas, publicado en febrero del año pasado.

Este libro –dicen– pretende promover la discusión sobre el papel que Silicon Valley puede jugar en la reinvención del proyecto nacional; su base es un firme compromiso con el liberalismo y sus valores.

Palantir

¿Qué es Palantir? Es el nombre de la piedra de obsidiana con la que Sauron vigila a sus subordinados en la obra “El señor de los anillos”, de J.R.R. Tolkien. Es el nombre elegido para esta firma, una empresa de software de Silicon Valley, nacida en 2003 con una inversión de In-Q-Tel, el fondo de capital de riesgo de la CIA, que presta servicios a los sectores de defensa, seguridad e inteligencia, no solo de los Estados Unidos, sino de otros diversos países.

Peter Thiel, multimillonario fundador de Palantir y de Paypal, entre otras empresas, se ha instalado en la Argentina de Javier Milei, con quien comparte los principios del anarcocapitalismo.

Se estima que Palantir vale hoy cerca de 400 mil millones de dólares, más de 80 veces su ingreso anual, gracias a sus contratos con los órganos de defensa y de seguridad, con departamentos de policía, sin que se sepa bien la extensión de sus negocios, entre cuyos clientes se incluye el ministerio de Defensa británico, las Fuerzas de Defensa de Israel y las fuerzas armadas de Ucrania.

Inspirados en su visión liberal de la sociedad –Karp hizo un doctorado en filosofía en la Universidad Goethe de Frankfurt y estudió brevemente con el recientemente fallecido filósofo alemán, Jürgen Habermas, que cita en su libro– aseguran que “la capacidad de las sociedades libres y democráticas para imponerse exige algo más que un llamado moral. Exige hard power, y el hard power de este siglo se basará en el software”.

Silicon Valley

La República Tecnológica comienza con una crítica a lo que califican como una pérdida de rumbo de las tecnológicas de Silicon Valley. Habiendo sido abandonada el alma del país en nombre de la inclusividad, reivindican la necesidad de apoyar un “proyecto político más ambicioso”, hacer algo que “realmente valga la pena”. No ahorran críticas a personajes como el ya fallecido CEO de Apple, Steve Jobs, ni a su empresa, dedicada a satisfacer la demanda de un público ávido de Iphones o de computadores portátiles, pero poco comprometidas con un proyecto nacional.

No se trata solo, para Palantir, de un compromiso con el capitalismo y los derechos del individuo, que estiman insuficientes “para sostener el alma humana”. Reivindican “una noción sustantiva de una vida buena o virtuosa”, una definición que “excluye algunas ideas y defiende otras”.

“Hoy en los Estados Unidos, los principales temas que comparte la sociedad no son cívicos o políticos. Son, más bien, entretenimiento, deportes, celebridades y moda. Los viejos temas que conformaban una nación, un sistema educacional, el servicio militar obligatorio, la religión, el lenguaje común, una prensa próspera y libre, han sido desmantelados”.

Será a esa República Tecnológica que corresponderá recuperar la identidad perdida, los objetivos compartidos, los rituales cívicos capaces de mantener la sociedad unida.

¿Cuáles son? No quedan definidos claramente en la propuesta de Karp y Zamiska.

La defensa de la Nación

Palantir encontró, en la guerra de Afganistán, a principios del siglo, un escenario particularmente importante para las aspiraciones de la empresa.

“Había información suficiente para trabajar, pero estaba repartida en docenas, o centenares, de departamentos, que no la compartían. La tarea de unirla, de hacerla útil para decidir qué poblado atacar, qué prisioneros interrogar, qué preguntas hacer, era una tarea imposible”. Para hacerla posible el software de Palantir jugó un papel esencial, unificando la información y poniéndola a disposición de los militares, “que necesitaban navegar rápidamente en una base de datos que les permitiera ver el contexto en el que iban a desarrollar su misión”.

Los vientos estaban cambiando. Era esencial dirigir nuestra atención hacia la construcción de una nueva generación de armas con Inteligencia Artificial. En marzo del 2019, “Palantir ganó un contrato para construir nuevas plataformas de inteligencia para el Pentágono. “Según el Washington Post, por primera vez el gobierno tocaba la puerta de una compañía de software de Silicon Valley, en vez de los contratistas militares habituales”.

El secretario de Defensa (o de Guerra, como prefiere el gobierno actual), Pete Heghset, definió los nuevos objetivos en dos discursos, en octubre y noviembre del año pasado.

El 7 de noviembre, en el National War College de Washington, Hegseth habló ante generales y representantes de la industria de defensa. Les dijo que “el sistema de contratación pública de defensa, tal y como lo conocen, ha dejado de existir. Ahora es un sistema para la guerra”.

Para Hegseth la revisión de esos criterios “es un paso decisivo en la reconstrucción de la nación que en su día lideró el mundo, transformando las ideas en poderío bélico, los pensamientos en letalidad”. Queremos que las empresas “aporten soluciones innovadoras a nuestros combatientes para que podamos tener una ventaja abrumadora en las guerras futuras”.

¿Ventajas abrumadoras en guerras futuras? ¿En cuáles estará pensando Hegseth? ¿En qué ventajas?

Paslantir encaja bien, en todo caso, en el nuevo escenario. El sector tecnológico –dicen Karp y Zamiska– “se había alejado de los militares, desinteresado de pelear con una creciente burocracia y con una opinión negativa del público”.

Palantir tomó otra decisión, “quizás por algún gusto por el conflicto o la obstinada persecución de algo, de algo que funcionara”. Creen que fue “la voluntad de responder al mundo tal como es, no como nosotros desearíamos que fuera, la principal razón por la que la última generación de gigantes de Silicon Valley ha llegado tan lejos como ha llegado”.

EL MANIFIESTO DE PALANTIR

El 18 de abril pasado, Palantir publicó, en su cuenta de X, un manifiesto de 22 puntos donde resumía lo esencial de La República Tecnológica. En solo dos días tenía ya más de 30 millones de visualizaciones.

El manifiesto inicia con un llamado a “rebelarnos contra la tiranía de las aplicaciones”. “Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso”, afirman. Luego se refieren a la forma como piensan cumplir esa misión: “La élite de la ingeniería de Silicon Valley tiene la obligación positiva de participar en la defensa de la nación”.

Su visión sobre el papel de los Estados Unidos no es distinta a la de prácticamente todos sus dirigentes políticos. Ningún otro país en la historia del mundo –afirman-, “ha impulsado más los valores progresistas que este”. Agregan que el poder estadounidense ha hecho posible una paz extraordinariamente prolongada.

Las dos afirmaciones merecen alguna reflexión. Sobre el papel de los Estados Unidos, surgido del desarrollo del capitalismo hace ya más de dos siglos, libre de las trabas que, en Europa, significaba el viejo orden feudal, no solo les permitió una rápida expansión geográfica, ocupando territorios indígenas y avanzando sobre territorios de naciones vecinas, sino que extendió sus intereses económicos, hasta imponer un sistema prácticamente universal.

Sistema en el que se percibe hoy formas de decadencia que Palantir pretende enfrentar. No se trata solo del orden económico, sino también del político, como la democracia liberal sometida a nuevas formas, tanto en Estados Unidos como en otros países del mundo.

Su visón de que “el poder estadounidense ha hecho posible una paz extraordinariamente prolongada” se refiere, naturalmente, al territorio norteamericano. El resto del mundo vivió una guerra permanente, llevada a cabo por Estados Unidos a los más diversos rincones del mundo, en la misma medida en que iba extendiendo su influencia económica e imponiendo su orden político.

La propuesta de Palantir no es otra cosa que mantener viva esa condición, amenazada por otros modelos de organización económica y política con fuerzas que, paulatinamente, se han ido equiparando y, en algunos casos, superando a las de los Estrados Unidos.

Palantir y la encrucijada

Palantir sugiere que la era de disuasión atómica ha llegado a su fin. Una nueva generación de armas basada en la Inteligencia Artificial sustituirá a las nucleares como nuevo instrumento de disuasión. Es ahí donde Silicon Valley puede desempeñar un papel decisivo, muy distinto al que ha venido desempeñando, orientado a la defensa de la nación, como Karp y Zamiska proponen en su libro.

Estiman que hemos llegado a una nueva encrucijada, similar a la que enfrentaron los inventores de la bomba atómica: el software y las capacidades de la inteligencia artificial que Palantir y otras compañías están desarrollando facilitan el despliegue de nuevas armas letales. Un sistema de armas con una Inteligencia Artificial cada vez más autónoma que tiene sus riesgos, contra los que el Papa advirtió recientemente, como veremos.

Karp ve la aplicación de la inteligencia artificial al desarrollo de armas modernas como un instrumento del equilibrio de poder. Desde su punto de vista, la nueva tecnología tiene el potencial de condicionar la política internacional en este siglo y en el próximo, del mismo modo que las armas nucleares lo hicieron en el siglo pasado.

Los ingenieros de Silicon Valley se ven entonces –como los del Proyecto Manhattan, con el que Estados Unidos construyó la primera bomba atómica– enfrentados a una nueva encrucijada, ética y política. Un dilema resuelto, como sabemos, con la decisión de avanzar en la construcción de las nuevas armas, como se hizo entonces y como hacen hoy empresas como Palantir.

La crítica

John Ganz, escritor y columnista de The Nation, no ahorró críticas al libro de Karp y Zamiska.

Para Ganz es un libro “terrible”. Es, literalmente, un llamado a las armas. Anuncia un futuro oscuro y deprimente. Es pésimo tanto en forma como en contenido. Mal escrito, aburrido, lleno de ideas malas –cuando logramos entresacarlas de los clichés y las repeticiones­– que van desde lo simplemente dudoso hasta lo execrable e inquietante.

Los autores defienden la democracia como uno de los valores occidentales, pero parece que tienen algo más en mente. Miran con envidia a nuestros rivales autoritarios, dice Ganz. De hecho, la visión que plantea el libro es profundamente antidemocrática y elitista. En su opinión, el libro y el manifiesto son poco más que una estrategia de ventas.

Naturalmente, no es el único crítico. Gideon Lewis-Kraus, columnista del The New Yorker, se le adelantó unos días. En un artículo con el título de “La guía de Palantir para salvar el alma de Estados Unidos”, dice que el argumento central del libro es que la supervivencia de los Estados Unidos depende de la revitalización del complejo militar-industrial.

Con la posible excepción de “De cero a uno” (libro de Peter Thiel, que Lewis-Kraus califica como uno de los ejemplos más sólidos de un género que combina negocios y autoayuda), “la mayoría de los libros de los expertos en tecnología resultan decepcionantes. Karp parece el tipo de persona que podría haber incrementado la lista”.

Las aspiraciones de algunos ingenieros de Silicon Valley, de restaurar la grandeza de un Estados Unidos que visualizan en decadencia, no es nueva. Karp piensa que restaurando el complejo militar-industrial puede “hacer nuestro país grande nuevamente”.

El mismo Lewis-Kraus cita, al inicio de su artículo, publicado el 19 de febrero del año pasado, que en la primavera del 2014, un ingeniero transnarquista de Google demandó a la Casa Blanca “parar la decadencia nacional”. Su plan era sencillo: pensionar a todos los empleados gubernamentales; transferir la autoridad administrativa a la industria tecnológica; nombrar a Eric Schmidt CEO de los Estados Unidos. Schmidt –nos recuerda– era CEO de Google y un “avatar del liberalismo tecnocrático”.

El exministro de economía griego, Yanis Varoufakis, fue otro, entre muchos, de los que salieron al paso de la propuesta, en el artículo “Palantir y el nuevo orden”.

Surge una nueva forma de capital, un capital en la nube, máquinas algorítmicas que aseguran a sus propietarios el notable poder de cambiar nuestro comportamiento, afirmó.

La República Tecnológica sería un intento de definir la ideología que lo justifica. Varoufakis la llama “techlordism”. Los “señores de la tecnología”, cuya tarea sería proveer la cobertura ideológica para colonizar todo: el comportamiento humano, las instituciones públicas y el mismo Wall Street, lo público y lo privado, además de los individuos.

Desarmar la IA

El Papa León XIV también ha sumado su voz al debate. El uso de la inteligencia artificial para fines militares fue analizado en la reciente encíclica “Magnifica Humanitas”, de cerca de 42 mil palabras, de gran repercusión, más allá de sectores religiosos.

El «crecimiento del complejo militar-industrial se ha convertido en una característica propia del panorama político actual», con el “resurgimiento de la guerra como instrumento de la política internacional», dijo el Papa, que ya en un discurso ante los cardenales, el año pasado, había advertido que la IA era una amenaza potencial para la «dignidad humana, la justicia y el trabajo».

“No se debe confiar decisiones letales o irreversibles a sistemas artificiales”, dijo el Papa, en lo que parece ser una velada referencia a lo ocurrido en la guerra contra Irán, cuando misiles norteamericanos, basados en mapas antiguos, utilizados por el software de Palantir para definir objetivos, destruyeron una escuela primaria femenina en la localidad de Minab, causando la muerte de más de cien niñas.

Antonio Spadaro, un jesuita italiano que fue cercano al Papa Francisco comentó la encíclica de León XIV en una entrevista concedida a Gilles Gressani, director de la página Le Grand Continent.

“La encíclica es más política, más geopolítica, más conflictiva”. Las novedades doctrinales más relevantes son al menos cinco, afirmó, entre ellas la introducción del concepto de desarmar la IA, sustrayéndola de la lógica de la competencia armada. La posibilidad de delegar en una máquina la decisión de matar es un fenómeno sin precedentes. “La decisión letal no puede delegarse a procesos automatizados, debe permanecer bajo un control humano efectivo”, afirma el documento.

La encíclica no menciona a Trump, pero la referencia es evidente en varios pasajes, dice Spadaro, como cuando critica la normalización de la guerra, el rearme como respuesta a toda crisis o cuando desmonta la lógica del “yo primero”.

Spadaro destaca el significado de la presencia de Christopher Olah, un millonario cofundador de Anthropic, una empresa de inteligencia artificial, en la mesa con el Papa, cuando se anunció la Magnifica Humanitas. Trump canceló contratos con Anthropic en febrero pasado, después de que la empresa se negara a permitir el uso de su software en vigilancia interna o en armas totalmente autónomas.

Una mirada al mundo

Nos parece que aquí hace falta una pausa, para ver más allá de Silicon Valley y hacer una mirada hacia el mundo. Al de entonces y al de ahora. Karp afirma que la supremacía del poder militar norteamericano en el siglo pasado ayudó a mantener la actual frágil paz en el mundo. Para mantenerla hoy propone un nuevo tipo de Proyecto Manhattan, manteniendo “el control exclusivo de las formas más sofisticas de Inteligencia Artificial en el campo de batalla”.

Pero eso ya no parece posible. El análisis obvia –por un lado– la naturaleza de una guerra donde la capacidad destructiva de las armas es cada vez mayor, sin descartar, ciertamente, las nucleares. Por otro, la decadencia de los Estados Unidos, enfrentado al surgimiento de China como una nueva potencia mundial.

La ausencia de esa consideración política mina el argumento de Karp, concentrado siempre en la preocupación de mantener una ventaja tecnológica que él mismo reconoce precaria. Probablemente cada vez más precaria y, en algunos aspectos, ya sobrepasada por sus adversarios.

Es muy distinto enfrentar a un enemigo mucho más débil, aunque fuera también una potencia nuclear (como La Unión Soviética, durante la Guerra Fría; o Rusia, después), que enfrentar a una potencia emergente que lo supera ya en diversos aspectos, inclusive militares, como China. Y que, además, no es el único rival. Hay que sumar Rusia y potencias nucleares como Corea del Norte, un escenario mucho más complejo que el de hace tan solo unos 45 años.

Es evidente –y el mismo Karp lo sabe– que en una confrontación de la naturaleza que él se imagina no habrá ganadores. Sería simplemente el fin de la humanidad. Sin embargo, sueña con una República Tecnológica capaz de ganar esa guerra. No se le escapa del todo la idea de la decadencia de las sociedades que llama “libres” y “democráticas”. Lo hace cuando reconoce que necesitan hoy más que un atractivo moral para atraer aliados. “Eso sirvió durante algunas décadas”, después de la Guerra Fría. Hoy hace falta, más claramente que entonces, poder militar.

Es una república muy parecida a la que Hegseth propone cuando delinea las nuevas orientaciones del Pentágono, cuando afirma que “no nos conformamos con construir un ejército más fuerte. Estamos sentando las bases para un dominio continuo durante las próximas décadas”. “Si es necesario, entraremos en guerra con el ejército y el equipo que tenemos, y ganaremos”. “Tendremos el arsenal necesario para defender la libertad y seremos sus guardianes”, agrega.

A Karp, como a Hegseth, les falta la visión de que, más que la bomba, fue el desarrollo de la economía norteamericana el fundamento de la preponderancia de los Estados Unidos. Como he sugerido en otro trabajo (y no me voy a extender sobre eso aquí), Estados Unidos llegó a la cumbre de su poder con la victoria en la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética. Desde entonces vive su lenta decadencia, algunas de cuyas expresiones más acabadas son la enorme concentración de la riqueza (de la que Palantir es un ejemplo) y el crecimiento insostenible de su deuda fiscal.

Quisiera sugerir que esa decadencia es no solo el fundamento de un rezago que no puede remontar, sino también la causa fundamental del desorden político que vive hoy la democracia liberal.

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(*) The Technological Republic

Hard power, soft believe and the future of the West

Alexander C. Karp and Nicholas W. Zamiska

Crown Currency, New York

Feb, 2025

El examen de incorporación y la pregunta que nadie quiere hacerse

Rodrigo Campos Hernández

MSc. Rodrigo Campos Hernández

La noticia de que únicamente trece personas lograron aprobar el examen de incorporación al Colegio de Abogados y Abogadas de Costa Rica provocó una reacción inmediata. Mientras algunos cuestionan la validez del examen, otros responsabilizan a las universidades y no faltan quienes atribuyen el resultado a la falta de esfuerzo de los propios estudiantes. Sin embargo, desde el mismo momento en que la información comenzó a circular, tuve la impresión de que el debate corría el riesgo de instalarse en el lugar equivocado.

Durante los últimos años he tenido la oportunidad de cursar estudios de Derecho en distintas escuelas universitarias. Mi experiencia previa como docente universitario, especialista en planificación curricular y estudioso de los procesos educativos me obliga a reconocer algo incómodo: el problema es mucho más profundo que una prueba de incorporación profesional.

Lo que el examen ha puesto en evidencia no es solamente una posible controversia sobre un instrumento de evaluación. Ha dejado al descubierto preguntas que durante años hemos preferido evitar: ¿qué tipo de abogados estamos formando?, ¿qué significa realmente aprender Derecho?, ¿quién forma a quienes forman abogados?, y quizás la más importante de todas: ¿estamos confundiendo educación superior con simple certificación profesional?

La primera reacción de muchas personas ha sido cuestionar la validez del examen. Otras, por el contrario, han señalado la deficiente preparación de quienes aspiran a incorporarse a la profesión. Ambas posiciones contienen elementos de verdad, pero ninguna parece suficiente para explicar por sí sola un resultado tan extraordinario. Lo ocurrido obliga a mirar más allá de la coyuntura y preguntarnos qué está sucediendo con la enseñanza del Derecho en Costa Rica.

Durante décadas se ha asumido que formar abogados consiste fundamentalmente en transmitir conocimientos jurídicos. Sin embargo, el ejercicio profesional exige mucho más que el conocimiento de normas, plazos o procedimientos. Un jurista competente debe ser capaz de interpretar textos complejos, construir argumentos sólidos, resolver problemas, ponderar principios, analizar hechos y comunicar con claridad sus razonamientos. Estas capacidades no se desarrollan mediante la simple memorización de contenidos, sino a través de procesos formativos exigentes, lectura profunda, discusión crítica y práctica constante.

Existe una ironía que no deja de llamarme la atención. Durante años las universidades han incorporado a sus documentos términos como competencias, pensamiento crítico, resolución de problemas, aprendizaje significativo y formación integral. Sin embargo, basta ingresar a muchas aulas para descubrir que poco ha cambiado.

Las competencias aparecen en los programas de curso. Las bibliografías ocupan varias páginas. Los perfiles de salida prometen profesionales capaces de analizar, investigar y argumentar. Pero en la práctica cotidiana predominan las exposiciones magistrales, la memorización de contenidos y evaluaciones que premian la repetición antes que la comprensión.

Lo digo con preocupación y no con ánimo de descalificar a nadie. He observado este fenómeno en distintas instituciones y disciplinas. El problema no es la ausencia de discursos innovadores. El problema es la distancia creciente entre lo que decimos que hacemos y lo que realmente ocurre en las aulas.

Lamentablemente, una parte importante de la educación jurídica continúa reproduciendo modelos pedagógicos tradicionales centrados en la transmisión de información. En numerosas aulas universitarias la exposición magistral sigue siendo la estrategia dominante, mientras que la participación estudiantil, la resolución de casos, la investigación y la argumentación ocupan un lugar secundario. A ello se suma una realidad pocas veces discutida: muchos docentes universitarios poseen una sólida formación disciplinaria, pero carecen de preparación específica en pedagogía, evaluación y diseño curricular.

Este aspecto merece una reflexión particular. Saber Derecho no implica necesariamente saber enseñarlo. Del mismo modo que un excelente abogado no se convierte automáticamente en un buen juez, tampoco un buen litigante se transforma por sí mismo en un educador eficaz. La enseñanza universitaria requiere competencias específicas que rara vez forman parte de la preparación profesional de quienes imparten los cursos. Como consecuencia, se reproduce frecuentemente la forma en que cada docente fue enseñado, perpetuando prácticas que privilegian la repetición antes que la comprensión.

La situación resulta aún más paradójica cuando observamos que muchas carreras declaran adoptar enfoques formativos basados en competencias. Tuve la oportunidad de especializarme en esta área bajo el enfoque socioformativo impulsado por Sergio Tobón, inspirado en el pensamiento complejo. Desde esa perspectiva, las competencias no constituyen una simple lista de habilidades laborales, sino la capacidad de movilizar conocimientos, procedimientos, actitudes y valores para enfrentar problemas reales en contextos concretos.

Sin embargo, en numerosos programas universitarios las competencias terminan convertidas en un requisito administrativo. Se redactan, se incluyen en los documentos oficiales y se presentan ante las agencias acreditadoras, pero rara vez orientan de manera efectiva la enseñanza o la evaluación. En la práctica, el contenido continúa ocupando el centro del proceso educativo.

Este problema también interpela a las instancias responsables de garantizar la calidad de la educación superior. La acreditación constituye una herramienta valiosa, pero debe ir acompañada de mecanismos que permitan verificar los resultados efectivos de los procesos formativos. La existencia de programas, reglamentos y estructuras institucionales resulta importante, pero la pregunta decisiva sigue siendo otra: ¿qué son capaces de hacer los egresados al finalizar su formación?

La discusión también obliga a examinar el papel de las propias escuelas de Derecho. Costa Rica posee una cantidad considerable de programas de formación jurídica para un país de poco más de cinco millones de habitantes. La expansión de la oferta educativa ha ampliado oportunidades de acceso, pero también plantea preguntas sobre la planificación de necesidades profesionales, los estándares de calidad y la capacidad real de supervisión académica.

No se trata de responsabilizar exclusivamente a las universidades. Tampoco al Colegio de Abogados y Abogadas. El problema es sistémico y, por tanto, exige una comprensión sistémica. Como advertía Edgar Morin, los problemas complejos no admiten soluciones simples.

Por otra parte, este debate se desarrolla en medio de profundas transformaciones tecnológicas. La irrupción de la inteligencia artificial está modificando aceleradamente la manera en que se accede, organiza y utiliza la información jurídica. En un entorno donde una herramienta tecnológica puede localizar en segundos normas, jurisprudencia y doctrina, la formación profesional ya no puede descansar exclusivamente en la capacidad de recordar datos. El valor diferencial del abogado del siglo XXI radicará cada vez más en su capacidad para interpretar, argumentar, contextualizar y tomar decisiones prudentes frente a problemas complejos.

Quizás por ello ha llegado el momento de repensar también los mecanismos de incorporación profesional. Esto no implica eliminar los controles de calidad ni debilitar las exigencias académicas. Por el contrario, supone fortalecerlas mediante procesos más integrales que combinen conocimientos, análisis de casos, práctica supervisada, portafolios profesionales y evaluación de competencias efectivamente demostradas en contextos reales.

Del mismo modo, sería deseable fortalecer la articulación entre el Colegio de Abogados y Abogadas, las facultades de Derecho, las agencias acreditadoras y las autoridades educativas. La formación permanente del profesorado universitario, la revisión periódica de los programas de estudio, el seguimiento de resultados académicos y la promoción de experiencias prácticas significativas podrían formar parte de una estrategia de mejora continua.

Tal vez el verdadero valor de esta polémica no resida en determinar quién tiene la razón. Quizá su importancia radique en obligarnos a mirar un problema que lleva años desarrollándose silenciosamente.

Costa Rica necesita discutir seriamente la formación de sus profesionales. Necesita revisar sus mecanismos de acreditación, fortalecer la preparación pedagógica de quienes enseñan, replantear las formas de evaluación y preguntarse qué competencias exige realmente el ejercicio profesional en una época marcada por la inteligencia artificial y la transformación acelerada del conocimiento.

La solución no vendrá de una única institución ni de una única reforma. Como advertía Edgar Morin, los problemas complejos requieren respuestas complejas. El examen de incorporación es apenas la parte visible de una red mucho más amplia de desafíos educativos, institucionales y culturales.

Por eso, más que preguntarnos cuántas personas aprobaron o reprobaron una prueba, quizás deberíamos atrevernos a formular una pregunta más difícil y más urgente:

¿Estamos formando los juristas que la democracia costarricense necesitará en las próximas décadas?

La Iglesia frente al poder invisible de la Inteligencia Artificial

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

He concluido la lectura de la encíclica «Magnifica Humanitas» del Papa León XIV y debo admitir que me dejó una extraña mezcla de entusiasmo e inquietud, atravesada, además por innumerables preguntas… muchas preguntas.

Me impresiona particularmente el giro que ha dado la reflexión de la Iglesia sobre la Inteligencia Artificial (IA) en apenas un par de años. Recuerdo cuando el Papa Francisco abordó este tema en la 58ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2024, bajo aquel sugerente lema: “Inteligencia artificial y sabiduría del corazón: por una comunicación plenamente humana”. Allí, aunque se advertía sobre el riesgo de una tecnología rica en herramientas, pero pobre en humanidad, el énfasis era claro: la verdad, la comunicación, las fake news, la manipulación mediática, la necesidad del discernimiento.

Pero hoy el panorama es otro. El tema ha sido trasladado al corazón mismo de la Doctrina Social de la Iglesia. El Magisterio pasó muy rápido de hablar de “sabiduría del corazón” y comunicación humana a hablar de poder, concentración tecnológica, colonialismo digital, dominio cultural, trabajo humano, geopolítica, control de datos y nuevas formas de exclusión.

Y esto también me impresiona profundamente. Porque el Papa pudo haber escogido muchos otros grandes temas para inaugurar su magisterio social. Pudo haber escrito sobre las guerras contemporáneas, las migraciones masivas, la crisis climática, la secularización acelerada, la persecución religiosa, el colapso demográfico de Occidente, el capitalismo financiero, el riesgo de absolutizar figuras políticas contemporáneas —como Donald Trump u otros líderes convertidos casi en referentes mesiánicos— o la creciente polarización política global.

Pero no. Escogió la IA. Y eso no puede ser casual. La IA no aparece aquí como un tema más entre tantos otros, sino como uno de los posibles ejes estructurantes de la nueva época histórica.

La Doctrina Social de la Iglesia jamás ha sido ingenua respecto al poder. Nunca ha interpretado los grandes cambios de la historia como procesos puramente espontáneos o neutrales. Siempre ha comprendido que detrás de las transformaciones económicas, culturales y tecnológicas existen intereses concretos, visiones antropológicas, disputas de poder, élites y proyectos de sociedad.

Y, precisamente, por eso resulta tan significativa esta encíclica. Porque da la impresión de que la Iglesia percibe que estamos ante un fenómeno impulsado por actores con una capacidad inédita para reorganizar la experiencia humana global. No hablamos únicamente de gobiernos o instituciones visibles, sino de estructuras tecnológicas, corporaciones multinacionales, algoritmos, plataformas, fondos de inversión, laboratorios y redes de influencia que muchas veces operan fuera del radar cotidiano de la mayoría de las personas, pero que igualmente moldean hábitos, información, decisiones, vínculos sociales e incluso la comprensión de la realidad.

Insisto: que el primer gran documento social de León XIV haya sido precisamente sobre la IA revela que la Iglesia percibe aquí algo más profundo que una simple innovación tecnológica. Intuye un cambio de época. Una transformación antropológica. Tal vez incluso civilizatoria.

Y voy a confesar algo: rara vez escribo un artículo compuesto casi únicamente de preguntas. Creo que es la primera vez que lo hago deliberadamente. Pero, como he dicho, la lectura de este documento me dejó demasiados interrogantes atravesados en el pecho como para ignorarlos y, más aún, guardármelos:

¿Qué indujo este cambio de enfoque dentro de la Iglesia? ¿Cómo se produjo, en apenas dos años, el tránsito desde una preocupación comunicacional hacia una preocupación social, económica y geopolítica?

¿Qué ocurrió entre los primeros discursos del Papa Francisco sobre cultura digital y esta encíclica para que la IA dejara de ser presentada solo como fenómeno comunicacional y comenzara a interpretarse como estructura de poder?

¿Quiénes fueron los interlocutores intelectuales que ayudaron a mover esta discusión? ¿Economistas? ¿Expertos en geopolítica? ¿Grandes empresarios tecnológicos? ¿Universidades? ¿Centros de pensamiento?

¿Hasta qué punto lo ocurrido en estos dos últimos años terminó obligando a la Iglesia a abandonar una mirada estrictamente técnica sobre la inteligencia artificial? ¿En qué momento se comprendió que el problema ya no era solamente la desinformación o la manipulación comunicacional, sino el control del conocimiento humano, de la conducta social e incluso el posible sometimiento de la humanidad a nuevas estructuras de poder tecnológico?

¿Puede hablarse legítimamente de colonialismo digital cuando culturas enteras terminan dependiendo tecnológicamente de plataformas, modelos y sistemas diseñados desde unos pocos centros de poder mundial?

¿Quién define hoy qué es verdad, qué merece visibilidad y qué debe desaparecer? ¿Quién entrena las inteligencias artificiales? ¿Con qué visión antropológica? ¿Con qué intereses económicos? ¿Con qué ideología?

¿Puede seguir hablándose de neutralidad tecnológica? ¿O toda tecnología termina expresando inevitablemente una visión del ser humano y de la sociedad?

¿Estamos frente a una nueva cuestión social comparable a la revolución industrial?

¿Será casual que el lenguaje reciente del Magisterio recuerde tanto las grandes denuncias sociales de los siglos XIX y XX? ¿Estamos entrando en la nueva Rerum Novarum del siglo XXI?

¿La propiedad más poderosa del futuro ya no será la tierra ni la fábrica, sino los datos? ¿Será que el gran conflicto contemporáneo ya no gira solamente alrededor del capital y el trabajo, sino alrededor del conocimiento, los algoritmos y la capacidad tecnológica?

¿Estamos todavía a tiempo de humanizar la tecnología antes de que la tecnología termine reorganizando lo humano?

Ahora bien —y aquí quiero decir algo que para mí resulta fundamental— no puedo leer este momento histórico únicamente desde la sospecha. Como creyente, también me niego a pensar que la historia queda exclusivamente en manos de los poderosos. Porque precisamente ahí es donde aparece otra lectura posible: la acción del Espíritu Santo suscitando en la Iglesia una conciencia nueva frente al que quizá sea el tema más decisivo de nuestra época. Quizá la Iglesia lo está entendiendo antes de que muchos alcancen a dimensionarlo.

Esta encíclica sobre IA podría ser el intento de la Iglesia de construir un contrarrelato frente a una narrativa tecnológica que suele presentarse como inevitable, neutral y salvadora. Y eso le da muchísimo espesor al texto. Porque ya no sería solamente una reflexión moral sobre herramientas digitales, sino una disputa profunda sobre quién define el futuro humano.

Urgen a la ONU convocar sesión especial sobre Inteligencia Artificial General ante riesgos existenciales

Carta abierta al presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas; al secretario general de las Naciones Unidas; al enviado especial del secretario general de las Naciones Unidas para la tecnología; y a los copresidentes del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial

Los abajo firmantes solicitamos la convocatoria de una sesión especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas dedicada específicamente a la Inteligencia Artificial General (IAG), con el fin de reunir a políticos, empresas, ONG y expertos en IAG para debatir cómo aprovechar los beneficios y evitar los riesgos de la IAG antes de que sea demasiado tarde.

Si bien los sistemas actuales de IA tienen fines limitados, como el diagnóstico médico o la redacción de informes, se espera que la IA general (IAG) sea capaz de abordar problemas nuevos con soluciones innovadoras a un nivel igual o superior al de la capacidad humana. Las formas más avanzadas reescribirán su propio código informático, lo que las llevará a perseguir objetivos propios más allá del control humano. Si se gestiona adecuadamente, la IA general podría impulsar avances sin precedentes en medicina, educación, economía, investigación sobre la longevidad, soluciones climáticas y paz mundial. Sin embargo, sin una supervisión adecuada, podría suponer una amenaza existencial para la civilización humana.

Felicitamos a la ONU por la creación del Panel Científico Internacional Independiente sobre IA. Aunque el mandato de este panel no refleja la urgencia de abordar la IA general (IAG), esta debería ser una prioridad fundamental en sus deliberaciones. Las grandes empresas tecnológicas prevén invertir 650 000 millones de dólares en IAG, lo que la convertiría en la mayor inversión de la historia. La revista “Nature” ya ha dado a conocer las primeras formas de IAG. Es muy probable que en esta década se logren formas más avanzadas de IAG. Recomendamos que uno de los grupos de trabajo del nuevo panel de IA se centre específicamente en la gobernanza de la IAG.

Los que más saben advierten del riesgo existencial que supone una IA general no regulada:
• Declaración sobre el riesgo: Mitigar el riesgo de extinción derivado de la IA debería ser una prioridad mundial… firmada por 100 científicos y ejecutivos del sector de la IA, entre los que se encuentran: Sam Altman, Bill Gates, Demis Hassabis, Elon Musk, Stuart Russell y Yoshua Bengio.
• Dario Amodei, cofundador y director ejecutivo de Anthropic y exvicepresidente de investigación de OpenAI: “Mi probabilidad de que algo salga realmente mal a una escala catastrófica para la civilización humana podría estar entre el 10 % y el 25 %”.
• Geoffrey Hinton, uno de los padres de la IA y ganador del Premio Nobel, dijo: “Creo que es importante que la gente entienda que no se trata solo de ciencia ficción; no es solo alarmismo: es un riesgo real en el que debemos pensar, y tenemos que averiguar de antemano cómo lidiar con él”.

Consciente de ello, el Consejo de Presidentes de la Asamblea General de las Naciones Unidas (UNCPGA) creó el Grupo de Expertos de Alto Nivel sobre la IA General (IAG). Este grupo, integrado por Yoshua Bengio, Stuart Russell y otros siete líderes en el campo de la IA General, elaboró el informe “Gobernanza de la transición hacia la Inteligencia Artificial General (IAG): consideraciones urgentes para la Asamblea General de las Naciones Unidas”. El informe concluye: “Es urgente aumentar la conciencia de los líderes nacionales e internacionales sobre los beneficios y riesgos de la futura IAG, a diferencia de las formas actuales de IA”.

El Panel Científico de la ONU sobre IA tardará varios meses en organizarse y un año entero en presentar sus primeros resultados. Para entonces, la IA ya habrá evolucionado varias generaciones. Necesitamos actuar con urgencia.

Apoyamos el informe sobre la IA general (IAG) del Panel Científico de la ONU y recomendamos su distribución inmediata a los Estados miembros de la ONU, así como la organización de una sesión informativa sobre su contenido, impulsada por la oficina de Su Excelencia, que conduzca a la celebración de una sesión especial de la Asamblea General de la ONU dedicada específicamente a la IA general.

Firmado:

Paul Shrivastava, copresidente del Club de Roma
Carlos Álvarez Pereira, secretario general del Club de Roma
Ugo Bardi, exprofesor de química de la Universidad de Florencia
Christian Berg, vicepresidente de la sección alemana del Club de Roma
Gianfranco Bologna, WWF Italia – Club de Roma – Alianza Italiana para el Desarrollo Sostenible (ASviS)
Mariana Bozesan, miembro de pleno derecho del Club de Roma y presidenta del Grupo AQAL
Gerardo del Cerro Santamaría, Academia de Ciencias de Nueva York
David F. Ciampi, Club de Roma de EE. UU.
Jude Currivan, cofundador de WholeWorld-View
Roger Cremades, Universidad de Leeds
Sandrine Dixson-Declève, presidenta honoraria del Club de Roma y presidenta ejecutiva de Earth4All
Fernande Faulkner, Asociación Canadiense del Club de Roma
Joerg Geier, director de Educación Ejecutiva de la Escuela Thunderbird de Gestión Global
Jerome Glenn, director ejecutivo del Proyecto Milenio
Andy Haines, Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres
Sirka Heinonen, profesora del Centro de Investigación sobre el Futuro de Finlandia de la Universidad de Turku
Friedrich Hinterberger, del Club de Roma y de Wachstum im Wandel
Barry Hughes, Universidad de Denver
Ndubuisi Idejiora-Kalu, profesor del Instituto de Investigación en Ingeniería de Sistemas Aplicados, Nigeria; profesor visitante de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Suiza Oriental, Rapperswil, Suiza; miembro del Centro Internacional de Estudios e Investigaciones Transdisciplinarias (CIRET), París, Francia
Ryan Jackson, miembro del Club de Roma, International Medical Consulting
Richard van der Jagt, Asociación Canadiense del Club de Roma
Tapio Kanninen, presidente de Global Crisis Information Network Inc.
Radosveta Krastanova, Universidad Nueva de Bulgaria, Sofía, Bulgaria – directora del Laboratorio de Soluciones para el Desarrollo Sostenible
Roman Krznaric, Centro para la Eudaimonia y el Florecimiento Humano, Universidad de Oxford
Hubert Landier, Centro Internacional de Investigaciones y Estudios Transdisciplinarios
David Lehrer, miembro asociado del Club de Roma y miembro de USACOR
Raymond J Leury, secretario de la Asociación Canadiense del Club de Roma
Hunter Lovins, presidente de Natural Capitalism Solutions
Edward W. Manning, miembro de pleno derecho del Club de Roma, expresidente de la Asociación Canadiense del Club de Roma
Christopher Mbanefo, miembro de la junta directiva del Club de Roma
Morne Mostert, Mindset Index
Nebojša Nešković, presidente de la sección Serbia del Club de Roma
Gabriel Peredo Albornoz – Uma Kanchariq, Doctorado en Conservación y Gestión de la Biodiversidad, Facultad de Ciencias, Universidad Santo Tomás, Chile
Cristina Popa Tache, Universidad Danubius Internațional
Franz Josef Radermacher, Instituto de Investigación para el Procesamiento del Conocimiento Orientado a la Aplicación, Ulm
Kate Raworth, Profesora Asociada Senior, Instituto de Cambio Ambiental, Universidad de Oxford
Walter R. Stahel, Instituto Product-Life de Ginebra
Anitra Thorhaug, Copresidenta, Asociación Estadounidense del Club de Roma
Andrew Welch, presidente, Asociación Canadiense del Club de Roma
Markku Wilenius, profesor de Estudios del Futuro en la Escuela de Negocios de Turku
Jinfeng Zhou, presidente de la Academia Mundial de Desarrollo Sostenible Limited
Laszlo Zsolnai, Centro de Ética Empresarial, Universidad Corvinus de Budapest
Ibon Zugasti, director, Prospektiker – Instituto Europeo de Estudios del Futuro

Imagen: https://www.palermo.edu/ingenieria/que-es-la-inteligencia-artificial.html

Taller virtual abordará cómo escribir con criterio propio en la era de la inteligencia artificial

El crecimiento del uso de herramientas de inteligencia artificial en entornos académicos ha abierto nuevas oportunidades, pero también preguntas urgentes sobre aprendizaje real, originalidad y ética. Con ese enfoque, PraxisLab506 organiza el taller virtual “Escribir con sentido en la era de la IA”, una propuesta orientada a estudiantes universitarios, familias, docentes y personas interesadas en fortalecer la escritura crítica sin depender de sistemas automatizados.

La actividad será impartida por Ingrid Bermúdez Vindas, metodóloga y filóloga con más de 30 años de experiencia en revisión de tesis, trabajos académicos, libros y textos profesionales, quien ha investigado de forma amplia los efectos del uso indiscriminado de la IA en la producción escrita.

Aprender a usar la IA sin perder la voz propia

Según la información compartida por la organización, el taller no se centra en aplicaciones tecnológicas ni en enseñar plataformas específicas, sino en reflexionar sobre el lenguaje, la integridad académica y el pensamiento crítico.

Entre los temas que se desarrollarán destacan:

  • Diferenciar textos generados por IA de textos con producción original.
  • Evitar el plagio encubierto.
  • Reconocer errores y vicios del lenguaje automatizado.
  • Utilizar la IA como herramienta de apoyo sin perder criterio propio.
  • Fortalecer el aprendizaje significativo.
  • Revisar normas universitarias vinculadas con ética académica.

La facilitadora advierte que muchos textos aparentemente correctos carecen de pensamiento propio y presentan errores idiomáticos frecuentes, fácilmente detectables por especialistas.

Modalidad práctica e interactiva

El taller se plantea con una metodología dinámica y participativa, buscando que las personas desarrollen capacidades concretas para producir textos originales y sólidos, aprovechando la tecnología de forma responsable.

Este grupo tendrá carácter de pilotaje, por lo que se ofrece con precio introductorio.

Fecha e inscripción

  • Fecha: 9 de mayo de 2026
  • Horario: 9:00 a.m. a 12:00 m.d.
  • Modalidad: Virtual
  • Cupos: Limitados
  • Inversión: ₡15.000
  • Información: 8331-2941

Formulario de inscripción:
https://forms.gle/43My2N5jetpnCvP36

Oferta para instituciones

PraxisLab506 informó además que esta capacitación puede ofrecerse posteriormente a universidades y otras entidades, tanto en modalidad virtual como presencial, dentro y fuera del país.