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Etiqueta: José Efraím Quirós Moya

Las guerras no terminan cuando callan las armas

PhD. José Efraím Quirós Moya

El siglo XX terminó, pero muchas de sus heridas permanecen: dos guerras mundiales, la Guerra Fría, la caída de la URSS, la desintegración de Yugoslavia y las intervenciones de las grandes potencias dejaron fronteras, memorias, alianzas y conflictos que todavía condicionan el presente. Europa vuelve a escuchar los tambores de guerra.

La historia ayuda a comprenderlo: para muchos países del Este europeo, la memoria de la dominación soviética alimentó su búsqueda de seguridad en la OTAN; desde Moscú, ese proceso fue interpretado como pérdida de influencia y seguridad estratégica.

Dos memorias. Dos lecturas del pasado. Un mismo continente.

Putin no es simplemente “el nuevo Hitler”. La comparación puede servir para estudiar determinados mecanismos históricos, pero también puede ocultar las diferencias entre dos épocas. Lo importante es comprender cómo la memoria histórica puede convertirse en fuerza política en el presente.

¿Y Costa Rica?

Aquí aparece nuestra propia historia.

En 1948, después de una guerra civil, se abolió el ejército. En 1949, esa decisión quedó incorporada a la Constitución. Y aquel antiguo espacio militar, el Cuartel Bellavista, terminó convertido en Museo Nacional.

Una sociedad que había vivido la guerra transformó un cuartel en un espacio de cultura y memoria.

Ese hecho también forma parte de nuestra identidad.

A ello se suman una tradición educativa y civilista construida durante décadas y el papel diplomático que Costa Rica desempeñó en la búsqueda de la paz centroamericana durante los años ochenta.

Por eso, frente a un mundo que vuelve a hablar de armas, fronteras y rearme, nuestra historia plantea una pregunta:

¿Puede una sociedad aprender de sus conflictos sin quedar prisionera de ellos? Quizá esa sea una de las grandes preguntas sociológicas de nuestro tiempo.

Porque la paz no es simplemente ausencia de guerra.

También puede ser una construcción histórica, institucional y cultural. Europa carga con sus memorias de guerra.

Costa Rica carga con las suyas, pero también con una decisión histórica: convertir la paz en parte de su identidad.

La calidad de la educación: una vorágine hermenéutica

PhD. José Efraím Quirós Moya

Durante décadas hemos escuchado hablar de «calidad de la educación». El concepto aparece en políticas, reformas, discursos, evaluaciones, indicadores y planes.

Pero cuando intentamos definirlo con precisión, descubrimos algo curioso: todos parecen estar de acuerdo con la palabra, pero no necesariamente con su significado.

Calidad ha sido entendida como excelencia, resultados, evaluación, eficiencia, equidad, competencias, innovación, inclusión o empleabilidad.

Y no es casualidad. Cuando un concepto significa todo, termina no significando nada. Y cuando no significa nada, sirve para justificar cualquier cosa.

Desde el análisis crítico del discurso, la pregunta, entonces, no es ¿qué es la calidad?, sino ¿quién define qué es calidad, cómo se mide y qué intereses quedan detrás de esa definición? Porque la calidad no es neutra.

Cuando se define desde el mercado, calidad es formar mano de obra competente, barata y empleable.

Cuando se define desde la tecnocracia, calidad es subir un indicador en una prueba estandarizada.

Cuando se define desde la equidad, calidad es garantizar condiciones reales para aprender: infraestructura digna, docentes bien formados y bien pagos, grupos pequeños y contexto.

No estamos discutiendo una palabra. Estamos discutiendo qué tipo de sociedad queremos. Y aquí aparece la paradoja más cruda: la calidad se convirtió en un poderoso discurso institucional que nos hizo actuar la calidad para ser evaluados, mientras la realidad del aula se vaciaba. Hablamos de calidad mientras recortamos presupuesto, cerramos escuelas rurales y culpamos al docente y al estudiante por no ser «competentes».

Quizá el problema no fue que nos faltara hablar de calidad.

Quizá hablamos tanto de ella que terminamos reemplazando la calidad por su discurso. Y en ese reemplazo, nos quedamos sin ambas.