La calidad de la educación: una vorágine hermenéutica
PhD. José Efraím Quirós Moya
Durante décadas hemos escuchado hablar de «calidad de la educación». El concepto aparece en políticas, reformas, discursos, evaluaciones, indicadores y planes.
Pero cuando intentamos definirlo con precisión, descubrimos algo curioso: todos parecen estar de acuerdo con la palabra, pero no necesariamente con su significado.
Calidad ha sido entendida como excelencia, resultados, evaluación, eficiencia, equidad, competencias, innovación, inclusión o empleabilidad.
Y no es casualidad. Cuando un concepto significa todo, termina no significando nada. Y cuando no significa nada, sirve para justificar cualquier cosa.
Desde el análisis crítico del discurso, la pregunta, entonces, no es ¿qué es la calidad?, sino ¿quién define qué es calidad, cómo se mide y qué intereses quedan detrás de esa definición? Porque la calidad no es neutra.
Cuando se define desde el mercado, calidad es formar mano de obra competente, barata y empleable.
Cuando se define desde la tecnocracia, calidad es subir un indicador en una prueba estandarizada.
Cuando se define desde la equidad, calidad es garantizar condiciones reales para aprender: infraestructura digna, docentes bien formados y bien pagos, grupos pequeños y contexto.
No estamos discutiendo una palabra. Estamos discutiendo qué tipo de sociedad queremos. Y aquí aparece la paradoja más cruda: la calidad se convirtió en un poderoso discurso institucional que nos hizo actuar la calidad para ser evaluados, mientras la realidad del aula se vaciaba. Hablamos de calidad mientras recortamos presupuesto, cerramos escuelas rurales y culpamos al docente y al estudiante por no ser «competentes».
Quizá el problema no fue que nos faltara hablar de calidad.
Quizá hablamos tanto de ella que terminamos reemplazando la calidad por su discurso. Y en ese reemplazo, nos quedamos sin ambas.

