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Etiqueta: Juan Rafael Mora Porras

Más allá de las palabras. Primera parte

Rafael A. Ugalde Q.
Periodista
Miembro del Movimiento Bolivariano de Solidaridad Yamileth López

En ocasión del llamado “mes de la patria” y los 166 años del asesinato de Juan Rafael Mora Porras y el general José María Cañas –2 de octubre de 1860– se elaboran tres entregas. En ellas, al calor de las festividades por el crimen realizado en Puntarenas, abordamos las contradicciones de clase actuales y nos preguntamos qué sentirían los dos próceres de la Campaña Nacional de 1856 si pudieran regresar de sus tumbas.

Conocemos cómo ciertos sectores políticos optan por adscribirse a categorías como «oposición» o «demócratas» con el propósito de diferenciarse, cuestionar o impugnar determinados modelos de gestión que, a su juicio, vulneran los principios del sistema liberal republicano. Esta postura posee plena legitimidad jurídica e incluso consistencia ética, formalmente condicional a que dichos actores mantengan su independencia operativa.

Sin embargo, se observa una contradicción estructural cuando estas mismas facciones dependen de la interacción o de las dinámicas del propio gobierno cuestionado para preservar o consolidar su caudal electoral, estimado de manera constante entre el 20% y el 25% según los estudios de opinión pública.

El núcleo ontológico del dilema reside, empero, en las condiciones de posibilidad para erigir y sostener una praxis gubernamental radicalmente discorde de la inercia institucional presente en los últimos cincuenta años de la nación. ¿Es viable quebrar la teleología del fracaso sin replicar los bucles históricos que han malogrado experiencias análogas en otras latitudes?

Esta interrogante adquiere un espesor aún más desafiante —casi aporético— ante el escenario de una quiebra abrupta de la arquitectura republicana. Nos enfrentamos aquí a la paradoja de una legitimidad que emerge en el seno de una soberanía amputada y una independencia constreñida; una entidad obligada, por vectores geopolíticos exógenos, a escenificar los ritos diplomáticos de la coyuntura contemporánea.

Así, la cuestión trasciende lo procedimental para interrogar la esencia misma de la autonomía: ¿Puede un orden político refundarse genuinamente cuando sus márgenes de libertad ya han sido predeterminados por el tablero internacional?

El ofrecimiento de una alternativa política alcanzará su auténtica coherencia cuando la promesa de una nueva gobernanza —cimentada ahora en el anti-continuismo y la salvaguarda democrática— se traduzca en un modelo de participación directa. Esto exige consagrar la articulación de las comunidades de base como sujetos protagónicos de su propio destino y consolidar una ruptura categórica con los viejos esquemas de servidumbres y gratificaciones electoralistas.

El otro bloque —frecuentemente presentado por sus críticos como “oficialista”, “dictatorial”, “antidemocrático” o “continuismo”— ejerce el poder con la firme convicción de que su proyecto político debe trascender del año 2030. Esta postura revela que, por encima de tener o no un plan estructurado de gobernanza, apuesta a abrir aún más la economía, por lo menos hasta no ver a Costa Rica convertida en la Singapur tropical.

De esta manera, más allá de los nombres o apellidos que quieran dar a ambos grupos, han forjado una relación idéntica y admirable a la de un matrimonio de toda la vida. Es una unión con sus inevitables picos de entendimiento, arrebatos de enojo, resentimientos y dulces noches de conciliaciones; bendecida y sostenida, sobre todo, por ese amor hereditario y activado por la cuna dorada que los mantiene desde hace más de dos siglos y hasta que “la muerte los separe”.

Sin embargo, unos y otros, desde la cúspide de sus élites, utilizan la imprecisión del lenguaje como un mecanismo calculado de dominación. Al imprimir a cada palabra la ambigüedad exacta, logran que el ciudadano que barre calles, paga la luz con un tarjetazo, quien añora una intervención quirúrgica, una casa, etc., crea entender el mensaje a su conveniencia, manteniéndose conforme.

Es cuando aparecen los frutos de ciertos discursos que, instrumentalizados por el rigor de las ciencias jurídicas y políticas, crean la “disonancia cognitiva” en una colectividad paralizada de toda capacidad de praxis y experimentación. Bajo esta premisa, se fija luego la idea de que el único bálsamo capaz de mitigar la contradicción interna se llama democracia.

Tienen años de especializarse en crear problemas coyunturales – desfinanciamientos de muelles, aeropuertos, filas en el Seguro – para después presentar la “modernización” como solución mágica del mercado: la entrega a los “especialistas” de la medicina privada las intervenciones quirúrgicas que no se hicieron en la Caja o a grandes consorcios las obras que no quisieron hacer.

Es el medicamento disponible que tienen para despojar a las mayorías de su destino, convirtiendo cualquier confrontación política en horror; no vaya a ser que las contradicciones inoculadas por años suplanten tradiciones, los “acuerdos” y las “negociaciones” propios entre élites, entendiendo el colectivo social dicho juego.

Mientras tanto, estos clanes hacen lo imposible para mantener en secreto la precisión y el verdadero significado de los conceptos; un monopolio lingüístico que, como clase social ducha en el arte del control, manejan con maestría histórica para asegurar que el poder jamás escape de sus manos.

No es una afirmación antojadiza. Una larga lista de autores, sobre todo desde finales de la década de 1960 hasta la actualidad, han hecho del estudio de los mecanismos de influencia en el subconsciente y en la conciencia de las masas un vasto campo del que se ocupa la ciencia de la comunicación.

Las perspectivas de análisis son amplias: abarcan desde el conservadurismo tradicional, el estructuralismo francés, el positivismo cientificista (o fetichismo numérico) y el funcionalismo de matriz weberiana, hasta los enfoques críticos, profundos, de autores clásicos y contemporáneos como Herbert I. Schiller, Francisco Sierra Caballero o Armand Mattelart (coautor junto a Ariel Dorfman de la célebre obra Para leer al Pato Donald.)

En su conjunto estos referentes han construido desde la economía política una herramienta analítica fundamental que trasciende el mero análisis de contenidos, la coyuntura electoral o la simple organización social del futuro basada en datos y algoritmos.

Esto es especialmente importante de cara a la sociedad del futuro, si se considera que toda organización que no articula a su base, descuida sus tareas de fondo y no está comprometida con transformar social y económicamente su colectividad, queda con una opción: resignarse a ver caer el auge conquistado cuando realizaba las modificaciones graduales y continuas del sistema, teniendo así que asimilar el regreso a peligrosos evolucionismos democráticos de viejo cuño para subsistir. Con independencia controlada y sin autonomía.

Estos autores demuestran, gústenos o no, disimulemos o lo decoremos, cómo las mayorías sociales siguen traumatizadas por siglos de despojos y exclusión sistemática. Sea en Brasil, Paraguay, México, Honduras, Costa Rica o Panamá, buscan certezas en la retórica de sus traumatizadores, frente a palabras absolutizadas por el “socialismo” democrático, la democracia de alternancia, la “institucionalidad” democrática, etc.

Este aparato conceptual – nos dirían algunos de estos autores – funciona como un dispositivo de alienación: la élite reproduce las condiciones de vulnerabilidad de quienes subsisten de la venta de su trabajo utilizando la opacidad y la ambigüedad discursiva. Lejos de ser neutral, este lenguaje opera como un control de la economía y la política, diseñado para institucionalizar la sumisión y asegurar así la estabilidad del orden social vigente.

De esta manera, el “relato” que nos cuenta la CNN, La Nación, El País de España sobre constantes alijos quitados al narcotráfico, la crisis de la seguridad ciudadana, la confrontación entre el Ejecutivo y el Poder Judicial, la “negligencia” de un excanciller etc., es la parte superficial del discurso o la pequeña punta visible del gran iceberg bajo el hielo, el que alguna vez Ernest Hemingway elevó a teoría literaria.

Estos grupos saben perfectamente hasta dónde llevar sus presuntas contradicciones, para mantener entre las masas la creencia de que si no son cuidadas como el pastor vigila a sus ovejas perecerán frente al lobo goloso; con ello refuerzan además la ilusión de que en democracia – al menos como la conocemos desde hace años – todo es posible alcanzarlo con esfuerzo y trabajo.

Si ellos nos enseñaran que desde aquellos días en que los criollos y sus descendientes optaron por un modelo que colapsaría si no generara pobreza, enfermos, gente sin casa, justicia lenta e instrumentalizada, inseguridad y violencia social etc., entonces el lobo desaparecería de nuestra vida.

El mantra, transmitido por generaciones, también habría desaparecido.

Sigue pendiente el Funeral de Estado para el presidente Juan Rafael Mora Porras

Vladimir de la Cruz

El asesinato fraguado contra el presidente Juan Rafael Mora Porras, realizado el 30 de setiembre de 1860, hace 166 años, en El Jobo de Puntarenas, sigue sin que la Patria haya saldado el homenaje que se le debe como presidente de la República.

El presidente Juan Rafael Mora Porras fue el máximo héroe costarricense y centroamericano, así también reconocido en Centroamérica, el gran estratega y conductor de la Guerra Nacional Centroamericana, y de la Gesta Nacional de 1856 y 1857, contra la presencia filibustera estadounidense en Nicaragua y en Costa Rica, con el peligro que esa hueste extranjera significaba para la independencia, soberanía de las jóvenes repúblicas centroamericanas, que acababan de salir del yugo colonial español, y la libertad de los pueblos centroamericanos, de haberlos sometido al esclavismo, y la anexión a los estados sureños y esclavistas de los Estados Unidos.

El 14 de agosto de 1859 le dieron un golpe de Estado al presidente Juan Rafael Mora Porras, en su tercer gobierno legítimamente elegido. Lo expulsaron del país hacia El Salvador con el general José María Cañas Escamilla, con su hermano el general José Joaquín Mora Porras, todos héroes y grandes conductores militares de la Guerra Nacional, y otras personas muy allegadas al presidente. Allí vivieron un corto tiempo el presidente Mora y ellos.

En 1860 el presidente Juan Rafael Mora Porras se dispuso a regresar a recuperar la Presidencia que le había sido arrebatada y arrebatada. Traicionado en su intento militar, a su regreso, se enfrentó en el Combate de la Angostura, en Puntarenas, obligado por esa traición a entregarse ante las fuerzas militares del gobierno que habían sido enteradas de su regreso y que llevaban la misión de acabarlo, dándole muerte.

La rendición de Mora se hizo bajo el compromiso de respetar la vida de los que lo habían acompañado en ese intento de recuperar la Presidencia, especialmente a su hermano el general José Joaquín Mora Porras, y también a su cuñado, hermano político, el general José María Cañas Escamilla.

No había en las filas oficiales del ejército que fue enviado a enfrentarlos y juzgarlos el número suficiente de oficiales, generales, que pudieran constituirse en el Tribunal Militar que llevara su juicio. Para ello improvisaron una oficialidad sin ningún procedimiento militar de ascensos y reconocimientos pertinentes, tan solo para justificar el crimen que ya tenían planeado y ordenado.

Así, en Puntarenas se constituyó, en pocas horas, el Consejo de Guerra o Tribunal Militar que determinó la muerte por fusilamiento del presidente Juan Rafael Mora Porras, órdenes que se llevaban de San José, del propio gobierno surgido del golpe de Estado, de José María Montealegre Fernández, de su vicepresidente Francisco María Yglesias Fernández y de los generales Máximo Blanco y Florentino Alfaro, que habían sido enviados a Puntarenas jefeando la tropa gobiernista, junto al coronel Pedro García Oreamuno y a Vicente Aguilar Cubero, todos opositores políticos del presidente Mora, líderes de la élite política y económica, que veían el regreso de Mora como un serio peligro a sus negocios e intereses económicos.

Así, se consumó el asesinato del presidente. El compromiso de no fusilar a Cañas y a José Joaquín se alteró por orden del presidente Montealegre. De esa manera, el 2 de octubre fue también fusilado el general José María Cañas Escamilla. Así se produjo la página más oscura, más negra de la Historia Patria.

Los cuerpos de Mora y Cañas se ordenó tirarlos al estero de Puntarenas, con el propósito de que allí desaparecieran. Esto se evitó gracias a un grupo de entrañables amigos, y parientes, del presidente, entre ellos los cónsules de Gran Bretaña y de Francia, los señores Richard Farrer y Jean Jacques Bonnefil, junto con los yernos de Bonnefil, Santiago Constantine y Julio Rosat, y el Capitán Francisco Roger, que impidieron que los cuerpos acabaran en el estero. Recuperados los cuerpos, que habían sido protegidos, envueltos, con la Bandera de Francia, fueron enterrados en el cementerio del estero, en una fosa cavada por ellos mismos, donde les depositaron y resguardaron por los siguientes seis años.

El 20 de mayo de 1866 el cónsul francés Jean Jacques Bonnefil, nuevamente, con cuatro personas, los marineros Carlos Leonara, Enrique Ligoneff, Francisco Hervé y Guillermo Noubée, exhumaron los cadáveres, los recogieron y mantuvieron durante un breve período de tiempo en la residencia del cónsul, en Puntarenas, de donde los trasladaron después a San José, a la residencia del cónsul, que estaba frente al Hospital San Juan de Dios.

En su casa se guardaron los restos de los héroes hasta que el 13 de mayo de 1885 fueron depositados en el Cementerio general de la ciudad de San José, sin que se hubiera hecho nunca, a partir de esta fecha, ningún ceremonial oficial de Entierro de Estado, de Funeral de Estado, al presidente de la República, Benemérito y héroe de la Campaña Nacional de 1856 y 1857 contra la presencia filibustera en Costa Rica y en Centroamérica. Ni tampoco ningún acto oficial de entierro para el general José María Cañas Escamilla.

Por ello está pendiente, desde aquel asesinato de Estado, un gran acto nacional, que debe realizarse con un Gran Funeral de Estado, donde se cumpla, con el reconocimiento oficial, a la figura del presidente Juan Rafael Mora Porras, y que se realice con toda la pompa, ceremonia y desfile que merezca.

En su memoria, en el Gobierno de Federico Tinoco Granados, el 8 de diciembre de 1918, en el período de la dictadura, se erigió un monumento, en el sitio del magnicidio, en la esquina sur oeste de la actual Plaza llamada Mora y Cañas, ubicada en el Barrio El Carmen, entre avenida 1 y calle 9 de la ciudad de Puntarenas. Allí están los bustos, desde 1960, de los héroes Juan Rafael Mora Porras y el general José María Cañas Escamilla, esculpidos por Juan Rafael Chacón.

Desde aquel año, en Puntarenas se realizan manifestaciones, desfiles y actividades de recuerdo a los héroes nacionales Mora y Cañas.

El Funeral de Estado que comprende el acto, en este caso, de exhumación, de exequias o del cortejo fúnebre que debe realizarse acompañando los restos, y los actos oficiales que se realicen en su memoria en la Asamblea Legislativa, bajo capilla ardiente, u otros sitios que se dispongan a este efecto, incluyendo un acto ceremonial religioso, católico, que también se le podría tributar, por razones de su credo y de la tradición de mediados del siglo XIX, y el de nuevo depósito de sus restos en el Cementerio general, no se ha hecho.

En Puntarenas, desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la noche hubo una serie de actividades programadas, como todos los años en esta fecha, que nos recordaron la egregias figuras y personalidades del presidente Juan Rafael Mora Porras y del general José María Cañas Escamilla. Las actividades en Puntarenas iniciaron con un desfile de 80 bandas musicales estudiantiles, de todo el país, que allí llegaron.

El gobierno de la República declaró tres días de duelo nacional, en su memoria, lo que se recuerda con las banderas nacionales a media asta en todo el país. Hubo también un Misa Tedeum, oficiada por el obispo de Puntarenas, y por la tarde se contó con la presencia de la presidenta Laura Fernández.

El alcalde de Puntarenas es quien ha llevado, junto a las organizaciones cívicas puntarenenses, la batuta de los actos que recordaron la memoria de los héroes Nacionales de la Guerra de 1856-1857.

El Funeral de Estado es la ceremonia pública que en Honor de la figura política del presidente Juan Rafael Mora Porras debe realizarse. Esto sigue pendiente. Hoy se hará una Honra Fúnebre, pero sigue faltando el Funeral de Estado.

Este Funeral de Estado, para el presidente Juan Rafael Mora Porras, servirá no solo para reivindicar el acto de su muerte, sino para fortalecer su memoria, el culto y el respeto al héroe, para fortalecer la identidad nacional en lo que el presidente Mora evoca y significa, para enriquecer la conciencia histórica, pero sobre todo para hacer justicia histórica con el héroe Nacional, que no tuvo su Funeral de Estado, su Funeral Oficial, con el que estamos en deuda nacional, quien le aseguró la soberanía y la independencia nacional al país, a la Patria, al pueblo costarricense y centroamericano.

Este Funeral de Estado no será de despedida, es de bienvenida y de inserción oficial a la memoria Histórica nacional.

A 166 años del fusilamiento de Mora, Arancibia y Cañas, organizaciones comunales mantienen viva su memoria

Edison Valverde Araya

30 de setiembre 1860 – Hace 166 años fueron fusilados Mora y Arancibia (chileno). Dos días después también fue fusilado Cañas (salvadoreño).

En su honor, hace un tiempo, junto a vecinas y vecinos de Puntarenas, realizamos homenaje en el Parque Mora y Cañas del Puerto. Luego lanzamos flores al mar.

También «habilitamos la memoria» de la Ruta de los Héroes 1856 (camino de piedra), entre Atenas y San Mateo, con carretas, bueyes y muchos vecinos y vecinas de esos cantones.

Por otro lado, en los Barrios del Sur, Parque Los Héroes de Paso Ancho, pintamos un mural con Juanito Mora, Pancha Carrasco y Juan Santamaría, como Héroes de la Patria.

¡No olvidamos!

Por ellos y el Ejército Libertador Costarricense de 1856-1857, es que hemos gozado de libertad y seguimos adelante.

Organizaciones que han ayudado a promover el rescate de la memoria histórica, con estas actividades:

– Movimiento Patriótico Juanito Mora

– Comunidad Buen Vivir.

Certamen busca recuperar las memorias de la Campaña Nacional guardadas en los hogares costarricenses

El baúl familiar se abre para contar la historia

 

  • La iniciativa convocará a la ciudadanía a desenterrar anécdotas, testimonios y objetos de valor histórico sobre la gesta heroica de 1856-1857.
  • Las personas pueden enviar sus propuestas a partir de este 30 de setiembre y hasta el 1 de mayo del año entrante

Documentar la memoria colectiva y rescatar las vivencias ciudadanas que forjaron la identidad de la patria, es el propósito del #Concurso de relatos e historias familiares en conmemoración del 170° aniversario de la Campaña Nacional de 1856-1857”, cuyo lanzamiento oficial se dio este lunes 14, a las 10 a. m., con una conferencia sobre “Los soldados de la Campaña Nacional” ofrecida por el doctor Raúl Arias en las instalaciones de Biblioteca Nacional.

La convocatoria llama a la ciudadanía a compartir los recuerdos, testimonios y registros guardados en sus hogares para integrarlos de manera permanente al acervo histórico del país. «La gesta heroica de 1856 y 1857 no solo se resguarda en los libros oficiales, sino en el corazón y los recuerdos latentes de las familias costarricenses. Este concurso es un puente de oro para rescatar del olvido esas microhistorias, anécdotas y tesoros familiares que forjaron el alma y la libertad de nuestra vía costarricense hacia el porvenir. Invitamos a la ciudadanía, en especial a las nuevas generaciones, a escudriñar en sus raíces y compartir la herencia viva de nuestros libertadores», indica Armando Vargas Araya, periodista y presidente emérito de la Academia Morista Costarricense, institución que impulsa el certamen.

Convocatoria

La recepción formal de las obras se abrirá este venidero 30 de setiembre de 2026 y cerrará el 1 de mayo de 2027. Los documentos deberán ser enviados directamente al correo electrónico oficial de la organización: contactoacademiamorista@gmail.com.

El jurado calificador evaluará propuestas enfocadas en las siguientes líneas temáticas:

  • Historias familiares y anécdotas transmitidas de generación en generación sobre la Campaña Nacional.
  • Objetos y recuerdos históricos de valor familiar (tales como medallas, cartas u otros artículos).
  • Memorias de desfiles y actividades escolares de épocas pasadas.
  • Relatos de ficción creativos inspirados en la gesta histórica de 1856-1857.

El veredicto final con las obras seleccionadas será anunciado públicamente el 30 de setiembre de 2027. Las bases completas del concurso se pueden consultar escaneando el código QR oficial integrado en los afiches de la campaña o solicitando información en las plataformas digitales de la Biblioteca.

Acerca de la Academia Morista Costarricense

Es una institución dedicada a la investigación, preservación y difusión de la vida, obra y legado del Libertador de la Patria, el presidente Juan Rafael Mora Porras, así como de los acontecimientos históricos de la Campaña Nacional de 1856-1857. Su propósito es fortalecer los valores cívicos, la soberanía nacional y la memoria histórica de Costa Rica a través de actividades académicas, publicaciones y certámenes culturales dirigidos a toda la ciudadanía.

Cuando el Dr. Alexander von Frantzius residió en Alajuela

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Luko Hilje
lukohilje@gmail.com

Nacido el 10 de junio de 1821 en Danzig —hoy Gdansk, perteneciente a Polonia—, el alemán Alexander von Frantzius Ritt se graduó como médico en la Universidad de Berlín en 1846. No obstante, como también tenía interés en varios campos zoológicos, vivía en una especie de limbo, sin definir hacia dónde orientarse como profesional.

Alexander von Frantzius. Foto: Archivo Luko Hilje

Para su fortuna, mientras estaba en esas, a mediados de 1851 el diplomático Franz Hugo Hesse —uno de los líderes de la Sociedad Berlinesa de Colonización Agrícola para Centroamérica—, le ofreció la posibilidad de trasladarse a nuestro istmo, con una plaza de naturalista, para dedicarse especialmente al estudio de la fauna; sobre esta entidad hay abundante información en mis libros Trópico agreste; la huella de los naturalistas alemanes en la Costa Rica del siglo XIX (2013) y La bandera prusiana ondeó en Angostura (2020). Sin embargo, aunque la propuesta le resultó atractiva, porque además padecía de asma y el clima tropical le podría sentar muy bien, ésta al final no cuajó.

Empero, inescrutable como es, el destino le tenía reservada una segunda oportunidad, que llegó por otra vía. En efecto, como desde 1852 residía en Costa Rica el abogado Fernando Streber Goldschmidt, —secretario de la citada Sociedad—, y era amigo del médico y naturalista Karl Hoffmann Brehmer, quien había sido compañero de estudios de von Frantzius en Berlín, Streber persuadió a Hoffmann para que radicara en nuestro país.

Fue así como Hoffmann y von Frantzius, con 30 y 32 años a su haber, respectivamente, y junto con sus esposas, llegaron a San José, nuestra capital, a inicios de enero de 1854. Habían zarpado de Bremen en octubre de 1853 en el bergantín Antoinette, que ancló en San Juan del Norte (Greytown), en el Caribe nicaragüense, tras lo cual debieron atravesar las tupidas y muy lluviosas selvas de Sarapiquí.

Sin saber nada de español, y respaldados por una carta de recomendación del gran sabio Alexander von Humboldt, dirigida al presidente de la República, Juan Rafael (Juanito) Mora Porras, aspiraban a ejercer la docencia en la Universidad de Santo Tomás, y dedicar el tiempo libre a sus exploraciones, pero en esa entidad no había carrera de medicina ni farmacia, por lo que la alternativa más lógica era instalar sus propias boticas-consultorios para ejercer su profesión.

Así lo hizo Hoffmann, en el costado sur de la Plaza Principal —hoy Parque Central—, pero no su colega y amigo, quien pronto percibió que el clima capitalino no atenuaría el asma, por lo que era preferible mudarse a una ciudad más cálida, como la cabecera de la provincia de Alajuela, a unos 20 km.

En consecuencia, a diferencia de Hoffmann, que podía disfrutar de la compañía de los miembros de la incipiente colonia alemana que había en la capital, von Frantzius quedó muy aislado, pues el único compatriota que vivía en dicha ciudad era Juan Barth Wollmann pero, como director de la Casa de la Moneda, permanecía en San José durante sus días laborales. Además, Juan Gätjens Timm y Franz Ludwig von Chamier von Schwieder residían algo lejos, en Atenas y Tacares de Grecia, respectivamente. A pesar de estas adversidades, en realidad von Frantzius fue muy afortunado, pues el 11 de abril de 1854 don Juanito lo nombró médico de pueblo, una especie de médico comunitario, cuyo salario era bastante alto, de 100 pesos mensuales.

En contraste con Hoffmann, quien estaba muy activo efectuando exploraciones botánicas y zoológicas, von Frantzius se había limitado —tal vez por el asma— a determinar el patrón anual térmico de la ciudad de Alajuela, a la vez que efectuó mediciones de la humedad relativa del aire en diferentes épocas, quizás desde el solar de su casa o de un potrero que tuvo, como se verá después. Además, ahí tuvo la oportunidad de tratar a Miguel Alfaro, pionero explorador de la zona norte de Costa Rica, quien con varios alajuelenses penetró las peligrosas y desconocidas selvas del norte en 1826 y 1827; eso le sería de gran utilidad para, años después, escribir el amplio artículo La ribera derecha del río San Juan; hasta ahora una parte casi completamente desconocida de Costa Rica (1862).

Ahora bien, la pregunta obvia es dónde vivía él exactamente, detalle que se desconocía por completo antes de la aparición de Trópico agreste. Este enigma no fue nada sencillo de resolver, como se explica de manera pormenorizada en dicho libro, pero gracias a algunas fuentes documentales clave, más una buena dosis de minuciosa labor detectivesca, me fue posible dar en el clavo.

Tienda Llobet, en vista frontal. Foto: Luko Hilje

En efecto, en noviembre de 1854 adquirió en una subasta pública una propiedad que consistía en “una casa y solar de cincuenta varas en cuadro”, es decir, un cuarto de manzana, que se localizaba “a una manzana de la Plaza Principal, al oeste de ella, valorada en novecientos pesos”, y que había pertenecido al finado Francisco López; a la usanza de la época, era una “casa de tejas sobre adobes”. Dicho predio ocupaba la esquina suroeste del cuadrante situado al costado oeste del actual Parque Central, donde hoy se yergue el alto edificio de la famosa tienda Llobet, fundada en 1934 por el español Francisco Llobet Matalonga.

No obstante, mis pesquisas me revelaron otro dato importante, y es que von Frantzius, tuvo dos propiedades más.

Efectivamente, en octubre de 1855 adquirió un solar “de cincuenta varas en cuadro”, localizada “a la orilla de la calle de Ronda [hoy calle Ancha] al sur, de esta ciudad”, o sea, cinco manzanas al sur del actual Parque Central, en la intersección de la calle Ancha y la calle 2 (Obispo Tristán), frente al edificio de Kentucky Fried Chicken localizado donde empieza la carretera radial que conduce al aeropuerto internacional Juan Santamaría. Se ignora el uso que le dio a este predio, o si fue solo una inversión.

La otra propiedad correspondía a un potrero muy grande, de nada menos que tres manzanas, ubicado al noroeste de la ciudad, fuera de la calle de Ronda, y que colindaba por el norte con el río Alajuela. Este predio, al noroeste del actual Cementerio General, está ocupado hoy por la Urbanización Meza. Es posible que una parte la utilizara para mantener las cabalgaduras de él y de su esposa, y quizás hasta alquilara algunos sectores como repastos. Esto es solo una especulación.

En síntesis, también en contraste con Hoffmann, quien siempre alquiló casa en San José, se nota que von Frantzius no solo poseía su propia casa en Alajuela, sino que además dos amplias propiedades. Es decir, pareciera que estaba a gusto en dicha ciudad, con un trabajo estable y bien remunerado y, por lo demás, bastante cálida.

Por eso, permanece sin explicarse por qué un día decidió vender sus predios y mudarse a la capital, lo cual ocurrió entre octubre y noviembre de 1857. Es decir, no completó siquiera cuatro años de residencia en Alajuela.

Como hipótesis, cabe conjeturar que, en viajes de paseo a San José, separada de Alajuela por una distancia que se recorría en unas cuatro horas a caballo, él y su esposa se percataron de que, al fin de cuentas, el clima de la altiplanicie capitalina —juzgado como delicioso por quienes lo disfrutaban— no le resultaba tan adverso como lo percibió al llegar al país en 1854.

Ahora bien, independientemente del motivo de la mudanza, lo cierto es que fue en San José, donde residió por poco más de 10 años —antes de retornar a Alemania a mediados de 1868, tras la muerte de su esposa—, cuando pudo expresar a plenitud sus dotes de naturalista, al acopiar la información necesaria para escribir la mayoría de sus 18 artículos científicos, ya en su patria. Por cierto, aunque vivió en dos o tres casas, en diferentes períodos, la última se localizaba donde hoy se yergue el Museo Nacional, lugar donde falleció su esposa.

En la capital pudo compartir muy poco con su colega y amigo Hoffmann, quien padecía de una enfermedad degenerativa, que lo llevó a la tumba a inicios de 1859. No obstante, instaló una céntrica botica- consultorio y contrató a los jóvenes José Cástulo Zeledón Porras y Juan José Cooper Sandoval para que le ayudaran en sus labores cotidianas, aunque además les enseñó a recolectar y embalsamar aves y mamíferos, con lo cual enriqueció mucho sus colecciones.

Sin embargo, los aportes de von Frantzius no se restringieron al campo zoológico, sino que también escribió sobre geografía, cartografía, geología, vulcanología, mineralogía, climatología, antropología, etnografía, salud pública e historia. Y, por si no bastara, se involucró como médico en dos episodios de la Campaña Nacional contra el ejército filibustero comandado por el esclavista William Walker. Para el lector interesado, en nuestro artículo Alexander von Frantzius, notable pionero de nuestras ciencias naturales (Revista de Ciencias Ambientales, 2021) hay una síntesis de sus aportes como naturalista y médico.

Falleció el 18 de julio de 1877, relativamente joven, cinco semanas después de alcanzar los 56 años de edad, víctima del asma que lo aquejara por casi toda su vida.

Para concluir, nos parece que sería oportuno que, en su memoria, y como retribución por sus méritos y servicios a Costa Rica, la municipalidad local —con la anuencia de los propietarios de la tienda Llobet—, colocaran una placa en el sitio donde él vivió en Alajuela. Este acto de justicia histórica podría realizarse el 18 de julio de 2027, al conmemorarse el 150 aniversario de su muerte.

La imagen de portada muestra la catedral de Alajuela

De William Walker, horda del hegemón y sistema capitalista, a un gobierno dirigido por un pedófilo: La esencia del destino manifiesto no cambia

Trino Barrantes Araya

El gringo de ojos celestes, abogado, periodista, médico y esencialmente un hijo predilecto de imperialismo, pisó tierras de nuestra hermana República de Nicaragua en el año de 1855. Su esquema era sencillo, dominar, por la vía militar y crear un nuevo estado. Su lema se sintetiza en un gran objetivo: “Five or None”.

Hoy el “pedófilo de la Casa Blanca”, amplía el yugo a site naciones más, bajo un adefesio político-militar llamado “Escudo de la Américas”. La frase de John Q. Adams, pronunciada en 1803, adquiere plena vigencia. Porque la Doctrina Monroe, sigue festinando con los cipayos y los lacayos de nuestro continente:

“El mundo tiene que acostumbrarse a la idea de que el continente norteamericano es nuestro dominio”.

El primero soñaba con dominar a su antojo la “Vía del Tránsito”, el actual en someter la soberanía de nuestros Estados y apropiarse del petróleo, del litio, de las tierras raras, del agua, del oro. Sí, bajo el ideal de Cristóbal Colón, el oro sigue teniendo validez, ayer en la conquista y la colonización, hoy en el nuevo proyecto neocolonial-neonazifascista.

Nos siguen cambiando cuentas y vidrios, por autodeterminación, independencia y soberanía. Aquel sueño imperial del “Estrecho Dudoso”.

Durante los primeros meses del año 1855, la pasividad de nuestros hermanos nicaragüenses fue pasmosa. Bajo tales circunstancias Walker pensó que la nacionalidad era solo una cuestión decorativa. Solamente se habían recorrido siete quinquenios de haber declarado la independencia de España y el nuevo amo del norte, encontraba una tierra fértil para sus perversos intereses.

Tal vez sea por esa razón que, en la proclama dictada en San José el 20 de noviembre de 1855, JUANITO MORA (Juan Rafael Mora Porras), de manera transparente se refirió contra los imperialistas gringos, de la siguiente forma:

“Una gavilla de advenedizos, escoria de todos los pueblos, condenados por la justicia de la Unión Americana, no encontrando ya donde hoy están con que saciar su voracidad, proyectan invadir a Costa Rica para buscar en nuestras esposas e hijas, en nuestras casas y haciendas, goces a sus feroces pasiones, alimento a su desenfrenada codicia”.

Las mismas mentiras que se tejen hoy en las narrativas del hegemón, son parte del discurso de agente del Destino Manifiesto. Cuando hipócritamente le escribe a nuestro prócer y arquitecto de la Segunda Independencia, descarada y falsamente le dice a Juanito Mora que sus intenciones respecto a las repúblicas centroamericanas son para “mantener el orden y el gobierno”. Se reclama en la cartografía imperialista la “ilusión de construir y fortalecer la democracia y fijar las bases del desarrollo”; no importa el número de víctimas, la ruptura del orden constitucional y gobierno”. Todo sea por la “pax imperial”.

Mora fue un adelantado de la época, porque a esta sucia maniobra imperialista, en su proclama del 28 de febrero dejaba claramente su sentido y vocación nacionalista. Señala que está próximamente amenazada la independencia de esta República y la de las otras de Centro América, de tal suerte que, la más apremiante necesidad no solamente es defender los derechos patrios, sino arrojar de Nicaragua al enemigo común”.

Déjennos aquí, hacer un parangón con la guerra genocida del sionismo contra Gaza y la aventura fracasada de la guerra sionista-gringa contra el pueblo de Irán. Cercanos a la Batalla de Rivas del 11 de abril, de la manera más visionaria proclamó don Juan Rafael Mora Porras lo siguiente: “Todos los filibusteros, de cualquier nacionalidad a que pertenezcan, que sean aprehendidos con las armas en la mano, sufrirán el rigor de la ley siendo fusilados”.

Las batallas, la del 20 de marzo de 1856 y la que se conoce con el nombre de Batalla de Rivas, el 11 de abril de ese mismo año, conocidas históricamente como la “Campaña Nacional”, forman parte del resultado del conflicto militar entre las fuerzas del ejército de Costa Rica, dirigidas por Juanito Mora, y como contraparte el ejército filibustero estadounidense conducido por William Walker.

Nuestra historia fue muy noble con los costarricenses. Hay dos grandes batallas que deciden el curso de nuestra soberanía y la primera derrota, de un país pequeño contra el imperialismo yanqui. La Batalla del 11 de abril, que dio lugar al triunfo de la toma del Tránsito y la Batalla del 11 de abril de Rivas.

La postura moral, combativa, decente y en función de la defensa de la soberanía de Juan Rafael Mora Porras, dista años de moral y decencia ante la forma servil en la que el actual mandatario dobla las rodillas ante el hegemón, rindiendo así culto a un pedófilo citado miles de veces en los archivos Epstein y animador vulgar del genocidio en Gaza.

De la Batalla de Santa Rosa a la Batalla de Rivas contra los filibusteros en Costa Rica y en Nicaragua. Algunas notas sobre la Primera Campaña

Vladimir de la Cruz

Celebramos este año, el 170 aniversario de la Gloriosa Gesta de 1856-1857, breve período histórico que se caracterizó, y generalmente así se recuerda, como los meses comprendidos entre el 20 de marzo de 1856, con el triunfo de la Batalla de Santa Rosa, sobre los filibusteros que habían ingresado al territorio nacional, y el 1º de mayo de 1857, cuando el jefe filibustero William Walker se rindió y salió de Centroamérica.

De manera más precisa, ese escenario histórico se comprende desde 1855, cuando se invita el 9 de abril, a William Walker, quien se hacía llamar expresidente de Sonora, para que llegue a Nicaragua a sumarse a las fuerzas políticas del Ejército Democrático, en su lucha interna contra el Ejército Legitimista, en ese país, hasta el mes de setiembre de 1860, cuando el 12 de setiembre fusilaron, en Honduras, a William Walker, luego de su último intento de regresar a Centroamérica, y el 30 de setiembre de 1860, fusilan al Presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora Porras y, el 2 de octubre de 1860, también fue fusilado el General José María Cañas.

La lucha entre liberales y conservadores en Nicaragua era intensa desde 1853. Walker llegó a Nicaragua desde San Francisco de California, de Estados Unidos, el 4 de mayo, al puerto El Realejo, donde fue recibido por los delegados del Ejército Democrático, que se enfrentaba al Ejército Legitimista jefeado por el General Ponciano Corral. Se le había ofrecido la posibilidad de impulsar una colonización. Walker llegó con su grupo de mercenarios bajo el nombre de la Falanje Americana. Walker en Nicaragua tuvo sus enfrentamientos y se produjo en Rivas un intento de quemarle el edificio donde estaba fortificado. En ese intento murió el 29 de junio de 1855 el joven Manuel Mongalo, un héroe nicaragüense similar a nuestro Juan Santamaría.

El presidente Mora, enterado de las andanzas filibusteras y mercenarias de Walker en Estados Unidos y México, previó el peligro de su llegada y estadía en Nicaragua en 1855.

El 20 de noviembre de 1855 el presidente Mora hace su Primera Proclama al pueblo costarricense advirtiendo del peligro que se cernía y llamando a prepararse para ir a combatir contra Walker. A su llamado se sumó, el 22 de noviembre, el Obispo Anselmo Llorente y La Fuente, advirtiendo también el peligro y amenaza que significaba Walker contra la religión católica.

A principios de 1856 Walker comisiona a su lugarteniente Schlesinger a venir a Costa Rica para “invitarnos” a formar parte de su proyecto anexionista y esclavista El presidente Mora da órdenes que no lo dejen desembarcar en Caldera ni en Puntarenas. Expulsado que fue enfureció a Walker quien pocos días después ordenó a Schlesinger que regresara a Costa Rica para tomarla a la fuerza. Así, la tropa filibustera se preparó para ingresar al territorio nacional en marzo de 1856.

El 1º de marzo, el presidente Mora, con apoyo del Congreso se prepara para marchar a Nicaragua, para luchar allá contra Walker y liberar a Nicaragua de la opresión que él les significaba. Ese 1º de marzo el presidente Mora lanza su Proclama de salida hacia la lucha contra los filibusteros.

El 3 de marzo, el Obispo Anselmo Llorente y La Fuente se dirige a las tropas combatientes, fortaleciéndoles espiritualmente su ánimo para ir a combatir, siendo acompañados por un grupo de sacerdotes bajo el mando del Presbítero Francisco Calvo, Capellán del Ejército en esa lucha contra los filibusteros.

El 4 de marzo el ejército duerme en Río Grande siguiendo la marcha por San Mateo.

El 7 de marzo el presidente Mora se incorpora a la marcha con el Ejército, asumiendo la Jefatura del Ejército y dejando en la Presidencia al vicepresidente Francisco María Oreamuno.

El 10 de marzo la tropa ya estaba en Puntarenas. La marcha seguiría por tierra, por el Golfo adentrándose por el río Tempisque hasta sus afluentes Bebedero y Bolsón, para desde allí llegar a Liberia, y tratando de darle vuelta a la Península para de esa forma llegar a Liberia.

El 11 de marzo el Ejército Expedicionario llega a Bagaces, donde los Generales José Joaquín Mora Porras y José María Cañas Escamilla desarrollan los planes de las operaciones militares a ejecutar.

El 12 de marzo el presidente Mora llega a Puntarenas acompañado de su Estado Mayor, mientras el Ejército Expedicionario llega a Liberia.

El 18 de marzo se recibe la noticia de que los filibusteros estaban en el territorio nacional, que habían pasado Sapoa, encontrándose en la Hacienda Santa Rosa, que era bien conocida por los costarricenses.

El 19 de marzo se partió hacia la Hacienda Santa Rosa. A las 4 de la tarde del 20 de marzo, se logró enfrentar a los filibusteros, en un combate que no pasó de los 10 minutos. A los 14 minutos de iniciado el combate se estaba redactando el Parte del triunfo sobre los filibusteros, que salieron huyendo. En la Batalla de Santa Rosa, fallecieron los Capitanes José María Gutiérrez y Manuel Quirós; los tenientes Justos Castro, Manuel Rojas y doce soldados.

La Batalla de Santa Rosa elevó la moral combatiente del Ejército Expedicionario e infligió una profunda derrota moral en los filibusteros. Hubo filibusteros capturados que fueron sometidos el 23 de marzo a un Consejo de Guerra, en Liberia, que dispuso fusilarlos, lo que se realizó el 25 de marzo.

El 24 de marzo el presidente en ejercicio, Francisco María Oreamuno se dirige con una proclama al pueblo informando el triunfo militar en Santa Rosa.

El presidente Mora dispuso, perseguir por todo el territorio nacional a los filibusteros, mientras avanzaba hacia Nicaragua.

El 29 de marzo el presidente Mora hace su Proclama dirigida a los nicaragüenses, indicándoles que va a ingresar a su país para liberarlos de la horda filibustera que los oprime y domina, indicándoles también que el ingreso de la tropa costarricense no es para ir a adueñarse de nada en Nicaragua, al mismo tiempo que los invita a participar en esta lucha.

El 31 de marzo la tropa está en Sapoa, ingresando a Nicaragua. El 4 de abril el Ejército se encuentra en marcha sobre la ciudad de Rivas. El 5 de marzo se llega a Peña Blanca, en Nicaragua, muy cerca del camino que se conocía como La Vía de la Compañía del Tránsito, empresa encargada de movilizar casi 1000 estadounidenses mensualmente desde la costa Atlántica a la costa Pacífica, de los Estados Unidos.

El 6 de abril el presidente Mora ya se encuentra en Santa Clara, en Nicaragua, listos para instalarse el 7 de abril, en Rivas, donde se acuartela. Allí recibió apoyo de ciudadanos Comisionados de Rivas. El 7 de abril dispuso el presidente Mora que dos Divisiones del Ejército tomaran por sorpresa San Juan del Sur y la Virgen, sitios que eran parte de la ruta de la Compañía del Tránsito. En La Virgen hubo un pequeño enfrentamiento con los filibusteros que tuvieron seis bajas y cinco heridos.

El 8 de abril el Ejército Expedicionario entra a Rivas, habiendo dado la vuelta por la Bahía de la Virgen, siendo recibidos con gran apoyo por la población. Inmediatamente se dirige a las Municipalidades de Rivas, Masaya, Granada, Matagalpa, Managua, León y Chinandega, para que le informen de la situación que tienen.

El 10 de abril el Ejército ocupa tres sitios claves, La Virgen, San Juan del Sur y Rivas. El presidente Mora ordena que se impida y se corte la navegación en el Río San Juan, tarea que se le encomienda al coronel Rafael Escalante.

A las 8 de la mañana los filibusteros se hicieron presentes en el Puerto del Estero del Sardinal, en San Carlos, desde donde habían querido ingresar los filibusteros al territorio nacional. Allí se produjo una ligera Batalla, la de Sardinal, el 10 de abril, donde resultaron heridos el General Florentino Alfaro y nueve soldados, y los filibusteros tuvieron cuatro muertos en tierra y muchos en el río. Allí fue tomado un vapor de Walker.

La Batalla de Sardinal, ese 10 de abril se sumó en elevar el espíritu de combate de la tropa nacional y, de la misma manera, produjo un desánimo en la tropa filibustera, y el propio Walker.

El 11 de abril, a las 8 de la mañana, Walker se lanzó a dominar la plaza de Rivas y a atacar el Cuartel General donde estaba el presidente Mora, desarrollándose un combate encarnizado que duró hasta horas de la noche. A Rivas fueron llegando los combatientes de Sardinal y de las tropas que se tenían explorando los terrenos aledaños. Las tropas de ambos ejércitos se acuartelaban en casas de la población.

En la Batalla de Rivas cayeron combatiendo valientes militares, el General José Manuel Quirós; el Mayor Francisco Corral; los Capitanes Carlos Alvarado, Miguel Granados, Vicente Valverde y más de 110 soldados. Los filibusteros perdieron 200 hombres, contando los que capturaron y fusilaron.

En esta Batalla, Walker se había acuartelado en la casa llamada Mesón de Rivas. Ese Mesón se intentó quemar para lo que se ofrecieron el oficial Luis Pacheco Bertora, que cayó herido, el soldado Rosales, de origen nicaragüense que peleaba con nuestra tropa, y el Tambor del Ejército, Juan Santamaría quien cayó en la tarea de la quema, que fue exitosa.

Los filibusteros abandonaron Rivas huyendo de la ciudad. El ejército costarricenses aseguró así su triunfo.

El 15 de abril el presidente Mora esperaba noticias de los ejércitos y de las fuerzas militares de los Gobiernos de El Salvador y Guatemala, que se sumaban a la guerra contra los filibusteros, para coordinar con ellos.

El 17 de abril Walker se encontraba en la ciudad de Granada, habiendo sufrido una gran deserción en su tropa.

El 21 de abril no se sabía nada del concurso de las Fuerzas Aliadas de El Salvador, Guatemala y Honduras.

En los siguientes días empezaron a manifestarse los enfermos y muertos del cólera, lo que obligó al regreso a Costa Rica del Ejército Costarricense.

El General presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora, desde el Cuartel General de Rivas, dirigió una Proclama agradeciendo a los jefes, a los Oficiales y los Soldados, todo su compromiso y ordenando regresar el Ejército Costarricense al interior de la República.

El 26 de abril, a las 4 de la mañana, el general presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora, dejó la ciudad de Rivas, dirigiéndose hacia Liberia acompañado de sus Edecanes y por el Ejército.

En Rivas murieron de cólera el comandante Juan Alfaro Ruiz, el Subteniente Julián Rojas y el Capitán Zenón Mayorga.

El 29 de abril en la Hacienda El Jocote se estableció un punto del ejército para defender la frontera y ejercer control sobre el Río San Juan.

De esta forma terminó, lo que conocemos como la Primera Campaña en la Guerra contra los filibusteros, quienes habían sido gravemente derrotados y desmoralizados.

Los días siguientes, en Nicaragua Walker se impone, con fuerza política desde junio, al tiempo que empiezan a llegar, el 4 de julio, los soldados guatemaltecos bajo las órdenes del brigadier Mariano Paredes y del coronel José Víctor Zavala, el 8 de julio llega la fuerza salvadoreña de vanguardia al mando del General Ramón Belloso.

El 10 de julio el Gobierno nicaragüense, de Fermín Ferrer, declara electo presidente de la República de Nicaragua al General William Walker, que fue reconocido por los Estados Unidos.

Así se da el marco de la llamada Segunda Campaña que se articula desde setiembre con los ejércitos centroamericanos aliados. En esta Segunda Campaña, la tropa costarricense, de nuevo movilizada al escenario de guerra se integra con las tropas aliadas.

Le peste del cólera afectó a la población costarricense con alrededor de 10.000 muertes. Nuevas batallas intensas contra los filibusteros caracterizan este período hasta la rendición de Walker el 1 de mayo de 1857.

El próximo sábado 11 de abril celebramos la tercer derrota al filibustero William Walker, la contundente de esa Primera Campaña, la que aseguró de modo definitivo que los filibusteros no pisarían el suelo costarricense.

El glorioso espíritu combativo, por las más de 12 horas de combate, inmortalizó la Batalla de Rivas, a los caídos y héroes de la Patria, y quienes se destacaron en esas horas de combate. De allí los principales héroes que se recuerdan con este motivo, el presidente general Juan Rafael Mora Porras, los generales José Joaquín Mora Porras, José María Cañas Escamilla, los caídos en la quema del Mesón, especialmente la exaltación que se hace de Juan Santamaría y de Francisca Pancha Carrasco, que con su participación se hace sobresalir a la mujer costarricense que se unió al Ejército y que representa a todas las mujeres que sustituyeron a los hombres, que salieron de los campos de trabajo, al combate, asegurando la producción, la economía de guerra en esos meses y la alimentación de los soldados.

Con motivo del 170 aniversario de la Batalla de Rivas, y de la Campaña Nacional contra los filibusteros se han preparado algunas actividades a las cuales les invito.

Viernes 10 de abril, desde las 10 a.m hasta el mediodía, la Municipalidad de Escazú, recuerda a los escazuceños caídos en los combates contra los filibusteros, en el Parque Central de Escazú, con desfile y con presentación escénica de la Cantata Guerra de 1856.

El sábado 11 de abril se convoca a las 10 a.m, al pie del Monumento del presidente, General y Benemérito de la Patria, Juanito Mora, frente al Edificio de Correos en San José, a un acto cívico para colocar una ofrenda floral en el Monumento.

El lunes 13 de abril, se invita por parte de la Academia Morista Costarricense y la Biblioteca Nacional, a la conferencia, a cargo del MSc. Adrián Chaves Marín, que se transmitirá por el Facebook de la Biblioteca Nacional, a las 4 p.m, bajo el título: “El fuego de la Memoria: 170 aniversario de la Batalla de Rivas”.

La Batalla de Santa Rosa, la más importante de la Campaña Nacional

Reflexiones en el 170 aniversario de la Batalla de Santa Rosa. (Conferencia de Vladimir de la Cruz, Secretario de la Academia Morista Costarricense, el 19 de marzo del 2026, en el Club Unión, con motivo del inicio del Año Morista 2026, y por la celebración del 170 aniversario de la Batalla de Santa Rosa. Igualmente impartida, el mismo día, a las 4 p.m en la Benemérita Biblioteca Nacional “Miguel Obregón Lizano”)

Los límites de Costa Rica se determinaron desde la época colonial. Al sobrevenir la Independencia, se alteraron cuando los habitantes del Partido de Nicoya tomaron la decisión de adherirse por su propia voluntad a Costa Rica, situación que incomodó a Nicaragua que se consideraba con mayor derecho, por haber sido la sede de la Diputación Provincial durante los últimos años de la colonia, resultado de las Cortes de Cádiz.

La decisión de Nicoya fue por el goce de su limitada autonomía que tenía frente al resto de los territorios de las Provincias centroamericanas, y por el papel importante que Costa Rica iba adquiriendo desde las Cortes de Cádiz, por el representante en ellas, el Dr. Florencio del Castillo, como por el papel que empezaban a tomar en esa región del Golfo de Nicoya, la apertura de los puertos de Caldera y de Puntarenas, que lograron intensificar más el comercio entre ambas regiones, así como por la estabilidad política y mejores condiciones que ofrecía Costa Rica a los nicoyanos, frente a la crisis que tenía Nicaragua.

Nicaragua no satisfecha con la decisión nicoyana, intervino ante la República Federal del Centro de América, reclamando las tierras de Nicoya, situación que no se resolvió en su favor. Los órganos de la República Federal ratificaron la decisión tomada por Nicoya y por Costa Rica, pero los sentimientos de recuperación del viejo Partido de Nicoya lo mantuvieron, hasta nuestros días, cuando en reiteradas ocasiones los gobiernos nicaragüenses, han incitado y alientan esa recuperación para consolidarse ante situaciones políticas internas que se les presentan, y usan el asunto de la recuperación de Nicoya como un gran distractor político, y de unificación popular frente a su gobierno.

La Corte Internacional nos ha dado la razón y permitido validar el Tratado de Límites de 1858, y hacer respetar el territorio nacional.

En la década de 1840-1850 esa demanda nicaragüense se mantenía y obligó al gobierno de Costa Rica a fortalecer su aparato militar. Con el ascenso de Juan Rafael Mora Porras, con gran visión política y preventiva, fortaleció la institución militar ante posibilidades de una guerra o una confrontación militar con Nicaragua.

Mientras tanto, los grupos económicos del sur de Nicaragua alentaban el conflicto. En Granada se mantenían los conservadores o legitimistas y en León los sectores más democráticos y liberales. En 1854 ambos grupos buscaban apoyos militares para sus luchas.

Los liberales, al estallar la guerra interna en Nicaragua buscaron apoyo extranjero promoviendo la llegada de William Walker, en 1855, ya reconocido filibustero y mercenario en el norte del continente, especialmente en México y, particularmente en Estados Unidos.

Walker había desembarcado en Nicaragua, en el puerto del Realejo en junio de 1855, con un grupo de mercenarios militares y combatientes de sus aventuras en Sonora, México, reconociéndole como “ciudadano nicaragüense”.

Allí, en Rivas, hubo una reacción contra él cuando se produjo la Primera Batalla de Rivas, el 29 de junio, en la cual las tropas legitimistas derrotaron a Walker, destacándose en esa Batalla el maestro Enmanuel Mongalo y Rubio, en un acto similar al que tiempo después haría Juan Santamaría, en Rivas el 11 de abril de 1856, con la quema del Mesón de Guerra.

El 13 de octubre de 1855, Walker ya estaba ocupando Granada, llegando el 23 de octubre de 1855 a la presidencia de Nicaragua Patricio Rivas, quien nombró a Walker General Jefe del Ejército, lo que le permitió ser el hombre fuerte de Nicaragua.

Poco tiempo después de la Batalla de Rivas, del 11 de abril de 1856, Walker llegó a elegirse Presidente de Nicaragua el 10 de junio de 1856, reconocido por el gobierno estadounidense. Fue investido como Presidente de Nicaragua el 12 de julio por el Fermín Ferrer, quien era presidente provisional, en la Plaza de Granada. En el acto de su investidura señaló su deseo de gobernar toda la América Central. Los gobiernos de El Salvador, Honduras y Guatemala firmaron el Tratado de la Alianza, del 18 de julio de 1856, con el cual reconocían a Patricio Rivas, enfrentándose de esa manera a Walker, y participando más activamente en la lucha que llevaba a cabo Costa Rica contra él.

En Nicaragua, el 14 de setiembre de 1856 en la Hacienda San Jacinto, cera de Managua se libró una Batalla, de San Jacinto, en la cual s fuerzas patrióticas de Nicaragua, encabezadas por el Coronel José Dolores Estrada, bajo el llamado Ejército de Septentrión, con 60 flecheros indígenas derrotaron a 300 filibusteros de Walker, comandados por Byron Cole, quien falleció dos días después, el 16 de setiembre, a manos de un sabanero.

En febrero de 1856 Walker había obtenido una concesión para construir el canal a través del río San Juan.

En el conflicto nicaragüense, Honduras apoyó a los conservadores. Y en el contexto centroamericano Honduras se debatía entre la mayor presencia de los Estados Unidos y la de Inglaterra. Por una situación particular en 1847 asumió la presidencia Juan Lindo, liberal alineado a los Estados Unidos, quien maniobró con El Salvador y Nicaragua, para restablecer la República Federal, para lo cual convocó a la Dieta de Nacaome, que funcionaba como conferencia unionista centroamericana, en la cual estos tres países firmaron un pacto con un gobierno provisional en Tegucigalpa. Guatemala no aceptó la iniciativa y la hizo fracasar con colaboración del cónsul inglés, Federico Chatfield, extendiendo el territorio del Rey Mosquito desde el Cabo de Honduras hasta la desembocadura de la región canalera del río San Juan, lo que desconoció Estados Unidos, posesionándose el arqueólogo, cónsul norteamericano, Ephraim Squier, de la Isla Tigre.

En los días inmediatos se agudizaron conflictos entre esos países, que culminaron con el Tratado Clayton Bulwer, tratado canalero entre Inglaterra y Estados Unidos sin tomar en cuenta a los centroamericanos.

En 1852 asumió la presidencia de Honduras José Trinidad Cabañas, más liberal, quien renunció siendo sustituido por Francisco Castellón, quien no gozaba de la simpatía de los ingleses. Los conflictos regionales se agudizaron y facilitaron que el representante estadounidense, Ephraim Squier, obtuviera una concesión ferrocarrilera muy favorable a Honduras por lo que los intereses británicos fueron de nuevo traídos a ese país, provocando una lucha armada en 1855 que derrocó a Cabañas.

En febrero de 1856, los ingleses apoyando a José Santos Guardiola, se impusieron en Honduras, agudizando el conflicto con Estados Unidos. El presidente Guardiola, aliado de los ingleses se sumó a la lucha contra los filibusteros de William Walker y procuraba hacer valer la soberanía del Rey Mosquito en la costa nicaragüense.

Para esa época, al desatarse los países latinoamericanos del yugo colonial, se volcaron ávidamente sobre ellos los otros países europeos, especialmente Francia e Inglaterra, con afanes imperialistas, lo que provocó enfrentamientos inter imperialistas de esa época.

América, Asia y Africa de nuevo volvieron al escenario de la dominación internacional. En América la presencia inglesa y francesa, especialmente en Suramérica, y luego en Centroamérica, provocó el interés de los Estados Unidos a principios del siglo XIX.

Así, desde 1811, los Estados Unidos aprobó la Política del Principio de No Transferencia que pretendía detener que los territorios americanos pasaran a manos de las potencias europeas como lo pretendía Inglaterra en el Cono Sur, en esos años.

Más tarde, en 1823, el 2 de diciembre de ese año, en su sétimo discurso al Congreso sobre el Estado de la Unión, el Presidente Monroe declaró que los Estados Unidos tenían el “carácter elegido”, la “idea americana” de la “defensa” de las Américas, considerando que los esfuerzos ingleses de controlar o influir, particularmente, en Suramérica debía considerarse una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos. Esto hizo surgir la llamada Doctrina Monroe que sostenía que Europa y América debían considerarse como dos esferas de influencias separadas.

Desde los mismos días de la Independencia de los Estados Unidos, Alexander Hamilton, había señalado que Europa debía mantenerse lejos de América, valorando el papel que Estados Unidos podría jugar en esa época en el plano internacional. John Quincy Adamas, presidente de Estados Unidos, también se pronunció contra cualquier intento de presencia colonial europea, luego que se fueron declarando las independencias de los países americanos.

En ese tiempo los Estados Unidos se adueñaron de la Florida, en 1819, que pertenecía a España y, en 1821, proclamaron la “defensa” arrogándose el derecho de intervenir unilateralmente en los estados latinoamericanos, convirtiéndose de hecho en sus protectores. Así, enfrentaron a Europa que quería restaurar su dominio colonial en América.

En 1845 el presidente James K. Polk afirmó, sobre la Doctrina Monroe, que ninguna nación o Estado europeo podía interferir con la expansión estadounidense que se estaba realizando.

En 1846, Estados Unidos impuso a Colombia, a la República de Nueva Granada, el Tratado Mallarino-Bidlack, con el cual se aseguró el derecho de tránsito por el istmo de Panamá a cambio de garantizar la soberanía colombiana sobre el territorio. En 1867 Rusia perdió sus posesiones americanas, adquiriéndolas Estados Unidos por compra debido, entre otras razones, al debilitamiento que tuvo en la Guerra de Crimea.

Con el desarrollo de la incipiente revolución industrial y agraria, a principios de siglo XIX, el esclavismo adquirió fuerza en los Estados Unidos, mientras en Europa daba paso a la proletarización y la liberación de la mano de obra. A mediados del siglo XIX esta postura política de los Estados Unidos cobró fuerza con el desarrollo de la doctrina del Destino Manifiesto que justificó la expansión hacia el oeste de los Estados Unidos, arrasando con todas las culturas originarias de esa gran nación, y se volcaron sobre los territorios de México y de Centroamérica, lo que produjo la guerra de 1856-1857, cuando los filibusteros actuaron, intervencionistamente, en posibilidad de anexar estos países y de someter a la esclavitud a los pueblos centroamericanos.

La Doctrina del Destino Manifiesto se convirtió en bandera de avance colonial esclavista, destacándose en ese proceso los llamados filibusteros, que actuaban como fuerzas mercenarias al servicio de estados, de grupos económicos de hacendados y de grupos políticos dominantes.

En la perspectiva de este desarrollo económico y político continental, del siglo XIX, se valoró la necesidad de facilitar el comercio para lo cual el Istmo Centroamericano empezó a destacar como un sitio no solo estratégico y geopolítico, sino de gran interés económico.

Centroamérica, con el río San Juan, el Gran Lago de Nicaragua y el Estrecho de Rivas sobresalían como la gran ruta interoceánica. Francia, Inglaterra y los mismos Estados Unidos miraban y deseaban la región y el control de este paso nartural.

En Estados Unidos, la expansión hacia el oeste, con el descubrimiento de las actividades mineras en California, despertó procesos migratorios violentos, de enfrentamientos con las comunidades indígenas autóctonas. La falta de un ferrocarril transcontinental, como fue llamado, terminado de construir hasta 1865, obligaba a trasladarse por la costa pacífica hasta llegar a la desembocadura del río San Juan, y continuar desde allí su travesía por la ruta natural que ofrecía el río y el Lago de Nicaragua, para cruzar por el Estrecho de Rivas, y dirigirse al norte por la costa pacífica para llegar a California.

A finales de la década de 1840, en 1849, el empresario Cornelius Vanderbilt impulsa la empresa The American Atlantic Pacific Steamship Company, interesada en construir un canal en esa región, combinándola, por razones tecnológicas, con navegación marítima y fluvial, y por vía terrestre con carruajes, para lo que fundó, en 1851, la Compañía Accesoria de Tránsito, que fue una empresa clave durante los años siguientes, que le permitió mover, desde la costa Atlántica a la Pacífica de los Estados Unidos, un flujo, según se ha dicho, de mil personas por mes. La empresa tuvo sus propios problemas y conflictos legales con el gobierno de Nicaragua por incumplimiento de contratos, disputas por la propiedad de los vapores que se empleaban y discusiones sobre la explotación de la ruta del tránsito.

La disputa por el límite sur de Nicaragua, que no estaba bien delimitado, se acentuó en esos años por parte de sectores sociales y políticos, en Nicaragua, que de paso estaban en una guerra interior.

Al contrario, la situación de Costa Rica era muy significativa y distinta a la que se vivía en Centroamérica.

Políticamente habíamos salido de la República Federal de Centroamérica desde 1838. Aún con Morazán en 1842 no se pudo reconstruir el proyecto federal. Mantuvimos el nombre de Estado de Costa Rica hasta el 31 de agosto de 1848, cuando se declaró la República de Costa Rica en el gobierno del Dr. José María Castro Madriz. En esa década, ya fuera de la República Federal, iniciamos lentamente nuestras relaciones internacionales como país independiente.

Económicamente, la expansión cafetalera tenía gran impulso hacia el oeste del Valle Central, donde también se habían desarrollado actividades mineras desde 1819 hasta 1844, que cuando se abandonaron permitió, de manera exitosa, una reinversión de ese capital minero en café y en caña de azúcar, en el norte del Valle Central. El café desde 1843 empezó a exportarse hacia Europa lo que provocó un gran salto en la economía, y abrió el país a la migración europea, con gran importancia, en la segunda mitad del siglo XIX.

Militarmente el Presidente Mora, desde 1850 fortaleció la institucionalidad militar, reorganizó el Ejército, restableció́ contingentes militares en Alajuela y Heredia. Asoció el poder de los militares y la existencia del Ejercito con la defensa y apoyo de los intereses del Gobierno.

Constitucionalmente, ya se había establecido cierto control de los poderes del Estado sobre el aparato militar y sobre la mayor incidencia del Poder Ejecutivo en el Ejército. Parte de esta reorganización fue la traída al país del militar polaco, en 1852-1853, Fernando von Salisch, para servir de instructor de alta preparación de las fuerzas militares y para ello se creó una academia militar.

En 1854 Mora reconocía cierta tensión en la relación limítrofe con Nicaragua, enfatizando que a partir de ese año la Provincia de Guanacaste “no tendría otra nacionalidad más que la costarricense, y el Partido de Nicoya no podía ser objeto de litigio, pues es propiedad nuestra, a la que tenemos indisputables derechos”, y advertía “que pueden presentarse complicaciones bastante graves”.

Con el Presidente Mora se aprueban las bases de un acomodamiento entre Costa Rica y Nicaragua, sobre límites territoriales, convenidos en Washington, por representantes de Gran Bretaña y Estados Unidos. Esta situación no estaba agotada. Se mantuvo hasta la llegada de Walker a Nicaragua, en 1855.

Los sucesos de Nicaragua y de Centroamérica, como las políticas injerencistas de la Doctrina Monroe, no eran desconocidas del presidente Juan Rafael Mora Porras.

La presencia filibustera en Nicaragua hizo que el Presidente Mora a finales de 1855, el 20 de noviembre, hiciera su Primera Proclama advirtiendo del peligro filibustero entronizado en Nicaragua, amenazando a Centroamérica, sobre todo cuando a finales de 1855, en Nicaragua se publica un mapa con la firma del Presidente Patricio Rivas y de William Walker en el cual se fija la frontera de Nicaragua, que incluía toda la Península de Nicoya, desde la desembocadura del río Tempisque hasta la desembocadura del río San Juan, lo que era una abierta amenaza de usurpación territorial, que no se podía dejar de lado. El representante diplomático de Costa Rica, en Estados Unidos, Luis Molina, tenía bien informado al presidente.

A diferencia de las situaciones políticas y militares conflictivas en Centroamérica, la de Costa Rica era bastante estable desde 1849, cuando Juan Rafael Mora asumió la Presidencia de Costa Rica, hasta cuando le derrocaron, el 14 de agosto de 1859, reconociendo el mismo Mora que tenía oposiciones políticas importantes que logró controlar hasta después de la guerra contra los filibusteros en Costa Rica y en Nicaragua. Eso permitió, quizá, el mejor manejo de la situación militar contra la presencia filibustera en la región, y permitió que el Presidente Mora se convirtiera en la figura política más destacada de esos acontecimientos, luciéndose como gran estratega y líder militar de la lucha contra la presencia y amenaza de los filibusteros en Costa Rica, Nicaragua y en Centroamérica.

El tiempo histórico de Juan Rafael Mora estuvo contenido en la Constitución Política reformada, del 30 de noviembre de 1848, promulgada en el Gobierno del Dr. José María Castro Madriz, que tuvo una vigencia de once años, hasta la caída del Presidente Juan Rafael Mora Porras, el 14 de agosto de 1859, cuando, pocos días después, se impuso la Constitución Política el 27 de diciembre de 1859. Eso permitió la estabilidad política que no existió para los gobernantes costarricenses entre 1833 y 1848, aunque tuviese el gobierno algunas situaciones tensas político militares que Mora supo controlar.

Desde el 10 de noviembre de 1855, el Presidente Mora, se dirigió a los representantes diplomáticos de Gran Bretaña, Francia y España, señalándoles el peligro que había sobre Centroamérica, solicitando apoyo moral y material para la lucha que iba a realizarse.

En esa nota diplomática el Presidente Mora advierte y destaca el interés expansionista de los Estados Unidos, señalando al filibusterismo como una “fuerza conquistadora” indicando que “la América Central hace algún tiempo es objeto de proyectos de anexión, por las riquezas del suelo y por las facilidades que ofrece para la comunicación interoceánica”. Les perfila a Walker como la persona que se presenta como “pacificador y conquistador de Nicaragua”, y les señala que “la Independencia está amenazada”, por lo que los filibusteros deben “ser vigorosa y prontamente escarmentados en la América Central”.

Preventivamente, el 2 de noviembre ordenó el Presidente Mora, que el General José María Cañas, Comandante de Puntarenas, se trasladara a Liberia para asumir la Comandancia de Armas y de Gobernación del Departamento de Moracia. A Rudesindo Guardia, Comandante y Gobernador de Alajuela, lo trasladó a Puntarenas.

El Presidente Mora había negociado con Francia y Gran Bretaña que estacionaran buques en Puntarenas, porque se consideraba un punto débil.

Por su parte William Walker tenía a Nicaragua como la puerta de entrada a Centroamérica. Tenía bien premeditado su plan, plasmado en la franja blanca de la bandera nicaragüense, donde escribió la consigna en inglés, “Five or none”, es decir, «Todas o ninguna».

El Presidente Mora estaba tomando las previsiones correspondientes.

Así, el 20 de noviembre de 1855 hizo su Primera Proclama, dirigida a todos los habitantes de Costa Rica:

“La paz, esa paz venturosa que, unida a vuestra laboriosa perseverancia, ha advertido tanto nuestro crédito, riqueza y felicidad, está pérfidamente amenazada. Una gavilla de advenedizos, escoria de todos los pueblos, condenados por la justicia de la Unión americana, no encontrando ya dónde hoy están con qué saciar su voracidad, proyectan invadir a Costa Rica para buscar en nuestras esposas e hijas, en nuestras casas y haciendas, goces a sus feroces pasiones, alimento a su desenfrenada codicia.

¿Necesitaré pintaros los terribles machos que de guardar fríamente tan bárbara invasión pueden resultaros?

No; vosotros los comprendéis; vosotros sabéis bien qué podéis esperar de esa horda de aventureros apóstatas de su patria; vosotros conocéis vuestro deber.

¿Necesitaré pintaros los terribles machos que de guardar fríamente tan bárbara invasión pueden resultaros?

No; vosotros los comprendéis; vosotros sabéis bien qué podéis esperar de esa horda de aventureros apóstatas de su patria; vosotros conocéis vuestro deber.

¡Alerta pues costarricenses! No interrumpáis vuestras nobles faenas, pero preparad vuestras armas. Yo velo por vosotros, bien convencido de que en el instante del peligro, apenas retumbe el primer cañonazo de alarma, todos, todos os reuniréis en torno mío bajo nuestro libre pabellón nacional. Aquí no encontrarán jamás los invasores, partido, espías ni traidores. ¡Hay del nacional o extranjero que intentare seducir la inocencia, fomentar discordias o vendernos!

Aquí no encontrarán más que hermanos, verdaderos hermanos resueltos irrevocablemente a defender la patria como a la santa madre de todo cuanto aman y a exterminar hasta el último de sus enemigos.”

Unos días después el Obispo Anselmo Llorente y La fuente, se pronunció en igual sentido, llamando a apoyar al Presidente Mora, enfatizando que era una guerra en defensa de la religión católica. En la movilización a los escenarios de la guerra, la Iglesia hizo su aporte con sacerdotes formando parte del Ejército, siendo su Capellán General, el Pbro. Francisco Calvo.

En 1855 Mora consideraba que el Ejército había logrado una gran disciplina muy esmerada, que estaba bien provisto para la defensa de la República y “para refrenar cualquiera facción que pretendiese alterar la inquietud de sus habitantes”.

Para el Presidente Mora el Ejército “era obediente, ejemplar en su valor si el infortunio alguna vez trajese la guerra a la Nación y le fuese preciso defender su independencia y la integridad de su territorio”.

A mediados de febrero de 1856 Walker envió a su emisario, el coronel húngaro Louis Schlessinger, uno de sus lugartenientes más importantes, para discutir con nuestro gobierno la pertenencia de Guanacaste a Nicaragua.

El Presidente Mora, en conocimiento de que dicho emisario llegaría a Puntarenas ordenó, el 18 de febrero, que lo expulsaran de inmediato, lo que indispuso a Walker, que en Granada, al regresar Schlessinger, exclamó ante sus tropas: «Les enviamos la rama de olivo y nos devolvieron el cuchillo. Bien está. Les daremos guerra a muerte y les hundiremos el cuchillo hasta la empuñadura». Así, declaró la guerra.

Schlessinger, estaba también comisionado por el Presidente Provisorio de Nicaragua, Patricio Rivas, en ese momento, para recabar información sobre la actitud del gobierno de Costa Rica sobre el gobierno de Nicaragua.

Schlessinger se hizo acompañar del Capitán W. A. Sutter, ambos expulsados de Costa Rica, desde Puntarenas donde habían llegado. El Presidente Mora también dispuso no reconocer misión ninguna del Gobierno Provisorio de Nicaragua.

Ante esa situación, el 27 de febrero de 1856, el Congreso Nacional declaró la guerra a la presencia filibustera, para ir a esa guerra solos, o en unión de fuerzas aliadas de los demás gobiernos centroamericanos, si se sumaran a la lucha contra la opresión de los nicaragüenses, para sacarlos de América Central.

Los objetivos eran claros, redimir de la opresión a Nicaragua, arrojar a los invasores del territorio centroamericano, y asegurar la libertad de Hispanoamérica.

El Presidente Mora, con gran responsabilidad patriótica, se puso personalmente al frente del Ejército Expedicionario.

El Congreso Nacional “ante la integridad nacional amenazada reclamó a los buenos costarricenses acudir a la defensa de la Patria, para lidiar por tan justa causa, por lo que aumentó el Ejército Nacional a 9000 hombres, de todas armas y, con este fin, en cada una de las provincias de Alajuela y Heredia se organizará inmediatamente una división de mil soldados con sus correspondientes jefes y oficiales.”

El primero de marzo el Presidente Mora hace su Segunda Proclama, en tono categórico, dirigida “a los compatriotas:

“A las armas! Ha llegado el momento que os anuncié. Marchemos a Nicaragua a destruir esa Falange impía que la ha reducido a la más oprobiosa esclavitud. Marchemos a combatir por la libertad de nuestros hermanos.

Ellos os llaman, ellos os esperan para alzarse contra sus tiranos. Su causa es nuestra causa. Los que hoy los vilipendian, roban y asesinan, nos desafían audazmente e intentan arrojar sobre nosotros las mismas cadenas ensangrentadas.

Corramos a romper las de nuestros hermanos y a exterminar hasta el último de sus verdugos.

No vamos a lidiar por un pedazo de tierra: no por adquirir efímeros poderes; no por alcanzar misérrimas conquistas, ni mucho menos por sacrílegos partidos.

No, vamos a luchar por redimir a nuestros hermanos de la más inicua tiranía: vamos a ayudaros en la obra fecunda de su regeneración, vamos a decirles:

Hermanos de Nicaragua, levantaos: aniquilad a vuestros opresores. Aquí venimos a pelear a vuestro lado por vuestra libertad, por vuestra patria.

Unión, nicaragüenses, unión.

Inmolad para siempre vuestros enconos; no más partidos, no más discordias fratricidas. Paz, justicia y libertad para todos. Guerra sólo a los filibusteros.

Yo marcho al frente del ejército nacional. Yo que me regocijo al ver hoy vuestro noble entusiasmo, que me enorgullezco al llamaros mis hijos, quiero compartir siempre con vosotros el peligro y la gloria.

Vuestras madres, esposas, hermanos e hijos os animan. Sus virtudes patrióticas os harán invencibles.

Al pelear por la salvación de vuestros hermanos, combatiremos también por ellos, por su honor, por su existencia, por nuestra patria idolatrada y la independencia hispanoamericana.

Todos los leales hijos de Guatemala, El Salvador y Honduras, marchan sobre esa horda de bandidos. Nuestra causa es santa, el triunfo es seguro. Dios nos dará la victoria y con ella la paz, la concordia, la libertad y la unión de la gran familia centroamericana”.

Era claro el llamado poniendo de relieve luchar para destruir a la falange impía, a lucha contra la esclavitud que se había impuesto en Nicaragua y a luchar por la libertad de los nicaragüenses, “nuestros hermanos”.

Señalaba que se avanzaba a Nicaragua pero no para adquirir tierras, ni a gobernar ese país. Se iba para estimular el levantamiento de los nicaragüenses contra sus opresores y a luchar por su Libertad. Más claro fue cuando señaló que la lucha, en Nicaragua, era para asegurar la Independencia hispanoamericana, reconociendo que también Guatemala, el Salvador y Honduras se sumaban en esa lucha por la unión de la familia centroamericana.

El 3 marzo de 1856 se reunieron en la plaza principal de San José las personas para escuchar la arenga del obispo Anselmo Llorente y Lafuente y para conformar el ejército costarricense, que se enfrentaría a las tropas invasoras del norteamericano William Walker.

La vanguardia de este Ejército compuesta por 2500 hombres estuvo al mando del General don José Joaquín Mora.

La marcha inició desde San José, en la madrugada del 4 de marzo, tras recibir el día anterior la bendición del obispo Anselmo Llorente y Lafuente.

En el camino se fueron sumando los regimientos de Heredia y Alajuela, constituyendo así el Ejército Expedicionario, que se dirigió por los Montes del Aguacate hacia Puntarenas, donde se estimaba que Walker invadiría y para continuar hasta Guanacaste. Unos lo hicieron por tierra y otros cruzaron, en barcos o en botes, el Golfo de Nicoya, y navegaron en el río Tempisque, y sus afluentes, Bolsón y Bebedero, para llegar a Liberia.

La fracción del ejército que se dirigió a Puntarenas, estuvo a cargo del General José Joaquín Mora. De allí siguieron con destino al afluente de Las piedras, conocido como Bebedero, situado en la confluencia de los ríos Las Piedras y Tenorio. El otro grupo, iba el mando del Capitán Clodomiro Escalante que se dirigió al Puerto de Bolsón y desde allí proseguir hasta Liberia.

El mando del Ejército lo asumió el Presidente Juan Rafael Mora Porras el 8 de marzo, dejando en su lugar a Francisco María Oreamuno, falleciendo como Presidente en ejercicio del país, como resultado de la peste del cólera, el 23 de mayo de 1856.

Mientras tanto, en Nicaragua, el 11 de marzo, el gobierno de Patricio Rivas declaraba la guerra a Costa Rica. El mismo 11 de marzo Walker se dirige a “los centroamericanos”, señalando que bajo su mando se encuentra la “fuerza americana” para conciliar la paz, para intentar establecer francas y amistosas relaciones con las Repúblicas vecinas, que fueron repelidas y tratadas con desprecio y desdén, por lo que le queda es tratar con hostilidad a todos los serviles de América Central y declarar enemigos a esos gobiernos serviles.

El día 12 de marzo, el Presidente Juan Rafael Mora en su ruta hacia Liberia, iba acompañado por el Subsecretario de Guerra, Rafael G. Escalante. Llegó a Puntarenas para reunirse con el resto del Ejército y las tropas del General don José María Cañas, comandante del Departamento de Moracia y del General José Joaquín Mora.

Por su parte Walker ordenó a su Ejército estar listo para enfrentarse a Costa Rica, y nombró a Schlessinger jefe de su tropa invasora, ordenándole que partiera hacía el río La Flor, que era el límite natural de Guanacaste, llegando de esa manera a la Hacienda Santa Rosa.

Este mismo día 12 de marzo, desde el puerto de Puntarenas al mando del Capitán José María Gutiérrez, con destino a las Piedras, salió un contingente de 300 hombres, que se agregaron al grueso del Ejército el día 16.

El día 15 entraron los filibusteros a La Flor, en territorio nicaragüense y el 16 de marzo cruzaron la frontera de Costa Rica, llegando a las Salinas de Bolaños, hoy conocido el sitio como Puerto Soley.

El 19 por la tarde la tropa de Walker estaba en la Hacienda Santa Rosa.

El 17 de marzo prácticamente toda la tropa costarricense se encontraba en Liberia. Allí se había sumado la caballería y los llaneros que comandaba el General José María Cañas.

La noticia de la invasión del territorio nacional llega el 17 de marzo por medio del dueño de la Hacienda Sapoá. Ante esta situación se dispone que el general Cañas se quede en Liberia con el grueso del ejército, mientras que un contingente de 500 hombres, al mando del coronel Lorenzo Salazar, reforzado por cien lanceros bajo las órdenes del mayor don Julián Arias y del capitán don Juan Estrada, salgan en la madrugada del 18 de marzo, con el objeto de ir a su encuentro.

El 19 de marzo la tropa nacional recibió el refuerzo del General Mora, y del teniente Coronel José María Gutiérrez, con 100 hombres y dos cañones pequeños.

El 19 de marzo el jefe filibustero Schlessinger había llegado a la Hacienda Santa Rosa, con casi 300 solados y combatientes.

Con conocimiento de la presencia filibustera en la Hacienda Santa Rosa, y del conocimiento que sobre la zona y de la Hacienda, por el General José Joaquín Mora, se discute escoger entre dos rutas; una, que se dirigía a la Hacienda el Pelón y, otra, a la Hacienda Santa Rosa. Se decide avanzar hacia la Hacienda el “El Pelón” que había pertenecido al suegro el General José Joaquín Mora, a Agustín Gutiérrez.

La Hacienda tenía facilidades para abastecerse de agua y sobre todo tenía, muy buena posición estratégica en caso de un ataque. A la Hacienda llegaron en horas de la tarde, después de haber recibido en el camino la arenga patriótica del capellán Manuel Vasco.

La marcha se inició el día 20 de marzo durante las horas de la madrugada. Había el rumor de la presencia del enemigo en la proximidades de los llanos del Coyol. Se envió una avanzada en misión de exploración. Los datos no resultaron verdaderos al lograr apresar un filibustero que se había quedado rezagado. Este soldado intentó engañar al ejército costarricense llevándolo en sentido contrario, pero fue descubierta su trampa. Además, Agustín Gutiérrez descubre, en uno de los senderos que conducían a la Hacienda Santa Rosa, las huellas del grupo invasor, por lo que se toma la decisión de enviar en labor de reconocimiento al teniente Macedonio Esquivel, quien en efecto pudo observar y constatar la presencia de los filibusteros en la casa de la Hacienda, para lo que se preparó el ataque por sorpresa.

La organización de las tropas de Costa Rica fue de la siguiente forma: Jefe del Estado Mayor, el General José Joaquín Mora, Jefe de División, el Coronel Lorenzo Salazar, Comandante del Batallón Guardia de la Constitución, el Mayor Clodomiro Escalante, el Jefe de la escuadra de Caballería, el Mayor Julián Arias y el Capitán Juan Estrada y el Jefe del batallón de Moracia, el Comandante Mayor Domingo Murillo.

El ejército invasor de Walker organizado personalmente poé él estaba comandado por el coronel Louis Schlessinger, militar de carrera húngaro, que dominaba varias lenguas, entre ellas el francés, alemán, español, y el inglés, lo que le posibilito formar un ejército de alemanes, franceses y norteamericanos constituido por alrededor de 300 hombres. Los jefes filibusteros eran: el Jefe De batallón, Coronel Luis Schlessinger. Su Ayudante, el Mayor J.C. O`Neal, el Jefe de la Compañía A (Nueva Orleáns), el Capitán D. W. Torpe, el Jefe de la Compañía B, (franceses), el Capitán Legeay, el Jefe de la Compañía C, (Nueva York), el Capitán Creighton, el Jefe de la Compañía D, (Alemanes), el Capitán Prange, y el jefe de la Compañía F (Rifleros californianos), el Capitán Anthony Francis Rudler.

Con motivo de la guerra el Ejército Nacional, en marzo de 1856, hizo circular el Boletín del Ejército, editado en la imprenta del Ejército Expedicionario, por el Cuartel General en marcha, con sede en Liberia. Mora de esa manera le daba un papel muy importante a la imprenta, a la prensa, como un elemento de combate, para levantar la moral de la tropa, para desalentar y engañar a los enemigos y para advertirlos sobre sus capturas. Capturado un filibustero, que manifestó que era periodista, le perdonó la vida, valorando el papel de los periodistas como corresponsales de guerra. Capturado luego como combatiente ordenó se le fusilase. En uno de sus ejemplares, por la composición de los combatientes de Walker se publicó la Proclama del Presidente Mora, en inglés, francés y alemán referida al fusilamiento de todo aquel filibustero que fuere aprehendido con armas.

El 20 de marzo por la tarde, era Jueves Santo. La organización del ataque permitió que en pocos minutos el ejército filibustero fuera derrotado.

El parte de guerra informando del triunfo se redactó entre el minuto 11 y 14 después del triunfo, una vez que se hizo el balance del combate, de manera que el enfrentamiento pudo haber durado no más de 7 u 8 minutos. El General Mora señaló que el combate duró 5 minutos.

El General José Joaquín Mora describe la Batalla de Santa Rosa así:

“El Coronel Lorenzo Salazar, con doscientos ochenta hombres, debía atacar el frente, la izquierda y el flanco derecho de la casa; seguíanle por ese lado (el más practicable) los dos cañoncitos, dirigidos por el Capitán Mateo Marín.

“El Capitán José M. Gutiérrez, con doscientos hombres, debía flanquear la izquierda por fuera de las cercas y tomar posición a la espalda de las casas, sobre la cumbre de la colina.

“El escuadrón de caballería quedo formado en el callejón hasta recibir la orden de cargar al enemigo, cuando se le desalojara de sus posiciones.

“La tropa de Moracia, en número de doscientos hombres, la formé, en batalla, en el callejón para cubrir la retirada en caso necesario.

“Listo todo, mandé a desembocar por el callejón a la tropa formada por columnas. Nuestros soldados al son de las cornetas, que tocaban a degüello, marcharon a la carrera, acudiendo cada cual al puesto señalado.

“Los filibusteros no hicieron ni un tiro…Allí murió el valiente oficial Manuel Rojas. Una vez dentro no hubo ya esperanza para los malhechores; el sable y la bayoneta los hacían trizas y ellos, aterrados, ni atinaban ofender con sus tiros… Todo esto paso en cinco minutos.

A los 14 minutos, contados desde la primera descarga, se hallaba mi tropa formada en el mejor orden y en tranquila posición de Santa Rosa”

Nuestros soldados y combatientes actuaron con furia, dispararon con dos cañoncitos de montaña, numerosos fusiles Minié y otros de chispa, pero también blandieron filosas bayonetas, sables y machetes en el enfrentamiento sorpresivo de luchar cuerpo a cuerpo. Schlessinger, jefe del ejército invasor, fue de los primeros en huir hacia Nicaragua, donde no le fue nada bien con Walker.

El periódico “El nicaragüense”, refiriéndose a la Batalla, dice que los filibusteros “sufrieron una terrible derrota”, “cruel y vergonzosa”, a manos del Ejército de Costa Rica que estaba compuesto de 600 a 1000 hombres. La derrota se le atribuyeron al comandante Schlessinger ya que los sorprendieron descansando.

La prensa dice “el fuego de los costarricenses fue destructor”. Los filibusteros huyeron en todas direcciones. Schlessinger y otros oficiales fueron sometidos a un Consejo de Guerra. Schlessinger fue fusilado.

El periódico, de Frank Leslie, “Ilustrated Newspaper”, del 21 de junio de 1856, concluía que la Batalla de Santa Rosa “será por siempre recordada como una de las más desastrosas que se haya sostenido bajo nombre americano en este continente”.

El Presidente Juan Rafael Mora, en el cuartel General de Liberia, el 21 de marzo se dirigió a los soldados de la División de Vanguardia. El Presidente les dijo:

“Habéis cumplido vuestro deber siendo los primeros en derrotar a los verdugos de vuestros hermanos, a los alevosos enemigos de la Independencia centroamericana, que se han atrevido a profanar el caro suelo de la Patria. Robando y asesinando. Eso esperaba de vosotros.

¡Adelante! Otro esfuerzo más: un solo tiro y a la bayoneta. Y veréis como huyen y esos son sus mejores asesinos. El triunfo es y será siempre vuestro.

Paz y gloria a los bravos que han perecido. Salud y lauros a todos los valientes vencedores.”

El mismo 21 de marzo el Presidente Mora dirigiéndose al Señor Ministro de Guerra le informa que el primer triunfo se logró el 20 de marzo en la hacienda Santa Rosa, próxima a la frontera con Nicaragua: ahí se le marcó la raya sur a las tropas del expansionismo esclavista.

Pocos días después, el 7 de abril se arrebató a los usurpadores el puerto de La Virgen sobre el Lago Cocibolca. A los tres días se cortó, en Sardinal, un avance filibustero por el río Sarapiquí, segunda victoria en suelo costarricense. Dos mil hombres marchaban de victoria en victoria en el viril cumplimiento de los deberes de su destino.

El 20 de marzo de 1856 se encontraron ambos ejércitos en Santa Rosa, descrita como una hacienda, con una plazuela, formada por un valle hondo y limpio, circundado por colinas de poca elevación, pero escarpadas, según consta en la descripción del General José Joaquín Mora, hermano del Presidente.

Allí, comentó Mora, se vio a aquellos soldados motejados de “sombras” y “enclenques”, “incapaces de valor guerrero y de valentía personal”, acometer al enemigo, al son de las trompetas que tomaban a degüello, en tal forma que, según lo menciona el propio parte de guerra, el sable y la bayoneta los hacían trizas y ellos, los filibusteros, aterrados, ni atinaban a ofender con sus tiros. Y agrega, en frase que lo dice todo por su sobriedad castrense, digna de los grandes capitanes: “Hubo entre los soldados notables rasgos de valor; pero tan comunes a casi todos, que sería imposible enumerarlos.”

Con razón, el entonces Ministro de la Guerra, decía: “No podía esperarse otra cosa del denuedo y decisión del valeroso ejército de Costa Rica, que el Excelentísimo Presidente tiene la gloria de mandar, ni puede creerse que a otro jefe le tocara la de dar el primero y más decisivo golpe al enemigo, sino al intrépido y valeroso General don José Joaquín Mora, honor y esperanza del ejército de Costa Rica.”

El 20 de marzo, sobre el Combate de Santa Rosa, el General José Joaquín Mora, escribe su Segundo Parte informativo:

Excelentísimo señor Presidente, General en jefe del ejército. –Cuartel de la división vanguardia. –Hacienda del “Pelón”, 24 de marzo de 1856. –

Tengo el placer de dirigir a V. E. parte detallado de la toma de Santa Rosa.

El jueves 20 del corriente, con noticia de haber visto a los filibusteros en el llano del “Coyol”, me puse en marcha con la columna que saqué de Liberia. Mucho nos costó conducir los dos cañoncitos de a tres, por lo quebrado e impracticable del camino.

Tomamos un filibustero que procuró engañarnos, guiándonos al enemigo por un lado enteramente opuesto a aquel en que se hallaba; pero desconfiando de él, quise, antes de seguirle, registrar el llano del “Coyol”. Seguimos la marcha y a corto trecho descubrimos huellas de botas en un camino que conduce a la hacienda de Santa Rosa. Mandé a un ayudante adelantarse para observar las casas de dicha hacienda y retornó con la razón de estar allí el enemigo.

Seguimos un callejón orillado de árboles a cuyos lados se extendían lomas de poca altura cubiertas de espesa breña. Al salir del callejón vimos tendida a nuestros pies la plazuela de dicha hacienda, formada por un valle hondo y limpio, circundado por colinas de poca elevación, pero escarpadas.

Los corrales de la hacienda, cerrados con cercas de piedra, empiezan como a la mitad de la falda de una de las colinas situada al frente del callejón hacia su izquierda y rodean las casas que ocupan la altura, pero que están dominadas por la cumbre de la colina, a corta distancia y cubiertas de breña.

Tienen las casas un gran patio también cercado: a la derecha y en la falda de la colina hay una quesera.

A continuación de la altura, ligándola con la inmediata, corre una limpia loma, al frente del camino que seguimos. La línea que debía correr mi gente, para llegar a las casas, es precisamente una milla.

En vista de la posición, di mis órdenes para el ataque, concebido ya de antes sobre el exacto plano que el Mayor Don Clodomiro Escalante me había presentado para el caso de tener que batir allí al enemigo.

El Coronel Lorenzo Salazar, con doscientos ochenta hombres, debía atacar el frente, la izquierda y el flanco derecho de la casa: seguíanle por ese lado (el más practicable) los dos cañoncitos, dirigidos por el capitán Mateo Marín.

El capitán José M. Gutiérrez, con doscientos hombres, debía flanquear la izquierda por fuera de las cercas y tomar posesión a la espalda de las casas sobre la cumbre de la colina.

El escuadrón de caballería quedó formado en el callejón hasta recibir la orden de cargar al enemigo, cuando se le desalojara de sus posesiones.

La tropa de Moracia, en número de doscientos hombres, la formé en batalla en el callejón para cubrir la retirada en caso necesario.

Listo todo, mandé desembocar por el callejón a la tropa formada por columnas. Nuestros soldados, al son de las cornetas, que tocaban a degüello, marcharon a la carrera, acudiendo cada cual al puesto señalado.

Los filibusteros no hicieron ni un tiro; nos aguardaban de cerca, con la esperanza que su primer descarga nos derrotaría. Tampoco los nuestros dispararon hasta hallarse a veinte varas del enemigo. Rompieron entonces un fuego sostenido, que duró tanto como tardaron los costarricenses en llegar a las cercas. Desde este instante, sólo los piratas dispararon. Los nuestros saltaban a los corrales sin que el mortífero fuego que sufrían bastara a detenerlos. Allí murió el valiente oficial Manuel Rojas. Una vez dentro, no hubo ya esperanza para los malhechores: el sable y la bayoneta los hacían trizas y ellos aterrados, ni atinaban a ofender con sus tiros.

Así fueron rechazados hasta las casas, donde se encerraron, al tiempo que la gente del capitán Gutiérrez, posesionada ya de la altura, los cercaba. En estos momentos pereció el capitán Manuel Quirós, herido al saltar la cerca del patio. Sus últimas palabras fueron dirigidas a sus compañeros de armas. “Entre ustedes” les dijo y espiró.

Señalóse también en el asalto del patio el ayudante del Coronel Salazar, Joaquín Ortiz, quien con su espada mató dos bandidos, teniendo la suerte de quedar ileso.

Di la orden de atacar a la caballería, pareciéndome que no tardaría tanto en llegar sino el tiempo necesario para desalojar de su guarida a los filibusteros. Pero viendo al llegar que no era tiempo aún, marchó a formarse a la loma del frente, aguardando el momento oportuno. Todo eso pasó en cinco minutos.

Ya empezaba a obrar la artillería: el capitán Marín disparó sus cañones contra el costado derecho y frente de la casa, abriendo brecha, pero esto sólo sirvió para enfurecer más a los forajidos que avivaron el fuego.

Impaciente el coronel Salazar, corrió exponiéndose a servir de blanco al enemigo, para preguntarme si para librar de ser diezmada su gente, podría poner fuego a la casa de un propietario costarricense. Inquieto al verlo venir, temiendo que estuviese herido, me adelanté a su encuentro y le di el permiso que pidió: retornó a dar la orden a sus soldados, que la recibieron con gritos de alegría. Más no hubo tiempo. El arrojado capitán Gutiérrez, olvidando la orden que tenía, entró a la casa y adelantándose hacia un establo atrincherado y erizado de rifles, con pistola y sable en mano murió desgraciada y prematuramente. La ira que su muerte causó a los soldados fue tal, que nada bastó a contenerlos.

La casa fue invadida por todos lados y los filibusteros hallando salida por la altura que debió cubrir el malogrado Gutiérrez, huyeron en tropel y aunque perseguidos y diezmados por todas partes, lograron muchos escaparse. Entonces mandé a la tropa de Moracia se dispersase en guerrillas por la colina a la izquierda del callejón, para aprisionar a los fugitivos que tomaran por allí.

Desde el principio de la acción, al ver a nuestra tropa apoderarse de los corrales, varios jefes filibusteros montaron a caballo y huyeron sin poderlos alcanzar ni dañarles.

Al dispersarse el enemigo, la caballería de Moracia anduvo tarda en perseguirle a pesar de mis órdenes y los esfuerzos del coronel Salazar. Sólo el capitán Estrada, seguido de sus pocos lanceros, le cargó, matándole un solo hombre, pues favorecido por la inacción de la caballería y lo cercano de la espesura del monte, se aprovechó de tan favorables incidentes. Considerando las dificultades que el lugar de la acción presentaba, he hallado alguna disculpa al Comandante del escuadrón.

A los catorce minutos, contados desde la primera descarga, se hallaba mi tropa formada en el mejor orden y en tranquila posesión de Santa Rosa.

Señaláronse en este memorable día, además de los buenos oficiales que perdimos el ya citado Joaquín Ortiz, el Mayor Clodomiro Escalante, los capitanes Carlos y Miguel Alvarado (habiendo recibido éste último tres heridas de rifle que le rompieron la ropa rozándole el cuerpo), Vicente Velarde, Mateo Marín, Santiago Millet, Joaquín Fernández, Felipe Ibarra y Jesús Alvarado, el ayudante Macedonio Esquivel y en general toda mi lucida oficialidad. Hubo entre los soldados notables rasgos de valor, pero tan comunes a casi todos que sería imposible enumerarlos.

He tomado al enemigo diez y ocho rifles, un fusil, cuatro cajas de parque (que según declaración de los prisioneros es cuanto tenían) las pistolas, paradas, piezas de equipaje, etc., que cedí a los jefes y oficiales que las tomaron, varios caballos y mulas, todos sus papeles y un grupo daguerreotipado, con los retratos de varios jefes de la gavilla de vergantes. Todo cuanto tenían, en fin, ha caído en poder de mi gente.

Los muertos del enemigo que pude reunir llegaron a veintiséis y muchos deben de haber acabado en lo espeso del monte. Prisioneros hasta hoy, diez y nueve. El resto hasta cuatrocientos hombres, que según los prisioneros que entraron en acción, se entregará o morirá de sed y hambre en los montes. Los persigo por todas partes y el mayor Domingo Murillo, apostado en Sapoá con respetable fuerza, les cortará el solo camino para ellos practicable.

No puede darse una victoria más completa, gracias al valor de mis soldados.

Nuestras pérdidas, según las listas, ascienden a cuatro oficiales y quince soldados muertos. Dios guarde a V. E. muchos años.

José Joaquín Mora”

El 21 de marzo de 1856 se persigue a los filibusteros por todo el territorio nacional, por el norte del país y la margen del Río San Juan.

Triunfados en la Batalla de Santa Rosa, el 20 de marzo, murió el Capitán Manuel Quirós, miembro del Estado Mayor Militar, y tres oficiales más, junto con 15 combatientes costarricenses. Hubo 32 heridos. La tropa filibustera tuvo 26 muertos en el combate. Se le hicieron 19 prisioneros.

Inmediatamente, el Presidente Mora ordenó continuar hacia Nicaragua, el objetivo político y militar de la movilización para asegurar la derrota de los filibusteros en ese país, y expulsarlos del suelo centroamericano, trasladándose la guerra hasta 1857 en Nicaragua.

El 25 de marzo de 1856 se fusilan 18 filibusteros en Liberia, a las 4 de la tarde. La sentencia a los filibusteros capturados fue una advertencia contundente a la tropa invasora de William Walker, y a sus jefes militares, de la determinación del Presidente Juan Rafael Mora Porras, y de los altos Jefes del Ejército Nacional, de que serían pasados por las armas quienes intentaran ocupar y dominar el territorio nacional o sojuzgar al pueblo costarricense.

El 27 de marzo de 1856, el gobierno de Costa Rica recibió al General Pedro de Alcántara Herrán, quien había sido Presidente de Nueva Granada, participante en las guerras de Independencia de su país y de Perú, militar de carrera, Ministro de Guerra y de Relaciones Exteriores, diplomático activo, quien llegó para brindar apoyo y solidaridad en la lucha contra los filibusteros y mostrar la simpatía del gobierno neogranadino en esta gesta nacional y centroamericana.

El 29 de marzo de 1856 Mora declaró su objetivo de ingreso a Nicaragua:

“Paz y libertad a Nicaragua y Costa Rica, independientes y unidas como hermanas. ¡Gloria a las fuerzas aliadas libertadoras de la América Central!”

El 29 de marzo de 1856 el Ejército costarricense cruza la frontera con Nicaragua para luchar contra los filibusteros en ese país, e inicia la penetración en el territorio nicaragüense, dirigiéndose hacia la ciudad de Rivas que tomaron, para asegurar la lucha con los filibusteros norteamericanos establecidos en Nicaragua, y expulsarlos de ese territorio.

Al mismo tiempo se ordenó ocupar el Puerto de San Juan del Sur, en el Pacífico, y el Puerto La Virgen, sobre el Lago de Nicaragua.

El 29 de marzo, desde Sapoá, el Presidente Mora se dirige a los nicaragüenses indicándoles la decisión de ingresar a Nicaragua a derrotar a los filibusteros.

“Desde el seno de nuestras pacíficas montañas he oído vuestros congojosos lamentos.

Mutuos errores y una guerra fratricida os han entregado al fiero albedrío de una horda de forajidos, que llamados incautamente como amigos auxiliares de unos se han convertido en déspotas de todos.

Hoy yacéis aún aterrorizados bajo el yugo acerado de un ejército compuesto de las heces corrompidas, que arrojan de sí todas las sociedades.

¿Qué sois vosotros en vuestro propio país? ¿Qué es el esclavizado nicaragüense que llaman por befa Presidente? ¿Cuál es vuestra suerte hoy y la más fatal, que con tan cruentos amos os espera? Vosotros lo sabéis más que yo; vosotros que la sufrís y deploráis con lágrimas de sangre!.

Habéis llamado a vuestros hermanos. Vuestros hermanos todos rodean vuestras fronteras y avanzan para libertaros de esa Falange traidora.

Combatimos por vuestra salvación. Después del triunfo, paz, unión, justicia y libertad para vosotros y para todos.

Harto conocéis a los pacíficos costarricenses. También los han conocido en Santa Rosa los cobardes filibusteros. Siempre neutrales en vuestras discordias, hemos acogido con igual hospitalidad a todos los nicaragüenses.

Para vosotros no existen ni existirán jamás distinciones ni partidos. Sea lo mismo para vosotros. Que una sola bandera, una causa y un grito de concordia y progreso nos reúnan a todos como católicos, como hijos de una misma patria, como verdaderos hermanos.

Cese ya tanta postración, tanta iniquidad y servidumbre. ¿Toleraréis por un instante más tanta esclavitud, oprobio y tiranía? ¿No lidiaréis todos unidos, siempre unidos, por conquistar la libertad que os han robado?

Sí valerosos nicaragüenses. Uníos, alzaos y combatid con aquel ardiente coraje que habéis mostrado en tantas nefastas luchas. Arrojemos unidos a esa pestífera canalla; no quede uno solo de esos asesinos sobre la tierra privilegiada que os concedió la Providencia y de entre esos montones de cadáveres y ruinas que han acumulado tantos desvaríos y maldades, levantemos juntos una patria más unida, más fuerte, más venturosa y más grande.

Paz y libertad a Nicaragua y Costa Rica, independientes y unidas como hermanas. ¡Gloria a las fuerzas aliadas libertadoras de la América Central!”

La Batalla de Santa Rosa es para mí la más importante de todas las que se llevaron a cabo contra las tropas filibusteras. Lo es porque se produce en el territorio nacional, donde los filibusteros fueron derrotados, obligándose su retirada y salida del territorio costarricense. Lo es porque se le infligió una profunda derrota militar y moral a los filibusteros.

La Batalla de Santa Rosa elevó la moral de los combatientes costarricenses. Le infligió a los filibusteros un temor de combate con nuestra tropa, nuestro Ejército.

El Ejército Nacional estaba en capacidad de dar esa batalla. Tenía los hombres necesarios. Tenía los Jefes militares en capacidad de conducir el Ejército y capacidad de hacer el análisis estratégico y táctico de esa Batalla.

Fue la primer derrota del imperialismo colonialista estadounidense en el continente y golpeó la Doctrina Monroe y la del Destino Manifiesto que se levantaba por Estados Unidos, estableciendo el límite del expansionismo de los Estados Unidos.

El 20 de marzo celebramos el acontecimiento más importante de la vida nacional, la Batalla de Santa Rosa, cuando las tropas invasoras filibusteras fueron derrotadas por los costarricenses en el territorio nacional. Batalla de pocos minutos pero demoledora para los agresores.

En esta Batalla jugó un papel muy importante el Batallón de Moracia, como se conocía en ese momento la Provincia de Guanacaste, que le habían puesto ese nombre en mérito al Presidente Mora.

Los jefes militares de la Batalla Clodomiro Escalante, Lorenzo Salazar, José María Gutiérrez, Mateo Marín, Manuel Rojas, Manuel Quirós, Joaquín Ortiz, y otros, todos, se distinguieron en el combate. Varios oficiales cayeron en el combate.

Los filibusteros huyeron, 26 cayeron muertos y a otros, capturados, 19, los fusilaron. Los caídos costarricenses en la Batalla de Santa Rosa fueron 4 oficiales y 15 soldados, según el parte oficial de la Batalla.

La participación en la Guerra Nacional permitió que el Ejército, por su masividad popular tuviera un carácter nacional y libertador, con un alto grado moral.

La Guerra Nacional hizo surgir en la conciencia popular y nacional héroes de batallas y héroes nacionales. De algunos mártires, sus gestas y batallas se inmortalizaron y se reconocieron ampliamente, no sólo en el territorio costarricense sino también en el centroamericano. Así, especialmente se reconoció al Presidente Juan Rafael Mora, al General José María Cañas y a Juan Santamaría, éste último no por sus dotes militares sino por el acto del sacrificio y lo simbólico popular que su figura representa: el pueblo en la escena histórica, como actor.

También se fortalecieron los símbolos nacionales: la Bandera, El Escudo y el Pabellón Nacional, la música del Himno Nacional y las marchas militares que se desarrollaron al calor de los días de combates, las cuales regresaron entonando las tropas, como la Marcha Santa Rosa.

¡Gran triunfo contra el cobarde invasor! La gran Batalla de Santa Rosa

Freddy Pacheco León

Un hecho histórico que hemos de valorar, y fortalecer cotidianamente, es la huella de la trascendental Batalla de Santa Rosa. Quince minutos que, a la postre, se hicieron eternos; que todavía resuenan en lo más profundo del alma nacional.

Patriotas soldados que, inspirados por las convincentes y muy sentidas palabras de su gran Presidente Juanito Mora, marcharon valientemente en defensa de nuestra libertad, nuestra sagrada soberanía, nuestra independencia, y la de los hermanos centroamericanos.

Así. todos los 20 de marzo, hemos de honrar a los hombres que ganaron la Batalla de Santa Rosa. La memorable, la de mayor trascendencia histórica, la que permitió expulsar del país, a los sucios militares invasores que actuaban bajo las órdenes del esclavista estadounidense William Walker, que, con sus mugrosas botas, profanaban el sagrado suelo Patrio; a los que pretendían arrebatarnos la preciada libertad, y que habiéndose adentrado como punta de lanza más de 50 km en territorio tico, se preparaban para recorrer los 42 km que les llevarían a Liberia.

Soldadesca extranjera que sucumbió ante el patriotismo de Mora y Cañas y los demás patriotas héroes que no dudaron en ofrendar sus vidas, en defensa de sus seres queridos y de la amada Patria.

Invitamos a reflexionar sobre cuál habría sido nuestro destino, si no se hubiese derrotado a las huestes criminales del maldito William Walker, en ese histórico lugar de Guanacaste.

A un tico lo dejaron sin patria

Rafael A. Ugalde Q.*

En los 176 años del natalicio de José Martí, amigo, gigante y luz de los pueblos.

Tratando de encontrar una respuesta sobre por qué hubo en estas elecciones costarricenses una especie del síndrome de “huerfanidad” histórica, política y económica – éste viene, aunque nos duela aceptarlo, desde hace más de cuatro décadas – por eso no me perdí la mayoría de los “monólogos” sostenidos por nuestros representantes de la estirpe socioeconómica, prometiendo ser el mejor presidente o diputados, si eran electos.

Pero debo decir que todavía estoy azurumbado y con mayores preguntas y dudas qué harán después de 2030 con los recursos del país y sí, las generaciones venideras, podrán disfrutar todavía de una nación de ellos, o serán extranjeros en su propia tierra, como ya ocurren con las mejores playas, los aeropuertos, las carreteras etc.

Cada cuatro años vemos como votantes con su cara quemada por el sol, gente humilde de todas las provincias tratan de arrimarse al árbol que les ofrece mejor sombra, frente a la ausencia real de un “proyecto país viable” por parte de otras fuerzas capaces de dinamizar la democracia para sean las bases que dan y no esperar recibir.

Ni siquiera hubo en dichos “monólogos un “mea culpa” sincero por el desbarajuste ocasionado en toda nuestra sociedad a partir de los Ajustes Estructurales de la Economía, ni por las imposiciones del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, con excepción en estos últimos años del expresidente Rodrigo Carazo, a quien salió caro echar de la casa de gobierno a una delegación fondista.

A partir de 1986 las semillas sembradas en el almácigo ordenado por esos organismos germinaron de maravilla y echaron raíces profundas, hasta llegar a tener una especie de nuevos filibusteros “calidad ultra”, para exportación.

Tampoco hubo entre ellos un balance a conciencia en torno a los efectos negativos del famoso Tratado de Libre Comercio (TLC) con Norteamérica y República Dominicana, en cuanto a nuestros pequeños y medianos agricultores, el auge del proceso de transnacionalización a costa de nuestros trabajadores, empleados públicos, comerciantes, pequeños y medianos emprendedores.

Así, por ejemplo, a pesar de las duras condiciones de financiamiento, tecnología, desarrollo de las cadenas de suministros, entre otras, las pequeñas y medianas empresas locales, frente a una economía cada vez más transnacionalizada, generaban en 2023 cerca de 647 mil empleos (Periódico La República 24 /6 / 2023).

Tampoco hubo excusa alguna por el negocio Caja-Fischel, el dinerillo de Alcatel, los mordiscones que dieron a la seguridad social con las mascarillas, mientras estuvimos encerrados, etc. Rarísimo, porque muchos de los comparecientes a los tales debates quedaron con la mente en blanco con estos asuntos, en tanto sus compinches optaron por no amargar la “fiesta democrática” a quienes estaban a la par con cartón lleno.

Perdí el tiempo oyendo, hablando en plata, sobre nuevos memorandos del miedo en torno el peligro de terminar en una “dictadura” al estilo de Venezuela o Nicaragua, así como ustedes lo escucharon y vieron. Todos los candidatos coincidieron en estas barrabasadas, como para que Marco Rubio y Donald Trump, siguieran tranquilos con ellos.

La cuestión esta del injerencismo rabioso introducido para ver quién ganaba más votos, dejó de ser una posición de afinidad ideológica con el que ocupa la Casa Blanca, para pasar a un plano ético – moral ligado estrechamente con la dignidad y el decoro de los participantes de dichos “monólogos”. Con las pruebas dadas a conocer por la prensa internacional, ya no hay dudas que Trump figura como uno de los pedófilos mas grande en la historia estadounidense.

Volviendo a la amenaza de una “dictadura” en caso que un partido tenga 38 o más diputados en la Asamblea Legislativa, ignoro si frente a las cámaras televisivas tenía una sarta de mentirosos o un equipo seleccionado de ignorantes. Después de 1949 nunca he visto en nuestra Asamblea Legislativa constituirse de obreros, campesinos y trabajadores en general.

Dicen que en este tipo de campañas los políticos mienten, tienen que ilusionar a su público meta, etc., pero otra cosa diametralmente opuesta es el cinismo como arma electoralista. Después del golpe de estado de 1948, quienes controlan los partidos han sido muy cuidados con la escogencia de su gente y así, nuestra Asamblea Legislativa no pierda nunca ese maravilloso aroma a Paco Rabanne o Carolina Herrera.

Por el contrario, cuando el campechano Juan Guillermo Brenes de Cartago, sirvió en la Asamblea Legislativa en cuatro ocasiones, colegas suyos de un partido que se aseguraba el voto en proyectos claves, chantajeaban a este agricultor cambio de las famosas “partidas específicas” para asociaciones de desarrollo comunal.

Algunos de estos “padres de la patria” miraban el ingreso del llamado “Cachimbal” al salón de sesiones y de inmediato se arrimaban a la “barra de prensa” para convertirlo en hazmerreir con afirmaciones como “qué tirada, se trajo a la curul la hediondez del apio”, “véanlo bien ya está sentado y va a llenar de barro el plenario “.

El Consejo Universitario de la UCR condenó la criminalización de la protesta social, consignó la periodista Zaida Siles.

¿Y por qué, en estos monólogos, una parte importante de los participantes, consciente o inconscientemente, cerraron filas con el “chavismo” y el “oficialismo” en torno a la supuesta dictadura en Venezuela, Cuba o Nicaragua? Por algunas razones que no se pueden dejar pasar: 1) sus coeficientes intelectuales llegaron a los “monólogos” destiempados como para poner en su correcta dimensión el significado crudo de la Doctrina Monroe y el agotamiento mundial de la llamada “democracia liberal”.

El elemento 2) tiene que ver directamente con su franquicia electoralista, pues sí se aparta del relato de Zapote, de Milei o Trump etc., corre el riesgo de perder el financiamiento bancario. Para esta gente pareciera que viendo el payaso sueltan la risa.

El factor 3) fue el más evidente. No tienen el menor interés de preguntarse qué diablos es eso del injerencismo y, por qué sí, es tan dañino optar por la independencia de los pueblos, ¿por qué secuestraron al presidente Nicolás Maduro, redoblan en este momento la asfixia contra los cubanos y amenazan a los nicaragüenses por sus relaciones con China?

En todo caso, queda para la historia y los futuros análisis, como estos candidatos desde ya infectaron para siempre cualquier intento de “proyecto país” unitario y viable, surgido de las bases empoderadas y alcanzado gracias a un crudo debate de ideas, conforme a nuestra verdad histórica, esa que nos forjó Juan Rafael Mora Porras y el General Cañas.

Por dicha a Mora y Cañas los siguieron muchos hombres y mujeres que en el pasado sintieron el ácido del destierro, sus familias lloraron el fusilamiento de seres queridos, pero no los doblegaron para que las presente y futuras generaciones no callen frente a quienes nos hipotecaron la patria, contra el aplastamiento de nuestros campesinos, los desfalcos sostenidamente habidos durante más de 40 año y desafíen la ingrata judicialización de la protesta social en la bicentenaria democracia.(Ver Consejo Universitario… https://www.cu.ucr.ac.cr/inicio/noticias/noticia/Articulo/ucr-defiende-derecho-a-la-protesta-social-pacifica.html).

La experiencia con esta gente, que confunde el decoro con los relatos filtrados y brochares coloreados quién sabe desde dónde, es que, a la hora de desarrollar una democracia protagónica, directamente vinculada con los campesinos, los empleados públicos, mujeres, profesionales, intelectuales trabajadores, jóvenes y pensionados, entre otros, se convierten en peligrosísimos boicoteadores desde adentro. Es algo así como dormir con el enemigo.

Así ocurrió con la Revolución Ciudadana en Ecuador. En reiteradas ocasiones fue advertida del grupo de traidores encabezados desde adentro por el exvicepresidente, Lenin Moreno, cayendo a cuentas hasta que sucedió. Pero ya era tarde: el nazisionismo ya se había instalado.

Quienes creyeron en falsos liderazgos, vanidades y recurrieron desde adentro a coqueteos con la democracia, donde sacaban al pueblo boliviano como dueño de su destino, ya ahora conocen las consecuencias, por más explicaciones teóricas que nos quieran dar.

Es imposible que una persona o un grupo de ellas, que hacen suyo el grito de quienes no han perdido una sola elección presidencial o una curul durante 76 años seguidos, a costa de la cercada Cuba, la amenazada Nicaragua y la bombardeada Venezuela, se labre un futuro politiquero para servir a un amo. Pero cuidado con la historia y su basurero que nunca se llena.

Si ni siquiera tuvieron valor de llamar a cuentas a quienes cuentearon a los costarricenses con los PAES, la reelección presidencial para que fuéramos el “ primer país desarrollado de América” y cada cual tuviéramos un carrito popular, tendrán acaso dignidad en un proyecto político país que nos dé patria a todos, nos devuelva la soberanía que nos dejó Mora y Cañas, tengamos justicia social, los trabajadores no se les castigue congelándoles su salario para pagar a otros sus deudas nacionalizadas.

Si por la víspera sacamos el día y esta gente, en un evento coyuntural como son unas elecciones, echaron mano a recursos tan infames, si mañana me los encontrara por la misma acera, prometo cruzar la calle. No hay rencor, todos tienen derecho a reivindicarse. Cambio e acera por seguridad política.

*Periodista, abogado y notario por la U.C.R.