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Etiqueta: Juliana Martínez Franzoni

La deuda con la Caja y el mito del “no hay plata”

Juliana Martínez Franzoni

El otro día le pregunté a una vecina –votante declarada del Pueblo Soberano, el partido de Rodrigo Cháves– si no le preocupaba que su candidata, ahora presidenta electa, fuera parte de un gobierno que en tres años aumentó en un 63% la deuda del Estado con la Caja Costarricense de Seguro Social. La deuda pasó de ¢2,7 billones en 2022 a ¢4,4 billones en 2025.

Le pregunté:

—¿Vos usás la Caja?
—Claro. Toda mi familia usa la Caja.
—¿Podrías dejar de usarla?
—No.
—¿Creés que hay que apoyarla?
—Sí, claro.

Entonces vino la pregunta inevitable:

—¿Y por qué votaste por Laura Fernández?

La respuesta fue sencilla, casi resignada: “La Caja no recibió plata porque no hay, mijita.”

Esa frase resume algo más profundo que una opinión. Resume una narrativa que se ha vuelto dominante: el Estado está quebrado, no hay recursos, los programas sociales son insostenibles, y cualquier intento de fortalecerlos es irresponsable.

Pero ¿es realmente así?

Porque una cosa es que los recursos sean limitados —¡siempre lo son!— y otra muy distinta es afirmar que “no hay plata” como si se tratara de una ley de la naturaleza. El presupuesto público no es un fenómeno climático. El presupuesto público es una decisión política.

En 2023, la Asamblea Legislativa aprobó ¢71.927 millones para distintos programas sociales e iniciativas comunitarias. Al cierre del año, solo se habían usado ¢10.948 millones, cerca del 15% del total. Eso significa que alrededor de ¢61 mil millones, el 85% de los recursos, quedaron sin ejecutarse. Entre los recursos sin usar había fondos para programas y convenios con la CCSS, asociaciones de desarrollo y vivienda social. En 2024, el informe técnico legislativo (Expediente 24.991), mostró que la ejecución mejoró, pero aún así una tercera parte de los recursos aprobados –cerca de ¢19 mil millones– no se giró, incluyendo partidas para mantenimiento vial, asociaciones de desarrollo y becas estudiantiles Avancemos.

Esto no significa necesariamente mala intención. Significa que la escasez es resultado de decisiones sobre cuándo y cómo ejecutar el presupuesto.

Porque el dinero no “desaparece”: se prioriza.

Durante los últimos años, el gobierno ha puesto como eje central la reducción del déficit fiscal y el cumplimiento estricto de la regla fiscal. Eso tiene efectos positivos en indicadores macroeconómicos y en la percepción de los mercados. A la vez implica dejar de arreglar escuelas, entregar menos becas escolares y, en general, poner menos del dinero público a disposición de las necesidades de la gente. ¿Cuáles necesidades? En particular escuelas y atención de la salud. No es jugando: la inversión social, en particular la que se destina a niños, niñas y jóvenes, está en su nivel más bajo en 15 años.

De hecho, cosas que habían venido mejorando con este siglo, como destinar más dinero a escuelas y hospitales, ahora se están haciendo mal y tiene efectos que serán difíciles de revertir.

No es una conspiración. Es una elección.

El problema es que cuando el discurso público se reduce a “no hay plata”, se invisibiliza esa elección. Se transmite la idea de que el deterioro es inevitable. Que las listas de espera crecen porque el país es pobre. Que los programas sociales se reducen porque no hay alternativa.

Pero siempre hay prioridades.

Costa Rica destina una parte importante del presupuesto al pago de intereses de la deuda pública. Esa es una obligación real. Decidir cuánto espacio fiscal se le concede a la inversión social también es una decisión real.

Cuando el Estado no paga a tiempo sus obligaciones con la seguridad social, la deuda crece. Cuando no ejecuta partidas aprobadas, los proyectos se atrasan. Cuando se posterga la inversión, el deterioro se acumula.

Y luego ese deterioro se usa como prueba de que el sistema “no funciona”.

La narrativa de la escasez tiene una consecuencia política poderosa: convierte decisiones en destino. Si “no hay plata”, entonces no hay responsables. Si “no hay plata”, no hay debate sobre prioridades. Si “no hay plata”, la única opción es resignarse.

Pero el presupuesto no es una fatalidad. Es un reflejo de qué se considera urgente y qué se considera prescindible.

¿Se puede reducir el déficit? Sí.
¿Se puede ordenar las finanzas públicas? Claro.
¿Eso obliga necesariamente a aumentar en 63% la deuda con la Caja o a no ejecutar recursos aprobados? Esa es otra discusión.

Lo que necesitamos desplazar no es solo una cifra, sino una forma de pensar.

Más que repetir que no hay plata, deberíamos preguntarnos para qué se usa la que sí hay.

Porque cuando dejamos de hacer esa pregunta, la política desaparece y la imposición crece.

Y entonces todo parece inevitable.

Pero no lo es.

Compartido con SURCOS por la autora y publicado también en Divergentes.

Incendiar la casa para luego “salvarla”

Juliana Martínez Franzoni

En agosto de 2025, luego de varios años de recortes presupuestarios que se tradujeron en desabastecimiento de medicamentos, denuncias de más de 300 especialistas y un crecimiento sostenido de las listas de espera, el presidente Bukele anunció “la medicina”. No era una reforma al sistema existente, sino algo distinto: una Red Nacional de Hospitales completamente separada de las instituciones públicas tradicionales, bajo control directo de la Presidencia. Esta nueva red tendría dos facultades particularmente llamativas: concesiones y asocios con el sector privado, por un lado, y la capacidad de requerir apoyo inmediato del sector público cuando así se mandatara, por el otro lado.

La promesa fue presentada como modernización, eficiencia, ruptura con la burocracia y la “ineficiencia histórica”. Sin embargo, el anuncio llegó después de años de deterioro documentado del sistema público: escasez crónica de medicamentos, tensiones laborales, migración de especialistas, y una creciente desesperación de pacientes atrapados en listas de espera cada vez más largas, todo ocurrido bajo el propio gobierno de Bukele, el administrador de la medicina.

Varios cientos de kilómetros al sur, en Costa Rica, el guion no es idéntico, pero suena inquietantemente familiar.

En mayo de 2023, el presidente Rodrigo Chaves anunció que la seguridad social estaba “quebrada”. El mensaje fue dramático: el sistema estaba al borde del colapso. La Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS), históricamente una de las instituciones más robustas del Estado costarricense adonde cualquier persona asegurada, pague o no pague, puede recibir desde una vacuna hasta un trasplante, fue presentada como un gigante ineficiente, fiscalmente insostenible y capturado por intereses corporativos. La seguridad social había sido una bonita idea… pero de otro tiempo. Y ello a pesar de que el Presidente Ejecutivo de la Seguridad Social nombrado por el propio Cháves, el economista Álvaro Ramos, había mostrado con claridad y evidencia, que la Caja gozaba de buena salud y que estaba completamente al alcance del gobierno mediante un plan que él mismo propuso, ampliar los servicios, reducir las listas de espera, y efectivamente llegar a cada hogar costarricense.

Estas buenas noticias a Ramos le valieron el despido. Para la seguridad social, sin embargo, lo peor estaba aún por venir porque tras el anuncio vino algo más complejo. El Estado, no contento con que la Caja no estuviera quebrada, tomó medidas para… quebrarla. Así, en solo 3 años incrementó en un 63% su deuda con la CCSS, de ¢2,7 billones en 2022 a ¢4,4 billones en 2025. Es una deuda de 850 mil colones por parte de cada una de las 5.2 millones de personas que habitan en el país. Esa deuda, en 2023 era de 500 mil colones por habitante.

Las listas de espera crecieron. Cientos de especialistas renunciaron o migraron hacia el sector privado. La narrativa del colapso comenzó a convertirse en realidad. Y mientras tanto, la proporción del dinero que destinan los hogares costarricenses a la salud privada se duplicó: de 3,3% en 2018 a 6.5% en 2024.

¿Suena familiar?

La historia en común no es solo la de dos presidentes con estilos confrontativos sino la historia de una estrategia política que se repite en distintas latitudes: permitir —o acelerar— el deterioro de un sistema público hasta que la frustración social alcance un punto crítico. Cuando la casa parece incendiada, cualquier propuesta de “cambio radical” luce razonable, incluso inevitable.

En El Salvador, “La medicina” administrada por Bukele propone hospitales concesionados, alianzas público-privadas, personal de salud contratado por servicios profesionales, todo bajo una estructura paralela a las instituciones existentes. En Costa Rica, el planteo de concesionar hospitales públicos a manos privadas laborales está a la vuelta de la esquina.

En ambos países, la pregunta no es si el sector privado puede gestionar un hospital con eficiencia administrativa y lucrar con ello. Ya existen montones de hospitales privados que lo muestran. La pregunta central es otra: ¿qué ocurre con el principio que sostiene a la seguridad social cuando los servicios dejan de financiarse desde una gran “caja común” solidaria y pasan a depender de contratos, concesiones y pagos por servicio?

La Caja funciona porque todas las personas aportan según su capacidad y reciben según su necesidad. Ese es el corazón del modelo. La persona joven y sana financia hoy a la mayor que necesita un trasplante. Quien nunca usará un servicio de alta complejidad contribuye a que alguien más pueda recibirlo mañana. Esa es la lógica del seguro social: una gran bolsa común que redistribuye riesgos y recursos.

Cuando los hospitales se concesionan o se fragmentan en asocios público-privados, esa lógica comienza a erosionarse. El financiamiento deja de ser plenamente colectivo y se vuelve contractual. El riesgo deja de compartirse de manera integral y se distribuye por servicios, por paquetes, por convenios. Y tarde o temprano aparece la constatación inevitable: es del bolsillo que hay que sacar diferencia.

Un sistema concesionado funciona más como un peaje que como un seguro solidario. Se paga por pasar. Se paga por servicio. Se paga por cada oportunidad. Incluso si el pago no es inmediato porque hay un seguro privado, termina trasladándose al bolsillo de las personas y debilitando cobertura universal. La “gran caja” pierde tamaño y capacidad redistributiva. Y cuando la caja se hace pequeña, también se hace pequeña la solidaridad.

No se trata de demonizar al sector privado sino de entender que la seguridad social es mucho más que un proveedor de servicios: es un mecanismo de redistribución de oportunidades. Si esa caja común se fragmenta, el sistema deja de poder garantizar que cada persona reciba atención independientemente de cuánto dinero aporte individualmente.

El riesgo es de principios con enormes efectos prácticos en el bolsillo y en las posibilidades reales de acceder a servicios por parte de la mayoría de la población: pasar de la solidaridad colectiva a un esquema en el que cada persona depende, directa o indirectamente, de cuándo puede pagar.

Por eso, antes de incendiar la casa para luego ofrecer el extintor, conviene preguntarse si la solución no termina desmantelando precisamente aquello que hizo posible que la casa existiera: una gran caja común que financia la salud como derecho y no como transacción.

Compartido con SURCOS por la autora y publicado también en Divergentes.

¿Fortalecimiento o debilitamiento de la CCSS? Análisis este lunes en la UCR

¿Fortalecimiento o debilitamiento de la CCSS? Participarán en el análisis la doctora Juliana Martínez Franzoni y el doctor Álvaro Ramos Chaves. La actividad será este lunes 27 a las 5 de la tarde en la Facultad de Ciencias Sociales y habrá transmisión mediante YouTube. Invitan la Facultad de Ciencias Sociales y la Escuela de Ciencias Políticas.

Más detalles en el afiche.