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Etiqueta: Karl Marx

Heráclito de Éfeso: el filósofo de todos los tiempos

Gabe Abrahams

Heráclito de Éfeso fue un filósofo presocrático que influyó sobre algunos de los principales pensadores de todos los tiempos. Este artículo repasa su biografía y pensamiento.

Entre los filósofos del mundo clásico, uno de los más destacados fue el griego presocrático Heráclito de Éfeso. Un filósofo materialista, panteísta y dialéctico. Los datos de su biografía que se conocen y su pensamiento resultan de sumo interés.

Heráclito de Éfeso o Heráclito el Oscuro nació en Éfeso en el siglo VI antes de nuestra era (sus fechas de nacimiento y muerte son discutidas), un lugar situado en la costa de Jonia, actual Turquía.

Éfeso se encontraba en aquel momento bajo el Imperio Persa, siendo una de las doce ciudades jónicas de las orillas del mar Egeo. Y la relación entre los persas conquistadores y los jónicos sometidos no era fácil. Al final, se produjo la revuelta jónica contra el dominio persa, suponiendo la batalla de Éfeso (498 a.n.e.) el fin de la resistencia jónica.

La importancia de Éfeso perduró en el tiempo y un hecho que lo prueba es que el judío Pablo de Tarso, el discípulo del rabino Jesús que protagonizó la fundación y el desarrollo del cristianismo en el siglo I, permaneció allí varios años. Éfeso tenía en aquellas fechas una numerosa comunidad judía que contaba con una sinagoga y, probablemente, aquello motivó la presencia de un Pablo deseoso de convertir a los judíos en seguidores de su grupo y Jesús.

Éfeso y la situación entre los persas y los jónicos influyeron en el joven Heráclito, nacido y crecido en el seno de una familia de la aristocracia, de tal forma que la rechazó y decidió vivir retirado para poder buscar la verdad. En esa soledad, Heráclito logró encontrar las ideas que lo hicieron indispensable para algunos pensadores posteriores.

Solitario y autodidacta, Heráclito dejó para la posteridad ideas claves. Las tres principales que perduraron a través de los siglos y milenios no tienen desperdicio.

Heráclito defendió la idea de que, detrás de la diversidad, se encuentra una sustancia única, el Uno. “No escuchándome a mí, sino al Logos, es sabio confesar que todas las cosas son Uno”, apuntó.

Dos mil años después, en los siglos XVI y XVII, pensadores de gran talla como Giordano Bruno o Baruch Spinoza retomaron esa idea de Heráclito. Bruno, en su obra De la causa, principio y obra (1584), escribió que “el Uno, el infinito, el ser es lo que está en todo y por todo… De qué manera en el Universo toda la diversidad y diferencia que notamos no son sino los diversos y distintos aspectos de la misma sustancia”.

La osadía de retomar esa idea le costó a Bruno ser ajusticiado por la Inquisición católica y acabar quemado en una hoguera en el año 1600. En la plaza Campo de’ Fiori de Roma, el lugar en el que sufrió el calvario, una estatua lo recuerda.

El Logos que citaba Heráclito era, por cierto, una especie de razón universal presente en todo el Cosmos y en los seres humanos, aunque una mayoría de estos no la entendía.

Heráclito también defendió la idea de que la diversidad de ese Uno se encuentra en constante cambio, ya que todo fluye (panta rei, en griego clásico). “Son distintas las aguas que cubren a los que entran en el mismo río”, apuntó. En torno a la idea de que todo fluye, el pensador Gottfried Leibniz afirmaría en su obra La Monadologie (1714) que “todos los cuerpos están en un estado de flujo perpetuo como los ríos”.

Y Heráclito, además, exaltó una tercera idea de suma importancia, la cual defendió que los contrarios se hallan dentro de una unidad. “No comprenden cómo lo que está en lucha consigo mismo puede estar de acuerdo: unión de (fuerzas) contrarias, como el arco y la lira”, sentenció.

Más de dos mil años después de Heráclito, en pleno siglo XIX, esta idea sería primero recuperada por el pensador Georg Wilhelm Friedrich Hegel y su idealismo dialéctico y, después, por Karl Marx y su materialismo dialéctico, al igual que por seguidores de este último como Vladímir Lenin.

Hegel admiró a Heráclito, afirmando en su libro Lecciones de Historia de la Filosofía (1830) que “no hay proposición suya que yo no haya aceptado en mi Lógica”. Según Lenin, en la obra Sobre la naturaleza de Heráclito, se encontraba “una excelente definición de los principios del materialismo dialéctico”.

El método de Karl Marx, el cual defiende que las condiciones materiales resultan determinantes, comprende la crítica al capitalismo, el materialismo histórico y el citado materialismo dialéctico. Y este a la vez se basa en la ley de la unidad y lucha de los contrarios, la ley del paso de la cantidad a la calidad y la ley de la negación de la negación.

Aparte de Hegel, Marx y Lenin, también el pensador Friedrich Nietzsche retomó las ideas de Heráclito, reivindicando su figura. En La filosofía en la época trágica de los griegos (1873), escribió: “Los sabios panteístas del estoicismo encontraron en Heráclito un ideal… Heráclito ve, pues, una sola cosa, pero en un sentido opuesto al de Parménides. Todas las cualidades de las cosas, todas las leyes, todo nacer y perecer son una continua manifestación de la existencia del Uno”.

Heráclito de Éfeso, el gran filósofo materialista, panteísta y dialéctico, en definitiva, trazó el camino por el que transitaron algunos de los más destacados pensadores de la historia. Sembró con sus brillantes ideas un pensamiento occidental que nutrió a varios de los más grandes filósofos de todos los tiempos.

La vida de Heráclito de Éfeso se vio finalmente interrumpida por una hidropesía, desencadenando esa enfermedad su fallecimiento hacia el año 470 a.n.e. Tras su marcha, su discípulo más fiel fue Crátilo, el maestro de Platón. El paso de los siglos y milenios, sin embargo, haría crecer el número de sus seguidores hasta el infinito.

Del siglo XXI al XIX: el capitalismo vuelve a su punto de partida

Mauricio Ramírez Núñez
Académico

Mauricio Ramírez

Un estudio reciente de Jutta Bolt y Jan Luiten van Zanden (Estimaciones al estilo de Maddison de la evolución de la economía mundial: Una nueva actualización de 2023, Journal of Economic Surveys, abril 2024) ofrece la panorámica más completa de la economía global desde 1820 hasta hoy. Sus hallazgos son contundentes: el crecimiento económico mundial se está desacelerando y las brechas entre regiones vuelven a ensancharse.

En los últimos dos siglos, la humanidad ha experimentado un ascenso económico sin precedentes. Desde 1820 hasta 2020, el ingreso promedio mundial se multiplicó casi por trece, y el planeta entero fue arrastrado, con ritmos distintos, hacia una misma dinámica de modernización y expansión capitalista. Sin embargo, los datos más recientes sobre el crecimiento del PIB global muestran un fenómeno particular: la economía mundial se está ralentizando.

El ritmo de crecimiento que en el siglo XX parecía ilimitado hoy se desacelera y se concentra en pocas regiones, mientras amplias zonas del planeta, incluida América Latina, enfrentan un estancamiento crónico, como lo ha admitido la misma CEPAL. A primera vista, podría parecer un ciclo económico más. Pero desde una mirada histórico-científica, lo que está ocurriendo es la expresión de un agotamiento estructural de un modo de producción concreto.

Karl Marx anticipó que el desarrollo del capitalismo llevaría, con el tiempo, a una caída tendencial de la tasa de ganancia, a medida que la inversión en maquinaria y tecnología sustituyera el trabajo humano, única fuente real de valor. Cuando esa relación se agota, la rentabilidad cae, y el sistema necesita recurrir a nuevas formas de expansión: colonización, endeudamiento, guerras, innovación o financiarización. Por eso no resulta casual el clima de tensiones y reacomodos que hoy domina la geopolítica mundial: el sistema busca nuevos espacios donde reproducirse para sobrevivir.

Durante el siglo XIX, Europa impulsó su crecimiento sobre la base del colonialismo y la revolución industrial. Entre 1950 y 1970, el capitalismo vivió su “edad dorada” gracias a la reconstrucción posbélica, el keynesianismo y un alto dinamismo productivo de carácter “fordista”. Desde los años ochenta, la globalización y la liberalización financiera sostuvieron la expansión mundial, pero a costa de un endeudamiento masivo y una creciente desconexión entre la economía real y la especulativa.

Hoy, tras más de cuatro décadas de financiarización, esa frontera expansiva parece haberse cerrado. El planeta ya no ofrece nuevos espacios de acumulación fáciles ni recursos infinitos. Las desigualdades internas alcanzan niveles históricos, la productividad estancada no genera bienestar, y el crecimiento se mantiene solo mediante deuda y consumo artificial. En términos marxistas, el capital ha entrado en su fase de madurez: produce más mercancías, pero menos valor; genera más riqueza financiera, pero menos progreso humano.

Lo paradójico es que, en su búsqueda incesante de expansión, el capitalismo está regresando a una forma que recuerda al siglo XIX: crecimiento lento, desigual, rentista y concentrado. Y es de esperarse que, con ello, el Estado de bienestar construido durante la época más fértil del capitalismo, entre ahora en recesión o pausa. Las clases medias se ven cada vez más golpeadas, los derechos adquiridos se desfinancian, y los retrocesos sociales se manifiestan en una creciente polarización política y un descontento generalizado hacia la democracia.

Como bien advirtió Slavoj Žižek, “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Hoy podríamos añadir: es más fácil pensar en el fin de la democracia que en el fin del capitalismo. David Harvey ha descrito esta fase como la del “capitalismo tardío”, donde las innovaciones ya no abren horizontes de desarrollo, sino que se vuelven mecanismos de control social y concentración.

El mundo contemporáneo, en apariencia hiperconectado y próspero, se asemeja más al siglo XIX de lo que queremos admitir: crece poco, distribuye mal y concentra mucho. Las mismas fuerzas que alguna vez impulsaron el progreso hoy lo frenan. Si algo enseña la historia económica, es que ningún sistema puede expandirse indefinidamente sobre bases injustas o ecológicamente insostenibles.

El desafío, entonces, no es solo técnico o financiero. Es civilizatorio. La pregunta que se abre para el siglo XXI no es cómo reactivar el crecimiento, sino qué forma de desarrollo humano puede suceder al capitalismo cuando este ya no puede crecer sin destruirse a sí mismo.