Ir al contenido principal

Etiqueta: Luko Hilje Quirós

La breve pero significativa batalla de Sardinal

Luko Hilje Quirós
lukohilje@gmail.com

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER.

Desembocadura del río Sardinal en el Sarapiquí. Foto: Luko Hilje.

Hace exactamente 170 años, en la mañana del 10 de abril de 1856, ocurrió la batalla de Sardinal, de la cual he escrito y hablado en varias oportunidades, pues me interesé en ella hace unos 15 años. No obstante, en las lecturas previas para mis alocuciones, había detectado grandes vacíos de información, así como varias contradicciones y errores, incluso entre historiadores.

Por tanto, hace un año decidí reunir toda la información disponible y escribir un artículo académico, que aclarara de la mejor manera posible todos sus pormenores; denominado La batalla de Sardinal en el contexto de la Campaña Nacional de 1856-1857, apareció hace apenas cuatro meses. Aunque resumirlo hoy aquí es una tarea imposible, los invito a leerlo en la revista Comunicación, del Instituto Tecnológico de Costa Rica.

Es por ello que, de manera resumida, lo que pretendo es resaltar sus hechos más relevantes. Veamos.

En primer lugar, el aspecto geográfico. Bien sabemos que las principales batallas de la Campaña Nacional contra el ejército del líder filibustero William Walker, convocadas por el presidente y líder militar Juan Rafael (Juanito) Mora Porras, ocurrieron en la vertiente del Pacífico de Costa Rica y Nicaragua, el 20 de marzo en Santa Rosa y el 11 de abril en Rivas. Es decir, la batalla de Sardinal tuvo lugar muy pero muy lejos de ahí, y fue la primera de carácter fluvial. Aún más, no estaba prevista en nuestros planes militares.

Surgió porque el ejército filibustero tenía bajo dominio total las aguas del río San Juan. Y un aciago día, el capitán John M. Baldwin decidió incautarle en La Trinidad —en la boca del Sarapiquí— la correspondencia al cartero costarricense que cada dos semanas se desplazaba desde San José hasta San Juan del Norte para llevar cartas y recoger las que llegaban del exterior. Eso encendió las alarmas pues, con este hecho, el enemigo había violado la privacidad de la correspondencia oficial, así como invadido el territorio nacional.

En segundo lugar, la naturaleza del enfrentamiento. Aunque era urgente responder, mandar batallones a confrontarlos era absurdo, pues no se tenían tantos recursos militares. Por tanto, se optó por una alternativa más juiciosa y prudente, que fue enviar una tropa para que vigilara los movimientos del enemigo nada más, y que lo atacara si y solo si resultara inevitable. Y así ocurriría.

En efecto, de tan solo 100 hombres, dicha tropa quedó conformada por dos destacamentos de 25 hombres cada uno, que estaban destacados en los puestos aduanales que había en Muelle y Cariblanco, más 50 soldados alajuelenses que conocían bien esa zona. Sus jefes eran el general Florentino Alfaro Zamora y el teniente coronel Rafael Orozco Rojas.

Reunidos en Muelle, a unos 45 kilómetros de La Trinidad en la desembocadura de este río, donde estaban los filibusteros, desecharon la idea de construir botes o balsas, para no exponerse a ser vistos mientras navegaban, y optaron por abrir una picada o trocha por la ribera izquierda del río Sarapiquí. Tenaces, recios e incansables, avanzaron unos 18 kilómetros abriendo montaña, hasta alcanzar la desembocadura del río Sardinal.

Uno de los playones típicos del río Sarapiquí. Foto: Luko Hilje.

Por entonces ignoraban que Baldwin y su batallón estaban enterados de su presencia en algún punto del río, y que ya venían a toparlos. Es decir, la idea de éstos no era penetrar hasta San José, sino tan solo repeler y desalojar del río a nuestros compatriotas. Hay que considerar —y esto es clave—, que los filibusteros tenían amplia experiencia en batallas a campo abierto, pero no para desplazarse y combatir en densas selvas, como las de Sarapiquí, colmadas de incomodidades y peligros.

Esa mañana, un grupo de los nuestros continuaba abriendo la picada, otros reponían fuerzas y desayunaban confiados en un pequeño estero en la desembocadura del río Sardinal, el cual hoy ya no existe, debido a la erosión. Como habían hecho una fogata para preparar sus alimentos, el humo que salía hizo sospechar a los filibusteros que ellos estaban ahí, por lo que poco después los atacaron por sorpresa.

En tercer lugar, el saldo militar de la batalla. En realidad, el cauce formado entre los dos playones que conformaban el estero impidió los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, lo que hubiera favorecido a los costarricenses, quienes eran muy hábiles en el manejo de las bayonetas de sus fusiles. Aún así, hubo fuego durante casi una hora entre ambos bandos. Como saldo de la escaramuza, en nuestras filas murieron apenas tres hombres y hubo siete heridos, mientras que de los enemigos fallecieron cuatro en tierra y varios en el agua, incluidos unos 25 que estaban en una piragua que se les pudo hundir.

Ubicación hipotética de los playones que conformaban el estero del río Sardinal. Foto: Luko Hilje.

Pero, más importante aún que estas cifras, es que los filibusteros no pudieron desalojar del río a nuestra tropa, y se vieron obligados a tomar sus embarcaciones y regresar a La Trinidad. Por su parte, nuestros combatientes se dirigieron a Muelle, para que el médico curara a los heridos. En los días posteriores permanecieron en Cariblanco, atentos a cualquier ataque filibustero, el cual nunca ocurriría.

Para concluir, aunque la batalla de Sardinal no tuvo un gran significado estratégico-militar, infundió mucho ánimo y confianza a nuestros soldados pues —sin saberlo ellos—, aún faltaba un año de confrontaciones, y había que saber soportarlo. Eso sí, librada también en el territorio de Sarapiquí, sí fue determinante la batalla de La Trinidad, el 22 de diciembre de 1856, que fue la que marcó el principio del fin de Walker, hasta su rendición en Rivas, el 1° de mayo de 1857.

De este modo, gracias a nuestros valerosos combatientes, se pudieron afianzar la libertad y la soberanía de Costa Rica, así como de los demás países centroamericanos, por lo cual, desde lo más profundo de nuestros corazones, hoy reverenciamos su memoria con gratitud infinita.

El antiguo edificio municipal de Naranjo

Luko Hilje Quirós
lukohilje@gmail.com

Aunque nací en Naranjo, Alajuela, casi no residí ahí, pues mi familia se mudó a San José a inicios de 1956, cuando yo tenía menos de cuatro años de edad. Desde entonces, mis únicos contactos directos fueron las gratas y memorables visitas, en las vacaciones de verano, a casa de Eugen, nuestro hermano mayor, quien permaneció allá. Con esto quiero decir —no sin dolor— que no conocí mucho de sus gentes ni de sus paisajes, ni tampoco de su historia. No obstante, a mis 73 años de edad hoy, me cautiva todo cuanto tenga que ver con mi terruño. Fue por ello que, cuando vio la luz en 2007, me embelesé con el libro Naranjo y su historia (1835-2004), del historiador José Luis Torres Rodríguez, rica obra que debiera estar en todo hogar naranjeño.

Ahora bien, como dicho libro está ampliamente ilustrado, una de las fotos que más me llamó la atención fue la del edificio municipal, atesorada por las hijas del hogar formado por el croata José Jengich Stilinovich y la costarricense-alemana Hilda Buck Beer. Esto fue así no solo por su hermosura, sino que también por su ubicación, pues no coincide con la del actual edificio, conocido como Palacio Municipal y construido entre 1948 y 1949. Espoleado por la curiosidad, indagué al respecto con el entrañable amigo José Luis, pero me dijo no saber mucho sobre dicho inmueble, aunque sí me facilitó un expediente referido a esta última edificación, declarada parte del patrimonio histórico-arquitectónico de Costa Rica en octubre de 2013.

Sorprende que en este amplio legajo no haya una sola mención del antiguo edificio municipal, y más bien llama la atención que en uno de sus documentos se indique lo siguiente: “Este edificio llegó a conformar el centro político-social de la pujante ciudad de Naranjo, [y] ya dentro de la cuadrícula de herencia española se desarrolló el Palacio Municipal al costado norte de la Iglesia Católica y a cincuenta metros de la plaza, hoy parque”. Es decir, da a entender dos cosas que son erróneas: que el actual fue el primer edificio municipal que hubo en el cantón, y que se ubica exactamente donde correspondía según los convencionalismos de la época colonial.

En realidad, el que sí se localizaba de acuerdo con esa norma o costumbre era el original, es decir, el antiguo edificio municipal. De ello es fehaciente la foto adjunta, de autor desconocido —facilitada por Cecilia Jengich Buck— en la cual se le observa frente al costado sur de la plaza, hoy Parque Central Dr. Abraham Rodríguez. Aunque se ignora la fecha de dicha imagen, es obvio que data de antes de 1924, cuando el antiguo templo no había sido cuarteado por el terremoto de marzo de ese año, que obligó a demolerlo después.

El templo católico y el edificio municipal, frente a los costados este y sur de la plaza.

Cabe mencionar que el edificio empezaba en la esquina sureste del cuadrante ubicado al sur la plaza, de modo que estaba diagonal a la iglesia. Este detalle se observa en un retrato que hallé en un manojo de fotos coleccionadas por mi tío Luis Castro Rodríguez —maestro y periodista—, quien poco antes de morir las entregó a mi hermana Brunilda. Supongo que él la tomó, pues cada cierto tiempo aparecía con una cámara y captaba imágenes de la familia, así como de lugares que le interesaban. De hecho, hay varias del nuevo templo en construcción, que utilicé para ilustrar mi artículo El templo anhelado por los naranjeños (Nuestro País, 19-IV-19). Nótese que en la citada foto hay una gran cantidad de boyeros alrededor del nuevo templo en construcción.

El edificio municipal visto desde el templo en construcción.

Por cierto, en nuestro libro Dos hombres y un volcán, publicado por la Editorial Tecnológica y que verá la luz en abril, hay varias de sus fotos, incluida una muy significativa, tomada el 24 de febrero de 1937 en la cima del volcán Arenal. Ese día los siete expedicionarios que acometieron la aventura, entre los que figuraron cinco naranjeños (Alberto y Gustavo Quesada Rodríguez, mi tío Ricardo Quirós Rodríguez, Bercelio Castro Ramírez y el tío Luis), descubrieron que ese coloso no era un simple cerro —como se pensaba entonces—, sino un volcán latente o dormido.

Ahora bien, para retomar lo del edificio municipal de Naranjo, una vez inaugurada la iglesia, a inicios de 1929, se le ve en otra foto, que hallé en el librito Naranjo y su iglesia, editado ese año por el padre José del Olmo Salvador, la cual muestro aquí. Y, para culminar, ya erigido el bello edificio de la Escuela República de Colombia —que abrió sus puertas en octubre de 1938—, ahí estaba a su lado, completando ese flanco del parque, como lo atestigua la foto aludida al principio de este artículo, mostrada en el libro de José Luis.

El edificio municipal visto desde el nuevo templo, en 1929.
El edificio municipal al lado de la escuela.

Como se nota, no hay duda de cuál era el aspecto del antiguo edificio municipal, ni tampoco de su ubicación, aunque las fotos existentes son un poco lejanas o parciales. Sin embargo, por fortuna, entre las fotos legadas por mi tío, hace unos años hallé una imagen completa y cercana.

Como era de esperar, el hallazgo de ese retrato me alegró mucho, pero había un inconveniente, y es que quedó movida o desenfocada. Eso me impidió escribir un artículo como éste, pues la imagen perdía así mucho de su valor testimonial. No obstante, en meses recientes empecé a familiarizarme con algunas técnicas de inteligencia artificial, al menos lo suficiente como para, tras varias tentativas, lograr corregir ese problema. El resultado final fue una bella y fidedigna imagen de tan significativa edificación, que ahora comparto con los lectores. Y, para que sea conservada como se debe, con motivo del 140 aniversario del cantonato, hace dos semanas la doné a la Municipalidad de Naranjo, con la esperanza y la ilusión de que la puedan ampliar, enmarcar y colocar en alguna pared del actual edificio municipal, en el cual, por cierto, laboró por muchos años, como contabilista, mi hermano Eugen.

El bello edificio municipal, en todo su esplendor.

Queda pendiente, eso sí, profundizar en la historia de ese inmueble. Aunque el amigo José Luis lo intentó, su esfuerzo resultó vano, pues parece que los archivos municipales se deterioraron en el curso del tiempo, hasta perderse por completo. ¡Una verdadera lástima, por este y otros proyectos históricos cantonales malogrados!

No obstante, permanecen como desafíos varias preguntas obvias, pero importantes. Por ejemplo, las fechas exactas de su construcción e inauguración, los nombres del ingeniero o arquitecto que concibió la idea y la plasmó en los planos, y del maestro de obras que condujo el proceso. También, las especies de madera elegidas para el maderamen y las paredes, estas últimas posiblemente de cedro amargo (Cedrela odorata), por su resistencia y belleza, así como por su abundancia en aquellos tiempos, aunque tal vez todo era prefabricado y de maderas foráneas —como se verá posteriormente—, y ensamblado aquí. Sí llama la atención que, en contraste con el actual edificio, tuviera dos plantas, así como corredores volados en ambos pisos, al igual que altas paredes, con fines de ventilación, obviamente, en una localidad tan cálida como Naranjo, a unos 1000 m de altitud. Al respecto, esta arquitectura es parecida a la que he visto en fotos de edificios de Puerto Limón y Turrialba, en el Caribe, a 0 y 600 m de altitud, respectivamente, las cuales datan de los primeros dos decenios del siglo XX.

Al respecto, en una consulta que hice al amigo arquitecto Andrés Fernández, autor de varios libros y muy connotado por sus aportes en el campo de la historia de la arquitectura en Costa Rica, con gentileza me manifestó lo siguiente, que es muy esclarecedor:

Al terminarse las obras del ferrocarril al Atlántico, en 1890, e impulsada por la Revolución Industrial que se extendía por el mundo, llegó aquí la arquitectura de influencia victoriana. Su nombre deriva de haberse originado como tendencia en el reinado de Victoria Alexandra de Inglaterra (1847-1901), y se caracterizaba por ser una arquitectura totalmente industrializada tanto en materiales (ladrillo, metal de forja, madera aserrada y torneada, clavos de acero, lámina de hierro galvanizado, chapa metálica y pintura de aceite), como en sus muy prácticos métodos de construcción.

Al Valle Central de Costa Rica, esa arquitectura llegó primero desde Inglaterra, por ubicarse originalmente en esa nación el mercado del café; y solo en un segundo momento, de los Estados Unidos, gracias en buena medida al mercado bananero, lo que la extendió también por el Caribe. Aquí pronto arraigó con fuerza, dando pie a una arquitectura residencial de diversas escalas, casi siempre prefabricada e importada, pero cuyo auge hizo aparecer pronto un estilo “victoriano criollo”, realizado por carpinteros y maestros de obras locales, que incorporaron a ella elementos tanto climáticos como culturales propios.

Fue esa novedosa carpintería y los oficios a ella asociados, los que terminaron por sustituir los oficios constructivos tradicionales, heredados del período colonial, después de 1910. Pero, en cambio, fue gracias a ella que aparecieron entonces en un Valle Central rico en maderas de calidad, además de casas victorianas, edificios públicos, comerciales e industriales. Del primer tipo de esos inmuebles criollos, fueron notables, en especial, las escuelas primarias y los palacios municipales aparecidos en la década de 1920, y cuyos planos elaboraban técnicos especializados en la Dirección de Obras Públicas”.

En fin, como se aprecia, el reto pendiente es enorme, pues queda mucho por indagar, y las fuentes de información —si es que existieran— deben estar muy dispersas. Sin embargo, ojalá algún día alguien lo acometa, para rescatar este importante segmento de la rica y singular historia del amado cantón de Naranjo.

Don Juanito Mora en un inverosímil reto a duelo

Luko Hilje Quirós (luko@ice.co.cr)

Alguna vez me contaron que, en una oportunidad, don Juanito Mora se había enfrentado en un duelo con un miembro de la legendaria y poderosa estirpe militar de los Quirós. Y eso lo recordé hace unas semanas, cuando me topé en internet con información al respecto, en un enjundioso artículo intitulado El delito de duelo en Costa Rica (Análisis histórico-jurídico), del amigo abogado e historiador Tomás Federico Arias Castro (Revista Judicial, No. 101, 2011). Por supuesto que lo leí con avidez y fruición, por tres motivos: mi interés acerca de la vida y la obra de nuestro héroe mayor; lo insólito de un lío como ese, inducido por una disputa amorosa; y mi pertenencia a la familia Quirós, por vía materna.

En cuanto a esto último, el artículo me reveló que el rival de don Juanito fue Juan Manuel Quirós Blanco, hijo de Francisco Apolinar Quirós Jiménez, quien era primo hermano de mi abuelo Ascensión Quirós Montero. El contendiente de don Juanito era hermano de José Manuel Quirós Blanco, célebre general que muriera en la batalla de Rivas, Nicaragua, y con quien don Juanito tuvo serios enfrentamientos desde el momento en que asumió la presidencia de la República, al punto de que lideró un fallido golpe de Estado, junto con varios parientes que eran militares.

Nacido el 5 de diciembre de 1841, mi abuelo Chón —venido al mundo 111 años antes que yo—, tenía apenas unos meses de edad cuando su primo segundo Juan Manuel entró en conflicto con don Juanito, al punto de retarse a un duelo, según se narra en el artículo El Gral. Quirós encontró la muerte en la jornada gloriosa del once de abril, cumpliendo una orden del Presidente Mora, de autor anónimo, y publicado en el diario La Tribuna (10-III-1929, 2ª Sección, pp. 9 y 14-15); dicho artículo fue reproducido en la Revista de Costa Rica (No. 4, pp. 65-75), de agosto de ese año, con el título Algunos datos sobre la vida del General Quirós. Tuve la oportunidad de consultar y cotejar ambas versiones, que no son idénticas.

Don Juanito en su juventud

Antes de referirme al duelo como tal, es pertinente indicar que don Juanito aún no había incursionado con fuerza en la política, según se capta en el libro Palabra viva de Libertador (EDUVISION, 2014), escrito por los amigos historiadores Raúl Aguilar Piedra —de grata memoria— y Armando Vargas Araya, donde hay un valioso recuento cronográfico de los quehaceres de don Juanito. En él se colige que hasta 1842 era un muy acucioso comerciante y empresario, dedicado al negocio de bienes raíces, así como a la exportación de café y a la venta de mercaderías importadas. Como parte de sus actividades económicas, había efectuado viajes de negocios a Nueva York, Nicaragua, El Salvador, Jamaica y Chile.

En realidad, junto con sus hermanos, fue una cruda víctima de la orfandad, pues su madre Ana Benita Porras Ulloa había muerto en 1833, y su padre Camilo Mora Alvarado en 1836.

Además del dolor de perderlos a ambos, con apenas 22 años de edad y por ser el primogénito de la prole, desde entonces le correspondió velar por la manutención de sus nueve hermanos, que eran Mercedes, Miguel, Guadalupe, José Joaquín, Ana María, Heliodora, María Rosa, Juana y Virginia. Y, por si esta no fuera suficiente responsabilidad, acogió a sus sobrinos Manuel, David y Dorila Argüello Mora, cuyo padre Toribio Argüello Argüello —cónyuge de Mercedes— falleció en 1838. Esta información proviene del artículo Mora y Cañas en familia (Revista Comunicación, 2010), del recordado y querido amigo genealogista Emilio Obando Cairol.

Ahora bien, según la tradición oral familiar, don Juanito decidió permanecer soltero hasta que todos sus hermanos se casaran, lo cual cumplió a cabalidad, como se verá posteriormente.

Relatados estos datos, que permiten contextualizar lo que era la comprometida y difícil vida cotidiana de don Juanito en esos tiempos, es oportuno referirme al duelo entre él y Juan Manuel Quirós, ocurrido en una fecha no especificada de 1842, según el artículo citado previamente.

Acerca del duelo

La causa de la confrontación, armas en mano, fue la disputa por el amor de una linda muchacha josefina de apellido Madriz, emparentada con el célebre abogado y político José María Castro Madriz.

Por entonces los contendientes rondaban los 28 y 22 años, respectivamente, y eran buenos amigos, según se capta en el mencionado artículo. Por ejemplo, en un pasaje dice así: “Parece que el General [José Manuel] Quirós y su familia mantuvieron siempre magníficas relaciones con la casa de don Juan Rafael Mora. Políticamente, también y siempre se sostuvieron mutuamente en sus empeños. Las dos familias habían vivido muy unidas desde los tiempos coloniales”. Sin embargo, como consecuencia del interés sentimental común hacia la señorita Madriz, “una gota de amargura cayó por primera vez en la armonía existente entre aquellas dos familias. Los amigos se distanciaron, los rivales se ofendieron, y rota la paz entre ellos, los recíprocos reproches los condujeron al incidente personal. Y un día quedó concertado un duelo entre ambos pretendientes”.

Entremos a conocer los pormenores de tan inesperado y serio suceso, que el autor anónimo, con grata habilidad literaria, narra así:

Por razones que no hemos podido constatar, se convino en que el encuentro debía verificarse en la ciudad de Puntarenas. Una madrugada, en la playa, cerca de la Punta, don Juan Rafael Mora y don Juan Quirós se encontraron con sus padrinos, listos a definir la situación. El duelo fue concertado a la suerte, tirando uno primero y el otro después, y la suerte favoreció al señor Quirós. Debía tirar primero.

El señor Quirós llevaba un bastón delgado y fino, que distraídamente clavó en la arena, al tomar su puesto para batirse. Casualmente, el bastón quedó muy cerca de su dueño cuando éste se colocó en el sitio designado por los padrinos. Se dio la orden de fuego, y el señor Quirós disparó. Erró el tiro. Don Juan Rafael Mora quedó ileso, y tendió a su vez el brazo, a indicación del jefe de campo.

A la segunda palmada, don Juan Rafael afinó la puntería, dirigiendo la pistola visiblemente contra el cuerpo de su adversario. Sonó la tercera palmada, y disparó. El bastón de don Juan Quirós, partido en dos pedazos, rebotó sobre la playa y cayó al mar.

Don Juan Rafael Mora había probado dos cosas: que tenía una magnífica puntería y que perdonaba la vida de su adversario.

Al día siguiente don Juan Quirós, sintiéndose humillado por la actitud del señor Mora, abandonó Costa Rica para siempre y se fue a Nicaragua, donde murió años después.

Cuando se supo en San José el resultado del lance, el General [José Manuel] Quirós arrugó el ceño, y desde aquel momento don Juan Rafael Mora no fue santo de su devoción”.

Cabe acotar que el articulista indica que el joven Juan Manuel era sobrino del citado militar, pero, en realidad, era su hermano menor.

¿Hubo duelo, realmente?

Tras analizar lo ahí narrado, me parece que ese duelo es inverosímil, por las siguientes razones.

En primer lugar, salvo que los contendientes estuvieran de paseo allá, no tiene lógica alguna haber pactado el duelo en la muy lejana Puntarenas. Esto significaba cabalgar unas 25 leguas (unos 125 km) desde San José, por el muy escarpado y sinuoso Camino Nacional, a través de los Montes del Aguacate. Por entonces la medida de distancia usada era la legua, correspondiente al trayecto que recorre una persona a caballo o a pie en una hora, la cual se calculaba en 5 km; es decir, se requerían 25 horas para llegar a Puntarenas, de modo que, si se viajaba solo en horas diurnas, se demoraban dos días en la travesía. Por tanto, hubiera sido más lógico seleccionar un predio en la capital, como por ejemplo la planicie de La Sabana o sus alrededores; de hecho, Tomás Federico documenta la ejecución de tres duelos en La Sabana o en fincas muy cercanas a ésta.

En segundo lugar, no es cierto que Juan Manuel Quirós abandonara nuestro país para siempre y se instalara en Nicaragua, pues permaneció ocho años en Costa Rica. De ello da fe el siguiente hecho.

Recién llegado a la presidencia, don Juanito estuvo en la mira para ser derrocado, el 3 de junio de 1850, por José Manuel Quirós, por entonces comandante general del ejército y comandante del Cuartel Principal de San José, y al que don Juanito recientemente le había quitado potestades militares. Descubierto a tiempo el complot, se condenó a ambos hermanos a diez años de prisión, al igual que a otros once militares; por cierto, de los 13 acusados, ocho eran de apellido Quirós, y oriundos de San Juan del Murciélago, hoy Tibás. Sin embargo, posteriormente, a José Manuel y Juan Manuel, así como a su primo Máximo Blanco Rodríguez —quien después sobresaldría en la Campaña Nacional contra los filibusteros—, más Francisco y Pedro Quirós, la pena de encarcelamiento les fue canjeada por el destierro, por cinco años.

En tercer lugar, cuando supuestamente ocurrió el duelo, apenas tres de los hermanos de don Juanito se habían casado: Mercedes, con Toribio Argüello Argüello (1829); Miguel, con Felipa Montes de Oca y Gamero (1840); y Ana María, con José María Montealegre Fernández (1840). Es decir, faltaban por contraer nupcias Juana, con José Antonio Chamorro Gutiérrez (1843); José Joaquín, con María Dolores Gutiérrez y Peña Monge (1843); Guadalupe, con José María Cañas Escamilla (1844); Heliodora, con Manuel Cañas Escamilla (¿?); María Rosa, primero con José Francisco Salazar Aguado (¿?) y después con Manuel Joaquín Gutiérrez Peñamonge (1845). Virginia, quien sufría de parálisis, permaneció soltera. Esta información procede del artículo de Emilio Obando, antes mencionado.

En síntesis, si don Juanito había prometido velar por sus hermanos en condición de padre postizo o sustituto —como en realidad lo hizo—, no iba a faltar a su promesa y correr el riesgo de perder la vida por un duelo de amor, por atractiva que fuera la señorita Madriz, el cual después podría resultar volátil o ilusorio, como es común en las cosas del amor y los sentimientos; además, aunque él resultó ileso de dicho lance, eso no le garantizó que ella lo aceptaría como novio o esposo. Bueno…, en realidad a ninguno de los dos, pues Quirós se casó o tuvo un romance con Agapita Quesada —en una fecha no indicada—, como resultado del cual nació Cérvulo Quirós Quesada.

En el caso de don Juanito, hombre de palabra, como lo era, contrajo matrimonio cuando ya todos los hermanos se habían casado; lo hizo el 24 de junio de 1847, con Inés Aguilar Cueto —hija del exjefe de Estado Manuel Aguilar Chacón—, ella con apenas 17 años de edad, y él con 33, una edad bastante atípica para los estándares de la época, lo cual se explica por la atención con la que se prodigó hacia sus hermanos, y no por falta de candidatas, que de seguro las había. Porque, además de su éxito como empresario y de su bien ganado y abundante capital, “era uno de los hombres más hermosos de su tiempo, de pequeña estatura pero perfectamente proporcionada, de barba tupida, negra y sedosa, de ojos pardos sombreados por largas y crespas pestañas. Su mirada era irresistible por lo que tenía de penetrante y de atrayente”, en palabras de su sobrino, el escritor Manuel Argüello Mora. Es decir, era un “muy buen partido”al decir de antes, pues era guapo, inteligente y rico.

Para concluir, el hecho de que el duelo no aparezca mencionado en el recuento cronográfico contenido en el libro Palabra viva de Libertador —que es sumamente detallado—, sugiere que no existió, pues los contendientes eran figuras muy conocidas en la sociedad de entonces, y ese dato no iba a pasar desapercibido. O, para dar el beneficio de la duda —en el sentido de que no se publicitó—, es oportuno mencionar que ese año no circularon periódicos en el país, pues los medios Noticioso Universal y La Tertulia habían fenecido, y El Mentor Costarricense no vería la luz por primera vez sino en diciembre.

En fin…, juzgue usted, amigo lector.