¿Pura Vida o Pura Muerte?: El Grito Profético que Costa Rica no puede callar
Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista
«No podemos acostumbrarnos a las cifras y estadísticas. ¡Es necesario conmovernos y movilizarnos!». Con esta sentencia, la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, en junio de 2025, lanzó un dardo al corazón de una sociedad que empezaba a ver la sangre como parte del paisaje urbano. Ecuador, que hace poco se miraba al espejo como un país de paz, despertó en una pesadilla de sicariato y control territorial. Hoy, esa misma realidad retumba en las fronteras de nuestra Costa Rica.
Como periodista los datos me abruman; como sacerdote, el dolor de las familias me desgarra. No estamos ante una «percepción» de inseguridad. Estamos ante una metamorfosis del alma nacional. Con tasas de homicidios que han roto récords históricos en los últimos tres años, Costa Rica ha dejado de ser el «oasis» centroamericano para convertirse en una bodega logística y un campo de batalla de bandas criminales.
Nuestras iglesias hermanas en el continente ya han recorrido este vía crucis y nos han dejado un mapa de resistencia que no podemos ignorar:
México y la Agenda Nacional de Paz: Tras el asesinato de dos jesuitas en 2022, la Conferencia Episcopal Mexicana comprendió, tras décadas de oraciones silenciosas, que no basta con pedir por la paz. Su reciente Agenda Nacional de Paz es un documento de una rigurosidad sociológica y teológica implacable. Denuncian la «narcocultura» no como un género musical, sino como una religión de la muerte que idolatra el dinero y el poder efímero.
Colombia y los «Artesanos de la Paz»: La Conferencia Episcopal de Colombia ha sido clara: el narcotráfico es el combustible de todas nuestras guerras. Su magisterio social nos enseña que el silencio ante la infiltración del narco en las instituciones es, en la práctica, una forma de complicidad.
Si bien la Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR) ha emitido comunicados valiosos, como aquel grito de «La sangre de tu hermano grita hacia mí» (2024), el momento actual exige pasar de la exhortación al acompañamiento pastoral en los territorios y la denuncia profética directa.
Las diócesis no pueden ser solo administradoras de sacramentos en medio de una guerra; deben ser santuarios de resistencia civil. La violencia en Costa Rica ha encontrado un terreno fértil no por la falta de fe, sino por la falta de oportunidades en nuestras costas y periferias. Cuando el Estado se retira de Limón, de Puntarenas o de los barrios del sur de San José, el narco entra a llenar el vacío con bonos, con «empleo» de sicariato para jóvenes de 15 años y con una red de asistencia que la Iglesia debe disputar con la caridad y la justicia social. Por mucho, el caso más reciente y menos iluminado desde la justicia social es la Diócesis de Cartago.
Necesitamos una Iglesia que no tema llamar a las cosas por su nombre. Necesitamos que desde el ambón se denuncie la corrupción que permite que nuestras aduanas sean coladeras. Necesitamos que la CECOR lidere un diálogo nacional que no sea diplomático, sino vinculante, donde se exija a los poderes del Estado —ahora bajo una nueva administración— que la seguridad humana sea la prioridad absoluta.
La historia reciente de América Latina nos muestra que, cuando el crimen organizado se siente dueño del territorio, tampoco respeta lo sagrado. Primero caen los jóvenes de los barrios olvidados, luego los líderes comunales, después quienes se atreven a denunciar. La sangre de un sacerdote no vale más que la de cualquier ciudadano.
Ecuador nos lo advirtió: el acostumbrarse es el principio del fin. Costa Rica no puede permitirse el lujo de la indiferencia. Es hora de que el «Pura Vida» recupere su significado sagrado. Iglesia, es hora de decir presente y actuar coherentemente. Por la vida, por la verdad y por el Evangelio que no calla ante la injusticia.
