Ir al contenido principal

Etiqueta: María Luisa Castro Espeleta

Envejecer con dignidad, autonomía y propósito: hacia una estrategia país ante la transición demográfica – (No jubilar a las personas de la vida). Parte II

Dra. María Luisa Castro Espeleta
Médica Cirujana
Especialista en Administración y Gerencia Hospitalaria
Escritora
Contacto: marialuisacastroespeleta@gmail.com
Cel. 8832 4900

No jubilar a las personas de la vida

Hay una pregunta que puede parecer sencilla durante una consulta médica:

—¿Qué hace usted durante el día? A veces la respuesta habla de trabajo, de la familia, de algún pasatiempo. Pero otras veces aparece un silencio, porque una persona puede haber dejado de trabajar, haber criado a sus hijos, haber enviudado, haber perdido algunas amistades y, poco a poco, haber dejado también de sentirse necesaria.

Ahí comienza una parte del envejecimiento de la que hablamos poco. Costa Rica se está convirtiendo en una sociedad más longeva. Pero prepararnos para vivir más no puede significar únicamente preparar más servicios de salud, más pensiones o más espacios de atención. También tenemos que preguntarnos: ¿Cómo queremos que vivan esos años adicionales?

La primera parte de esta propuesta plantea el desafío desde la perspectiva demográfica, económica y social. Esta segunda parte quiere mirar al ser humano que está detrás de esas cifras. Porque envejecer no debería significar desaparecer de la vida.

Cuidar no significa hacer todo por ellos

Cuando pensamos en una persona mayor que necesita ayuda, muchas veces nuestra primera reacción es hacer las cosas por ella. Le llevamos la comida. Le compramos lo que necesita. Le hacemos las diligencias. Le resolvemos los trámites. Le manejamos el teléfono. Le organizamos el día. Y, sin darnos cuenta, podemos terminar sustituyendo capacidades que todavía conserva.

Cuidar también significa preservar la autonomía. La Organización Mundial de la Salud (OMS) plantea el envejecimiento saludable desde la capacidad funcional: aquello que permite a una persona satisfacer sus necesidades, tomar decisiones, movilizarse, mantener relaciones y participar en la sociedad. Esa capacidad depende tanto de las condiciones individuales como del entorno en el que vive (World Health Organization [WHO], 2015, 2025).

Por eso, quizá deberíamos hacernos una pregunta antes de ayudar: ¿Realmente necesita que lo hagamos por él o necesita que le facilitemos las condiciones para que pueda hacerlo? No hacer por nuestros adultos mayores aquello que todavía pueden hacer. Ayudarlos a seguir haciéndolo. Esa diferencia puede parecer pequeña, pero cambia completamente la manera de entender el cuidado.

La autonomía también se construye

Desde la medicina, envejecer bien no consiste simplemente en acumular años. Consiste en intentar conservar durante el mayor tiempo posible aquello que permite a una persona vivir su propia vida. Por eso, una consulta de salud de una persona mayor debería ir mucho más allá de preguntar por sus enfermedades.

¿Ve bien? ¿Escucha bien? ¿Tiene dolor? ¿Camina con seguridad? ¿Se ha caído? ¿Come adecuadamente? ¿Duerme bien? ¿Cuántos medicamentos toma y realmente necesita? ¿Cómo está su memoria y su estado de ánimo? ¿Con quién cuenta? ¿Qué hace durante el día?

La segunda edición de la guía ICOPE de la OMS propone una valoración centrada en la persona y rutas de atención que permiten detectar disminuciones de la capacidad intrínseca, necesidades de apoyo social y de cuidados, y elaborar planes personalizados (WHO, 2025). Esto obliga a cambiar una parte de nuestra mirada médica. No basta con tratar la enfermedad. También debemos tratar aquello que está haciendo que la persona deje de vivir como antes. Un problema de visión puede hacer que alguien deje de salir de casa. El dolor puede hacer que deje de caminar. Una pérdida auditiva puede hacer que deje de participar en conversaciones. Una caída puede generar miedo a volver a salir. Una carga excesiva de medicamentos puede complicar la vida cotidiana.

Y la soledad puede hacer que una persona deje de encontrar razones para participar. La medicina de la longevidad puede aportar nuevas herramientas para acompañar este proceso, siempre desde una perspectiva médica responsable, individualizada y basada en evidencia. Pero ninguna tecnología, medicamento o intervención sustituye lo esencial: conservar función, autonomía, vínculos y propósito.

La pregunta que puede cambiarlo todo

Hay otra pregunta que deberíamos hacer con mucha más frecuencia: ¿Qué sabe hacer usted? No solamente: ¿Qué necesita? ¿Qué enfermedad tiene? ¿Quién lo cuida? Sino también: ¿Qué sabe hacer? Porque detrás de cada adulto mayor puede existir un conocimiento que no está escrito en ningún libro. Una mujer puede saber preparar una receta que nadie más conoce. Un agricultor puede reconocer señales del clima que aprendió observando durante décadas. Un carpintero puede enseñar un oficio. Una costurera puede enseñar a reparar una prenda. Un músico puede transmitir una canción. Un pescador puede contar cómo cambió la costa. Una persona que vivió toda su vida en una comunidad puede recordar historias que desaparecerán cuando ella ya no esté. La experiencia también es patrimonio. Y si no la recogemos, una parte de nuestra memoria colectiva puede desaparecer con cada generación.

¿Y si la experiencia pudiera convertirse en un legado?

Imaginemos a una abuela dictándole sus recetas a una computadora o a una herramienta de inteligencia artificial.

La tecnología puede ayudar a transcribir su voz, ordenar las recetas, organizar fotografías y convertirlas en un pequeño libro. Los nietos pueden tomar las fotografías. Un adolescente puede diseñar la portada. La abuela puede contar de dónde aprendió cada receta y en qué ocasión se preparaba. Y al final puede existir algo tan sencillo como:

“El libro de recetas de mi abuela”. La protagonista no sería la inteligencia artificial. La protagonista sería la abuela.

La tecnología solamente habría ayudado a que su conocimiento pudiera permanecer. Lo mismo podría hacerse con un agricultor que quiera dejar documentado su conocimiento sobre las prácticas tradicionales de su finca. Por ejemplo, podría registrar cuándo, según la tradición familiar, se sembraba, se cosechaba o se cortaba un árbol de acuerdo con determinadas fases lunares. Ese conocimiento puede documentarse y transmitirse sin presentarlo automáticamente como una verdad científica. Puede conservarse como conocimiento tradicional, estudiarse, compararse con evidencia científica y, sobre todo, evitar que se pierda.

Eso también es educación. Eso también es patrimonio

La escuela puede convertirse en un puente entre generaciones

¿Y si nuestros centros educativos fueran también lugares donde las generaciones se encontraran? Un adulto mayor podría ser invitado a una escuela para enseñar cocina, agricultura, costura, música, carpintería, historia local, artesanía o cualquier otro conocimiento que domine. No tendría que convertirse en profesor formal.

Podría simplemente convertirse en alguien que tiene algo que enseñar. Y la relación puede funcionar en ambas direcciones. El niño puede enseñar al adulto mayor a utilizar una computadora. El adolescente puede enseñarle a hacer una videollamada, utilizar una aplicación o explorar una herramienta de inteligencia artificial. Y el adulto mayor puede enseñarle al niño algo que quizá ninguna pantalla pueda transmitir.

Las iniciativas intergeneracionales pueden favorecer el contacto entre generaciones y formar parte de respuestas frente al edadismo y al aislamiento social (WHO, 2021, 2023a). Así dejamos de hablar de una generación que ayuda a otra y comenzamos a hablar de generaciones que se necesitan mutuamente.

Aprender a ponerse en los zapatos del otro

La educación para el envejecimiento también debería comenzar mucho antes de llegar a la vejez. Un niño que aprende desde pequeño a respetar a una persona mayor no necesita sentir lástima por ella. Necesita aprender a verla como una persona.

Con capacidades. Con limitaciones. Con historia. Con deseos. Con derecho a decidir. Con algo que aportar.

En algunos programas de formación sanitaria se utilizan simuladores de envejecimiento que restringen temporalmente movimientos, visión, audición o destreza manual para que los estudiantes experimenten algunas de las barreras funcionales que pueden aparecer con la edad.

La evidencia disponible sugiere que estas herramientas pueden favorecer determinados aspectos de la empatía y las actitudes hacia las personas mayores, aunque los resultados no son uniformes y los simuladores no reproducen de manera completa la experiencia real de envejecer (Gerhardy et al., 2022; Nelson et al., 2023).

Pero quizá el aprendizaje más importante ocurre después de quitarse el traje. Cuando el estudiante escucha a una persona mayor contar su propia historia. Porque ningún simulador puede sustituir la experiencia real de conversar con alguien. Ponerse en los zapatos del otro comienza por escucharlo.

No todos necesitan un hogar de larga estancia

Otro cambio de mirada es fundamental.

Envejecer no significa necesariamente ingresar a una institución. Hay personas que necesitarán cuidados permanentes y debemos garantizar que reciban atención digna, profesional y humana. Pero muchas otras no necesitan que alguien haga todo por ellas.

Necesitan un barrio que permita caminar. Una acera segura. Transporte accesible. Una consulta médica oportuna. Dolor tratado. Una buena evaluación de visión y audición.

Apoyo para utilizar la tecnología. Un lugar donde participar. Alguien con quien conversar.

Una actividad que esperar. Una razón para levantarse cada mañana.

La OMS señala que los entornos físicos y sociales pueden facilitar o limitar la capacidad funcional y la participación de las personas mayores. Su guía de programas nacionales de ciudades y comunidades amigables con las personas mayores incluye vivienda, transporte, espacios públicos, servicios de salud y apoyo comunitario, comunicación, participación social, respeto e inclusión como ámbitos de acción (WHO, 2023b).

Por eso, una sociedad longeva no debería preguntarse únicamente: ¿Dónde vamos a cuidar a nuestros adultos mayores? También debería preguntarse: ¿Cómo hacemos para que puedan seguir viviendo dentro de su propia comunidad cuando sea posible y seguro?

La soledad también debería entrar en la historia clínica

Hay otra pregunta que debería formar parte de nuestra medicina cotidiana: ¿Con quién cuenta usted? No solamente: ¿Con quién vive?

Porque vivir acompañado no siempre significa sentirse acompañado. La OMS considera actualmente el aislamiento social y la soledad importantes determinantes sociales de la salud. La evidencia disponible los relaciona con efectos adversos sobre la salud física y mental, el bienestar y la calidad de vida, y reconoce intervenciones comunitarias y digitales como parte de las posibles respuestas (WHO, 2025b).

Y las respuestas no siempre requieren grandes presupuestos. Puede ser una llamada semanal. Una caminata. Un grupo de lectura. Un jardín comunitario. Una visita de estudiantes. Una actividad artística. Una persona de la comunidad que pregunte: “¿Cómo está?” Y, sobre todo, que tenga tiempo para escuchar la respuesta.

¿Y si cada comunidad construyera su propia red de longevidad?

No necesariamente necesitamos inventar una nueva institución. Podríamos conectar mejor las que ya existen.

El EBAIS.

La escuela.

La municipalidad.

Las asociaciones de desarrollo.

Las organizaciones comunitarias.

Las iglesias.

Los comercios.

Las familias.

Los jóvenes.

Los profesionales de salud.

Y, por supuesto, los propios adultos mayores.

Podríamos comenzar con algo pequeño

Diez adultos mayores.

Veinte estudiantes.

Una escuela.

Un profesional de salud.

Una actividad semanal.

Una caminata.

Una revisión básica de salud.

Una conversación.

Un taller de tecnología.

Una tarde para compartir historias.

Y al terminar, hacer una pregunta muy sencilla:

¿Qué aprendimos hoy unos de otros?

Eso puede parecer pequeño.

Pero las transformaciones sociales también pueden comenzar desde iniciativas locales, cuando las comunidades identifican sus propias necesidades y recursos. La OMS plantea que los programas de comunidades amigables con la edad pueden desarrollarse desde ámbitos nacionales y subnacionales, con participación significativa de las personas mayores (WHO, 2023b).

Japón y Europa: espejos, no moldes

Otros países llevan años enfrentando de manera intensa los cambios asociados al envejecimiento. Japón desarrolló el concepto de Community-based Integrated Care System, un sistema orientado a integrar atención sanitaria, cuidados, prevención, vivienda y apoyo cotidiano para facilitar que las personas mayores puedan continuar su vida en entornos conocidos, de acuerdo con sus necesidades (Ministry of Health, Labour and Welfare, Japan, s. f.).

Europa, por su parte, ha desarrollado diferentes experiencias relacionadas con entornos amigables con la edad, participación social, accesibilidad, vivienda, transporte y relaciones entre generaciones. La OMS recoge experiencias europeas dentro de su marco internacional de comunidades amigables con la edad (WHO, 2018, 2023b).

No se trata de copiar ninguno de estos modelos.

Costa Rica tiene una historia, una cultura y una estructura comunitaria propias. Se trata de mirar qué están aprendiendo otros y preguntarnos qué podría tener sentido aquí. Quizá nuestra mayor fortaleza no sea construir una enorme estructura nueva. Quizá sea conectar mejor a las personas que ya tenemos.

Una sociedad que todavía necesite a sus mayores

Cuando hablamos de envejecimiento solemos pensar en pensiones, enfermedades, dependencia y costos.

Todo eso importa.

Pero hay otra conversación que necesitamos abrir. Queremos que nuestros adultos mayores reciban cuidados, sí. Pero también queremos que sigan participando en el cuidado de los demás. Que enseñen. Que aprendan. Que trabajen si desean y pueden hacerlo. Que creen. Que conversen. Que decidan. Que participen. Que sigan formando parte de la comunidad. No queremos adultos mayores ocupados solamente en recibir cuidados. Queremos adultos mayores participando en la vida de la comunidad. Y quizá ahí esté una de las claves de cómo Costa Rica puede enfrentar su transición demográfica.

No solamente construyendo un sistema para cuidar a quienes envejecen. Sino construyendo una sociedad donde envejecer no signifique dejar de pertenecer. Porque una persona puede jubilarse de un empleo. Puede dejar una profesión. Puede disminuir su ritmo. Puede necesitar ayuda. Pero no deberíamos jubilarla de la vida.

Quizá el verdadero éxito de una sociedad longeva no sea conseguir que más personas lleguen a los 90 o 100 años. Quizá sea conseguir que, cuando lleguen allí, todavía puedan decir: “Todavía tengo algo que dar”. Y que alguien pueda responderles: “Y nosotros todavía tenemos mucho que aprender de usted”. No jubilar a las personas de la vida. Ese podría ser uno de los mayores desafíos de la Costa Rica que está envejeciendo. Y también uno de sus mayores legados para las generaciones que vienen.

Referencias

Gerhardy, T. H., Schlomann, A., Wahl, H.-W., & Schmidt, L. I. (2022). Effects of age simulation suits on psychological and physical outcomes: A systematic review. European Journal of Ageing, 19, 953–976. https://doi.org/10.1007/s10433-022-00722-1

Ministry of Health, Labour and Welfare, Japan. (s. f.). Community-based integrated care system. Government of Japan. https://www.mhlw.go.jp/english/policy/care-welfare/care-welfare-elderly/dl/establish_e.pdf

Nelson, E. E. C., Spence, A. D., & Gormley, G. J. (2023). Stepping into the shoes of older people: A scoping review of simulating ageing experiences for healthcare professional students. Age and Ageing, 52(12), Article afad235. https://doi.org/10.1093/ageing/afad235

World Health Organization. (2015). World report on ageing and health. https://www.who.int/publications/i/item/9789241565042

World Health Organization. (2018). Age-friendly environments in Europe: Indicators, monitoring and assessments. World Health Organization Regional Office for Europe. https://www.who.int/europe/publications/i/item/9789289052746

World Health Organization. (2021). Global report on ageism. https://www.who.int/publications/i/item/9789240016866

World Health Organization. (2023a). Connecting generations: Planning and implementing interventions for intergenerational contact. https://www.who.int/publications/i/item/9789240070264

World Health Organization. (2023b). National programmes for age-friendly cities and communities: A guide. https://www.who.int/publications/i/item/9789240068698

World Health Organization. (2025a). Integrated care for older people (ICOPE): Guidance for person-centred assessment and pathways in primary care (2nd ed.). https://www.who.int/publications/i/item/9789240103726

World Health Organization. (2025b). Reducing social isolation and loneliness among older people. https://www.who.int/health-topics/ageing/reducing-social-isolation-and-loneliness-among-older-people

Una propuesta para llegar a tiempo: prevención, postvención y comunidad

Dra. María Luisa Castro Espeleta
Médica, cirujana

Especialista en Administración y Gerencia Hospitalaria
Escritora
marialuisacastroespeleta@gmail.com
T 8832 4900

Desde una perspectiva de salud y salud pública, quisiera sumar una reflexión a este debate sobre el suicidio.

Hablar de suicidio no puede limitarse a contar cuántas personas murieron este año. También debemos preguntarnos qué estamos haciendo antes de que una persona llegue a este punto, qué hacemos durante la crisis y qué hacemos después de una muerte por suicidio.

El sufrimiento que conduce a una conducta suicida rara vez tiene una sola causa. Puede involucrar salud mental, enfermedad física, problemas familiares, violencia, soledad, dificultades económicas, situaciones laborales, pérdidas afectivas o una combinación de múltiples factores.

Dado esto, considero que debemos avanzar hacia un modelo de atención verdaderamente integral, accesible, continuo y territorial.

¿Cómo podemos hacerlo? Llegando antes de la crisis, mediante centros y redes de atención integral

Imagino espacios de atención en los que una persona pueda acudir cuando sienta que ya no puede continuar, sin tener que esperar necesariamente a que la situación se convierta en una emergencia.

Si aceptamos que detrás de cada muerte por suicidio existe una historia humana compleja, entonces la respuesta tampoco puede ser sencilla ni depender exclusivamente de una consulta psicológica o psiquiátrica.

Costa Rica debería avanzar hacia un modelo de atención integral para las personas que atraviesan situaciones de crisis, donde puedan acceder de manera oportuna y coordinada a diferentes formas de ayuda: atención psicológica y psiquiátrica, valoración médica, trabajo social, orientación familiar, acompañamiento comunitario y, cuando corresponda, asesoría económica, laboral o legal. Esta atención debe ser rápida, prioritaria y proporcional a la naturaleza y gravedad de la crisis que enfrenta cada persona.

¿Qué tenemos hoy y qué nos hace falta?

Costa Rica no parte de cero.

El país cuenta con diversos instrumentos normativos y de política pública relacionados con la salud mental y la prevención del comportamiento suicida. Entre ellos se encuentran la Política Nacional de Salud Mental 2024–2034, la Ley Nacional de Salud Mental, el Plan de Acción 2025–2029 y diferentes lineamientos técnicos para el abordaje del comportamiento suicida, emitidos por el Ministerio de Salud de Costa Rica.

Estos documentos constituyen el marco de referencia para orientar las acciones de promoción de la salud mental, prevención del suicidio, atención de las personas en riesgo y seguimiento posterior. Sin embargo, uno de los principales desafíos continúa siendo lograr que estas disposiciones se traduzcan en servicios accesibles, oportunos y articulados en todo el territorio nacional (Ministerio de Salud de Costa Rica, 2024, 2025a, 2025b).

También existen servicios de salud mental dentro de la red institucional y comunitaria.

El problema, entonces, no es solamente la ausencia de iniciativas. Contamos con un marco institucional que busca avanzar hacia un modelo de promoción, prevención, atención, rehabilitación e inclusión social.

Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos no es cuántas leyes, programas o instituciones existen, sino qué tan accesibles son para las personas que necesitan ayuda y con qué rapidez pueden recibirla.

Una política nacional de prevención del suicidio debería permitir identificar con claridad qué servicios de salud mental existen en cada cantón, cuáles ofrecen atención psicológica, cuáles cuentan con psiquiatría, cuáles pueden atender una crisis y cuáles realizan seguimiento después de un intento.

La información debe ser transparente y territorializada. No debería ocurrir que una persona en crisis, además de enfrentar su sufrimiento, tenga que descubrir por sí misma dónde encontrar ayuda, cuánto debe esperar o hasta dónde debe desplazarse para recibirla.

Por ello, debemos avanzar hacia una Red Nacional de Atención Integral para la Crisis y la Prevención del Suicidio, articulada con la atención primaria, hospitales, servicios de salud mental, instituciones educativas, gobiernos locales y organizaciones comunitarias.

No necesariamente significa construir una nueva estructura para cada comunidad. Significa articular lo que ya existe y crear puntos de acceso claros, rápidos y cercanos.

La tecnología también puede desempeñar un papel fundamental. La telemedicina y la teleatención podrían permitir que personas que viven lejos de los centros especializados tengan acceso oportuno a profesionales, mientras que la atención presencial se reserva y coordina según el nivel de riesgo.

La atención tampoco debería terminar cuando la persona sale de una emergencia o cuando termina una hospitalización.

Una persona que ha realizado un intento de suicidio o presenta pensamientos suicidas necesita seguimiento. También su familia.

Necesitamos establecer una ruta de continuidad de atención que permita saber quién acompaña a esa persona después de la crisis, cuándo se realiza el seguimiento, cómo se evalúa nuevamente el riesgo y cómo se incorporan la familia y el entorno social al proceso de recuperación.

La prevención verdadera no puede consistir únicamente en intervenir cuando la persona ya está al borde de la muerte. Tenemos que llegar antes y, después de un intento, no podemos desaparecer.

Después de un intento, no podemos desaparecer

Un intento de suicidio debe convertirse en una oportunidad para intervenir sobre las causas de fondo y construir una red de protección alrededor de esa persona.

Se necesita continuidad: seguimiento médico y psicológico, valoración psiquiátrica cuando corresponda, participación de la familia y coordinación con los servicios sociales necesarios.

Prevenir no es solamente rescatar a alguien del momento crítico. Es acompañarlo para que no vuelva a llegar allí.

Cuando una persona muere, quedan muchas más personas por cuidar

Hay otra realidad que merece nuestra atención.

Cuando ocurre un suicidio, no muere solamente una persona. Quedan padres, madres, hijos, parejas, hermanos, amigos, compañeros de trabajo, estudiantes y comunidades enteras intentando comprender lo sucedido.

El duelo por suicidio puede estar acompañado de culpa, preguntas sin respuesta, sentimientos de responsabilidad, estigma, enojo y un profundo sufrimiento emocional. Y algunas personas enfrentan además una experiencia potencialmente traumática: haber encontrado o presenciado la muerte de su ser querido.

Por eso necesitamos fortalecer una verdadera estrategia nacional de postvención: acompañar a quienes quedan después de un suicidio, identificar tempranamente a quienes presentan mayor vulnerabilidad y ofrecerles atención profesional.

No podemos borrar una imagen, pero podemos ayudar a transformarla

Hay escenas que pueden quedar grabadas en la memoria con una intensidad extraordinaria. No podemos prometerle a una familia que una imagen traumática simplemente desaparecerá. Pero sí podemos ayudarla a procesarla.

El objetivo no es olvidar al ser querido. Es lograr que la última imagen de su vida no sea necesariamente la imagen de su muerte. Que, con el acompañamiento adecuado, esa familia pueda volver a recordar quién era esa persona, lo que significó, los momentos compartidos y la vida que tuvieron juntos, sin quedar atrapada para siempre en la escena de su fallecimiento.

Esto también debería ser considerado una responsabilidad de salud pública.

Un suicidio también debe activar una respuesta comunitaria

Existe además un fenómeno que no podemos ignorar: la exposición a un suicidio puede aumentar el riesgo de conducta suicida en algunas personas vulnerables y, en determinadas circunstancias, pueden producirse agrupamientos de casos (clusters) (Ivey-Stephenson et al., 2024; World Health Organization [WHO], 2018).

Por eso, cuando ocurre un suicidio, no deberíamos preguntarnos únicamente: “¿Qué pasó con esa persona?”. También deberíamos preguntar: “¿Quiénes más necesitan nuestra ayuda a partir de ahora?”.

Familiares, amigos, compañeros, estudiantes y miembros de la comunidad que hayan estado significativamente expuestos al acontecimiento pueden necesitar información, escucha, evaluación y, cuando corresponda, atención profesional.

Por eso propongo que Costa Rica fortalezca una respuesta nacional de postvención, capaz de activarse ante un suicidio y articular salud, educación, gobiernos locales, comunidad y otros actores según las características de cada caso. No para buscar culpables, sino para proteger vidas.

También debemos ser responsables con la manera en que hablamos del suicidio

La comunicación pública forma parte de la prevención.

La Organización Mundial de la Salud advierte que determinadas formas de informar sobre suicidios pueden favorecer la imitación, mientras que una comunicación responsable puede contribuir a prevenirla (WHO, 2023).

Por eso debemos evitar imágenes, detalles innecesarios del método, narrativas que romanticen la muerte o presentaciones que puedan convertir el suicidio en una respuesta aparentemente inevitable.

La pregunta pública no debería ser: “¿Cómo lo hizo?”. Sino: “¿Cómo podemos evitar que vuelva a ocurrir?”.

La comunicación debería dirigir a las personas hacia la búsqueda de ayuda, el tratamiento y las posibilidades de recuperación.

Una reflexión ética independiente: el derecho a una muerte digna

Existe finalmente una conversación que considero necesario abrir, pero que debe mantenerse claramente independiente de la prevención del suicidio: la discusión ética, médica y jurídica sobre el derecho a una muerte digna.

Una crisis suicida no puede equipararse a una decisión autónoma, estable e informada sobre el final de la vida.

Una persona que atraviesa una crisis puede estar afectada por depresión, desesperanza, violencia, problemas familiares, dificultades económicas u otras circunstancias que pueden modificar temporalmente su capacidad para valorar alternativas. Por eso, prevenir el suicidio y debatir sobre muerte digna son dos asuntos diferentes, aunque ambos nos enfrenten a preguntas profundas sobre sufrimiento, autonomía y dignidad humana.

Pero reconocer esta diferencia también implica atrevernos a abordar la otra parte de la conversación.

Existen personas que, a pesar de recibir tratamientos médicos, cuidados paliativos y todas las intervenciones razonablemente disponibles, pueden encontrarse frente a enfermedades graves, irreversibles y situaciones de sufrimiento que consideran intolerables. En esos escenarios, la discusión sobre la autonomía, la dignidad y el derecho de una persona a participar en las decisiones sobre el final de su propia vida merece ser abordada con seriedad y sin prejuicios.

La eventual regulación de la eutanasia no debería plantearse como una respuesta al sufrimiento de una persona en crisis, sino como una discusión independiente sobre situaciones clínicas excepcionales, bajo criterios médicos, éticos y jurídicos rigurosos, con evaluación de la capacidad de decisión, consentimiento informado, ausencia de coerción y las garantías necesarias para proteger a las personas vulnerables.

También debemos pensar en las familias.

Una muerte digna, cuando una persona ha tomado de manera libre, informada y sostenida una decisión dentro de un marco legal que eventualmente la permita, puede ser un proceso acompañado y preparado. No debería significar para sus seres queridos una noticia inesperada, una escena traumática o la sensación de haber sido excluidos de un proceso trascendental.

El acompañamiento puede permitir que la persona y su familia hablen previamente sobre sus deseos, reciban apoyo psicológico y espiritual cuando lo soliciten, comprendan el proceso médico y puedan despedirse de una manera consciente y respetuosa.

Preparar la muerte no significa dejar de valorar la vida.

Significa reconocer que, cuando el final es inevitable y el sufrimiento persiste pese a las alternativas terapéuticas, algunas personas pueden considerar que preservar su autonomía y su dignidad también forma parte de una atención humana e integral.

Cuando la muerte es inevitable, todavía podemos dar vida

Hay una reflexión que también debemos incorporar a esta conversación: cuando la muerte es inevitable, ¿por qué no procurar que, dentro de lo médicamente posible y respetando siempre la voluntad de la persona, de esa despedida puedan nacer nuevas oportunidades de vida?

La donación de órganos puede transformar una pérdida en una posibilidad para otras personas que esperan un trasplante. Por eso, la educación sobre donación debe formar parte de nuestra cultura de salud mucho antes de que una familia se encuentre frente a una situación de muerte.

Hablar previamente sobre la voluntad de donar permite que la decisión sea conocida, comprendida y respetada. También evita que, en uno de los momentos más dolorosos de una familia, la posibilidad de donar aparezca como una decisión inesperada o difícil de comprender.

Si una persona ha expresado libremente su voluntad de donar y, después de su fallecimiento, cumple con los criterios médicos y legales establecidos, esa decisión puede permitir que otros continúen viviendo.

En ese sentido, incluso cuando ya no podemos evitar una muerte, podemos seguir defendiendo la vida.

Podemos acompañar a una familia en su duelo, respetar la voluntad de quien fallece y, al mismo tiempo, permitir que una parte de ese legado continúe en otras personas.

Por eso debemos seguir educando sobre donación de órganos. No como una razón para morir, sino como una posibilidad de dar vida cuando la muerte ya es inevitable.

La donación nunca debe influir en la decisión sobre el final de la vida. Primero está la persona, su dignidad, su voluntad y la atención médica que necesita. La donación es un acto posterior de solidaridad, independiente de cualquier decisión sobre morir.

Y quizás allí encontremos una de las expresiones más profundas de solidaridad humana: cuando una vida termina, todavía puede ayudar a que otras vidas continúen.

Una sociedad que habla de prevención del suicidio debe ser capaz, al mismo tiempo, de hablar de cuidados paliativos, autonomía, decisiones al final de la vida, sufrimiento irreversible y muerte digna, sin confundir realidades distintas.

Conclusión

Prevenir el suicidio significa decirle a una persona en crisis: hay alternativas, hay tratamiento, hay ayuda y no estás sola.

Hablar de muerte digna significa preguntarnos, en circunstancias clínicas y jurídicas completamente diferentes, cómo acompañar con humanidad a una persona que enfrenta el final de su vida y desea participar de manera autónoma e informada en las decisiones que lo rodean.

Ambas conversaciones pueden coexistir. Y ambas deben tener como punto de partida el mismo principio: la dignidad de la persona, la protección de los más vulnerables y el respeto profundo por la vida y por la autonomía humana.