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Etiqueta: monopolio simbólico

Defender la “democracia”: etnicidad electoral, prestigio y honor social

Ernesto Herra Castro, M.EL
Académico, Universidad Nacional

I. Democracia-étnica: problema de partida

En el contexto posterior a las elecciones nacionales más recientes en Costa Rica, diversos partidos de oposición hicieron un llamado reiterado a defender la democracia”. El tono del llamado, sin embargo, no fue neutro: se activó en reacción directa al fuerte respaldo popular a la continuidad del proyecto político encabezado por el presidente Rodrigo Chaves, respaldo que no solo se expresó en un triunfo electoral en primera ronda, sino también en la conformación de una bancada oficialista mayoritaria de 31 diputaciones en la Asamblea Legislativa.

El punto de partida de este artículo no es cuestionar la legitimidad del llamado a la “democracia” como valor normativo, sino interrogar críticamente el lugar desde el cual se emite dicho llamado. Porque cuando la defensa de la democracia se activa únicamente cuando los resultados no favorecen a determinados sectores —geográficos, sociales y étnicos—, dicha defensa deja de ser universal y se transforma en defensa del “prestigio” y “honor social” que no es, sino, la forma de autoridad simbólica históricamente acumulada que permite a ciertos grupos ser reconocidos como voces legítimas del orden social, mientras que el honor social es el sistema que organiza y resguarda ese prestigio, definiendo quién puede representar a la comunidad política y hablar en nombre de valores universales como la “democracia” o encarnar ellas y ellos la “representación popular” de la “República”.

La pregunta central es entonces: ¿estamos ante una defensa de la “democracia” como principio político común, o ante la defensa de un orden étnico-partidario que se siente amenazado?

Plantear esta pregunta exige abandonar la lectura estrictamente procedimental del proceso electoral y situar el análisis en un plano más profundo: el de la estructura histórica desde la cual se produce la apelación a la “democracia”. En Costa Rica, esa estructura no es neutral. Está anclada en la constitución de un sujeto hegemónico —el mestizo claro”— que, desde el Valle Central, ha logrado presentarse históricamente como portador natural de la racionalidad política, como intérprete autorizado del interés general y como garante legítimo del orden republicano. La fuerza de este sujeto no reside únicamente en su capacidad institucional o económica, sino en su pretensión de universalidad: su capacidad de pensar su propia experiencia histórica como si fuese la experiencia de la nación en su conjunto.

Este sujeto —blanco-mestizo, urbano, ilustrado, heredero del liberalismo republicano y del catolicismo institucional— no se reconoce a sí mismo como particular. Por el contrario, se piensa como medida de lo nacional. De ahí que, cuando habla de democracia, lo haga en clave universal, como si su definición, sus valores y sus preocupaciones aplicaran de manera indistinta a todo el territorio y a todos los grupos sociales. Sin embargo, esa universalidad es aparente. Lo que se presenta como defensa de la “democracia” es, en realidad, defensa de una matriz moderna específica, localizada histórica, social y territorialmente, que intenta seguir representándose como totalidad.

Desde una lectura que pone su acento en lo étnico, lo que aquí está en juego no es una disputa coyuntural entre partidos, sino la activación de un orden étnico que organiza la vida social y política costarricense desde hace décadas. Este orden se sostiene, en primer lugar, sobre jerarquías étnicas, entendidas no como diferencias culturales, sino como diferencias de estatus social y político. Dichas jerarquías establecen quién posee mayor prestigio, quién es reconocido como sujeto plenamente racional y quién, en cambio, aparece como incompleto, carente o necesitado de tutela. En el campo electoral, estas jerarquías se manifiestan cuando ciertos votos son leídos como expresión legítima de conciencia democrática, mientras otros son interpretados como resultado de manipulación, ignorancia o error.

Estas jerarquías no operan de forma espontánea. Se reproducen mediante estructuras étnicas, es decir, a través de dispositivos institucionales, discursivos y simbólicos que convierten la desigualdad de estatus en normalidad. Partidos políticos, lenguajes públicos, agendas de discusión, medios de comunicación y formas de experticia contribuyen a consolidar la idea de que hay territorios y sujetos que saben votar y otros que deben ser explicados. Cuando la recepción electoral de determinadas propuestas se concentra casi exclusivamente en el Valle Central, pero esas propuestas se presentan como nacionales; cuando el fracaso fuera de ese espacio no conduce a una revisión de la interpelación política, sino a una descalificación del electorado periférico, lo que se pone en evidencia no es un desacuerdo democrático, sino el funcionamiento pleno de una estructura étnica.

A este entramado se suma un sistema de honor social que articula jerarquías y estructuras en el plano simbólico. El sistema de honor define quién tiene derecho a nombrar los valores superiores de la comunidad política y quién puede erigirse como su defensor legítimo. En Costa Rica, ese honor ha estado históricamente asociado al sujeto urbano-central, que se concibe a sí mismo como custodio de la institucionalidad, la república y la democracia. Desde esta posición, defender la democracia” no significa simplemente resguardar un procedimiento electoral, sino defender el monopolio simbólico sobre la definición misma de lo democrático.

Por ello, cuando el resultado electoral expresa con claridad el peso político de territorios históricamente subalternizados —las costas, las fronteras, la Zona Norte, amplios sectores rurales—, y cuando ese resultado sostiene la continuidad de un proyecto político que no responde dócilmente a los códigos tradicionales del honor político central, la reacción no es el reconocimiento del pluralismo democrático, sino la activación de una alarma moral. La “democracia” se invoca, paradójicamente, contra el resultado mismo del ejercicio del sufragio, y el problema deja de ser el procedimiento para convertirse en el sujeto que lo protagoniza.

En este sentido, la apelación a defender la democracia” revela su carácter profundamente localizado. No es la defensa de la democracia como principio político común, sino la defensa de un orden étnico-partidario que se percibe a sí mismo en riesgo. La pretensión de universalidad del mestizo claro le impulsa a pensar que cuando piensa su pensamiento es capaz de dar cuenta de la totalidad de la nación aún cuando lo que hace no es más que pensarse a sí mismo. Se vuelve entonces visible, no como virtud republicana, sino como límite histórico en la disputa étnica de un proyecto de “democracia” en la que, por primera vez en mucho tiempo, lo más allá que el Valle Central participa en ella de manera decidida.

II. Etnicidad y territorio: Cartografía electoral

Si en el punto anterior se planteó que el llamado a defender la democracia” no es neutro sino étnicamente situado, el análisis riguroso de los datos electorales permite observar cómo esa etnicidad se inscribe materialmente en el territorio. Las elecciones nacionales constituyen, en este sentido, el registro empírico más robusto de la subjetividad política contemporánea en Costa Rica: no una encuesta ni una inferencia muestral, sino un ejercicio censal efectivo en el que la ciudadanía expresa, sin intermediación discursiva, su posición frente al orden político existente. Por ello, los datos oficiales del Tribunal Supremo de Elecciones no cumplen aquí una función ilustrativa, sino analítica y probatoria.

La siguiente tabla sintetiza la distribución porcentual del voto presidencial por provincia y constituye el punto de partida empírico del análisis:

Tabla 1

Distribución porcentual del voto presidencial por provincia

Provincia

Oficialismo (%)

PLN (%)

Frente Amplio (%)

C.A.C. (%)

PUSC (%)

San José

41,5

38,2

4,4

5,8

3,0

Alajuela

54,7

30,2

3,3

3,4

2,5

Cartago

37,9

40,8

4,0

7,1

3,1

Heredia

42,1

38,2

4,6

6,1

2,6

Guanacaste

57,5

27,2

2,5

3,1

2,3

Puntarenas

63,6

21,7

2,6

2,2

2,6

Limón

65,2

18,4

2,7

2,3

2,9

Fuente: elaboración propia con base en datos oficiales del Tribunal Supremo de Elecciones.

Leídos de manera estrictamente cuantitativa, estos datos muestran mayorías claras a favor de la continuidad del proyecto político del Ejecutivo en las provincias costeras y un comportamiento más fragmentado en el Valle Central. Sin embargo, la lectura étnica del territorio permite ir más allá del dato numérico y comprender por qué esas mayorías se concentran donde se concentran y por qué generan una reacción defensiva desde el centro.

La continuidad del proyecto político del Ejecutivo se expresa como mayoría clara y sostenida en las provincias costeras, superando el 55 % del voto válido en Guanacaste y alcanzando márgenes superiores al 60 % en Puntarenas y Limón. Estas no son diferencias marginales ni oscilaciones coyunturales; son brechas estructurales que, en el caso de Limón, superan los 40 puntos porcentuales respecto a las principales fuerzas tradicionales del Valle Central. En contraste, San José, Cartago y Heredia muestran escenarios de competencia cerrada, fragmentación del voto y una mayor concentración relativa en partidos históricamente asociados al centro político del país.

Sin embargo, el alcance analítico de estos datos solo se revela plenamente cuando se los lee espacialmente. Al proyectar la tabla sobre el territorio nacional, emerge una cartografía político-étnica que desborda la explicación partidaria convencional. El país se organiza, electoralmente, en dos grandes configuraciones territoriales que responden a trayectorias históricas diferenciadas de incorporación al Estado y a la nación.

Cuando proyectamos la tabla sobre el mapa nacional, emerge una cartografía político-étnica elocuente:

Las provincias de Guanacaste, Puntarenas y Limón, junto con la Zona Norte de Alajuela, corresponden históricamente a espacios donde la presencia de lo que la época virreinal formó en oposición al “español” como “indios”, “negros” y “pardos”, así como de “mestizos bajos”, ha sido estructuralmente mayor. Se trata de territorios incorporados tardíamente al proyecto nacional, marcados por economías de enclave, trabajo forzado o precarizado, y una relación distante con el Estado central. En estos espacios, el prestigio social no ha estado asociado a la cercanía con el poder político ni al capital cultural urbano, sino a formas comunitarias de subsistencia, memoria y resistencia cotidiana. Desde esta perspectiva, las jerarquías étnicas se manifiestan en la valoración diferencial del sufragio. El voto proveniente de territorios asociados históricamente a “indios”, “negros”, “pardos” y “mestizos bajos” es leído como sospechoso; el voto del espacio mestizo alto–español es leído como expresión legítima de conciencia democrática. Las estructuras étnicas convierten esta lectura en sentido común político y mediático, mientras el sistema de honor social autoriza al centro a erigirse como defensor de la democracia incluso cuando no logra producir mayorías nacionales.

Las provincias de Guanacaste, Puntarenas y Limón —junto con la Zona Norte de Alajuela, que presenta un comportamiento convergente— configuran un arco territorial continuo, rural, costero y fronterizo, donde el voto por la continuidad adquiere carácter mayoritario, estable y territorialmente concentrado. Este bloque no puede ser interpretado como suma de decisiones individuales desconectadas, sino como expresión de una subjetividad política compartida, forjada en contextos históricos de marginalidad relativa, economías de enclave, distancia respecto al centro político y experiencias prolongadas de interlocución estatal desigual. En estos territorios, la democracia no se ejerce como adhesión abstracta a un ideal normativo, sino como evaluación práctica del vínculo con el Estado, comparando trayectorias, respuestas institucionales y formas concretas de reconocimiento.

Que en estos territorios el respaldo a la continuidad supere de forma consistente el 55 % del voto válido no puede leerse como un acto irreflexivo ni como manipulación política. Desde una clave étnica, este comportamiento expresa una subjetividad política situada, propia de sectores históricamente subalternizados que evalúan la democracia no desde su pureza normativa, sino desde la experiencia concreta del reconocimiento, la interlocución y el trato estatal. Aquí, la democracia es vivida como relación, no como abstracción.

El Valle Central, en contraste, es el espacio histórico de consolidación de los españoles y mestizos altos, es decir, de los grupos que acumularon prestigio, honor social y capacidad de representación desde la colonia tardía y la República liberal. San José, Cartago y Heredia concentran ese capital simbólico que permite a ciertos sujetos presentarse como voceros naturales de la nación. Aunque electoralmente fragmentado, este espacio conserva el monopolio interpretativo: la capacidad de definir qué voto es racional, qué decisión es responsable y cuándo la democracia está “en riesgo”. Este espacio geográfico tiene un comportamiento electoralmente fragmentado pero simbólicamente cohesionado. San José, Cartago y Heredia no producen mayorías nacionales claras, pero concentran el prestigio político histórico desde el cual se define qué cuenta como voto informado, responsable y legítimo. Aquí, el comportamiento electoral se inscribe en una gramática distinta: no solo se vota, sino que se interpreta el voto ajeno. La lectura de los resultados no se limita a los porcentajes; se transforma rápidamente en juicio moral y pedagógico sobre los territorios que votan de manera distinta.

Esta diferencia no es accidental. Responde a la operación de jerarquías étnicas que asignan valor diferencial a las decisiones políticas según su origen territorial. El voto costero y rural, aun cuando es empíricamente mayoritario, es leído como problemático; el voto urbano-central, aun cuando no produce mayorías, conserva su prestigio interpretativo. Las estructuras étnicas refuerzan esta asimetría al naturalizarla en el discurso público, permitiendo que proyectos políticos con recepción concentrada en el centro se presenten como representantes de la nación, mientras descalifican implícitamente la decisión periférica.

La cartografía etno-electoral resultante no muestra un país dividido entre demócratas” y antidemócratas”, sino un país donde distintos sujetos étnico-históricos ejercen la democracia desde posiciones estructurales desiguales. Las costas y fronteras, asociadas históricamente a la subalternidad étnica, producen hoy mayorías empíricas; el centro, asociado al honor social y al prestigio histórico, produce el discurso que pretende deslegitimarlas.

Desde esta cartografía, el sistema de honor social adquiere plena visibilidad. El llamado a defender la democracia” no emerge desde los territorios donde la democracia se expresa como mayoría empírica clara, sino desde aquellos donde se concentra el honor histórico de definirla. Lo que se percibe como amenaza no es la alteración del procedimiento electoral, sino la pérdida del monopolio simbólico sobre la representación legítima del país.

La lección principal que se desprende de esta lectura es clara: el conflicto actual no es electoral ni coyuntural, sino estructural y de larga duración. Lo que está en disputa no es el procedimiento democrático, sino quién tiene derecho a definir qué democracia vale y para quién. Los datos del Tribunal Supremo de Elecciones, leídos a la luz del orden étnico costarricense, no anuncian el colapso de la democracia, sino el agotamiento del monopolio étnico del centro sobre su significado. Del comportamiento electoral en las pasadas elecciones nacionales se desprende el hecho de que no es Costa Rica la que está atravesando una crisis democrática, sino que en ella se está viviendo una reconfiguración del sujeto democrático. Los datos muestran que amplios territorios históricamente subalternizados ya no aceptan ser objeto de pedagogía política ni de tutela moral. Votan, deciden y producen mayorías. Frente a ello, el centro reacciona defendiendo una democracia que, en realidad, defiende su propia posición histórica de prestigio y honor social.

Leídos con rigor, los resultados del Tribunal Supremo de Elecciones no confirman el deterioro de la democracia costarricense. Confirman, más bien, el fin progresivo de su monopolio étnico-central.

III. El prestigio político y el monopolio de la representación democrática

La lectura territorial del voto presentada en el apartado anterior permite avanzar un paso más en la comprensión del conflicto político actual: no basta con identificar dónde se vota de determinada manera; es necesario explicar por qué ciertos resultados generan alarma democrática mientras otros son aceptados como normales. La respuesta no se encuentra en el procedimiento electoral ni en la aritmética del sufragio, sino en el prestigio político acumulado históricamente por determinados sujetos, territorios y tradiciones partidarias.

El “prestigio” al que estamos apelando no es un atributo individual ni una virtud moral; es una posición social producida en el tiempo, que otorga autoridad simbólica para ser reconocido como voz legítima del orden social. En el campo político costarricense, ese prestigio se ha concentrado históricamente en el Valle Central y en los sujetos que encarnan la matriz moderna del Estado-nación: los herederos del liberalismo republicano, de la institucionalidad ilustrada y del catolicismo político. No se trata simplemente de poder electoral, sino de algo más persistente: la capacidad de definir el marco mismo desde el cual se interpreta la política.

Esta concentración de prestigio explica un fenómeno que, a primera vista, podría parecer contradictorio. Aunque los datos electorales muestran con claridad que las provincias rurales, fronterizas, costeras y periféricas producen hoy mayorías empíricas decisivas, el discurso público sigue siendo dominado por actores cuyo respaldo electoral es territorialmente limitado. La autoridad de estos actores no deriva de su capacidad de ganar elecciones en el conjunto del país, sino de su posición histórica como intérpretes legítimos de la nación. El prestigio político opera, así, como un capital simbólico que permite hablar con voz de totalidad incluso cuando los números ya no acompañan.

En este sentido, el llamado a defender la democracia” debe ser leído como un acto de reafirmación del prestigio, más que como una defensa neutral del procedimiento. Quienes lo enuncian no solo expresan preocupación por el rumbo político; expresan, sobre todo, la pérdida de control sobre la definición de lo democrático. La democracia deja de ser el nombre del acuerdo básico y se convierte en el terreno de una disputa por la representación legítima donde lo que se confronta es quién puede decir qué es la democracia y cuándo está en peligro.

El prestigio político cumple aquí una función decisiva: desacopla la autoridad simbólica de la mayoría empírica. Permite que actores con menor peso electoral se presenten como custodios del interés general, mientras los territorios que efectivamente deciden el rumbo del país son situados en una posición subordinada, explicada o problematizada. La democracia, así, se jerarquiza: hay decisiones que cuentan como plenamente políticas y otras que deben ser interpretadas, corregidas o justificadas.

Este mecanismo no es nuevo. Forma parte de la larga duración del orden social costarricense, en el que el centro no solo gobernó, sino que enseñó a gobernar, enseñó a votar y enseñó a entender la política. Lo novedoso es que ese prestigio comienza a chocar abiertamente con una realidad empírica que ya no puede ser ignorada. Cuando las mayorías se desplazan hacia territorios históricamente subalternizados, el prestigio ya no alcanza para producir consenso; solo alcanza para producir resistencia simbólica.

Desde esta perspectiva, el conflicto actual no es entre democracia y autoritarismo, sino entre dos modos de legitimidad. Por un lado, una legitimidad basada en la experiencia territorial, en la evaluación práctica del Estado y en la producción de mayorías empíricas claras. Por otro, una legitimidad basada en el prestigio histórico, en la centralidad simbólica y en la pretensión de representar la nación incluso sin respaldo mayoritario. El problema emerge cuando esta segunda forma de legitimidad se presenta como la única compatible con la democracia.

Así entendido, el monopolio de la representación democrática no se sostiene ya en la capacidad de ganar elecciones, sino en la inercia de un prestigio que se resiste a desaparecer. Defender la democracia, en este marco, significa defender la continuidad de ese monopolio étnico, no porque sea más democrático, sino porque ha sido históricamente eficaz para ordenar el campo político. La reacción del centro frente a los resultados electorales recientes expresa, entonces, menos una preocupación institucional que un desplazamiento simbólico profundo: la constatación de que el prestigio ya no garantiza obediencia ni consenso.

Este desplazamiento marca un punto de inflexión. Cuando el prestigio político deja de coincidir con la producción de mayorías, la democracia deja de ser un terreno pacificado y se convierte en un espacio de disputa abierta por el sentido. Lo que está en juego no es solo quién gobierna, sino quién puede hablar en nombre de la democracia y con qué autoridad. En esa disputa, los datos electorales no son el problema; son, precisamente, lo que el prestigio ya no logra domesticar.

IV. Honor social, partidos políticos y defensa selectiva de la democracia

Si el apartado anterior permitió comprender cómo el prestigio político habilita a ciertos actores a hablar en nombre de la democracia aun sin producir mayorías empíricas, el concepto de honor social permite dar un paso adicional y explicar por qué esa autoridad simbólica se activa selectivamente, en determinados momentos y frente a determinados resultados. El honor social no es una cualidad moral ni una virtud cívica abstracta; es un criterio colectivo de valoración que define quién encarna legítimamente los valores superiores de la comunidad política y quién tiene derecho a custodiarla cuando se percibe amenazada.

En Costa Rica, el honor social se ha configurado históricamente en torno a una matriz republicana específica, asociada al Valle Central y a los sujetos que heredaron la centralidad del Estado liberal: orden institucional, respeto a la ley, moderación política, lenguaje ilustrado y una determinada forma de catolicismo civil. Este honor no se distribuye de manera homogénea entre los partidos; se adhiere diferencialmente a aquellos que han sido capaces de presentarse como continuadores naturales del proyecto nacional. De ahí que, incluso cuando pierden capacidad de convocatoria territorial, conserven la autoridad simbólica para definir qué es la democracia y cuándo está en riesgo.

El campo partidario es uno de los principales escenarios donde este honor se reproduce. Partidos con larga trayectoria en el gobierno o con fuerte arraigo en el centro político han logrado encarnar el rol de garantes del orden democrático, no tanto por su desempeño electoral actual, sino por su inscripción histórica en el sistema de honor social. Desde esa posición, su palabra adquiere un peso que excede los resultados: cuando hablan de democracia, no lo hacen como competidores más, sino como guardianes del marco mismo de la competencia.

Esta posición explica la selectividad con la que se invoca la defensa de la democracia. No toda derrota electoral genera alarma institucional, ni toda victoria ajena es presentada como amenaza. La alarma se activa cuando el resultado desplaza a los actores investidos de honor y pone en cuestión su centralidad simbólica. La democracia, entonces, deja de ser un procedimiento que canaliza la voluntad popular y se convierte en un recurso discursivo para disputar legitimidad cuando el honor se siente vulnerado.

Desde esta perspectiva, la reacción de ciertos partidos frente a los resultados recientes no puede interpretarse únicamente como desacuerdo político. Es, más bien, una respuesta estructural ante la pérdida de una posición histórica que permitía gobernar no solo desde el poder formal, sino desde la autoridad moral. El llamado a defender la democracia” aparece así como una defensa del honor, es decir, de la capacidad de seguir siendo reconocidos como representantes legítimos de la nación, aun cuando el mapa electoral ya no los respalde de manera decisiva.

El honor social cumple aquí una función de frontera. Delimita quién pertenece plenamente al nosotros democrático” y quién queda situado en una posición ambigua, sospechosa o tutelada. Cuando los territorios periféricos producen mayorías claras y sostienen proyectos políticos que no responden a los códigos tradicionales del honor central, esas mayorías no son celebradas como expresión del pluralismo democrático, sino interrogadas como problema. La democracia se acepta mientras reproduce el orden simbólico existente; se cuestiona cuando lo desborda.

Este mecanismo permite comprender por qué la defensa de la democracia no se formula en términos de respeto irrestricto al sufragio, sino en términos de calidad del voto, responsabilidad ciudadana o madurez política. Son categorías aparentemente neutrales, pero profundamente normativas, que funcionan como lenguaje del honor: distinguen entre quienes votan bien” y quienes votan mal”, entre decisiones legítimas y decisiones que requieren explicación. En este punto, la democracia deja de ser igualdad política y se convierte en jerarquía moral.

Lo decisivo es que este uso selectivo del concepto de democracia no es una anomalía coyuntural, sino la manifestación contemporánea de un orden social de larga duración. El honor social, al igual que el prestigio, no desaparece cuando cambia el mapa electoral; se adapta, se repliega y se reactiva discursivamente. Por eso, aun frente a datos empíricos contundentes, el centro conserva la capacidad de poner en duda el significado político de las mayorías y de presentarse como última instancia de legitimación democrática.

Desde esta óptica, el conflicto actual no enfrenta a partidos democráticos” contra fuerzas antidemocráticas”. Enfrenta a un orden de honor que se resiste a perder su centralidad con una democracia que comienza a ser ejercida desde otros lugares, por otros sujetos y bajo otras experiencias históricas. Defender la democracia, en este contexto, no es un gesto universal: es un acto situado, que busca preservar la continuidad simbólica de quienes durante décadas monopolizaron el derecho a representarla.

V. El voto periférico como sujeto político: fin de la tutela democrática

Hasta aquí hemos mostrado cómo el prestigio y el honor social han sostenido históricamente un monopolio simbólico sobre la definición de la democracia, el análisis del comportamiento electoral reciente obliga a reconocer un hecho político mayor: las periferias han dejado de ser objeto de pedagogía democrática para convertirse en sujeto político activo. El voto que emerge desde las costas, las fronteras y amplios territorios rurales no es una anomalía del sistema, sino la expresión de una agencia política consolidada que ya no solicita autorización al centro para existir.

Durante décadas, el orden político costarricense funcionó bajo un esquema implícitamente tutelar. El centro —investido de prestigio y honor— no solo gobernaba, sino que explicaba la política al resto del país. La ciudadanía periférica aparecía como incompleta: votaba, pero su voto debía ser interpretado, corregido o encauzado. En ese marco, la democracia se concebía como un proceso de maduración guiado desde arriba, donde el centro definía los tiempos, los límites y los criterios de legitimidad.

Los resultados electorales recientes rompen con esa lógica. Las mayorías empíricas producidas en Guanacaste, Puntarenas, Limón y la Zona Norte no pueden ser comprendidas como reacciones episódicas ni como desviaciones emocionales. Son el resultado de procesos acumulativos de experiencia política, en los que amplios sectores sociales evalúan el Estado, comparan proyectos y deciden desde su propia historicidad. Aquí, el voto no es una respuesta inducida; es una toma de posición consciente, aun cuando no se exprese en los lenguajes legitimados por el centro.

Este desplazamiento tiene implicaciones profundas. La democracia deja de ser un espacio donde unos enseñan y otros aprenden, y se convierte en un campo de confrontación entre sujetos con experiencias históricas distintas. El problema ya no es la falta de educación cívica de la periferia, sino la incapacidad del centro para reconocer que ya no monopoliza la conciencia política. De ahí la insistencia en explicar, moralizar o problematizar el voto periférico: no porque sea incomprensible, sino porque es políticamente autónomo.

Este proceso puede leerse como un cambio en la posición estructural de sujetos históricamente subalternizados —“indios”, “negros”, “pardos”, “mestizos bajos”— dentro del orden político nacional. No se trata de una reivindicación identitaria explícita, sino de un desplazamiento en la relación con el poder. El voto se convierte en un acto de reconocimiento propio, no otorgado desde fuera. La periferia ya no pide ser incluida; actúa como parte constitutiva de la nación política.

Este quiebre explica la intensidad simbólica de la reacción del centro. Cuando la tutela deja de ser efectiva, el lenguaje democrático se vuelve defensivo. La apelación a la calidad del voto”, a la responsabilidad ciudadana” o a la madurez democrática” no busca mejorar la democracia, sino restituir una asimetría perdida. Es el intento de reponer una jerarquía que permitía al centro hablar en nombre del todo, aun sin respaldo mayoritario.

En este sentido, el voto periférico no amenaza la democracia; amenaza un modo particular de ejercerla. Amenaza la democracia entendida como propiedad simbólica de un sujeto hegemónico y la reemplaza por una democracia ejercida desde múltiples experiencias territoriales. Lo que está en juego no es la estabilidad institucional, sino la redistribución del poder de nombrar lo legítimo.

La lección política de este proceso es clara. Costa Rica no asiste a una erosión de la democracia, sino a una expansión conflictiva de su sujeto histórico. El fin de la tutela no implica caos ni regresión; implica la necesidad de repensar la democracia sin centro, sin pedagogos únicos y sin guardianes autoproclamados. En la medida en que el voto periférico se consolida como expresión legítima de voluntad política, la democracia deja de ser un ideal administrado desde arriba y se convierte, finalmente, en un campo de disputa real entre sujetos iguales en dignidad, aunque desiguales en historia.

VI. Conclusión: democracia sin centro, democracia sin tutela

El recorrido realizado a lo largo de este ensayo permite volver, con mayor densidad analítica, a la pregunta que lo animó desde el inicio: ¿estamos ante una defensa de la democracia como principio político común, o ante la defensa de un orden étnico-partidario que se siente amenazado? La evidencia empírica, la lectura territorial del voto y su interpretación a la luz de las categorías de etnicidad, prestigio y honor social conducen a una respuesta que no es cómoda, pero sí necesaria: lo que se defiende bajo el nombre de democracia” no siempre es el ejercicio efectivo de la soberanía popular, sino la continuidad de un monopolio simbólico sobre su definición.

Los datos electorales no muestran un país desinteresado por la democracia ni una ciudadanía extraviada. Muestran, por el contrario, un país en el que amplios territorios históricamente subalternizados han asumido plenamente su condición de sujeto político, produciendo mayorías empíricas claras y decisiones coherentes con su experiencia histórica del Estado y del poder. Lo que ha entrado en crisis no es la democracia como procedimiento, sino la autoridad histórica del centro para tutelar, interpretar y jerarquizar el voto ajeno.

Desde esta perspectiva, la apelación a defender la democracia” revela su carácter situado. No emerge como reacción ante la vulneración de derechos ni ante el quiebre del orden constitucional, sino como respuesta a la pérdida de centralidad de quienes durante décadas encarnaron el prestigio político y el honor social de la república. La democracia se invoca, entonces, no como espacio de igualdad política, sino como recurso defensivo frente a un desplazamiento simbólico profundo.

El análisis étnico-territorial permite comprender que este desplazamiento no es coyuntural. Se inscribe en una larga duración histórica en la que sujetos que en la época colonial fueron incorporados en la estructura étnico-colonial como “indios”, “negros”, “pardos” y “mestizos bajos” —así como los territorios que habitan— han sido progresivamente incluidos en la vida política, con el particular que en la actualidad se comportan no como beneficiarios pasivos de la modernidad republicana, sino como actores con capacidad de decisión propia. El voto reciente no inaugura este proceso; lo hace visible de manera clara.

En este contexto, insistir en una democracia con centro, con pedagogos privilegiados y con guardianes autoproclamados del bien común, equivale a negar la expansión real del demos. Defender la democracia hoy exige, por el contrario, aceptar que ya no pertenece a un solo sujeto histórico, a una sola geografía ni a una sola tradición política. Exige reconocer que la igualdad política no se agota en el derecho al voto, sino que se realiza cuando todas las decisiones cuentan por igual, independientemente del territorio, del origen social o del prestigio acumulado de quienes las emiten.

La democracia costarricense no enfrenta su colapso, sino su reconfiguración. Una reconfiguración conflictiva, ciertamente, porque implica renunciar a privilegios simbólicos largamente naturalizados. Pero también una reconfiguración fecunda, en la medida en que abre la posibilidad de una democracia sin tutela, sin centro único y sin jerarquías morales encubiertas. En ese horizonte, defender la democracia deja de ser la defensa de una posición histórica de poder y se convierte, finalmente, en la defensa de un principio que solo puede sostenerse si se ejerce desde todos los lugares y por todos los sujetos que componen la nación política.

Referencias bibliográficas

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