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Etiqueta: nazifascismo

Los nazis: ayer, hoy y ¿mañana?

Por Arnoldo Mora

Evocando la primera frase con que Marx y Engels encabezaron su célebre Manifiesto de 1848, ante la situación actual de la política mundial sólo se me ocurre decir: «Un fantasma llamado “Adolfo” recorre las cancillerías de todos los rincones del mundo», lo cual ha provocado reacciones antagónicas; con mal disimulado entusiasmo desde la Casa Blanca en el Norte de nuestro Continente hasta la Casa Rosada en el Sur, pero con seria preocupación en el Viejo Continente, desde 10 Downing Street en el Oeste hasta el Kremlin en el Este…y así sucesivamente en el resto del planeta. No es para menos. La historia parece repetirse, pero no de igual manera, pues en los procesos históricos la dinámica es dialéctica no mecánica. Si bien la estructura ideológica es la misma ayer (década de los treinta del siglo pasado) como actualmente, no pocos rasgos predominantemente coyunturales son notoriamente diferentes. Los movimientos nazifascistas en sus diversas variantes tienen en común el nutrirse de la xenofobia, y del hecho de surgir a partir de la crisis estructural de origen socio-económico, que afecta masivamente a los sectores y regiones empobrecidas y que repercute en la esfera política. Pero hoy se da en algunos casos una notoria diferencia, pues antaño esos movimientos se aglutinaban en torno a un líder carismático al cual rendían un culto cuasi religioso: il Duce en Italia, der Führer en Alemania, el Caudillo en España. Hoy en día el fenómeno se repite con Trump en Estados Unidos, Le Pen en Francia pero no con AfD en Alemania o Vox en España; porque en estos últimos países mencionados predomina la estructura partidaria que busca ganar elecciones dentro de un modelo tradicional, es decir, supeditado al marco legal cuyo respeto da legitimidad al poder. Sin embargo, el resultado es el mismo: crisis y eventual fin del régimen político surgido de las revoluciones liberal-burguesas, llamado genéricamente “democracia”, que hace factible que la sociedad civil disfrute de las libertades públicas y el respeto, al menos formalmente, de los derechos humanos. Costa Rica por desgracia, no parece estar exenta de esta amenaza, pues da signos de lo dicho desde 2022.

Esta crisis es “histórica”, es decir, no hay marcha atrás; es también global, pues ya no alcanza tan sólo a los países hegemónicos, como se dio en el siglo pasado, sino que su protagonismo salpica a todos los rincones del planeta sin distingos de lugares geográficos, culturales, religiosos o de diversos niveles socio-económicos. Por lo cual nos afecta de diversa manera y en diversos momentos de nuestra historia política. Debido al alcance universal de la revolución científico-tecnológica en los medios de comunicación, y a los cambios en los medios de producción, esta vorágine afecta a la humanidad entera. Desde el punto de vista político, llama la atención la ausencia de líderes mundiales, debido a la crisis de las naciones-Estado que está dando origen a una fragmentación del poder económico y político de marcado tinte regional, donde la cercanía geográfica juega un papel que antes asumían factores ideológicos y culturales, como las tradiciones de cultura popular, la religión o las lenguas. Pero detrás de todos estos cambios históricos, que provocan a diario los acontecimientos que atiborran los espacios noticiosos y las páginas de los comentaristas, subyacen cambios más profundos que no tienen antecedentes en la historia de la humanidad. En concreto, el surgimiento de China como potencia mundial a partir de la crisis financiera del 2008. Con esta crisis terminó definitivamente el “orden” establecido por las potencias que salieron triunfantes en la II Guerra Mundial. Hoy emerge un nuevo “orden” mundial en el que Occidente impone su revolución cultural pero pierde la hegemonía política. Algo similar a lo que pasó con la caída del Imperio Romano: Roma perdió el poder político, pero dejó como legado imperecedero la estructura imperial con la que Occidente logró dominar al mundo entero…excepto a China. Con el triunfo de la Revolución de Mao (1949) China se “occidentalizó” política y económicamente bajo la conducción de un partido marxista-leninista; esto no obstante, siempre culturalmente se cuidó de nutrirse de sus raíces ancestrales, en especial, de la ética confuciana.

El factor más relevante en todos estos procesos radica en la imposibilidad (¡dichosamente!) de desatar una guerra mundial para imponer ese “orden”, debido a que las potencias antagónicas a Occidente (eje China-Rusia) son potencias que se han dotado de un arsenal termonuclear, que podría acabar con todo signo de vida en el planeta en cuestión de horas. No obstante, la guerra es como el deporte: lo bonito es que alguien salga victorioso; pero cuando todos salen derrotados, se acaba el placer. Por eso sólo se pueden provocar guerras regionales con fines económicos y políticos, que buscan superar las crisis estructurales de raíz económica en las potencias hegemónicas, sin por ello dejar de intentar mantener la hegemonía regional. Pero ese estado de cosas no está en condiciones de dar una solución a la crisis política mundial. Sólo una organización, basada en un “contrato social” entre todos los pueblos de la tierra puede hegemonizar un poder planetario real, es decir, que esté dotado de una autoridad con facultades punitivas, tanto económicas como militares, que le posibilite solventar esta crisis, cuyas manifestaciones más preocupantes se hacen patentes con el surgimiento de movimientos nazifascistas, movimientos que ingenuamente se creían destruidos luego de la II Guerra Mundial. Sólo así se puede devolver la paz a una humanidad que necesita con urgencia destinar todos sus recursos económicos y tecnológicos y su poder político y mediático a resolver la apocalíptica crisis ecológica y sus manifestaciones en las crisis climáticas, como el recalentamiento del planeta, que hoy amenaza sumir a millones de seres humanos en la hambruna. Pero para lograr esa meta se debe comenzar por provocar un movimiento que despierte las conciencias de hombres y mujeres del mundo entero sin distingos de ninguna especie. Dichosamente, a pesar de estos oscuros presagios, hay signos que nos inspiran optimismo. Me refiero en concreto a la manifestación de masas más grande de la historia de Estados Unidos, como fue la protesta pacífica que cerca de 8 millones de ciudadanos llevaron a cabo en más de 50 ciudades bajo la consigna NO KING.

Termino estas reflexiones enfatizando en que, destinar los ingentes recursos económicos y tecnológicos que hoy se emplean en hacer guerras cada vez más absurdas, que tan sólo logran exterminar a poblaciones inermes y no a las fuerzas militares adversas, es la razón de ser del quehacer político. Solo así acabaremos con la amenaza que se incuba en los brotes de nazifascismo, cuya sombra oscurece el horizonte de una humanidad en trance de agonía.

Pasado y presente de la lucha antifascista

Vladimir de la Cruz

Ante el 80 aniversario de la victoria contra el nazifascismo, la lucha antifascista no ha terminado

En la llamada Primera Guerra Mundial, 1914-1918, se involucraron 36 Estados o países con una población mundial que giraba alrededor de los 1000 millones de personas.

Entre 1901 y 1914 se produjeron, en distintas partes del mundo, 45 conflictos armados de diverso tipo. Durante el período de la I Guerra Mundial se dieron 121 conflictos considerados batallas, de distintas magnitudes e impactos.

En la I Guerra Mundial se estima que 70 millones de personas se movilizaron armadas, mientras en la II Guerra Mundial fueron 110 millones quienes tomaron las armas.

En la I Guerra Mundial murieron 14 millones de personas en tanto en la II Guerra Mundial el saldo de fallecidos fue cercano a los 52 millones de personas.

En noviembre de 1918, cuando Alemania y sus aliados fueron derrotados y el Mariscal francés Foch anunció el armisticio, se empezó a hablar de la “última guerra de la historia”.

Los años que siguieron fueron de una reconstrucción europea, de un resurgimiento del nacionalismo alemán, de la creación de un organismo internacional, la Liga de las Naciones, con la esperanza de velar por las relaciones internacionales alejadas de conflictos armados, como el que se acababa de vivir. Sin embargo, no se pudieron evitar conflictos armados entre 1918 y 1939. Las guerras no desaparecieron en 1918.

Entre 1919 y 1939 se produjeron 64 conflictos considerados batallas, de distintas magnitudes e impactos.

La Segunda Guerra Mundial se produce desde el 1 de setiembre de 1939, cuando Alemania invade Polonia, hasta el 30 de abril y el 9 de mayo de 1945, cuando se rinde Alemania y las tropas soviéticas liberan Berlín.

El conflicto se prolongó en el Oriente hasta la rendición de Japón, en julio de 1945, y con el lanzamiento de las bombas atómicas, sobre Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto, sin que ya para ese momento, fuera necesario lanzarlas.

Los países considerados beligerantes en la II Guerra Mundial fueron 61, con una población mundial de 1700 millones de personas.

Durante los años que duró la II Guerra Mundial se dieron 215 batallas o conflictos, algunos de larga duración como la Batalla de Stalingrado, considerada la “más sangrienta” de las batallas de este conflicto mundial, que desde 1942 hasta 1943 produjo casi dos millones de muertos, marcando el gran viraje de la guerra hacia la derrota del fascismo alemán. El presidente Roosevelt se dirigió a Stalin, en una nota, reconociendo que la “gloriosa victoria en Stalingrado retuvo la ola invasora y dio un giro a la guerra de las naciones aliadas contra las fuerzas de la agresión”.

La Alemania nazi, la Italia fascista y el imperio japonés considerados el Eje, se constituyeron en el trío principal de países que encabezaron la avanzada de la II Guerra Mundial, en Europa, el norte de África y Asia.

El frente de los aliados anti nazifascistas lo constituyeron todos los países que se unieron en la lucha anti nazifascista, que encabezaban el Reino Unido, la Unión Soviética, Estados Unidos, principalmente, y a partir de 1942 también Francia y China.

En 1940 Alemania invadió Francia, Holanda e intenta someter a Inglaterra, en 1941. Alemania invade la Península de los Balcanes, captura la isla de Creta y el 22 de junio invade la Unión Soviética, somete a Bielorrusia, somete a Kiev e inicia el sitio sobre Leningrado por tres años.

Alemania sometió a Austria, Polonia, Checoslovaquia, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Noruega, Grecia, Yugoslavia, Francia.

A partir de 1942 los Estados Unidos se incorpora a la lucha anti fascista, que desarrollaban los llamados países aliados, después de los ataques sufridos por los japoneses en Pearl Harbor, Hawái, en diciembre de 1941.

El 22 de junio de 1941 la Alemania nazi se lanza sobre la Unión Soviética. Siguieron grandes combates y batallas. Las batallas de Leningrado, 1941; de Moscú, 1941; de Borodino, 1941; de Rostov, 1941, que se considera la batalla en la cual los alemanes empezaron a ser derrotados; de Smolensk, 1941; de Kiev, 1941; de Jarkov, 1942 y 1943; de Stalingrado, 1942; de Kursk, 1943; Korsun-Cherkassy, 1944, que marcaron el valladar de resistencia soviética al avance hitleriano.

Desde la Batalla de Kursk el Mariscal Zhúkov reconocía que las tropas alemanas “estaban agotadas”. Al respecto, Winston Churchill se dirigió a Stalin manifestándole “que las derrotas al ejército alemán en este frente son hitos en el camino hacia nuestra victoria definitiva”. En Kursk se reconocía que la URSS había ganado la guerra. Con ese triunfo se inició la ofensiva anti nazi en todos los frentes de combate.

El 8 de setiembre de 1943 Italia se rindió ante los ejércitos aliados, al tiempo que el ejército alemán liberaba de la cárcel a Mussolini, que se mantuvo en el norte de Italia dependiendo totalmente de Alemania.

Entre el 19 y 25 de agosto de 1944 París es liberado. Entre el 16 de abril y el 9 de mayo de 1945 se da la Batalla final de Berlín, por el Ejército Rojo de la Unión Soviética.

El 8 de mayo de 1945, en Karlshorst, en Berlín, el Alto Mando Alemán firma la capitulación incondicional de todas las Fuerzas Armadas Alemanas, ante Gueorgui Zhúkov, el Gran Mariscal soviético.

El peso de la guerra anti nazifascista había caído sobre el Ejército Rojo, de la Unión Soviética, que estaba bajo el mando del Mariscal Gueorgui Zhúkov, jefe del Estado Mayor General del Ejército. 26 millones de muertos puso la Unión Soviética en la guerra. La Bandera Roja de la Unión Soviética se enarboló, como símbolo de la Victoria en el Reichstag, por la tropa del General Vasili Shatilov.

El 9 de mayo se celebró el desfile del Día de la Victoria, que se acaba de recordar en su 80 aniversario.

La lucha antinazi y antifascista fue el triunfo de los pueblos soviéticos, francés, inglés, estadounidense, de todos los movimientos de Resistencia antifascistas que se dieron en Europa y en los países ocupados por Alemania.

A la lucha victoriosa desarrollada por el Ejército Rojo, que tuvo el peso de la guerra sobre sus espalda, se suma el de las tropas y ejércitos de los países aliados en lo que les correspondió, como lo fueron las operaciones militares de los ingleses en El Alamein, 1942; la Campaña en Sicilia, en 1943, realizada por Inglaterra y Estados Unidos; el importante desembarco en Normandía, en junio de 1944 por parte de las tropas inglesas, estadounidenses y francesas, que les permitió encontrarse en el Río Elba con las tropas soviéticas.

La guerra continuaba en el Asia. Japón ejercía el dominio sobre China, Corea, Indochina y otras regiones del Asia.

El 8 de agosto de 1945 la Unión Soviética declara la guerra a Japón. El Ejército Rojo en la región, dirigido por al Mariscal Alexander Vasilievich, sumaba tropas de la República Popular de Mongolia, que permitió que el 2 de setiembre del 1945 Japón se rindiera sin condiciones. Jugaron un papel muy importante también las fuerzas armadas de Estados Unidos, Inglaterra, el Ejército de Liberación Nacional de China, de la República Popular de Mongolia, Corea e Indochina.

El General Charles De Gaulle señaló que “los franceses saben lo que hizo por ellos la Rusia Soviética y sabe que, precisamente, la Rusia Soviética jugó el papel principal en su liberación”.

Igualmente, el General Chennault, del ejército de los Estados Unidos, reconoció que la Unión Soviética en la guerra con el Japón fue el “factor decisivo que aceleró la terminación de la conflagración en el Océano Pacífico, y esto hubiera sucedido, incluso, si no se hubieran lanzado las bombas atómicas”.

La lucha anti nazifascista a pesar de las medidas jurídicas y políticas que se tomaron en esos días, para evitar que se repitieran sucesos como la II Guerra Mundial, no ha evitado que resurjan estas tendencias y corrientes políticas en la Europa actual, y en la misma Alemania hoy unificada, en los Estados Unidos, en Iberoamérica, Asia y otras regiones.

Las amenazas nazifascistas resurgen en algunos estados no solo en el ámbito político y electoral, sino también por las acciones políticas que se vienen tomando e imponiendo con relación a restricciones a las libertades y derechos políticos y ciudadanos.

La lucha por la paz, por el desarme internacional y mundial, por el control de la producción de armas, por acabar con los escenarios de guerra actuales que crean un ambiente de pre III Guerra Mundial; la lucha por el desarrollo y fortalecimiento de la democracia, las libertades y derechos ciudadanos, por los Derechos Humanos en general, son parte de las banderas que los ciudadanos de todo el mundo debemos agitar, ante el recuerdo de la Victoria antifascista lograda hace ocho décadas.

A 80 años de la victoria contra el nazifascismo, han resurgido las tendencias autoritarias, las tendencias anti democráticas, pro tiránicas y pro dictaduras en líderes políticos y en gobiernos, que son los caminos que conducen a los regímenes y sistemas políticos nazifascistas como se desarrollaron en las décadas de 1920 y 1930 en Europa, especialmente en Italia y Alemania.

El continente americano que ha conocido, en oleajes y vaivenes políticos, después de la I Guerra Mundial tiranías, satrapías, dictaduras, autocracias, gobiernos militaristas, antidemocráticos, autoritarios, despóticos, represivos, conculcadores de libertades y derechos ciudadanos, irrespetuosos de los Derechos Humanos, intervenciones militares extranjeras por parte de los Estados Unidos, golpes de estado, hoy enfrenta estas amenazas, desde el interior de sus propias realidades políticas, como las amenazas del gobierno del presidente Donald Trump de intervenir por la fuerza militar en Panamá para apropiarse nuevamente del Canal transístmico y su zona del Canal, de apropiarse por la fuerza de Groenlandia, de apropiarse jurisdiccionalmente de todo el Golfo de México, que ya llama Golfo de América, de hacer un de Canadá el estado número 51 de la Unión Americana, y de fortalecer a los gobiernos populistas, que de nuevo tipo, enmascaran el germen de los sistemas y regímenes nazifascistas que pululan por el continente.

Compartido con SURCOS por el autor.