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Etiqueta: prevención del suicidio

¡No juzgues: comprende y ayuda!

MSc.Lic.Bach. Anais Patricia Quirós Fernández
Académica UniversitariaEspecialista en la Enseñanza del Idioma Inglés
Universidad Técnica Nacional, Sede El Roble
Estudios en Género, Diversidad y Derechos Humanos,
Conciencia digital y fundamentos de la IA,
Diplomada Internacional en Cambio Climático y
Gestión Integral del Riesgo de Desastres Naturales
Estudiante Carrera Derecho

No importa la edad, la clase social o el nivel educativo; no importa la religión, los valores familiares ni la opinión social. Al final, lo que prevalece es la decisión, el anhelo y la acción ejecutada. Todo se desvanece en cuestión de minutos.

Relato un hecho verídico, aunque he modificado nombres y detalles de aquel acto atroz que impulsó a una niña a interrumpir su existencia en las primeras primaveras de su vida. Ella era la octava hija de una familia numerosa, de padres sencillos y escasa escolaridad; un hogar de clase baja. Siempre fue señalada como la «niña problema»: a los cinco años padecía sonambulismo; a los siete, pesadillas y llanto constante; luego llegaron los ataques de ira y la agresividad escolar. La tildaron de «loca», «desubicada» e «incontrolable», a pesar de su buen rendimiento académico. El entorno simplemente se resignó: creían que, entre tantos partos, era «normal» que uno no resultara bien.

Con el paso del tiempo, ella intentaba descifrar qué la hacía sentirse cada día más sucia, confundida y cargada de autodesprecio. Hasta que alcanzó su límite, envuelta en una manta de soledad. El silencio la aisló de cualquier deseo de vivir, sepultándola bajo el odio y el dolor de comprender, finalmente, lo ocurrido en su infancia. Una tarde gélida, con apenas 14 años, comprendió que aquel fantasma con el rostro de su padre no la había abandonado durante nueve años. Pese a estar rodeada de gente, su aislamiento era absoluto; el silencio permitía que el estruendo de los demonios internos invadiera su corazón.

Esa tarde hallaron su cuerpo sin vida, indefensa, sin posibilidad de retorno. En su velatorio, el murmullo general fue: «era rara, nunca fue normal». Nadie cuestionó el trasfondo; simplemente sucedió. Sin embargo, su victimario sigue vivo, quizás mirando al cielo y suplicando un perdón divino que mantenga su secreto a salvo. Así podrá continuar fingiendo que nada pasó y que es un «buen padre».

Reflexión sobre la ética, la moral y la conducta suicida

Según el artículo “Ética y conductas suicidas” de la Revista Colombiana de Psiquiatría (Vol. 30, No. 4), el suicidio ha estado presente en todas las esferas de la humanidad: desde filósofos como Sócrates y Séneca, hasta figuras históricas como Cleopatra o genios como Turing y Gödel. A lo largo de la historia, las motivaciones han sido diversas: obediencia a mandatos superiores, el deseo de evitar una situación indigna o una resolución estrictamente personal.

A pesar de los vastos aportes de la sociología, la antropología y el psicoanálisis, persisten vacíos de información. Muchas muertes quedan reducidas a especulaciones populares y expedientes cerrados. El propósito de estas líneas es invitar a la reflexión sin emitir juicios sobre un acto tan devastador. Debemos considerar el cambio social acelerado, donde los valores se vuelven «líquidos», debilitando el tejido social y penetrando la estructura familiar, lo que genera nuevas formas de crisis moral que golpean la estructura de los grupos humanos.

Tras un suicidio, surgen múltiples interrogantes: ¿es este un análisis ético, moral, filosófico o quizás sociológico-legal? Lo cierto es que, independientemente de la opinión, el acto es irreversible y deja tras de sí un rastro de desesperación y preguntas sin respuesta.

Podría argumentarse que quien decide terminar con su vida hace uso de la «autonomía de la voluntad» que Immanuel Kant menciona en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres. No obstante, el mismo Kant sostiene que el ser humano no posee la facultad de quitarse la vida, calificando el suicidio como irracional y contradictorio: es una actitud «egoísta» que busca escapar del sufrimiento, pero que termina destruyendo la propia autonomía al eliminar al sujeto que la posee.

Ante esto, cabe preguntarnos: ¿conocía estas premisas quien decide autolesionarse? Probablemente no. La verdadera cuestión es cuánto tiempo permaneció esa persona invisible para su familia, su iglesia o su comunidad. ¿Cómo se silenció su voz hasta volverla inaudible? Es desconcertante cómo alguien pasa de la angustia existencial al desapego absoluto, perdiendo el valor intrínseco de su vida —ese valor inherente que no depende de la utilidad o productividad— sin que nadie perciba su desesperación.

El límite de la autonomía

Beauchamp y Childress, en su obra Principios de ética biomédica, definen la autonomía como autogobierno y libertad de elección. Sin embargo, una persona con un déficit de autonomía es aquella incapaz de reflexionar o que está controlada por influencias externas. Aquí surge la duda: ¿es la autoeliminación un ejercicio de autonomía o es el resultado de la ausencia de ayuda para recuperar el sentido de la existencia?

Para que un individuo sea considerado autónomo, debe poseer libertad (actuar sin ser una marioneta) y agencia (ser el autor intencional de su acción). El cerebro debe ser capaz de comprender, razonar y reflexionar. No obstante, esta capacidad se pierde en cuadros de depresión severa o trastornos mentales. En estos casos, la autonomía se suspende; el control de las facultades se desvanece. Es aquí donde la intervención médica es vital, pues la pérdida del autogobierno es muchas veces temporal. Salvar esa vida es un imperativo ético que precede a cualquier juicio.

El imperativo de la prevención: Del silencio a la acción

Más allá de las corrientes filosóficas que debaten si el suicidio es aceptable en ciertas circunstancias, debemos enfocarnos en la urgencia de la intervención. Factores como la edad, la madurez y el entorno determinan la posibilidad de brindar auxilio a tiempo. La verdadera autonomía solo puede ejercerse cuando el individuo está libre de la coacción del trauma y la enfermedad mental.

Por ello, la prevención no debe ser solo una respuesta médica, sino un compromiso social profundo. Necesitamos:

  • Alfabetización emocional: Aprender a leer el aislamiento y la desesperanza no como «rarezas», sino como gritos de auxilio.

  • Espacios de seguridad: Transformar las escuelas y familias en entornos donde la salud mental sea prioritaria y donde las víctimas de abuso encuentren una voz antes de que el silencio las consuma.

  • Intervención compasiva: Reconocer que cuando la autonomía se nubla por el dolor, intervenir no es una invasión a la libertad, sino un acto de custodia sobre la vida de quien, momentáneamente, ha perdido su propio valor.

En conclusión, más allá de determinar si la decisión fue buena o mala, justa o injusta, la única certeza es que llegamos tarde. Ella se volvió invisible ante todo grupo social. Aunque hubo señales, no se avistaron; se mantuvo la distancia y nunca se preguntó por qué callaba, por qué lloraba o por qué se desconectaba del mundo. Se omitieron demasiadas interpretaciones antes del desenlace. La verdadera justicia no está en el juicio póstumo, sino en nuestra capacidad de no permitir que la invisibilidad cobre otra vida.

¡No juzgues, no critiques: ayuda!