Ir al contenido principal

Etiqueta: responsabilidad ciudadana

Gobernantes y ciudadanos: la responsabilidad compartida

«Entre un gobernante que lo hace mal y un pueblo que lo consiente hay una complicidad vergonzosa».
Pensamiento atribuido a Víctor Hugo (1802-1885)

Jaime E. García González, Dr. sc. agr.
Profesor catedrático jubilado de la UCR y la UNED
Miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad (RCB) y de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina (UCCSNAL)

biodiversidadcr@gmail.com

Una democracia necesita gobernantes sometidos a la ley y ciudadanos dispuestos a exigirles cuentas. Cuando uno de los dos renuncia a su responsabilidad, todos pagamos las consecuencias.

Hay frases que sobreviven a su tiempo porque expresan verdades que ninguna sociedad debería olvidar. Esta, atribuida al escritor, político e intelectual francés Víctor Hugo, adquiere una particular vigencia en la Costa Rica actual.

La frase plantea una responsabilidad doble. Por un lado, la de quienes ejercen el poder y pueden utilizarlo de manera arbitraria, abusiva o irresponsable. Por otro, la de una ciudadanía que, por indiferencia, conveniencia, fanatismo político o simple resignación, termina aceptando aquello que debería cuestionar. Y aquí comienza nuestra responsabilidad.

Un gobierno puede equivocarse. Puede adoptar políticas desacertadas, incumplir promesas o fracasar en determinados ámbitos. Nada de ello, por sí mismo, constituye una amenaza para la democracia. El verdadero peligro aparece cuando el poder deja de aceptar límites, convierte la crítica en enemistad, presenta a las instituciones de control como obstáculos y pretende que la ciudadanía confunda autoridad con obediencia. Eso es lo que debería preocuparnos.

En la Costa Rica de hoy hemos visto crecer en los últimos años una confrontación política en la que el desacuerdo se presenta con demasiada frecuencia como una conspiración. El Poder Judicial, la prensa, la oposición política y otras instituciones han sido objeto de descalificaciones que no deberían convertirse en parte normal del lenguaje de quienes gobiernan. Una democracia constitucional, sin embargo, no fue diseñada para que el gobernante tenga siempre la razón. Fue diseñada para que nadie tenga todo el poder.

Por eso existen la división de poderes, la independencia judicial, la libertad de prensa, los órganos de control y el derecho ciudadano a conocer cómo se administra lo público. No son obstáculos colocados en el camino de un gobierno. Son precisamente los mecanismos que impiden que el poder público se convierta en poder absoluto.

Cuando controlar al poder se convierte en una amenaza

Uno de los signos más preocupantes de cualquier democracia es que quienes ejercen el poder comiencen a considerar ilegítimo todo aquello que los contradice. Si una resolución judicial resulta desfavorable, se cuestiona al juez. Si una investigación incomoda, se cuestiona al investigador. Si un medio publica información crítica, se cuestiona al medio. Si un ciudadano denuncia una irregularidad, se cuestionan sus intenciones.

El problema no está en criticar a jueces, fiscales, periodistas o ciudadanos. Todos pueden equivocarse y todos deben responder por sus actuaciones. El problema aparece cuando la crítica deja de dirigirse a sus decisiones y se convierte en una estrategia para deslegitimar sistemáticamente a quienes tienen la función de fiscalizar al poder. Porque entonces el debate deja de ser “¿tiene razón esta institución?” y pasa a ser “¿está con nosotros o contra nosotros?”. Esa lógica es incompatible con una democracia madura.

Lo mismo ocurre con la información pública. La seguridad del Estado puede justificar determinadas reservas, pero el secreto no puede transformarse en la regla general para administrar asuntos que pertenecen a la ciudadanía. En una democracia, quien gobierna administra recursos, instituciones e información que no le pertenecen personalmente.

El Estado no es propiedad del Gobierno.

Y la información pública tampoco. Por eso, ante cualquier intento de ampliar innecesariamente el ámbito de lo reservado, la ciudadanía tiene derecho a preguntar: ¿qué se pretende proteger?, ¿por cuánto tiempo?, ¿bajo qué criterios?, ¿quién ejercerá el control?

Preguntar no es conspirar. Fiscalizar no es desestabilizar. Discrepar no es traicionar.

El problema también somos nosotros

Aquí es donde la frase de Víctor Hugo adquiere su mayor fuerza. Resulta cómodo atribuir toda la responsabilidad al gobernante. Es evidente que quien ocupa la Presidencia tiene una responsabilidad extraordinaria. Pero ningún gobierno puede deteriorar por sí solo una democracia que encuentre una ciudadanía dispuesta a defenderla.

El poder necesita, para avanzar sin controles, algo más que funcionarios obedientes. Necesita ciudadanos indiferentes. En este contexto, la indiferencia puede adoptar muchas formas: Es aceptar una injusticia porque beneficia a los nuestros. Es justificar una arbitrariedad porque fue cometida por alguien a quien apoyamos. Es guardar silencio ante un abuso porque creemos que la víctima pertenece al bando contrario. Es repetir que “todos son iguales” para no asumir ninguna responsabilidad. Y es, sobre todo, renunciar a pensar críticamente.

Una democracia no se debilita únicamente cuando un gobernante concentra poder. También se debilita cuando los ciudadanos comienzan a justificar esa concentración. La pregunta, entonces, no puede limitarse a qué está haciendo mal el Gobierno. También debemos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros frente a ello. Una democracia no se defiende en silencio.

Ni obediencia ni oposición ciega

Defender la democracia tampoco significa convertirse automáticamente en opositor del Gobierno. Una sociedad democrática no necesita ciudadanos que estén permanentemente a favor o permanentemente en contra. Necesita ciudadanos capaces de juzgar cada decisión según sus méritos.

Se puede reconocer un acierto del Gobierno y cuestionar su política institucional. Se puede defender una reforma y rechazar la forma en que pretende aprobarse. Se puede criticar al Poder Judicial sin aceptar que se destruya su independencia. Se puede cuestionar a la prensa sin pretender silenciarla. Se puede exigir reformas profundas sin permitir que la palabra “reforma” se utilice como sinónimo de sometimiento.

Esa independencia de criterio es justamente lo que distingue a un ciudadano de un partidario. Y nuestro país necesita más ciudadanos y menos fanáticos.

La democracia no desaparece de un día para otro

Las democracias rara vez se deterioran mediante un único acontecimiento espectacular. Con frecuencia, el proceso es mucho más silencioso: Una descalificación aquí. Una institución desacreditada allá. Una información que deja de estar disponible. Una amenaza que se normaliza. Una crítica que se convierte en enemistad. Un abuso que se justifica porque “esta vez” favorece a los nuestros. Cada episodio puede parecer menor. El problema aparece cuando todos empiezan a formar parte de una misma cultura política.

La normalización es el verdadero peligro. Cuando una sociedad se acostumbra a que el poder ataque a quienes lo controlan, deja de sorprenderse. Cuando deja de sorprenderse, deja de reaccionar. Y cuando deja de reaccionar, el abuso encuentra terreno fértil para crecer. Por eso no debemos esperar a que desaparezcan las instituciones para defenderlas. Hay que defenderlas precisamente mientras todavía funcionan.

La responsabilidad de no consentir

La cita de Víctor Hugo no debería utilizarse únicamente para acusar a un gobierno. Su verdadero valor está en obligarnos a mirar hacia nosotros mismos: ¿Qué estamos dispuestos a tolerar? ¿Qué principios estamos dispuestos a defender incluso cuando hacerlo perjudica políticamente a quienes apoyamos? ¿Somos capaces de exigir transparencia cuando el secreto beneficia a los nuestros? ¿Somos capaces de defender la independencia judicial cuando una resolución favorece al adversario? ¿Somos capaces de defender la libertad de prensa cuando una noticia nos incomoda?

Ahí se mide realmente la cultura democrática de una sociedad. Porque defender las instituciones únicamente cuando nos favorecen no es defender la democracia. Es defender nuestros intereses.

Nuestro país no necesita gobernantes infalibles. Necesita gobernantes sometidos a la ley. No necesita instituciones intocables. Necesita instituciones independientes y responsables. No necesita una ciudadanía que aplauda. Necesita una ciudadanía que pregunte, fiscalice y exija cuentas.

El poder debe saber que gobernar no significa disponer del país a voluntad. Y la ciudadanía debe recordar que votar no significa entregar un cheque en blanco. Al final, la advertencia de Víctor Hugo contiene una verdad sencilla: el poder que no encuentra límites ciudadanos termina creyendo que no los necesita.

Por eso, la pregunta decisiva no es únicamente qué hará el Gobierno. Es qué haremos nosotros. Porque mientras existan ciudadanos dispuestos a exigir cuentas, ninguna autoridad estará por encima de la sociedad.

Cuando, por el contrario, decidimos consentirlo todo, dejamos de ser solamente víctimas del mal gobierno: nos convertimos en parte del problema. Y esa sí sería, para nuestro país, una complicidad verdaderamente vergonzosa: una irresponsabilidad hacia nosotros mismos y, sobre todo, hacia las futuras generaciones.

Entre la incertidumbre y el deber previo a las elecciones del 1 de febrero

H. Francisco Arrieta Arrieta
Estudiante universitario
Universidad Técnica Nacional (UTN)

A escasos días de las elecciones 2026, es difícil ocultar un sentimiento de incertidumbre al pensar que le pueda deparar el futuro al país que nos vio nacer o bien recibir. En qué momento fuimos a estar en una situación tan crítica para la democracia de Costa Rica, llena de caos en todos sus sentidos (educación, salud, seguridad, narcotráfico, agropecuario, …). Inclusive, en aquello que solía ser una fiesta política, hoy es un drama de indiferencia entre partidarios y claro que de la ciudadanía también, donde prolifera más que nada la falta de diálogo y de acciones concretas.

Tanto el continuismo como el oficialismo, ambos demuestran su lado inconveniente, sin pretender que sean perfectos claro.

Hay pocos políticos prometedores, porque cada uno presenta su propio show de fanfarronería, desde publicidad mediocre, acaparamiento de votos mediante alianzas, liderazgo insuficiente, intereses desmedidos, propuestas descabelladas sin donde acceder a recursos, falta de planificación, y mucho más. Y todo eso está pasando mientras el país se va a la deriva. Y peor aun cuando se demuestra una poca intención real de trabajar en equipo y en armonía para sacar adelante el país, sin importar los colores partidarios.

Un aspecto clave del deterioro actual en nuestra democracia, y en los años siguientes es sin duda la educación que juega un papel fundamental, tanto en el pilar central que es la familia como de la educación llevada desde los centros educativos, donde se amplía una brecha social difícil de sanar en la inmersión a la ignorancia y la falta de valores, y que se denotan los resultados en momentos clave como el ejercer el sufragio.

Es un hecho que las elecciones presentan dos contrastes, por un lado, el abstencionismo (los indecisos) que deciden con detenimiento en una criticidad intensiva, y por otro lado aquellos que votan con ignorancia, subordinados, y con votos en el peor de los casos sobornados.

La ciudadanía expone sus banderas partidarias, cuando ni siquiera logramos tener la bandera nacional que nos demuestra el orgullo del ser costarricense con el blanco, azul y rojo; y también de nuestra bandera cantonal, porque no.

Espero que independientemente de quién quede en estas elecciones hagan una administración prudencial desde el gabinete presidencial hasta los diputados conformantes de la Asamblea Legislativa, donde busquen desde el día uno amparar los temas urgentes que ya bien conocemos. Porque por el pueblo han de estar ahí, y por el pueblo han de servir.

Salvando al país del naufragio que no nos lleve a hundirnos en aguas profundas, donde se encuentra un peor escenario que el actual. Es por eso por lo que debemos reflexionar con detenimiento y tomar una decisión razonable.

En este artículo, no mencionó partidos, ni por quién votar, solo demuestro el malestar que sienten algunos, como yo, con la situación política actual.

Aunque, si algo está claro es de la importancia más que nunca de salir a votar, e incentivar aquellos que forman parte del porcentaje del abstencionismo asistir a las urnas electorales.

A modo de reflexión, es claro que el futuro es incierto, y que nadie lo tiene asegurado. No obstante, día con día me invade el cuestionamiento como joven de ¿Que le reparara a mi país en los próximos años? ¿Seremos siervos menguados? ¿Qué ocurrirá con el labriego sencillo? ¿Podremos ser libres o solo será algo que quedará en el pasado?

Es nuestra responsabilidad como ciudadanos validar los pilares esenciales de una ¡República democrática, libre e independiente! ¡Salgamos a votar de forma deliberada! y que ¡Dios bendiga a Costa Rica hoy y siempre!

Adicional les invito a ingresar a mi documento gratuito llamado “El lenguaje de la división territorial de Costa Rica”. Un documento modesto pero interesante sobre aspectos relevantes de la Geografía política de nuestro país tanto en la parte marítima como terrestre. Accede al siguiente enlace:

https://drive.google.com/file/d/13NPzmA6fW3o1bu-T1iE3X26NYI1ilEGG/view?usp=sharing

El que dijo que si, el que dijo que no

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

El título es sugerente. La primera vez que di con esta pieza fue en los años ochenta, al ver un montaje local adaptado de la obra escrita y presentada por el dramaturgo alemán Bertold Brecht en 1930. La trama aborda el tema de las decisiones. En la versión original, Brecht llevaba el desenlace hacia el sufrimiento del protagonista. Al ver las reacciones ante esa propuesta, adiciona un nuevo final que plantea, más que una lectura individual, un planteamiento colectivo.

La historia transcurre como sigue, según el sitio digital www.alternativateatral.com:

Pieza didáctica que promueve la reflexión frente a procesos personales y colectivos que a veces se asumen como inevitables.

El Maestro acude a despedirse de su alumno más querido ante su próxima partida en busca de remedios para erradicar la epidemia que está devastando a su pueblo. La madre del alumno también está contaminada y el alumno, deseoso de salvarla, ruega al maestro que lo sume al grupo de expedición. El maestro acepta, no sin dudar. A mitad del camino, el joven cae enfermo a su vez y no puede continuar con el viaje, ni regresar al pueblo. El grupo tendrá que tomar una decisión ante el dilema que le presenta la situación: dar por terminada la expedición y regresar al joven a su casa (lo que comprometería la vital expedición, única esperanza de una sociedad moribunda), o abandonarlo y seguir adelante en busca del remedio.

En la puesta en escena, los dos desenlaces son desarrollados, para que el público tome una postura de acuerdo con la decisión tomada. No en pocas ocasiones, las decisiones son sometidas a una profunda valoración, porque implican resultados, impactos, posibles desarrollos futuros.

Hoy, a esta hora, en Costa Rica, decir Si es imperativo. No es un Si asincrónico, como el que esta sociedad dijera hace ya casi veinte años cuando decidió aventurarse a firmar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. No es ese Si que ahora debe asumir la gente con su decisión, con su voto.

Nos enfrentamos, sin lugar a dudas, ante las elecciones más trascendentales de la historia de la Segunda República en el país y lo que se vislumbra debe comprometer reflexiones profundas, reposadas y firmes. Decir No, es confirmar una ruta que, hemos comprobado, nos lleva al deterioro inmediato y a la destrucción del proyecto colectivo que hemos construido a lo largo de la historia. Decir No es condenarnos a un final inmediato, irreversible, irreparable.

El que dijo Si, continuó el camino. Se trazó nuevos objetivos, se apoyó en una nueva marcha histórica, colectiva. Ese es el mensaje. Que la puesta en escena para nuestro país nos traiga nuevos vientos. Un futuro alentador.

“Cada país tiene el gobierno que se merece”

René Mauricio Valdez (23.11.2025)

Esta frase se atribuye a Joseph de Maistre (1753-1821), uno de los principales intelectuales de la contrarrevolución francesa y de la anti-Ilustración; un convencido creyente en la superioridad de la monarquía absoluta como forma de gobierno, en el derecho divino de los reyes a gobernar, y en la infalibilidad del Papa. Pensaba que los pueblos que repudiaban a los “monarcas por la Gracia de Dios” obtenían gobiernos de calidad muy inferior que no podían resultar sino en un desastre. De Maistre habría acuñado la frase durante su exilio en la Rusia zarista mientras los jacobinos le volaban la cabeza a medio mundo en su Saboya natal y en París. Su obra maestra, Tardes de San Petersburgo (un conjunto de diálogos entre tres patricios en un palacio de la capital imperial rusa) es un elegante compendio del más refinado y oscuro pensamiento reaccionario-religioso y antipositivista de la época.

En tiempos presentes algunos utilizan esta frase con una intención parecida a la de quien aplica unas gotitas de limón en una herida. Se trata de restregarnos en la cara que los gobiernos que tenemos, incluyendo los más dictatoriales, ineptos y corruptos, son hijos de circunstancias que nosotros mismos contribuimos a crear y reproducir, por acción u omisión, en una u otra forma. Los malos gobiernos no caen de un planeta distante y desconocido, emergen del caldo de cultivo nacional del que somos parte que da origen a los problemas de que nos quejamos. El esclavo es como el amo, dicen Nietzsche y San Mateo. Es una condición que sería más fácil de apreciar en otros países que en el nuestro.

A mí me propinaron la frase como una cachetada en Costa Rica (viví allí durante la guerra civil política salvadoreña, la que fue sucedida por la guerra civil social de las maras) en un agitado seminario en la universidad en el que me permitía criticar duramente al gobierno que el país tenía en esos días. “Cada país tiene el gobierno que se merece”, me espetó un compañero de estudios costarricense quien en realidad pensaba –me lo decía en momentos de confianza, entre bocas de pejibaye en mayonesa, como amigo comprensivo y bonachón– que en el fondo el problema era que los salvadoreños en general, así como los demás centroamericanos, en contraste con los ticos, éramos demasiado pendencieros.

Algunos rechazan de entrada la expresión de De Maistre. No se puede generalizar, se debe examinar caso por caso. Hay pueblos que no se merecen los gobiernos que tienen. “El pueblo de Estados Unidos no se merece a Donald Trump” publicó en redes sociales un amigo estadounidense de filiación Demócrata, lo que dio origen a una inacabable retahíla de comentarios críticos y disparos de todos lados.

Hay quienes usan la frase en un sentido edificante, como quien dispensa una presea ganada dignamente. Franklin Delano Roosevelt era el presidente que Estados Unidos se merecía durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Algo similar escuchamos entre quienes respaldan a Nayib Bukele en El Salvador. Lo que su gobierno fue capaz de hacer para desarticular a los despiadados ejércitos de las maras –sin que se ignore los riesgos que conlleva la concentración del poder y los daños colaterales que se deben corregir pero que se consideran menores —no es sólo lo que los salvadoreños necesitaban en ese momento histórico, es lo que merecían luego de décadas de un Calvario indecible.

En fin, esta es una de esas frases memorables que nos llevan a reflexionar y ponderar, ese saludable ejercicio que no conviene dejar a un lado.