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Etiqueta: Rodrigo H. Campos Hernández

Entre el paraíso perdido y la tierra prometida: San Farol, los evangelios políticos y la democracia que no terminamos de construir

Rodrigo Campos Hernández

Por MSc. Rodrigo H. Campos Hernández

I. El evangelio apócrifo de san farol

Y aconteció en aquellos días de septiembre que el pueblo de Costa Rica caminaba confundido entre banderas, vallas, cédulas de identidad, arroz con pollo y publicaciones de Facebook.

Muchos habían perdido la esperanza. Otros habían perdido la paciencia. Algunos habían perdido hasta las ganas de discutir. Y hubo quienes, después de leer los comentarios en las redes sociales, estuvieron a punto de perder también la fe en la especie humana.

Pero entonces ocurrió la revelación.

Tres figuras aparecieron en el horizonte político y hubo quienes dieron gracias porque finalmente alguien les había abierto los ojos.

Había nacido la Santísima Trinidad Jaguar: Rodrigo, el Padre Fundador; Pilar, portadora de la palabra; y Laura, depositaria del espíritu de la Nueva Costa Rica.

Y muchos creyeron. No porque fueran ignorantes. No porque no hubieran ido a la escuela. No porque carecieran de capacidad para pensar. Creyeron porque toda revelación necesita primero un mundo que parezca necesitar ser revelado. Y aquel mundo tenía nombre: los mismos de siempre.

Entonces aparecieron también los Cuatro Jinetes del Apocalipsis:

El primero cabalgaba bajo las siglas PLN.

El segundo llevaba sobre su caballo las del PUSC.

El tercero vestía de Frente Amplio.

Y el cuarto, recién incorporado a las escrituras, respondía al nombre de CAC.

Detrás avanzaban sindicatos, universidades públicas, periodistas, magistrados, burócratas, comunistas, progresistas, zurdos, intelectuales y todo aquel que por razones todavía no completamente esclarecidas hubiese incurrido en el pecado de hacer demasiadas preguntas.

Y vio el pueblo aquello.

Y algunos dijeron:

—¡Ahora sí entendemos!

Porque la primera bienaventuranza de toda revelación política es sencilla:

Bienaventurados aquellos a quienes les fueron abiertos los ojos, porque finalmente conocerán quién tuvo la culpa.

El libro de los mandamientos

Y fueron entregadas al pueblo unas nuevas tablas. Y en ellas podía leerse:

Primero: Amarás a la Nueva Costa Rica sobre todas las cosas.

Segundo: No tomarás el nombre del Gobierno en vano.

Tercero: Santificarás las fiestas patrias, siempre que las celebres de la manera debidamente autorizada.

Cuarto: Honrarás la valla y portarás tu cédula.

Quinto: No protestarás durante el cumpleaños de la Patria.

Sexto: No cuestionarás innecesariamente las medidas de seguridad, porque quien nada debe nada teme y quien pregunta demasiado algo estará tramando.

Séptimo: No codiciarás las instituciones ajenas.

Octavo: No levantarás falsos testimonios, salvo que hayan sido debidamente compartidos quinientas veces en Facebook.

Noveno: No confundirás libertad con hacer lo que te dé la gana.

Y décimo: Cuando ninguna argumentación resulte suficiente, recurrirás a la doctrina definitiva: Lero lero, calzón de cuero.

Palabra del Señor. Te alabamos, Jaguar.

Las bienaventuranzas de Plaza Mayor

Bienaventurados quienes llevaron la cédula, porque de ellos será la Plaza Mayor.

Bienaventurados quienes respetaron la valla, porque serán llamados ciudadanos ordenados.

Bienaventurados quienes no preguntaron demasiado, porque no retrasarán la fila.

Bienaventurados quienes comieron arroz con pollo, porque serán saciados.

Bienaventurados quienes descubrieron a los mismos de siempre, porque jamás volverán a necesitar explicaciones demasiado complicadas.

Bienaventurados quienes encontraron un enemigo para cada problema, porque suyo será el Reino de la Certeza.

Y bienaventurados, finalmente, quienes comprendieron el profundo significado filosófico del lero lero, porque habrán alcanzado un estado epistemológico al que ni Morin se atrevió jamás.

La pasión de San Farol

Llegó entonces el 14 de septiembre. Y un humilde farol salió de su casa. No sabía nada de neoliberalismo. No había leído a Montesquieu. Desconocía la separación de poderes. No tenía cuenta en X. Jamás había participado en una conferencia de prensa. Era simplemente una cajita de cartón con papel celofán y una luz adentro. Pobre inocente. No sabía lo que le esperaba.

Primera estación: San Farol es condenado a ser politizado

Apenas llegó a la celebración, alguien decidió que representaba el civismo.

Otro afirmó que representaba la resistencia.

Otro sostuvo que simbolizaba el orden.

Otro que simbolizaba la libertad.

San Farol quiso explicar que había sido construido la noche anterior por un niño con goma, cartulina y ayuda de la mamá. Nadie lo escuchó.

Segunda estación: San Farol carga con la democracia

Le colocaron sobre los hombros la institucionalidad costarricense completa.

Separación de poderes.

Libertad de expresión.

Derecho a manifestarse.

Seguridad ciudadana.

Identidad nacional.

Patriotismo.

Gobernabilidad.

Setenta y tantos años de Segunda República.

San Farol comenzó a doblarse.

Tercera estación: San Farol cae por primera vez

Inmediatamente alguien culpó al Gobierno.

Otro culpó al Frente Amplio.

Otro al PLN.

Otro a los sindicatos.

Otro a las universidades públicas.

Alguien preguntó si todo aquello no sería culpa de Carlos Alvarado.

La hipótesis no pudo descartarse inmediatamente.

Cuarta estación: San Farol encuentra a su madre, la Patria

La Patria lo miró desconcertada.

—Hijito, ¿cómo terminó una celebración escolar convertida en una disputa sobre el futuro de la civilización occidental?

San Farol tampoco sabía.

Quinta estación: Simón de Cirene ayuda a San Farol

Un ciudadano se acercó para ayudarlo a cargar.

Fue inmediatamente identificado como sindicalista.

Sexta estación: La Verónica limpia el rostro de San Farol

Una mujer se aproximó con un pañuelo.

Antes de llegar le solicitaron la cédula.

Séptima estación: San Farol cae por segunda vez

Desde un extremo alguien gritó:

—¡Dictadura!

Desde el otro respondieron:

—¡Comunistas!

San Farol permaneció en el suelo preguntándose si alguien podría levantarlo antes de continuar con el debate.

Octava estación: San Farol consuela a las mujeres de Jerusalén

—No lloren por mí —les dijo—. Según Facebook, todo salió perfectamente.

Novena estación: San Farol cae por tercera vez

Y alguien proclamó:

—¡Esta caída demuestra hasta dónde son capaces de llegar los mismos de siempre!

Otro respondió:

—¡Esta caída demuestra el avance del autoritarismo!

San Farol comenzó a sospechar que su caída tenía una capacidad explicativa verdaderamente extraordinaria.

Décima estación: San Farol es despojado de sus vestiduras

Le quitaron el papel celofán rojo.

Parecía demasiado comunista.

Undécima estación: San Farol es clavado a la valla

Y allí quedó.

La pequeña fiesta que alguna vez pretendió reunir a la comunidad terminó simbólicamente clavada sobre aquello que la separaba.

Por primera vez nadie se rio.

Duodécima estación: San Farol muere

Antes de apagarse levantó débilmente su luz y murmuró:

—Padre, perdónalos, porque no saben qué interpretación de los acontecimientos están compartiendo en Facebook.

Y expiró.

Decimotercera estación: San Farol es bajado de la valla

Unos denunciaron represión.

Otros celebraron que el orden había prevalecido.

Ambos compartieron fotografías que demostraban inequívocamente sus respectivas interpretaciones.

Decimocuarta estación: San Farol es llevado al sepulcro

El gran pretor alcalde de Cartago, tomó cuidadosamente el cuerpo maltrecho. Lo envolvió en una bandera costarricense. Y antes de depositarlo en el sepulcro, lo ungió generosamente con crema de rosas, santo bálsamo nacional para faroleados, golpeados, escaldados y ciudadanos expuestos a dosis excesivas de realidad costarricense.

Y así estaba escrito:

Bienaventurados los faroleados, porque de ellos será el Reino del Santo Balsamo.

Y al tercer día…

San Farol resucitó.

Salió del sepulcro todavía pegajoso por la crema de rosas y descubrió horrorizado que durante su breve ausencia había sido declarado chavista, comunista, sindicalista, autoritario, demócrata, opositor, patriota, antipatriota y, según una publicación particularmente imaginativa, posiblemente funcionario de la Universidad de Costa Rica.

Entonces San Farol preguntó:

—Mae… ¿yo no era una cajita con una candela?

Nadie respondió.

Miró hacia un lado.

Allí estaban quienes anunciaban la llegada de la Nueva Costa Rica.

—¿Y qué tiene de nueva? —preguntó.

Silencio.

Miró hacia el otro.

Allí estaban quienes pedían recuperar la Costa Rica de nuestros abuelos: aquella de respeto, cortesía, instituciones fuertes, concordia y ríos por los que aparentemente alguna vez circularon leche y miel.

—¿Y todos vivían bien en aquel paraíso?

Silencio.

—¿No había desigualdad?

Silencio.

—¿No había exclusión?

Silencio.

—¿No hubo precarización ni concentración de riqueza?

Alguien carraspeó.

—Hijo —respondió finalmente una voz solemne—, estamos hablando de democracia.

—Ah, bueno —contestó San Farol.

Se puso un poquito más de crema de rosas.

Y entonces formuló la pregunta que ninguna de las dos congregaciones esperaba:

—¿Y si los dos están contando solamente la parte de la historia que necesitan creer?

Hasta aquí podemos reír.

El problema comienza cuando descubrimos que detrás de los disparates de San Farol hay preguntas que no desaparecen cuando termina la parodia.

II. Después de la risa

¿Qué estamos viendo?

Una de las tentaciones más cómodas frente a una sociedad polarizada consiste en pensar que el problema está en los ojos del otro.

¿Cómo no se dan cuenta?

¿Cómo pueden interpretar de esa manera lo que para mí resulta evidente?

¿Qué realidad están mirando?

La pregunta es legítima hasta que aparece otra mucho más incómoda:

¿Y si hay algo que yo tampoco estoy viendo?

Reconocer esa posibilidad no significa caer en un relativismo donde todos tienen razón y nadie la tiene.

Todos miramos desde algún marco, pero eso no significa que todas las miradas sean igualmente verdaderas. Y tampoco significa que sean igualmente falsas.

Hay acontecimientos que pueden comprobarse. Hay decisiones que dejan documentos. Hay normas jurídicas. Hay presupuestos. Hay estadísticas. Hay discursos registrados. Hay resoluciones judiciales. Hay políticas públicas cuyos efectos pueden estudiarse. La realidad no desaparece porque nuestras interpretaciones sean parciales.

Por eso quizá el problema no sea encontrar a alguien capaz de mirar sin filtros. Ese ser humano probablemente no exista. El desafío consiste en construir procedimientos que permitan contrastar nuestras miradas con aquello que ocurrió, y especialmente con aquello que podría demostrar que estamos equivocados. Pero inmediatamente aparece otra pregunta. ¿Quién decide qué debemos preguntar?

El poder de formular la pregunta

Preguntar nunca es completamente inocente. Cuando alguien pregunta si Costa Rica se está convirtiendo en Venezuela, Nicaragua o El Salvador, la comparación puede ser legítima si identifica instituciones, procesos y mecanismos concretos. Pero puede resultar engañosa si las diferencias históricas, institucionales y sociales desaparecen y la analogía termina sustituyendo al análisis.

Costa Rica no es Venezuela.

Costa Rica no es Nicaragua.

Costa Rica no es El Salvador.

Eso no significa que la experiencia de esos países no pueda ofrecer categorías comparativas. Significa que encontrar una semejanza no demuestra una trayectoria inevitable.

Si queremos examinar tendencias autoritarias, la pregunta debería ser mucho más exigente: ¿qué comportamientos concretos muestran debilitamiento de controles?, ¿qué instituciones conservan autonomía?, ¿cuáles la pierden?, ¿qué ocurre con la libertad de expresión?, ¿con la independencia judicial?, ¿con la fiscalización?, ¿con el pluralismo?, ¿con el respeto a los límites constitucionales del poder?

Existen investigaciones costarricenses recientes que han identificado confrontación institucional, componentes antisistema, rasgos autoritarios y riesgos para el pluralismo en el discurso y ejercicio político de Rodrigo Chaves. También existen trabajos que interpretan ese fenómeno en relación con problemas estructurales anteriores de la democracia liberal costarricense.

Eso es muy diferente de anunciar que mañana despertaremos convertidos en Nicaragua.

El miedo tampoco debería convertirse en método.

Pero evitar el alarmismo tampoco puede significar cerrar los ojos frente a hechos verificables.

¿Y si el chavismo no fuera solamente causa?

Aquí aparece una posibilidad que resulta particularmente incómoda para quienes hemos concentrado nuestra atención en los riesgos que representan determinadas prácticas políticas recientes.

¿Y si el chavismo no fuera únicamente una causa de la crisis democrática?

¿Y si fuera también un síntoma?

¿Y si determinadas tendencias políticas hubieran encontrado terreno fértil porque existía previamente un malestar que la institucionalidad tradicional no supo comprender o resolver?

La democracia costarricense posee conquistas extraordinarias. Sería intelectualmente absurdo negarlas. Su estabilidad electoral, la abolición del ejército, la construcción del Estado social, la educación pública, la seguridad social y una extensa arquitectura institucional forman parte de una historia que merece ser defendida.

Pero ninguna historia merece convertirse en estampita.

Costa Rica también ha experimentado durante décadas transformaciones económicas, desigualdades persistentes, debilitamiento de vínculos partidarios y frustraciones respecto de la capacidad estatal para responder a las necesidades sociales.

El propio sistema de partidos cambió profundamente. El bipartidismo que durante décadas estructuró la competencia entre PLN y PUSC comenzó a deteriorarse antes de la aparición del chavismo. También existe abundante literatura sobre la adopción de políticas de liberalización y ajuste económico desde las últimas décadas del siglo XX.

Entonces la frase «los mismos de siempre» puede ser utilizada como instrumento populista, pero su eficacia política no puede explicarse únicamente diciendo que alguien engañó a la población.

Hay que preguntar por qué tanta gente estuvo dispuesta a escucharla.

La otra iglesia: el paraíso perdido

Aquí la crítica debe dirigirse también hacia nosotros.

Frente al discurso de la Nueva Costa Rica ha comenzado a aparecer otro relato: la añoranza por la Costa Rica que supuestamente perdimos: La democracia de nuestros abuelos.

El respeto.

La cortesía.

La moderación.

La convivencia.

Las instituciones respetadas.

Una sociedad donde las diferencias se resolvían conversando y donde, si exageramos apenas un poco la imagen, por las acequias corrían leche y miel. Pero ¿existió realmente esa Costa Rica?

Existió una Costa Rica con importantes logros democráticos y sociales. Eso es históricamente defendible.

Lo que resulta más difícil es convertirla en un paraíso perdido.

Porque aquella democracia convivió también con desigualdades, exclusiones, pobreza y conflictos distributivos. Y durante las últimas décadas la propia estructura partidaria que administró buena parte de esa institucionalidad atravesó transformaciones profundas.

Por eso defender la institucionalidad democrática no debería exigirnos idealizar el pasado. La nostalgia puede ser también una forma de ideología.

Dos paraísos

Y de pronto descubrimos que las dos grandes narrativas aparentemente enfrentadas realizan una operación sorprendentemente parecida.

Una coloca el paraíso adelante: la Nueva Costa Rica.

La otra lo coloca atrás: la Costa Rica que perdimos.

Una ofrece la Tierra Prometida.

La otra añora el Jardín del Edén.

Una dice: Antes de nosotros todo estaba podrido.

La otra responde: Antes de ustedes vivíamos en democracia.

Ambas afirmaciones pueden contener fragmentos de verdad.

Y precisamente por eso resultan poderosas.

El problema comienza cuando el fragmento pretende convertirse en totalidad.

¿Qué une entonces a quienes hoy se oponen?

También merece ser interrogada la coincidencia entre fuerzas políticas históricamente diferentes.

Frente Amplio, PLN, PUSC y CAC pueden coincidir en determinadas coyunturas parlamentarias o en la defensa de reglas institucionales sin que eso convierta sus programas políticos en equivalentes. Esto es perfectamente posible dentro de una democracia.

Una izquierda socialista y una derecha liberal pueden defender simultáneamente elecciones competitivas, separación de poderes o independencia judicial. Pero reconocerlo no cancela otra pregunta: ¿qué sucede con las contradicciones sociales y económicas que existen entre esos proyectos?

Si la defensa de la democracia termina reducida a la defensa de las instituciones existentes, podemos perder de vista las razones por las cuales una parte de la ciudadanía dejó de sentirse representada por quienes históricamente las administraron.

Y entonces aparece la pregunta que quizá deberíamos habernos hecho desde mucho antes.

¿Y si la crisis democrática costarricense no consistiera solamente en la aparición de tendencias autoritarias, sino también en la incapacidad histórica de la propia democracia para cumplir suficientemente algunas de sus promesas sociales?

Tal vez ahí esté el centro del problema. No se trata de justificar ninguna tendencia autoritaria mediante la desigualdad.

La desigualdad no vuelve innecesaria la separación de poderes.

La pobreza no vuelve prescindible la independencia judicial.

La exclusión no justifica deslegitimar controles constitucionales.

Pero tampoco podemos invertir el razonamiento.

La existencia de elecciones libres no elimina la desigualdad.

La división de poderes no alimenta a una familia.

La libertad de expresión no garantiza movilidad social.

Una institucionalidad democrática puede ser jurídicamente robusta y, simultáneamente, resultar materialmente insuficiente para sectores importantes de la población.

Costa Rica continúa enfrentando desafíos relevantes de desigualdad y pobreza pese a mejoras recientes. Y la transformación económica de las últimas décadas ha distribuido de manera desigual algunos de sus beneficios.

Entonces quizás deberíamos abandonar una dicotomía demasiado sencilla: democracia versus autoritarismo.

Porque podría haber simultáneamente erosión institucional, crisis de representación, desigualdad, desafección partidaria, concentración económica, frustración social y emergencia de liderazgos personalistas.

Ninguno de esos fenómenos necesita explicar por sí solo todos los demás. Pero tampoco deberían estudiarse como si no tuvieran relación.

La democracia de las buenas maneras

Aquí aparece una última incomodidad. Es posible añorar un tiempo en que los presidentes hablaban con mayor cortesía, los conflictos institucionales parecían menos estridentes y el lenguaje público resultaba menos agresivo.

Las formas importan.

La democracia necesita límites también en el lenguaje porque el adversario debe continuar siendo un ciudadano legítimo después de terminada la discusión.

Pero las buenas maneras no constituyen por sí solas justicia social.

Una sociedad puede ser extraordinariamente cortés mientras reproduce desigualdades.

Puede respetar escrupulosamente el protocolo mientras determinadas personas permanecen excluidas.

Puede hablar en voz baja mientras distribuye muy desigualmente oportunidades y recursos.

Por eso quizá no sea suficiente preguntarnos cómo recuperar las buenas formas. La pregunta debería ser: ¿qué había detrás de aquellas buenas formas? Y también: ¿qué existe detrás de las malas formas actuales?

¿Qué democracia estamos defendiendo?

Quizá esta sea finalmente la pregunta.

No qué partido.

No qué líder.

No qué bando.

Qué democracia.

Una democracia donde los límites al poder sean reales. Donde ninguna victoria electoral entregue un cheque en blanco. Donde jueces, prensa, universidades, órganos de control, organizaciones sociales y oposición puedan cumplir sus funciones sin convertirse automáticamente en enemigos del pueblo. Pero también una democracia que no considere cumplida su misión porque cada cuatro años celebramos elecciones.

Una democracia capaz de preguntarse por desigualdad, exclusión, educación, trabajo, movilidad social y distribución efectiva de oportunidades. Una democracia política y también social.

No necesitamos escoger entre derechos y justicia social. Precisamente el desafío consiste en evitar que cualquiera de ellos sea utilizado para sacrificar al otro.

No necesitamos bandos para conocer

Después de todo este recorrido podemos regresar al problema inicial.

¿Cómo saber quién está viendo correctamente la realidad?

Quizá la pregunta esté mal formulada. No necesitamos encontrar al observador puro. Necesitamos un método que permita discutir nuestras interpretaciones. Y para eso no necesitamos bandos.

Necesitamos contradicción.

El bando busca evidencias que confirmen aquello que ya cree.

La contradicción busca también aquello que podría demostrar que está equivocado.

Si pensamos que existe una deriva autoritaria, debemos estudiar seriamente las evidencias que respaldan esa hipótesis. Pero también debemos buscar aquello que la contradice.

Si pensamos que el chavismo representa simplemente manipulación, debemos examinar las críticas legítimas que formula contra el sistema anterior.

Si pensamos que la institucionalidad costarricense debe ser defendida, debemos preguntarnos qué problemas produjo, toleró o no consiguió resolver.

Y si alguien anuncia una Nueva Costa Rica, debemos preguntarle concretamente qué tiene de nueva.

Nadie posee la verdad completa.

Pero de ahí no se sigue que todas las afirmaciones sean asimismo verdaderas o igualmente falsas.

La verdad no desaparece porque tengamos perspectivas.

Lo que desaparece es nuestro derecho a declararnos sus propietarios.

Epílogo según San Farol

San Farol continúa sentado sobre la valla.

Mira hacia la derecha.

Alguien predica la llegada de la Nueva Costa Rica.

Mira hacia la izquierda.

Alguien recuerda emocionado la Costa Rica de nuestros abuelos.

San Farol escucha pacientemente.

Ya ha aprendido bastante sobre democracia para ser una cajita de cartón.

Finalmente pregunta:

—¿Y si en lugar de escoger entre un paraíso que nunca existió y una tierra prometida que todavía nadie ha visto, construimos una democracia que no necesite inventarse ninguno de los dos?

Nadie responde.

San Farol se encoge de hombros.

Se acomoda sobre la valla.

Saca del bolsillo el tarrito.

Se pone un poquito más de crema de rosas.

Y espera, porque al fin y al cabo si existe una “tierra prometida” oficialista y un “paraíso perdido” opositor, quizá el verdadero problema democrático esté precisamente en aquello que ambos relatos necesitan olvidar.

Lero, lero, calzón de cuero. Queerizar la burla para pensar la democracia

Por Msc. Rodrigo H. Campos Hernández

Rodrigo Campos Hernández

Quizá dentro de algunos años, cuando intentemos recordar este extraño momento de la historia costarricense, no sean los grandes discursos políticos los que primero regresen a nuestra memoria. Tal vez recordemos una frase infantil:

“Lero, lero, calzón de cuero”.

Pronunciada por Rodrigo Chaves ante un ciudadano que cuestionaba por qué debía mostrar su cédula para ingresar a la Plaza Mayor de Cartago durante los actos de celebración de la Independencia, la expresión provocó indignación, risas, memes y comentarios de toda naturaleza.

Podríamos quedarnos allí. Podríamos responder a la burla con otra burla, fabricar el meme correspondiente y continuar la interminable batalla de las redes sociales.

Pero también podemos hacer algo diferente.

Podemos queerizar el lero lero.

Queerizar, en este caso, significa tomar aquello que pretendía ridiculizar, desplazarlo de su lugar original y devolverlo convertido en pregunta. Quitarle a la burla su capacidad de humillar y utilizarla para mirar críticamente las relaciones de poder que hicieron posible aquella escena.

Entonces el “lero lero” deja de ser una simple ocurrencia presidencial y comienza a preguntarnos cosas.

¿Cuándo dejamos de escucharnos?

La escena es sencilla.

Un ciudadano interpela a una autoridad pública. Pregunta por qué debe presentar su identificación para ingresar a un espacio donde se desarrolla una celebración nacional. La respuesta termina convertida en sarcasmo.

Podemos discutir si la pregunta era adecuada, si el ciudadano estaba molesto, si existían razones de seguridad para los controles o quién había tomado la decisión.

Pero queda una cuestión anterior a todas ellas:

¿qué sucede con la conversación democrática cuando quien pregunta deja de ser interlocutor y se convierte en objeto de burla?

La pregunta importa porque el episodio no ocurrió aisladamente.

Llegó después de meses de enfrentamientos entre el Poder Ejecutivo y otras instituciones, cuestionamientos al Poder Judicial, conflictos presupuestarios, acusaciones cruzadas, manifestaciones, discursos sobre seguridad, criminalidad y enemigos políticos.

Y ocurrió precisamente durante la celebración de la Independencia.

La fotografía de Cartago

Quizá la imagen más poderosa de aquella noche no sea ninguna declaración.

Es una valla.

De un lado estaban autoridades y simpatizantes gubernamentales dentro de la Plaza Mayor. Del otro, manifestantes contrarios al Gobierno que habían participado en la llamada faroleada por la democracia.

Hubo policías, controles, revisiones y restricciones de acceso.

También hubo autobuses que trasladaron simpatizantes gubernamentales desde diferentes regiones del país y distribución de alimentos, capas y banderas.

Las redes hicieron inmediatamente su trabajo y apareció uno de esos productos inevitables del humor político costarricense: el “escuadrón arroz con pollo”.

Podemos reírnos.

Pero después de la risa queda la fotografía:

unos adentro, otros afuera y una valla en medio.

No necesitamos afirmar que alguien diseñó deliberadamente aquella imagen para reconocer su enorme potencia simbólica.

Era Cartago.

Era la Plaza Mayor.

Era la Antorcha.

Era la víspera del 15 de septiembre.

Era una celebración que supuestamente nos recordaba aquello que compartimos.

Y aparecimos separados físicamente.

La escenografía del poder

Hay otro elemento que merece atención.

La política no solamente habla.

También se viste, camina, gesticula, organiza espacios, construye escenarios y produce imágenes.

Erlin Rojas llamó recientemente la atención sobre la vestimenta presidencial y recuperó una provocadora categoría contemporánea: el fascismo-core. Partiendo de la conocida reflexión de Walter Benjamin sobre la estetización de la política, la categoría permite preguntarnos cómo determinadas imágenes de autoridad, disciplina, seguridad y orden pueden circular culturalmente antes incluso de convertirse en formulaciones ideológicas explícitas.

Conviene ser prudentes.

Una capa azul no convierte a nadie en fascista.

Un despliegue policial tampoco demuestra por sí mismo la existencia de un régimen autoritario.

Y atribuir intenciones políticas precisas a una elección de vestuario sin evidencia sería sustituir análisis por especulación.

Pero observar la escena completa sí resulta legítimo.

Vestimenta presidencial austera. Policía. Vallas. Controles. Autoridades protegidas. Símbolos patrios. Discursos sobre seguridad. Ciudadanos separados.

El objeto de análisis deja entonces de ser una prenda.

Es la escenografía del poder.

La pedagogía de la excepcionalidad

Durante los últimos meses hemos utilizado una expresión para intentar comprender algunos de estos acontecimientos: pedagogía de la excepcionalidad.

No significa que Costa Rica viva necesariamente bajo un régimen de excepción.

Significa algo más sencillo y quizá más difícil de percibir: la posibilidad de que determinadas prácticas inicialmente extraordinarias vayan incorporándose paulatinamente a nuestra experiencia cotidiana.

Primero sorprenden.

Después se repiten.

Finalmente dejan de sorprender.

La pedagogía puede operar mediante discursos: inseguridad, amenazas, enemigos, crisis.

Puede materializarse mediante prácticas: escoltas, barreras, controles, dispositivos policiales.

Y ahora advertimos una tercera dimensión:

la estética.

También aprendemos mediante imágenes.

Aprendemos cómo luce la autoridad.

Cómo luce el peligro.

Quién debe ser protegido.

Quién debe ser vigilado.

Quién ocupa el centro.

Quién permanece afuera.

Pero aquí aparece una cuarta dimensión todavía más preocupante:

aprender quién merece ser escuchado.

Cuando al adversario político se le responde mediante la ridiculización, la lección puede ser sencilla: con determinadas personas ya no hace falta discutir.

Basta reírse.

Pero cuidado: el miedo también puede enseñarse desde la oposición

Aquí necesitamos detenernos.

Sería demasiado cómodo observar exclusivamente al Gobierno.

Durante meses, sectores opositores han advertido sobre autoritarismo, deterioro institucional, amenazas a la división de poderes y eventualmente tendencias fascistas.

Algunas advertencias se apoyan en acontecimientos concretos que merecen escrutinio.

Pero también debemos preguntarnos qué ocurre cuando cada nuevo acontecimiento es interpretado como confirmación definitiva de que la democracia está a punto de desaparecer.

Una hipótesis que explica absolutamente todo corre el riesgo de volverse imposible de refutar.

Si el Gobierno confronta, confirma el autoritarismo.

Si retrocede, fue porque la resistencia lo obligó.

Si aumenta la seguridad, confirma la excepcionalidad.

Si modera el discurso, podría interpretarse como estrategia.

Entonces debemos hacernos una pregunta incómoda:

¿qué evidencia nos haría cambiar de opinión?

La pregunta vale para todos.

También para nosotros.

Nosotros también sentimos el miedo

Esta reflexión no nace desde una supuesta neutralidad exterior.

Quienes observamos críticamente estos acontecimientos también podemos experimentar indignación, cansancio y temor.

Después de Cartago resulta comprensible que algunas personas piensen:

“Hasta aquí. Hay que hacer algo más fuerte”.

Pero precisamente ahí debemos observarnos.

Porque del otro lado puede estar ocurriendo exactamente el mismo proceso.

Algunos simpatizantes gubernamentales consideran que el Gobierno intenta transformar el país y que determinados sectores institucionales y políticos impiden hacerlo.

En redes sociales aparecen entonces palabras como “antipatriotas”, “traidores”, “zurdos” o “enemigos”.

Mientras tanto, desde sectores opositores aparecen “fascistas”, “dictadores” y otras categorías igualmente absolutas.

Las posiciones son distintas y sus fundamentos deben examinarse por separado. Pero pueden producir una emoción semejante:

miedo al otro.

Y cuando cada grupo comienza a considerar al otro una amenaza existencial, la política cambia.

Ya no discutimos sobre cuál Costa Rica queremos.

Comenzamos a discutir sobre quién tiene derecho a pertenecer a Costa Rica.

La ternera

Existe una expresión popular bastante menos académica que quizá explique mejor el problema:

tanto se le jala el rabo a la ternera que termina pateando.

Y cuando patea, poco importa hacia dónde.

Patea.

Una sociedad sometida permanentemente a tensión puede llegar a un punto donde un acontecimiento relativamente pequeño produzca consecuencias enormes.

Una provocación.

Una detención.

Un empujón.

Una actuación policial equivocada.

Una imagen difundida fuera de contexto.

Un video viral.

Después cada grupo podría decir:

“¿Ven? Nosotros teníamos razón”.

Y atribuir al otro toda responsabilidad.

Por eso quizá deberíamos preguntarnos si la principal amenaza inmediata no reside únicamente en determinadas acciones gubernamentales, sino también en la pérdida progresiva de nuestra capacidad colectiva para procesar democráticamente el conflicto.

¿Se rompió la excepcionalidad costarricense?

Durante décadas nos contamos una historia.

Costa Rica era diferente.

La Suiza centroamericana.

El país sin ejército.

El país del diálogo.

El país donde los conflictos se resolvían institucionalmente.

Esa representación siempre fue parcialmente mítica. Nuestra historia contiene desigualdad, exclusión, violencia y enfrentamientos sociales.

Pero los mitos nacionales también cumplen funciones sociales.

Quizá lo que se está quebrando no sea necesariamente la democracia costarricense, sino la representación que teníamos de nosotros mismos.

Nos miramos y ya no reconocemos aquella fotografía.

El 14 de septiembre Cartago ofreció otra:

dos grupos de costarricenses separados por una valla.

Y al día siguiente, durante otra ceremonia de Independencia, volvimos a observar enfrentamientos verbales entre autoridades nacionales y municipales.

Algo está ocurriendo.

Reconocerlo no exige anunciar una dictadura.

Pero negarlo tampoco parece sensato.

¿Pacifismo o blandenguería?

Entonces aparece otra vieja pregunta costarricense.

¿Nuestro pacifismo constituye una fortaleza democrática o simplemente hemos aprendido a soportarlo todo?

Probablemente pueda ser ambas cosas.

Existe un pacifismo que significa:

“Mejor no meterse”.

Eso puede convertirse en pasividad.

Pero existe otro:

“Estoy profundamente en desacuerdo con usted, protestaré contra usted y utilizaré todos los mecanismos democráticos disponibles, pero no necesito destruirlo para hacerlo”.

Eso no es debilidad.

Es una forma exigente de fortaleza democrática.

Protestar no contradice la paz.

Fiscalizar tampoco.

Denunciar abusos no destruye la convivencia.

Recurrir ante tribunales, organizarse, marchar, investigar, escribir, cuestionar y exigir explicaciones forman parte de una democracia viva.

La pregunta es cómo hacerlo sin reproducir aquello mismo que denunciamos.

Quizá no necesitamos unidad

Durante mucho tiempo hemos repetido otra expresión hermosa:

unidad en la diversidad.

Pero quizá estamos pidiéndole demasiado a la democracia.

No necesitamos estar unidos.

No necesitamos pensar parecido.

Ni siquiera necesitamos caernos bien.

Podemos sostener proyectos de país profundamente incompatibles.

Lo indispensable es algo anterior:

reconocimiento mutuo de legitimidad.

Yo acepto que usted pertenece legítimamente a esta comunidad política aunque quiera una Costa Rica distinta de la que deseo.

Y usted reconoce exactamente lo mismo en mí.

Mientras eso exista, tenemos adversarios.

Cuando desaparece, comenzamos a fabricar enemigos.

Quitar la valla

Al principio parecía sencillo decir:

hay que quitar la valla.

Ahora sabemos que no basta.

Primero debemos preguntarnos si quienes están a ambos lados desean quitarla.

Porque ninguna convivencia democrática puede reconstruirse unilateralmente.

Tampoco significa tolerarlo todo.

Diálogo no significa sometimiento.

Pacifismo no significa pasividad.

Pluralismo no significa aceptar la destrucción del pluralismo.

Esperanza no significa ingenuidad.

Quizá necesitamos algo bastante más difícil:

vigilancia democrática sin pánico; resistencia sin odio; movilización sin violencia; denuncia sin exageración; esperanza sin ingenuidad.

No porque exista una vía correcta perfectamente trazada.

Precisamente porque no existe.

Volvamos al “lero lero”

Y entonces regresamos al comienzo.

Lero, lero, calzón de cuero.

Queericemos la frase.

Quitemos al insulto su capacidad de cerrar la conversación y obliguémoslo a abrirla.

Que ya no signifique:

“No merezco responderle”.

Que nos obligue, por el contrario, a preguntar:

¿cuándo dejamos de escucharnos?

¿En qué momento convertimos al adversario en enemigo?

¿Qué estamos aprendiendo a considerar normal?

¿Qué límites democráticos no estamos dispuestos a abandonar?

¿Qué tendría que ocurrir para que cambiáramos nuestra interpretación de los acontecimientos?

¿Podemos protestar sin odiarnos?

¿Podemos defender nuestras instituciones sin convertir el miedo en nuestra principal herramienta política?

¿Podemos disentir radicalmente y continuar reconociéndonos como costarricenses igualmente legítimos?

Quizá la democracia no dependa de encontrar respuestas idénticas.

Tal vez dependa de conservar el espacio donde todavía podamos formularnos juntos esas preguntas.

Porque el verdadero problema no comenzará cuando desaparezca la valla de la Plaza Mayor.

Comenzará si algún día descubrimos que la valla ya no necesita estar allí porque la llevamos instalada dentro de nosotros.

Y entonces ningún “lero lero” tendrá gracia.

Después de la Segunda República: Neoliberalismo, hegemonía y la disputa por el futuro de Costa Rica

Por MSc. Rodrigo H. Campos Hernández

Rodrigo Campos Hernández

Hay cifras que informan y cifras que obligan a pensar. El 64 % de valoración positiva que registra la presidenta Laura Fernández en la encuesta publicada por el Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica (CIEP-UCR) pertenece a la segunda categoría.

No se trata de una encuesta improvisada en redes sociales ni de una medición contaminada por granjas de bots. El estudio entrevistó a 994 personas adultas mediante una muestra aleatoria de telefonía celular, con un margen de error de ±3,1 puntos porcentuales y un nivel de confianza del 95 %. El resultado es contundente: 64 % califica positivamente la gestión presidencial, 25 % negativamente y 11 % mantiene una valoración neutra. Cuando se pregunta directamente si se respalda al Gobierno, la cifra alcanza el 69 %.

El dato resulta todavía más interesante por el momento en que se produce. Costa Rica atraviesa una seria discusión sobre seguridad y crimen organizado, tensiones alrededor del presupuesto público, enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Poder Judicial y un ambiente político crecientemente confrontativo. A pesar de ello, la popularidad presidencial permanece elevada.

La reacción más sencilla sería preguntarse: ¿cómo es posible que tanta gente no vea lo que está ocurriendo?

Quizá esa sea la pregunta equivocada.

Tal vez no estamos frente a personas incapaces de ver la realidad. Quizá estamos frente a personas que observan la misma realidad, pero han aprendido a interpretarla mediante categorías diferentes.

Y si esto es así, el problema deja de ser electoral.

Se convierte en un problema de hegemonía.

No necesariamente se vota contra los propios intereses

Desde cierta izquierda se ha repetido durante décadas una afirmación aparentemente evidente: “la clase trabajadora vota contra sus propios intereses”.

Pero esa frase contiene una trampa: Presupone que nosotros conocemos los intereses de las personas mejor que ellas mismas.

El trabajador que respalda a Laura Fernández puede estar votando exactamente de acuerdo con los intereses que ha aprendido históricamente a reconocer como propios: quiere pagar menos impuestos, quiere seguridad, considera injusto que el Estado “mantenga vagos”, desea eliminar “privilegios”, aspira a emprender, quiere que los empleados públicos trabajen, quiere delincuentes encarcelados y quiere, finalmente, que “dejen gobernar”.

Ese mismo trabajador posiblemente utiliza la Caja Costarricense de Seguro Social, envía a sus hijos a la educación pública, espera que alguno pueda ingresar a una universidad estatal, utiliza infraestructura financiada colectivamente y espera recibir una pensión cuando llegue a la vejez.

No necesariamente experimenta contradicción alguna entre ambas cosas.

Porque esos elementos no están articulados políticamente como un sistema.

Ahí está la hegemonía.

Antonio Gramsci comprendió tempranamente que ninguna clase puede gobernar de manera estable recurriendo exclusivamente a la coerción. Necesita conseguir que una determinada interpretación del mundo aparezca como razonable, natural y hasta evidente.

Mucho después, Stuart Hall analizaría el neoliberalismo precisamente desde esa dimensión cultural. Su éxito no dependió solamente de privatizaciones, apertura comercial o disciplina fiscal. Dependió también de construir sujetos capaces de reconocerse dentro de sus categorías.

La hegemonía no consiste en convencer al explotado de que disfrute su explotación.

Consiste en conseguir que interprete su experiencia mediante categorías funcionales al orden existente.

El neoliberalismo también ocurrió dentro de nosotros

“El pobre es pobre porque quiere”.

“Hay trabajo para quien realmente quiere trabajar”.

“Sea su propio jefe”.

“Todo depende de su actitud”.

“Cambie usted y el mundo cambiará”.

Estas expresiones parecen inocentes. Incluso pueden resultar motivadoras. Pero detrás de ellas existe una profunda transformación cultural.

El desempleo deja de relacionarse con la estructura económica y comienza a explicarse mediante falta de iniciativa personal. La pobreza deja de ser una relación social y se convierte en fracaso individual. La precariedad laboral se transforma en falta de emprendimiento. El éxito demuestra mérito; el fracaso revela insuficiencia personal.

El sujeto colectivo se fragmenta.

Ya no somos trabajadores insertos en determinadas relaciones de producción. Somos emprendedores, colaboradores, consumidores, usuarios y contribuyentes.

Una persona puede pertenecer objetivamente a la clase trabajadora y subjetivamente imaginarse completamente fuera de ella.

Quizá por eso uno de los mayores triunfos del neoliberalismo costarricense no ocurrió en el Ministerio de Hacienda.

Ocurrió en nuestras cabezas.

Y ese triunfo cultural ayuda a explicar una paradoja fundamental: personas que dependen materialmente de instituciones públicas pueden apoyar proyectos que pretenden reducirlas.

No necesariamente han sido engañadas.

Han aprendido a imaginar su bienestar como resultado fundamentalmente individual.

Esto no comenzó con Rodrigo Chaves

Responsabilizar al chavismo de haber inventado todo aquello que hoy preocupa sería históricamente cómodo.

También sería falso.

La transformación del Estado costarricense comenzó mucho antes.

La crisis económica de comienzos de los años ochenta abrió el camino a programas de estabilización y ajuste estructural. A partir de entonces comenzó una transformación progresiva del modelo de desarrollo: apertura comercial, promoción de exportaciones, atracción de inversión extranjera, disciplina fiscal, transformación institucional y redefinición de las funciones económicas y sociales del Estado.

PLN y PUSC participaron, con diferencias, conflictos y ritmos distintos, en ese proceso. Posteriormente también lo hicieron las administraciones del PAC.

Decir esto no significa afirmar que todos los gobiernos hayan sido iguales. Las diferencias importan.

Pero las continuidades también.

Y existe un episodio reciente particularmente revelador.

Rodrigo Chaves no ingresó inicialmente a la política costarricense como dirigente antisistema ni como enemigo de las élites que posteriormente denunciaría.

Después de 27 años trabajando en el Banco Mundial, fue nombrado ministro de Hacienda por Carlos Alvarado en noviembre de 2019. El comunicado oficial de Presidencia estableció entre sus tareas continuar la consolidación fiscal, sanear las finanzas públicas y mejorar la eficiencia del gasto.

El dato merece ser recordado.

Chaves entró al Estado costarricense no para romper con el proceso de transformación económica existente, sino para administrar una de sus dimensiones fundamentales.

Eso obliga a formular una hipótesis incómoda: ¿y si el chavismo no representa la ruptura con el neoliberalismo costarricense, sino su mutación política?

Cuando el consenso deja de ser suficiente

Durante cuatro décadas las transformaciones económicas avanzaron mediante negociaciones, reformas parciales, pactos, resistencias sociales y límites institucionales.

El resultado fue contradictorio.

El Estado social sobrevivió, pero no permaneció intacto.

Sobrevivieron la CCSS, las universidades públicas, instituciones autónomas, derechos laborales y una determinada concepción de ciudadanía social.

Simultáneamente avanzaron la mercantilización, la disciplina fiscal, la desigualdad, la precarización laboral y una creciente deslegitimación cultural de lo público.

Quizá el chavismo haya identificado algo que los reformadores anteriores no pudieron resolver completamente: el obstáculo pendiente ya no es solamente económico. Es político y cultural.

Laura Fernández ha denominado “Tercera República” al proceso político que pretende impulsar y ha hablado de transformaciones profundas.

Conviene tomar esas palabras en serio, aunque nuestra interpretación no tenga por qué coincidir con la del Gobierno.

Porque la pregunta relevante no es qué significa retóricamente “Tercera República”.

La pregunta es qué transformaciones materiales podrían terminar asociándose con ella.

Y aquí podemos formular una hipótesis provisional: podríamos estar frente al intento de culminar una transformación neoliberal mediante una nueva forma política: un Estado económicamente menos universalista, políticamente más ejecutivo y penalmente más fuerte.

Un Estado selectivamente fuerte

Nicos Poulantzas introdujo hacia el final de su obra la categoría de “estatismo autoritario” para describir transformaciones de las democracias capitalistas caracterizadas por el fortalecimiento del Ejecutivo, la pérdida de capacidad de determinadas mediaciones políticas y una creciente concentración de decisiones estatales.

No estamos afirmando que la Costa Rica actual corresponda mecánicamente a aquella categoría.

Las categorías sirven para pensar, no para sustituir la realidad.

Pero Poulantzas permite cuestionar una asociación particularmente engañosa: neoliberalismo no significa necesariamente Estado débil, puede significar Estado selectivamente fuerte.

Menos Estado para redistribuir.

Más Estado para disciplinar.

Menos universalidad social.

Más disciplina fiscal.

Menor capacidad colectiva de negociación.

Mayor capacidad administrativa.

Menos protección.

Más control.

Menos bienestar.

Más seguridad.

El aparente “Estado mínimo” puede convertirse entonces en un Estado extraordinariamente fuerte precisamente allí donde necesita garantizar orden.

Y aquí la seguridad adquiere una función política fundamental.

El miedo no necesita enemigos imaginarios

El crimen organizado existe.

Los homicidios existen.

El narcotráfico existe.

La inseguridad ciudadana existe.

Negarlo sería absurdo.

Precisamente porque la amenaza es real, no resulta necesario inventarla.

Lo políticamente relevante es cómo esa amenaza se interpreta, se jerarquiza y se convierte en argumento para determinadas soluciones.

La encuesta del CIEP ofrece una pista formidable.

Entre las acciones gubernamentales mencionadas positivamente, seguridad y lucha contra el crimen representan 24,3 % y sistema penitenciario 23,1 %. Juntas concentran 47,4 % de las menciones positivas.

El apoyo posee entonces un relato extraordinariamente sencillo: seguridad, cárcel, orden.

El descontento, en cambio, aparece fragmentado entre numerosas preocupaciones.

Aquí debemos proceder cuidadosamente.

No existe evidencia suficiente para afirmar que el Gobierno esté produciendo deliberadamente una crisis de seguridad con el objetivo posterior de justificar medidas excepcionales.

Afirmarlo significaría sustituir investigación por sospecha.

Pero existe otra hipótesis más sólida.

Una crisis real puede convertirse en una estructura de oportunidad política para legitimar transformaciones que, fuera de esa crisis, resultarían mucho más difíciles de aceptar.

No hace falta conspiración. Hace falta oportunidad.

La pedagogía de la excepcionalidad

Si la inseguridad permanece como preocupación fundamental; si determinadas instituciones encargadas de combatirla son representadas como ineficientes; si jueces, fiscales, diputados o controles constitucionales comienzan a aparecer como obstáculos; si simultáneamente se fortalecen las políticas penitenciarias y entran en la discusión pública nuevas formas de cooperación internacional en seguridad, la frontera entre lo normal y lo excepcional comienza lentamente a desplazarse.

La propia presidenta ha declarado que determinadas operaciones terrestres estadounidenses podrían resultar beneficiosas frente al crimen transnacional, aunque también ha aclarado que no existe actualmente una operación concreta y que cualquier ingreso requeriría autorización legislativa.

Precisamente por eso el punto no consiste en anunciar tropas estadounidenses recorriendo mañana las calles costarricenses. Sería irresponsable. El fenómeno interesante es otro: algo que anteriormente habría parecido políticamente extraordinario ha ingresado en el campo de las posibilidades discutibles.

Y una sociedad comienza a transformarse mucho antes de que cambien sus leyes. Comienza a transformarse cuando cambia aquello que considera razonable.

“No nos dejan gobernar”

Otro dato del CIEP adquiere entonces una importancia enorme: El 75 % considera que existen actores que obstaculizan la labor de Laura Fernández. Entre quienes perciben obstáculos, las principales menciones recaen sobre la Asamblea Legislativa y sus diputaciones, con 35 %, y los partidos de oposición, con 33 %.

El conflicto institucional puede entonces dejar de funcionar como costo político. Puede convertirse en prueba de autenticidad. “Si todos se oponen al Gobierno, debe ser porque está tocando intereses”.

La universidad critica: forma parte del sistema.

El Poder Judicial protesta: defiende privilegios.

Los sindicatos se movilizan: protegen intereses particulares.

Los partidos se oponen: no dejan gobernar.

La evidencia contraria termina confirmando la narrativa.

Ernesto Laclau estudió precisamente cómo demandas heterogéneas pueden articularse mediante la construcción de una frontera política que separa “el pueblo” de aquellos representados como responsables de impedir la satisfacción de sus demandas.

Entonces el 64 % deja de ser únicamente un indicador de popularidad. Comienza a mostrarnos una posible reorganización del sentido común.

No existe una sola clase dominante

Llegados a este punto sería tentador preguntar quién está detrás de todo esto.

La pregunta puede conducirnos nuevamente a una simplificación.

No existe “la clase dominante” como un sujeto homogéneo reunido alrededor de una mesa.

Poulantzas insistió en comprender el Estado como condensación material de relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase.

Capital financiero, exportador, comercial, inmobiliario, turístico, empresas transnacionales, sectores vinculados a zonas francas y empresariado nacional no poseen intereses perfectamente idénticos.

Algunas de esas fracciones pueden compartir objetivos como disciplina fiscal, apertura económica, reducción de determinadas cargas o flexibilización y simultáneamente rechazar inseguridad jurídica, enfrentamiento con los tribunales, imprevisibilidad administrativa o excesiva concentración personalista del poder.

Aquí aparece una contradicción importante: las élites tradicionales pueden rechazar las formas del chavismo mientras comparten partes importantes de su horizonte económico.

Eso permite comprender también por qué fuerzas políticas que participaron históricamente en transformaciones económicas de orientación semejante pueden enfrentarse hoy al Gobierno.

Quizá una parte de la disputa no enfrente neoliberalismo contra Estado social. Podría enfrentar: neoliberalismo institucionalizado frente a neoliberalismo plebiscitario y securitario.

El primero reforma negociando con las mediaciones existentes. El segundo puede comenzar a considerar esas mediaciones precisamente como el problema.

¿Terminar lo que comenzó en los ochenta?

Aquí nuestra hipótesis adquiere su forma más provocadora.

El chavismo podría no haber llegado para destruir el proceso iniciado durante los años ochenta.

Podría haber llegado convencido de que finalmente puede culminarlo, no porque exista necesariamente un plan maestro elaborado hace cuarenta años. Los procesos históricos no funcionan así.

Gobiernos cambian. Intereses cambian. Fracciones de clase compiten. Existen resistencias, retrocesos, improvisaciones y contingencias. Pero una dirección estructural puede sobrevivir a quienes inicialmente la impulsaron, y puede encontrar, décadas después, una forma política más adecuada para profundizarse.

En ese sentido, la “Tercera República” podría terminar significando algo mucho más profundo que un cambio de gobierno. Podría expresar la tentativa de sustituir definitivamente el pacto social que, con todas sus contradicciones, estructuró la Costa Rica posterior a 1949.

La incómoda posición de la izquierda

Aquí el análisis debe dirigirse también hacia quienes nos ubicamos en la izquierda.

Defender la independencia judicial, las libertades públicas, la división de poderes, las universidades públicas y los controles constitucionales resulta indispensable. Pero defender la democracia liberal no obliga a convertirla en horizonte último de emancipación humana.

Podemos defender elecciones libres y preguntar simultáneamente cuánta democracia existe dentro de una empresa.

Podemos defender el Estado de derecho y preguntar qué libertad material posee quien debe aceptar condiciones laborales precarias para sobrevivir.

Podemos defender igualdad jurídica y preguntarnos qué igualdad política real existe cuando la riqueza se concentra extraordinariamente.

El problema aparece cuando la defensa democrática reúne al Frente Amplio con PLN, sectores provenientes del PAC y otras fuerzas sin que resulte suficientemente visible dónde termina la alianza táctica para defender instituciones y dónde comienza el proyecto alternativo de la izquierda.

Porque el chavismo obtiene entonces gratuitamente la imagen que necesita:

“ellos”: Partidos tradicionales, izquierda, sindicatos, universidades, instituciones y “privilegiados”.

Frente a: “nosotros”: El pueblo al que no dejan gobernar.

Cuando la izquierda conserva y la derecha promete transformar

Aquí aparece quizá la inversión política más inquietante de todas.

La izquierda defiende la CCSS.

Defiende las universidades.

Defiende derechos laborales.

Defiende convenciones colectivas.

Defiende pensiones.

Defiende instituciones públicas.

Y tiene razones históricas poderosas para hacerlo.

Pero defender conquistas no equivale todavía a construir futuro.

Mientras tanto, la derecha habla de: cambio, ruptura, transformación, refundación, Tercera República.

La paradoja resulta brutal: la izquierda corre el riesgo de convertirse en la fuerza conservadora de la Segunda República mientras la derecha se apropia del lenguaje revolucionario.

El Frente Amplio posee propuestas programáticas diferentes. Negarlo sería intelectualmente deshonesto. Pero un programa no constituye hegemonía.

Una alternativa contrahegemónica necesita organización social, presencia territorial, comunidades, sindicatos renovados, movimientos sociales, jóvenes, intelectuales orgánicos, producción cultural, pedagogía política y una imagen del futuro capaz de convertirse en deseo colectivo. No basta escribir la sociedad que queremos. Hay que conseguir que millones de personas quieran vivir en ella.

El vacío dejado por la izquierda

Y aquí Costa Rica deja de ser excepcional.

La reciente victoria de Alternative für Deutschland (AfD) en Sajonia-Anhalt, Alemania, donde obtuvo cerca del 44 % de los votos, debería obligarnos a pensar.

No porque Costa Rica y Alemania sean sociedades equivalentes. No lo son. Sino porque determinadas fuerzas de extrema derecha parecen haber comprendido algo que buena parte de la izquierda perdió de vista: La política no consiste solamente en administrar intereses. También consiste en producir sentido.

Al trabajador precarizado le dicen: alguien te quitó aquello que merecías.

Al habitante de territorios abandonados: las élites se olvidaron de vos.

Al pequeño empresario: el Estado te asfixia.

Al ciudadano asustado: recuperaré el orden.

Y al conjunto:

“Vos no fracasaste. Te traicionaron”.

Podemos cuestionar esas respuestas, pero antes debemos comprender por qué encuentran receptores.

Cuando desapareció el otro futuro

La caída del llamado socialismo real entre 1989 y 1991 significó mucho más que una derrota geopolítica. Contribuyó a destruir un horizonte.

Durante buena parte del siglo XX, capitalismo y socialismo aparecieron —con todas sus variantes, horrores, conquistas y contradicciones— como futuros posibles.

Después de 1989 comenzó a consolidarse la idea de que el capitalismo no constituía una forma histórica de organizar la sociedad, sino prácticamente la única realidad imaginable.

China demuestra que las relaciones entre planificación, mercado, propiedad, tecnología y Estado pueden adoptar configuraciones distintas, aunque su trayectoria histórica sea singular y resulte imposible trasladarla mecánicamente a otras sociedades.

Cuba y Nicaragua obligan, desde experiencias completamente diferentes, a discutir también los límites de proyectos que se presentan como alternativas al capitalismo liberal. Ser socialista no debería exigir suspender nuestra capacidad crítica precisamente cuando analizamos experiencias realizadas en nombre del socialismo.

Mark Fisher denominó “realismo capitalista” a esa dificultad contemporánea para imaginar una organización social más allá del capitalismo.

Quizá allí resida una parte fundamental de nuestra crisis.

La izquierda no perdió solamente elecciones: Perdió, en buena medida, el monopolio sobre la idea de futuro.

Defender ya no alcanza

Durante demasiado tiempo las fuerzas progresistas han sido colocadas a la defensiva:

Defender la Caja.

Defender el FEES.

Defender salarios.

Defender pensiones.

Defender sindicatos.

Defender instituciones.

Defender la democracia.

Todo ello puede resultar indispensable.

Pero resistir solamente responde una pregunta: ¿qué no queremos perder? No responde la pregunta decisiva: ¿qué queremos construir?

Una izquierda transformadora no debería limitarse a defender condiciones laborales de quienes todavía conservan derechos. Debería universalizarlos.

No solamente defender buenas pensiones para quienes aún las tienen, sino garantizar una vejez digna para todos.

No solamente defender estabilidad en el empleo público, sino combatir la precarización laboral pública y privada.

No solamente defender las universidades estatales, sino convertir el acceso al conocimiento superior en un derecho material para las clases populares en todo el territorio.

No defender privilegios: Universalizar conquistas.

Ese pequeño desplazamiento cambia completamente la conversación: Convierte una reivindicación defensiva en proyecto político.

¿Qué viene después de la Segunda República?

Llegamos entonces a la pregunta que quizá debimos hacernos desde el principio.

La Segunda República fue una construcción histórica. No apareció naturalmente. Tampoco constituye el destino eterno de Costa Rica.

Construyó instituciones extraordinarias, amplió derechos y desarrolló mecanismos de integración social que marcaron profundamente nuestra historia. También produjo exclusiones, contradicciones y límites que no debemos romantizar. Pero el consenso que la sostuvo parece agotarse.

El chavismo ya ofrece una respuesta para aquello que debería venir después: La llama Tercera República.

Quienes no compartimos ese proyecto tendremos que hacer algo mucho más ambicioso que defender indefinidamente aquello que todavía sobrevive del anterior. Tendremos que imaginar nuestra propia respuesta.

¿Qué significaría una Costa Rica donde el aumento de productividad producido por inteligencia artificial y automatización se convierta en reducción del tiempo de trabajo y no en desempleo?

¿Por qué no discutir una jornada laboral de treinta horas?

¿Por qué no ampliar sustancialmente la propiedad cooperativa?

¿Por qué los trabajadores no deberían participar en las decisiones estratégicas de las empresas?

¿Por qué la vivienda debe funcionar fundamentalmente como mercancía?

¿Por qué los cuidados continúan siendo tratados como responsabilidad privada?

¿Por qué no pensar una banca pública deliberadamente orientada hacia una transformación productiva ecológica?

¿Por qué no discutir formas públicas y comunitarias de propiedad sobre determinadas infraestructuras tecnológicas y datos?

¿Por qué no construir una política de seguridad capaz de perseguir implacablemente al crimen organizado mientras combate simultáneamente desigualdad, exclusión educativa y abandono territorial?

¿Por qué la democracia debe detenerse en la puerta del lugar de trabajo?

Eso todavía no constituye un programa. Es algo anterior. Es recuperar el derecho a imaginar.

Recuperar el futuro

La crisis histórica de la izquierda no consiste solamente en perder elecciones. Consiste en haber perdido, durante demasiado tiempo, la capacidad de hacer deseable otra sociedad.

Mientras tanto, nuevas derechas han comprendido el vacío y están intentando ocuparlo.

Por eso nuestra tarea no puede reducirse a conservar aquello que todavía queda de la Segunda República.

Hay que volver a imaginar el futuro.

No sabemos todavía cómo llamar a esa nueva Costa Rica. Tampoco sabemos exactamente cómo construirla.

Pero una transformación auténticamente democrática, solidaria, socialista y ecológica tendrá que recuperar aquello que cuatro décadas de neoliberalismo consiguieron debilitar: la convicción de que los grandes problemas colectivos no se resuelven individualmente y de que una sociedad conserva el derecho democrático de decidir cómo organiza su economía, distribuye su riqueza, utiliza su tecnología y construye su vida en común.

Quizá una revolución del siglo XXI comience precisamente allí. No necesariamente tomando un palacio. Sino recuperando algo que parecía habernos sido arrebatado: la posibilidad de imaginar que las cosas pueden organizarse de otra manera.

Porque si nosotros no somos capaces de imaginar qué viene después de la Segunda República, otros ya lo están haciendo por nosotros. Y hasta le han puesto nombre:

Tercera República.

Referencias orientadoras

CIEP-UCR. (2026). Informe de resultados de la encuesta CIEP-UCR, septiembre de 2026. Universidad de Costa Rica.

Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? Caja Negra.

Gramsci, A. (1981-2000). Cuadernos de la cárcel. Ediciones Era.

Hall, S. (2018). El largo camino de la renovación: el thatcherismo y la crisis de la izquierda. Lengua de Trapo.

Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.

Poulantzas, N. (1979). Estado, poder y socialismo. Siglo XXI.

¿Qué diablos están haciendo esos muchachos? O del extraño sentido de farmear aura

Rodrigo Campos Hernández

Por MSc. Rodrigo H. Campos Hernández

Confieso que cuando vi por primera vez los videos tuve una reacción bastante poco sociológica: «¡Qué estupidez!», pensé.

Un grupo de jóvenes se enfrentaba mediante movimientos extraños, poses, miradas, caminatas, gestos exagerados y actitudes cuidadosamente despreocupadas. Todo ello para determinar quién poseía más «aura». No había premio, aparentemente tampoco una finalidad demasiado clara y, para empeorar las cosas, aquello ocurría en el Pretil de Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica.

Mi siguiente pensamiento tampoco fue particularmente profundo: «¿Hasta dónde hemos llegado?».

Afortunadamente, antes de escribir alguna barbaridad en redes sociales cometí el error —o quizá la virtud— de hacerme una pregunta:

¿Y si aquí estuviera ocurriendo algo más interesante de lo que parece?

El problema comenzó entonces, porque una pregunta condujo a otra y, cuando quise darme cuenta, aquellos muchachos que aparentemente estaban perdiendo treinta minutos de su vida me habían hecho perder varias horas de la mía intentando comprender qué diablos estaban haciendo. Tal vez, después de todo, habían ganado la primera batalla de aura.

Primero había que entender de qué estábamos hablando

«Farmear aura» no tiene, al menos en este contexto, ninguna relación con energías místicas, chakras ni campos electromagnéticos humanos. “Farmear” procede de la jerga de los videojuegos y alude a realizar determinadas acciones para acumular recursos o puntos. El «aura», en cambio, funciona en la cultura digital como una suerte de marcador imaginario de carisma, seguridad, estilo o presencia.

Una entrada espectacular puede significar «+1000 de aura». Tropezarse cuando todos están mirando podría significar perder unos cuantos miles.

La expresión circuló primero como meme en redes sociales y posteriormente dio un salto bastante interesante: salió de las pantallas y se convirtió en competencia presencial. En las llamadas «batallas de aura» dos personas se enfrentan mediante gestos, movimientos, poses o pequeñas actuaciones, mientras quienes observan reaccionan y terminan decidiendo, sin reglamentos demasiado sofisticados, quién ganó.

En Costa Rica el fenómeno adquirió notoriedad después de una batalla realizada el 17 de agosto de 2026 en el Pretil de la Universidad de Costa Rica. Los videos se hicieron virales y, casi inmediatamente, también lo hicieron los comentarios: vagos, ridículos, mantenidos, adoctrinados, estudiantes del Frente Amplio, muchachos que desperdician el dinero de sus padres y, por supuesto, el inevitable «¿para eso pagamos impuestos?».

El asunto se volvió todavía más curioso porque uno de los participantes contó después que originalmente había ido solamente a observar y que el encuentro, que comenzó tímidamente, terminó reuniendo, según su estimación, a unas 300 personas. Además, ya comenzaron a anunciarse nuevas batallas en otros lugares.

De pronto, el sinsentido estaba convocando gente, y esto merece atención.

Cuando una tontería produce demasiada indignación deja de ser solamente una tontería.

Podríamos aceptar, por un momento, la hipótesis más severa. Supongamos que farmear aura es una estupidez; bien, pero el problema sociológico no desaparece. Por el contrario, apenas comienza: ¿Por qué una estupidez provoca semejante reacción social?

Los seres humanos hacemos diariamente cantidades considerables de cosas perfectamente inútiles. Bailamos, coleccionamos objetos, vemos durante horas a veintidós personas persiguiendo una pelota, discutimos con desconocidos en Facebook, pagamos por escuchar a otras personas cantar canciones que ya tenemos grabadas y algunos incluso pasamos madrugadas enteras escribiendo artículos para tratar de explicar por qué unos muchachos hacen movimientos raros en el Pretil.

La inutilidad, por sí misma, difícilmente explica la indignación.

Johan Huizinga (2007) sostuvo hace décadas, en Homo ludens, una tesis bastante más seria de lo que su título podría sugerir: el juego no es simplemente una actividad residual que realizamos después de las cosas importantes. Constituye uno de los espacios desde los cuales se produce cultura. La cultura también se juega.

Quizá convenga entonces dejar de preguntar únicamente qué «utilidad» tiene farmear aura y preguntar ¿qué relaciones, símbolos, aprendizajes y significados produce mientras se juega? La respuesta empieza a complicar el asunto.

Hay que salir de Internet para farmear aura

Aquí aparece una primera paradoja. Nos hemos acostumbrado a escuchar que los jóvenes viven encerrados en las pantallas, que ya no conversan, que no salen, que perdieron contacto con el mundo real, que TikTok destruyó sus capacidades de socialización y que pronto habrá que enseñarles mediante un tutorial cómo mirar a otro ser humano a los ojos. Y entonces ocurre algo inesperado: Una práctica nacida y difundida en la cultura digital los obliga a encontrarse físicamente.

Para participar en una batalla de aura hay que estar ahí.

Hay cuerpos, miradas, gestos, proximidad, espectadores, risas, vergüenza, reconocimiento y competencia.

El circuito ya no es simplemente digital. Funciona más bien así:

red → encuentro presencial → performance → grabación → red → nuevo encuentro

La cultura digital, paradójicamente, termina produciendo presencialidad.

Erving Goffman (2009) habría encontrado el espectáculo delicioso. En La presentación de la persona en la vida cotidiana explicó la interacción social mediante una metáfora dramatúrgica: nos presentamos ante otros, actuamos, administramos impresiones y necesitamos una audiencia capaz de reconocer aquello que intentamos proyectar.

Pues bien: no se puede farmear aura completamente solo. El aura necesita ojos ajenos. Sin espectadores no hay reconocimiento y sin reconocimiento el capital acumulado resulta bastante inútil.

Bienvenidos al capitalismo áurico

Porque, además, los muchachos no se reúnen únicamente para cooperar: “Compiten”, y aquí la práctica se vuelve todavía más interesante. Durante unos minutos parecen escapar de las exigencias productivas del mundo adulto, pero inmediatamente inventan otra competencia. No compiten por dinero, por créditos universitarios, por una beca ni compiten por promedio académico; compiten por algo absolutamente inexistente y, simultáneamente, perfectamente real dentro del juego: el aura.

Bourdieu (2008) probablemente nos permitiría cometer aquí una pequeña travesura conceptual y hablar, con todas las precauciones del caso, de una especie de “capital áurico”: un capital simbólico efímero cuyo valor existe porque otros participantes reconocen que existe.

No se puede depositar en un banco, tampoco sirve para pagar la matrícula y menos para mejorar el currículo. Pero durante treinta minutos organiza jerarquías, produce reconocimiento y establece quién ocupa la posición dominante dentro de aquel pequeño universo. Los jóvenes suspenden momentáneamente una sociedad competitiva para construir…otra competencia. Nada mal como metáfora involuntaria de nuestro tiempo.

El Pretil no es cualquier lugar

Ahora imaginemos exactamente la misma escena en una universidad privada. Los mismos movimientos, la misma ropa, las mismas risas, la misma cantidad de jóvenes, el mismo tiempo perdido. ¿Habría provocado idéntica indignación?

No podemos responder científicamente sin realizar la comparación. Pero la pregunta constituye un magnífico experimento mental. Porque desaparecería inmediatamente una acusación: «¿Para eso pagamos impuestos»? y probablemente resultarían bastante más difíciles otras: «adoctrinados», «comunistas», «Frente Amplio».

Entonces aparece la sospecha de que parte de la controversia no tiene como verdadero objeto el aura farming. Tiene como objeto la Universidad de Costa Rica, y no cualquier espacio de ella: el Pretil.

Los espacios también poseen memoria y significado. Henri Lefebvre (2013) insistió en que el espacio social no es simplemente un recipiente dentro del cual ocurren las cosas: las prácticas sociales producen espacio.

El Pretil posee una extraordinaria densidad simbólica en la historia universitaria costarricense. Allí esperamos encontrar estudiantes conversando, manifestándose, organizándose, protestando o haciendo eso que solemos considerar propio de estudiantes de una universidad prestigiosa.

La UCR, además, no es una institución académica cualquiera. En la clasificación QS correspondiente a 2026 aparece como la universidad número uno de Costa Rica y de Centroamérica, número 16 de América Latina y 499 del mundo.

Y de pronto algunos de «los mejores estudiantes del país» aparecen haciendo visajes para determinar quién posee más aura. La escena rompe el guion. Pero ocurre algo todavía más interesante: Si los estudiantes de la universidad pública protestan, para algunos están adoctrinados, si se organizan políticamente, son izquierdistas, si cuestionan al Gobierno, son revoltosos y si durante el receso hacen movimientos absurdos para divertirse…son vagos.

Entonces surge una pregunta bastante incómoda:

¿Qué se supone exactamente que deben hacer para comportarse como buenos estudiantes de una universidad pública?

Quizá el problema no sea lo que hacen. Quizá algunas personas ya habían decidido qué significa «estudiante de la UCR» antes de mirar el video.

Cada generación fabrica sus propios demonios

Nada de esto es completamente nuevo, antes fueron los hippies, después los punks, los metaleros, los emos y más recientemente, los therians.

Cambian las estéticas y los códigos, pero permanece cierta estructura de reacción:

práctica extraña → incomprensión → viralización → indignación → generalización → «esta juventud está perdida».

Stanley Cohen (2017), llamó “pánicos morales” a procesos mediante los cuales determinadas personas, prácticas o grupos llegan a ser representados como amenazas para valores e intereses sociales. Su obra Demonios populares y «pánicos morales resulta sorprendentemente actual para comprender la velocidad con que una conducta minoritaria puede transformarse en síntoma de una supuesta decadencia colectiva.

Unos muchachos hacen visajes, después «los estudiantes de la UCR hacen visajes», poco después «esto es la UCR», finalmente: «Esto demuestra lo que está pasando con la educación pública». La escalada semántica merece más atención que el movimiento de brazos que inició la discusión.

También hay una pequeña pedagogía del sinsentido

Pero hay otra dimensión que fácilmente pasa inadvertida: Para farmear aura también hay que “aprender”, observar, imitar, ensayar, interpretar códigos, reconocer movimientos, comprender cuándo una pose funciona, leer las reacciones de quienes observan, modificar la actuación, competir y evaluar.

No hay profesor, no hay programa, no hay examen, no hay créditos, pero hay aprendizaje.

Estamos ante una forma elemental de educación informal: el grupo enseña, el cuerpo enseña, la observación enseña, la imitación enseña y la reacción de los demás funciona como evaluación inmediata.

Pero quizá quienes más estamos aprendiendo somos nosotros. Mi propia experiencia resulta ilustrativa:

Primero:

«¡Qué estupidez!»

Después:

«¿Qué están haciendo?».

Luego:

«¿Por qué lo hacen?».

Más tarde:

«¿De dónde salió esto?».

Después:

«¿Por qué me pareció estúpido?».

Y finalmente:

«¿Qué dice mi propia reacción sobre las categorías mediante las cuales juzgo a los jóvenes?»

En algún momento dejé de observar únicamente a quienes farmeaban aura y tuve que comenzar a observar al observador; esto también es educación y constituye, además, una saludable lección metodológica: el científico social no contempla el mundo desde ninguna parte. También lleva prejuicios, expectativas generacionales y categorías de normalidad dentro de su mochila.

Colonizar el espacio con algo que no sirve para nada

El desplazamiento de estas prácticas hacia parques, plazas y universidades agrega otra dimensión. Los jóvenes ocupan temporalmente territorios cuyo uso estaba previamente codificado. Una plaza sirve para caminar, un parque para descansar, un Pretil para… bueno, aparentemente ahora también para farmear aura. Durante treinta minutos el espacio cambia de significado.

No hay barricadas, no hay manifiesto, no hay programa político. No hace falta convertir la práctica en una heroica resistencia juvenil que probablemente sus participantes jamás imaginaron, simplemente ocurre algo mucho más modesto: Un grupo de jóvenes decide que durante media hora ese lugar servirá para otra cosa y al hacerlo produce encuentro, espectadores, reconocimiento, competencia, conversación y posteriormente conflicto público.

Una práctica puede carecer de intención política y, sin embargo, producir consecuencias culturalmente transgresoras. Esta distinción resulta fundamental.

Afirmar que aquellos jóvenes están protestando conscientemente contra el capitalismo, el Gobierno, la precarización laboral o la sociedad disciplinaria sería poner en sus bocas un discurso que probablemente nunca pronunciaron.

Tal vez, si les preguntáramos, alguno respondería: «Mae, solo estábamos vacilando» y tendría razón.

Pero nosotros tampoco estaríamos necesariamente equivocados al preguntarnos por las condiciones sociales que permiten que ese «vacilón» adquiera determinados significados.

El sentido que atribuye el actor a su conducta y los efectos sociales producidos por esa conducta no tienen por qué coincidir.

Una juventud obligada a tomarse el futuro demasiado en serio

Existe además un contexto que no deberíamos ignorar.

En el primer trimestre de 2026, el 56,6 % de la población desempleada costarricense estaba concentrada entre las personas de 15 a 34 años. Los jóvenes reciben simultáneamente mensajes que les exigen estudiar, competir, capacitarse, emprender, dominar tecnologías, aprender idiomas, construir una marca personal y prepararse para profesiones algunas de las cuales quizá serán radicalmente transformadas por la inteligencia artificial antes de que terminen de consolidarse.

Les pedimos certezas mientras les entregamos incertidumbre.

Les exigimos planificar el futuro mientras les describimos ese futuro mediante crisis climáticas, guerras, precarización laboral, polarización política, automatización y catástrofes diversas que reciben diariamente desde una pantalla.

Y en medio de todo eso algunos se reúnen durante treinta minutos para determinar quién posee mayor cantidad de una cosa que no existe. Tal vez no sea tan irracional. O quizá lo sea exactamente en la medida necesaria.

Y entonces apareció Camus en el Pretil

Albert Camus planteó en El mito de Sísifo (2021) que el absurdo surge precisamente del encuentro entre nuestra necesidad humana de comprensión y un mundo que no ofrece necesariamente las respuestas que reclamamos.

Nosotros miramos a los muchachos y preguntamos:

«¿Pero qué sentido tiene esto?»

Quizá alguno responda: «Ninguno».

Y allí comienza nuestro problema, no el suyo.

Porque somos nosotros quienes necesitamos que la conducta tenga explicación, finalidad, utilidad, proyecto y sentido. Ellos juegan, nosotros interpretamos. Ellos hacen una pose, nosotros convocamos a Huizinga, Goffman, Bourdieu, Lefebvre, Cohen y Camus.

Francamente, no tengo completamente claro quién está haciendo la cosa más extraña.

Pero quizá esa sea precisamente la enseñanza: No todo comportamiento necesita constituir una protesta para revelar algo sobre la sociedad en la cual ocurre. No toda rebeldía necesita manifiesto. No toda práctica cultural necesita convertirse en identidad permanente. Y no todo sinsentido carece de efectos sociales.

Tal vez farmear aura sea solamente un juego. Pero es un juego que consigue sacar jóvenes de las pantallas, reunir cuerpos, producir códigos, generar aprendizajes, organizar competencias, construir reconocimiento, apropiarse temporalmente de espacios públicos, provocar conversaciones entre generaciones, activar prejuicios políticos y obligar a algunos adultos a preguntarnos por qué demonios nos molesta tanto que unos jóvenes pierdan media hora haciendo algo completamente inútil.

Y entonces regreso a mi reacción inicial. Sí. Quizá farmear aura sea una estupidez.

Pero después de pensar durante varias horas sobre aquella estupidez, ya no estoy tan seguro de que los muchachos sean los únicos que estaban farmeando algo.

Ellos acumularon aura, los demás acumulamos indignación y algunos, con un poco de suerte, acumulamos preguntas.

En una sociedad obsesionada con respuestas rápidas, certezas absolutas, productividad permanente y explicaciones simples, quizá aprender nuevamente a hacerse preguntas no sea una pérdida de tiempo. Aunque para conseguirlo haya sido necesario que varios jóvenes hicieran visajes en el Pretil.

Y queda todavía una última pregunta, probablemente la más camusiana de todas:

¿qué sentido tiene el sinsentido en una sociedad que, mientras exige que todo tenga sentido, se vuelve cada día un poco más absurda?

Tal vez no tengamos que responderla.

Por ahora podríamos simplemente sentarnos en el Pretil, observar la siguiente batalla y —por qué no— imaginar a Sísifo soltando por unos minutos la piedra.

Después de todo, hasta él tendría derecho a farmear un poco de aura.

Referencias

Bourdieu, P. (2008). El sentido práctico. Siglo XXI Editores.

Camus, A. (2021). El mito de Sísifo. Debolsillo.

Cohen, S. (2017). “Demonios populares y «pánicos morales» delincuencia juvenil, subculturas, vandalismo, drogas y violencia*. Gedisa.

Goffman, E. (2009). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Amorrortu.

Huizinga, J. (2007). Homo ludens. Alianza Editorial.

Lefebvre, H. (2013). La producción del espacio. Capitán Swing.

La disputa por lo imaginable o el proceso cultural mediante el cual ciertas posibilidades comienzan a dejar de resultar inconcebibles

Por MSc. Rodrigo H. Campos Hernández

Seguridad, enemigos y democracia en Costa Rica

Rodrigo Campos Hernández

Costa Rica atraviesa un momento que merece ser observado con particular atención. No porque existan elementos suficientes para afirmar que el país haya dejado de ser una democracia, ni porque resulte razonable anunciar la inminencia de una dictadura, sino por algo quizá menos espectacular y precisamente por ello más difícil de advertir: ideas, lenguajes y posibilidades políticas que durante décadas parecieron incompatibles con nuestra propia representación de la democracia comienzan a ingresar en el territorio de lo discutible.

El fenómeno merece análisis sin alarmismos, pero también sin ingenuidad.

En las últimas semanas han aparecido discusiones relacionadas con seguridad nacional, narcotráfico, criminalidad organizada, secreto de Estado, tecnologías de vigilancia, fortalecimiento policial y nuevas formas de comprender el papel de los cuerpos de seguridad. Paralelamente, el debate político se ha endurecido y expresiones como «zurdos», «comunistas», «enemigos» y otras categorías semejantes comienzan a utilizarse para caracterizar indistintamente a sectores opositores, críticos o cuestionadores del Gobierno.

No todos estos acontecimientos poseen el mismo estatuto ni pueden ser considerados evidencia de un único proceso. Algunos corresponden a decisiones gubernamentales comprobables; otros, a declaraciones políticas; algunos son interpretaciones de sectores opositores y otros incluso rumores, sátiras o textos cuya procedencia debe ser verificada.

Confundirlos sería un grave error metodológico.

Pero ignorar la representación colectiva que comienzan a producir también lo sería.

El problema no es Cuba ni la antigua Unión Soviética

Ante algunas de estas discusiones se ha recurrido nuevamente a una comparación conocida: advertir que determinadas prácticas de vigilancia, secreto o control estatal recuerdan experiencias como las de Cuba o la antigua Unión Soviética.

La comparación puede tener algún valor histórico, pero resulta insuficiente cuando convierte determinadas experiencias socialistas en paradigma exclusivo del autoritarismo.

La Unión Soviética dejó de existir hace más de tres décadas. Cuba constituye una experiencia histórica específica, desarrollada además bajo condiciones geopolíticas extraordinarias, entre ellas el prolongado embargo estadounidense. Nada de ello impide analizar críticamente las restricciones políticas existentes en Cuba ni las prácticas represivas que caracterizaron determinados períodos soviéticos. Contextualizar no significa justificar.

El problema aparece cuando estos casos se utilizan para establecer implícitamente una equivalencia: socialismo = autoritarismo; democracia liberal-capitalista = libertad.

La experiencia histórica y contemporánea resulta mucho más compleja.

Estados capitalistas, democracias liberales, monarquías, regímenes híbridos y gobiernos autoritarios de diferentes orientaciones ideológicas han desarrollado mecanismos de vigilancia, persecución, espionaje, represión y control de la disidencia.

El Estado policial no posee una ideología económica exclusiva.

Por eso la pregunta relevante para Costa Rica no debería ser si podemos convertirnos en Cuba o reproducir la extinta Unión Soviética.

La pregunta debería ser otra: ¿bajo qué condiciones cualquier Estado consigue ampliar sus capacidades de vigilancia, secreto y coerción debilitando simultáneamente los controles democráticos sobre su ejercicio?

Seguridad y excepcionalidad

El narcotráfico y la criminalidad organizada constituyen problemas reales. Negarlo sería irresponsable. Precisamente por ser reales poseen una extraordinaria capacidad para legitimar políticamente medidas excepcionales.

Todo Estado democrático necesita investigar organizaciones criminales, proteger operaciones policiales, preservar determinada información sensible y disponer de instrumentos eficaces para garantizar la seguridad ciudadana.

La cuestión democrática no consiste en negar esas necesidades. Consiste en establecer sus límites.

El secreto de Estado, por ejemplo, no resulta en sí mismo incompatible con la democracia. Existen informaciones cuya divulgación podría comprometer investigaciones, seguridad nacional o relaciones internacionales. El problema comienza cuando la excepción amenaza con convertirse en regla y ámbitos cada vez más amplios de la actividad gubernamental pueden sustraerse del escrutinio ciudadano bajo una invocación genérica de la seguridad.

En el ordenamiento costarricense el secreto de Estado constituye precisamente una excepción al principio de publicidad y transparencia y, por esa razón, debe interpretarse restrictivamente.

La pregunta elemental continúa siendo entonces: ¿quién vigila al vigilante?

Cuando un Estado afirma que necesita mayores facultades para protegernos, una sociedad democrática no debería responder automáticamente con desconfianza, pero tampoco con obediencia. Debe preguntar cuáles facultades, durante cuánto tiempo, bajo qué controles, con qué mecanismos de rendición de cuentas y cuáles recursos existen frente a eventuales abusos.

Tecnología y poder

La discusión sobre tecnologías altamente intrusivas de vigilancia agrega una dimensión nueva al problema. Herramientas capaces de acceder clandestinamente a comunicaciones privadas poseen una enorme utilidad potencial frente al terrorismo o la criminalidad organizada. Pero exactamente la misma capacidad tecnológica que permite investigar a un narcotraficante puede utilizarse para vigilar a un periodista, un dirigente social, una persona opositora o un activista.

La tecnología carece de ideología. El poder que decide cómo utilizarla, no.

Por eso el debate sobre sistemas de vigilancia no debería reducirse a preguntar si sirven para combatir el crimen. Debe incorporar preguntas sobre autorización judicial, proporcionalidad, control institucional, trazabilidad, protección de datos, auditoría y responsabilidad política. La democracia no puede depender exclusivamente de las buenas intenciones de quien temporalmente controla una herramienta.

Las instituciones democráticas se construyen precisamente suponiendo que todo poder puede ser utilizado incorrectamente y que, por ello, necesita límites.

La construcción del enemigo interno

Existe, sin embargo, una dimensión todavía más delicada: el lenguaje mediante el cual se construyen adversarios políticos.

En democracia existen adversarios. Un adversario puede estar profundamente equivocado desde nuestra perspectiva. Podemos combatir sus ideas, movilizarnos contra sus propuestas y procurar electoralmente su derrota, pero continúa siendo ciudadano. El enemigo ocupa otra categoría.

Cuando expresiones como «zurdo», «comunista», «traidor», «enemigo» o equivalentes dejan de describir una posición ideológica concreta y comienzan a funcionar como etiquetas indiscriminadas contra quien crítica, cuestiona, protesta o se opone al Gobierno, ocurre un desplazamiento importante. Ya no se discute solamente qué dice una persona. Comienza a discutirse qué clase de persona es quien lo dice. Y una vez construido el enemigo, resulta más sencillo justificar tratamientos que difícilmente aceptaríamos frente a un adversario democrático.

El mecanismo no pertenece exclusivamente a la derecha ni a la izquierda. La historia ofrece ejemplos suficientes de gobiernos de distintas orientaciones que construyeron enemigos internos para cohesionar políticamente a sus seguidores y legitimar formas extraordinarias de control. Por eso resulta peligroso analizarlo exclusivamente mediante categorías ideológicas.

La pregunta fundamental es democrática: ¿qué ocurre cuando cuestionar al Gobierno comienza a confundirse discursivamente con actuar contra el país?

De lo impensable a lo imaginable

Aquí se encuentra quizá el aspecto más profundo del problema: Las grandes transformaciones políticas no comienzan necesariamente cuando una ley modifica una institución. Muchas veces empiezan antes, cuando cambia aquello que una sociedad considera posible, puede existir una secuencia como esta:

impensable → pronunciable → discutible → imaginable → aceptable → políticamente defendible → eventualmente institucionalizable.

No se trata de una secuencia inevitable: Una sociedad puede detenerla, invertirla o rechazar completamente determinada posibilidad. Pero para hacerlo primero debe reconocer que se está produciendo una disputa sobre los límites de lo aceptable.

Costa Rica construyó durante décadas una poderosa identidad civilista. La abolición del ejército no constituye solamente una disposición constitucional o una decisión histórica de 1948. Forma parte del relato mediante el cual el país se representa a sí mismo.

Precisamente por ello resulta sociológicamente significativo cuando comienzan a circular, aunque sea mediante rumores, sátiras o advertencias, narrativas sobre remilitarización, recuperación de rangos militares, fortalecimiento extraordinario de los cuerpos policiales o necesidad de responder militarmente frente a enemigos internos. Un rumor no demuestra que exista un proyecto gubernamental. Una sátira no constituye un proyecto de ley. Una representación exagerada no prueba que aquello que describe vaya a ocurrir. Pero su circulación puede revelar otra cosa: algo que anteriormente parecía imposible ha comenzado a poder ser imaginado. Y esto también constituye un hecho social.

La realidad política de las representaciones

Una democracia no está compuesta únicamente por leyes, instituciones y decisiones gubernamentales. También existe mediante símbolos, relatos, temores, expectativas y representaciones colectivas. Los acontecimientos producen narrativas, pero las narrativas también modifican la manera en que posteriormente interpretamos los acontecimientos. Una misma representación puede provocar reacciones distintas. Para unas personas: «Esto podría ocurrir» significa miedo y resistencia. Para otras: «Esto podría ocurrir» significa posibilidad. Y para algunas puede terminar significando: «Esto debería ocurrir».

Precisamente por eso debemos analizar cuidadosamente los discursos políticos.

Cuando se habla reiteradamente de enemigos, conspiraciones, amenazas, infiltrados, criminales, traidores o sectores peligrosos, no solamente se está describiendo una realidad. También puede estarse construyendo un determinado horizonte desde el cual esa realidad será posteriormente interpretada.

La movilización también modifica lo imaginable, pero sería un error observar solamente al poder. La ciudadanía también produce realidad política.

Las manifestaciones, organizaciones sociales, universidades, medios independientes, movimientos ciudadanos, sindicatos y demás formas de acción colectiva participan en la construcción del horizonte democrático.

Cuando una movilización multitudinaria consigue ser interpretada socialmente como capaz de influir sobre decisiones gubernamentales, independientemente de que resulte difícil establecer una causalidad directa, se produce un efecto político importante: la ciudadanía descubre o reafirma que movilizarse puede tener consecuencias.

Por eso la resistencia también transforma lo imaginable: Frente a discursos que fortalecen la autoridad puede aparecer una sociedad que reivindica los límites de esa autoridad. Frente a la descalificación de los contrapesos institucionales puede fortalecerse su defensa. Frente a la construcción de enemigos pueden reconstruirse adversarios democráticos. En resumen, no existe una única dirección histórica.

Ni dictadura inminente ni excepcionalismo costarricense

Conviene entonces evitar dos errores. El primero sería afirmar que Costa Rica se encuentra inevitablemente camino hacia una dictadura. No existen elementos suficientes para semejante conclusión y una afirmación de esa naturaleza terminaría debilitando el análisis. El segundo sería igualmente peligroso: «Eso nunca podría ocurrir en Costa Rica».

Ninguna democracia posee inmunidad histórica.

Las instituciones democráticas no sobreviven porque una sociedad haya sido democrática durante décadas. Sobreviven porque continúan existiendo ciudadanía, cultura política, instituciones y mecanismos capaces de defenderlas.

Una democracia puede conservar elecciones, parlamento, tribunales y libertades formales mientras comienzan a modificarse gradualmente los límites de aquello que sus ciudadanos consideran políticamente admisible. La erosión democrática, cuando ocurre, no necesita comenzar con tanques frente al Parlamento. Puede comenzar mediante pequeñas normalizaciones.

Una disputa por lo imaginable

Quizá parte de la coyuntura costarricense contemporánea pueda comprenderse precisamente como una disputa por lo imaginable: ¿Qué Estado queremos imaginar?

¿Uno donde la seguridad fortalezca las instituciones democráticas o uno donde permita reducir sus controles? ¿Una policía civilista o una fuerza progresivamente concebida mediante categorías militares? ¿Una ciudadanía que fiscaliza al poder o una que delega en él crecientes espacios de secreto? ¿Una oposición considerada parte legítima de la democracia o convertida discursivamente en enemigo interno? ¿Un Poder Judicial entendido como contrapeso constitucional o como obstáculo frente a la voluntad política de las mayorías? ¿Una protesta social comprendida como ejercicio ciudadano o como amenaza contra el orden?

Estas preguntas no anuncian inevitablemente ninguna catástrofe. Pero tampoco deberían parecernos irrelevantes. Porque una democracia no se pierde únicamente cuando desaparecen sus instituciones. También puede debilitarse cuando cambia silenciosamente el significado que atribuimos a ellas.

Por eso quizá la pregunta correcta no sea: ¿Nos estamos convirtiendo en Cuba, Venezuela, la antigua Unión Soviética o cualquier otro fantasma político disponible?

Esa comparación puede tranquilizar a unos y aterrorizar a otros, pero explica muy poco sobre nosotros mismos. La pregunta mucho más difícil es: ¿en qué Costa Rica estamos comenzando a imaginar que podríamos convertirnos?

Responderla exige observar al Gobierno, pero también a la oposición; analizar instituciones y movimientos sociales; distinguir hechos de rumores; separar evidencia de temor; reconocer amenazas reales sin convertirlas en justificación de poderes ilimitados. Sobre todo, exige abandonar la idea de que democracia significa únicamente celebrar elecciones periódicas.

Democracia también significa límites al poder, transparencia, pluralismo, debido proceso, libertad de expresión, protección de las minorías, independencia judicial, derecho a disentir y capacidad ciudadana de resistencia. La seguridad es necesaria. El combate contra el crimen organizado también. Pero precisamente porque ambos son necesarios debemos impedir que terminen convirtiéndose en palabras capaces de justificar cualquier cosa.

Porque la pregunta decisiva de una sociedad democrática nunca debería ser solamente ¿cuánto poder necesita el Estado para protegernos? Debe existir siempre una segunda pregunta: ¿cuánto poder estamos dispuestos a entregarle antes de comenzar a necesitar protección frente al propio poder?

¿Es posible que la familia sustituya a la ciudadanía? Género, clase y restauración conservadora en las Américas

Rodrigo Campos Hernández

Por MSc. Rodrigo H. Campos Hernández

Una propuesta que hasta hace poco habría parecido confinada a los márgenes más excéntricos del fundamentalismo religioso ha comenzado a circular con inesperada naturalidad en Estados Unidos: sustituir el sufragio individual por un único “voto por hogar”. Según sus promotores, cada familia debería expresarse políticamente como una sola unidad, representada por quien ejerza su jefatura. Aunque el lenguaje utilizado evita algunas veces decir abiertamente que las mujeres deben perder el derecho al voto, la consecuencia material resulta difícil de ocultar: dentro del modelo tradicional defendido por estos sectores, la voz política del hogar sería ejercida normalmente por el esposo.

La controversia adquirió mayor visibilidad durante la Women’s Leadership Summit de Turning Point USA, celebrada en junio de 2026. La reunión, encabezada por Erika Kirk, directora ejecutiva de esa organización, presentó como oradora a Savanna Faith Stone, una joven influenciadora que cuestiona abiertamente el sufragio femenino y defiende la representación política por hogares. Algunas asistentes declararon incluso que estarían dispuestas a renunciar a su voto si ello contribuyera al triunfo de un proyecto político más conservador. El encuentro combinó activismo electoral, religiosidad cristiana, maternidad idealizada, rechazo del feminismo y exaltación de los papeles tradicionales de género.

No existe, hasta el momento, una declaración inequívoca de Erika Kirk solicitando formalmente la derogación de la Decimonovena Enmienda. Pero la responsabilidad política no se determina solamente mediante confesiones literales. También se infiere de las ideas a las que se concede tribuna, de los públicos que se organizan, de las sensibilidades que se educan y de los límites que deliberadamente se hacen retroceder. Dirigir una organización que legitima y amplifica una doctrina supone algo más que permanecer neutral ante ella.

La Decimonovena Enmienda prohíbe que el Gobierno federal o los estados nieguen o restrinjan el voto por razón del sexo. Una reforma directa de esa disposición enfrenta enormes obstáculos constitucionales. Sin embargo, reducir el problema a la improbabilidad inmediata de su derogación sería un grave error. La amenaza más profunda no consiste en que mañana desaparezca jurídicamente el sufragio femenino, sino en que la desigualdad política de las mujeres vuelva a ser presentada como una opción legítima, discutible y hasta moralmente virtuosa.

Las regresiones democráticas rara vez comienzan con la aprobación de su medida más extrema. Comienzan haciendo imaginable aquello que una sociedad había aprendido a considerar inadmisible.

La familia no habla: alguien habla en su nombre

La expresión “voto por hogar” puede parecer, a primera vista, una propuesta para fortalecer la familia. Su formulación contiene palabras afectivamente poderosas: unidad, compromiso, responsabilidad, tradición. Pero debajo de ellas se oculta una transformación radical del concepto moderno de ciudadanía.

La democracia reconoce, al menos normativamente, a cada persona adulta como sujeto autónomo de derechos políticos. El voto por hogar reemplazaría a la persona por una entidad colectiva llamada familia. Esa familia tendría una sola voluntad y una única voz. Pero la familia no habla. Alguien habla en su nombre.

Dentro de la antropología cristiana patriarcal que sostiene la propuesta, esa persona no sería escogida mediante una deliberación democrática entre sus integrantes. La autoridad vendría definida de antemano por una supuesta ley natural o divina: el marido representa, la esposa acompaña y los hijos obedecen.

La mujer no sería necesariamente expulsada de la comunidad política. Su personalidad política sería absorbida por la del esposo. Se recuperaría así, bajo formas contemporáneas, la antigua lógica jurídica de la coverture, según la cual la personalidad civil de la mujer casada quedaba subsumida en la de su marido.

La pregunta fundamental no es, entonces, si la familia debe tener reconocimiento social. Por supuesto que debe tenerlo. La pregunta es quiénes integran esa familia, cómo se distribuye el poder dentro de ella y qué ocurre con quienes no se ajustan al modelo declarado como natural.

¿Qué persona representaría a un hogar encabezado por una mujer? ¿Qué sucedería con las personas solteras, viudas o divorciadas? ¿Quién votaría en una vivienda compartida por varios adultos? ¿Qué posición ocuparían las parejas del mismo sexo? ¿Se reconocería como familia a un matrimonio igualitario? ¿Quién sería considerado su cabeza? ¿Tendría el mismo valor político una casa habitada por seis personas adultas que una persona que vive sola?

Estas preguntas muestran que el voto por hogar no es únicamente un ataque contra las mujeres. Es el borrador de un orden político en el que la ciudadanía dependería de la pertenencia a una familia heterosexual, reproductiva, jerarquizada y religiosamente legitimada.

Una vez aceptado ese principio, la distancia entre restringir la autonomía de las mujeres y negar el reconocimiento de las familias constituidas por personas del mismo sexo se vuelve muy corta. Si existe una única familia natural, todas las demás formas de convivencia quedan reducidas a excepciones toleradas, arreglos privados o desviaciones carentes de igual dignidad pública.

Reconocer una incomodidad sin convertirla en prohibición

En este punto debo admitir algo que puede resultar incómodo. Como hombre homosexual, no todas las expresiones contemporáneas del género me producen identificación o cercanía. Algunas representaciones que observo constantemente en las redes sociales, la televisión y el espacio público me generan distancia, desconcierto e incluso cansancio.

Negarlo para cumplir con una expectativa de corrección política sería intelectualmente deshonesto.

También sería deshonesto suponer que esa reacción existe únicamente entre personas conservadoras o religiosas. Dentro de las propias diversidades sexuales hay diferencias generacionales, culturales, estéticas y políticas. No todas las personas homosexuales se reconocen en las mismas expresiones, símbolos, lenguajes o formas de representar el género. La sigla LGBTIQ reúne experiencias distintas, pero no elimina sus tensiones.

Ahora bien, una incomodidad personal no constituye un argumento jurídico ni una autorización para excluir.

Es necesario distinguir entre tres planos. El primero corresponde al gusto, la afinidad o la identificación personal: nadie está obligado a sentirse representado por todas las manifestaciones de la diversidad. El segundo pertenece al debate político: los movimientos sociales pueden discutir críticamente sus estrategias, lenguajes, prioridades y formas de presentación pública. El tercero corresponde a la dignidad y los derechos: ninguna persona puede quedar desprotegida porque su apariencia, su identidad o su manera de habitar el cuerpo produzcan extrañeza en otras.

La igualdad democrática no exige que todas las formas de vida nos resulten familiares. Exige que la falta de familiaridad no se convierta en inferioridad jurídica.

Judith Butler ha mostrado que aquello que una sociedad reconoce como masculino o femenino no surge exclusivamente de una esencia inmutable, sino de normas, actos y repeticiones históricas. Esto no significa que todas las personas deban abandonar las categorías de hombre o mujer, ni que debamos sentirnos emocionalmente cercanos a cualquier expresión de género. Significa que las fronteras entre lo masculino y lo femenino han sido socialmente producidas y, por tanto, están sometidas a transformaciones, conflictos y resistencias.

También debemos considerar que las plataformas digitales no ofrecen una representación equilibrada de la realidad. Los algoritmos privilegian aquello que produce sorpresa, indignación, admiración o rechazo. Las expresiones más intensas, teatrales o polémicas obtienen mayor circulación y terminan presentándose como si fueran la totalidad de un colectivo enormemente diverso.

Por eso es legítimo analizar críticamente la espectacularización o mercantilización de ciertas identidades. Lo que no sería legítimo es trasladar esa crítica hacia la negación de derechos de las personas que las encarnan.

Mi incomodidad puede hablar de mis códigos generacionales, de mi historia y de mi propia socialización. También puede señalar problemas reales de comunicación y representación dentro de los movimientos. Pero no determina la dignidad de nadie.

El conservadurismo político opera precisamente sobre estas zonas de incomodidad. No necesita inventarlas: las recibe, las organiza y les proporciona una explicación. Stuart Hall mostró cómo el autoritarismo puede convertir ansiedades dispersas en un nuevo “sentido común”. El malestar deja de ser una experiencia abierta a la reflexión y se transforma en una certeza política: alguien está destruyendo nuestra familia, nuestra cultura o nuestra forma de vida.

Así, la persona trans, el hombre femenino, la mujer masculina, la feminista, el migrante o la pareja homosexual son convertidos en rostros visibles de una crisis que no produjeron.

El reconocimiento jurídico y sus límites

Las luchas feministas y de las diversidades sexuales han conseguido transformaciones jurídicas fundamentales. El matrimonio igualitario, el reconocimiento de la identidad de género, la protección contra la discriminación y la ampliación de los derechos sexuales y reproductivos no son concesiones superficiales. Modifican vidas concretas, protegen vínculos afectivos, permiten heredar, acceder a la seguridad social, tomar decisiones médicas, formar familias y vivir con mayor libertad.

Sería profundamente injusto minimizar esas conquistas.

Sin embargo, también es necesario reconocer los límites de una política centrada exclusivamente en el reconocimiento legal. Nancy Fraser advirtió hace décadas que la justicia requiere articular dos dimensiones inseparables: reconocimiento y redistribución. Una sociedad puede reconocer simbólicamente ciertas identidades y mantener intactas las estructuras económicas que producen explotación, pobreza y exclusión.

Lisa Duggan utilizó el concepto de homonormatividad para describir una política sexual compatible con el neoliberalismo: determinados gays y lesbianas pueden ser incorporados como parejas respetables, propietarios, consumidores y contribuyentes, sin que esa inclusión cuestione las relaciones dominantes de clase, raza, trabajo y propiedad.

El problema no radica en que las personas homosexuales puedan casarse. El problema aparece cuando el matrimonio se convierte en el horizonte máximo de la emancipación y se pierde de vista que muchas personas LGBTIQ continúan enfrentando desempleo, pobreza, expulsión familiar, violencia policial, falta de vivienda, precariedad laboral y dificultades para acceder a servicios públicos.

El reconocimiento jurídico puede integrar a algunas personas sin emancipar al conjunto.

Aquí adquiere importancia la interseccionalidad formulada por Kimberlé Crenshaw. No se trata de confeccionar una lista cada vez más extensa de identidades, sino de examinar cómo diferentes relaciones de poder actúan conjuntamente. Una mujer lesbiana, indígena y empobrecida no experimenta por separado el género, la orientación sexual, la etnia y la clase. Estas condiciones se entrecruzan y producen una posición social específica que no puede comprenderse atendiendo solamente a una de ellas.

Lo mismo ocurre dentro de las diversidades sexuales. No vive de igual manera su ciudadanía un empresario homosexual con acceso a vivienda, educación y servicios privados que una mujer trans migrante, racializada y excluida del mercado laboral formal. Ambos pueden experimentar discriminación, pero no poseen los mismos recursos para enfrentarla.

Una política verdaderamente interseccional no sustituye la clase por la identidad ni la identidad por la clase. Estudia cómo se construyen mutuamente dentro de relaciones históricas de poder.

La institucionalización de los movimientos

También debemos examinar críticamente el proceso mediante el cual numerosos movimientos sociales se han convertido en organizaciones profesionales dependientes de proyectos, consultorías, indicadores y financiamiento internacional.

Fundaciones como Open Society han apoyado litigios, organizaciones y programas que han resultado esenciales para comunidades perseguidas o abandonadas por sus Estados. Reconocerlo es necesario para evitar explicaciones conspirativas o simplificaciones alrededor de la figura de George Soros.

No obstante, el financiamiento institucional produce efectos políticos, aunque no exista una orden directa del donante. Sonia Álvarez y autoras vinculadas a la crítica de la “oenegización” de los movimientos sociales han mostrado que la profesionalización puede transformar las formas de militancia, las prioridades y los lenguajes.

Los proyectos financiados suelen exigir objetivos delimitados, resultados medibles, informes, productos jurídicos y poblaciones específicas. Esto puede favorecer campañas sobre una ley determinada, una sentencia, una capacitación o una política pública concreta. Resulta mucho más difícil traducir en indicadores un proceso político prolongado que cuestione la concentración de la riqueza, la explotación laboral, la propiedad, la deuda, la privatización de los cuidados o la subordinación económica de América Latina.

Además, cuando cada organización debe competir por fondos destinados a una población o problema específico, la fragmentación puede institucionalizarse:

  • unas organizaciones trabajan sobre matrimonio igualitario;

  • otras sobre identidad de género;

  • otras sobre violencia contra las mujeres;

  • otras sobre derechos reproductivos;

  • otras sobre racismo;

  • otras sobre pobreza o trabajo.

Cada una administra su expediente, su vocabulario y sus indicadores.

Mientras tanto, el conservadurismo articula todos estos asuntos dentro de una sola visión del mundo. Para la derecha religiosa, el feminismo, la identidad de género, el aborto, la educación sexual, el matrimonio igualitario, la secularización y la caída de la natalidad forman parte de una única crisis civilizatoria.

El adversario posee una teoría general de la sociedad. Los movimientos democráticos responden demasiadas veces con expedientes separados.

Esta asimetría ayuda a explicar por qué no se advierte todavía una respuesta pública articulada y proporcional de las principales organizaciones LGBTIQ frente al “voto por hogar”. No significa que estas organizaciones permanezcan inactivas. Muchas están enfrentando amenazas judiciales, administrativas y legislativas urgentes. Pero la especialización puede llevarlas a considerar la supresión del voto femenino como un asunto exclusivo de las mujeres, sin advertir que detrás de ella se encuentra el mismo concepto de familia que amenaza el matrimonio igualitario, la identidad de género y la ciudadanía sexual.

Neoliberalismo y restauración patriarcal

La ofensiva conservadora no puede explicarse solamente como una reacción cultural ante la visibilidad de las diversidades sexuales. Debe ser situada dentro de las transformaciones económicas de las últimas décadas.

Melinda Cooper ha mostrado que el neoliberalismo económico y el conservadurismo familiar no son necesariamente adversarios. Ambos pueden complementarse. Cuando el Estado reduce la protección social, privatiza servicios y traslada a las personas los riesgos del desempleo, la enfermedad, la vejez y el cuidado, la familia debe asumir las responsabilidades abandonadas por las instituciones públicas.

Pero no cualquier familia puede realizar ese trabajo. El modelo requiere una estructura doméstica en la que alguien —normalmente la mujer— realice gratuitamente las tareas de reproducción, crianza y cuidado.

El neoliberalismo debilita materialmente a las familias mientras el conservadurismo religioso exige que ellas resuelvan privadamente las consecuencias de ese debilitamiento.

El encarecimiento de la vivienda, la precarización del empleo, la deuda, la falta de servicios públicos de cuidado y la incertidumbre económica dificultan que millones de personas puedan sostener una vida familiar estable. Sin embargo, en lugar de cuestionar estas condiciones, la derecha traslada la responsabilidad hacia el feminismo, la autonomía de las mujeres, la diversidad sexual y la supuesta desaparición del varón proveedor.

Una crisis producida por relaciones económicas es reinterpretada como una crisis moral.

La solución propuesta no consiste en elevar salarios, garantizar vivienda, fortalecer la seguridad social, reducir las jornadas laborales o construir sistemas públicos de cuidados. Consiste en restaurar la autoridad masculina y la obediencia doméstica.

La estética que rodea encuentros como el de Turning Point USA resulta reveladora. Se presenta un universo aspiracional de bienestar, consumo, maternidad idealizada, matrimonio temprano, belleza cuidadosamente construida y religiosidad. No puede afirmarse que todas las asistentes pertenezcan a sectores económicamente privilegiados, pero el modelo ofrecido presupone condiciones materiales que millones de familias estadounidenses y latinoamericanas no poseen.

La mujer que puede abandonar su trabajo para dedicarse exclusivamente al hogar necesita que alguien genere ingresos suficientes para sostenerlo. La exaltación de la esposa dependiente oculta a las trabajadoras pobres, a las madres solas, a las migrantes, a las mujeres afrodescendientes e indígenas y a quienes realizan múltiples jornadas para sobrevivir.

La CEPAL ha identificado precisamente la desigualdad socioeconómica, los patrones patriarcales, la división sexual del trabajo, la injusta organización de los cuidados y la concentración del poder como desafíos estructurales que se refuerzan mutuamente en América Latina. Su Estrategia de Montevideo advierte, además, sobre el resurgimiento del conservadurismo y las restricciones contra el reconocimiento de la diversidad sexual, la identidad de género y las diferentes formas de familia.

Una ofensiva transnacional con actores locales

Sería equivocado considerar estas ideas como fenómenos exclusivamente estadounidenses. También sería simplista imaginar a América Latina como una región pasiva que obedece mecánicamente instrucciones procedentes de Washington.

Lo que existe es una circulación transnacional de discursos, recursos, métodos de movilización, estrategias jurídicas y modelos legislativos. Iglesias, centros de pensamiento, organizaciones conservadoras, partidos políticos, influenciadores digitales y sectores empresariales traducen esos repertorios a las condiciones de cada país.

Sonia Corrêa, Roman Kuhar, David Paternotte y Juan Marco Vaggione han estudiado la formación de campañas que utilizan la expresión “ideología de género” para reunir bajo un mismo enemigo al feminismo, la educación sexual, los derechos reproductivos, las personas trans y las diversidades sexuales. Estas campañas no se limitan a defender convicciones religiosas privadas. Buscan intervenir en la legislación, la educación, los tribunales, las políticas públicas y la definición misma de ciudadanía.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha advertido sobre la expansión de sectores contrarios a los derechos LGBTI dentro de los propios poderes estatales, así como sobre campañas de desinformación dirigidas a obstaculizar el reconocimiento de esos derechos.

El contexto actual de Estados Unidos aumenta la relevancia regional de esta ofensiva. Desde enero de 2025, su Gobierno ha adoptado una definición federal binaria e inmutable del sexo, eliminado políticas de diversidad y empleado oficialmente la expresión “ideología de género”. Estas disposiciones no se han limitado a la administración interna. El Departamento de Estado ha incorporado condiciones relacionadas con la denominada “ideología de género” en instrumentos y programas de asistencia exterior, mostrando que este marco forma parte de la política internacional estadounidense.

Esto no significa que toda regresión latinoamericana sea ordenada desde Estados Unidos. En nuestros países existen tradiciones patriarcales, élites conservadoras, iglesias políticamente organizadas y desigualdades históricas capaces de producir sus propias formas de autoritarismo.

La influencia externa encuentra aliados internos porque responde a intereses y conflictos ya presentes.

En América Latina, la “defensa de la familia” puede vincularse con el rechazo a la educación sexual, la oposición al Estado laico, la restricción de los derechos reproductivos, la persecución de las identidades trans y la impugnación del matrimonio igualitario. Pero también puede ser utilizada para desviar la atención de la desigualdad, la corrupción, la concentración económica y el deterioro de los servicios públicos.

La cruzada moral organiza políticamente frustraciones que tienen raíces materiales.

La fragmentación como derrota anticipada

Las divisiones entre feminismos, movimientos homosexuales, activismos trans y otras expresiones de la diversidad no son inventadas por la derecha. Existen desacuerdos auténticos sobre el cuerpo, el sexo, la identidad, el lenguaje, la representación y las estrategias políticas.

El conflicto con sectores identificados como TERF, el antifeminismo presente en algunos espacios trans, la misoginia dentro de comunidades homosexuales y la transfobia dentro de movimientos gays y lésbicos muestran que ninguna sigla garantiza por sí misma una política emancipadora.

Pero una cosa es reconocer los conflictos y otra permitir que estos destruyan toda posibilidad de alianza.

La interseccionalidad no exige negar las contradicciones. Exige comprender que ninguna de las poblaciones involucradas podrá defenderse aisladamente frente a una ofensiva que pretende reorganizar la sociedad entera.

Cuando se afirma que la familia heterosexual es la célula natural de la nación, no se amenaza solamente a las personas trans. Se amenaza a las mujeres que no desean someterse a un esposo, a las personas homosexuales que han construido sus propias familias, a quienes deciden no reproducirse, a las madres solas, a las parejas divorciadas, a las personas ateas, a las juventudes que cuestionan la autoridad religiosa y a todas aquellas vidas que no caben dentro de una única moral oficial.

La restauración patriarcal distribuye sus ataques por etapas, pero el proyecto que los articula es común.

Reconstruir una ciudadanía democrática común

La respuesta no puede consistir en abandonar las identidades ni en reducir todos los conflictos a la clase social. Tampoco puede limitarse a defender cada derecho cuando ya se encuentra ante los tribunales.

Hace falta reconstruir una ciudadanía democrática común.

Su punto de partida debe ser sencillo: “la persona, y no la familia, la iglesia, el marido, el mercado o una identidad aislada, es el sujeto originario de los derechos”.

La familia debe ser protegida porque está integrada por personas, no porque posea una voluntad superior a ellas. Su reconocimiento debe abarcar la pluralidad de vínculos afectivos y formas de convivencia existentes, siempre que se respeten la autonomía, la igualdad y la dignidad de sus integrantes.

Una respuesta interseccional tendría que reunir a movimientos feministas, organizaciones LGBTIQ, sindicatos, comunidades afrodescendientes e indígenas, movimientos campesinos, defensores del Estado laico, organizaciones juveniles y luchas por los servicios públicos.

No se trataría únicamente de formar una coalición electoral o emitir comunicados conjuntos. Sería necesario reconstruir procesos de formación política, recuperar la presencia en comunidades populares y vincular la defensa de la autonomía corporal con las condiciones materiales que permiten ejercerla.

La libertad de una mujer no depende solamente de que pueda votar, sino también de que cuente con ingresos propios, educación, vivienda, seguridad social y servicios de cuidado. La libertad de una persona homosexual no termina con el derecho a casarse si puede ser despedida, expulsada de su hogar o condenada a la pobreza. El reconocimiento de una persona trans permanece incompleto mientras la discriminación le cierre el acceso al trabajo, la salud y la educación.

La CEPAL ha insistido en que una perspectiva de género rigurosa debe reconocer los efectos diferenciados de la desigualdad sobre mujeres sexualmente diversas y sobre la población LGBTIQ en su conjunto. También ha señalado que la autonomía económica, física y política se encuentra estrechamente relacionada con el acceso a recursos, la participación pública, el trabajo, los cuidados y la posibilidad de vivir sin violencia.

El frente democrático que necesitamos debe defender simultáneamente el sufragio femenino, la diversidad familiar, los derechos laborales, la seguridad social, la autonomía corporal, la educación pública, la libertad religiosa, el Estado laico y la igualdad de las personas LGBTIQ.

No porque todas estas luchas sean idénticas, sino porque están amenazadas por una misma concentración del poder.

La distopía no empieza mañana

Quizás el “voto por hogar” no llegue a convertirse pronto en una reforma constitucional. Tal vez permanezca durante algún tiempo como una idea minoritaria. Pero su importancia política no debe medirse únicamente por sus posibilidades legislativas inmediatas.

Su avance demuestra que una parte de la derecha contemporánea ya no se limita a detener nuevas conquistas. Está dispuesta a revisar derechos que parecían definitivamente consolidados.

Hoy se discute si la mujer debería votar de manera autónoma. Mañana podrá discutirse si todas las familias merecen igual reconocimiento. Después, si la identidad, la orientación sexual o la religión deben condicionar el ejercicio de la ciudadanía.

La analogía con los fundamentalismos que Occidente solía atribuir exclusivamente a otras culturas no debe formularse como una equivalencia mecánica. Existen diferencias institucionales, históricas y coercitivas evidentes. Pero la gramática profunda resulta inquietantemente semejante: autoridad religiosa, subordinación femenina, heterosexualidad obligatoria, control de la sexualidad y negación de la autonomía individual.

El fundamentalismo occidental ha aprendido, sin embargo, a presentarse con una estética moderna. No siempre utiliza uniformes, prohibiciones explícitas o tribunales religiosos. Puede hablar mediante influenciadoras, productos de bienestar, campañas electorales, conferencias juveniles y mensajes sobre el amor, la maternidad y la unidad familiar.

La dominación no se anuncia necesariamente como dominación. Puede presentarse como protección.

Frente a ella, no basta con defender nuestras parcelas ni con exigir que nadie manifieste incomodidad. Debemos ser capaces de escuchar los malestares sociales, discutir nuestras propias contradicciones y evitar que la derecha los convierta en odio organizado.

No toda manifestación de la diversidad tiene que representarnos. Pero todas las personas deben ser representadas por sí mismas en la vida política.

Ese es el límite democrático que no podemos entregar.

Porque cuando la familia sustituye a la ciudadanía, alguien adquiere el poder de hablar por los demás. Y cuando aceptamos que una persona hable políticamente por otra, la democracia comienza a convertirse en obediencia.

Referencias orientadoras:

Álvarez, Sonia E. (1997). «Articulación y transnacionalización de los feminismos latinoamericanos». Debate Feminista, vol. 15, pp. 146-170.

Brown, Wendy (2016). El pueblo sin atributos: la secreta revolución del neoliberalismo. Barcelona: Malpaso Ediciones. Traducción de Víctor Altamirano.

Butler, Judith (2007). El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad. Barcelona: Paidós.

Cabezas Fernández, Marta y Vega Solís, Cristina, eds. (2022). La reacción patriarcal: neoliberalismo autoritario, politización religiosa y nuevas derechas. Barcelona: Bellaterra Edicions.

Comisión Económica para América Latina y el Caribe —CEPAL— (2017). Estrategia de Montevideo para la implementación de la Agenda Regional de Género en el marco del desarrollo sostenible hacia 2030. Santiago de Chile: Naciones Unidas.

Comisión Interamericana de Derechos Humanos —CIDH— (2018). Avances y desafíos hacia el reconocimiento de los derechos de las personas LGBTI en las Américas. Washington, D. C.: Organización de los Estados Americanos.

Cooper, Melinda (2022). Los valores de la familia: entre el neoliberalismo y el nuevo social-conservadurismo. Madrid: Traficantes de Sueños. Traducción de Elena Fernández-Renau Chozas.

Crenshaw, Kimberlé W. (2012). «Cartografiando los márgenes: interseccionalidad, políticas identitarias y violencia contra las mujeres de color». En Raquel Platero Méndez, coord., Intersecciones: cuerpos y sexualidades en la encrucijada, pp. 87-122. Barcelona: Bellaterra. Traducción de Raquel —Lucas— Platero y Javier Sáez.

Crenshaw, Kimberlé W. (2021). «Desmarginalizar la intersección de raza y sexo: una crítica desde el feminismo negro a la doctrina antidiscriminación, la teoría feminista y las políticas antirracistas». En Malena Costa y Romina Lerussi, comps., Feminismos jurídicos: interpelaciones y debates, pp. 43-68. Bogotá: Universidad de los Andes y Siglo del Hombre Editores.

Fraser, Nancy y Honneth, Axel (2006). ¿Redistribución o reconocimiento? Un debate político-filosófico. Madrid: Ediciones Morata. Traducción de Pablo Manzano Bernárdez.

Hall, Stuart (1981). «El gran espectáculo hacia la derecha». Revista Mexicana de Sociología, vol. 43, número extraordinario, pp. 1723-1744.

Vaggione, Juan Marco (2009). Sexualidad, religión y política en América Latina. Diálogos Regionales sobre Sexualidad y Política.

Vaggione, Juan Marco y Mujica, Jaris, comps. (2013). Conservadurismos, religión y política: perspectivas de investigación en América Latina. Córdoba: Ferreyra Editor.

Cuando una presidenta confunde gobernar con advertir: La cárcel mental del poder

Rodrigo Campos Hernández

Por MSc. Rodrigo H. Campos Hernández

Lo más grave de las declaraciones de la presidenta no es únicamente que haya propuesto llevar niños, niñas y adolescentes de barrios empobrecidos a una cárcel para que “vean” dónde podrían terminar. Eso ya sería suficientemente grave. Lo verdaderamente alarmante es lo que esa afirmación deja ver sobre la calidad de su juicio político, jurídico y humano.

Una persona que conduce los destinos de un país no puede permitirse pensar en voz alta desde el prejuicio. Mucho menos puede convertir ese prejuicio en insinuación de política pública.

Aquí no estamos ante una simple torpeza verbal. Estamos ante una concepción del Estado.

Cuando desde la Presidencia se sugiere que ciertos niños deben conocer una prisión porque viven en determinados barrios, se está diciendo algo devastador: que el Estado ya no los mira como sujetos plenos de derechos, sino como futuros infractores en proceso de formación. Se les mira no desde la promesa democrática, sino desde la sospecha penal. No desde la escuela, la cultura, el deporte, la salud mental o las oportunidades, sino desde la celda.

Ese es el verdadero escándalo.

La presidenta no solo habló de cárceles. Habló desde una cárcel mental: la cárcel ideológica de quienes creen que la pobreza debe ser disciplinada antes que comprendida; vigilada antes que acompañada; amenazada antes que dignificada.

Un gobernante democrático debe saber distinguir entre prevenir el delito y criminalizar simbólicamente la vulnerabilidad. Debe comprender que el narcotráfico no seduce a jóvenes porque les falte miedo a la prisión, sino porque muchas veces el Estado llegó tarde, llegó mal o nunca llegó. Donde no hubo becas, deporte, empleo, arte, salud, acompañamiento familiar ni horizontes de vida, no se resuelve nada organizando una excursión pedagógica al castigo.

La cárcel no puede convertirse en aula para los pobres.

Y si el Estado necesita mostrar una prisión para explicarles a ciertos niños cuál podría ser su futuro, entonces el problema no está en esos niños: está en el fracaso de una institucionalidad incapaz de imaginar para ellos algo distinto.

Pero hay algo todavía más serio. Una presidenta que selecciona simbólicamente a la niñez pobre como destinataria privilegiada del miedo punitivo compromete su propia idoneidad como conductora del país. Porque gobernar no es lanzar frases efectistas. Gobernar no es alimentar la ansiedad social con imágenes de castigo. Gobernar no es convertir la marginalidad en espectáculo preventivo.

Gobernar exige prudencia. Exige conocimiento. Exige comprensión de los límites del poder. Exige saber que la palabra presidencial no es una ocurrencia privada, sino un acto político con consecuencias reales. Cuando una presidenta habla, clasifica. Cuando clasifica, autoriza miradas. Cuando autoriza miradas, puede abrir la puerta a políticas públicas discriminatorias.

Por eso este debate no se agota en pedir una disculpa. El problema no es solamente que se haya dicho algo ofensivo. El problema es que se dijo algo revelador.

Revelador de una mirada que reduce la seguridad a castigo.

Revelador de una pedagogía basada en el miedo.

Revelador de una idea profundamente desigual de la niñez.

Revelador de una forma de poder que parece más interesada en exhibir prisiones que en construir futuro.

Un país democrático no necesita presidentes que lleven niños pobres a conocer cárceles. Necesita gobernantes capaces de impedir que la cárcel sea el único horizonte que el Estado les ofrece.

Porque cuando el poder mira a un niño y lo imagina primero como preso antes que como ciudadano, el que ha fracasado moralmente no es el niño.

Ha fracasado el poder.