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Etiqueta: soberanía digital

Tecnofeudalismo: el fin del mercado y la nueva renta

Alberto Salom Echeverría
albertolsalom@gmail.com

Introducción

Ahora, algunos pensadores sociales, que estudian los fenómenos más recientes que se han producido en el capitalismo (Varoufakis, 2024), han comenzado a hablar del Tecnofeudalismo. Un concepto que en un inicio produce extrañeza, puesto que el feudalismo fue un modo de producción que quedó superado en la Europa Occidental, justamente con el advenimiento del capitalismo mediante un prolongado proceso que abarcó, desde la crisis del siglo XIV, hasta consolidarse finalmente con las revoluciones burguesas y la revolución industrial entre mediados del siglo XVIII y el siglo XIX. Sin embargo, en cuanto se le ha definido con rigor como veremos, se nos transmuta en un concepto que deviene explicativo de los fenómenos que acontecen hoy en los países de capitalismo desarrollado. Veamos.

Durante dos siglos nos enseñaron que el capitalismo era un sistema de mercados libres donde el beneficio nacía de producir y competir. Esa descripción ya no encaja. Los gigantes tecnológicos no ganan principalmente vendiendo, ganan cobrando peaje por dejar vender a otros. A este cambio de lógica el economista Yanis Varoufakis lo ha llamado tecnofeudalismo: no es una metáfora provocadora, sino una categoría económica para describir el paso del beneficio a la renta. Hoy los grandes capitales se multiplican por medio de la renta.

Este ensayo explica qué es el tecnofeudalismo, cómo afecta al capitalismo contemporáneo y por qué América Latina —y Costa Rica en particular— no es un espectador sino una colonia digital de ese nuevo feudalismo.

1. ¿Qué es el tecnofeudalismo?

En el feudalismo clásico el poder no venía de producir, sino de poseer la tierra. En el tecnofeudalismo el poder no viene de producir bienes, sino de poseer la nube. Varoufakis denomina a ese nuevo medio de producción “cloud capital.”

Este sistema crea tres clases: 1) cloudalistas (Amazon, Google, Meta, Apple, Microsoft), 2) vasallos (empresas que deben instalarse en esa nube), 3) cloudsiervos (nosotros, que generamos datos gratis).

La renta adopta tres formas: por acceso (Apple 30%, Amazon $39.99 + 8-15%), por atención (Google/Meta venden tu atención), por exclusión (ya no compras, pagas suscripción. Toda esta información la he oteado en la nube por medio de la Inteligencia Artificial).

2. ¿Cómo afecta al capitalismo?

El tecnofeudalismo no elimina el capitalismo -explica Varoufakis- lo vacía por dentro. Primero, mata el mercado. Un mercado baja precios por competencia. Un feudo digital gana haga lo que haga el vasallo. Su beneficio por terceros es cuatro veces mayor que por venta directa (35% margen AWS vs 6% retail).

Segundo, concentra sin precedentes. Tercero, debilita al Estado-nación. El feudo es transnacional, escribe sus propias reglas.

Los críticos dicen que Varoufakis exagera. El siervo no podía irse; el usuario puede borrar Instagram, aunque con un costo social inmenso. No hay feudalismo, hay monopolio extremo. La discusión semántica es válida, pero no cambia el diagnóstico.

3. Amazon en América Latina:

América Latina muestra que el tecnofeudalismo es una guerra de feudos. El señor dominante no es Amazon, es Mercado Libre. En 2023 Mercado Libre invirtió $3.600 millones en 225 centros logísticos.

Amazon, ante la imposibilidad de conquistar, compra vasallaje -advierte Varoufakis-: bono convertible de $25 millones en “Rappi” con opción a 12%. No quiere motos, quiere cobrar peaje sobre entregas en 10 minutos. “Rappi” es una empresa tecnológica latinoamericana, originaria de Colombia, que funciona principalmente mediante una aplicación móvil. En términos sencillos, -dice la IA- es una especie de plataforma de servicios y entregas a domicilio. “Rappi” no es pues un restaurante ni una tienda en sí misma: conecta al cliente con restaurantes, comercios y repartidores, y cobra por determinados servicios.

Los datos revelan la mutación: vendedores externos son 61% de unidades vendidas en Amazon. No quiere vender, quiere que otros vendan en su territorio y pagar renta.

4. Costa Rica: la colonia digital

Costa Rica es una colonia digital. No somos mercado, somos fábrica de vasallos. Entre 2017 y 2021, según CINDE, Amazon triplicó su planilla de 5.000 a 15.000 empleados. No son bodegas, son servicios de AWS, Prime Video, finanzas. AWS se traduce como Amazon Web Services, o sea es la plataforma de servicios de computación en la nube de Amazon. Dicho de manera sencilla AWS permite que empresas, gobiernos y aplicaciones utilicen por internet computadoras, almacenamiento, bases de datos y otros servicios tecnológicos, sin tener que comprar o mantener sus propios servidores. (Cfr. IA)

Antes una empresa compraba servidores, los instalaba, los mantenía y ampliaba su infraestructura cuando crecía. Con AWS -dice la IA- alquila capacidad informática por internet, paga según el uso y puede aumentar o reducir esa capacidad rápidamente. Por ello AWS se ha convertido en uno de los más grandes protagonistas mundiales de la computación en la nube, junto con Microsoft Azure y Google Cloud.

Doble dependencia: cloudsiervos que producimos datos y vasallos comerciales que pagamos renta. Vulnerabilidad expuesta en octubre 2025, cuando Amazon anunció recorte de 30.000 empleos y plan de reemplazar 600.000 puestos con robots en diez años, con inversión de $100.000 millones en IA.

Conclusión

El tecnofeudalismo no es fin del capitalismo, es su evolución rentista. El capitalismo prometía que el mercado disciplinaría al poder; el tecnofeudalismo demuestra que cuando alguien posee el mercado, no necesita competir.

Para Costa Rica y América Latina la pregunta ya no es si participar o no —no hay afuera— sino en qué condiciones. Tres políticas: infraestructura pública de nube y pagos; regulación que trate a plataformas como infraestructuras esenciales; y fomento de canales directos que bajen peaje del 30% al 5%. Volveré sobre esto.

Referencias:

Durand, C. (2020). Techno-féodalisme. La Découverte.

Varoufakis, Y. (2024). Techno feudalism: What Killed Capitalism. Bodley Head.

CINDE (2022). Reporte de inversión extranjera directa Costa Rica.

Bloomberg Línea (2023). Mercado Libre y Amazon en América Latina.

NCR Noticias (2024). La operación de Amazon en Costa Rica.

La revuelta del algoritmo: Nepal, la Generación Z y el futuro de la democracia

Mauricio Ramírez

Mauricio Ramírez Núñez
Académico

En Nepal, cientos de personas, en su mayoría de la Generación Z (1995-2010), han tomado las calles en las últimas semanas. La chispa fue la decisión del gobierno de bloquear el acceso a redes sociales como TikTok, YouTube, Instagram y Facebook, con el verdadero propósito de acallar la disidencia bajo el disfraz de combatir la desinformación. Se trata de una medida con el aroma de las viejas lógicas del siglo XX, incapaz de comprender el papel central que estas plataformas cumplen en la vida social y política contemporánea. Lejos de sofocar el malestar ciudadano, el bloqueo desató una ola de protestas que muy pronto trascendió lo digital y se convirtió en un cuestionamiento abierto al sistema político, marcado por la corrupción, el desempleo y la falta de oportunidades.

Las calles de Nepal arden no solo por la indignación de una juventud hastiada, sino también por la fricción entre dos épocas que colisionan. Lo que se vive en el Himalaya no es simplemente una protesta social contra la precariedad y la corrupción; es un verdadero sismo político que deja al desnudo la fragilidad de nuestras estructuras de poder, incluida la democracia misma. Y ahí está la clave: la democracia no está muerta, pero sí corre el riesgo de volverse irrelevante si no se reforma a tiempo para dialogar con una realidad digital que ya ha superado los marcos institucionales tradicionales.

Aquí es donde el pensamiento de Byung-Chul Han ilumina el trasfondo. Han nos recuerda que el poder contemporáneo ya no actúa solo prohibiendo o reprimiendo, sino seduciendo y permitiendo. Es un poder que se reviste de libertad y que opera bajo la lógica del rendimiento y la autoexplotación. La Generación Z, nacida en este ecosistema, experimenta el contraste entre un Estado que todavía ejerce un poder disciplinario y coercitivo —bloqueando, censurando, limitando— y unas plataformas digitales que se presentan como espacios “permisivos, horizontales y liberadores”, aunque en realidad respondan a intereses privados y a algoritmos que moldean la percepción colectiva.

De ahí la ambigüedad de esta particular revuelta. A primera vista parece un acto emancipador, un grito contra la corrupción y el autoritarismo. Pero no podemos descartar que también sea, en parte, un síndrome de abstinencia: una reacción visceral al corte del acceso a redes sociales que constituyen el hábitat natural de esta generación. La protesta se mueve, entonces, en dos planos: como defensa de derechos democráticos y como defensa inconsciente de plataformas privadas que han reemplazado a la plaza pública.

La disputa central no es solo entre jóvenes y Estado, sino entre soberanía estatal y soberanía digital. El Estado nepalí y muchos otros a nivel mundial no han perdido por completo su autoridad, pero ahora la comparten y la disputan con corporaciones globales que ejercen un poder no coercitivo, sino persuasivo y capilar en este ámbito. En este nuevo escenario, los algoritmos se convierten en árbitros invisibles que deciden qué voces se amplifican y cuáles se silencian. Esto no es un problema menor.

La libertad, bajo este régimen digital, aparece como una espada de doble filo. Se vive como herramienta de empoderamiento y organización, pero también funciona como trampa de un totalitarismo liberal posmoderno que no reprime desde fuera, sino que captura desde dentro. La revuelta nepalí muestra así el rostro ambiguo de la libertad contemporánea: emancipadora y, a la vez, instrumentalizada.

El caso de Nepal obliga a repensar el futuro de la democracia. Si no logra reformarse para dialogar con estas nuevas generaciones, con sus códigos de inmediatez, supuesta horizontalidad y transparencia radical, quedará rezagada o degradada a infocracia, como el mismo Han lo afirma, frente a los poderes factuales del mundo digital. La pregunta no es si la democracia está muerta, sino si está dispuesta a renacer para no volverse irrelevante ¿obsoleta? en un terreno ya redibujado por el poder invisible de datos y algoritmos que deciden por los humanos.