Honduras ante las urnas: entre el hartazgo y el temor a la continuidad
Por Juan Carlos Cruz – para SURCOS
Honduras vuelve a las urnas este domingo en lo que, en principio, debería ser un ejercicio democrático rutinario. Cada cuatro años el país renueva sus autoridades, y en teoría ese simple calendario electoral tendría que ser garantía de estabilidad. Pero en la práctica, la historia reciente hondureña muestra lo contrario: cada proceso electoral se transforma en un episodio tenso, cargado de desconfianza y con un trasfondo de maniobras políticas que erosionan la fe ciudadana en las instituciones.
Hoy el clima preelectoral vuelve a mostrar esos signos de desgaste. Para una parte significativa de la población —no únicamente sectores conservadores— la preocupación central no es qué proyecto político promete un rumbo más claro, sino evitar la continuidad del partido oficialista, Libertad y Refundación (Libre). Y ese rechazo no se explica por afinidades ideológicas, sino por la percepción acumulada de un gobierno que, lejos de romper con prácticas del pasado, terminó reproduciendo los mismos vicios que tanto criticó.
El partido Libre, fundado en torno al liderazgo de Manuel Zelaya, llega a esta elección con una candidata que se presenta como la versión más “revolucionaria” del proyecto: Ricci Moncada. Sin embargo, para muchos hondureños el discurso transformador contrasta con el balance que se le atribuye al oficialismo: corrupción, nepotismo, colusión con las Fuerzas Armadas, clientelismo político, injerencia sobre el Congreso Nacional y la Fiscalía, endeudamiento acelerado y escasos avances en servicios esenciales como salud y educación. En palabras de la ciudadanía más desencantada, “no hicieron ninguna diferencia”, salvo para el surgimiento de nuevos grupos privilegiados.
El problema de fondo es más hondo que una sola elección. Honduras parece atrapada en un ciclo donde cada gobierno promete refundación y termina consolidando nuevas élites, nuevos beneficiados y viejas prácticas. Por eso, para muchos votantes, este domingo no se trata de elegir entre proyectos sólidos, sino entre males relativos. Y aun así, el miedo a que la continuidad del partido gobernante empeore la situación pesa tanto como la falta de alternativas convincentes.
Queda, entonces, una esperanza mínima pero esencial: que las elecciones transcurran en paz, que el proceso sea transparente y que los resultados se respeten. Suena elemental, casi obvio, pero en Honduras —como en buena parte de la región— esas reglas básicas suelen ser las primeras en tambalear.
El país necesita recuperar la normalidad democrática. No una utopía, no una refundación eterna, sino algo mucho más simple y urgente: que las elecciones vuelvan a ser elecciones, y no un campo de batalla donde el poder se aferra con uñas y dientes, aunque la ciudadanía ya no quiera verlo “ni en pintura”. El domingo será una prueba de madurez institucional. Ojalá esta vez el Estado esté a la altura.
Elaborado a partir de entrevistas a periodistas hondureños.
