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Etiqueta: vínculos humanos

Del principito a la inteligencia artificial

De homine exteriori ad hominem interiorem

Dr. Rodrigo Díaz Bermúdez*

¿De qué ha servido revolucionar el mundo exterior si no hemos aprendido a gobernar nuestro mundo interior?

Esta pregunta me ha vuelto a llevar, inesperadamente, a el Principito. Hace muchos años lo leí como una historia hermosa. Hoy lo leo de otra manera: como una pequeña radiografía de una humanidad que ha crecido por fuera mucho más rápido de lo que ha crecido por dentro.

El Principito viaja de planeta en planeta encontrándose con adultos extraños: el rey que necesita súbditos, el vanidoso que necesita admiradores, el hombre de negocios que quiere poseer estrellas, el farolero atrapado en una tarea que ya no comprende y el geógrafo que conoce territorios que nunca ha visitado.

Saint-Exupéry escribió estas figuras hace décadas. Sin embargo, algunas parecen haber escapado del libro y haberse instalado en nuestro siglo.

Hoy tenemos hombres de negocios que ya no cuentan estrellas, sino datos; gobiernos que cuentan ciudadanos; plataformas que cuentan clics; mercados que convierten nuestra atención en mercancía y máquinas que comienzan a aprender de nosotros.

Hemos multiplicado nuestras posibilidades, pero no necesariamente nuestra sabiduría.

El hombre de negocios del Principito quería poseer las estrellas. Nosotros hemos aprendido a poseer fotografías, perfiles, seguidores, territorios digitales, información y hasta versiones de nosotros mismos. La antigua pregunta “¿qué puedo tener?” ha ido desplazando a otra mucho más incómoda: “¿quién estoy llegando a ser?”.

Quizá por eso la rosa sigue siendo tan importante. El Principito descubre que no es especial simplemente porque sea única, sino porque ha establecido un vínculo con ella. El valor no está solamente en poseer; está en cuidar.

Y entonces aparece el zorro con una de las grandes palabras del libro: domesticar, es decir, crear vínculos.

Nuestra época sabe conectar dispositivos, pero no siempre sabe conectar personas.

Estamos técnicamente hiperconectados y existencialmente fragmentados. Podemos conversar con miles y no conocer profundamente a nadie. Podemos recibir información de todo el planeta y seguir sin comprender al que duerme a nuestro lado.

El problema no es la tecnología. El problema es que hemos colocado una revolución exterior gigantesca sobre una humanidad interior que todavía lleva heridas antiguas.

Seguimos peleando por dinero, por poder, por herencias, por unos metros de tierra, por identidades, por partidos y por narrativas. Seguimos teniendo guerras entre naciones y guerras dentro de las familias. Cambiaron nuestras armas, pero no siempre cambiaron nuestros impulsos.

Por eso me interesa tanto la paz interior.

No como aislamiento, ni como fuga, ni como convertirse en monje. La paz interior es otra cosa: es conservar un territorio dentro de nosotros que no pueda ser ocupado por cada noticia, cada algoritmo, cada mercado, cada miedo o cada conflicto.

Jesús habló de una paz distinta. Sócrates habló de examinar la propia vida. Buda habló del sufrimiento y del apego. El Principito, desde otro lenguaje, terminó preguntando por aquello que los adultos habían olvidado mirar.

Quizá todos estaban señalando hacia el mismo lugar: el interior humano.

Hoy estamos fabricando inteligencia artificial mientras todavía intentamos comprender nuestra propia inteligencia emocional, moral y espiritual. Podemos crear máquinas capaces de procesar cantidades extraordinarias de información, pero seguimos sin saber qué hacer con una preocupación que nos visita de madrugada.

Esta es la paradoja de nuestro tiempo: hemos aprendido a conquistar el espacio exterior, pero todavía no sabemos habitar pacíficamente nuestro espacio interior.

Y quizá la próxima revolución no sea tecnológica.

Quizá sea humana.

Tal vez tengamos que pasar del hombre que posee al hombre que cuida; del hombre que consume al hombre que contempla; del hombre que acumula información al hombre que encuentra sentido; del hombre que conquista el exterior al hombre que aprende a gobernar su interior.

El Principito abandonó sus pequeños planetas para descubrir que lo esencial no estaba donde parecía.

Nosotros hemos llenado el planeta de máquinas, ciudades, mercados, pantallas y datos.

Ahora tendremos que preguntarnos qué hemos hecho con nosotros mismos.

Porque puede ocurrir que lleguemos demasiado lejos en el universo y demasiado tarde a nuestro propio interior.

Y entonces la pregunta inicial volverá a esperarnos:

¿De qué ha servido revolucionar el mundo exterior si no hemos aprendido a gobernar nuestro mundo interior?

Quizá esa sea la verdadera revolución que todavía nos falta.

*Rodrigo Diaz Bermúdez, teólogo costarricense y dominicano, sociólogo de la religión, educador y escritor.

¿Qué pasó? ¡La tecnología nos separó!

MSc.Lic.Bach. Anais Patricia Quirós Fernández
Académica Universitaria
Especialista en la Enseñanza del Idioma Inglés
Universidad Técnica Nacional, Sede El Roble
Estudios en Género, Diversidad y Derechos Humanos,
Conciencia digital y fundamentos de la IA,
Diplomada Internacional en Cambio Climático y
Gestión Integral del Riesgo de Desastres Naturales
Estudiante Carrera Derecho

Eres invisible, no te puedo ver ni escuchar.

No deseo juzgar; solo trataré de reflexionar acerca de un tema que nos afecta, pero que no deseamos reconocer como un problema porque lo «necesitamos», aun cuando sabemos el daño que está causándole al núcleo social.

Hace algunos años, la comunicación se alimentaba de encuentros físicos, de intención y paciencia. El teléfono fijo era solo un objeto anclado a un lugar, no a una persona. Si alguien te llamaba, era más una sorpresa que un acto planeado o negado. Las conversaciones se daban en el pasillo de casa o en un lugar público, a la vista de todos. Escribir cartas o postales compartía aquella intención de comunicarse: el olor al papel y el color de la tinta. Era todo un ritual; elegir la mejor postal, la mejor caligrafía y el mejor papel para denotar la dedicación de un acto lleno de sentido. Había una gran intención.

Aquellos encuentros casuales eran físicos, llenos de energías y capturas visuales que provocaban el deseo de una segunda ocasión. La disponibilidad era real. Los sentidos se activaban totalmente: vista, oído, olfato y un tacto que podía terminar en un apretón de manos, un abrazo caluroso o un beso en la mejilla; gestos con el poder de transmitir sentimientos e imágenes perdurables. Nada era gestionado por una agenda digital.

Las pantallas individuales antes no existían; la familia convergía en un solo punto, convirtiendo en un evento colectivo el acuerdo de ver un programa o una película. Se permitían las cenas compartidas para hablar o discutir temas cotidianos mirando a los ojos. La mesa era un centro sagrado, sin interrupciones por timbres de celulares. Eran conversaciones que iniciaban y concluían sin retiros tempranos ni despedidas aceleradas. Los juegos de fin de semana en familia permitían que el lenguaje corporal fuera esencial para detectar las emociones o dudas de los otros.

Si caminabas, podías ver a los ojos a un extraño para pedir una dirección y dar las gracias. Podías disfrutar de un concierto levantando las manos y viviendo la adrenalina, llevándote las imágenes guardadas en tu cerebro, sin la preocupación de subir contenido a las redes para que el mundo se enterara de dónde y con quién estabas. Disfrutabas de una conversación de frente, captando gestos y grabando cada instante vivido. Veías a los niños jugando en un parque mientras los adultos hablaban entre sí sin perderlos de vista. Estábamos ahí al 100%. Existía una presencia que generaba sentimientos reales en tiempos reales. No teníamos el don de la ubicuidad (estar en muchos sitios a la vez), pero teníamos el don de la atención.

Con la llegada de la tecnología, nos estamos volviendo invisibles para quienes están frente a nosotros; terminamos no estando plenamente en ningún lado, pero fríamente en todas partes.

Es necesario entender la diferencia entre estar conectados y estar vinculados. La tecnología nos ha dado un gran empujón como herramienta, pero no nos detenemos a ver cómo ha desplazado nuestra capacidad de sostener vínculos profundos. Esto provoca un «aislamiento funcional»: ese momento en una cena donde intentas responder a diferentes chats, estando físicamente en el lugar, pero emocionalmente fragmentado. No estás con nadie.

Basándonos en el concepto de Zygmunt Bauman, hemos pasado de una sociedad de «productores» (donde las relaciones eran sólidas y requerían esfuerzo) a una sociedad de consumidores desechables. Para Bauman, un vínculo requiere compromiso, tiempo y trabajo. Una conexión, en cambio, solo requiere un «clic»: activar, bloquear o desactivar. Es una libertad acompañada de soledad; nos volvemos invisibles para otros con la misma facilidad con la que nosotros los invisibilizamos.

Mercado de las personalidades

Hoy, las redes sociales y aplicaciones de citas están integradas por seres humanos «perfectos», preparados para ser empaquetados y vendidos en un mercado necesitado de aprobación. El valor se mide en likes, comentarios o emojis. Editamos el «yo» mostrando solo los mejores viajes y sonrisas, y como cualquier producto en venta, debemos rotar, plantear ofertas y actualizar la fecha de caducidad; es la obsolescencia programada de nuestra propia identidad.

La tecnología ha eliminado la necesidad de reparar. En un mercado de variedad infinita, no hay necesidad de buscar profundidad. Aquí nacen las relaciones líquidas: parejas, padres e hijos líquidos que se evaporan fácilmente. Antes, si tenías un conflicto, buscabas soluciones porque tu círculo social era limitado; hoy, el mercado ofrece cientos de opciones para comprar una conexión nueva en la cultura del descarte. Esta deshumanización enmascarada nos hace ver perfiles en lugar de personas, convirtiéndonos en objetos de consumo que se usan mientras entretienen y se desechan cuando requieren un esfuerzo real. Hemos confundido contactos con amigos, transformándonos en una presencia digital que no abriga.

El banquillo de suplentes digitales

La parte más dolorosa de esta invisibilidad ocurre cuando penetra el manto de la confianza y la lealtad en la pareja. La tecnología ha vuelto la infidelidad algo abstracto, constante y de aparente bajo riesgo emocional. No es que antes no existiera, pero requería un esfuerzo logístico enorme. Hoy, las parejas viven en una alerta permanente o en un cinismo absoluto. La tecnología permite mantener a personas en una «sala de espera» emocional, invisibilizando a la pareja presente frente al fantasma de la fantasía digital.

La deslealtad como consumo de novedad: sin cuerpo, pero con daño

La lógica del mercado dicta que el producto más nuevo siempre parece mejor que el que se tiene en casa. La tentación del catálogo infinito provoca la ansiedad del FOMO emocional (miedo a perderse algo). Entonces, la pareja deja de ser un compañero de vida para convertirse en un «servicio» reemplazable por la novedad de un chat recién iniciado. Es más fácil reemplazar que reparar; bloqueas a alguien y deja de existir en tu interfaz, en un acto de bloqueo de su humanidad.

Esta zona gris destruye la confianza. El autoengaño de creer que «solo es un chat» nos lleva a subastar afectos en un catálogo virtual esperando siempre un mejor precio o calidad. La tecnología ha democratizado la traición. Preferimos la ligereza de una conexión volátil tras la pantalla que la solidez y el peso de una relación real.

Indudablemente, la tecnología nos ha dado mil formas de estar con otros, pero nos ha quitado la lealtad de quedarnos con uno solo. En este mercado de afectos falsos, no se es infiel por falta de amor, sino por un exceso de opciones volátiles que nos han vuelto, finalmente, invisibles.

La tecnología no es el enemigo, pero si la cortina que nos ha vuelto invisibles. Hemos canjeado la calidez de un abrazo por la frialdad de un “like” y la lealtad de un compromiso por la ansiedad de un catálogo infinito que capta solo una milésima de segundo de un ser perfecto que no existe mas que en la virtualidad y que ofrece gran variedad de afectos desechables. Nos hemos convertido en expertos(as) en conectar, pero analfabetos en vincularnos. En productos de consumo sentimental, insensibles, y de relaciones liquidas. Estamos renunciando a lo real. Pero al final cada uno elige, y soporta cuando se enfrenta a su propia realidad: El desafió de volver a ser visible y real.