Ir al contenido principal

Sin pan y sin alma: la guerra del neoliberalismo progre contra los de abajo

Mauricio Ramírez Núñez
Académico

Mauricio Ramírez

La clase trabajadora y media en Occidente sufre hoy un doble castigo que no solo deteriora sus condiciones materiales, sino que desintegra su equilibrio espiritual y mental. No es casual que sociólogos como Oliver Nachtwey hablen de sociedades del descenso para describir una época en la que el futuro ya no promete ascenso ni mejora, sino degradación constante. Esta crisis no surge del vacío: es producto de una convergencia perversa entre el neoliberalismo económico y el progresismo cultural hegemónico. Aunque se presentan como fuerzas antagónicas, en la práctica actúan en equipo, imponiendo sobre las mayorías populares una doble condena: explotación económica por un lado, y desarraigo cultural e identitario por el otro.

Para nadie es un secreto que el neoliberalismo ha generado décadas de precarización, destrucción ambiental, desempleo disfrazado de emprendimiento, debilitamiento de sindicatos, recortes al Estado social y concentración obscena de la riqueza. Para millones de trabajadores, la vida se ha reducido a sobrevivir. Ya no se lucha por vivir mejor, sino por no hundirse más. Las condiciones materiales se erosionan y el ascenso social es cada vez más un espejismo.

Pero a este castigo económico se le suma uno cultural (espiritual): el progresismo dominante, desde sus posiciones de poder simbólico e institucional, impone un modelo identitario y moral que desarraiga a la clase trabajadora de sus raíces culturales, espirituales y comunitarias. En nombre de una supuesta liberación individual, se promueve un discurso que margina las formas tradicionales de vida, ridiculiza los valores religiosos y comunitarios, y despoja a las clases populares de su sentido de pertenencia. Se les exige adaptarse a códigos culturales ajenos (que vienen curiosamente de aquellos centros de poder neoliberales), hablar un lenguaje que no es el suyo y aceptar una moral que no nace de su experiencia de vida. Nada más ajeno al espíritu original del marxismo, que nunca separó la lucha material de las realidades culturales del pueblo.

El resultado es devastador: crisis de identidad, depresión colectiva, fragmentación de comunidades, colapso espiritual. Estas clases ya no solo sienten que han perdido el control sobre su presente económico, sino también sobre el relato de quiénes son. Se enfrentan al vacío existencial de quien no puede reconocerse en el espejo de la cultura dominante. ¿Entonces? Esta ruptura entre la vida material y la vida simbólica, entre el cuerpo explotado y el alma desarraigada, explica en parte el desapego de estas clases hacia la política institucional (tradicional) y, al mismo tiempo, su creciente atracción por discursos populistas o extremistas que al menos les hablan en un idioma comprensible y les devuelven una (falsa) ilusión de identidad.

Este fenómeno no es accidental. Tanto el neoliberalismo como el progresismo cultural, que de izquierdas realmente tiene poco, comparten un desprecio estructural por lo comunitario, por lo espiritual, por las tradiciones populares. Ambos promueven una radical individualización: el primero convierte al ciudadano en consumidor precarizado; el segundo en sujeto identitario aislado, obligado a reinventarse constantemente según los dictados de una cultura de élite cosmopolita “moderna”. En ambos casos, lo que se rompe es la posibilidad de una vida común, de una historia compartida, de una lucha colectiva.

La identidad espiritual, tan presente en las comunidades trabajadoras y populares, ha sido una fuente histórica de resistencia, de dignidad, de sentido. No es un simple conjunto de creencias privadas: es el lazo que une, el refugio que sostiene, la memoria que guía. Destruir esa identidad es debilitar su capacidad de lucha, reducirlas a individuos desconectados, agotados y fácilmente manipulables. ¡Creo que dimos en el blanco!

Denunciar este doble castigo no es un gesto retórico, es una necesidad política. La clase trabajadora y media no solo necesita pan y techo: necesita también ser reconocida, valorada en su cultura, y fortalecida en su identidad espiritual. Sin raíces, ningún árbol resiste la tormenta; y hoy, millones son arrancados de su suelo simbólico por vientos ideológicos que los debilitan más que la propia miseria material. Ante un sistema que los exprime económicamente y los vacía espiritualmente, urge construir una alternativa que articule justicia social con respeto profundo por la cultura popular y su dimensión espiritual. No hablamos de nostalgia, sino de resistencia. No de pasado, sino de presente y futuro.

Solo recuperando su centro (material, simbólico y espiritual) las clases trabajadoras de occidente podrán romper el cerco que las asfixia. Sin esa reconexión espiritual profunda, no habrá cambio posible. Y sin ellas, no habrá transformación real ni futuro digno para nuestros pueblos.

Arnoldo Mora: «La elección del PAPA León XIV fue una escogencia con enorme madurez y sentido del poder»

El filósofo Arnoldo Mora explicó las razones estratégicas y simbólicas detrás de la elección del PAPA León XIV, destacando su conexión con América y su capacidad para enfrentar los desafíos actuales de la Iglesia católica.

«La escogencia de este PAPA queda absolutamente perfecta, es una escogencia que los cardenales hicieron con una enorme madurez y un gran sentido del poder», afirmó Mora al analizar la rápida designación del nuevo pontífice.

Según el filósofo, la elección de un PAPA americano responde a la realidad demográfica del catolicismo global. «De los cuatro países donde hay más catolicismo, tres viven en América: Brasil que tiene 220 millones de habitantes, México que tiene 115, 120 millones de habitantes, son los dos países que tienen más católicos en el mundo. El tercero es Filipinas con más de 80 millones y el cuarto los Estados Unidos que tienen más de 53 millones de católicos», explicó.

Mora destacó que la Iglesia estadounidense es «muy poderosa, no sólo económicamente sino políticamente». Mencionó que «la universidad Georgetown donde se forman todos los cuadros de la diplomacia y los cuadros políticos de los Estados Unidos es de los jesuitas». Además, señaló que «las grandes diócesis Boston, Chicago, Nueva York son extremadamente poderosas, financian el Vaticano».

El nuevo pontífice representa una conexión entre las dos partes del continente americano. «Nacido en el norte, pero desarrolló toda su pastoral, su actividad sacerdotal en el Perú, tanto que a la hora de saludar por primera vez como Papa al público lo hace citando en castellano y no en inglés», señaló Mora.

El filósofo explicó que otra razón para esta elección responde a dinámicas internas de la Iglesia. «Hay muchas tendencias, energías extra que tienden a la división. El gran peligro de la Iglesia, que históricamente siempre ha sido así, son las fuerzas centrífugas”, afirmó, añadiendo que se necesitaba «un hombre que mire hacia adentro, que concilie porque Francisco suscitó multitud de anticuerpos de los sectores más conservadores».

Mora resaltó la experiencia administrativa del nuevo PAPA. «Fue un dirigente de altísimo nivel de un dicasterio -el equivalente a un ministerio- de los obispos. A él le tocaba escoger quiénes iban a ser obispos en el mundo y hay más de 5600 obispos en todo el mundo», explicó. Esta posición «le permitió conocer a la jerarquía en todos los continentes, en el mundo entero mejor que nadie».

El filósofo subrayó la formación del nuevo pontífice como «el primer PAPA que es graduado en matemáticas, además graduado en filosofía, graduado en teología, doctor en derecho canónico», aunque advirtió que «nunca va a ser Francisco porque Francisco tenía un carisma».

Según Mora, la elección del nombre León XIV revela «una vuelta a lo tradicional». Explicó que «León XIII fue el gran creador del papado de la iglesia moderna» que abrió la institución «al mundo moderno» y publicó «la carta pastoral más importante, la Rerum Novarum, donde pone las bases de la doctrina social de la iglesia».

El filósofo concluyó que esta elección papal ocurre en un momento histórico comparable al que vivió San Agustín, “en cuyo honor se fundó a mediados del siglo XIII la orden del nuevo PAPA”. Arnoldo Mora detalló: «A él le tocó vivir el fin del imperio romano, uno de los acontecimientos históricos más importantes y ahora estamos viviendo el fin del imperio norteamericano, el fin de la hegemonía de occidente, el lanzamiento de una nueva época», finalizó Mora.

Nota del editor: Un detalle destacado por el experto Arnoldo Mora es que la palabra PAPA debe escribirse con mayúsculas, pues son las siglas de Petri Apostoli Potestamen Accipiens (que en español significa El que sucede al apóstol Pedro o Sucesor de Pedro).

El Flautista de Hamelin y el político populista que vino de Indonesia: una fábula moderna

Por JoseSo (José Solano-Saborío)
Ciudadano y libre pensador

En 1284, la ciudad de Hamelin enfrentó una plaga de ratas. Un misterioso flautista prometió liberar a los habitantes del problema a cambio de una recompensa. Los aldeanos aceptaron, pero cuando el flautista cumplió, quién lo contrató, el alcalde, se negó a pagarle su recompensa. Entonces, el músico usó su melodía para llevarse algo mucho más valioso: los niños del pueblo.

Esta leyenda alemana, con sus múltiples interpretaciones, resulta inquietantemente actual en la Costa Rica del 2025, cuando se compara con el discurso del político populista qué nos llegó del Lejano Oriente. Ambos, el flautista y el demagogo son figuras seductoras que prometen soluciones fáciles a problemas complejos. Con palabras dulces y promesas grandilocuentes, logran que la gente los siga, cegada por la esperanza de un cambio inmediato.

El flautista ofrecía liberar a Hamelin de las ratas sin esfuerzo; el político populista promete a Costa Rica acabar con la corrupción, la pobreza o la inseguridad con solo votar por él. Ambos apelan a las emociones, no a la razón. Y, como en el cuento, cuando la realidad no coincide con la fantasía vendida, el pueblo termina pagando un precio mucho más alto.

Los habitantes de Hamelin, al final de esa leyenda, aprendieron demasiado tarde que las soluciones mágicas no existen. Hoy, en medio de crisis políticas y sociales, asesinatos por crimen organizado y pequeños agricultores arruinados, la lección sigue vigente: quien sigue ciegamente al encantador de turno, sin cuestionar sus métodos o sus intenciones, puede terminar perdiendo más de lo que imaginaba. La verdadera salvación no está en la melodía seductora, sino en la participación crítica y en la memoria histórica.

Después de todo, la diferencia entre el flautista y el político populista es solo una: el primero se llevó a los niños; el segundo, el futuro de todo un país.

TIRRIA

José Manuel Arroyo Gutiérrez

         Siempre creí que este curioso sustantivo, así como el adjetivo tirrioso (sa) eran costarriqueñismos. Pero resulta que no exactamente. El Diccionario de la Lengua Española (Vigésima Tercera Edición, p. 2127), consigna la muy castiza tirria como una “manía, odio u ojeriza hacia algo o alguien”; y respecto de tirrioso(sa) sí resulta ser un uso particular en Costa Rica para referirse a alguien “que tiene tirria”.

         El Organismo de Investigación Judicial (OIJ) fue creado mediante Ley No. 5524 del 7 de mayo de 1975, en el marco de la gran reforma al sistema normativo penal de los años setentas del siglo pasado. Esta Ley en particular topó, en su proceso de gestión, con el veto del Presidente Figueres Ferrer, quien expresamente cuestionó la posibilidad de un cuerpo policial en la esfera del Poder Judicial. Pero se impuso finalmente la voluntad legislativa, mediante resello, en favor de fundar una policía técnica para la investigación científica de los delitos, que viniera a sustituir las anacrónicas “oficinas de detectives” o la muy corrupta y desprestigiada Dirección de Investigaciones Criminales existentes hasta entonces, en la esfera del Poder Ejecutivo.

         Se dio así un salto hacia la modernización en la investigación de los delitos de todo tipo, pero, de manera estratégica, se sustrajo asimismo de los gobiernos de turno, la posibilidad de manipular las denuncias e investigaciones penales con fines político-partidarios y se neutralizó la eventual persecución ilegítima de opositores o críticos.

         Estas breves notas lingüísticas e históricas vienen a cuento, porque oyendo la tirria con la que el Presidente Chaves Robles se refiere al OIJ y su decisión de vetar la reforma legal que rebajaría la edad de jubilación de sus integrantes, se evidencia su profunda frustración por no poder controlar un cuerpo policial profesional, cuyo rol se magnifica al ser Costa Rica un país sin ejército y contar esta policía especializada con un tradicional prestigio y buena calificación dentro de la ciudadanía.

         Hay buenas razones de orden técnico para proponer la jubilación anticipada de personas en razón de la naturaleza del trabajo que desempeñan, como es el caso de la función policial, en la que hombres y mujeres deben tener condiciones físicas óptimas, pericias y destrezas asociadas a la fuerza, la habilidad, los reflejos y la capacidad de respuesta que en promedio empiezan a declinar después de los 50 años. Este debería ser un derecho que abarcara a todas las fuerzas policiales del país y no sólo al OIJ.

         En síntesis, Chaves Robles debería oír razones, aceptar que este es un país con poderes divididos y controles recíprocos y dejar de ser tan tirrioso, porque es malo para el hígado.

El 80 Aniversario de la Victoria de la Gran Guerra Patria

Colectivo Amistad con Rusia

En calidad de miembros del Colectivo Amistad con Rusia de Costa Rica, reafirmamos nuestro compromiso con los valores del humanismo que garantizan la justicia, la libertad, la soberanía y la paz de los pueblos del mundo. Por ello, nos sumamos a la conmemoración del 80 Aniversario de la Victoria de la Gran Guerra Patria, acontecimiento que marcó un hito para la humanidad en la lucha contra el nazismo. Gracias a los sacrificios y a la valentía de los soviéticos y al heroísmo del Ejército Rojo, los invasores hitlerianos sufrieron una total derrota en el territorio de la URSS. Pero además, subrayamos la combatividad y la solidaridad del Ejército Rojo y su papel prominente, en liberar a los pueblos de Europa de la noche oscura del nazismo. El Ejército Rojo en Europa y Asia, salvó millones de vidas a costa de las suyas.

Brindar tributo al pueblo soviético en la conmemoración del 80 Aniversario de la Victoria de la Gran Guerra Patria, es responsabilidad moral de todas las naciones, pues la hazaña de vencer al nazismo se convirtió en condición insoslayable para preservar con dignidad la vida humana en el planeta.

Esta conmemoración adquiere singular importancia, pues 80 años después, el nazismo vuelve a levantar cabeza en EEUU y Europa y pretende repetir las atrocidades del pasado, al ensalzar las ideas del nazi fascismo y la guerra contra Rusia. Desde el Occidente colectivo se distorsiona la historia en un contexto que promueve la guerra proxy en Ucrania y legitima los crímenes de los neonazis al atacar a civiles rusos (incluidos ancianos, menores de edad y periodistas).

Alertamos a la comunidad internacional y a todos los pueblos, para que se haga efectiva la resolución de la Asamblea General de la ONU sobre la lucha contra la glorificación del nazismo. Así como también, llamamos a rechazar la guerra híbrida que ha impulsado el imperio estadounidense en conjunto con la OTAN en Ucrania y a condenar a los medios de comunicación en su campaña por desatar el engendro nazi de la rusofobia. Apoyamos a quienes sinceramente aúnan los esfuerzos necesarios para lograr una paz justa y duradera entre los pueblos hermanos de Ucrania y Rusia.

En honor a la memoria y su verdad histórica, este 9 de mayo del 2025, hacemos eco del reconocimiento a la gran contribución del Estado y el pueblo soviético a la paz mundial y su victoria contra el nazismo en el 80 Aniversario de la Gran Guerra Patria.

Colectivo Amistad con Rusia.
San José, 05 de mayo de 2025.

Las paradojas de una democracia sin demócratas: antecedentes – Parte 1

Esteban Rodríguez-Dobles
Docente
Historiador
Escuela de Estudios Generales UCR

En esta serie de 5 artículos, reflexionaremos sobre cómo el deterioro de la democracia en la región ha incidido sobre diferentes instituciones y promovido una serie de acciones que a lo largo de los años han permeado las prácticas políticas en distintos campos, interesa particularmente acá el justo cuestionamiento a la Universidad de Costa Rica (UCR) en lo que va de 2025. Para ello señalaremos algunos antecedentes históricos y sucesos que posteriormente vincularemos con la cultura política de la UCR.

En relación con un Estado que debió promover la excelencia académica, hace 20 años el politólogo y sociólogo Dietmar Dirmoser vislumbró las dificultades que estaba enfrentando la tercera ola democrática en América Latina, había una creciente educación pública pero de mala calidad; llamando por otro lado la atención sobre el fortalecimiento de los rasgos autoritarios entre mandatarios y ciudadanos, la menor disposición a dejar cargos en la política, así como la alarmante «colonización de lo público por intereses particulares», ¿el efecto? cooptación, clientelismo y desafección a los mecanismos formales en el manejo estatal, una educación superior colonizada por la voracidad particular del ascenso en la estructura administrativa, grandes salarios, pensiones de lujo, viajes, lobby, etc.

Cerca de estos años, en Centroamérica se sumaría, en junio del 2009 el derrocamiento en Honduras del expresidente Manuel Zelaya, quien fue desterrado por militares, trasladado con unos pocos documentos hasta el Aeropuerto Juan Santamaría de Alajuela, Costa Rica ¿cómo es que habían retornado los golpes de Estado?; el sector académico, periodístico y politológico de Centroamérica contribuyó a buscar conceptos para explicar lo anterior. Pese a reinar durante décadas unas democracias de fachada, seguían operando las prácticas que develaban una política sin cultura democrática profunda. El sociólogo Edelberto Torres Rivas les llamó “las democracias malas de Centroamérica” y se preguntaba frente a las cifras macroeconómicas, ¿a más democracia más pobreza? ¿Cuánta democracia soportan las desigualdades?

En este sentido, la democracia que debió pensar en el bien común ha sido minada desde adentro, usando los propios procesos democráticos para concretar intereses particulares. Los votantes son agentes fundamentales en cada elección, pero posteriormente a ella delegan su poder político (podemos admitir que esta es una característica del sistema político centroamericano, y que ha permeado las instituciones de las distintas democracias), así los mandatarios tras ser elegidos ejercen el poder a su arbitro valiéndose de decretos, siguiendo tangencialmente el Estado de derecho, las normas, reglamentos o la misma Constitución Política; el autoritarismo se constituye mediante una fuerza colectiva contra la democracia desde la democracia misma, para con ello apadrinar a sus líderes y conseguir sus aspiraciones personales.

Acá se anuncia una de las paradojas más complejas y desconcertantes para con el Estado: la ciudadanía respalda un poder político clientelista pues es el mecanismo que tradicionalmente les ha permitido acceder a algunos de sus mermados derechos, como el trabajo, la salud o un hogar digno. ¿De qué forma fue traducido esto en la cultura política costarricense y específicamente en la cultura política universitaria? Ya lo veremos cuando examinemos el artículo 106 del Estatuto Orgánico de la UCR, junto a los escándalos que en tiempo reciente han golpeado la credibilidad y el prestigio de la institución.

Finalmente, por sus características, a este sistema político de intercambios o trueque entre la esfera política y los ciudadanos, le denomina el sociólogo argentino Guillermo O´Donell: Democracia Delegativa. El líder se convierte en una figura carismática con la misión de salvar a los ciudadanos más empobrecidos de las garras de la institucionalidad del Estado, a este salvador le ungieron con poderes extra-constitucionales.

Imagen: Esteban Rodríguez-Dobles

Algunas reflexiones sobre el Movimiento Obrero, el Primero de Mayo y la Masonería

ALGDGADU
SFU

Conferencia de Vladimir de la Cruz MM
en el Templo Mayor de la Logia Masónica.
En la Tenida de Trabajos Ordinarios de la V
L Hermes Nº 7 el lunes 5 de mayo del 2025

Estimado y QH, Venerable Maestro, Álvaro Rojas Salazar,

QQHH de la VL Hermes Nº 7

Agradezco profundamente la invitación que me hicieran para compartir con ustedes algunas reflexiones, a propósito de la fecha gloriosa del 1º de Mayo en Nuestra Patria, su relación con el movimiento obrero y con la Masonería.

De manera conceptual el movimiento obrero refiere en una acepción al movimiento comunista y sus organizaciones sindicales y, en otra acepción, remite al movimiento sindical en general. A los efectos de esta reflexión, me guiaré por entender al movimiento obrero en su versión de movimiento sindical en general.

La fecha del 1º de Mayo en Nuestra Patria se asocia, primero, a la rendición del filibustero estadounidense William Walker que se produjo el 1º de Mayo de 1857, poniendo fin a la Gran Guerra Nacional y Centroamericana que había iniciado en 1856, en el caso nuestro, cuando invadió Costa Rica, donde fue derrotado el 20 de marzo del 1856 en la Batalla de Santa Rosa, y unos días después, el 10 de abril, en la Batalla de Sardinal. Para mí, estas dos batallas fueron las más importantes porque se derrotó a los filibusteros en suelo costarricense, sacándolos y expulsándolos del suelo nacional. Esas dos batallas marcaron la persecución que se hiciera de los filibusteros para asegurar que no penetraran el territorio costarricense, y para sacarlos de Nicaragua.

De ambas batallas se marchó hacia Nicaragua, donde los filibusteros habían llegado en 1855, donde sirvieron al gobierno de entonces y donde también fueron enfrentados. Aun así, Walker se hizo fuerte en Nicaragua al frente del Ejército y proyectó la dominación de toda Centroamérica, en sus cinco países, que quiso anexar a los estados sureños de los Estados Unidos, y con ello establecer la esclavitud a los pueblos centroamericanos, que por breve período impuso en Nicaragua.

La heroica y dura Batalla de Rivas, del 11 de abril, infligió otra derrota militar y moral a las tropas filibusteras. No pudo ser capturado Walker en su huida por haberse desatado la peste del cólera, que obligó a que las tropas costarricenses regresaran dejando, por pocas semanas, el escenario de la guerra. Así concluyó lo que se conoce como la Primera Campaña de combates contra los filibusteros.

La peste de cólera afectó terriblemente a la población costarricense. Se estima que un 10% falleció, cerca de 10.000 costarricenses.

El 20 de junio de 1856 Walker desconoció al gobierno nicaragüense presidido por Patricio Rivas, e impuso de presidente a Fermín Ferrer.

El 10 de julio el presidente Ferrer declara al General William Walker presidente de Nicaragua. En esos mismos días empezaban a llegar a Nicaragua los ejércitos de El Salvador y Guatemala a combatir a Walker, articulándose los ejércitos aliados, con el de Costa Rica, para derrotar y expulsar a Walker de Nicaragua, desde donde constituía una grave amenaza para toda la región. Así se dio la llamada Segunda Campaña de combates contra los filibusteros, ya integrado el ejército costarricense, comandado por el Presidente Juan Rafael Mora Porras, su hermano, el General José Joaquín Mora Porras y su cuñado el General José María Cañas.

La Segunda Campaña culmina con la rendición de William Walker y su salida de Nicaragua, el 1º de Mayo de 1857, lo que motivó que el Presidente Juan Rafael Mora Porras, declarara, que el 1º de Mayo de cada año debía celebrarse, a partir de 1858, de manera perpetua, como un día feriado nacional en todo el territorio costarricense, para celebrar la rendición y expulsión de los filibusteros. Así se origina el día feriado del 1º de Mayo de 1857 en el país.

En el Ejército Nacional, que salió a combatir a los filibusteros, se integró, apoyando la lucha y la movilización popular y voluntaria de ciudadanos, la Iglesia Católica, a la que el Obispo Anselmo Llorente y La Fuente la hizo participar. Con la tropa participó casi una decena de sacerdotes, jefeados, por el Padre Francisco Calvo, como Capellán del Ejército, para cumplir los apoyos espirituales y materiales que los soldados, heridos y caídos necesitaran. El Padre Calvo empezó a destacar desde entonces en la Iglesia y en el panorama nacional.

En 1865 el Padre Calvo funda la Logia Masónica de Costa Rica, desde entonces existente en el país. El movimiento masónico ya existente, había jugado su papel en el proceso de Independencia de la América hispana y en el Virreinato de México, al cual pertenecíamos.

En los días de la Independencia, en 1821, en México cuando el clero católico apoya la declaratoria de emperador de Agustín de Iturbide, las logias masónicas se le enfrentaron. En Costa Rica la presencia masónica se remonta a los mismos días de la Independencia, cuando desde 1824 se tenía conocimiento de masones en el país y en Centroamérica.

A partir del proceso post independentista en muchos países la masonería tuvo importante influencia en la estructuración de los Estados liberales, el desarrollo de las libertades ciudadanas, los derechos individuales, en las tendencias laicistas del desarrollo institucional y democrático, en los procesos educativos, la gestación democrática, y en la constitución de Repúblicas.

El movimiento masónico en esos días estuvo ligado también a la gestación de la prensa que facilitó la divulgación de las ideas de la independencia, la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. También estimuló y se ligó a impulsar organizaciones como las Sociedades Económicas de Amigos del País, que se desarrollaron en distintas partes de nuestra geografía iberoamericana, para modernizar e impulsar el progreso social y material, contribuir a la recuperación de la caída economía colonial estimulando la libertad de comercio, enfrentando las trabas burocráticas del sistema colonial, superando el oscurantismo ideológico imperante por la presencia eclesiástica en América, difundiendo las ideas sociales y políticas más avanzadas del momento, encarnando los ideales revolucionarios de Francia, de su Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano.

En Costa Rica, desde 1824 hasta 1865 hay información de la presencia y del paso de masones. Algunos fueron expulsados por herejes y revoltosos. A otros se les atribuyeron la fundación de Logias en San José, Cartago y Heredia. Otros fueron acusados ante el Tribunal de la Inquisición que todavía funcionaba. Se dijo que el Jefe de Estado Braulio Carrillo se inició como masón en una Logia dependiente del Gran Oriente Español de las Indias y, fueron masones también los que derrocaron a Carrillo, motivo por el cual, dice el Historiador y ex Gran Maestro y Benemérito de la Orden, Rafael Obregón Loría, que pudo ser ésta la causa por la cual Carrillo se separara de la masonería. También, se afirma que el grupo La Tertulia, en 1833, estaba impulsado por masones, por sus luchas, por los ideales que pregonaban y por las personas que lo integraban, aunque no constituyeran Logias o Talleres de trabajo masónico en esos años. Monseñor Víctor Manuel Sanabria reconoce la existencia de Logias desde 1826 en San José, Heredia y Cartago. La influencia masónica de esos años se nota en 1846, cuando en el libro Lecciones elementales de las dos primeras partes de la filosofía, primer libro, usado en la Universidad de Santo Tomás, en su portada se pusieron símbolos masones, de la misma manera que se hizo entre 1843 y 1858 con la publicación de los Estatutos de la Universidad de Santo Tomás.

El 2 de enero de 1865 se fundó la Masonería en Costa Rica al amparo del Gran Oriente y Supremo Consejo Neogranadino, de Cartagena. El 28 de julio de 1865 empezó regularmente sus trabajos, emitida ya su Carta Constitutiva la Logia Caridad No. 26. Dos años más tarde, con el apoyo de la Gran Logia de Cuba, se estableció la Logia Unión Universal Nº 19. En 1871 con la existencia de otras logias se fundó el Supremo Consejo de Francmasones. Este mismo año se fundó, con asiento en San José, el Consejo Supremo Centroamericano, el 9 de enero.

El Padre Francisco Calvo pasó a jugar un papel muy importante en la vida política nacional, en esos años posteriores a la Guerra Nacional contra los filibusteros.

La Logia Masónica fue el motor del impulso liberal en las décadas siguientes, entre 1870 y 1890. Los principales presidentes de ese período pertenecieron a la Masonería, José María Castro Madriz, Bruno Carranza, Tomás Guardia Gutiérrez, Salvador Lara Zamora, Bernardo Soto y Próspero Fernández.

Hasta la constitución de la Gran Logia de Costa Rica, en diciembre de 1899, el movimiento masónico jugó un papel relevante en la vida política nacional. Su misión liberal se había concretado en el desarrollo del Estado Nacional y el ideario liberal nacional expresado en la legislación, la tradición, los usos y costumbres imperantes. Sus banderas se habían mantenido en alto, en este período, en el ámbito de las libertades públicas y de enfrentamiento con las intenciones eclesiásticas de recuperar influencia, presencia y poder político que la Iglesia había perdido con las leyes liberales.

En este período liberal, el Padre Francisco Calvo impulsó, en 1874, la creación y fundación de Sociedades de Trabajadores, Sociedades de Artesanos y Sociedades de Obreros, como alternativas clasistas, porque en ellas solo se podían organizar trabajadores, artesanos u obreros frente a las Sociedades Mutualistas, de Mutuo Auxilio o de Socorros Mutuos en las que se podían afiliar trabajadores, obreros, artesanos, estudiantes, mujeres y patronos.

Con las organizaciones laborales que impulsó el Padre Calvo la sociedad costarricense empezó a perfilarse y a comprenderse como una sociedad dividida en clases sociales, una dominante y otras dominadas. Esta situación se expresó políticamente cuando el último Rector de la Universidad de Santo Tomás, Félix Arcadio Montero, inició la organización política de estos sectores dominados primero, en 1886, con el intento de fundar un Partido de Trabajadores y luego, en la década de 1890, con el Partido Independiente Demócrata con el que llamó a los “descalzos”, “descamisados y “chaquetas” a enfrentar los “levitas”, por el traje de distinción que se usaba, y al “Olimpo”, por quienes estaban arriba, en el Poder Político.

El Padre Calvo cuando fundaba una Sociedad de trabajadores, de obreros o artesanos las llevaba en desfile hasta la Casa Presidencial, y las ofrecía al Presidente Tomás Guardia, que era Masón, para que las presidiera honoríficamente, lo que probablemente era un juego político que realizaba para garantizar su protección, su legalidad y existencia.

El padre Francisco Calvo falleció en 1890. Pudo acariciar las grandes luchas internacionales de los trabajadores europeos y estadounidenses, de la década de 1880-1890, por la jornada de trabajo de ocho horas. En esos años se habían desarrollado movimientos anarquistas, socialistas y comunistas, cuyas ideas empezaban a penetrar en el país por las noticias de prensa que llegaban, y por los trabajadores europeos que vinieron a trabajar en la construcción del ferrocarril al Atlántico, especialmente italianos y luego españoles. En Europa así surgió la Asociación Internacional de Trabajadores, llamada Primera Internacional, en 1864, y la Segunda Internacional en 1876, ambas fundadas por Carlos Marx, para darle unidad internacional a las luchas obreras.

En los Estados Unidos había surgido la Federación Americana del Trabajo (AFL), en 1886, que evolucionaba de la Federación de Sindicatos Organizados (FOTLU), y la organización de los Caballeros del Trabajo. En esos años se venía dando la lucha por establecer la jornada de trabajo diaria en ocho horas.

En los Congresos Obreros de la Federación de Sindicatos Organizados y de la Federación Americana del Trabajo de 1880, 1881, 1882, 1883, 1884 y 1885 se había venido preparando una gran huelga para que el 1º de Mayo de 1886 se presionara por establecer la jornada de ocho horas diarias. En aquella época, cada primero de año, en asambleas directas de trabajadores y patronos se negociaban los contratos de trabajo para el año siguiente, a partir del 1º de mayo. Así se dio la gran huelga general, que movilizó alrededor de un millón de trabajadores en Estados Unidos en 1886, que culminó en la ciudad de Chicago, con un incidente que produjo heridos y muertos, cuya culpa la hicieron recaer en los dirigentes de la huelga, la mayor parte trabajadores inmigrantes, de orientación anarquista, que fueron juzgados y condenados a la pena de muerte, por lo que se les conoce como los Mártires de Chicago. Ellos fueron August Spies, George Engel, Samuel Fielden, Adolph Fischer, Louis Lingg, Michael Schwab, Albert Parsons y Oscar Neebe.

Las huelgas de 1886 impusieron la jornada de trabajo de ocho horas diarias para el 80% de los trabajadores que se habían movilizado. En 1888, de nuevo la Federación Americana del Trabajo empezó a organizar, para el 1º de Mayo de 1890, otra gran huelga para lograr la universalización de la jornada de trabajo de ocho horas. La prensa masónica de España de 1890 informó activamente de esta lucha, apoyando la lucha por la jornada de ocho horas, como una lucha por la vida.

En 1889, dos Congresos Obreros, realizados en Paris, Francia, apoyaron esta convocatoria del 1º de Mayo de 1890. El Congreso Obrero, reunido en la Sala Petrelle, estableció que a partir del 1º de Mayo de 1890 se debían seguir movilizando los trabajadores, cada año, para hacer un balance de las luchas del año transcurrido y para establecer una plataforma de lucha para el año venidero. Así surgió el día 1º de Mayo como el Día Internacional de los Trabajadores, como un día de lucha, no de fiesta.

Los sucesos ocurridos en Europa, Estados Unidos y Chicago en 1886 fueron seguidos diariamente por la prensa costarricenses, que informaba de ellos con pocos días de atraso, lo que introdujo lentamente esta demanda de trabajo en el país, que tenía jornadas que superaban las doce horas y había jornadas de 16 y en algunos lugares hasta 20 horas de trabajo.

Entre 1890 y 1912 en Costa Rica se dio una gran revolución urbana e industrial. El capitalismo agrícola se desarrolló con las plantaciones de banano, café y caña de azúcar. El Valle Central se había modificado en su paisaje por estos cultivos. El llamado ferrocarril al Atlántico había acelerado la economía nacional. Ya había electricidad, a finales del siglo XIX, que alcanzaba a las ciudades del Valle Central. El Barrio Amón y el Barrio Aranjuez se construyen en esos años, así como grandes edificios, entre ellos, el de la Escuela del Edificio Metálico, el Teatro Nacional, con electricidad incluida, edificios aún existentes en la Avenida Central, el edificio de Correos, la vieja Penitenciaría Central, hoy Museo de los Niños. Se iniciaba el ferrocarril al Pacífico, habían fábricas de gaseosas, cervezas, jabonerías, imprentas, una activa prensa diaria. Habían empresas textileras e hilanderas.

Este cambio en la actividad económica había producido cambios en la organización económica. Los viejos talleres artesanales empezaron a sustituirse por pequeñas, medianas y grandes empresas. Aparecieron los monopolios como el de la United Fruit Company, que se había fundado en marzo de 1899, con apoyo de las plantaciones y empresas bananeras de Costa Rica. A los cambios empresariales se dieron los cambios en las organizaciones laborales de los trabajadores. Así surgieron, entre 1900 y 1901, Ligas Obreras y Sindicatos superando a las sociedades mutualistas y a las de trabajadores que había impulsado el padre Calvo.

A partir de 1905 empezaron a surgir las Federaciones de Trabajadores, dándole más fuerza a los trabajadores organizados, que también se vincularon a las luchas internacionales y regionales, tratando de impulsar en 1911 la Confederación de Obreros de Centroamérica (COCA), y en 1918 la Confederación de Obreros Panamericana (COPA). El escritor Joaquín García Monge representó a los trabajadores en la constitución de la Confederación de Obreros Panamericana, en Laredo, Texas. Con motivo del desarrollo de los monopolios se dieron luchas antimonopólicas y de carácter antiimperialistas desde 1901, iniciadas por sectores oligárquicos cafetaleros que empezaban a invertir en banano, afectados y limitados por cláusulas de los Contratos bananeros.

En la primera década del siglo XX, en 1907 y 1913, el poeta y autor de la Letra del Himno Nacional, José María Zeledón Brenes, escribió sobre estas luchas de los trabajadores y la jornada de ocho horas. En 1909 se constituyó el Centro de Estudios Sociales Germinal, que agrupaba a los escritores Joaquín García Monge, Omar Dengo, José María Zeledón Brenes, Carmen Lyra que impulsaron la creación de la Confederación General de Trabajadores, en 1913, que también convocó a la primera celebración del 1º de mayo como Día Internacional de Lucha de los Trabajadores, que desde ese año se celebra en Costa Rica.

En este tipo de luchas el movimiento masónico costarricense no se involucró. Tampoco las adversó. De manera activa, a finales del siglo XIX, con las dos visitas que hiciera el QH José Martí a Costa Rica, la Gran Logia de Costa Rica dio su apoyo a la lucha libertadora de Cuba, que encabezaba Martí, además de que en esos días surgieron seccionales del Partido Revolucionario Cubano, en distintas partes del país, con apoyo de trabajadores organizados.

Así, desde 1913 empezó a celebrarse el día 1º de Mayo como Día Internacional de los trabajadores, ligado a la celebración de la rendición de los filibusteros de William Walker. A medida que cobró fuerza la celebración de día de los trabajadores, se dejó de reseñar la rendición de William Walker, que es la que da origen a la Fecha Patria nacional.

De esta manera, vinculo la presencia de la Masonería al Movimiento obrero, con el padre Calvo, desde la Campaña Nacional como Capellán del Ejército Nacional, y como fundador de la Masonería nacional, como el gestor e impulsor de la organización clasista de los trabajadores, que lleva a la celebración del 1º de Mayo, en el caso costarricense, como Día Internacional de los trabajadores, a partir de 1913.

Así, el movimiento obrero costarricense, le debe al fundador de la Masonería los orígenes clasistas de su organización laboral. Si el movimiento masónico no se involucró más, en este sentido, fue por el papel que adquirió y tuvo en el desarrollo del Estado de Derecho liberal, en la preocupación por el ejercicio de las libertades y derechos ciudadanos, por el desarrollo de un Estado laico.

Las luchas sociales que emergieron a partir de finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del siglo XX no atraparon el compromiso de los masones en su impulso y gestación. Pero, si fueron intelectuales liberales, con visión social, los que enfrentaron el tradicionalismo y el conservadurismo político de estas décadas. Las luchas obreras, nacionalistas y antiimperialistas tan características desde 1920 hasta 1935 tampoco atrajeron la atención de los masones de manera activa.

Sus banderas se habían mantenido en alto, en este período, en el ámbito de las libertades públicas y de enfrentamiento con las intenciones eclesiásticas de recuperar influencia, presencia y poder político.

Entre el Movimiento Obrero y la Masonería podemos apreciar coincidencias en sus principios fundamentales.

Los principios de la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad, el respeto a las creencias religiosas son también esenciales en la organización de los trabajadores. La lucha por abolir toda forma de esclavitud laboral es coincidente con los principios de que el masón es un hombre libre, que lucha contra toda forma de opresión y esclavitud, el de ayudar a los débiles.

El desarrollar una conciencia de clase trabajadora es equivalente al estudio de los masones por la superación individual y de actuar de conformidad a la voz de la conciencia, en búsqueda de la Verdad para el Masón, en la búsqueda de un sistema de relaciones laborales justas y de mayor bienestar social, para el movimiento obrero.

La preocupación del masón por enseñar al ignorante la tiene el movimiento obrero cuando también le enseña al trabajador su condición de ser social y de hombre libre, y de desarrollarle su conciencia de clase.

En la masonería un valor fundamental es el trabajo del hombre, el trabajo que libera, que conduce a la perfección del hombre por su trabajo y el desarrollo de su conocimiento. Las Logias masónicas operan como Talleres de trabajo, simbólicamente con un horario de 8 horas. Para el movimiento obrero es importante el hombre trabajador que tiene que liberarse de las cadenas que le atan, como esclavo moderno, de sus condiciones opresoras laborales.

En los tiempos antiguos, cuanto el hombre estaba más atado a la naturaleza, el trabajo del hombre fue esencial para su propio desarrollo, para la separación del hombre de la naturaleza y para el dominio de la naturaleza por el hombre, que es la lucha constante hasta hoy. Esa relación, del Hombre con la Naturaleza, lo condujo a establecer relaciones con la naturaleza y relaciones con los propios hombres, en el proceso de trabajo, en el proceso de la producción, que se conocen como relaciones de producción, que lo condujo a obtener mayor grado de libertad entre más se dominara y conociera la naturaleza, y entre más se liberaran las condiciones esclavistas de trabajo. Esto sigue vigente.

La masonería no es una práctica espontánea; es un plan, un programa. El desarrollo teórico de la masonería se extrae de la vida, de la propia realidad. Por ello, no es un movimiento utópico, es la unión de la vida y las ideas en búsqueda de un camino justo de superación humana. El movimiento obrero también busca el camino justo de la superación humana, aboliendo todas las formas de explotación y dominación social.

El simbolismo masónico expresado en la piedra bruta y la piedra cúbica, trabajada, es la transformación de la materia por el trabajo y el conocimiento.

El trabajo da habilidad, destreza, capacidad, fuerza, inteligencia, pero también relaciona al hombre no solo con la naturaleza sino con otros hombres y lo obliga a la solidaridad, a la cooperación, la fraternidad, la igualdad y a la libertad. El trabajo une así al hombre con la naturaleza pero también con otros hombres. Son relaciones de unión y de lucha.

El trabajo concebido masónicamente es esencial para la superación del hombre. El trabajo social, es el que resulta de la cooperación, de la unidad de los hombres, de la fraternidad de su relación, del estudio común, de su sociabilidad y de su inteligencia y capacidad de pensar.

El par dialéctico como hombre Libre y de Buenas Costumbres del masón es igual para el obrero, para el trabajador organizado.

El trinomio dialéctico que conduce la vida, la práctica y el espíritu del movimiento masónico, que tiene que ver con su propia transformación y la transformación social, que se representa en la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, en su doble relación dialéctica, su sentido político profano y su sentido iniciático, es igual para el obrero, en su relación dialéctica, de su sentido profano organizativo sindical con su sentido iniciático de su militancia sindical.

Los elementos dialécticos dentro del movimiento y organización masónica de los Tres Deberes, con el principio de vida, con nosotros mismos y con la Humanidad, se expresan en los trabajos masónicos, en la actividad colectiva de los Hermanos en el Taller, en la Logia. Para el movimiento obrero hay similitud con esos tres deberes realizados en la actividad colectiva de los Sindicatos.

El concepto de la Igualdad es un principio que, en teoría, los masones tienen que practicarla. La Justicia, es un elemento que también es importante, que está asociado a las actividades masónicas, que refiere a dos cosas: a dar a cada quien lo que le corresponde y a dar a cada quien lo que necesita. Este planteamiento está en los documentos del movimiento obrero y socialista internacional, con la frase frase «a cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades», manifestada por el mismo Carlos Marx.

Históricamente, los masones fueron perseguidos en distintas épocas, por distintos regímenes políticos y por la Iglesia católica, por las luchas que libraban por la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad, por el Estado laico por las libertades y derechos ciudadanos. Fueron perseguidos y proscritos. El movimiento obrero de igual manera ha sido perseguido, en distintas épocas, por distintos regímenes políticos, e igualmente ha sido proscrito, por sus luchas sociales y políticas, por lograr más justicia social, más bienestar para los sectores trabajadores.

En el caso eclesiástico, Papas se pronunciaron contra los masones. En 1738, el Papa Clemente XII redactó el Primer decreto papal en contra de la Masonería, la bula “In Eminenti Apostolatus Specula o In Eminenti. En 1751 el Papa Benedicto XIV lo hizo con el documento pontificio “Providas romanorum”. En 1821, el Papa Pío VII afirmó categóricamente que los francmasones deben de ser excomulgados, por sus conspiraciones contra la Iglesia y el Estado, en el documento “Ecclesiam a Jesu Christo”. Igual siguieron los documentos papales “Quo Graviora”, de 1826, del Papa León XII, el documento pontificio “Traditi Humilitati”, de 1829, del Papa Pío VIII, el documento pontificio “Mirari Vos”, de 1832, del Papa Gregorio XVI, los documentos pontificios “Qui Pluribus”, de 1846, “Quibus quantisque malis, de 1849, “Quanta cura , de 1864, “Multiplices inter”, de 1865, “Apostolicæ Sedis”, de 1869 y “Etsi multa”, de 1873, del Papa Pío IX. De igual modo, los documentos papales de León XIII, “Etsi Nos, de 1882, la Encíclica “Humanum Genus”, de 1884, la Encíclica “Officio Sanctissimo”, de 1887, el documento pontificio “Ab Apostolici”, de 1890, la Encíclica “Custodi di quella fede” de 1892, la Encíclica “Inimica vis” , de 1892, los documentos pontificios “Praeclara Gratulationis Publicae” de 1894 y “Annum ingressi”.

El Código de Derecho Canónico, de 1917, establecido por el Papa Benedicto XV, condenó y excomulgó a los miembros de la Masonería, lo que se reafirmó en el Código Canónico de 1983, eliminando sanciones y la excomunión.

En 1974, el 19 de julio, la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Vaticano, admitió que la Masonería estaba exenta de contenidos contrarios a la Iglesia y que por ello su pertenencia no llevaba consigo la pena de excomunión. En cuanto al movimiento sindical innumerables leyes, en todas partes del mundo, y en Costa Rica también, establecieron restricciones o prohibiciones de organización, de prácticas sindicales y de limitación del ejercicio de derechos laborales y sindicales.

Con el Papa Francisco, recién fallecido, hubo un retroceso por cuanto aprobó un pronunciamiento, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, del 15 de noviembre del 2023, que señaló que ser masón no era compatible con ser católico, y que los católicos que se encontraran en las logias estaban en “estado de pecado grave”.

La Masonería ha sido considerada como una sociedad secreta, conspiradora, antisistema. De la misma manera, a organizaciones del movimiento obrero se les ha dado igual trato de conspiradoras y antisistema, y les ha tocado actuar desde la clandestinidad, como sociedades secretas. Las luchas políticas que ha dado la masonería pueden asimilarse a las luchas políticas del movimiento obrero, motivos por los cuales son perseguidas estas asociaciones y sus dirigentes.

La masonería ha estado ligada históricamente a grandes cambios y revoluciones políticas, de progreso social y humano. De igual manera, el movimiento obrero se liga a luchas políticas de progreso social y humano, particularmente a la lucha por la paz, y algunos movimientos obreros se han ligado a la lucha por el socialismo, en una visión anticapitalista.

En el movimiento sindical y el movimiento obrero se usan colores de manera tradicional. Particularmente son el rojo y el negro. El rojo simbolizando la lucha, la vida. El negro simbolizando los que han caído en esas luchas.

En la Masonería se usan colores. El rojo que simboliza la generosidad, se asocia también a los caídos en la lucha por la Libertad, o a la sangre derramada en esta lucha. También el color blanco que refiere a la pureza o inocencia, el verde a la esperanza.

En la Masonería los colores son simbólicos. Hay colores en la masonería que refieren al grado masónico especial, como el color azul y grana. Los colores blanco, azul, rojo, purpura o violeta, oro o doradas, amarillo, naranja son propios de las prácticas y usos masónicos, para los mandiles y cintas de las joyas que también se emplean.

Los sindicatos y las logias son igualmente espacios de reunión, de trabajo, de comunicación, de cohesión, de interacción de sus miembros o integrantes.

No hay históricamente un vínculo directo entra Masonería y Movimiento Obrero o sindical, como sí lo hay entre Iglesia Católica y movimiento sindical. La relación Masonería-Movimiento sindical es un tema de discusión académica, masónica y política, dentro y fuera de las Logias masónicas como dentro del movimiento obrero sindical.

Los derechos y las libertades de los ciudadanos como elemento de lucha masónica surgieron antes que los derechos y libertades laborales y sindicales. Cuando éstas últimas surgieron, desde la perspectiva y lucha de los trabajadores, los Estados de Derecho ya se habían consolidado, y dentro de ellos empezó a darse la lucha por separar de la legislación civil la legislación laboral, y a desarrollar el concepto de que los trabajadores son la parte débil de la relación capital-trabajo, que requiere ser protegida. Esta lucha se asoció y vinculó más a los partidos políticos de las clases trabajadoras que empezaron a surgir en la segunda mitad del siglo XIX, de orientación socialista, comunista o anarquista, que llevó a que la Masonería no levantara estas banderas de lucha social y humana, lo que no hace a la Masonería una organización antiobrera, ni alejada de estas luchas, o contraria a los derechos de los trabajadores. El algunos países las Logias saludan el 1º de mayo a los trabajadores en su día de lucha.

La Masonería es más que todo una organización iniciática de reflexión mientras el movimiento obrero es una organización de lucha por asegurar los derechos sociales de los trabajadores.

Por la naturaleza del surgimiento histórica de la Masonería ésta se desarrolló más como una organización masculina, mientras el movimiento obrero se desarrolló, en su organización, más democráticamente con hombres y mujeres.

La Masonería en su filosofía no ha promovido el análisis de la sociedad desde la perspectiva de la lucha de clases, como lo hace el movimiento obrero y sindical. Esto hace que en la Masonería haya personas muy vinculadas al poder político, a situaciones que en ejercicio del poder político puedan actuar violentamente tomando decisiones militaristas y guerreristas, represivas, incluso contra el movimiento obrero, mientras que miembros y dirigentes del movimiento obrero no participan de ese tipo de decisiones, lo que no impide que dirigentes del movimiento obrero sean masones, como lo fue Miguel Bakunin en el siglo XIX, o el presidente Salvador Allende en Chile, vinculados a las luchas sociales y obreras.

La Masonería históricamente ha estado asociada a estructuras del poder político mientras el movimiento obrero y sindical ha estado más asociado a la lucha contra el poder político, considerándolo un poder opresor de las clases trabajadoras. El valor Trabajo desde la perspectiva masónica no se asocia a las luchas de los trabajadores.

El tema de la relación Masonería- Movimiento Obrero, no es fácil de abordar. Tiene muchas aristas. Tan solo he hecho unas reflexiones a la luz de la historia nacional, de la historia de la Masonería en el país y de las luchas obreras asociadas al Primero de Mayo. Ambos escenarios, Masonería y Movimiento Obrero son muy disímiles en su accionar filosófico y político. Es un tema de investigación y de reflexión que hay que continuar, así como el de Masonería y Socialismo.

80 años de la Gran Guerra Patria Soviética: Reserva moral contra el negacionismo y el olvido

Félix Madariaga Leiva
Periodista

El acontecimiento mundial más importante de este año es la conmemoración del 80º aniversario de la victoria soviética en la “Gran Guerra Patria” y su importancia en la derrota nazi-fascista.

El próximo 9 de mayo no sólo el pueblo ruso conmemorará lo que fue la gran hazaña, conocida como la “Gran Guerra Patria”, lucha que encabezó la Unión Soviética para librarnos de lo que fue, sin duda, el principal enemigo de la humanidad en el siglo XX, el nazismo. También desde este sur del mundo saludamos la derrota de la ideología nazi/fascista, que aunque derrotada logró sembrar su germen en América Latina en los años que vendrían.

No soy historiador, y no les voy a contar la historia de la segunda guerra mundial y el rol del ejército soviético, esa la pueden encontrar en cualquier enciclopedia, pero sí quiero – humildemente – rememorar y analizar lo que significó para millones de personas la derrota de la Alemania nazi, y no como lo cuentan las películas de Hollywood en el cine o como lo cuenta la propaganda de los “vencedores”, en la que obviamente ellos son los héroes y los protagonistas, tergiversando los hechos para cambiar a su conveniencia la historia.

A 80 años de finalizada la guerra más despiadada que haya vivido la humanidad, surgen voces, imágenes, archivos, testimonios, verdades que cuestionan una realidad establecida como tal, porque Estados Unidos se declaró el vencedor, utilizando para ellos todos los medios a su disposición.

De hecho, finalizada la II Guerra Mundial, la Unión Soviética fue vista como uno de los principales protagonistas en la derrota del nazismo y el fin de la guerra. Pero con el paso de los años, su papel se fue empequeñeciendo en favor de los Estados Unidos, el último de los aliados que ingresó en el conflicto. Por lo mismo hoy no soy neutro, y quiero reconocer a los verdaderos vencedores.

Los ejemplos son innumerables, desde el descubrimiento y conquista de América, con el exterminio de sus pueblos originarios, los procesos de industrialización con el empobrecimiento de campesinos y el saqueo de los recursos naturales, las frágiles democracias a cambio de pactos de silencio, la justicia en la medida de lo posible, las amnistías para los violadores de derechos humanos y la apertura salvaje al capitalismo, tantas historias contadas a medias, tantos actores excluidos de su rol.

La Unión Soviética hizo la mayor contribución a la victoria sobre el nazismo, destruyendo más del 80% de los soldados y oficiales enemigos y el 75% del equipo militar total en el Frente Oriental. Como resultado de la guerra, la URSS se convirtió en una de las dos principales potencias mundiales

¿Fue importante el desembarco en Normandía? Sí, ese 6 de junio de 1944 marcó un hito importante en el posterior desarrollo de la guerra, pero no hay que olvidar que el punto de inflexión fue la batalla de Stalingrado, finalizada un año antes, que frenó la ofensiva alemana en territorio soviético debilitado las fuerzas del Eje.

La percepción generalizada sobre el desembarco en Normandía es que esa victoria se debió únicamente al poderío militar de Estados Unidos, sin embargo, fue un esfuerzo conjunto de los aliados, bajo el liderazgo británico. Recordemos que la entrada de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial fue en diciembre de 1941, tras el ataque a Pearl Harbor y 6 meses después de la Unión Soviética.

Es muy fácil reducir la victoria soviética contra la ofensiva alemana en su territorio al efecto de los duros inviernos, es una reducción perversa que despoja de toda trascendencia al ejército rojo, los líderes y al valiente pueblo ruso que combatió y contra todo pronóstico derrotó al ejército nazi.

Reivindicando roles

A partir de un breve recuento de las extraordinarias victorias alcanzadas por la Unión Soviética en las batallas de Moscú, Stalingrado y Kursk, así como en las grandes ofensivas de los años 1944 y 1945, que liberaron a un numeroso grupo de países y condujeron a las acciones decisivas en Berlín, se fundamenta el protagonismo de los soviéticos en el desenlace de la contienda y se refutan las interesadas falsificaciones de la verdad histórica occidental.

¿Qué hacían las otras potencias occidentales en Europa mientras la Unión Soviética detenía el avance alemán en Moscú y Leningrado?

Prácticamente nada. A pesar de la insistencia de Stalin de abrir un segundo frente, los aliados dejaron a Rusia sola: el desembarco en Sicilia se produjo el 10 de julio de 1943, cuando los soviéticos habían vencido en Stalingrado el 2 de febrero, fecha de rendición de los alemanes y en la batalla de Kursk a mediados de julio. El tan esperado desembarco de Normandía no se realizó hasta el 6 de junio de 1944, cuando los primeros soldados soviéticos ya estaban cruzando el río Vístula y entrando en Polonia el 16 de julio del mismo año y el 22 de junio iniciaron la operación Bragation que destruyó el grupo del ejército centro alemán, entre 25 y 28 divisiones, 350.000 hombres en total, su más grande derrota en la guerra.

El precio pagado por el pueblo soviético para librar a la humanidad del nazismo fue enorme: 27 millones de muertos entre combatientes y civiles, 2 millones de desaparecidos y casi 20 millones de heridos, muchos con incapacidad total; la desaparición de más de 80 mil ciudades y poblados y cientos de miles de kilómetros de vías férreas, carreteras y puentes destruidos. Esto es una verdad histórica, que se ha manipulado a propósito con el pasar de los años. Las casualidades no existen y ha sido un largo trabajo de inteligencia en el que han gastado ingentes recursos económicos, esos que no gastaron en la guerra para librarnos del nazismo, y el responsable sabemos quién es, una de las naciones más poderosas del mundo, que tiene la capacidad de crear y ocultar verdades.

No hay vergüenza en el reconocimiento de la verdad, eso deberíamos tenerlo claro en Chile. En un país en el que después de 50 años seguimos buscando a nuestros desaparecidos y desaparecidas, en un país en que después de 50 años no hay verdad, justicia ni reparación; reconocer el rol del Estado soviético en la derrota del nazismo es una reserva moral para seguir luchando, para no olvidar, para combatir cualquier forma de glorificación del nazismo que intente instalarse en nuestras aún frágiles democracias.

Privatizar la seguridad, despojar lo humano: una lectura política de Robocop

Luis Andrés Sanabria Zaniboni

Es lo mejor de dos mundos. Los reflejos más rápidos, memoria de computadora y toda una vida de datos policiales de la calle. Es todo un placer presentarles a Robocop.
Robocop (1987)

La película de ciencia ficción Robocop, estrenada en 1987, nos invita a cuestionar premisas incómodas sobre la política de seguridad en cualquier sociedad: ¿es posible abandonar un enfoque de derechos para priorizar una “mano dura” que reprima y aísle a quienes rompen las reglas? ¿Qué aspectos deberíamos considerar para repensar las políticas de seguridad actuales, como las que impulsa el gobierno de Rodrigo Chaves en Costa Rica?

No es casual hablar de “política de (in)seguridad”. Este término señala una contradicción central: políticas que, en nombre de la seguridad, terminan desprotegiendo a buena parte de la población y vulnerando derechos fundamentales. No se trata de que falte seguridad, sino de una seguridad selectiva, excluyente y que beneficia al poder.

La historia de Robocop nos traslada a un futuro cercano, alrededor del año 2028, en una Detroit al borde del colapso social y financiero. Abrumada por el crimen y la falta de recursos, la ciudad entrega a la corporación Omni Consumer Products (OCP) el control de la policía. OCP busca reemplazar a los policías humanos por soluciones más eficientes y baratas. Su primer intento, el robot ED-209, fracasa de manera trágica al matar a un ejecutivo durante una demostración. Aprovechando el error, Bob Morton, un ambicioso ejecutivo, lanza su propio proyecto: Robocop.

El oficial Alex Murphy es asignado a una nueva comisaría y, junto con su compañera Anne Lewis, persigue a una banda criminal liderada por Clarence Boddicker. Durante una emboscada, Murphy es brutalmente asesinado. Su cuerpo es usado por OCP para crear a Robocop, un cyborg programado con tres directrices: servir al interés público, proteger a los inocentes y hacer cumplir la ley. Sin embargo, hay una cuarta directriz secreta que le prohíbe actuar contra los altos ejecutivos de OCP, dejando en evidencia una estructura de impunidad.

Al principio, Robocop actúa como una máquina eficiente, sin recuerdos ni emociones humanas. Pero poco a poco, fragmentos de la memoria de Murphy emergen, llevándolo a cuestionar su identidad y rebelarse contra quienes lo controlan. Este proceso simboliza la recuperación de la conciencia y la resistencia ante un sistema que despoja a las personas de su humanidad en nombre de la eficiencia y el control.

Hoy, en Costa Rica, vemos lógicas similares. La propuesta de construir una megacárcel —como la que anunció el presidente Chaves en febrero de 2024 para una zona aún no definida, con capacidad para miles de personas privadas de libertad— apunta a una respuesta basada en la expansión del castigo, en lugar de atender las causas sociales que alimentan la criminalidad. Mientras tanto, las políticas sociales quedan subordinadas a enfoques asistencialistas o al discurso de que cada persona debe “emprender” y resolver su situación por sí misma, frente al abandono del Estado.

Esta visión ignora a las personas como sujetos de derechos y desatiende las vivencias que explican por qué se descompone el tejido social. En su lugar, se glorifican las estadísticas de represión como si fueran logros. Pero este tipo de políticas va erosionando la vida en común, y abren la puerta a aplicar “estados de excepción” —es decir, situaciones donde las autoridades pueden suspender derechos o aplicar medidas extraordinarias— contra cualquier persona que el poder considere prescindible.

Así, la seguridad deja de ser un derecho y se convierte en una herramienta para disciplinar. No solo busca disuadir delitos, sino inducir obediencia mediante el miedo y la fuerza física. Se normaliza el despojo de derechos en nombre del orden. La gran pregunta es: ¿cuál es el costo moral y social de esta deriva?

El daño más profundo es la pérdida de la experiencia humana como base de la política. Cuando dejamos de comprender, dialogar y construir soluciones colectivas, debilitamos también la capacidad de transformar las causas de la inseguridad, la desconfianza o la indiferencia.

La caída de esta “utopía” tecnológica en Robocop ocurre cuando el propio protagonista, recuperando la conciencia de Murphy, decide actuar contra el sistema. Comprende las contradicciones que genera una seguridad privatizada y solo, a través de su humanidad, puede imaginar otra forma de proteger. Una seguridad que devuelve al ser humano su lugar en las decisiones y cuestiona el privilegio en una sociedad privatizada.

La pregunta que nos deja esta historia no solo apunta al futuro, sino al presente: ¿qué tipo de seguridad estamos construyendo hoy? ¿Queremos una seguridad que administre el miedo o una que fortalezca la vida común desde la justicia, la memoria y el derecho a existir plenamente?

Si aspiramos a una sociedad más justa y segura, no basta con más policías o más cárceles. Necesitamos políticas que partan de la dignidad humana, que atiendan las causas profundas y que, como Robocop al recuperar su conciencia, se atrevan a romper con las lógicas que despojan lo humano en nombre del control.

La globalización y la izquierda perdida: El giro inesperado de la rebeldía

Mauricio Ramírez

Mauricio Ramírez Núñez
Académico

Durante gran parte del siglo XX, el internacionalismo fue uno de los ideales más nobles del pensamiento marxista. La utopía de una humanidad obrera solidaria, sin fronteras ni explotadores, luchando por la emancipación común, inspiró revoluciones, guerrillas, movimientos sociales y sindicales en todo el mundo. Sin embargo, la historia tiene sus ironías brutales: fue el capitalismo quien logró materializar un tipo de “internacionalismo”, pero completamente desvirtuado de su espíritu original. No unió a los trabajadores del mundo; unió al capital.

Este proceso, que tomó fuerza con el avance neoliberal en los años ochenta y noventa, fue bautizado como globalización. En su núcleo no había una humanidad compartida, sino una élite desarraigada que fluía sin obstáculos por el mundo: sin nación, sin dios, sin comunidad, sin límites. El capital se hizo verdaderamente libre, mientras los trabajadores se quedaron más atados que nunca. Para las élites globalistas, la patria dejó de tener sentido; para los trabajadores del mundo, la patria fue lo único que les quedó.

La globalización cosmopolita impuso un modelo cultural y económico único que se identificó con un orden mundial unipolar dirigido desde Washington y Londres. Lo hizo con un lenguaje seductor: “libertad”, “diversidad”, “progreso”. Pero esa libertad no era para todos. Era la libertad del capital para devorar el mundo, no la del obrero, el campesino e incluso la misma clase media, para conservar su dignidad. El liberalismo anglosajón, con su idea absolutista del individuo como entidad soberana, desgajada de toda comunidad, tradición o vínculo, se volvió dominante. Así, el individualismo no sólo reemplazó a la clase como sujeto político, sino que también vació de contenido a la nación, a la cultura y hasta a la espiritualidad.

Lo que Zygmunt Bauman llamó las consecuencias humanas de la globalización no fue más que el rastro de ruina y desarraigo que dejó ese nuevo (des)orden. Franz Hinkelammert, con mayor profundidad, denunció cómo ese huracán neoliberal se presentaba como progreso mientras aniquilaba toda resistencia real: familia, comunidad, religión, patria, incluso la propia realidad. El capitalismo no busca sólo dominar, sino disimular, desviar, negar.

En ese contexto, la izquierda se perdió. Se enamoró de los cantos de sirena del progresismo posmoderno, creyendo que abolir las fronteras, las naciones y los vínculos tradicionales era un gesto revolucionario. Abrazó un discurso anti-identitario que, en lugar de confrontar al capital, lo liberó de los pocos límites que aún tenía. En su afán de parecer moderna y correcta, la izquierda dejó de hablarle al pueblo real: el que trabaja, el que cree, el que pertenece.

Trató a ese pueblo como ignorante, retrógrado, discriminador. Le dio la espalda justo cuando más lo necesitaba. Y entonces ocurrió lo impensado: la rebeldía viró hacia la derecha. No hacia la derecha liberal del libre mercado, sino hacia una derecha conservadora, populista, incluso radical en algunos casos, que supo leer el malestar de los pueblos y apropiarse del relato de la defensa del arraigo, de la soberanía, de la identidad.

Una derecha que, paradójicamente, se ha comportado en muchos casos de forma más “marxista”, en el sentido de comprender la lucha de clases y oponerse al poder global del capital, que los autoproclamados marxistas del presente. Esta derecha, aunque llena de contradicciones internas (pues algunas de estas derechas siguen siendo fanáticas del mercado en lo económico y liberales en lo social), las hace hoy más cercanas a las masas que cualquier izquierda académica, elitista y desarraigada.

Esta es la gran paradoja de nuestra era: el capitalismo global hizo de la izquierda su aliada cultural, mientras la derecha recogió el hartazgo de los de abajo. Así, el espacio de la resistencia cambió de lugar. Pero este nuevo bloque conservador no ofrece un proyecto alternativo real: su retorno a la tradición muchas veces es superficial, y su crítica al capital no es estructural, como muchos deseáramos.

Por eso, si desde los pueblos se quiere disputar en serio el poder a esta derecha en ascenso, no se puede volver a la lógica liberal que ha dominado la izquierda posmoderna. No se puede seguir absolutizando al individuo por encima de la sociedad, negando los vínculos colectivos, las raíces culturales, las tradiciones, las espiritualidades, la nación. Esa lógica liberal-individualista es la verdadera aliada del capital global.

La verdadera emancipación y la construcción de un futuro justo no pueden construirse sin identidad, sin comunidad, sin soberanía, ni sin un profundo sentido de pertenencia que devuelva a los pueblos su lugar central en la historia. Sobre estos pilares se asienta la apuesta por un mundo multipolar, en el plano de las relaciones internacionales y el nuevo orden global. La disputa que se avecina ya no será entre izquierda y derecha, entre progresistas y conservadores, sino entre quienes defienden la vida con dignidad desde abajo, enraizados en sus pueblos, y quienes la convierten en mercancía, negociándola desde arriba en los fríos altares del mercado sin alma.