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Distopía, anticipación ontológica (Bloch) y Netflix

Jiddu Rojas Jiménez

“Somos seres para la esperanza, aunque sepamos del abismo”. Ernst Bloch.

Recientemente, pude ver un maratón de la serie El cuento de la criada, The Handmaid’s Tale (2017-2025, creada por Bruce Miller). Otra distopía más en el inevitable Netflix.

No es cine-arte precisamente; es otra serie, con la arquitectura y textura necesarias para ser “popular” y bien comercializable. Recomendada. Muy recomendada.

Pero tenemos malas noticias políticas: como ya sabemos, el cine, la televisión y hasta Netflix son, desgraciadamente, “proféticos”. Y no en un sentido religioso y menos emancipador o escatológico.

Sufre, por el contrario, esta industria cultural (arte digamos no áureo), estructuralmente, de lo que el gran filósofo Ernst Bloch llama “anticipación ontológica” (en El principio esperanza).

Aunque, paradójicamente, el cine como espectáculo serial de masas la padece más bien. No la constituye como potencia liberadora necesariamente, sino como desgarramiento cultural avisado. Como anuncio acaso de un destino colectivo trágico; apenas evitable, y matizado de alienantes distracciones sociales o de delirantes teorías de la conspiración.

En este caso no se trata de la hermosa esperanza ontológica de Bloch —tan diferente de la religiosa confesional—, sino de una anunciada tragedia cultural, política, económica y sexual, que se aproxima en pleno siglo XXI.

Lo sabemos desde la transformación de la República en Imperio con Star Wars, pasando por el humor corrosivo de Los Simpsons, o las versiones cinematográficas de los clásicos 1984, Fahrenheit 451, Un mundo feliz, La naranja mecánica, luego más recientemente los éxitos de taquilla Avatar, Los juegos del hambre o simplemente Matrix. Todas grandes metáforas culturales. Todas acertadas. Y todas interpelando a la cultura de masas.

Esta nueva, aberrante y cruel trama —algo delirante en otros tiempos pasados, y basada en la novela de la autora canadiense Margaret Atwood de 1985— parece ahora totalmente plausible en un futuro cercano. Tal cual. El cuento de la criada no parece suficientemente imposible. Así de simple.

Lo que hubiese parecido una exageración poco realista —imaginar una especie de violenta sociedad totalitaria hiperpatriarcal, militarizada y fundamentalista protestante para los EE.UU., con servidumbre sexual femenina obligada y poligamia bíblica, con natalismo fascista, con mutilaciones públicas como castigo, con tortura reglamentada y dosificada penalmente y sádicamente, como en el actual y moderno Israel (en caso de “terrorismo”), etc.— es una de las posibles realidades futuras en un impredecible imperio trumpista en total decadencia. Más allá de MAGA, y con algún detonante colectivo y mediático, podríamos tener esta especie de neofascismo natalista norteamericano, o casi cualquier cosa.

“El anticomunismo es el comienzo del fascismo”, escribió Camus (quien no era comunista ni marxista, pero sí miembro de la Resistencia). Aun y cuando no haya más “comunismo”, ni URSS, ni Pacto de Varsovia, queda su fantasma. La desinformación sistemática y la manipulación colectiva hacen el resto. Y el ascenso económico brutal de China Popular y de los BRICS+ no pasa inadvertido para el “Imperio” (Negri).

Justo en este momento se discute internacionalmente en China sobre la llamada “trampa de Tucídides” —concepto del politólogo norteamericano Graham T. Allison, creado en su artículo homónimo del 2012 para el Financial Times, y luego desarrollado en el libro Destined for War del 2017, inspirado a partir del texto griego clásico de Tucídides Historia de la guerra del Peloponeso—, que explicaba la inevitable guerra entre la antigua Atenas y la antigua Esparta. Lo que pasa es que EE.UU. y China Popular son potencias mundiales nucleares. Sin hablar del poderío militar de Rusia.

Y esto nos recuerda que últimamente el rumbo democrático-liberal —con todos los defectos clasistas de la democracia liberal burguesa— del imperialismo occidental está en entredicho y navega con rápido rumbo hacia el autoritarismo.

Esto último incide directamente en su periferia neocolonial, incluida América Central, Latinoamérica en general y, por supuesto… Costa Rica con Rodrigo Chaves y su continuismo.

La “actualización” del imperialismo capitalista en tiempos de crisis fue, es y será el fascismo, y obviamente su economía política es la guerra de rapiña y el caos organizado. Y obviamente su periferia neocolonial, dada su histórica relación asimétrica, será su primer campo de batalla y experimentación.

Pero como alguna vez sentenció Umberto Eco: “Nazismo solo hay uno, pero fascismos hay muchos”. Es variopinto el neofascismo en el siglo XXI. Y se le nombrará como “libertad”, sentenció Umberto Eco de nuevo.

Ya sea el apartheid bóer con su discurso paranoico racista en la vieja Sudáfrica; o el franquista nacional-católico de viejo estilo; o el de nuevo estilo tipo Vox o la internacional Ayuso; o el régimen salazarista de Portugal; o la dictadura de los coroneles griegos (1967-1974); o la dictadura militar turca laica y prooccidental, o la actual islamista de Erdogan; las dictaduras de seguridad nacional impuestas en la periferia latinoamericana o por el neocolonialismo en África; o, a su manera, las satrapías petroleras del Medio Oriente; o el nuevo clásico: el actual sionismo revisionista y su genocidio en Gaza (y su pasada, atroz y también colonial Nakba).

La protagonista June Osborne (interpretada por Elisabeth Moss), ahora sexualmente esclavizada por uno de los nuevos comandantes (interpretado por Ralph Fiennes), no solo es mujer, blanca, hermosa e inteligente; es educada, universitaria, profesional y tenía un trabajo estable y un lindo matrimonio heterosexual interracial, carro y casa, y atención… tenía una hermosa hija.

Esto último le salva la vida cuando trata fallidamente de escapar con su familia a Canadá y es capturada y llevada con las demás “sirvientas”; porque en esta distopía norteamericana hay una especie de extraña pandemia mundial donde no hay fertilidad. Ella, al final del día, es fértil. Es un útero fértil. Y como en “La dialéctica del amo y el esclavo” de La fenomenología del espíritu de Hegel, el esclavo (o esclava) terminará sutilmente administrando su esclavitud y venciendo sobre el amo.

Este apocalíptico tema ya ha sido tratado en otra película distópica, pero británica: Children of Men (2006), Los hijos del hombre (España), o Los niños del hombre (Latinoamérica), de Alfonso Cuarón, con Clive Owen, Julianne Moore, Michael Caine y Chiwetel Ejiofor. Y viendo la tasa de natalidad de algunos países ricos, si no fuese por la inmigración de países pobres periféricos, pronto colapsarían demográficamente.

Spoiler sobre la trama de la serie en cuestión: aprovechando la coyuntura, los fanáticos fundamentalistas crean falsos atentados, o sea de “falsa bandera”, provocaciones al estilo de las Torres Gemelas del 11-S, y se desbordan. Así dividen EE.UU. al estilo de la Confederación sureña esclavista (anticipada por el filibusterismo de William Walker), e implantan un moderno toque de queda permanente, como en El Salvador de Bukele: la “República de Gilead”. Dando pie a un siniestro proyecto político totalitario.

Todo muy propio al próximo cambio del nuevo modo de producción del tecnofeudalismo, anunciado por el economista Yanis Varoufakis. Un nuevo modo de producción —aún peor que el capitalismo tardío, financiero y global— caracterizado por personajes ultramillonarios, barones del tecnofeudalismo tipo Peter Thiel, Alex Karp, Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Sundar Pichai y Bill Gates.

Así las cosas, con las previstas, actuales y próximas guerras imperialistas, con la grave crisis energética en ciernes, con la crisis climática y ecológica, con el sesgo totalitario de la IA, con la desinformación sistemática y con la manipulación de masas del populismo de extrema derecha, que nada nos extrañe… “El futuro es ya”, ironizaba el francés Jean Baudrillard.

Avisados estamos. La distopía, cualquiera sea su nombre, podría estar más cerca. Y Netflix lo “profetiza”.

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Concierto Especial “Mister Sax”

El Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Banda Nacional de San José y la Benemérita Biblioteca Nacional de Sinabi,  se complacen en invitarle al Concierto Especial “Mister Sax” con la Benemérita Banda Nacional de San José y como invitados el Director Juan Carlos Meza y el Dr Geoffrey Landman, saxofonista de la Universidad de Kansas.

La actividad será presencial el viernes 22 de mayo a las 10:00 a.m. en la Benemérita Biblioteca Nacional. También se transmitirá por el Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/

Bellas mujeres rurales de otrora

Luko Hilje (lukohilje@gmail.com)

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Cuando uno lee los relatos de los viajeros y cronistas europeos y estadounidenses que recorrieron el territorio de Costa Rica en el siglo XIX, llama la atención que haya muy pocas menciones de mujeres en particular. Esto no es de extrañar, pues por entonces —incluso en los altos círculos sociales— a la mujer se le ignoraba, al punto de que muy rara vez se indicaban sus nombres, y apenas si se les nombraba con el apellido de sus maridos. No obstante, en las crónicas que he podido leer, he detectado varios casos de mujeres, todas del mundo rural, que llamaron la atención por ser muy atractivas.

Aunque, por supuesto, el concepto de belleza física tiene un fuerte sesgo cultural, pues el ideal de belleza es diferente en cada etnia, entre los viajeros y cronistas hay alusiones tanto a mujeres indígenas y mulatas, como a caucásicas.

En el primer caso, cuando en 1860 el médico y naturalista Alexander von Frantzius visitó el valle de Orosi —habitado por indígenas—, manifestó que, ante sus ojos de alemán, “los indios de Orosi no tienen absolutamente bellas formas corporales; son en su mayoría algo rechonchos, y las mujeres, especialmente las jóvenes, muy obesas o barrigudas. Tienen caras anchas y redondas, con pómulos algo salientes. El color de su piel es amarillo moreno y su cabellera negra y lacia”.

En el segundo caso, cuando en 1858 el periodista y diplomático francés Félix Belly arribó a San Juan del Norte (Greytown), en el Caribe de Nicaragua, y navegó después por los ríos San Juan y Sarapiquí para llegar a San José, atestiguó que “por cierto que las indígenas de la ribera del San Juan y las negras de sangre mezclada con los mosquitos [miskitos] no podían, bajo ningún concepto, compararse con nuestras mujeres europeas. Ellas no tienen ni la frescura del color, ni la elegancia de las formas, ni la perfección de los detalles, ni, sobre todo, el atractivo seductor. Por eso, cuando se ven pasar a cierta distancia, con sus ropas flotantes y sus hombros desnudos, sin otro adorno que sus lindos cabellos peinados en trenzas, piensa uno que un poco de civilización haría de estos graciosos fantasmas unas verdaderas mujeres”.

Bosque típico de Sarapiquí: Foto: Luko Hilje.

Sin embargo, pronto se llevó una gran sorpresa. En efecto, en un paraje ribereño del San Juan, halló a un coterráneo oriundo de Bretaña, a quien denominó “el nuevo Robinson”, en alusión al célebre Robinson Crusoe. Este aventurero, rubio y de unos 30 años de edad, vivía en una cabaña rústica, totalmente rodeada de montaña, amancebado con “una mulata de bello tipo florentino, cuya camisa de muselina blanca apenas cubría su garganta y sus hombros”. De inmediato acotó que “yo no había visto en Greytown sino una joven de color que fuera bonita y que, además, hubiera llamado la atención en París. Ella se detuvo una vez frente a una casa contigua a la mía, acompañada de una hermosa india y de un negro semidesnudo. La miré con el interés que despertaba, y al notarlo ella, se sintió cohibida. Lástima que tan preciosa criatura se encuentre perdida en un mundo como este”.

Más adelante, al desembarcar en Muelle, en la ribera del río Sarapiquí, donde había una guarnición militar, Belly comenzó a mirar por dentro el rancho donde se albergaba el comandante del lugar, de lo cual narró que “solamente una mitad de la casa estaba cerrada por un enrejado de cañas superpuestas; y hacia abajo, servía de refugio durante la noche un piso del mismo material, que dejaba ver una cama cubierta con un mosquitero. Pero lo que me pareció más extraño en todo esto, fue la presencia de una mujer que a mi llegada cerró su blusa entreabierta. La mujer del comandante, pues era ella, blanca y muy bonita, me miraba con la misma curiosidad con que yo contemplaba su casa”.

Ahora bien, aunque Belly no aludió a ella, en Cariblanco hubo una mujer tan linda, que ninguno de los foráneos que recorrió el muy transitado camino de Sarapiquí pudo ignorarla.

El médico y químico alemán Moritz Wagner

Por ejemplo, en 1853 el alemán Moritz Wagner, quien viajaba con el austríaco Carl Scherzer, describiría que “Cariblanco es un rancho abierto, como todas las chozas que habíamos encontrado en el camino. […] El posadero, que tenía una joven y hermosa mujer, nos ofrecía por buenas palabras y mucho dinero unos pocos huevos y malas tortillas”. Cuatro años después, en 1857, el botánico Hermann Wendland mencionaba que ahí, “la cabaña en la que pernoctaríamos estaba bastante limpia, y sus propietarios también se distinguían por su elegante ropa. La hija de la casa, una muchacha de 14 a 15 años, fue una de las pocas mujeres realmente bellas que conocí en Centroamérica. Esa sería la última semana que pasaría en casa de sus padres, pues a la semana siguiente iría a casarse a la capital. La madre, que tararea a [Richard] Wagner, aún mostraba rastros de gran belleza. Me impactó la hermosa tez blanca de ambas, algo muy poco común en los lugareños”.

En 1859 fue el escritor inglés Anthony Trollope quien pasó por ahí, para expresar que “había en aquel sitio una hacienda de gana­do en plena selva, un pedacito de tierra desmontado en que un aventurero se había establecido y osaba vivir. El aventurero no estaba allí, pero tenía una mujer bonita, con la cual mi amigo el teniente [James Terence FitzMaurice] había entablado, según parece, una amistad íntima en su viaje anterior a San José”.

Mucho después, en 1866, el abogado inglés Frederick Boyle, describiría que “después de pasar un río y muchas corrientes rápidas, llegamos a una hermosa sabana, tachonada con casas bonitas y árboles grandes que rodeaban la morada del gran propietario del Sarapiquí, don V. S.”, y que “la hermosa mujer de don V. S., estaba en el corredor al partir nosotros”. Acerca de la vida ahí, él reflexionaba así: “Si ella está contenta con la gran finca ganadera que la Providencia le ha dado, perfecto; pero si yo fuera mujer no la envidiaría. Pero, ¿si ella sintiera muchísimas ganas de volver a ver a su familia y amigos? Eva podría haber sido feliz en el Sarapiquí, pero Eva no nació en San José de Costa Rica. Contenta o no, la mujer de don Vicente es una persona firmemente establecida, pues él no sería tan tonto como para dejarla irse. Quizás sea un hombre feliz ese Don. En verdad, ningún libertino alegre de la capital probablemente perseguiría esta presa para su gruta solitaria, y el marido debe tenerla toda para sí para hacerle lo que le guste”.

Colorado de Turrialba, hoy. Foto: Luko Hilje
El botánico alemán Otto Kuntze

Ahora bien, para cambiar por completo de contexto geográfico, es oportuno desplazarse hacia el Caribe, pero a la región de Turrialba. En efecto, a mediados de 1874 arribó a Puerto Limón el botánico alemán Otto Kuntze, y pocos días después se enrumbó hacia el Valle Central, mientras recolectaba plantas. Sin embargo, después de sufrir un extravío en las cercanías del río Reventazón, que le pudo haber costado la vida, llegó a Turrialba, villorrio que por entonces se asentaba en las lomas de Colorado, “un pueblo de montaña situado a 1200 metros, donde nos dieron una amistosa acogida en casa de un criollo con dos hermosas hijas”. Embelesado por ellas, las describiría como, “dos atractivas gracias de piel amarillenta, chispeantes ojos negros y rasgos faciales agitanados pero nobles”, a las que “hay que verlas cuando ondean coquetamente su pañuelo de colores bajo el sombrero de paja y sobre la nuca. Me hubiera podido enamorar. Lástima que la sociedad sea demasiado tonta y santurrona”.

El abogado y diplomático estadounidense John Lloyd Stephens
Planicies de Guanacaste, hoy. Foto: Luko Hilje

Finalmente, quien quedó imantado por una mujer rural fue el abogado, diplomático y explorador estadounidense John Lloyd Stephens, que había recorrido mucho mundo, y que un día de febrero de 1840 recaló en Liberia, Guanacaste.

Al caer la noche, y sin tener dónde dormir, el comandante de la localidad le ayudó para que se instalara en “una casa con una tiendecita al frente”, donde fue gentilmente recibido por su dueña. Mientras conversaba con ella, quien saboreaba una taza de chocolate, “oí una animada voz en la puerta, y al punto entró una señorita con dos o tres jóvenes en su compañía, quien se acercó a la mesa frente a mí, y echando para atrás su negra mantilla, me dio las buenas noches y me tendió la mano”. Enterada en la iglesia local de que había llegado a su casa, ella se vino rápido, pues deseaba conocer a un extranjero como él. Boquiabierto, expresó que “ella no era tan hermosa que digamos, pero su boca y sus ojos eran bellos; y sus modales tan diferentes del frío zafio y esquivo aire de sus paisanas, y tan parecidos a la franca y fascinante bienvenida que una señorita de mi tierra le daría a un amigo después de larga ausencia, que si la mesa no hubiera estado entre nosotros, yo la habría tomado entre mis brazos y besado”.

La conversación entre ellos, salpicada por las preguntas inteligentes de la muchacha, se prolongó hasta la medianoche. Y, llegada la hora de dormir, ella le cedió su “catrecito muy aseado, con un mosquitero de gasa con lazos color de rosa en las esquinas”, en cuya “cabecera había una atractiva almohada con una funda de muselina color de rosa, y sobre ella una sutil sobrefunda blanca con hechiceros vuelos”, lo que, turbado, lo hizo preguntarse “¿Las mejillas de quién habían descansado en esa almohada?”. Tan cautivado estaba por los encantos de esa muchacha, que “me acosté, pero no pude dormir y determiné no continuar mi viaje al día siguiente”.

Sin embargo, ya a las tres de la madrugada, con las mulas ensilladas, el guía Nicolás, que lo había conducido en esos días como baquiano, llamó a su puerta. Aunque Stephens lo trató de disuadir para permanecer ahí un día más y disfrutar de la compañía de la muchacha, sus planes de viaje demandaban continuar la travesía, por lo que “apresuré mis preparativos y me despedí de ella, debo decirlo, con un adiós muy cariñoso”, para después aceptar que de “la bella de Guanacaste” —como la denominó—, “no abrigo ni la más mínima esperanza de volverla a ver jamás”. Eso sí resultaría inolvidable para “el extranjero que debe a ella algunos de los más dichosos momentos que pasó en Centro América”.

En realidad, a su belleza física sumó su sensibilidad e inteligencia, al punto de ser pretendida por varios individuos prominentes, como lo demostró el célebre historiador Ricardo Fernández Guardia, quien le dedicó sendos artículos, intitulados La novela trágica del Teniente Coronel Molina y El rapto de la señorita Elizondo, los cuales aparecen en el libro Cosas y gentes de antaño. Su nombre era Josefa Elizondo Villar, hija del acaudalado terrateniente Antonio Elizondo Rojas y de Manuela Villar Marín.

Cabe destacar que aquellos atributos que Stephens había captado en ella al instante, y que lo desquiciaron, dos años después provocarían tanta pasión y celos, que desembocarían en una cruenta confrontación, la cual culminó con la muerte de tres militares del ejército unionista del hondureño Francisco Morazán Quesada: el guatemalteco Manuel Ángel Molina Bedoya, y los salvadoreños Enrique Rivas y Eduvigis Guillén. Superada esta trágica coyuntura, años después ella se casaría con Bernardino Urtecho Martucci en primeras nupcias —con quien procreó tres hijas— y, tras enviudar, años después lo haría con el español Manuel Giberga del Bosque, con quien tuvo otra hija; él fue combatiente contra el ejército filibustero de William Walker, primero como coronel del ejército conservador (legitimista), y después unido a nuestras tropas, como jefe de la 2ª División dentro del Estado Mayor de nuestro ejército.

En fin, bellas mujeres rurales de otrora, de las cuales sin duda hubo muchas más, pero no quedaron retratadas en ninguna crónica de viajeros, lamentablemente.

Imagen de portada: Una calle de San Juan del Norte (Greytown), en el siglo XIX.

Biblioteca Nacional celebrará legado de Agustín Barrios Mangoré con conferencia y presentación musical

Embajada de Paraguay, Fundación Guitarras del Corazón Ibermusicas y el Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Benemérita Biblioteca Nacional del SINABI,  se complacen en invitarle a la conferencia Agustín Barrios Mangoré: patrimonio documental y audiovisual que pone en valor su obra y legado a la guitarra culta universal y presentación musical  por María Selva Corrales de la Fundación Guitarras del Corazón, y a la presentación musical por los artistas Rodrigo Benítez, Favio Rodríguez, José Carlos Cabrera, músicos paraguayos del grupo MBARAKATRIO y Randall Dormond, músico costarricense.

Esta actividad se celebra en conmemoración del 215 aniversario de la Independencia de la República de Paraguay.

La conferencia y presentción musical será en la Benemérita Biblioteca Nacional el lunes 18 de mayo a las 4:30 p.m. y se transmitirá por los Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/

Conferencia “William Walker: un hombre y muchas imágenes”

El Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Benemérita Biblioteca Nacional del Sinabi y la Escuela de Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica, se complacen en invitarle a la conferencia William Walker: un hombre y muchas imágenes” por la MSc. Carolina Mora Chinchilla.

Esta actividad es parte del ciclo «Recuperando nuestro pasado«.

La actividad será virtual el lunes 18 de mayo a las 3:00 p.m. y se transmitirá por el Facebook https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/

Leyenda del indio Venancio llegará al auditorio del Museo Nacional

Por Uriel Rojas

Conferencia será este jueves 21 de mayo

El programa “Reflexiones desde el Bellavista” del Museo Nacional de Costa Rica presentará este jueves 21 de mayo, una Conferencia sobre la Leyenda de Venancio Mora y estará a cargo del antropólogo José Luis Amador, autor del libro.

Esta actividad se llevará a cabo en el Auditorio del Museo Nacional de Costa Rica, ubicado en Cuesta de Moras.

Amador se ha especializado en temas culturales de la Región Sur costarricense y recientemente ha publicado un libro titulado Venancio Mora y el árbol mágico de Palmar Sur.

La leyenda narra una confrontación entre Venancio Mora y la Compañía Bananera que se empeña en cortar el árbol, bajo el pretexto de que sus ramas impiden el adecuado descenso de las aeronaves en el campo de aterrizaje de Palmar Sur, colindante con la finca de Venancio.

La charla está orientada a develar aspectos históricos y simbólicos presentes en la leyenda.

Los interesados en adquirir el libro pueden hacerlo en la librería Bodeguita Cultural en Calle de la Amargura, San Pedro Montes de Oca o bien por correo a precio de costo.

Informes en el Whatsapp 7177 7546.

Tertulia musical «Paisaje sonoro urbano y composición electroacústica»

El Ministerio de Cultura y Juventud, mediante la Benemérita Biblioteca Nacional del Sinabi se complace en invitarle a la tertulia musical Paisaje sonoro urbano y composición electroacústica con Mauricio Fonseca López.

Esta actividad es parte del  ciclo Escuchando nuestra esencia. Tardes de tertulia y audición de música nacional.

La tertulia se realizará el viernes 15 de mayo a las 2:00 p.m. en la Benemérita Biblioteca Nacional.

Grupo Contrapunto presenta el álbum “Me gusta que no calles”, una propuesta musical atravesada por la intensidad afectiva y la palabra

El Grupo Contrapunto presentó su álbum “Me gusta que no calles”, una producción musical interpretada por Alejandra Espinoza Arias y Gerardo Cascante Valverde, que explora desde la poesía y la canción temas como el amor, el conflicto, el deseo, el silencio y la intensidad emocional de las relaciones humanas.

La obra toma su nombre de una de las canciones del álbum y desarrolla una narrativa poética donde conviven la cercanía y la distancia, el diálogo y el silencio, la ternura y la confrontación afectiva. A través de imágenes cargadas de fuerza simbólica, la letra expresa una relación marcada por la contradicción, la vulnerabilidad y la atracción hacia la autenticidad de la otra persona, incluso en sus dimensiones más incómodas o desafiantes.

El trabajo artístico plantea un recorrido emocional donde la voz poética reconoce tanto el encanto de la palabra franca como el peso de los silencios, construyendo una atmósfera íntima atravesada por emociones intensas, rebeldía y humanidad.

El álbum cuenta con la participación de:

  • Gerardo Cascante Valverde: voz y guitarra

  • Alejandra Espinoza Arias: voz

  • Oscar Espinoza: arreglos y percusión

  • Sarah Bolaños Rojas: violín

La letra y música son de Gerardo Cascante, la producción estuvo a cargo de Oscar Espinoza y la realización audiovisual fue desarrollada por Sebastián Polimeni Solís.

El material audiovisual puede verse en el siguiente enlace:
https://youtu.be/YFdbURvIApw?si=wd0PPiOI0BVtD0pZ

Concierto «Tributo a la Tierra y a quienes la cultivan”

El Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Banda Nacional de San José y la Benemérita Biblioteca Nacional de Sinabi,  se complacen en invitarle al Concierto Tributo a la Tierra y a quienes la cultivan” con la Benemérita Banda Nacional de San José. 

Esta actividad se realiza en conmemoración del Día de la persona Agricultora

La actividad será presencial el jueves 14 de mayo a las 10:00 a.m. en la Benemérita Biblioteca Nacional. También se transmitirá por el Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/

Haig Patigian: el escultor armenio

Gabe Abrahams

Haig Patigian fue un gran escultor armenio. Una de sus obras más destacadas fue la que le dedicó a la tenista y doble campeona olímpica Helen Wills. Este artículo aborda su apasionante biografía.

Haig Patigian nació el 22 de enero de 1876 en Van, una ciudad que pertenecía por aquel entonces al Imperio Otomano y que, hoy, es parte de Turquía. En la actualidad, Van cuenta con más de 300.000 habitantes y es la capital de la provincia del mismo nombre.

Los padres de Haig Patigian, Avedis Patigian y Marine Hovespian, eran armenios y trabajaban de maestros en la Escuela de la Misión americana en Armenia. Su padre además se dedicaba a la fotografía. A raíz de eso, fue acusado por las autoridades del Imperio Otomano de espionaje y traición, lo cual provocó su huida a Fresno, California, un lugar de acogida habitual para los armenios perseguidos.

Pasado un tiempo de estos hechos, en 1891, el resto de la familia Patigian emigró a Fresno y se reunió con Avedis, para después en 1899 irse a vivir a San Francisco, California.

Asentado en esa ciudad, el joven Haig Patigian empezó a dedicarse al arte, estudió en el Mark Hopkins Institute of Art y, ya en 1906, se marchó a París para colaborar con el escultor René Paul Marquet. En la capital francesa, pudo presentar al año siguiente la estatua Ancient History en el Salon des artistes français.

Después de regresar de nuevo a San Francisco, Patigian afianzó todavía más su prestigio artístico con esculturas como Creation of Man (1909) o Diana (1915), al igual que con alguna pintura no exenta de calidad, y eso conllevó que le encargasen varios trabajos importantes.

Entre las obras públicas que realizó Patigian a partir de entonces, destacaron especialmente la estatua del general John Joseph Pershing (1922), quien encabezó junto a otros generales el ejército de los Estados Unidos y los Aliados en la posterior Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la estatua de Abraham Lincoln (1926) y el Volunteer Firemen Memorial (1933), tres esculturas ubicadas en San Francisco.

De las obras arquitectónicas que llevó a cabo Haig Patigian, sobresalieron otras esculturas como las que realizó para los palacios de Bellas Artes y Maquinaria de la Exposición Panamá-Pacífico de San Francisco (1915), el edificio de la Metropolitan Life Insurance de San Francisco (1920) y el edificio Richfield Tower de Los Ángeles (1929). Cuando en 1968 se demolió esa torre, tres esculturas de Patigian que había en ella (Navigation, Aviation e Industry) fueron a parar al Museo de Arte de la Universidad de California, ubicado en Santa Bárbara.

Una parte de las obras de Haig Patigian como la escultura Volunteer Firemen Memorial pertenecieron al Realismo, un movimiento artístico dedicado a mostrar con precisión la realidad. Otras como las magníficas esculturas del edificio Richfield Tower fueron puro art déco. Como movimiento artístico de una época vinculada al triunfo de las máquinas (décadas de los años 1920 y 1930), el art déco utilizó en sus formas las innovaciones de estas, recogiendo influencias del constructivismo, el cubismo, el futurismo y el modernismo.

En todo caso, la obra cumbre de Haig Patigian fue el busto que le dedicó en 1927 a la tenista Helen Wills, considerada por la mayoría de expertos del mundo de la raqueta la mejor tenista del siglo XX. Wills fue doble campeona olímpica en los Juegos Olímpicos de París de 1924 y venció en los torneos de Estados Unidos, Wimbledon y Roland Garros, siendo además una reconocida artista.

Tras asistir la tenista a varias sesiones con el escultor Haig Patigian, este la inmortalizó con el busto Helen of California, hoy expuesto en el Young Museum de San Francisco. Definir esa obra resulta difícil, porque cuesta encontrar las palabras adecuadas para expresar su calidad. Pero se podría decir que es excepcional, ya que la imagen de la tenista Wills adquiere una enorme fuerza y belleza al tomar forma, sin dejar de ser un retrato fidedigno de ella (ver imagen que encabeza este artículo).

La obra Helen of California ha sido considerada por no pocos expertos en arte una de las más logradas, por no decir la más lograda, de Haig Patigian.

Concluida la obra, Patigian y Wills mantuvieron una amistad duradera, definiendo el artista a la tenista como “una mujer atlética e intelectual” con una belleza que “surge desde dentro”.

En definitiva, después de padecer la persecución de su padre por su condición de armenio y de abandonar su Armenia natal tras sus pasos, Patigian creció como artista en San Francisco y París, logró desarrollar una forma personal de entender el arte a base de unir diferentes movimientos artísticos y su genio y llegó muy lejos con sus esculturas.

Aparte de su carrera artística, el escultor Haig Patigian también tuvo otros intereses a lo largo de su vida. Tuvo afición al deporte e hizo de juez en la competición de arte de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932. Y sintió una atracción hacia las fraternidades y, por eso, fue miembro y presidente en varias ocasiones del Bohemian Club. El escultor diseñó para ese club o fraternidad el imponente Santuario del Búho, una estructura hueca de hormigón y acero de doce metros de altura.

Sobre el ámbito más personal de Haig Patigian, se puede añadir que, en 1908, se casó con Blanche Hollister; que tuvo dos hijos con ella, Hollis y Haig; y que, durante el Genocidio Armenio (1915-1923) cometido por el Imperio Otomano, recaudó dinero sin descanso para apoyar a sus compatriotas perseguidos.

Transcurrida la difícil década de los años cuarenta, envuelta en la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, Haig Patigian finalmente falleció el 19 de septiembre de 1950 en el Hospital de la Universidad de Stanford de San Francisco, siendo enterrado en el cementerio Cypress Lawn Memorial Park de Colma, California. Nueve días antes había fallecido también su esposa.

Al día siguiente del fatal desenlace, el New York Times publicó la noticia de este, repasando con detalle la biografía de Patigian. Y provocó que algunos de sus amigos y admiradores se quedasen consternados por el adiós del escultor armenio que tanta huella había dejado atrás.

Un siglo después del mejor momento de Haig Patigian, su memoria permanece intacta y casi todas sus obras se encuentran todavía en pie. San Francisco es el principal testimonio de ello.