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Miradas que sanan un mundo herido

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

Homilia del domingo 2 de agosto
Juan 19, 25-27

Hay escenas del Evangelio que no se explican; se contemplan. Esta es una de ellas. San Juan nos lleva hasta el Calvario. El estruendo de los martillos ya terminó. Jesús agoniza suspendido entre el cielo y la tierra. A su alrededor hay burlas, indiferencia y violencia. Pero, al pie de la cruz, permanece una pequeña comunidad de amor. Allí está María.

Me gusta imaginar este momento como un encuentro de miradas. La mirada de una madre que contempla morir a su hijo. Y la mirada de un hijo que, aun muriendo, busca a su madre. No hacen falta muchas palabras. Hay dolores que solo pueden expresarse con los ojos.

¿Qué habrá visto María en los ojos de Jesús? Seguramente el mismo amor que contempló en Belén cuando lo sostuvo entre sus brazos; el mismo amor que descubrió en Nazaret, en Caná y durante los años de la vida pública. Pero ahora ese amor está atravesado por el sufrimiento. Su Hijo está desfigurado, cubierto de sangre, clavado en una cruz.

Y Jesús, ¿qué habrá visto en los ojos de María? La fidelidad de quien nunca huyó. Todos casi se habían marchado, pero una madre permanece. No puede quitarle el dolor. No puede arrancar los clavos. No puede bajar la cruz. Solo puede hacer una cosa: quedarse. Permanecer. Porque el amor verdadero no abandona cuando llega la hora más oscura.

Pero el centro de esta escena no es el dolor de María. El centro es Cristo. Porque incluso en la agonía, Jesús continúa amando. Eso es lo admirable del Evangelio. Cuando nosotros sufrimos, muchas veces nos encerramos en nosotros mismos. El dolor nos vuelve incapaces de mirar más allá de nuestras heridas. Jesús hace exactamente lo contrario. Desde la cruz sigue mirando a los demás. Mira a su Madre. Mira al discípulo amado. Nos mira a todos nosotros.

Y entonces, pronuncia unas palabras que no son un simple gesto de preocupación filial. «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» «Ahí tienes a tu madre.» Jesús está haciendo mucho más que asegurar el futuro de María. Está dando origen a una familia nueva: la familia de los discípulos, la Iglesia.

Pero María, en medio del mayor sufrimiento de toda su vida, no queda encerrada en su propio dolor. Su corazón está roto porque pierde a su Hijo. Sin embargo, abre ese mismo corazón para recibir una nueva misión: convertirse en madre de todos los discípulos.

¡Qué inmensidad de amor! Mientras contempla morir a su único Hijo, recibe como hijos a quienes un momento antes ni siquiera conocía de esa manera. Solo un corazón transformado por Dios puede seguir acogiendo cuando está atravesado por el sufrimiento.

Y entonces este Evangelio deja de ser un recuerdo del pasado para convertirse en una pregunta para nosotros. Hoy también vivimos rodeados de miradas sufrientes.

La mirada del enfermo que espera una visita. La del anciano que experimenta la soledad. La del joven que ha perdido el sentido de la vida. La del matrimonio que atraviesa una crisis.

La del migrante que busca un lugar donde comenzar de nuevo. La del padre o la madre preocupados por un hijo. La del que sonríe por fuera, pero por dentro está lleno de angustia. Vivimos rodeados de estas miradas, pero muchas veces ya no nos detenemos a contemplarlas. Nos cruzamos con ellas todos los días y seguimos caminando con prisa. Hemos aprendido a mirar pantallas, pero hemos olvidado mirar rostros.

Jesús, desde la cruz, nos enseña precisamente lo contrario. El amor comienza cuando somos capaces de detenernos ante el sufrimiento del otro y dejar que su mirada toque nuestro corazón. Eso hizo María. En ese intercambio silencioso de amor nació una humanidad nueva.

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