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Etiqueta: Campaña Nacional 1856-1857

La patria no nació en un solo día

Eduardo Piza Volio
Setiembre de 2026

¿Qué celebramos cuando festejamos la independencia de Costa Rica?

Las naciones necesitan fechas porque la memoria colectiva difícilmente puede desfilar detrás de un proceso histórico. Las banderas exigen un día; los himnos, una ceremonia; las escuelas, una efeméride. La historia, en cambio, suele mostrarse menos disciplinada: avanza mediante vacilaciones, conflictos, acuerdos provisionales, intereses contrapuestos y decisiones cuyo verdadero alcance solo se descubre mucho después.

Por eso, preguntar qué celebramos cada 15 de setiembre no equivale a buscar una fecha indiscutible en el calendario. Supone examinar cómo un territorio habitado durante milenios, convertido después en provincia colonial, comenzó a desprenderse de la monarquía española, a gobernarse por sí mismo, a construir un Estado y, finalmente, a defender con las armas la soberanía adquirida.

La independencia de Costa Rica no fue un instante milagroso. Fue una secuencia.

Antes de Costa Rica

Afirmar que Costa Rica no existía antes de la llegada de los europeos es correcto únicamente si por “Costa Rica” entendemos el Estado republicano, con sus instituciones, sus fronteras y su identidad política contemporánea. Resultaría profundamente equivocado, en cambio, si con esa frase se pretendiera insinuar que antes de los españoles no había historia, sociedad ni cultura.

Mucho antes de que el territorio recibiera su nombre europeo, existían en él sociedades indígenas complejas, con autoridades políticas, redes de intercambio, sistemas agrícolas, lenguas, religiones y concepciones propias del mundo. Las sociedades cacicales del siglo XVI no constituían una nación costarricense anticipada —sería anacrónico imaginarlas así—, pero tampoco eran una página en blanco sobre la cual Europa escribió la primera línea de la historia (Ibarra Rojas, 1990).

Reconocer esa complejidad no exige idealizar el pasado prehispánico. Aquellas sociedades también conocieron jerarquías, conflictos y relaciones de poder. Sus derechos actuales no dependen de representarlas como comunidades perfectas, sino de admitir su continuidad histórica, su dignidad y su condición de pueblos con identidades, instituciones y vínculos territoriales propios.

Cristóbal Colón llegó a la costa caribeña en setiembre de 1502, durante su cuarto viaje. Su paso por Quiribrí, la actual isla Uvita, fue una visita exploratoria: no fundó ciudades, no estableció una administración permanente ni conquistó el territorio. Pero aquella escala tampoco fue históricamente inocente. Incorporó esas tierras al horizonte geográfico y a las ambiciones imperiales de España. La visita no fue todavía la conquista, pero abrió el camino que conduciría a ella.

La penetración española fue tardía, fragmentaria y difícil. Las primeras incursiones se concentraron en el Pacífico y en Nicoya; el dominio más estable del Valle Central solo comenzó a organizarse durante la segunda mitad del siglo XVI. La fundación y consolidación de Cartago, la distribución de encomiendas y el sometimiento de diversas comunidades indígenas permitieron establecer la provincia colonial.

No se trató de la instalación pacífica de pobladores en un territorio desocupado, sino de un proceso de apropiación de tierras, imposición religiosa, explotación laboral, desplazamiento, reducción demográfica y transformación forzada de sociedades preexistentes (Quirós Vargas, 1990; Fonseca Corrales, 1983).

Esta precisión posee una dimensión ética fundamental: si la historia nacional comienza con Colón, los pueblos indígenas quedan convertidos en una antesala borrosa de la verdadera historia. Esa exclusión prolonga, en el terreno simbólico, la conquista material que padecieron.

La sociedad colonial y sus silencios

La provincia de Costa Rica nació dentro de un orden monárquico, católico, jerárquico y racializado. Encomenderos, comerciantes, funcionarios, campesinos, indígenas, mestizos y personas afrodescendientes —tanto libres como esclavizadas— ocuparon posiciones profundamente desiguales. La pobreza relativa de buena parte de la élite colonial no convirtió aquella sociedad en una democracia rural, ni la ausencia de grandes minas eliminó la explotación.

Uno de los mitos más persistentes de la identidad nacional sostiene que Costa Rica surgió como una comunidad homogénea de campesinos blancos, propietarios, pacíficos e iguales. Esa imagen cumplió una función psicológica y política: permitió imaginar una genealogía democrática excepcional. Pero lo hizo al precio de borrar a los pueblos indígenas, minimizar la presencia afrodescendiente, disimular las diferencias sociales y presentar como igualdad originaria lo que fue, en realidad, una sociedad estratificada (Molina Jiménez, 2002).

La independencia política tampoco desmanteló de inmediato esa estructura. Cambió la fuente de la soberanía, pero no convirtió automáticamente en ciudadanos plenos a todos los habitantes. Los grupos subordinados continuaron cargando con buena parte del trabajo, mientras las decisiones políticas permanecieron principalmente en manos de minorías masculinas, alfabetizadas y propietarias.

La primera lección moral, por consiguiente, consiste en no confundir independencia con justicia consumada. Un país puede dejar de obedecer a un imperio y conservar dentro de sí muchas de las desigualdades que aquel imperio ayudó a construir.

Los pueblos indígenas: continuidad histórica y derechos colectivos

La independencia de España no significó la liberación inmediata de los pueblos indígenas. La nueva república proclamó gradualmente la igualdad jurídica de sus habitantes, pero esa igualdad fue concebida, con frecuencia, como la obligación de integrarse a una sociedad definida por otros. Las formas indígenas de propiedad, autoridad, identidad y relación con el territorio no siempre fueron comprendidas como derechos que debían respetarse, sino como diferencias destinadas a desaparecer.

Este punto resulta esencial: los pueblos indígenas no son únicamente sectores empobrecidos que necesitan asistencia estatal. Tampoco constituyen simples minorías culturales cuya protección pueda reducirse a conservar artesanías, bailes o celebraciones. Son pueblos anteriores a la formación del Estado costarricense, con continuidad histórica, identidad colectiva, instituciones propias y una relación material, cultural y espiritual con sus territorios.

Por eso poseen, además de los derechos individuales reconocidos a toda persona, derechos colectivos. Estos derechos no conceden privilegios ni colocan a los indígenas fuera del orden democrático. Procuran impedir que una igualdad puramente formal destruya las condiciones necesarias para la supervivencia de sociedades culturalmente diferenciadas.

Entre esos derechos se encuentran la preservación de la identidad; el uso y la transmisión de las lenguas; el respeto de las autoridades y formas propias de organización; la participación efectiva en las decisiones públicas; la educación intercultural; una atención sanitaria culturalmente pertinente; la protección de los conocimientos tradicionales; el acceso a la justicia sin discriminación y el derecho a decidir sus prioridades de desarrollo.

El territorio ocupa un lugar central. Para los pueblos indígenas no es solamente una propiedad susceptible de comprarse o venderse. Es el espacio en el que se sostienen la memoria, los vínculos comunitarios, las prácticas productivas, la espiritualidad y la continuidad entre generaciones. Perderlo puede significar algo mucho más profundo que perder un bien económico: puede poner en peligro la existencia misma del pueblo como comunidad diferenciada.

La Ley Indígena de 1977 declara los territorios indígenas inalienables, imprescriptibles, no transferibles y exclusivos para las comunidades que los habitan. Costa Rica aprobó, además, mediante la Ley n.º 7316 de 1992, el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo. Este instrumento obliga a respetar las instituciones, culturas y formas de vida de los pueblos indígenas, proteger su relación con las tierras y consultarlos cuando una medida legislativa o administrativa pueda afectarlos directamente.

La consulta indígena no consiste en informar sobre una decisión ya adoptada. Debe realizarse previamente, de buena fe, mediante procedimientos culturalmente adecuados y a través de las instituciones representativas de los pueblos involucrados, con el propósito de alcanzar acuerdos. Tampoco equivale a un derecho de veto automático sobre cualquier política pública; pero sí impide que el Estado trate la participación indígena como un trámite ornamental. En 2018, Costa Rica estableció un Mecanismo General de Consulta Indígena para ordenar estos procedimientos en los ocho pueblos y los veinticuatro territorios reconocidos oficialmente (Ministerio de Justicia y Paz, 2018).

La Constitución también ordena al Estado velar por el mantenimiento y cultivo de las lenguas indígenas nacionales. A ello se suman la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y la jurisprudencia interamericana sobre propiedad colectiva, identidad cultural, consulta y participación.

Sin embargo, reconocer un derecho en una ley no equivale a garantizarlo en la realidad. La presencia de ocupantes no indígenas dentro de territorios protegidos, los lentos procesos de recuperación territorial, la fragilidad de algunas lenguas, la pobreza, las barreras de acceso a servicios públicos y la insuficiente participación política muestran la distancia que todavía separa la norma de su cumplimiento.

Los asesinatos de los dirigentes indígenas Sergio Rojas, en 2019, y Jehry Rivera, en 2020, ocurridos en un contexto de disputas territoriales, revelaron de manera trágica que la cuestión indígena no pertenece solamente al pasado. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió entonces sobre las amenazas y la violencia contra líderes indígenas y recordó al Estado su deber de proteger la vida, la integridad y los derechos territoriales de los pueblos bribri y brörán (CIDH, 2020).

Hablar de inclusión indígena exige, por tanto, algo más que incorporar sus nombres a un discurso patriótico. Significa reconocerlos como interlocutores políticos del presente, garantizar la posesión efectiva de sus territorios, respetar sus instituciones, proteger sus lenguas y hacer posible que participen en las decisiones que afectan su futuro.

1821: una independencia que llegó por correo

La independencia costarricense tuvo una peculiaridad casi novelesca: no llegó precedida por una insurrección local, sino por documentos transportados lentamente desde el norte.

El 15 de setiembre de 1821, las autoridades reunidas en la ciudad de Guatemala aprobaron el acta que abrió la ruptura política del antiguo Reino de Guatemala con España. Costa Rica no estuvo representada en aquella reunión. Sin embargo, sería incorrecto reducir el documento a un acontecimiento ajeno: la decisión guatemalteca inició el proceso de deliberación que se extendió por toda Centroamérica y desarticuló el orden político al que pertenecía la provincia.

Las noticias llegaron a Costa Rica el 13 de octubre, acompañadas por el acta de Guatemala y por el llamado “Acta de los Nublados”, redactada en León, Nicaragua. A partir de ese momento, los cabildos de Cartago, San José, Heredia, Alajuela, Barva y Ujarrás comenzaron a discutir qué autoridad debía sustituir al poder colonial y cuál sería el destino político de la provincia (Díaz Arias, 2021, 2022).

Conviene comprender el significado que entonces tenía la palabra pueblo. No aludía todavía al conjunto indiferenciado de todos los habitantes, como en las democracias contemporáneas, sino principalmente a comunidades políticas representadas por sus ayuntamientos. Al romperse el pacto con el rey, se consideraba que la soberanía retornaba a esos pueblos. Cada cabildo se sentía, por tanto, depositario de una porción de aquella soberanía recuperada.

El 25 de octubre se reunieron en Cartago varios legados municipales. No estaban representados Bagaces, Esparza ni los llamados “pueblos de indios”. Algunos delegados carecían, además, de autorización para tomar decisiones definitivas. Esta ausencia revela los límites sociales y territoriales del proceso: la independencia fue una deliberación política importante, pero no una consulta popular en el sentido moderno.

No sería razonable exigir a 1821 los procedimientos de una democracia del siglo XXI. Pero tampoco sería honrado esconder que los pueblos indígenas, pese a ser habitantes originarios del territorio, no participaron en igualdad de condiciones en la fundación del nuevo orden político. La república heredó esa exclusión y tardó mucho en comenzar a reconocerlos como sujetos de derechos colectivos.

El 28 de octubre, al conocerse que León había jurado la independencia, una multitud josefina integrada —según las fuentes— por personas de distintas clases y de ambos sexos la celebró públicamente. Al día siguiente, el cabildo de Cartago proclamó la independencia absoluta del Gobierno español y, al mismo tiempo, dispuso que se observaran la Constitución y las leyes del Imperio mexicano.

La combinación resulta reveladora: se abandonaba una monarquía mientras se contemplaba ingresar en otra. La emancipación no nació con un mapa claro del porvenir.

El 15 de setiembre y el 29 de octubre

El documento del 29 de octubre posee un valor patrimonial indudable. El Archivo Nacional lo conserva como uno de los testimonios fundamentales del nacimiento político del país, y en sus folios se proclama expresamente la independencia del Gobierno español (Archivo Nacional de Costa Rica, 2021).

Pero su alcance jurídico e histórico requiere matices. David Díaz Arias ha demostrado que los legados presentes en Cartago no contaban todos con poderes suficientes para declarar la independencia de la provincia entera y que el acta correspondía, en sentido estricto, a una decisión del cabildo cartaginés. Los demás ayuntamientos juraron su independencia durante los primeros días de noviembre (Díaz Arias, 2022).

Esto impide presentar el 29 de octubre como la única fecha “verdadera” y el 15 de setiembre como una impostura. Pero también impide reducir el 29 de octubre a una ceremonia irrelevante.

El 15 de setiembre representa la ruptura centroamericana que hizo posible la emancipación de las provincias. El 29 de octubre simboliza una de las proclamaciones locales más solemnes de independencia respecto de España. Las juramentaciones de noviembre expresan la adhesión de los demás ayuntamientos. Y el Pacto de Concordia, aprobado el 1.º de diciembre, constituye el primer acuerdo constitucional propiamente provincial, adoptado por una Junta de Legados con facultades más amplias.

No tenemos, pues, una fecha falsa enfrentada a otra verdadera. Tenemos diversos momentos de un mismo proceso, cada uno referido a una escala distinta: Centroamérica, los cabildos, la provincia y el naciente gobierno constitucional.

De la emancipación al Estado

La ruptura con España no produjo instantáneamente la República de Costa Rica. La provincia se incorporó fugazmente al Imperio mexicano, atravesó el conflicto de Ochomogo en 1823, formó parte de la República Federal de Centroamérica y se convirtió en Estado en 1825. El Partido de Nicoya decidió su incorporación en 1824, demostrando que incluso el territorio nacional seguía en construcción.

En 1838, bajo Braulio Carrillo, Costa Rica se separó en la práctica de la Federación Centroamericana. Solo en 1848, durante el gobierno de José María Castro Madriz, se proclamó formalmente la República (Díaz Arias, 2005; Molina Jiménez & Palmer, 2007).

La independencia, observada desde esta perspectiva, no fue un certificado de nacimiento, sino una larga mayoría de edad. Hubo que crear una hacienda pública, organizar elecciones, centralizar la autoridad, redactar constituciones, resolver rivalidades entre ciudades, establecer relaciones diplomáticas y enseñar a una población diversa a imaginarse como integrante de una misma comunidad política.

La nación no precedió necesariamente al Estado. En buena medida, fue el Estado el que, mediante escuelas, fiestas, símbolos, relatos históricos y ceremonias cívicas, enseñó a los habitantes a reconocerse como costarricenses.

Pero esa pedagogía nacional tampoco fue neutral. Al escoger determinados héroes, territorios y antepasados, dejó a otros en los márgenes. La nación enseñada por las instituciones exaltó con frecuencia una Costa Rica blanca, vallecentralina y culturalmente homogénea, mientras convertía a los pueblos indígenas y afrodescendientes en figuras periféricas. Construir una memoria más inclusiva no significa destruir la identidad nacional, sino liberarla de una representación mutilada de sí misma.

1856–1857: cuando la soberanía tuvo que defenderse

Tres décadas después de 1821, la independencia dejó de ser principalmente una cuestión de actas y se convirtió en una cuestión de supervivencia.

William Walker había tomado el poder en Nicaragua y su régimen amenazaba con extender por Centroamérica un proyecto expansionista vinculado al filibusterismo estadounidense y a la restauración de la esclavitud. Bajo el liderazgo de Juan Rafael Mora Porras, Costa Rica emprendió la guerra de 1856–1857.

Santa Rosa, Rivas y la Campaña del Tránsito no fueron episodios aislados de valentía militar. Constituyeron una defensa efectiva de la soberanía centroamericana. Costa Rica desempeñó un papel decisivo, aunque la victoria final perteneció al esfuerzo conjunto de los pueblos de la región.

El precio humano fue terrible. La epidemia de cólera, propagada durante el regreso del ejército, causó la muerte de entre el ocho y el diez por ciento de la población costarricense. Pocas familias quedaron intactas. La guerra se libró en los campos de batalla, pero también en los hogares, en los caminos y en los pueblos devastados por la enfermedad (Molina Jiménez & Díaz Arias, 2023).

La Campaña Nacional no creó la independencia: para 1856 Costa Rica poseía gobierno, instituciones, reconocimiento exterior y una identidad política en desarrollo. Pero sí defendió esa independencia contra una amenaza concreta y contribuyó poderosamente a consolidar el sentimiento nacional.

A partir de la década de 1880, el Estado liberal convirtió la guerra en el centro del relato patriótico. Juan Santamaría fue elevado a la condición de héroe nacional y la complejidad del conflicto se condensó en el incendio del Mesón de Guerra. Esto no significa que el héroe haya sido una ficción, sino que su memoria fue seleccionada, organizada y dotada de una función cívica determinada (Palmer, 1993; Molina Jiménez & Díaz Arias, 2023).

Toda memoria nacional hace algo semejante: ilumina ciertos hechos y deja otros en penumbra.

La psicología de las fechas patrias

Una fecha nacional funciona como un ancla psicológica. Permite comprimir un proceso extenso en una imagen inteligible: una antorcha, una bandera, un acta, un héroe. Sin esa simplificación, la memoria colectiva difícilmente podría transmitirse de una generación a otra.

Las naciones son comunidades imaginadas, no porque sean irreales, sino porque la mayoría de sus miembros nunca se conocerán personalmente y, sin embargo, se sentirán unidos por relatos, símbolos y recuerdos compartidos (Anderson, 1993).

El problema aparece cuando la simplificación se transforma en dogma. Una identidad insegura necesita héroes perfectos, fechas inmaculadas y orígenes sin contradicciones. Una identidad nacional madura puede reconocer, en cambio, que su historia contiene grandeza y exclusión, valor y violencia, solidaridad e intereses particulares.

La verdad histórica no debilita el patriotismo. Lo rescata de la propaganda.

Una lectura filosófica y ética

Desde una perspectiva filosófica, la independencia posee al menos dos dimensiones. La primera es negativa: dejar de estar sometidos a una autoridad exterior. La segunda es positiva: adquirir la capacidad de gobernarnos mediante leyes e instituciones que podamos reconocer como propias.

La primera se alcanzó con la ruptura del orden español. La segunda continúa siendo una tarea inacabada.

Un pueblo no es verdaderamente libre solo porque su bandera ondee sin permiso extranjero. También necesita instituciones legítimas, ciudadanos capaces de deliberar, derechos protegidos, justicia social y límites efectivos al abuso del poder. La independencia política puede alcanzarse en una fecha; la libertad cívica debe reconstruirse todos los días.

Esa libertad tampoco puede descansar en la subordinación de los pueblos originarios. Un Estado que proclama su soberanía mientras permite que comunidades indígenas pierdan el control efectivo de sus territorios incurre en una contradicción moral: celebra frente al extranjero el derecho a gobernarse por sí mismo, pero se resiste a reconocer dentro de sus fronteras la participación y la autonomía cultural de quienes habitaban el territorio antes de la formación republicana.

Moralmente, la conmemoración exige gratitud hacia quienes defendieron la soberanía y hacia quienes soportaron sus costos sin aparecer en los monumentos: soldados rasos, campesinos, mujeres que sostuvieron hogares y labores logísticas, víctimas del cólera, comunidades indígenas, afrodescendientes y trabajadores cuyas vidas también construyeron el país.

Éticamente, la memoria nacional debe regirse por tres principios: verdad, inclusión y responsabilidad. Verdad, para no convertir el pasado en catecismo; inclusión, para recordar a quienes fueron expulsados del relato oficial; responsabilidad, para comprender que la libertad heredada impone obligaciones a quienes la reciben.

Como advierte Ricoeur (2003), una sociedad justa no necesita recordarlo todo de la misma manera, pero sí debe resistir tanto la manipulación interesada del recuerdo como el olvido impuesto.

Entonces, ¿qué celebramos?

Celebramos el 15 de setiembre porque la decisión adoptada en Guatemala abrió el proceso centroamericano de emancipación y porque los propios protagonistas del siglo XIX asumieron esa fecha como símbolo compartido.

Recordamos el 29 de octubre porque el cabildo de Cartago proclamó solemnemente la independencia absoluta de España, aunque aquel documento no pueda presentarse, sin matices, como una declaración jurídicamente vinculante de toda la provincia.

Reconocemos las juramentaciones de noviembre y el Pacto de Concordia del 1.º de diciembre porque con ellos comenzó a organizarse un gobierno propio.

Conmemoramos el proceso comprendido entre 1821 y 1848 porque durante esos años se construyeron el Estado, el territorio y la República.

Y honramos la Campaña Nacional de 1856–1857 porque en ella la soberanía dejó de ser una declaración escrita y se convirtió en una realidad que hubo que defender con inteligencia, valor y un sacrificio humano enorme.

No celebramos la llegada de Colón como si antes de ella no hubiese existido nadie. No celebramos la conquista, el sometimiento indígena ni las jerarquías coloniales. Tampoco deberíamos celebrar una supuesta pureza racial o una igualdad social imaginaria.

Una conmemoración históricamente honrada debe reconocer que el Estado costarricense se levantó sobre territorios habitados por pueblos anteriores a él y que esa historia origina responsabilidades presentes. Entre ellas se encuentran garantizar la propiedad y posesión efectiva de los territorios indígenas, realizar consultas genuinas, proteger las lenguas, respetar las formas propias de organización y asegurar la participación política de esos pueblos.

Celebramos la difícil capacidad de una sociedad para separarse de un imperio, deliberar sobre su futuro, darse instituciones, construir una comunidad política y defenderla cuando estuvo amenazada. Pero la celebración solo alcanza plenitud moral cuando la libertad que proclamamos para la nación se convierte también en derechos efectivos para todos los pueblos y personas que la integran.

El 15 de setiembre representa, por tanto, una síntesis cívica, no el monopolio de la verdad histórica. El 29 de octubre merece memoria, pero no necesita convertirse en un nuevo mito excluyente. Y la Campaña Nacional debe comprenderse como la gran defensa de una independencia que ya existía, aunque todavía estaba afirmándose.

Costa Rica no nació en una mañana ni fue obra de un solo cabildo, una sola ciudad, una sola clase, una sola cultura o un solo héroe. Surgió de una cadena de decisiones, conflictos, sacrificios y esperanzas. Comprenderlo no disminuye la celebración: la vuelve más verdadera, más humana y moralmente más digna.

Referencias

Anderson, B. (1993). Comunidades imaginadas: Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica.

Archivo Nacional de Costa Rica. (2021, 26 de febrero). Acta de la Independencia de Costa Rica se sometió a riguroso proceso de restauración.

Comisión Interamericana de Derechos Humanos. (2020, 18 de marzo). Al completarse un año del asesinato de Sergio Rojas, la CIDH expresa preocupación por la situación de amenazas, hostigamiento y violencia contra líderes indígenas y personas defensoras de derechos humanos en Costa Rica.

Costa Rica. (1949). Constitución Política de la República de Costa Rica, artículo 76.

Costa Rica, Asamblea Legislativa. (1977). Ley Indígena, Ley n.º 6172.

Costa Rica, Asamblea Legislativa. (1992). Aprobación del Convenio sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes, Ley n.º 7316.

Costa Rica, Poder Ejecutivo. (2018). Mecanismo General de Consulta a Pueblos Indígenas, Decreto Ejecutivo n.º 40932-MP-MJP.

Díaz Arias, D. (2005). Construcción de un Estado moderno: Política, Estado e identidad nacional en Costa Rica, 1821–1914. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Díaz Arias, D. (2021). La independencia de Costa Rica: Historia, debate y conmemoración, 1821–2021. Editorial Universidad Estatal a Distancia.

Díaz Arias, D. (2022, 17 de mayo). Voz experta: ¿15 de setiembre o 29 de octubre? Universidad de Costa Rica.

Fonseca Corrales, E. (1983). Costa Rica colonial: La tierra y el hombre. Editorial Universitaria Centroamericana.

Ibarra Rojas, E. (1990). Las sociedades cacicales de Costa Rica: Siglo XVI. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Molina Jiménez, I. (1986). El Valle Central de Costa Rica en la independencia. Revista de Historia, (14), 85–114.

Molina Jiménez, I. (2002). Costarricense, por dicha: Identidad nacional y cambio cultural en Costa Rica durante los siglos XIX y XX. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Molina Jiménez, I., & Díaz Arias, D. (2023). La Campaña Nacional (1856–1857): Historiografía, literatura y memoria. Editorial de la Universidad de Costa Rica. (Obra original publicada en 2008).

Molina Jiménez, I., & Palmer, S. (2007). Historia de Costa Rica: Breve, actualizada y con ilustraciones (2.ª ed.). Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Naciones Unidas. (2007). Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas.

Organización Internacional del Trabajo. (1989). Convenio n.º 169 sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes.

Palmer, S. (1993). Getting to know the unknown soldier: Official nationalism in liberal Costa Rica, 1880–1900. Journal of Latin American Studies, 25(1), 45–72.

Quirós Vargas, C. (1990). Historia de Costa Rica: La era de la encomienda. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Ricoeur, P. (2003). La memoria, la historia, el olvido (A. Neira, Trad.). Trotta.

Certamen busca recuperar las memorias de la Campaña Nacional guardadas en los hogares costarricenses

El baúl familiar se abre para contar la historia

 

  • La iniciativa convocará a la ciudadanía a desenterrar anécdotas, testimonios y objetos de valor histórico sobre la gesta heroica de 1856-1857.
  • Las personas pueden enviar sus propuestas a partir de este 30 de setiembre y hasta el 1 de mayo del año entrante

Documentar la memoria colectiva y rescatar las vivencias ciudadanas que forjaron la identidad de la patria, es el propósito del #Concurso de relatos e historias familiares en conmemoración del 170° aniversario de la Campaña Nacional de 1856-1857”, cuyo lanzamiento oficial se dio este lunes 14, a las 10 a. m., con una conferencia sobre “Los soldados de la Campaña Nacional” ofrecida por el doctor Raúl Arias en las instalaciones de Biblioteca Nacional.

La convocatoria llama a la ciudadanía a compartir los recuerdos, testimonios y registros guardados en sus hogares para integrarlos de manera permanente al acervo histórico del país. «La gesta heroica de 1856 y 1857 no solo se resguarda en los libros oficiales, sino en el corazón y los recuerdos latentes de las familias costarricenses. Este concurso es un puente de oro para rescatar del olvido esas microhistorias, anécdotas y tesoros familiares que forjaron el alma y la libertad de nuestra vía costarricense hacia el porvenir. Invitamos a la ciudadanía, en especial a las nuevas generaciones, a escudriñar en sus raíces y compartir la herencia viva de nuestros libertadores», indica Armando Vargas Araya, periodista y presidente emérito de la Academia Morista Costarricense, institución que impulsa el certamen.

Convocatoria

La recepción formal de las obras se abrirá este venidero 30 de setiembre de 2026 y cerrará el 1 de mayo de 2027. Los documentos deberán ser enviados directamente al correo electrónico oficial de la organización: contactoacademiamorista@gmail.com.

El jurado calificador evaluará propuestas enfocadas en las siguientes líneas temáticas:

  • Historias familiares y anécdotas transmitidas de generación en generación sobre la Campaña Nacional.
  • Objetos y recuerdos históricos de valor familiar (tales como medallas, cartas u otros artículos).
  • Memorias de desfiles y actividades escolares de épocas pasadas.
  • Relatos de ficción creativos inspirados en la gesta histórica de 1856-1857.

El veredicto final con las obras seleccionadas será anunciado públicamente el 30 de setiembre de 2027. Las bases completas del concurso se pueden consultar escaneando el código QR oficial integrado en los afiches de la campaña o solicitando información en las plataformas digitales de la Biblioteca.

Acerca de la Academia Morista Costarricense

Es una institución dedicada a la investigación, preservación y difusión de la vida, obra y legado del Libertador de la Patria, el presidente Juan Rafael Mora Porras, así como de los acontecimientos históricos de la Campaña Nacional de 1856-1857. Su propósito es fortalecer los valores cívicos, la soberanía nacional y la memoria histórica de Costa Rica a través de actividades académicas, publicaciones y certámenes culturales dirigidos a toda la ciudadanía.

Concurso de relatos e historias familiares 170 Aniversario de la Campaña Nacional 1856-1857. Conferencia “Los soldados de la Campaña Nacional»

La Academia Morista Costarricense y el Ministerio de Cultura y Juventud, mediante la Benemérita Biblioteca Nacional del Sinabi, se complacen en invitarle al  Lanzamiento del concurso de relatos e historias familiares en Conmemoración del 170 Aniversario de la Campaña Nacional 1856-1857 y a la conferencia “Los soldados de la Campaña Nacional» por el Dr. Raúl Arias.

La actividad se realizará en la Benemérita Biblioteca Nacional  el lunes 14 de setiembre a las 10:00 a.m. y también se transmitirá por los Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/ y Facebook Academia Morista Costarricense https://academiarorista.org/

La breve pero significativa batalla de Sardinal

Luko Hilje Quirós
lukohilje@gmail.com

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER.

Desembocadura del río Sardinal en el Sarapiquí. Foto: Luko Hilje.

Hace exactamente 170 años, en la mañana del 10 de abril de 1856, ocurrió la batalla de Sardinal, de la cual he escrito y hablado en varias oportunidades, pues me interesé en ella hace unos 15 años. No obstante, en las lecturas previas para mis alocuciones, había detectado grandes vacíos de información, así como varias contradicciones y errores, incluso entre historiadores.

Por tanto, hace un año decidí reunir toda la información disponible y escribir un artículo académico, que aclarara de la mejor manera posible todos sus pormenores; denominado La batalla de Sardinal en el contexto de la Campaña Nacional de 1856-1857, apareció hace apenas cuatro meses. Aunque resumirlo hoy aquí es una tarea imposible, los invito a leerlo en la revista Comunicación, del Instituto Tecnológico de Costa Rica.

Es por ello que, de manera resumida, lo que pretendo es resaltar sus hechos más relevantes. Veamos.

En primer lugar, el aspecto geográfico. Bien sabemos que las principales batallas de la Campaña Nacional contra el ejército del líder filibustero William Walker, convocadas por el presidente y líder militar Juan Rafael (Juanito) Mora Porras, ocurrieron en la vertiente del Pacífico de Costa Rica y Nicaragua, el 20 de marzo en Santa Rosa y el 11 de abril en Rivas. Es decir, la batalla de Sardinal tuvo lugar muy pero muy lejos de ahí, y fue la primera de carácter fluvial. Aún más, no estaba prevista en nuestros planes militares.

Surgió porque el ejército filibustero tenía bajo dominio total las aguas del río San Juan. Y un aciago día, el capitán John M. Baldwin decidió incautarle en La Trinidad —en la boca del Sarapiquí— la correspondencia al cartero costarricense que cada dos semanas se desplazaba desde San José hasta San Juan del Norte para llevar cartas y recoger las que llegaban del exterior. Eso encendió las alarmas pues, con este hecho, el enemigo había violado la privacidad de la correspondencia oficial, así como invadido el territorio nacional.

En segundo lugar, la naturaleza del enfrentamiento. Aunque era urgente responder, mandar batallones a confrontarlos era absurdo, pues no se tenían tantos recursos militares. Por tanto, se optó por una alternativa más juiciosa y prudente, que fue enviar una tropa para que vigilara los movimientos del enemigo nada más, y que lo atacara si y solo si resultara inevitable. Y así ocurriría.

En efecto, de tan solo 100 hombres, dicha tropa quedó conformada por dos destacamentos de 25 hombres cada uno, que estaban destacados en los puestos aduanales que había en Muelle y Cariblanco, más 50 soldados alajuelenses que conocían bien esa zona. Sus jefes eran el general Florentino Alfaro Zamora y el teniente coronel Rafael Orozco Rojas.

Reunidos en Muelle, a unos 45 kilómetros de La Trinidad —en la desembocadura de este río—, donde estaban los filibusteros, desecharon la idea de construir botes o balsas, para no exponerse a ser vistos mientras navegaban, y optaron por abrir una picada o trocha por la ribera izquierda del río Sarapiquí. Tenaces, recios e incansables, avanzaron unos 18 kilómetros abriendo montaña, hasta alcanzar la desembocadura del río Sardinal.

Uno de los playones típicos del río Sarapiquí. Foto: Luko Hilje.

Por entonces ignoraban que Baldwin y su batallón estaban enterados de su presencia en algún punto del río, y que ya venían a toparlos. Es decir, la idea de éstos no era penetrar hasta San José, sino tan solo repeler y desalojar del río a nuestros compatriotas. Hay que considerar —y esto es clave—, que los filibusteros tenían amplia experiencia en batallas a campo abierto, pero no para desplazarse y combatir en densas selvas, como las de Sarapiquí, colmadas de incomodidades y peligros.

Esa mañana, un grupo de los nuestros continuaba abriendo la picada, otros reponían fuerzas y desayunaban confiados en un pequeño estero en la desembocadura del río Sardinal, el cual hoy ya no existe, debido a la erosión. Como habían hecho una fogata para preparar sus alimentos, el humo que salía hizo sospechar a los filibusteros que ellos estaban ahí, por lo que poco después los atacaron por sorpresa.

En tercer lugar, el saldo militar de la batalla. En realidad, el cauce formado entre los dos playones que conformaban el estero impidió los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, lo que hubiera favorecido a los costarricenses, quienes eran muy hábiles en el manejo de las bayonetas de sus fusiles. Aún así, hubo fuego durante casi una hora entre ambos bandos. Como saldo de la escaramuza, en nuestras filas murieron apenas tres hombres y hubo siete heridos, mientras que de los enemigos fallecieron cuatro en tierra y varios en el agua, incluidos unos 25 que estaban en una piragua que se les pudo hundir.

Ubicación hipotética de los playones que conformaban el estero del río Sardinal. Foto: Luko Hilje.

Pero, más importante aún que estas cifras, es que los filibusteros no pudieron desalojar del río a nuestra tropa, y se vieron obligados a tomar sus embarcaciones y regresar a La Trinidad. Por su parte, nuestros combatientes se dirigieron a Muelle, para que el médico curara a los heridos. En los días posteriores permanecieron en Cariblanco, atentos a cualquier ataque filibustero, el cual nunca ocurriría.

Para concluir, aunque la batalla de Sardinal no tuvo un gran significado estratégico-militar, infundió mucho ánimo y confianza a nuestros soldados pues —sin saberlo ellos—, aún faltaba un año de confrontaciones, y había que saber soportarlo. Eso sí, librada también en el territorio de Sarapiquí, sí fue determinante la batalla de La Trinidad, el 22 de diciembre de 1856, que fue la que marcó el principio del fin de Walker, hasta su rendición en Rivas, el 1° de mayo de 1857.

De este modo, gracias a nuestros valerosos combatientes, se pudieron afianzar la libertad y la soberanía de Costa Rica, así como de los demás países centroamericanos, por lo cual, desde lo más profundo de nuestros corazones, hoy reverenciamos su memoria con gratitud infinita.

De la Batalla de Santa Rosa a la Batalla de Rivas contra los filibusteros en Costa Rica y en Nicaragua. Algunas notas sobre la Primera Campaña

Vladimir de la Cruz

Celebramos este año, el 170 aniversario de la Gloriosa Gesta de 1856-1857, breve período histórico que se caracterizó, y generalmente así se recuerda, como los meses comprendidos entre el 20 de marzo de 1856, con el triunfo de la Batalla de Santa Rosa, sobre los filibusteros que habían ingresado al territorio nacional, y el 1º de mayo de 1857, cuando el jefe filibustero William Walker se rindió y salió de Centroamérica.

De manera más precisa, ese escenario histórico se comprende desde 1855, cuando se invita el 9 de abril, a William Walker, quien se hacía llamar expresidente de Sonora, para que llegue a Nicaragua a sumarse a las fuerzas políticas del Ejército Democrático, en su lucha interna contra el Ejército Legitimista, en ese país, hasta el mes de setiembre de 1860, cuando el 12 de setiembre fusilaron, en Honduras, a William Walker, luego de su último intento de regresar a Centroamérica, y el 30 de setiembre de 1860, fusilan al Presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora Porras y, el 2 de octubre de 1860, también fue fusilado el General José María Cañas.

La lucha entre liberales y conservadores en Nicaragua era intensa desde 1853. Walker llegó a Nicaragua desde San Francisco de California, de Estados Unidos, el 4 de mayo, al puerto El Realejo, donde fue recibido por los delegados del Ejército Democrático, que se enfrentaba al Ejército Legitimista jefeado por el General Ponciano Corral. Se le había ofrecido la posibilidad de impulsar una colonización. Walker llegó con su grupo de mercenarios bajo el nombre de la Falanje Americana. Walker en Nicaragua tuvo sus enfrentamientos y se produjo en Rivas un intento de quemarle el edificio donde estaba fortificado. En ese intento murió el 29 de junio de 1855 el joven Manuel Mongalo, un héroe nicaragüense similar a nuestro Juan Santamaría.

El presidente Mora, enterado de las andanzas filibusteras y mercenarias de Walker en Estados Unidos y México, previó el peligro de su llegada y estadía en Nicaragua en 1855.

El 20 de noviembre de 1855 el presidente Mora hace su Primera Proclama al pueblo costarricense advirtiendo del peligro que se cernía y llamando a prepararse para ir a combatir contra Walker. A su llamado se sumó, el 22 de noviembre, el Obispo Anselmo Llorente y La Fuente, advirtiendo también el peligro y amenaza que significaba Walker contra la religión católica.

A principios de 1856 Walker comisiona a su lugarteniente Schlesinger a venir a Costa Rica para “invitarnos” a formar parte de su proyecto anexionista y esclavista El presidente Mora da órdenes que no lo dejen desembarcar en Caldera ni en Puntarenas. Expulsado que fue enfureció a Walker quien pocos días después ordenó a Schlesinger que regresara a Costa Rica para tomarla a la fuerza. Así, la tropa filibustera se preparó para ingresar al territorio nacional en marzo de 1856.

El 1º de marzo, el presidente Mora, con apoyo del Congreso se prepara para marchar a Nicaragua, para luchar allá contra Walker y liberar a Nicaragua de la opresión que él les significaba. Ese 1º de marzo el presidente Mora lanza su Proclama de salida hacia la lucha contra los filibusteros.

El 3 de marzo, el Obispo Anselmo Llorente y La Fuente se dirige a las tropas combatientes, fortaleciéndoles espiritualmente su ánimo para ir a combatir, siendo acompañados por un grupo de sacerdotes bajo el mando del Presbítero Francisco Calvo, Capellán del Ejército en esa lucha contra los filibusteros.

El 4 de marzo el ejército duerme en Río Grande siguiendo la marcha por San Mateo.

El 7 de marzo el presidente Mora se incorpora a la marcha con el Ejército, asumiendo la Jefatura del Ejército y dejando en la Presidencia al vicepresidente Francisco María Oreamuno.

El 10 de marzo la tropa ya estaba en Puntarenas. La marcha seguiría por tierra, por el Golfo adentrándose por el río Tempisque hasta sus afluentes Bebedero y Bolsón, para desde allí llegar a Liberia, y tratando de darle vuelta a la Península para de esa forma llegar a Liberia.

El 11 de marzo el Ejército Expedicionario llega a Bagaces, donde los Generales José Joaquín Mora Porras y José María Cañas Escamilla desarrollan los planes de las operaciones militares a ejecutar.

El 12 de marzo el presidente Mora llega a Puntarenas acompañado de su Estado Mayor, mientras el Ejército Expedicionario llega a Liberia.

El 18 de marzo se recibe la noticia de que los filibusteros estaban en el territorio nacional, que habían pasado Sapoa, encontrándose en la Hacienda Santa Rosa, que era bien conocida por los costarricenses.

El 19 de marzo se partió hacia la Hacienda Santa Rosa. A las 4 de la tarde del 20 de marzo, se logró enfrentar a los filibusteros, en un combate que no pasó de los 10 minutos. A los 14 minutos de iniciado el combate se estaba redactando el Parte del triunfo sobre los filibusteros, que salieron huyendo. En la Batalla de Santa Rosa, fallecieron los Capitanes José María Gutiérrez y Manuel Quirós; los tenientes Justos Castro, Manuel Rojas y doce soldados.

La Batalla de Santa Rosa elevó la moral combatiente del Ejército Expedicionario e infligió una profunda derrota moral en los filibusteros. Hubo filibusteros capturados que fueron sometidos el 23 de marzo a un Consejo de Guerra, en Liberia, que dispuso fusilarlos, lo que se realizó el 25 de marzo.

El 24 de marzo el presidente en ejercicio, Francisco María Oreamuno se dirige con una proclama al pueblo informando el triunfo militar en Santa Rosa.

El presidente Mora dispuso, perseguir por todo el territorio nacional a los filibusteros, mientras avanzaba hacia Nicaragua.

El 29 de marzo el presidente Mora hace su Proclama dirigida a los nicaragüenses, indicándoles que va a ingresar a su país para liberarlos de la horda filibustera que los oprime y domina, indicándoles también que el ingreso de la tropa costarricense no es para ir a adueñarse de nada en Nicaragua, al mismo tiempo que los invita a participar en esta lucha.

El 31 de marzo la tropa está en Sapoa, ingresando a Nicaragua. El 4 de abril el Ejército se encuentra en marcha sobre la ciudad de Rivas. El 5 de marzo se llega a Peña Blanca, en Nicaragua, muy cerca del camino que se conocía como La Vía de la Compañía del Tránsito, empresa encargada de movilizar casi 1000 estadounidenses mensualmente desde la costa Atlántica a la costa Pacífica, de los Estados Unidos.

El 6 de abril el presidente Mora ya se encuentra en Santa Clara, en Nicaragua, listos para instalarse el 7 de abril, en Rivas, donde se acuartela. Allí recibió apoyo de ciudadanos Comisionados de Rivas. El 7 de abril dispuso el presidente Mora que dos Divisiones del Ejército tomaran por sorpresa San Juan del Sur y la Virgen, sitios que eran parte de la ruta de la Compañía del Tránsito. En La Virgen hubo un pequeño enfrentamiento con los filibusteros que tuvieron seis bajas y cinco heridos.

El 8 de abril el Ejército Expedicionario entra a Rivas, habiendo dado la vuelta por la Bahía de la Virgen, siendo recibidos con gran apoyo por la población. Inmediatamente se dirige a las Municipalidades de Rivas, Masaya, Granada, Matagalpa, Managua, León y Chinandega, para que le informen de la situación que tienen.

El 10 de abril el Ejército ocupa tres sitios claves, La Virgen, San Juan del Sur y Rivas. El presidente Mora ordena que se impida y se corte la navegación en el Río San Juan, tarea que se le encomienda al coronel Rafael Escalante.

A las 8 de la mañana los filibusteros se hicieron presentes en el Puerto del Estero del Sardinal, en San Carlos, desde donde habían querido ingresar los filibusteros al territorio nacional. Allí se produjo una ligera Batalla, la de Sardinal, el 10 de abril, donde resultaron heridos el General Florentino Alfaro y nueve soldados, y los filibusteros tuvieron cuatro muertos en tierra y muchos en el río. Allí fue tomado un vapor de Walker.

La Batalla de Sardinal, ese 10 de abril se sumó en elevar el espíritu de combate de la tropa nacional y, de la misma manera, produjo un desánimo en la tropa filibustera, y el propio Walker.

El 11 de abril, a las 8 de la mañana, Walker se lanzó a dominar la plaza de Rivas y a atacar el Cuartel General donde estaba el presidente Mora, desarrollándose un combate encarnizado que duró hasta horas de la noche. A Rivas fueron llegando los combatientes de Sardinal y de las tropas que se tenían explorando los terrenos aledaños. Las tropas de ambos ejércitos se acuartelaban en casas de la población.

En la Batalla de Rivas cayeron combatiendo valientes militares, el General José Manuel Quirós; el Mayor Francisco Corral; los Capitanes Carlos Alvarado, Miguel Granados, Vicente Valverde y más de 110 soldados. Los filibusteros perdieron 200 hombres, contando los que capturaron y fusilaron.

En esta Batalla, Walker se había acuartelado en la casa llamada Mesón de Rivas. Ese Mesón se intentó quemar para lo que se ofrecieron el oficial Luis Pacheco Bertora, que cayó herido, el soldado Rosales, de origen nicaragüense que peleaba con nuestra tropa, y el Tambor del Ejército, Juan Santamaría quien cayó en la tarea de la quema, que fue exitosa.

Los filibusteros abandonaron Rivas huyendo de la ciudad. El ejército costarricenses aseguró así su triunfo.

El 15 de abril el presidente Mora esperaba noticias de los ejércitos y de las fuerzas militares de los Gobiernos de El Salvador y Guatemala, que se sumaban a la guerra contra los filibusteros, para coordinar con ellos.

El 17 de abril Walker se encontraba en la ciudad de Granada, habiendo sufrido una gran deserción en su tropa.

El 21 de abril no se sabía nada del concurso de las Fuerzas Aliadas de El Salvador, Guatemala y Honduras.

En los siguientes días empezaron a manifestarse los enfermos y muertos del cólera, lo que obligó al regreso a Costa Rica del Ejército Costarricense.

El General presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora, desde el Cuartel General de Rivas, dirigió una Proclama agradeciendo a los jefes, a los Oficiales y los Soldados, todo su compromiso y ordenando regresar el Ejército Costarricense al interior de la República.

El 26 de abril, a las 4 de la mañana, el general presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora, dejó la ciudad de Rivas, dirigiéndose hacia Liberia acompañado de sus Edecanes y por el Ejército.

En Rivas murieron de cólera el comandante Juan Alfaro Ruiz, el Subteniente Julián Rojas y el Capitán Zenón Mayorga.

El 29 de abril en la Hacienda El Jocote se estableció un punto del ejército para defender la frontera y ejercer control sobre el Río San Juan.

De esta forma terminó, lo que conocemos como la Primera Campaña en la Guerra contra los filibusteros, quienes habían sido gravemente derrotados y desmoralizados.

Los días siguientes, en Nicaragua Walker se impone, con fuerza política desde junio, al tiempo que empiezan a llegar, el 4 de julio, los soldados guatemaltecos bajo las órdenes del brigadier Mariano Paredes y del coronel José Víctor Zavala, el 8 de julio llega la fuerza salvadoreña de vanguardia al mando del General Ramón Belloso.

El 10 de julio el Gobierno nicaragüense, de Fermín Ferrer, declara electo presidente de la República de Nicaragua al General William Walker, que fue reconocido por los Estados Unidos.

Así se da el marco de la llamada Segunda Campaña que se articula desde setiembre con los ejércitos centroamericanos aliados. En esta Segunda Campaña, la tropa costarricense, de nuevo movilizada al escenario de guerra se integra con las tropas aliadas.

Le peste del cólera afectó a la población costarricense con alrededor de 10.000 muertes. Nuevas batallas intensas contra los filibusteros caracterizan este período hasta la rendición de Walker el 1 de mayo de 1857.

El próximo sábado 11 de abril celebramos la tercer derrota al filibustero William Walker, la contundente de esa Primera Campaña, la que aseguró de modo definitivo que los filibusteros no pisarían el suelo costarricense.

El glorioso espíritu combativo, por las más de 12 horas de combate, inmortalizó la Batalla de Rivas, a los caídos y héroes de la Patria, y quienes se destacaron en esas horas de combate. De allí los principales héroes que se recuerdan con este motivo, el presidente general Juan Rafael Mora Porras, los generales José Joaquín Mora Porras, José María Cañas Escamilla, los caídos en la quema del Mesón, especialmente la exaltación que se hace de Juan Santamaría y de Francisca Pancha Carrasco, que con su participación se hace sobresalir a la mujer costarricense que se unió al Ejército y que representa a todas las mujeres que sustituyeron a los hombres, que salieron de los campos de trabajo, al combate, asegurando la producción, la economía de guerra en esos meses y la alimentación de los soldados.

Con motivo del 170 aniversario de la Batalla de Rivas, y de la Campaña Nacional contra los filibusteros se han preparado algunas actividades a las cuales les invito.

Viernes 10 de abril, desde las 10 a.m hasta el mediodía, la Municipalidad de Escazú, recuerda a los escazuceños caídos en los combates contra los filibusteros, en el Parque Central de Escazú, con desfile y con presentación escénica de la Cantata Guerra de 1856.

El sábado 11 de abril se convoca a las 10 a.m, al pie del Monumento del presidente, General y Benemérito de la Patria, Juanito Mora, frente al Edificio de Correos en San José, a un acto cívico para colocar una ofrenda floral en el Monumento.

El lunes 13 de abril, se invita por parte de la Academia Morista Costarricense y la Biblioteca Nacional, a la conferencia, a cargo del MSc. Adrián Chaves Marín, que se transmitirá por el Facebook de la Biblioteca Nacional, a las 4 p.m, bajo el título: “El fuego de la Memoria: 170 aniversario de la Batalla de Rivas”.

¡Gran triunfo contra el cobarde invasor! La gran Batalla de Santa Rosa

Freddy Pacheco León

Un hecho histórico que hemos de valorar, y fortalecer cotidianamente, es la huella de la trascendental Batalla de Santa Rosa. Quince minutos que, a la postre, se hicieron eternos; que todavía resuenan en lo más profundo del alma nacional.

Patriotas soldados que, inspirados por las convincentes y muy sentidas palabras de su gran Presidente Juanito Mora, marcharon valientemente en defensa de nuestra libertad, nuestra sagrada soberanía, nuestra independencia, y la de los hermanos centroamericanos.

Así. todos los 20 de marzo, hemos de honrar a los hombres que ganaron la Batalla de Santa Rosa. La memorable, la de mayor trascendencia histórica, la que permitió expulsar del país, a los sucios militares invasores que actuaban bajo las órdenes del esclavista estadounidense William Walker, que, con sus mugrosas botas, profanaban el sagrado suelo Patrio; a los que pretendían arrebatarnos la preciada libertad, y que habiéndose adentrado como punta de lanza más de 50 km en territorio tico, se preparaban para recorrer los 42 km que les llevarían a Liberia.

Soldadesca extranjera que sucumbió ante el patriotismo de Mora y Cañas y los demás patriotas héroes que no dudaron en ofrendar sus vidas, en defensa de sus seres queridos y de la amada Patria.

Invitamos a reflexionar sobre cuál habría sido nuestro destino, si no se hubiese derrotado a las huestes criminales del maldito William Walker, en ese histórico lugar de Guanacaste.