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Etiqueta: canción social

La vida te da sorpresas (a propósito de una canción de Bad Bunny)

René Mauricio Valdez

Año 1999, el siglo 20 cerraba sus puertas, aún no caían las Torres Gemelas.

Yo vivía en Nueva York. Trabajaba con una entidad internacional haciendo lo que menos me gustaba: trabajar en “La Sede”. Me consideraba un tipo “de campo”. Sin embargo, vivir en Nueva York por unos años, en dos ocasiones, fue un privilegio. Llegué a conocer bastante bien y a tenerle cariño a la Gran Manzana. Más de una vez le di una vuelta entera en bicicleta.

Un buen domingo de verano mi esposa y yo nos propusimos explorar el barrio de Chelsea –elegante y refinado, repleto de galerías de arte, parques y arquitectura interesante. Iríamos, para comenzar, a desayunar en algún restaurante de por allí. Tomamos el Subway en Columbus Circle, línea C dirección sur, nos bajamos en la estación de la calle 14 y nos dispusimos a vagabundear.

Caminábamos plácidos por el ruido y la prisa (mentiras, era domingo en la mañana, estaba fresco y tranquilo) cuando de repente Kelly me jaloneó y me dijo en su perfecto español con fingido acento porteño:

“Mirá ché, ese que viene allí es Rubén Blades.”

“Queee vaaserrr”, mascullé lentamente mientras trataba de encuadrar una foto de un perrito con anteojos color fucsia, que no se estaba quieto.

“Siii es él, vení, vamos a saludarlo. ¡Tal vez se acuerda!”

Blades caminaba como cualquier mortal, con su sombrerito característico de los años maduros, tomado de la mano de Lubba, su esposa estadunidense de padres eslovacos, una cantante de jazz y actriz con destacada trayectoria en las tablas de Brooklyn y Manhattan. Nos sorprendió verlo tan como si nada porque esa tarde-noche daba un concierto al aire libre en el Lincoln Center para el que nos había costado mucho conseguir las entradas. Iba a ser algo masivo.

“Hola Rubén, soy Kelly ¿te acuerdas?”, le dijo mi esposa mientras le daba la mano con toda naturalidad. “Nos conocimos en diciembre del año 90, después de la invasión, donde Brooke Alfaro, en el Casco Antiguo, hablamos un buen rato… después en la exposición de Brooke en el Banco Nacional y en la recepción de…”

“Ah, si claro, Kelly, ¡cómo no! ¿cómo has estado?”, dijo Rubén en lo que al principio me pareció solamente un intento de ser educado. “Mi esposa, Luba”, dijo.

“Mi esposo, Mauricio… salvadoreño.”

“¡Es un gran placer!”, proclamé gozosamente y les estreché la mano a ambos, que se veían sonrientes y relajados.

De entrada, le dije a Rubén que, en nombre del grueso del pueblo salvadoreño, me permitía darle las más sentidas muchas gracias por la canción de Monseñor Romero, la del Padre Antonio y su monaguillo Andrés.

El hombre hizo un gesto entre alegre y triste.

“Esa canción me tocó mucho”, dije.

“Qué valiente Monseñor”, meditó Rubén serio y compungido. “Clase de sorpresa se llevaron los ricachones de tu país, ¡muuuchacho! Me contaron que era buen fotógrafo”.

“Era su pequeño hobby, sobre todo de joven. Encuadraba bien las imágenes de los objetos en movimiento”.

“¿Oíste sus homilías de los domingos?”, se metió Kelly.

“¡Ayala vida si las he escuchado! ¡se me pone la carne de gallina!”

“Maginate la majada en la guanancia”, comenté discretamente.

“¿Cómo…?”, preguntó Rubén interesado, removiéndose las gafas que por lo visto se quita cuando quiere oír bien (¿o ustedes lo han visto cantar con anteojos?). Trastabillaba yo un poco para ilustrarle la rítmica del habla de mi tierra cuando Rubén volvió a tomar la iniciativa: “Tengo unas grabaciones de sus últimas homilías, transmitidas al país por las radios.”

“Por LA radio”, puntualicé, “la YSAX, la Voz Panamericana, la radio de la Arquidiócesis de San Salvador, 800 en el dial, amplitud modulada”.

“Jmmm ¿sólo esa radio las transmitía?”

“Sólo esa. Todos la oíamos con las orejas bien paradas… pasa que yo hice un programa musical en esa radio, los domingos en la tarde, a las 3, cuando ya medio habíamos digerido las homilías de Monseñor. Se llamaba Latinoamérica Canta, lo locutaba con una amiga para una asociación de músicos y cantores populares”.

“Buen nombre”, dijo Rubén.

“Dicen que el hombre oía el programa de vez en cuando, le gustaba la música que poníamos. O sea, Monseñor no solamente fue un gran fotógrafo, ¡tenía un gusto musical exquisito!”

“Juar, juar, juar, juar”.

“Tuvimos que suspender el programa porque le metieron un bombazo a la radio”.

“¡Chuuuleta!”, dijo Rubén con su acento panameñísimo.

“Un vigilante del edificio, don Chemita, murió despedazado el pobre. Era fan, tenía tres niños.”

“¡Sshusshíííí!”

“Criminals!”, marcó Lubba. Miró fijamente a su marido y le preguntó: “You are not playing that song today, are you? Hace tiempos que no la tocas. ¡Tócala honey, tócala!”

Nosotros nos sumamos a la moción, entusiastas. “Dale ché, ¿siii?” imploró Kelly.

“Me encantaría… voy a tratar”, respondió Rubén esquivo y arañándose el sombrerito. “Tú sabes que no es chicha e´piña”, se dirigió a Lubba y luego a nosotros. “Tienen todo armado, hasta las canciones que me va a pedir el público al final. Ese pelaito que maneja el set en el Lincoln Center es un ñame, no le gustan los cambios, tiene un guión, van a hacer tomas aéreas y… bueno, voy a tratar, promise”.

Lubba nos sacó una foto con mi cámara y nos despedimos. “¡Ay nos vemos más tarde, Rubén!”, exclamé al alejarnos como si me estuviera despidiendo de mi primo Beto.

La plaza del Lincoln Center se llenó a más no poder. Fuimos de los primeros en llegar para coger puesto cerca del escenario y así ojalá saludar al amigo (fue impracticable). Rubencito, como le decían a Blades todos los presentes, tocó la mejor salsa del planeta. La masa danzante alcanzó el nivel telúrico del desenfreno cuando las columnas de sonido pronunciaron la ansiada entradita de tumbadoras, el silbido y una llamada distante:

¡Ribelino, ven acá!

El sonido de la banda en vivo era glorioso, igual que los discos. Bailamos sin parar hasta las 9 de la noche pasadas, sudamos como caballos, fuimos de los últimos en irnos, pero al final no tocó el Padre Antonio. “La vida te da sorpresas”, entonó Kelly moviendo la cabeza y los brazos como bailarina egipcia. Y nos fuimos caminando por las amplias avenidas, jugueteando con la música de Rubén a flor de labio y con las sirenas y el ajetreo entrañable de una noche de verano en Nueva York.

Riberas de un mismo canto

RIBERAS DE UN MISMO CANTO

Teatro Nacional. 14 de agosto. 7.30 p.m.

El nicaragüense Carlos Mejía Godoy y el costarricense Dionisio Cabal, dos reconocidos cantautores de Centroamérica y genuinos exponentes de la canción popular protagonizarán un, gran encuentro poético musical que lleva por nombre “RIBERAS DE UN MISMO CANTO”, y tendrá lugar en el Teatro Nacional este próximo 14 de agosto, víspera del Día de la Madre a las 7.30 p.m.

Tanto Mejía Godoy como Cabal estarán acompañados por sus grupos respectivos “Los de Palacagüina”: Eugenio Granera (1ª voz y guitarra), César Esquivel (2ª voz y bajista), Milcíades Poveda (Director ,requinto y 3ª voz), Hugo Castilla (piano), Jeffrey Rúbens (violin), Raúl Martínez (flauta) y “La Cruceta” Esteban Salas (violín, acordeón, guitarra, mandolina) Pablo Leandro (guitarra, teclados), Carlos Mesén (batería y percusión latina) todos músicos de gran calidad y trayectoria.

Según el decir de Dionisio Cabal “Riberas de un mismo canto”, promueve la alegría de compartir comunes raíces de la música, la historia y la cultura, “las diferencias que unen en vez de separar, en la gran diversidad de los pueblos de Centroamérica».

Musicalmente hablando el concierto reunirá dos repertorios de lo más representativo de dos géneros: la canción folklórica, popular y tradicional de Nicaragua y Costa Rica, temas que son clásicos en el quehacer de ambos cantautores y por otra parte un conjunto de composiciones altamente poéticas que se inscriben dentro de lo que se conoce como Nueva Canción, esto es canción social, comprometida con una visión de mundo y de justicia.

Carlos Mejía Godoy y Dionisio Cabal han desplegado su trabajo desde la década de los años setenta y se reconoce en ambos una genuina coincidencia de propósitos. Uno de ellos promover la fraternidad y la concordia entre los pueblos de ambos países.

Siempre de la mano con el grupo Los de Palacagüina, el desempeño de Mejía Godoy puso a Centroamérica en los ojos del mundo artístico internacional desde que su canción Quincho Barrilete ganará el Festival OTI de la Canción, a partir de ahí sus obras han sido interpretadas por gran cantidad de artistas de fama mundial.

Por su parte Dionisio Cabal ha tenido ocasión de representar numerosas veces a Costa Rica en distintos foros y festivales internacionales de la Nueva Canción en toda Nuestra América, Europa y Estados Unidos, como solista o bien en su calidad de integrante y director del conocido grupo CANTARES (1980-2012). En su nueva etapa de proyección le acompaña desde el año 2010 el grupo La Cruceta.

Cuando usted acuda al Teatro Nacional el 14 de agosto será copartícipe de un concierto lleno de grandes emociones, sentimientos de alegría y de humana reflexión. Y es bueno que tome nota que al momento de publicarse este artículo el 50 % de las entradas ya estaban vendidas. ¡No lo piense ni un momento más!

 

Información enviada a SURCOS por Erika Henchoz.

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