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Etiqueta: crítica cultural

Cuando el ballet se convierte en emoción

“La danza es el lenguaje oculto del alma.”
— Martha Graham (1894-1991)

Jaime E. García González, Dr. sc. agr.
Profesor catedrático jubilado de la UCR y la UNED
Miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad (RCB) y de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina (UCCSNAL).

La Gala de la Escuela de Ballet Clásico Ruso de San José demostró que la disciplina, el talento y la belleza pueden transformar un escenario en un espacio de encuentro con el arte.

Hay espectáculos que se observan y otros que, además, se viven. La Gala de Ballet presentada el pasado 8 de agosto por la Escuela de Ballet Clásico Ruso de San José, en el Teatro Melico Salazar, fue, claramente, de esos espectáculos.

Desde los primeros compases hasta el último saludo, la función ofreció una demostración de que el ballet clásico continúa teniendo una extraordinaria capacidad para conmover cuando detrás de cada movimiento existen disciplina, preparación, sensibilidad artística y un profundo respeto por la danza.

Y el público lo reconoció con claridad: los aplausos fueron, quizá, la mejor medida del éxito de una presentación que consiguió conjugar virtuosismo técnico, belleza escénica y emoción.

No era una tarea sencilla. Una gala de estas características exige mucho más que reunir una serie de piezas conocidas. Requiere establecer un diálogo entre las obras, los intérpretes, la música, la iluminación, el vestuario y la propia arquitectura del escenario. En esta ocasión, ese diálogo funcionó.

Un repertorio que permitió viajar por la historia de la danza

La selección de las obras fue uno de los grandes aciertos de la noche. El programa llevó al público desde la majestuosidad de La Bayadère, de Ludwig Minkus, hasta el universo de El lago de los cisnes, de Piotr Ilich Tchaikovsky; incorporó además Aguas primaverales, de Serguéi Rachmaninov, y las vigorosas Danzas polovetsianas, de Alexander Borodin, junto con otras piezas y coreografías.

Esa diversidad permitió apreciar diferentes registros de la danza: la delicadeza y el refinamiento del ballet clásico, el virtuosismo de las variaciones, la expresividad de los pas de deux, la energía de las danzas de conjunto y la fuerza interpretativa que exige cada lenguaje coreográfico.

Particularmente gratificante fue comprobar que las obras no fueron tratadas como simples ejercicios académicos. En ellas hubo intención expresiva. Los movimientos no parecían existir únicamente para demostrar que podían ejecutarse correctamente, sino para contar, sugerir y emocionar.

Ese es, en última instancia, uno de los mayores desafíos de la danza: conseguir que el público deje de pensar en la dificultad técnica que existe detrás de cada movimiento y simplemente se deje llevar por aquello que está viendo.

La técnica al servicio de la belleza

El ballet exige una combinación poco común de condiciones: fuerza y ligereza, precisión y espontaneidad, disciplina y libertad expresiva. Durante la Gala, bailarinas y bailarines mostraron el resultado de un proceso de formación que no puede improvisarse. Cada salto, giro, extensión, equilibrio y desplazamiento es la culminación de innumerables horas de ensayo y de una rigurosa preparación corporal.

Pero quizá lo más destacable fue que la técnica no terminó convirtiéndose en exhibicionismo. La verdadera calidad de un bailarín aparece cuando la dificultad desaparece ante los ojos del espectador. Cuando un movimiento que ha requerido incontables horas de trabajo parece surgir con naturalidad. Cuando el esfuerzo deja de verse y solo permanece la belleza. Eso fue posible gracias también al trabajo colectivo de la Escuela.

El programa acredita a Flor E. Carreras como directora a. i., junto con un equipo de profesores integrado por Marcela Jiménez, Gustavo Vargas, Irina Voronova, Camila Fernández, Ronny Ramírez y Michael Céspedes. Asimismo, identifica a Gustavo Vargas y Camila Fernández como maîtres répétiteurs y a Ronny Ramírez como asistente de ensayos. La presencia de los profesores eméritos María Monakhova y Anatoly Danilytchev añade, además, el valor de una trayectoria pedagógica que forma parte de la identidad de la Escuela.

Detrás de los bailarines que vimos sobre el escenario existe, por tanto, un equipo pedagógico y artístico que merece ser reconocido. Más de 30 años dedicados a la formación en ballet clásico explican que la calidad demostrada en esta Gala no sea producto de la casualidad, sino el resultado de una trayectoria cimentada en la disciplina, la excelencia y la dedicación al arte.

Cuando todo lo que rodea al bailarín también baila

Otro de los aciertos de la Gala estuvo en comprender que el ballet no termina en el cuerpo de quien danza. La escenografía, el vestuario y las luces constituyen parte esencial de la narración escénica. Una mala iluminación puede restarle fuerza a una interpretación extraordinaria; un vestuario inadecuado puede romper la atmósfera de una obra; una escenografía que compite innecesariamente con los intérpretes puede distraer al espectador. En esta Gala ocurrió lo contrario.

El diseño de vestuario de María Monakhova, la responsabilidad de vestuario a cargo de Marcela Jiménez, la escenografía de Fernando Castro y el diseño de luces de Gustavo Vargas contribuyeron a construir el ambiente visual de la Gala.

La iluminación, en particular, cumplió una función que va mucho más allá de hacer visible el escenario: ayudó a crear atmósferas, destacar momentos y acompañar los cambios de intensidad de las obras.

Lo mismo puede decirse del vestuario. En el ballet, la indumentaria no es un simple elemento decorativo. Ayuda a definir personajes, épocas, ambientes y movimientos. Y cuando está bien concebida, se integra al cuerpo del bailarín hasta convertirse en parte de la coreografía.

La música: el otro cuerpo de la danza

Y, por supuesto, está la música. Minkus, Tchaikovsky, Rachmaninov y Borodin no son simplemente nombres escritos en un programa. Son compositores cuya música posee una extraordinaria capacidad para generar imágenes, emociones y movimientos.

En una buena función de ballet, música y danza dejan de percibirse como dos expresiones independientes. Se convierten en una sola experiencia. Esa integración fue otro de los méritos de la Gala: permitir que la música guiara la emoción sin que la danza quedara subordinada a ella, y que el movimiento visualizara aquello que la música sugería.

El aplauso como veredicto

Al final, cuando las luces se encendieron y los intérpretes recibieron los aplausos, quedó la sensación de haber asistido a algo que iba más allá de una presentación académica. Fue una celebración del ballet.

Una celebración de la música, del movimiento, del esfuerzo y de la belleza. Una demostración de que el arte escénico todavía puede producir ese instante tan necesario en el que una sala llena de personas diferentes comparte simultáneamente una misma emoción.

Y quizá ahí reside el mayor mérito de esta Gala: recordarnos que la excelencia artística no siempre necesita grandes discursos para hacerse evidente. A veces basta con que se abra el telón, comience la música y un cuerpo humano sea capaz de convertir el movimiento en poesía.

La Escuela de Ballet Clásico Ruso de San José lo consiguió plenamente. Y el público, con sus aplausos, se encargó de decirlo. Queda, entonces, el agradecimiento a quienes hicieron posible esta noche de arte: a los maestros que forman, a los bailarines que entregan su talento y esfuerzo y a todos quienes, detrás del escenario, trabajan para que la belleza pueda llegar hasta el público.

Porque al final, cuando las luces se apagaron y el telón cayó, quedó suspendida en el aire una certeza: esa noche, el ballet había hecho su milagro; había convertido el esfuerzo en belleza, la música en emoción y el movimiento en un recuerdo destinado a permanecer.

Distopía, anticipación ontológica (Bloch) y Netflix

Jiddu Rojas Jiménez

“Somos seres para la esperanza, aunque sepamos del abismo”. Ernst Bloch.

Recientemente, pude ver un maratón de la serie El cuento de la criada, The Handmaid’s Tale (2017-2025, creada por Bruce Miller). Otra distopía más en el inevitable Netflix.

No es cine-arte precisamente; es otra serie, con la arquitectura y textura necesarias para ser “popular” y bien comercializable. Recomendada. Muy recomendada.

Pero tenemos malas noticias políticas: como ya sabemos, el cine, la televisión y hasta Netflix son, desgraciadamente, “proféticos”. Y no en un sentido religioso y menos emancipador o escatológico.

Sufre, por el contrario, esta industria cultural (arte digamos no áureo), estructuralmente, de lo que el gran filósofo Ernst Bloch llama “anticipación ontológica” (en El principio esperanza).

Aunque, paradójicamente, el cine como espectáculo serial de masas la padece más bien. No la constituye como potencia liberadora necesariamente, sino como desgarramiento cultural avisado. Como anuncio acaso de un destino colectivo trágico; apenas evitable, y matizado de alienantes distracciones sociales o de delirantes teorías de la conspiración.

En este caso no se trata de la hermosa esperanza ontológica de Bloch —tan diferente de la religiosa confesional—, sino de una anunciada tragedia cultural, política, económica y sexual, que se aproxima en pleno siglo XXI.

Lo sabemos desde la transformación de la República en Imperio con Star Wars, pasando por el humor corrosivo de Los Simpsons, o las versiones cinematográficas de los clásicos 1984, Fahrenheit 451, Un mundo feliz, La naranja mecánica, luego más recientemente los éxitos de taquilla Avatar, Los juegos del hambre o simplemente Matrix. Todas grandes metáforas culturales. Todas acertadas. Y todas interpelando a la cultura de masas.

Esta nueva, aberrante y cruel trama —algo delirante en otros tiempos pasados, y basada en la novela de la autora canadiense Margaret Atwood de 1985— parece ahora totalmente plausible en un futuro cercano. Tal cual. El cuento de la criada no parece suficientemente imposible. Así de simple.

Lo que hubiese parecido una exageración poco realista —imaginar una especie de violenta sociedad totalitaria hiperpatriarcal, militarizada y fundamentalista protestante para los EE.UU., con servidumbre sexual femenina obligada y poligamia bíblica, con natalismo fascista, con mutilaciones públicas como castigo, con tortura reglamentada y dosificada penalmente y sádicamente, como en el actual y moderno Israel (en caso de “terrorismo”), etc.— es una de las posibles realidades futuras en un impredecible imperio trumpista en total decadencia. Más allá de MAGA, y con algún detonante colectivo y mediático, podríamos tener esta especie de neofascismo natalista norteamericano, o casi cualquier cosa.

“El anticomunismo es el comienzo del fascismo”, escribió Camus (quien no era comunista ni marxista, pero sí miembro de la Resistencia). Aun y cuando no haya más “comunismo”, ni URSS, ni Pacto de Varsovia, queda su fantasma. La desinformación sistemática y la manipulación colectiva hacen el resto. Y el ascenso económico brutal de China Popular y de los BRICS+ no pasa inadvertido para el “Imperio” (Negri).

Justo en este momento se discute internacionalmente en China sobre la llamada “trampa de Tucídides” —concepto del politólogo norteamericano Graham T. Allison, creado en su artículo homónimo del 2012 para el Financial Times, y luego desarrollado en el libro Destined for War del 2017, inspirado a partir del texto griego clásico de Tucídides Historia de la guerra del Peloponeso—, que explicaba la inevitable guerra entre la antigua Atenas y la antigua Esparta. Lo que pasa es que EE.UU. y China Popular son potencias mundiales nucleares. Sin hablar del poderío militar de Rusia.

Y esto nos recuerda que últimamente el rumbo democrático-liberal —con todos los defectos clasistas de la democracia liberal burguesa— del imperialismo occidental está en entredicho y navega con rápido rumbo hacia el autoritarismo.

Esto último incide directamente en su periferia neocolonial, incluida América Central, Latinoamérica en general y, por supuesto… Costa Rica con Rodrigo Chaves y su continuismo.

La “actualización” del imperialismo capitalista en tiempos de crisis fue, es y será el fascismo, y obviamente su economía política es la guerra de rapiña y el caos organizado. Y obviamente su periferia neocolonial, dada su histórica relación asimétrica, será su primer campo de batalla y experimentación.

Pero como alguna vez sentenció Umberto Eco: “Nazismo solo hay uno, pero fascismos hay muchos”. Es variopinto el neofascismo en el siglo XXI. Y se le nombrará como “libertad”, sentenció Umberto Eco de nuevo.

Ya sea el apartheid bóer con su discurso paranoico racista en la vieja Sudáfrica; o el franquista nacional-católico de viejo estilo; o el de nuevo estilo tipo Vox o la internacional Ayuso; o el régimen salazarista de Portugal; o la dictadura de los coroneles griegos (1967-1974); o la dictadura militar turca laica y prooccidental, o la actual islamista de Erdogan; las dictaduras de seguridad nacional impuestas en la periferia latinoamericana o por el neocolonialismo en África; o, a su manera, las satrapías petroleras del Medio Oriente; o el nuevo clásico: el actual sionismo revisionista y su genocidio en Gaza (y su pasada, atroz y también colonial Nakba).

La protagonista June Osborne (interpretada por Elisabeth Moss), ahora sexualmente esclavizada por uno de los nuevos comandantes (interpretado por Ralph Fiennes), no solo es mujer, blanca, hermosa e inteligente; es educada, universitaria, profesional y tenía un trabajo estable y un lindo matrimonio heterosexual interracial, carro y casa, y atención… tenía una hermosa hija.

Esto último le salva la vida cuando trata fallidamente de escapar con su familia a Canadá y es capturada y llevada con las demás “sirvientas”; porque en esta distopía norteamericana hay una especie de extraña pandemia mundial donde no hay fertilidad. Ella, al final del día, es fértil. Es un útero fértil. Y como en “La dialéctica del amo y el esclavo” de La fenomenología del espíritu de Hegel, el esclavo (o esclava) terminará sutilmente administrando su esclavitud y venciendo sobre el amo.

Este apocalíptico tema ya ha sido tratado en otra película distópica, pero británica: Children of Men (2006), Los hijos del hombre (España), o Los niños del hombre (Latinoamérica), de Alfonso Cuarón, con Clive Owen, Julianne Moore, Michael Caine y Chiwetel Ejiofor. Y viendo la tasa de natalidad de algunos países ricos, si no fuese por la inmigración de países pobres periféricos, pronto colapsarían demográficamente.

Spoiler sobre la trama de la serie en cuestión: aprovechando la coyuntura, los fanáticos fundamentalistas crean falsos atentados, o sea de “falsa bandera”, provocaciones al estilo de las Torres Gemelas del 11-S, y se desbordan. Así dividen EE.UU. al estilo de la Confederación sureña esclavista (anticipada por el filibusterismo de William Walker), e implantan un moderno toque de queda permanente, como en El Salvador de Bukele: la “República de Gilead”. Dando pie a un siniestro proyecto político totalitario.

Todo muy propio al próximo cambio del nuevo modo de producción del tecnofeudalismo, anunciado por el economista Yanis Varoufakis. Un nuevo modo de producción —aún peor que el capitalismo tardío, financiero y global— caracterizado por personajes ultramillonarios, barones del tecnofeudalismo tipo Peter Thiel, Alex Karp, Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Sundar Pichai y Bill Gates.

Así las cosas, con las previstas, actuales y próximas guerras imperialistas, con la grave crisis energética en ciernes, con la crisis climática y ecológica, con el sesgo totalitario de la IA, con la desinformación sistemática y con la manipulación de masas del populismo de extrema derecha, que nada nos extrañe… “El futuro es ya”, ironizaba el francés Jean Baudrillard.

Avisados estamos. La distopía, cualquiera sea su nombre, podría estar más cerca. Y Netflix lo “profetiza”.

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Un “Tope nacional” como espejo de la decadencia

Nidia Marina González Vásquez
San Ramón de Alajuela

Margaret Mead afirmó que el primer signo de civilización no fue una herramienta, sino un fémur fracturado que sanó, como indicador de que alguien cuidó a esa persona para sobrevivir en un medio que de otra manera sería una sentencia de muerte.

Creo firmemente en tal afirmación, sin la ética humana y la solidaridad solo seríamos seres vacíos. También creo que ese acto debe ser extensivo a la compasión y el cuidado de otras especies, del entramado de la vida que nos sostiene y que no son recursos sino seres que sienten.

Temí cuando anunciaron un tope nacional en San Ramón, muchas personas se opusieron, pero no fueron escuchadas, por ejemplo, Don Félix Esquivel Garrote, presidente la asociación de mi barrio, ASODECA, presentó un recurso de amparo que tampoco fue escuchado.

El resultado ha sido fémures de caballos y de un búfalo que no resistieron el ritmo de la crueldad a la que son sometidos en estos eventos nada civilizatorios.

En la época colonial el ganado se movía entre fincas y los jinetes se “topaban” entre ellos, de ahí el vocablo que en estos días cobija eventos tan distantes a aquellos, empezando porque el asfalto y los tumultos, el ruido de automóviles y el transporte de estos nobles animales, los someten a niveles de estrés incompatibles con la compasión civilizatoria.

Es imposible que un evento masivo no maltrate a los animales. Imposible que no someta a los vecinos de la comunidad donde se desarrolla a pleitos, calles cerradas, borrachos orinando en cada esquina, delincuencia, y cientos de escenas alejadas de lo que debería ser la cultura.

En esta ciudad que ha visto nacer poetas e intelectuales, presidentes humanistas, músicos brillantes, educadores, y universitarios de alto nivel. Aquí donde nació la primera biblioteca del país, y en el siglo XIX tuvo un teatro hermoso y prestigioso. Aquí, donde tenemos pensamiento, arte y centros culturales, contrasta la barbarie que nos quieren imponer. Contrasta la traición política de una ciudad que cuando era pueblo fue a luchar contra los filibusteros y ha defendido la justicia social y el pensamiento crítico.

En San Ramón, muchas personas tenemos dignidad aún y no queremos la barbarie, no la apoyamos por más que se disfrace de “evento cultural”, y por más que una alcaldesa y sus acólitos lo quieran justificar como “reactivación económica”.

Curar el fémur fracturado debería ser nuestro norte civilizatorio, cuidar de la nobleza, la belleza y la inocencia de los animales, cuidar de los días navideños que recuerden la solidaridad y el amor incondicional, la paz que tanto necesitamos y que unos cuantos quieren enterrar para vendernos la violencia en su lugar.

26 de diciembre, 2025.

El liberalismo y la disolución de la naturaleza humana

Mauricio Ramírez

Mauricio Ramírez Núñez
Académico

Tras el fin de la Guerra Fría, el liberalismo logró consolidar su hegemonía política y económica en Occidente. Con su victoria sobre las ideologías colectivistas del siglo XX, creyó haber alcanzado la culminación de la historia: la instauración definitiva del individuo soberano y absoluto, libre de todo condicionamiento. Pero una vez conquistada la esfera pública —el Estado, el mercado y las instituciones—, el liberalismo emprendió su última cruzada: liberar al ser humano de sí mismo, de su identidad biológica, sexual y espiritual.

En su empeño por emancipar al individuo de toda atadura identitaria, histórica, colectiva y existencial, el liberalismo ha extendido su lógica disolvente hasta la biología misma. El cuerpo ha dejado de ser una realidad esencial e irreductible o una síntesis entre materia y espíritu para convertirse en un límite, en una condicionante más que debe ser superada. En esta perspectiva, el cuerpo mismo, la identidad sexual y la diferencia corporal se interpretan como imposiciones que restringen la autodeterminación absoluta del yo.

Conviene aclarar, que la reivindicación del valor ontológico y natural de la biología no implica en modo alguno una defensa de los viejos determinismos biológicos o de los mitos pseudocientíficos del siglo XX que pretendieron justificar jerarquías raciales, supremacismos étnicos o teorías totalitarias. Precisamente lo contrario: reconocer la dimensión biológica del ser humano significa afirmar su pertenencia a una naturaleza viva, cósmica y espiritual trascendente, no reducirlo a un mecanismo genético, a simple materia, ni a un instrumento de dominación. Los sectores progresistas suelen descalificar toda apelación a la biología bajo la acusación de “biologicismo reaccionario”, cuando en realidad cometen un error simétrico: niegan la naturaleza humana por un sesgo ideológico que los lleva a confundir toda referencia a lo natural con autoritarismo. Esa negación es, en el fondo, un acto de ignorancia revestido de moral.

Negar la biología que es, en sí misma, una expresión de la naturaleza cósmica y de la energía vital del universo, constituye una de las más profundas contradicciones del pensamiento contemporáneo. En nombre de que “todo es una construcción social” y, por tanto, debe ser deconstruido y cuestionado porque sí, se erige el escepticismo racional y reduccionista como nuevo dogma incuestionable. Pero ese mismo pensamiento, tras disolver toda referencia a lo natural, lo espiritual y lo trascendente, pretende luego reconciliarse con el cosmos mediante un discurso new age sobre la “energía universal” y la Pachamama. Se trata, en realidad, de una contradicción irreparable: negar la biología, que es precisamente la manifestación viva de esa energía cósmica, equivale a negar el fundamento natural del ser humano. Esta regresión disfrazada de progreso racional reproduce, bajo nuevas formas, el viejo mito moderno del progreso ilimitado, que promete emancipación mientras conduce al hombre a una desconexión cada vez más radical de sí mismo y del mundo.

A esta lógica se ha sumado, paradójicamente, buena parte de la izquierda occidental y del pensamiento posmoderno y deconstructivista. Tras la caída del bloque socialista, sin un horizonte revolucionario claro ni una resistencia geopolítica o ideológica real frente al capitalismo global, muchos movimientos de izquierda adoptaron estos principios liberales en su dimensión cultural. Asumieron la agenda identitaria y la defensa de minorías como nuevo terreno de lucha, creyendo que en ello residía la continuidad de la revolución y la vía para subvertir el sistema.

Pero en esa confluencia entre liberalismo y progresismo, ambos coinciden en una visión materialista y racionalista de la realidad que niega el componente espiritual del ser humano. Al final, la llamada “agenda de las minorías” se transformó en una poderosa industria cultural y económica, capaz de generar millones, pero incapaz de modificar las condiciones estructurales que perpetúan la desigualdad. Las grandes mayorías —los pobres, los trabajadores, los marginados del sistema— permanecen al margen de este discurso emancipador que ya no los representa.

Mientras tanto, la revolución tecnológica y la expansión de la inteligencia artificial amenazan con desplazar a esos mismos sectores, y el progresismo, lejos de ofrecer una resistencia crítica o una alternativa humanista, aplaude entusiasta cada avance técnico como si el desarrollo tecnológico fuera sinónimo de justicia o libertad.

De este modo, tanto el liberalismo como su heredero posmoderno convergen en un mismo destino: la disolución del ser humano en un universo material sin sentido. La emancipación, entendida como negación de toda naturaleza y de todo límite, termina revelándose como una forma de servidumbre al vacío. El transhumanismo, presentado como la próxima etapa del progreso, es quizá el ejemplo más claro de ese final compartido: la pretensión de trascender el cuerpo, la biología y la propia condición humana.

Paradójicamente, no es hoy la izquierda, absorbida por el mito tecnocrático y la utopía de la deconstrucción total, la que ofrece resistencia, sino solo algunos sectores arraigados en tradiciones espirituales que aún defienden la dignidad del límite y el sentido trascendente de la existencia.
En nombre de la libertad, el hombre se ha negado a sí mismo; en nombre del progreso, ha olvidado la vida.

El legado de Armand Mattelart

Observatorio de Bienes Comunes

El reciente fallecimiento de Armand Mattelart, uno de los pensadores más influyentes en el análisis crítico de la comunicación, nos invita a volver sobre su legado.

Su obra nos recuerda que comunicar no es solo transmitir información, sino disputar el sentido, construir comunidad y defender la palabra como bien común.

Desde Geopolítica de la cultura, Mattelart advirtió cómo la globalización neoliberal transformó la cultura en mercancía y la comunicación en instrumento de poder. Pero también abrió caminos para imaginar una comunicación liberadora, democrática y comprometida con la vida digna.

En esta nota exploramos su pensamiento y compartimos su libro completo para seguir aprendiendo de una de las voces más lúcidas de la crítica cultural contemporánea.

Leé la nota y descargá Geopolítica de la cultura aquí

https://bienescomunes.fcs.ucr.ac.cr/homenaje-a-armand-mattelart-pionero-del-pensamiento-critico-en-comunicacion-su-legado-impulsa-una-vision-de-la-cultura-y-la-comunicacion-como-bienes-comunes-orientadas-a-la-emancipacion-y-la-justic

Compartí y sumate a la conversación sobre la comunicación como bien común social.

Cuando la positividad se vuelve violencia

Mauricio Ramírez

Mauricio Ramírez Núñez

Pocos van a entender esto, quizás dirán que estoy algo obsoleto para la época, pero es necesario decirlo: la cultura del positivismo emocional, el new age y el horizontalismo radical ha dado lugar a una nueva forma de cancelación. Una forma amable en apariencia, pero profundamente violenta en el fondo. Un nuevo orden simbólico que se presenta como espiritual, armónico e inclusivo, pero que en realidad cancela la diferencia, desactiva la crítica y niega lo trágico. Se trata, en definitiva, de una cultura fascista que no usa botas ni uniformes, sino sonrisas, frases motivacionales y cristales energéticos.

El positivismo emocional tan celebrado hoy en redes sociales y espacios de autoayuda por doquier exige una actitud permanente de optimismo, adaptación y gratitud. Se ha vuelto una especie de mandamiento secular: “si no puedes ser feliz, cállate”. La tristeza, el enojo o la crítica son tratados como fallas morales o energías tóxicas, más que como experiencias humanas legítimas. Así, el sufrimiento no se acompaña, se silencia y la soledad junto con la depresión comienzan a reinar. La melancolía no se nombra, se reprime. La crítica no se escucha, se descarta por “negativa”. En nombre de la luz, se instala una censura emocional.

El new age, por su parte, ha transformado la espiritualidad en una mercancía. Promueve una estética de lo etéreo y lo holístico, pero sin profundidad. Es una pseudo espiritualidad sin tradición, sin historia, sin comunidad real. Una espiritualidad a la carta que se adapta al mercado y al narcisismo de la autoayuda. Con frecuencia, se convierte en un instrumento de despolitización: todo problema social se reduce a una falta de “vibración” o “desalineación personal”. Se cancela así la historia, se ignora la injusticia estructural, se le da la espalda al otro. Y mientras tanto, se vende incienso.

El horizontalismo radical, en su afán por democratizar todos los ámbitos y relaciones, ha terminado por erosionar la autoridad legítima, el conocimiento experto y el sentido de responsabilidad. Bajo el lema de una igualdad mal entendida, se equipara lo inconmensurable: la evidencia con la mera opinión, la experiencia con el capricho. Es una dinámica profundamente nietzscheana, como advirtió el filósofo, no hay hechos, solo interpretaciones, pero llevada al extremo de que «todo vale».

El resultado es la parálisis: lo colectivo deviene inoperante, y lo comunitario se diluye en asambleas interminables donde priman la indecisión y el miedo a asumir posturas. Es la tiranía del consenso superficial, donde cualquier crítica a contradicciones estructurales o fallas éticas se tacha de autoritarismo o de resistirse al flujo colectivo. Este nuevo orden cultural que mezcla positivismo, misticismo comercial y horizontalismo mal digerido, ha creado su propia forma de cancelación autoritaria. No persigue con violencia física, sino con desaprobación pasiva-agresiva. No excluye con fuerza bruta, sino con la moralización de lo emocional. Se cancela al que no “vibra bonito”, al que no “cree en la energía”, al que piensa críticamente. Se le aísla, se le invalida, se le acusa de “negativo”, de “tóxico”, de “no trabajar en sí mismo”.

Así, el disenso no se enfrenta, se disuelve. El dolor no se acompaña, se niega. La complejidad no se piensa, se simplifica. Y todo esto se hace en nombre del amor, la armonía y la paz. Pero esa paz es falsa. Esa armonía es superficial. Y ese amor, muchas veces, no es más que un egoísmo disfrazado de virtud. Porque el verdadero amor no cancela, escucha. El verdadero bienestar no niega el conflicto, lo integra. Y la verdadera espiritualidad no esquiva el sufrimiento, lo abraza.

En tiempos donde todo se vuelve apariencia, lo más revolucionario es recuperar la profundidad. Volver a lo real, incluso si duele. Atreverse a sentir la oscuridad sin culparse. A disentir sin miedo. A pensar sin pedir permiso, a volver a tener esa capacidad de discernir, de cuestionar lo incuestionable y de atrevernos a nombrar lo que otros prefieren ocultar. La auténtica transgresión ya no es derribar estatuas, ni negar toda jerarquía, sino distinguir entre el poder arbitrario y la autoridad legítima.

En un mundo que confunde ruido con libertad y consignas con pensamiento, rebelarse es elegir la lucidez sobre la complacencia, incluso cuando eso implique nadar contra la corriente. Porque la oscuridad más peligrosa no es la que carece de luz, sino la que se disfraza de ella.