Ya habían profanado lo más sagrado…
Glenm Gómez Álvarez, Pbro
Algunos se escandalizan porque dispararon contra la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Y claro que es gravísimo. Lo que no es de recibo es que haya quienes descubran ahora la indignación, cuando desde hace mucho tiempo vienen disparando contra lo más sagrado de una sociedad: la vida humana.
Porque antes de las amenazas contra la Basílica de los Ángeles y antes de los disparos que hoy estremecen a Cartago, ya existían otras heridas mucho más profundas: jóvenes asesinados, comunidades tomadas por el miedo, narcotráfico creciendo silenciosamente y una progresiva normalización de la muerte.
Desde hace tiempo he venido señalando algo que me preocupa profundamente: la ausencia de una voz verdaderamente profética en la diócesis de Cartago frente al deterioro social que vive la provincia. Y no hablo de declaraciones ocasionales ni de mensajes genéricos u oraciones por la paz. Hablo de una palabra clara, incómoda y pastoralmente valiente ante una realidad que cambia aceleradamente el rostro de nuestras comunidades.
Cartago ya no puede seguir pensándose como aquella provincia idílica distante de las dinámicas más agresivas del crimen organizado. La violencia ha comenzado a instalarse con signos cada vez más visibles. Y lo más preocupante es que muchas veces pareciera existir una peligrosa costumbre a convivir con ella.
Por eso reducir lo ocurrido en la Basílica únicamente a un “irrespeto religioso” sería quedarse corto. Claro que hay una dimensión simbólica gravísima en amenazar o disparar contra el principal santuario religioso del país. Pero el problema es todavía más profundo: una sociedad que pierde el respeto por la dignidad humana termina perdiendo también el sentido de lo sagrado.
Primero se banaliza la sangre. Luego se banaliza todo lo demás.
Y, ¿Dónde estuvo la voz que interpretara espiritualmente este momento histórico? ¿Dónde estuvo la denuncia clara contra la cultura de muerte que empieza a echar raíces incluso en una provincia profundamente religiosa? ¿Dónde estuvo la palabra capaz de incomodar no solo al criminal, sino también a una sociedad que poco a poco se acostumbra al deterioro moral?
Precisamente por eso este momento exige algo más que indignación. Exige una Iglesia con presencia real en medio de las heridas del pueblo, con la valentía de llamar las cosas por su nombre y con la fuerza profética para denunciar, aunque incomode.
Cartago necesita hoy una Iglesia menos silenciosa frente a la cultura de muerte y más cercana a las comunidades golpeadas por el miedo, la violencia y el abandono. Porque defender lo sagrado no puede limitarse a proteger piedras y paredes; implica, ante todo, defender la dignidad humana allí donde está siendo herida todos los días.
