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Etiqueta: deber cívico

Por qué manifestarse en favor de la universidad pública costarricense

Alejandro Guevara Arroyo

1. La convocatoria: la defensa de la universidad pública costarricense

El día 20 de octubre de 2026 se ha convocado a la comunidad universitaria y a la ciudadanía costarricense en general para manifestarse públicamente en favor de la universidad pública costarricense.

Dicha manifestación se da con motivo de los considerables recortes planteados por el movimiento que actualmente ocupa el Poder Ejecutivo nacional y una mayoría de la Asamblea Legislativa, en el segundo presupuesto extraordinario de 2026 y en el Presupuesto Nacional de 2027, particularmente en lo relativo al Fondo Especial para la Educación Superior (FEES). Según se ha informado, dichos recortes implicarían un perjuicio importante para las instituciones universitarias públicas, al comprometer los recursos necesarios para el cumplimiento de sus funciones sustantivas de docencia, investigación y acción social, así como para la continuidad y el desarrollo de diversos programas y servicios dirigidos a la comunidad nacional.

2. El problema: la legitimidad del fin y la adecuación del medio

Ante dicha convocatoria, la pregunta propia de cualquier persona políticamente responsable, que se entiende integrante de una comunidad política, es si existe un deber que le sea pertinente para asistir a dicho evento. Entiendo que dicha cuestión puede ordenarse en dos niveles:

  • Si es legítimo o correcto el fin o principio normativo de aquello que se pretende lograr con la acción.

  • Si el medio seleccionado es adecuado para alcanzar dicho fin.

Consideremos primero el segundo de estos asuntos.

3. La protesta social: un derecho fundamental para el autogobierno democrático

Sabemos, por supuesto, que en el orden constitucional costarricense el derecho a la protesta social es un derecho político fundamental constitucionalmente protegido. Es, además, un genuino derecho humano, en tanto forma parte de los derechos políticos a la participación democrática. Se trata de lo que muchos pensadores llaman «derechos de los derechos»: derechos que garantizan acciones que sirven para exigir y definir el alcance de otros derechos fundamentales.

Su sentido democrático es centralmente expresivo. Por un lado, comunica a la comunidad política en general, y a los representantes en especial, posiciones y demandas políticas que por cualquier razón pueden estar opacadas en la agenda pública regular. Por otro lado, advierte a las élites políticas que existe una cantidad significativa de ciudadanos con capacidad de acción colectiva, lo que por cierto puede tener consecuencias electorales posteriores.

En ambos sentidos, la protesta constituye una forma de ejercicio del autogobierno democrático, mediante la cual la ciudadanía interviene en la formación y el control de las decisiones públicas, más allá de los procesos electorales. La importancia democrática de dicho derecho se subraya en órdenes socio-políticos profundamente elitistas como el que efectivamente existe en un país como Costa Rica.

Por lo dicho, la efectividad de la protesta social depende, en especial en la coyuntura socio-política actual, de su visibilidad política. A su vez, ello depende, entre otros factores, de su magnitud. Ello nos devuelve a la cuestión inicial de si la persona ciudadana, en tanto individuo, debería contribuir a conformar dicha magnitud, a riesgo de no lograrlo (i.e. de perder el tiempo).

4. La universidad pública como bien común y su defensa como deber de justicia

La respuesta a este asunto se encuentra en determinar el deber cívico de participar dada la justicia o valor intrínseco de los reclamos que se intentan visibilizar con la manifestación. En otras palabras, aunque la contribución individual no garantice el éxito de la acción colectiva, su justificación puede descansar en el deber de contribuir, aun así, a la protección de un bien común. Se trataría, entonces, de un deber de justicia: contribuir, en la medida de las propias posibilidades, a sostener las instituciones que hacen posible una comunidad política de personas libres e iguales.

Determinar esta cuestión normativa consiste en establecer si el bien dañado por la política que promueve el gobierno es de tal índole que todas y todos tengamos el deber cívico de protegerlo. Entiendo que la respuesta es afirmativa: la universidad pública, humanista y nacional es un bien que debe ser defendido por toda la comunidad política costarricense.

a. Que la universidad sea pública quiere decir, primero, que los bienes que genera o hace posible son distribuidos por criterios independientes de los del mercado. Así, dado que la educación superior es un derecho social, las personas han de poder disfrutar de él independientemente de su capacidad económica (en el sentido desarrollado por el jurista y filósofo del derecho chileno Fernando Atria, para quien los derechos sociales requieren instituciones organizadas bajo un régimen de lo público, en el que el acceso a ciertos bienes se funda en la condición de ciudadanía y no en la capacidad de pago).

b. Que sea humanista quiere decir que propicia, tanto en la educación que brinda como en otros bienes que ofrece a la sociedad, el florecimiento humano en toda su integridad. El sentido de la actividad universitaria, entonces, no es contribuir a la sociedad de consumo, sino generar las condiciones para que las personas humanas que integran su comunidad y la comunidad nacional puedan desarrollar plenamente sus capacidades intelectuales, morales, creativas y políticas, como dimensiones de la realización humana plena.

c. Que sea nacional quiere decir que los bienes que genera y ofrece son centralmente para la comunidad nacional, la patria, sin que ello excluya su contribución al conocimiento y al bienestar de la humanidad en general.

5. La justicia de la universidad pública: igualdad de oportunidades y progreso de la comunidad política

Entiendo que dos son las principales razones que fundamentan la justicia de una institución de esta índole:

  1. El ascenso social:

Consiste en la posibilidad efectiva de que las personas mejoren su posición socioeconómica respecto de aquella de su familia de origen, mediante el acceso a oportunidades educativas y profesionales que no dependan decisivamente de su condición social inicial.

Se trata de un objetivo dependiente de un principio social de justicia redistributiva que fácilmente podría emparentarse con el principio rawlsiano de justa igualdad de oportunidades y, complementariamente, con el principio de diferencia, según el cual las desigualdades sociales y económicas solo se justifican si redundan en el mayor beneficio de las personas menos aventajadas de la sociedad. Notablemente, es un principio dirigido a la mejora del bienestar social de las personas, especialmente de las menos aventajadas, mejorando las oportunidades para el progreso económico de los individuos que integran la sociedad.

b. Progreso de la comunidad costarricense en general, al menos de dos maneras:

Primero. Tal y como fue diseñada la universidad pública de las repúblicas modernas, en especial bajo la tradición republicana francesa (en la que destaca Louis Liard, 1846-1917, filósofo y reformador de la enseñanza superior francesa, quien concibió la universidad como una institución fundamental para el desarrollo científico, intelectual y moral de la nación y la consolidación de la República): la institución universitaria tiene como función esencial formar a profesionales que contribuyan directamente a la construcción de la nación, que es la República misma. Ello por el nivel tanto humanístico como especializado que caracterizaría a dicha educación, y por los lugares que irían a ocupar sus profesionales en dicha sociedad, destacando su presencia en las altas jerarquías estatales, pero también privadas.

Segundo. En el caso de Costa Rica, porque una parte sustancial de la producción de conocimiento científico y técnico del país depende directamente del entramado institucional universitario público. Según datos del Programa Estado de la Nación, las universidades públicas generaron el 78 % de la investigación científica publicada en el país entre 2000 y 2021, lo que le brinda a la comunidad nacional el bien público central del conocimiento necesario para ejercer la soberanía y otros bienes complementarios, dependientes de ámbitos particulares de acción públicamente relevante (salud, administración, agro, etc.). En este sentido, la producción pública de conocimiento contribuye a que la comunidad política disponga de capacidades propias para decidir sobre sus asuntos comunes, sin depender enteramente de poderes e intereses particulares.

6. La defensa de la universidad pública es un deber cívico general, no un interés corporativo

Es así que la protección de la universidad pública costarricense no es una cuestión de interés de una facción o corporación social particular, sino que es un deber cívico general de toda la comunidad política. No se trata, por tanto, de defender los privilegios de quienes integran la institución, sino las condiciones institucionales que permiten realizar bienes públicos y derechos comunes. Dicho deber resulta más demandante, si cabe, para las personas que ocupan puestos de docencia, investigación o dirección en dicho entramado, en tanto son los vehículos institucionales esenciales para la realización de los altos fines públicos que hacen inteligible la institución.

7. En conclusión

Dadas dichas consideraciones, pareciera claro que sí existe un deber cívico de asistir a la manifestación convocada para el día de mañana 20 de octubre y ejercer el derecho constitucional a la protesta social, pero también de convocar, por las razones señaladas u otras relevantes, a que asista toda la comunidad universitaria y la ciudadanía general.

Nota del autor: Este documento recibió una revisión ortográfica mediante el instrumento ChatGPT. El autor constató el producto de manera íntegra.

Costa Rica no se mira desde la ventana

Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista

Costa Rica se prepara para celebrar elecciones presidenciales en un clima marcado por el cansancio, la desconfianza y la queja que se ha vuelto casi permanente. Se reclama mucho —a veces con razón—, pero cada vez con más frecuencia desde la distancia, como si la democracia fuera un espectáculo ajeno y no una tarea que nos compromete a todos. Nos quejamos del rumbo del país, de la clase política, de las decisiones que se toman, pero al mismo tiempo crece la tentación de desentendernos, de reducir la participación democrática a la crítica o, peor aún, a la indiferencia.

El papa Francisco afirmaba que, aunque la democracia tiene dificultades para asumir el tiempo presente, posee un valor inherente e indudable: el de estar juntos. Y estar juntos no es una emoción pasajera. Estar juntos es participación. Es asumir que los problemas que enfrentamos no son de otros, sino nuestros; que afectan a todos y, por tanto, nos reclaman a todos. No es casual que en la palabra participar encontremos el verdadero sentido de lo que es la democracia.

Nuestra participación democrática, por supuesto, no se agota en el voto, pero tampoco puede prescindir de él. El voto no es un gesto menor ni un trámite burocrático: es la forma concreta de decir “estoy aquí”, “me importa”, “asumo mi parte”. Cuando la queja sustituye al compromiso, la democracia se vacía y el tejido social se desgasta. Por eso el Papa advertía con claridad: “Balconear, quedarse en la ventana ante lo que ocurre a nuestro alrededor no solo es éticamente inaceptable, sino que tampoco es sabio ni conveniente” (Francisco, Trieste, 06-julio-2024).

Balconear es mirar sin implicarse, opinar sin cargar con las consecuencias, exigir sin asumir responsabilidades. Es cómodo, pero profundamente injusto con el país y con las generaciones que vienen. Y no es solo un problema político: es un problema ético.

El Evangelio va todavía más lejos. Jesús insiste en el cuidado del otro, en la responsabilidad compartida, en no pasar de largo frente a la realidad que duele. Ese “preocuparse por los demás” no es una devoción privada ni una actitud piadosa sin consecuencias; es una manera concreta de ser persona y de vivir en sociedad. Desentenderse del destino común no es neutralidad: es abandono.

Por eso, en estas elecciones, ir a votar no es solo un derecho. Es un acto de responsabilidad moral. Es una forma concreta de decir que creemos en el país, que no renunciamos a él, que no lo dejamos en manos de otros mientras nos refugiamos en la queja. No votar es, en el fondo, seguir balconeando. Y Costa Rica no necesita más espectadores. Necesita ciudadanos presentes, conscientes y valientes.

Este domingo, no te quedés en la ventana. Bajá al camino común. Andá a votar.

Compartimos el video con este mensaje.

Eligiendo Patria

Por Arnoldo Mora

Cada cuatro años los costarricenses somos convocados para escoger a quienes dirigirán en el próximo gobierno los destinos de la Patria rigiéndola dentro de las normas constitucionales propias de nuestro sistema democrático. Tradicionalmente nuestro pueblo ha vivido el proceso (“campaña electoral”) que culmina con el traspaso de poderes a quienes ganaron la justa electoral como una fiesta cívica; durante los meses que la antecedieron multitudes expresaron sus opciones políticas mediante desfiles, banderas, vehículos haciendo sonar sus pitonetas, gentes gritando, candidatos dirigiendo encendidos discursos a entusiastas multitudes en los más variados rincones de nuestra geografía. Hoy nada de eso se ve o, más exactamente, tan sólo existe en la memoria de quienes teníamos al menos siete años de edad entonces. Actualmente todo ha sido sustituido por las redes sociales, los debates en la televisión, los anuncios en medios de comunicación promoviendo a quienes se postulan como candidatos; la campaña electoral se ha dividido en dos, ya no se lleva a cabo tan sólo cada cuatro años, sino cada dos años: una para elegir a quienes dirigirán las riendas del país desde el Poder Legislativo o el Poder Ejecutivo, y otra para escoger a las autoridades municipales; sin embargo, se le da más importancia a la primera, como se muestra en el hecho de que en las elecciones para elegir munícipes, la asistencia a las urnas suele ser al rededor del30% del padrón electoral. Esta vertiginosa y honda transformación de nuestra cultura política es consecuencia de la profunda e irreversible repercusión en nuestros hábitos de vida, tanto públicos como privados, se debe a la influencia de la revolución científico-tecnológica en los medios de comunicación. Esta revolución ha afectado de manera particular a los medios de comunicación, de cuyo ejercicio depende en buena medida la actividad política, ya que ésta consiste en la predominancia del recurso a la palabra y a la imagen visual (“lenguaje icónico”) como medios de persuasión. Y todo hecho con una impactante eficacia y rapidez, que nos permite tener literalmente el mundo en nuestras manos con sólo mover nuestros dedos en la estrecha pantalla de un teléfono celular dondequiera que estemos. Más aún, me sospecho que no está lejano el momento en que podremos ejercer el democrático derecho de elegir a quienes deseamos que nos gobiernen recurriendo a estos medios que nos ofrece la tecnología…

Pero volvamos al aquí y al ahora… Lo cierto es que ya debemos prepararnos para ir al recinto donde, en la presencia tan sólo de quienes cuidan las urnas, depositemos la papeleta señalando como expresión de nuestra voluntad soberana, a quienes queremos que sean las futuras autoridades. Para conocer a estos personajes, su perfil personal, sus propuestas programáticas y la ideología en que las fundan, la Constitución ha previsto que el Tribunal Supremo de Elecciones organice y promueva la campaña electoral en los meses previos a la elección. Esta cita con el destino de la Patria reviste dos facetas: una exterior que nos concierne en cuanto miembros de la sociedad, y la otra que atañe a la solitaria intimidad de nuestra conciencia ciudadana; ambas se anudan en el preciso momento en que cumplimos nuestro deber cívico, gracias al ejercicio mismo de depositar el voto en una urna que acoge en sus sigilosas entrañas la huella indeleble de nuestra voluntad de ciudadanos libres. En cuanto a la primero faceta, la Constitución ha dispuesto sabiamente que el Tribunal Supremo de Elecciones asuma el mando de las fuerzas policíacas, lo cual garantiza que los ciudadanos ejerzan sus derechos sin coerciones ni temores. De ahí el ambiente festivo que rodea a los recintos – normalmente escuelas y colegios públicos- a donde acuden los ciudadanos a votar. Valga la oportunidad para externar mi efusiva felicitación al Tribunal Supremo de Elecciones, no sólo por cumplir escrupulosamente este deber constitucional, sino también para, aprovechando el tiempo de campaña, incitar a los ciudadanos a cumplir con sus deberes patrios, labor altamente cívica pues ataca a uno de los mayores enemigos de nuestro alabado sistema democrático, como es el masivo y creciente abstencionismo.

Pero más allá del mundo exterior, hay otra dimensión de la vida democrática que concierne al ámbito de nuestra conciencia ciudadana. Cultivar nuestra conciencia ciudadana con los mejores valores cívicos constituye la más sólida base que nos garantiza el poder gozar de una auténtica democracia; de poco sirven la leyes y las instituciones pública, por más buenas que sean, si dentro de nuestra piel no palpita el amor a la Patria que nos lleve a la práctica de las más acrisoladas virtudes que adornan a un hombre de bien. Nuestra conciencia configura el ámbito axiológico, lo cual no es mensurable, pues nos revela lo cualitativo y no lo cuantitativo de la humana existencia, si bien se refleja en las consecuencias verificables de los efectos que nuestra conducta produce en nuestra condición de miembros de la sociedad en cuyo seno vivimos. Ejercer nuestros deberes y derechos ciudadanos es, por ello mismo, un deber para con la Patria, pues, si bien tenemos derecho a nuestra privacidad, somos igualmente miembros de una comunidad, por lo que nuestros actos repercuten, para bien o para mal, en la marcha del todo social en el que estamos insertos; cada uno de nuestros actos define el tipo de sociedad que queremos, el tipo de ser humano que deseamos ser como parte del tejido social; nuestro país es lo que sus habitantes quieren que sea; no esperemos milagros; si nos amamos y nos respetamos a nosotros mismos y soñamos con un futuro halagüeño para nosotros y nuestro país, debemos asumir la responsabilidad que esto implica.

Todo la cual es particularmente importante en las elecciones que tendremos el próximo 1ro. de febrero. Desde 1949, año en que se promulgó la Constitución Política que actualmente nos rige, el Estado de Derecho nunca había sido cuestionado como sistemáticamente se ha venido haciendo durante todo este cuatrienio; el Poder Ejecutivo ha sembrado la duda en torno a las disposiciones del Tribunal Supremo de Elecciones, ha cuestionado a la Corte Suprema de Justicia y a la Sala Constitucional, ha desprestigiado al Primer Poder de la Nación, ha violentado el derecho a la libre expresión de los ciudadanos y, en especial, de los medios de comunicación que lo adversan, ha cultivado un lenguaje agresivo, que propicia la discordia entre los ciudadanos, todo lo cual riñe con lo que solemos entender por democracia.

Este insólito y preocupante fenómeno político se sustenta en una causa: se ha roto el contrato social en que se basaba el orden democrático que ha regido en el país después de la Guerra Civil que ensangrentó y dividió a la familia costarricense en el fatídico verano de 1948. Todo lo cual no es más que el reflejo a nivel local de lo que está pasando en el mundo entero, cuando el esperpéntico jefe del Poder Ejecutivo de la hasta hace poco nación más poderosa del mundo, desafía con histriónicos gestos a todo el orden mundial. Costa Rica o, más exactamente, sus actuales gobernantes, como súbditos obsecuentes de ese decadente imperio, no podía quedarse al margen. Por eso el reto que asumimos las generaciones actuales, es ir dando pasos para la construcción de una Patria que esté a la altura de nuestros próceres y de los sueños de las nuevas generaciones, apoyando con nuestro voto a quienes han demostrado con su trayectoria política que están a la altura de tan nobles ideales. Hoy tenemos una cita con la historia: elegir la Patria que queremos.