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Etiqueta: Desfile de la Gran Gala

Algunas reflexiones sobre la celebración del Día de la Emancipación en Puerto Limón

Bernardo Archer Moore, presidente de ACUDHECA.

Por Bernardo Archer Moore

Durante años, la discusión sobre el 31 de agosto estuvo marcada por cierta confusión acerca de qué se celebraba. Hoy existe mayor claridad: agosto, y particularmente el 31, está dedicado a conmemorar la emancipación de las personas negras de la esclavitud y la servidumbre en la diáspora africana.

Pero conocer el significado de la fecha no significa necesariamente conservar el espíritu con el que nació su celebración.

Hasta mediados de la década de 1970, el 31 de agosto era una actividad organizada fundamentalmente por organizaciones afrocostarricenses de Puerto Limón, financiadas por ellas mismas.

Aquella forma de organización representaba también una expresión de autonomía comunitaria frente al Estado. Era una celebración más íntima y solemne.

En ella se honraba la memoria, el sacrificio y la lucha de nuestros antepasados por la supervivencia de nuestra comunidad frente a un mundo marcado por la desigualdad.

En 1980, el 31 de agosto fue declarado oficialmente «Día de la Gente Negra» mediante el Decreto N.° 11928, durante la administración de Rodrigo Carazo Odio.

Posteriormente, en junio de 1999, se constituyó formalmente el Comité Cívico y Cultural Étnico Negro, que asumió un papel protagónico en la organización del Festival de la Cultura Negra y del emblemático Desfile de la Gran Gala.

A partir de entonces, la celebración experimentó una profunda transformación: pasó progresivamente de ser un acto solemne de memoria, identidad y unidad comunitaria a convertirse en un acontecimiento multitudinario, festivo y también comercial.

Hoy participan miles de personas afrodescendientes y no afrodescendientes. La cultura, la vestimenta, la música y el comercio ocupan un espacio cada vez más importante.

Sin embargo, existe una continuidad que debería hacernos reflexionar: ayer y hoy, las familias afrocostarricenses menos favorecidas continúan, física y simbólicamente, al otro lado de la acera.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente cuánto ha crecido la celebración, sino qué hemos perdido en el proceso.

Celebrar nuestra cultura es importante, pero celebrar la cultura y defenderla son dos cosas diferentes.

La emancipación no debería convertirse únicamente en una fiesta de identidad, vestimenta y comercio. Debe ser también una oportunidad para recordar la lucha de nuestros antepasados, evaluar las condiciones actuales de nuestra comunidad y defender su dignidad, sus derechos, su organización y su autonomía.

También debemos cuestionar la llamada «apoliticidad»: no parece coherente ser apolítico cuando se trata de escuchar las demandas del pueblo y, al mismo tiempo, político cuando se trata de gestionar recursos públicos.

El 31 de agosto debería ser, ante todo, un día para recordar de dónde venimos, reconocer cuánto hemos avanzado y preguntarnos cuánto nos falta todavía por alcanzar.

La verdadera emancipación no consiste solamente en recordar que nuestros antepasados dejaron de ser esclavos; consiste también en impedir que las nuevas generaciones tengan que luchar nuevamente por la dignidad, la identidad, la autonomía y los derechos que nosotros tenemos la responsabilidad de preservar.