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Etiqueta: desgaste social

Cuba ante una nueva fase de presión estadounidense: ¿preludio de una intervención?

Por Juan Carlos Cruz Barrientos

En las últimas décadas, la relación entre Estados Unidos y Cuba ha estado marcada por una constante histórica: la tensión entre la pretensión estadounidense de disciplinar a la isla y la persistente capacidad de resistencia del proyecto político cubano. Sin embargo, distintos acontecimientos recientes sugieren que la actual coyuntura podría representar algo más que un nuevo episodio de endurecimiento del bloqueo: podría tratarse del inicio de una fase distinta, caracterizada por la articulación simultánea de presión económica extrema, construcción narrativa de amenaza y señales político-militares que recuerdan mecanismos empleados previamente en otros escenarios internacionales.

Esa es la tesis central desarrollada en el programa La Base del 20 de mayo de 2026, conducido por Pablo Iglesias, en el que se plantea la posibilidad de que Estados Unidos esté creando condiciones políticas y discursivas para legitimar futuras acciones de mayor intensidad contra Cuba.

La pregunta central no es únicamente si Washington planea una intervención militar. La cuestión más relevante es si se está produciendo una transformación en la lógica estratégica aplicada históricamente hacia la isla.

Desde enero de 2026 la administración Trump ha impulsado medidas que, según los participantes, constituyen una escalada sin precedentes de la presión económica sobre Cuba. El elemento central sería un bloqueo energético de facto que limita severamente la llegada de hidrocarburos a la isla mediante sanciones y amenazas contra empresas navieras, aseguradoras y operadores financieros internacionales.

La consecuencia inmediata ha sido una crisis energética profunda: apagones prolongados, dificultades para el funcionamiento de servicios básicos y afectaciones severas en sectores estratégicos como salud, transporte y producción.

Pero la novedad radica menos en la existencia de sanciones —instrumento de la política estadounidense hacia Cuba desde hace 64 años 1— que en su alcance extraterritorial creciente.

Las nuevas disposiciones autorizan sancionar empresas extranjeras vinculadas con sectores considerados estratégicos dentro de la economía cubana, independientemente de su relación directa con Estados Unidos o del uso del sistema financiero estadounidense. La lógica aplicada ya no consiste únicamente en impedir vínculos bilaterales entre Washington y La Habana; el objetivo parece ser convertir el mercado mundial en mecanismo de coerción.

En otras palabras, Estados Unidos actuaría como árbitro global de las relaciones económicas con Cuba. La presión financiera adquiere entonces una dimensión estructural. Bancos internacionales enfrentan un dilema simple: mantener operaciones vinculadas con Cuba o preservar acceso al sistema financiero estadounidense y al dólar.

En términos prácticos, esto multiplica el aislamiento económico cubano y convierte la política de sanciones en un mecanismo de alcance planetario. No obstante, la dimensión económica constituye solo una parte del cuadro.

Uno de los aspectos más relevantes del análisis presentado fue la identificación de una posible arquitectura narrativa destinada a redefinir la imagen de Cuba ante la opinión pública internacional.

Según La Base, recientes publicaciones de medios estadounidenses y occidentales han desplazado progresivamente el eje discursivo: Cuba deja de aparecer únicamente como un problema político o humanitario para ser presentada como potencial amenaza de seguridad.

Las referencias a supuestos drones rusos e iraníes, vuelos de inteligencia, cooperación militar y operaciones encubiertas son interpretadas como componentes de un marco discursivo más amplio.

El procedimiento resulta familiar

La secuencia histórica ha sido observada en otros escenarios: primero se identifica un enemigo; después se amplifica una amenaza; finalmente se construye la idea de una intervención necesaria o preventiva.

Irak y las inexistentes armas de destrucción masiva constituyen el ejemplo paradigmático, aunque el esquema también fue identificado en Libia, Siria, Venezuela y otras experiencias recientes. La construcción de amenazas cumple una función política específica: transformar acciones ofensivas en respuestas defensivas.

Cuando un país deja de ser representado como víctima de presión y pasa a ser percibido como peligro potencial, las condiciones simbólicas para legitimar medidas extraordinarias comienzan a consolidarse.

En este sentido, los anuncios sobre posibles procesos judiciales contra Raúl Castro por el derribo de aeronaves pertenecientes a la organización Hermanos al Rescate en 1996 adquieren relevancia política más allá de su dimensión jurídica.

Treinta años después de los hechos, la reapertura mediática y judicial del caso aparece como una operación de presión adicional orientada a erosionar la legitimidad histórica de la dirigencia cubana. La experiencia venezolana constituye un antecedente que alimenta estas interpretaciones.

La utilización de procesos judiciales internacionales, acusaciones criminales y narrativas sobre amenazas regionales formó parte de una estrategia más amplia destinada a justificar acciones posteriores.

A ello se suma un nuevo elemento que complejiza el escenario: el despliegue hacia el Caribe del grupo de combate encabezado por el USS Nimitz, uno de los principales portaaviones de propulsión nuclear de la marina estadounidense. Aunque Washington presentó el movimiento como una operación rutinaria de presencia regional, el contexto vuelve difícil interpretarlo como un simple trámite administrativo.

En política internacional, los movimientos militares rara vez transmiten únicamente capacidades técnicas; también comunican mensajes políticos. Los portaaviones constituyen una forma particular de lenguaje geopolítico. Su función no consiste solamente en prepararse para una guerra. También sirven para proyectar fuerza, modificar cálculos políticos y ejercer presión psicológica. Son instrumentos de señalización estratégica.

Y precisamente aquí emerge quizá la hipótesis más inquietante del debate actual. Tal vez la cuestión ya no sea si Estados Unidos prepara una nueva Bahía de Cochinos.

Las imágenes de invasiones convencionales, desembarcos y ocupaciones militares pertenecen a una gramática clásica del poder imperial. El siglo XXI parece operar mediante mecanismos distintos y mucho más complejos.

En el análisis discutido en La Base apareció una pregunta perturbadora: ¿qué ocurre si el objetivo ya no consiste en conquistar militarmente un territorio, sino en volver materialmente inviable la vida cotidiana?

La referencia inevitable es Gaza

Aunque se trata de escenarios históricos diferentes, con dinámicas específicas, algunos elementos del paralelismo resultan difíciles de ignorar: restricciones sobre recursos estratégicos, presión sobre combustible, deterioro de condiciones materiales de vida y construcción narrativa de amenazas bajo una lógica permanente de seguridad.

En Gaza, el control sobre electricidad, infraestructura, combustible y abastecimiento adquirió una dimensión política y militar decisiva. El objetivo no fue únicamente la confrontación armada. También implicó la generación de condiciones extremas de desgaste social. La pregunta inevitable es si ciertas dinámicas recientes alrededor de Cuba comienzan a mostrar mecanismos semejantes.

Durante meses la isla enfrentó una creciente presión energética, restricciones financieras, sanciones extraterritoriales y dificultades cada vez mayores para sostener procesos básicos de reproducción económica y social. Paralelamente se multiplican discursos que redefinen a Cuba no solo como adversario político, sino como potencial amenaza estratégica.

La secuencia comienza a adquirir una forma reconocible: aislamiento económico, construcción de amenaza, judicialización política, presión diplomática y demostraciones militares. No se trataría necesariamente de ocupar un país.

Se trataría de producir agotamiento

Las formas contemporáneas de intervención ya no necesitan desembarcos espectaculares para quebrar sociedades. Pueden operar mediante mecanismos prolongados de desgaste económico, psicológico y político capaces de erosionar resistencias internas y fracturar cohesiones sociales.

Las guerras del siglo XXI no comienzan siempre con bombardeos. Muchas veces comienzan cuando el sufrimiento cotidiano de un pueblo se convierte en instrumento de presión geopolítica.

En el fondo, lo que aparece en disputa es algo más profundo que el futuro político de Cuba. La isla ocupa un lugar singular en la imaginación geopolítica estadounidense. Desde 1959 representa una anomalía histórica: un proyecto revolucionario que sobrevivió al colapso soviético, a décadas de aislamiento y a múltiples intentos de desestabilización.

Cuba representa, además, una señal incómoda para la hegemonía estadounidense en América Latina: recuerda la posibilidad histórica de trayectorias autónomas en un espacio que Washington ha considerado tradicionalmente parte de su área de influencia.

La coyuntura adquiere una complejidad adicional en un sistema internacional en transformación. El apoyo energético ruso, la cooperación tecnológica china y la emergencia de espacios multipolares indican que la cuestión cubana ya no pertenece exclusivamente al espacio hemisférico.

La pregunta, entonces, deja de ser exclusivamente cubana. Estamos ante un nuevo episodio del histórico conflicto entre Washington y La Habana o frente a un laboratorio donde se ensayan nuevas formas de coerción imperial adaptadas a un mundo en transición?

La historia ofrece una advertencia elemental: antes de las guerras suelen construirse relatos que las hacen parecer inevitables y, precisamente por ello conviene observar no solo los movimientos militares, sino también las palabras, las imágenes y las narrativas que comienzan a prepararlas.

1 El bloqueo —denominado oficialmente “embargo” por Estados Unidos— fue formalizado el 3 de febrero de 1962 por la administración de John F. Kennedy, aunque las primeras medidas de presión económica comenzaron entre 1960 y 1961. Esto significa que la política de sanciones y aislamiento contra Cuba se ha prolongado por aproximadamente 64 años, convirtiéndose en uno de los regímenes de coerción económica más extensos de la historia contemporánea. Lejos de permanecer inalterado, el bloqueo se profundizó mediante legislaciones como la Ley Torricelli (1992) y la Ley Helms-Burton (1996), que ampliaron su alcance extraterritorial permitiendo sancionar empresas y actores de terceros países. Más de seis décadas después, varias generaciones de cubanos han nacido y vivido bajo condiciones permanentes de restricción económica, haciendo del bloqueo no solo un instrumento de política exterior, sino un componente estructural de la relación entre Washington y La Habana.