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Etiqueta: determinantes sociales de la salud

Noche de paz… bienvenida la veda electoral

Vilma Leandro Zúñiga

Ha sido un año difícil, con pocas alegrías comunes, ni siquiera al Mundial clasificamos, con el agravante del papelón en la eliminatoria. Así que no ha sido un tiempo satisfactorio para nuestro país.

El hecho de que este sea un periodo preelectoral, en momentos de tanta crispación, es otro factor que aumenta la pesadez. No vale la pena hacer la lista de aspectos que nos afectan el ánimo, pues sería interminable.

Sin embargo, hay un factor que quiero destacar: los ánimos exaltados de diversos actores políticos. Los permanentes señalamientos, algunos de ellos incluso cruzan el nivel del respeto básico, han sido el “mantra” de cada día y nos han aturdido en un nivel que ya está generando un gran cansancio y desgaste mental y emocional entre una buena parte de la población.

Dimensión emocional de la política

Señalo esto porque trabajo en el ámbito de la salud mental y me preocupan profundamente los efectos que esta forma de hacer política en el país pueda tener en el estado de ánimo de las personas y, por lo tanto, en la vida familiar, comunitaria y nacional.

El síntoma más evidente es que los conflictos están a flor de piel, además de que los actos de violencia, casi de cualquier tipo, son cada vez más frecuentes, graves y crueles.

Partamos del principio de que la política hace la diferencia en la vida de la gente. Eso ha sido siempre así y en todos los países. Por ejemplo, en Finlandia la educación desde el preescolar hasta la secundaria es mayoritariamente pública, gratuita y financiada por el Estado. De sobra es conocido ese país por sus altos niveles de educación.

O, en el caso negativo, Perú tiene leyes que promueven la impunidad de crímenes de lesa humanidad cometidos por militares y terroristas durante sus conflictos armados internos, creando en ese país una continua crisis política. La política, en cuanto tiene que ver con toma de decisiones sobre la vida pública, nos afecta a todas las personas, nos involucremos o no en ella.

Salud mental como fenómeno social y político

La salud mental de una población no solo tiene que ver con ir a terapia, con tomar medicamentos o con hacer ejercicio. El asunto es más amplio y, si se quiere, más complicado que eso.

Diversos organismos internacionales, así como estudios científicos, revelan que existe lo que se llama “determinantes sociales de la salud mental”, entre los que están: la pobreza y la desigualdad social, el acceso a servicios de salud, los estilos de vida, el acceso a vivienda digna, la estabilidad laboral y lo que se conoce como “factores psicosociales”, que se relacionan con el tipo de relaciones interpersonales que se den en el contexto, los niveles de apoyo y cohesión social, entre otros.

Es decir, está comprobado que la salud mental de las personas no depende solo de los esfuerzos individuales de cada quien para mantenerse a flote a nivel mental y emocional, sino que existen aspectos más amplios y relacionados con las políticas públicas que se generen (o no) y que cumplen un papel decisivo.

El riesgo del odio como lógica política

Vuelvo al año difícil del inicio. Parece que no nos está yendo muy bien en cuanto a esos determinantes, especialmente, en lo que tiene que ver con el apoyo y la cohesión social.

Da la impresión de que hemos optado como sociedad por la política del odio y de la venganza (¿revanchismo político quizá?), porque, aunque nos parezca difícil de creer, el odio puede ser un proyecto político. A lo largo de la historia hemos visto como se han sostenido por muchos años regímenes políticos a punta de odio. El nazismo es un ejemplo emblemático.

El problema del odio como proyecto político es que no solo es un afecto o una emoción a nivel individual, sino que se generaliza y se convierte en un sentimiento social que termina, más tarde o más temprano, destruyendo todo el tejido social, a todo un país.

El odio es una especie de aire nocivo que impregna toda la vida social, donde todos perdemos, porque el “otro” ya no es visto como un adversario político que está en igualdad de condiciones, sino como un enemigo al que hay que destruir y eliminar.

Ese el principio del fin de la paz social, uno de nuestros sellos más preciados.

Apostar por la reconciliación para salvar el futuro

La Organización Mundial de la Salud sostiene que la fragmentación social debilita los lazos comunitarios y aísla a las personas. El clima cambiante y agitado de la polarización social produce estrés emocional y termina afectando hasta la vida económica de las sociedades.

Se sabe que es más difícil la paz que la guerra, la armonía que la bronca, pero es urgente que cambiemos el proyecto de venganza por el proyecto del futuro.

Necesitamos ofrecerle a nuestra niñez y juventud opciones potables no solo para su futuro, sino para su presente. Necesitamos recuperar nuestra calma, nuestra seguridad básica, nuestro equilibrio interno, capearnos las oleadas de “echar carbón” que intentan meternos, pues se sabe que cuando las personas están alteradas, pierden su capacidad de razonamiento, actuando de forma impulsiva. Nada positivo sale de eso.

“No hay pueblos condenados”, eso dice Diana Uribe, una destacada filósofa colombiana estudiosa de la historia de la humanidad. Apostemos, entonces, por la reconciliación, por la reparación del daño y por la esperanza. Vamos a necesitar muchas agallas, diálogo, humildad y compasión para eso.

Tal vez un buen inicio para atemperarnos sea respetar la veda electoral que inició el 16 de diciembre, según el Código Electoral, de manera que podamos tener una verdadera noche de paz y dejar el odio… porque llegó Navidad y porque el tiempo sigue y nos toca compartir un país al que la mayoría amamos y deseamos verlo prosperar.

Imagen: https://sociograma.net/cohesion/

¿A qué se debe la ausencia de la Sociología en la Ley de Salud Mental y su Reglamento?

Alonso Gamboa
Estudiante de Sociología de la UCR
Coordinador de la Red de Estudiantes de Sociología de Latinoamérica y el Caribe (RESLAC)
Activista Neurodivergente de DDHH

Entremos un poco en contexto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha definido que la “Salud Mental” (SM) es un estado completo de bienestar físico, mental y social, donde las afecciones a la “SM” comprenden trastornos mentales y discapacidades psicosociales; además hace saber que la prevención del suicidio es una prioridad, entendiendo a la “SM” como un Derecho Humano.

La OMS señala que, a nivel mundial el suicidio es la tercera causa de muerte de personas entre 15 a 29 años, en su mayoría personas de países de ingreso bajo-medio, en el caso de Costa Rica y para el 2024, la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) cifró en 12 948 los casos de intentos de suicidio y lesiones autoinfligidas, siendo el principal grupo las personas entre 20 y 44 años contabilizando 6 295 casos, siguiendo el grupo de personas de entre 10 y 19 años, con 4 838 casos reportados; la CCSS también señala el comportamiento distinto entre hombres y mujeres.

El país haciendo un esfuerzo para la atención de la “SM”, crea la Ley de Salud Mental y su Reglamento, donde aparecen conceptos como “inclusión social”, “empleabilidad”, “datos demográficos”, “factores ambientales”, “determinantes socioeconómicos y culturales”; todas ellas se pueden encontrar en trabajos de Sociología, como Sociología del Trabajo o de Género.

Quisiera aquí puntualizar dos hechos importantes, el primero es que, de existir una sensibilidad humana y sociológica, se presenta la oportunidad de mejorar la calidad de vida de las personas, tejiendo conocimiento y accionando desde la disciplina misma, así como desde lo inter y transdisciplinario ¿Por qué no? Y segundo, las características de quienes estudian Sociología, el terrorismo intelectual y la lógica de la productividad capitalista que se ha enraizado en todos los ámbitos (laborales y académicos).

Sobre lo anterior tenemos ejemplos, visitemos los más clásicos y considerados padres de la Sociología, el primero es “Le Suicide” de Émile Durkheim, autor francés interesado por las causas del suicidio, el segundo es el del alemán Karl Marx quien describe el proceso de enajenación, así como el del desgaste del ser humano y la naturaleza a manos del sistema socioeconómico, y, el tercero, Max Weber -también alemán- con la “jaula de hierro” con la que narra cómo la sociedad ahoga toda creatividad y esencia del ser humano. Los tres casos con más de 100 años de ser publicados y ampliamente difundidos en el mundo de la Sociología.

Otros aportes se encuentran en Baumann y Rosa Luxemburgo, por solo mencionar dos, de una corta pero provechosa lista de personas interesadas en el bienestar humano desde una óptica sociológica.

Y más recientemente tenemos el aporte de Judith Singer socióloga australiana quien acuñó el término “Neurodiversidad”, conceptualizando un “nuevo” universo que a prima facie, se podría pensar que es de exclusiva preocupación y labor del área médica -como psiquiatría o neurología-. Pero es esta visión la que ha delegado e intentado resolver los asuntos de la “SM” -muchas veces derivados de aspectos socioeconómicos- y de condiciones neurodivergentes a base de fármacos, citas médicas -que como máximo rondan la hora de atención como las terapias-, con poco o nula atención de lo cultural, de los procesos de socialización, del sistema socioeconómico, relegando entonces la discusión y el abordaje -que debería ser interdisciplinario y humano- a espacios individualizantes y del psicologismo.

Lo anterior con el cuidado de no caer tampoco ni en sociologismos ni biologicismos.

Existen así otros trabajos de personas investigadoras-sociólogas acerca de la influencia de ambientes (negativos) laborales y/o académicos sobre la psique, el comportamiento y las relaciones sociales, incluyendo una crítica del sistema de salud y educativo; de las condiciones psico(pato) logizantes. Mucho de ellxs, latinoamericanxs.

¿Y Costa Rica? Como cualquier otro país latinoamericano, ha estado -en menor o mayor medida- enfrentando los embates del neoliberalismo, pero que se han profundizado con el actual gobierno, aumentando la inseguridad, disminuyendo el acceso y la calidad de la educación y salud, así como los espacios naturales -con una clara inacción por las demandas de los pueblos originarios-, atentando contra los Derechos Humanos y el Medio Ambiente, encima mantiene a raya a cultura y deporte, ejes importantes para el ocio y el bienestar de la sociedad.

Nuevamente todo lo anterior analizable desde la Sociología y por lo tanto atendible. Parece entonces que la incursión de la disciplina tiene toda legitimidad.

Sin embargo, a casi dos años de entrada en vigencia de la Ley sobre Salud Mental y a casi un año de la publicación de su Reglamento, la Sociología sigue ausente en ambos mecanismos, donde sí aparecen otras disciplinas de las Ciencias Sociales, como Trabajo Social y Psicología, y se integran otras que no pertenecen ni a las Ciencias Sociales ni a Ciencias Médicas, profesiones como las de Ciencias del Movimiento Humano, Educación (física, orientación) y Nutrición.

¿Nos encontramos ante un síntoma de la domesticación de la disciplina o es simple exclusión política -por inacción y/o desconocimiento-?

Para acercarnos a la respuesta, quisiera ir anotando algunos detalles, el primero es que en el país existen tres nodos sociológicos importantes que son: el Colegio de Profesionales en Sociología (CPS) y las dos Escuelas de Sociología (ES-UCR y ES-UNA); teniendo presente a la Cátedra de Sociología de la UNED -donde se encuentran discusiones sobre Sociología y Salud-, y que la Coordinación de la RESLAC recae en este servidor.

Segundo, tanto la Presidencia del CPS como de la Dirección de la Escuela de Sociología de la UCR (ES-UCR) se han especializado en Sociología de la Salud.

Bajo ese mapeo, me dispuse a solicitar que la ES-UCR considerar convocar a una Asamblea de Escuela Ampliada para abordar tanto la temática de “SM” como de Neurodivergencias, teniendo como dato importante que somos el área más saturada, o sea, con mayor necesidad de atención del Centro de Asesoría Estudiantil (CASE), del Centro de Asesoría y Servicios a Estudiantes con Discapacidad (CASED) de Ciencias Sociales, y de Psicología.

Esto como un “tercer” paso, después de una consulta realizada la UCR sobre “SM” y Neurodiversidad, y semanas después de una Audiencia ante el Consejo Asesor de Facultad de Ciencias Sociales. No hubo mayor respuesta que “comuníquese con cada docente”.

Cabe destacar que la ES-UCR cuenta con el Trabajo Comunal Universitario (TCU) 654 “Promoción de la salud para la prevención del suicidio en la zona de los Santos”, además de estudiantes y docentes interesadas en “SM”.

En “paralelo”, a mediados de años planteé al Colegio de Profesionales en Sociología (CPS) y a un diputado de la República -quien es sociólogo-, la discusión de que si tiene sentido o no que la Sociología sea integrada a la Ley y su Reglamento (aportando parte de la información aquí indicada), petición que conoció la Escuela de Sociología de la UCR (ES-UCR) y su homóloga de la UNA.

A pesar de existir un ambiente cordial entre mi persona como Coordinador de la RESLAC y el CPS, el tema se tornó en un “correos iban y venían” por varias semanas -debido a un requisito que la PGR ha resuelto como innecesario, pero que me solicitaban-, saltó luego la pregunta ¿Es el tema de la Salud Mental un tópico que no debe de abordar, o no es de interés ni de la Sociología ni del Colegio de Profesionales?

El CPS contestó “Es un tema que debe ser abordado por profesionales de las áreas correspondientes (ciencias médicas).”. Entendería que no existe ápice de interés en ser parte de las disciplinas que atienden tan urgente necesidad, la de mejorar la salud mental de la sociedad.

Aquí, quisiera señalar que ha sido la dirección de la ES-UNA la que se ha mostrado con la mayor apertura sobre la discusión y la necesidad de que la Sociología aporte en las discusiones sobre salud mental. Y de la diputación se obtuvo un “recibido”.

Creo que se hace innecesario explicar la serie de artículos e incisos del Reglamento del CPS que le hacen ver la necesidad de preocuparse por la realidad nacional y de integrarse a procesos para la mejora de la calidad de vida de la sociedad; y la defensa de los DDHH, siendo la SM y su atención uno de ellos.

Quisiera cerrar trayendo a colación tres anotaciones, la primera es la frase de Marx: “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo, la segunda, un artículo que se encuentra en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Autónoma de México (UNAM) titulado “Para hacer Sociología el escritorio no basta”, y el tercero, leído en un texto del psicólogo Enrique Guinsberg, […] ¿no observan también cómo sus difusores prácticamente nunca salen del «discurso» para intervenir aunque sea mínimamente en acciones del mundo social o político, ni siquiera en simples firmas de apoyo a importantes demandas de la llamada sociedad civil, lo que no puede dejar de producir impacto en los alumnos receptores de tales posturas por lo que le muestran qué es importante y que no y por su «carácter desmovilizador y despolitizador» […]»

Entonces ¿Nos encontramos con una Sociología a la deriva, domesticada e insípida ante una de las problemáticas (tabú) que alcanzan una particular intimidad y da cuenta de la conexión y solidaridad con nuestrxs pares?

Así como Carmen Lyra, Freire, Kropotkin, y muchxs más señalan, la sociedad evoluciona desde el Apoyo Mutuo.

LO QUE LLEGÓ PARA QUEDARSE

Por Memo Acuña (sociólogo y escritor costarricense)

En los primeros años de este siglo incursionamos en estudios que trataban de profundizar en la relación entre migración y salud, tanto en Costa Rica como a nivel regional centroamericano. Lo hicimos como parte de nuestras primeras experiencias en la investigación social en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) junto al experimentado colega Abelardo Morales, con quien compartí por años (y sigo haciéndolo aún) en estos temas.

El Ministerio de Salud de Costa Rica, la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud (OMS-OPS), el Fondo de Población de Naciones Unidas y la CEPAL fueron algunos entes que nos encargaron la tarea, en aquellos años, de investigar las condiciones y los determinantes existentes en el vínculo entre movilidades y procesos de salud.

Trabajamos aspectos como los ámbitos laborales, sociales, comunitarios , territoriales y culturales, tratando de explicar la existencia de factores incidentes en dicha relación. Lo hicimos con el instrumental teórico y metodológico disponible en aquellos años: investigación documental; fuentes institucionales combinadas con trabajos de campo en los que la observación, la entrevista y el desarrollo de otras técnicas nos daban amplios resultados para traducirlos posteriormente en análisis e información oportuna para la toma de decisiones.

De todos los trabajos realizados he recordado ahora, en estos años pandémicos, uno en especial. Tenía como objetivo escudriñar la situación de salud en las poblaciones móviles y migrantes en zonas de frontera y de asentamiento en Centroamérica y el Caribe.

Desarrollamos estudios de caso y discutimos acerca de una metodología que nos permitiera hacer el enlace entre el abordaje sociológico y el sanitario. Apareció entonces la caja de herramientas de los denominados “sitios centinela”, proveniente de la epidemiología, a la que acudimos con respeto y le hicimos algunos ajustes, los necesarios para que nos permitiera obtener la información sociológica que andábamos buscando en los casos seleccionados.

El sitio centinela es una metodología de recolección de datos para la vigilancia de enfermedades transmisibles. Consiste en el monitoreo y evaluación constantes, de una población determinada y ubicada en un espacio específico. Fue utilizada a finales de los años noventa por primera vez en una campaña para erradicar la viruela, promovida por OPS.

Sobre estas características metodológicas montamos un abordaje específico para detallar la relación entre migración y salud en los casos seleccionados. El diálogo entre disciplinas había fortalecido nuestra intervención investigativa.

En un artículo de reciente publicación («Es el momento de la epidemiología?», La Nación, Lunes 3 de enero de 2022) el colega epidemiólogo de la Universidad Nacional en Costa Rica, Juan José Romero se pregunta, desde una actitud autocrítica y proactiva, sobre los alcances de la disciplina y su rol protagónico durante la gestión pública de la contingencia sanitaria. Se cuestiona sobre su futuro, en una profunda reflexión sobre el presente en el que le ha tocado orientar, desde sus análisis y proyecciones.

En su momento, el artículo menciona lo que para mi es el argumento central de su abordaje: la posibilidad real de que los métodos predictivos que la disciplina promueve obtengan un bajo nivel de certeza toda vez que la variabilidad vendría a estar constituida por el factor humano.

Lo que si es constante, quisiera arriesgar una interpretación libre de la propuesta planteada por Jota (como se le dice con cariño en el ámbito universitario), es el vigor con que la disciplina ha ido ganando terreno y sus diálogos con otras posibilidades analíticas, que ha terminado por consolidarla como un campo de estudio en expansión.

Lo único cierto es la incertidumbre cuando se trata del comportamiento humano. Tan impredecibles, alguna vez acompañadas de temores, resistencias y condicionantes sociopolíticos e ideológicos, las personas somos el único factor de un modelo de análisis en materia epidemiológica, que constituimos certeza de riesgo. Por ello, las otras variables explicativas provendrían del mundo de la sociología, la antropología, la comunicación, (entre otras) que conformarían una estructura sólida para tratar de entender lo que nos ocurre como civilización a esta hora y en este tiempo.

El desarrollo del Coronavirus que no acaba y las nuevas enfermedades a nivel global, plantean el desafío de contar con herramientas cada vez más elaboradas donde una lectura compleja orientará la mirada requerida. Por ello es urgente atravesar puentes, abandonar los estancos disciplinarios y abordar con sentido crítico los problemas que se presenten. En el caso de la epidemiología y su vínculo con otras lecturas metodológicas, llegó para quedarse y las ciencias sociales están prestas para acompañar su camino.

Es necesario trazar estas líneas para entender mejor lo que nos pasa. Contaminarnos, al buen decir del filósofo colombiano Santiago Castro Gómez. Vamos a ello.

Imagen: https://medicina.udd.cl/

Informe Final: «Condiciones sociolaborales de las personas docentes en el contexto de la pandemia del COVID-19 y sus implicaciones en la salud integral»

SURCOS comparte la siguiente información:

Asociación Nacional de Educadores y Educadoras (ANDE) y la Asociación Costarricense de Derechos Humanos (ACODEHU) presentan un informe final sobre las condiciones sociolaborales de las personas docentes en el contexto de pandemia y las implicaciones que esta situación tiene en la salud integral de las personas.

Existe la necesidad de conocer cómo se encuentran las condiciones sociolaborales y la salud integral de las personas docentes de cara a la crisis causada por el COVID-19, ante este escenario, el presente estudio busca responder a la interrogante: ¿Cuáles son las condiciones socio laborales de las personas docentes del MEP y las implicaciones en su salud integral en el contexto de COVID-19?

Esta investigación, se aborda desde el enfoque de Derechos Humanos y Género y se entiende la salud integral desde los determinantes sociales de la salud y la complejidad; mediante una estrategia metodológica de enfoque mixto, donde se triangula información obtenida de un cuestionario y de entrevistas grupales e individuales, cuyos participantes fueron personas afiliadas a la Asociación Nacional de Educadores y Educadoras (ANDE).

Los resultados apuntan a un detrimento de las condiciones sociolaborales de la población a lo largo del periodo de educación a distancia, que contribuyen a un agotamiento laboral por parte de la población participante.

Así mismo, se identifica una insatisfacción con el proceso de mediación pedagógica a distancia y los cambios que ha significado para el vínculo docentes-estudiantes y docentes familia-comunidad, que ha repercutido en el impacto a la salud integral de las personas docentes, particularmente, en lo que refiere a la salud mental y emocional.

El estudio concluye que la salud integral de la población docente se ha visto afectada en relación con la pandemia y aún más con las condiciones sociolaborales, al considerar que se identifican una serie de factores estructurales que ponen en riesgo el acceso a la salud integral.

Adjuntamos el documento oficial e invitamos a difundir: