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Etiqueta: espiritualidad

Gracias: la palabra más linda

Pbro. Glenm Gómez Álvarez

Estaba concentrado en escribir un texto para la Navidad cuando una tarea doméstica me obligó a detenerme. Me levanté, fui hasta la lavadora, acomodé la ropa, casi automáticamente, y volví al escritorio tratando de no perder la idea. Antes de sentarme, le pedí a Alexa —ese asistente de voz presente en tantas casas— que me avisara cuando terminara el ciclo.

Cuando la alarma sonó, en lugar de decir “stop”, dije “Alexa, gracias”, un lapsus. No lo pensé. Me salió. Y respondió: “Acabas de decir la palabra más linda que la humanidad ha inventado”.

Me detuve en seco. La cabeza me explotó: una idea inesperada acababa de romper la rutina. Una máquina, programada para asistir, incapaz de pensar o comprender como una persona, puso en perspectiva algo profundamente humano: agradecer. Alexa, sin pretenderlo, activó una alarma aún más urgente. Una voz sin alma puso en evidencia lo que, en medio de la prisa, tantas veces olvidamos: la necesidad de agradecer, la urgencia de la gratitud por encima de cualquier tarea.

Vivimos instalados en la exigencia: al calendario le pedimos resultados, a la vida le pedimos explicaciones, a los demás les pedimos respuestas. En medio de tanta presión, el agradecimiento se vuelve un gesto rápido. Pero agradecer no es cortesía: es reconocer que no todo nos pertenece ni está en nuestras manos realizarlo, que no todo lo hicimos solos, que hay cosas que llegaron como regalo, sin haberlas buscado ni negociado.

Quizá lo que necesitamos, en estos últimos días del año, no es tanto hacer balances ni prometer más, sino hacer una pausa y decir con verdad: Gracias.

Convendría entonces preguntarse: ¿gracias por qué?

Dar gracias por haber llegado hasta aquí, incluso con cansancio; por la salud que sostuvo y por la fragilidad que obligó a bajar el ritmo; por quienes permanecieron a nuestro lado y por quienes se fueron, dejando una ausencia que también enseña. Por el trabajo que dio estabilidad o por el desempleo que forzó a replantear el rumbo.

Dar gracias por la palabra dicha a tiempo y por el silencio que evitó un daño mayor. Dar gracias por lo pequeño, eso que no entra en los balances ni en las memorias oficiales: una comida sin prisa, una conversación honesta, una tarde en paz. Dar gracias incluso por lo que no salió bien, porque también allí hubo límite, verdad, aprendizaje. Gracias por lo que duele, y, sin embargo, no nos destruye.

Dar gracias por lo inesperado que nos obligó a improvisar; por las puertas que se cerraron y nos hicieron buscar otras. Dar gracias por las manos que nos sostuvieron cuando flaqueamos y por las veces en que tuvimos que sostener a otros, descubriendo que la solidaridad es real. Dar gracias por las risas que aparecieron sin plan y por las lágrimas que limpiaron lo que no podíamos cargar solos. Dar gracias, incluso, por la incertidumbre, porque nos enseñó a confiar más allá de lo que controlamos.

Resulta desconcertante que una inteligencia artificial —tan eficaz como impersonal— nos recuerde algo que solemos olvidar: que dar gracias es, como la expresión atribuida a Lao Tsé, “la memoria del corazón”. Dar gracias nos desarma de la autosuficiencia y nos devuelve a lo esencial: la vida, antes que un proyecto, es un don.

Tal vez cerrar este año 2025 no consista, desde ya, en prometer más, sino en agradecer mejor. No en multiplicar propósitos, sino en reconocer lo recibido. Decir gracias no como una palabra apresurada, sino como un modo de habitar el tiempo. Repetirla —gracias, gracias, gracias— casi como una letanía que vuelve la gratitud un acto coral, compartido, secularmente litúrgico.

Tenía razón aquella voz sin alma: gracias es una palabra hermosa. Cerrar el año no es exigir más ni multiplicar promesas. Es detenerse, reconocer lo recibido y dejar que la gratitud nos habite.

Decir gracias como la palabra que sostiene la vida. La más linda y más honda. Y, a juzgar por cómo vivimos, una palabra urgente. «Den gracias en toda circunstancia» (1 Tes 5,18).

Navidad: La fragilidad que confronta la vida

Pbro. Glenm Gómez Álvarez

Con el Niño Jesús en brazos, el anciano Simeón pronuncia una frase que atraviesa por entero la Navidad: «Este niño está puesto para caída y elevación de muchos, y como signo de contradicción… para que se revelen los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35). No sale de sus labios una bendición complaciente. Es una profecía y en esas palabras cabe toda la historia humana. Y cabe también nuestro presente.

La Navidad, a la luz de Simeón, no es el relato folclórico: es una confrontación abierta. El Niño no viene a confirmar seguridades ni a reforzar privilegios. No legitima poderes ni tranquiliza conciencias satisfechas. Su sola presencia obliga a tomar posición. Revela. Desnuda. Desplaza. Levanta a unos y hace caer a otros, no por arbitrariedad, sino porque expone lo que cada corazón ha decidido amar, proteger o esconder. Frente a Él no hay neutralidad posible: o se deja uno afectar en lo más hondo, o se organiza la resistencia.

La paz que nace en Belén no es fruto de un acuerdo superficial ni una calma fabricada. El nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz, sí, pero solo para quienes buscan la verdad. No hay paz auténtica cuando se construye sobre la negación, la mentira o el encubrimiento del dolor ajeno. La Encarnación no anestesia la historia ni la vuelve soportable: la ilumina desde dentro. Y esa luz incomoda a una época que confunde paz con silencio, unidad con uniformidad, consensos forzados con verdad, y estabilidad económica con justicia.

Este Niño que Simeón presenta no se deja utilizar. Él es signo de contradicción. Contradice la fe reducida a moralismo, a discurso piadoso sin consecuencias reales. Contradice a quienes invocan a Dios con facilidad mientras lo desmienten en sus opciones concretas. Contradice toda espiritualidad que bendice el orden establecido sin mirar a los caídos, que predica valores sin tocar heridas, que habla de paz evitando el conflicto inevitable que exige la justicia. Ante este Niño, toda fe queda expuesta a su verdad.

Navidad, entonces, no confirma a nadie: cuestiona a todos. Cuestiona a quienes gobiernan el mundo, porque ningún poder puede reclamar a Dios como aval sin pasar por la fragilidad del pesebre. Cuestiona a las estructuras religiosas cuando se preocupan más por preservarse que por servir, más por defenderse que por entregarse. Cuestiona a una sociedad que, aun llamándose cristiana, se distancia del Evangelio cuando normaliza la exclusión, trivializa la mentira o convierte la indiferencia en norma social.

Pero al mismo tiempo —y aquí está la paradoja que salva— la profecía de Simeón abre una esperanza real: este Niño está puesto también para la elevación. Levanta a quienes no cuentan, a quienes han sido expulsados del relato oficial, a quienes no tienen voz, nombre ni escenario. No los eleva como concesión simbólica, sino como referencia: allí Dios decide hacerse visible y desde allí juzga la historia. Lo pequeño, lo frágil, lo descartado se vuelve criterio.

La Navidad no es evasión ni consuelo fácil. Es la irrupción de Dios en la fragilidad humana. Un Dios que consuela sin mentir, que ofrece paz sin renunciar a la verdad, que levanta sin halagar y que incomoda porque ama demasiado como para dejarnos intactos.

Por eso Simeón puede morir en paz (cf. Lc 2,29-30). No porque todo esté resuelto, ni porque la historia haya encontrado equilibrio, sino porque la verdad ya ha entrado en ella. Y cuando la verdad entra —también hoy, también entre nosotros— nada puede seguir siendo igual sin quedar, tarde o temprano, al descubierto.

Revista Wimblu dedica su décimo volumen a explorar la paz desde enfoques ecológicos, culturales y espirituales

La revista multimedia Wimblu presentó su volumen 10, una edición dedicada a explorar el concepto de la paz desde perspectivas no convencionales, interseccionales y profundamente vinculadas con la relación entre las personas, los territorios y el mundo más-que-humano.

Este nuevo volumen reúne 12 historias de no ficción creativa que abordan la paz no como un estado ideal libre de conflicto, sino como un proceso dinámico de relación, transformación y cuidado. A través de formatos diversos —multimedia, cortometraje, texto, podcast y fotoensayos—, las obras invitan a repensar cómo se enfrenta el conflicto y cómo este puede convertirse en una oportunidad de cambio individual y colectivo.

Desde el equipo editorial de Wimblu se plantea que la paz implica la capacidad de relacionarse con la dificultad, la diferencia y la incertidumbre, sin permanecer en ellas, sino transformarlas en caminos hacia formas de convivencia más justas, amorosas y responsables con la vida y la Tierra.

En este volumen participan 19 autoras y autores de distintas geografías y realidades culturales, incluyendo aportes desde Lituania, Chipre, Colombia, Palestina y la Nación Muscogee. Más de la mitad de las historias corresponden a trabajos inéditos, junto con nuevas aproximaciones creativas de autores con trayectorias consolidadas en fotografía, cine y escritura.

La edición incorpora además un poemario con obras de figuras reconocidas en la reflexión sobre la paz y la transformación de conflictos, entre ellas Thich Nhat Hanh, John Paul Lederach, Mahmoud Darwish, Yahuda Amichai y la poeta costarricense Mía Gallegos, integrando miradas que conectan espiritualidad, justicia, memoria y ecología.

El proyecto editorial contempla la publicación periódica de las historias en la plataforma digital de la revista, acompañadas por contenidos divulgados a través de su boletín informativo y redes sociales. Asimismo, Wimblu complementa la revista con espacios presenciales y virtuales de diálogo, como lecturas, talleres y conversatorios, orientados a profundizar la reflexión colectiva sobre la paz y nuestra relación con la Tierra.

Wimblu es un estudio de documental creativo conformado por personas costarricenses, cuya labor se centra en la creación y difusión de historias que restauran el sentido de pertenencia y conexión con el entorno natural. Su revista multimedia constituye un archivo de no ficción creativa con más de 80 historias de autoras y autores de distintos continentes, y ha sido reconocida con el Premio Nacional de Comunicación Cultural Joaquín García Monge.

La otra Venus de un tal Alberto

Rafael A. Ugalde Q.*

El enfrentamiento perenne entre la vida y la muerte, el amor y el dolor, la ciencia actual y la sincronicidad de Jung, la incapacidad de revertir ciclos y la resignación marcada por las etapas del luto, todo ellos están exactos como temas universales, pero traídos a esta modernidad debidamente sintetizados, sin rodeos teóricos, y profundamente humanos, para el lector de la más reciente novela publicada por el escritor, Carlos Morales y la editorial Prisma, con el título “ Es la historia de un amor”. No pasa de 200 páginas, letra sabrosa que no gasta bifocales y capítulos cortos, como saben apretar situaciones quienes monopolizaron el lenguaje preciso, sin marchitar el paisaje de cada palabra.

Un cineasta de esos que salen cada muerte de obispo comenzaría seguramente por la escena denominada “el primer ataque” -páginas 105 a 114 – cuando Sofía, elevada ya a Venus moderna por Alberto del Río, sufrió un dolor en el muslo izquierdo, a todas luces pasajero, pero que a la postre acabó con ese amor capaz de trascender más allá de lo humano.

No se trata de la “Historia de un amor” escrita por el panameño Carlos Eleta Almarán (1918-2013) y aireada en 1994 por el mexicano Luis Miguel. Tampoco guarda relación con esos melodramas hollywoodienses que, para vender y vender las parejas se cortan la venas, mezclan lágrimas, sexo y violencia, con empujones consecutivos contra todo lo que distingue el arte requerido como necesidad espiritual de la persona, con su lucro sin frontera y su basura.

En “Es la historia de un amor”, por el contrario, el lector encuentra un desfile de escenas de carne y hueso, que sienten el vacío del ser amado en huida, a veces en un hueco formado entre la boca del estómago y el lado izquierdo del pecho, el aroma de Sofía deslizándose sospechosamente por entre sabanas, en tanto se oye su risa cómplice como si ambos estuvieran tirados sobre la cama, la que nunca miente y es testimonio mudo de infinitos juegos de pareja; pero, de pronto, para que el dolor muerda profundamente, Del Río se percata que falta alguien de vital importancia. Y no volverá.

Sin embargo, Morales, quien hace rato entró ya en el selecto pabellón de escritores nacionales, como suele ocurrir con los grandes periodistas – gústenos o no –, jamás desaprovecha la ocasión para deslizar imperceptibles críticas que parecen inofensivas y hasta momentos pintados de alegría (son muchos años de conocerlo) a la tecnología y las ciencias.

Ocurre ello, como cuando la Sofia de su historia toca la campana en el benemérito Hospital Calderón Guardia, para contarnos que ahora está sana y sobrevivió a las bestiales sesiones de quimio y radio terapias, declarándola vencedora del cáncer. Visto, no obstante, el final de su Venus y el desenlace del que da fe su obra, esas líneas dejadas allí luciendo cierta inocentada, se convierten en filosas navajas, endiablados dardos de un problema actual, innegable, aunque el escritor, repito, nos quiere vender la idea de que son detalles necesarios y requerimiento obligatorios para su rica prosa.

Lo anterior, sin demeritar otros temas magistralmente hilvanados, como la parapsicología, la telepatía, los viajes astrales, sensaciones extracorpóreas, etc., todo en un mismo lugar, por encima además de las amenazas religiosas y que hoy son desafiadas gracias al desarrollo de las redes sociales y el descrédito de quienes miden todo, tocan todo y, cuando no encuentran una explicación lógica del fenómeno, pues éste, no existe. Y punto.

Aquello, a pesar de que mucho de lo declarado inexistente, porque a la luz de nuestro conocimiento carece de fundamentos lógicos, de algo debe haber servido 4000 y 5000 mil años atrás a pasadas civilizaciones, pues parecieran no eran tan tontas en matemáticas, medios de navegaciones, ingeniería etc.

Un excompañero de filosofía, con quien mantengo contacto desde los viejos Estudios Generales en nuestra UCR, primero fue futbolista, después practicó artes marciales, quedó conmovido con la novela al extremo de confiarme que, tras leerla, lo puso a pensar en ese día que la Parca lo reclamará.

Sin embargo, ahora me decepciona un poco y me da la sorpresa del año, diciéndome que, como numerólogo titulado, entresacó de la novela una lluvia de datos ocultos para la mayoría de la gente sobre Sofía y el tal Alberto, con el fin de entender este amor sobre humano.

Faltaba solo eso. Me declaro culpable, porque resulta que, conociendo su dominio de la filosofía, quería saber qué pensaba de esta obra. Llévatela, le dije, en una semana nos vemos y si no pasas una especie de quiz que te haré, te llevas el expediente y me das el libro. Estás ya viejo para que andes en la vagabundería de convertir uno y ocho en nueves, cincos más unos en seis etc. Pon la cabeza sobre la tierra, le había regañado, pensando era una obra de mal gusto, sabiendo él que este mortal jamás memorizó ni siquiera la tabla del cinco.

Ignoró de donde sacó un 18, un 19, un 50, un 1975 etc., de dicha novela, pero él jura y perjura que todo el dolor y desatino narrado por el viejo Alberto es absolutamente sincero

Bajá la voz, le dije, mientras le agregaba: acá todos van a misa los domingos, dos están en el coro y esas cosas están prohibidas por algunas religiones; no quisiera que algunos de ellos vayan donde el cura de La Merced y vengan a llenarme el despacho de incienso. ¿No ves acaso que soy asmático?

Sofía vino, prosiguió casi balbuceando, a cerrar y abrir ciclos en todo lo que estaba a su alrededor. A enseñar que toda grandeza está constituida por simpleza y sencillez; no está en lo que ostentamos, sino en lo que no nos hace falta. Por eso tiene dos nueves en su nacimiento, añadió, son principios y fines Por eso, enfatizó muy serio, Alberto desafió la famosa “puerta negra” en la obra, y en un mes, en que revientan los abejones y, durante el año, cuya suma de todos los numero da veintidós, se juraron “hasta la muerte los separe”.

Nada de eso consta en la obra, excepto la tal puerta y un papá de la muchacha que no le aflojaba un dieciséis al noviecillo ese.

“Te digo algo más: Esas dos personalidades tan distintas y a la vez tan iguales, fueron las que enloquecieron al viejo Del Río, me dijo murmurando

Difiero contigo en eso de almas gemelas, números asignados ya por el Universo, etc. Creo, más bien, le dije sin tapujos, no vaya a ser que me llene la oficina de libros de numerología, que ese amor entre Sofía y Alberto, más allá de lo humano, está en las diferencias de clase que encontrará el lector en esta obra, así como las profundas diferencias de ver y hacer el mundo.

En todo caso, por el lado que se lea “Es la historia de un amor”, hay temas y escenas como para que un buen cineasta se haga loco. ¡No exagero!

*Periodista, abogado y notario por la UCR

El liberalismo y la disolución de la naturaleza humana

Mauricio Ramírez

Mauricio Ramírez Núñez
Académico

Tras el fin de la Guerra Fría, el liberalismo logró consolidar su hegemonía política y económica en Occidente. Con su victoria sobre las ideologías colectivistas del siglo XX, creyó haber alcanzado la culminación de la historia: la instauración definitiva del individuo soberano y absoluto, libre de todo condicionamiento. Pero una vez conquistada la esfera pública —el Estado, el mercado y las instituciones—, el liberalismo emprendió su última cruzada: liberar al ser humano de sí mismo, de su identidad biológica, sexual y espiritual.

En su empeño por emancipar al individuo de toda atadura identitaria, histórica, colectiva y existencial, el liberalismo ha extendido su lógica disolvente hasta la biología misma. El cuerpo ha dejado de ser una realidad esencial e irreductible o una síntesis entre materia y espíritu para convertirse en un límite, en una condicionante más que debe ser superada. En esta perspectiva, el cuerpo mismo, la identidad sexual y la diferencia corporal se interpretan como imposiciones que restringen la autodeterminación absoluta del yo.

Conviene aclarar, que la reivindicación del valor ontológico y natural de la biología no implica en modo alguno una defensa de los viejos determinismos biológicos o de los mitos pseudocientíficos del siglo XX que pretendieron justificar jerarquías raciales, supremacismos étnicos o teorías totalitarias. Precisamente lo contrario: reconocer la dimensión biológica del ser humano significa afirmar su pertenencia a una naturaleza viva, cósmica y espiritual trascendente, no reducirlo a un mecanismo genético, a simple materia, ni a un instrumento de dominación. Los sectores progresistas suelen descalificar toda apelación a la biología bajo la acusación de “biologicismo reaccionario”, cuando en realidad cometen un error simétrico: niegan la naturaleza humana por un sesgo ideológico que los lleva a confundir toda referencia a lo natural con autoritarismo. Esa negación es, en el fondo, un acto de ignorancia revestido de moral.

Negar la biología que es, en sí misma, una expresión de la naturaleza cósmica y de la energía vital del universo, constituye una de las más profundas contradicciones del pensamiento contemporáneo. En nombre de que “todo es una construcción social” y, por tanto, debe ser deconstruido y cuestionado porque sí, se erige el escepticismo racional y reduccionista como nuevo dogma incuestionable. Pero ese mismo pensamiento, tras disolver toda referencia a lo natural, lo espiritual y lo trascendente, pretende luego reconciliarse con el cosmos mediante un discurso new age sobre la “energía universal” y la Pachamama. Se trata, en realidad, de una contradicción irreparable: negar la biología, que es precisamente la manifestación viva de esa energía cósmica, equivale a negar el fundamento natural del ser humano. Esta regresión disfrazada de progreso racional reproduce, bajo nuevas formas, el viejo mito moderno del progreso ilimitado, que promete emancipación mientras conduce al hombre a una desconexión cada vez más radical de sí mismo y del mundo.

A esta lógica se ha sumado, paradójicamente, buena parte de la izquierda occidental y del pensamiento posmoderno y deconstructivista. Tras la caída del bloque socialista, sin un horizonte revolucionario claro ni una resistencia geopolítica o ideológica real frente al capitalismo global, muchos movimientos de izquierda adoptaron estos principios liberales en su dimensión cultural. Asumieron la agenda identitaria y la defensa de minorías como nuevo terreno de lucha, creyendo que en ello residía la continuidad de la revolución y la vía para subvertir el sistema.

Pero en esa confluencia entre liberalismo y progresismo, ambos coinciden en una visión materialista y racionalista de la realidad que niega el componente espiritual del ser humano. Al final, la llamada “agenda de las minorías” se transformó en una poderosa industria cultural y económica, capaz de generar millones, pero incapaz de modificar las condiciones estructurales que perpetúan la desigualdad. Las grandes mayorías —los pobres, los trabajadores, los marginados del sistema— permanecen al margen de este discurso emancipador que ya no los representa.

Mientras tanto, la revolución tecnológica y la expansión de la inteligencia artificial amenazan con desplazar a esos mismos sectores, y el progresismo, lejos de ofrecer una resistencia crítica o una alternativa humanista, aplaude entusiasta cada avance técnico como si el desarrollo tecnológico fuera sinónimo de justicia o libertad.

De este modo, tanto el liberalismo como su heredero posmoderno convergen en un mismo destino: la disolución del ser humano en un universo material sin sentido. La emancipación, entendida como negación de toda naturaleza y de todo límite, termina revelándose como una forma de servidumbre al vacío. El transhumanismo, presentado como la próxima etapa del progreso, es quizá el ejemplo más claro de ese final compartido: la pretensión de trascender el cuerpo, la biología y la propia condición humana.

Paradójicamente, no es hoy la izquierda, absorbida por el mito tecnocrático y la utopía de la deconstrucción total, la que ofrece resistencia, sino solo algunos sectores arraigados en tradiciones espirituales que aún defienden la dignidad del límite y el sentido trascendente de la existencia.
En nombre de la libertad, el hombre se ha negado a sí mismo; en nombre del progreso, ha olvidado la vida.

Caminata en devoción a la Virgen de los Ángeles

Con espíritu de tradición, agradecimiento y respeto, este 2025 se realizará por 55ª ocasión una caminata a la Virgen de los Ángeles, actividad ampliamente conocida como la Romería. Para muchas personas creyentes, este recorrido representa más que una costumbre: es una expresión de fe y encuentro colectivo.

La invitación está abierta para todas las personas que deseen sumarse a esta experiencia el próximo viernes 25 de julio de 2025, aprovechando el feriado. La salida será a las 7:30 a.m. desde la explanada de la Iglesia La Soledad, en Barrio Chino, San José. La caminata será de aproximadamente 22 km y se desarrollará a un ritmo tranquilo, de acompañamiento.

Se recomienda llevar ropa deportiva liviana, chaqueta, zapatos muy cómodos, merienda, agua, dulces y medicamentos si se requieren. Además, el sábado 2 de agosto, día oficial de la Virgen de los Ángeles, se prevé realizar otra caminata posiblemente a un ritmo más acelerado.

Para más información, se puede contactar al número 7189-4252.

Emelina Corrales Cordero comparte su visión sobre sostenibilidad y liderazgo consciente en «Voces femeninas»

SAN JOSÉ, Costa Rica. La bióloga marina Emelina Corrales Cordero será la invitada del programa “Voces femeninas” el próximo lunes 21 de julio a las 7:00 p.m. por Canal 13, una producción de SINART Digital. En esta edición, Corrales abordará el tema “El océano interior: espiritualidad, sostenibilidad y liderazgo consciente”, una reflexión profunda que conecta el cuidado del planeta con el crecimiento personal y colectivo.

Esta entrevista se enmarca en el compromiso del espacio por visibilizar aportes de mujeres desde distintas disciplinas, resaltando experiencias transformadoras y propuestas desde una mirada integral y crítica.

La conversación con Corrales, conocida por su labor en temas marino-costeros, también permitirá explorar cómo la ciencia puede dialogar con la espiritualidad y el liderazgo ético para impulsar procesos de transformación social.

La revista multimedia Wimblu abre la convocatoria de historias que exploren la Paz

11 de febrero, 2025

  • La publicación busca historias que ayuden a crear nuevos pactos con el mundo vivo y que exploren formas de navegar los conflictos sin violencia, formas de ofrecer gracia a los otros, y formas de imaginar y crear convivencias que resguarden las diferencias de manera armoniosa.

  • Las historias seleccionadas serán parte del décimo volumen de la revista multimedia con base en Costa Rica. 

Del 1ero de febrero al 31 de marzo de 2025 estará abierta la convocatoria para historias del décimo volumen de la revista multimedia Wimblu bajo el tema: Paz. Se buscan historias de no ficción en múltiples formatos (multimedia, cortometraje, texto o foto ensayo) que aborden el tema desde las intersecciones de la ecología, cultura y espiritualidad.  Pueden participar personas de cualquier edad, nacionalidad, género o etnia, y se aceptarán propuestas en español o inglés. 

Para los editores de la revista es relevante crear un espacio para historias sobre la paz en el contexto de policrisis que atravesamos:

La desconexión y la pérdida de vínculos con otros humanos, con el resto del mundo vivo y con nosotres mismes son a la vez causa y consecuencia de las distintas crisis que estamos atravesando. Las redes de relaciones que nos sostienen y dan sentido a nuestras vidas están siendo desgarradas por el pánico colectivo, la polarización, el extremismo y la violencia estructural de los sistemas hegemónicos… Esto hace que la pregunta cómo vivir en paz, se torne una interrogante fundamental para nuestros tiempos.—Editores de Wimblu.

Wimblu invita a los interesados en enviar propuestas a familiarizarse con su contenido y estilo antes de aplicar, en su revista multimedia viven más de 80 historias de sus nueve volúmenes previos. Para más información sobre la convocatoria y los lineamientos pueden visitar este enlace.

Sobre Wimblu

Wimblu es un estudio de documental creativo conformado por tres costarricenses que crea y difunde historias que restauran nuestro sentido de pertenencia y conexión con la Tierra. En medio de la crisis planetaria, creemos en el poder de las historias para re-imaginar un mundo justo y sano para todas las formas de vida.

A través de su revista digital, especializada en la no-ficción creativa, ha publicado 9 volúmenes temáticos, conformando hasta la fecha un archivo con más de 80 historias de más de 60 autores de 16 países diferentes de África, América, Asia, Europa y Oceanía. A principios de 2024, la revista fue galardonada con el Premio Nacional de Comunicación Cultural Joaquín García Monge por el Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica.

Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad

José Rafael Quesada
Costa Rica, octubre 2024

El proverbio chino «Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad» tiene un mensaje super profundo y mejor aún, sigue siendo relevante, sobre todo en esta época de incertidumbre, inestabilidad y pérdida de la esperanza, como los que vivimos en la actualidad. Este proverbio sugiere que, en lugar de lamentarnos por los problemas, las dificultades o concentrarnos en todo lo negativo, es necesario tomar los actos y acciones de pequeño tamaño, pero altamente significantes para generar cambios necesarios en la vida.

Aplicación del proverbio en la época actual:

La inestabilidad actual, ya sea política, económica, social o ambiental, unido a la crisis que he llamado de pérdida del sentido de la vida y el sufrimiento que tiene cada persona en su vida, ha causado que muchas personas pierdan la esperanza, de vivir, de atender o resolver los problemas cotidianos o apoyarse con otras personas en la resolución de los problemas sociales que requieren atención mediata o urgente.

Sin embargo, este proverbio nos invita a enfocarnos en lo que podemos hacer, incluso en momentos de crisis, en lugar de quedarnos en la queja o la frustración.

a. Pequeñas acciones con impacto real y positivo:

Esto sugiere desde el punto de vista del Humanismo Universalista, que cualquier cambio que introduzcamos en nuestra acción diaria en la comunidad que podamos influir es un gesto que, sin duda alguna, cuenta. Este es un tiempo de crisis reales, sea el cambio climático, la grave desigualdad y la violencia que nos destruye con sus crueldades, cada acción individual puede generar impactos que no se detienen en la vida social.

Miles de ejemplos como la participación en iniciativas comunales de apoyo mutuo, producir educación ecológica o ambiental, así como el trabajo voluntario pueden producir cambios positivos de pequeña escala, que además pueden avanzar a mayores transformaciones.

b. No podemos rendirnos ante la desesperanza y el agotamiento cultural:

Esta es una época llena de oscuridad, marcada por conflictos y guerras globales, problemas económicos, con un tejido social en desintegración y una realidad de deterioro mental de las personas, dónde todo parece abrumador. Así que este proverbio nos señala que, aunque todo nos parezca insuperable, siempre podemos plantear cosas para generar luz en nuestro medio inmediato. El tamaño de los problemas puede parecer demasiado para una persona, por lo que lo correcto por hacer es iniciar por lo que está a nuestra mano, esto genera diferencia y renueva la esperanza. Y la esperanza es la clave del cambio cultural.

c. La no violencia activa y el Humanismo son esenciales:

En este contexto de debilitamiento de los movimientos y las organizaciones sociales, tenemos una crisis de valores, por lo que este proverbio tiene sentido sí promovemos la Noviolencia como metodología de acción social. Es casi una Revolución Humanista.

La No Violencia Activa, la creación de nuevos espacios de diálogo y la construcción de soluciones comunitarias son efectos demostración, para «encender una vela» frente a la violencia, la corrupción o la indiferencia política. Estas son formas para no quedarse paralizado ante la inmensidad de los retos y desafíos, es construir formas y dar pasos para salir hacia adelante. Son formas de abrir el futuro para las personas, las comunidades y la Humanidad como un todo.

d. Fomentar la esperanza a través de la solidaridad:

Este sabio proverbio también nos invita a crear Faros de luz compartidos, luz para muchos y muchas. En estos momentos de crisis, el apoyo mutuo y la solidaridad son formas de encender esa vela de esperanza.

Hace unos años en la pandemia de COVID-19 se mostró lo importante que fue la cooperación en el ámbito local y global para superar los difíciles retos colectivos. En estos nuevos tiempos, en este contexto mundial de inestabilidad económica y psicosocial, las acciones de compasión y bondad, así como todas las redes de solidaridad que se generaron serán claves para reconstruir la confianza en el futuro.

e. Promoción y generación de nuevas ideas:

Cuando las sociedades se han quedado quietas, con visiones conservadoras y comenzamos a maldecir el sistema o la situación actual, es más constructivo enfocarse en nuevas soluciones y enfoques innovadores. Todo esto es aplicable en el ámbito personal como el social.

Los avances científicos y sociales, así como el nuevo contexto de tecnología creciente a toda velocidad y que buscan soluciones a tantos problemas y dificultades humanas, que enfatizan hoy en la crisis climática, la profunda crisis de educación y las desigualdades sociales, se convierten en las nuevas velas encendidas por personas, organizaciones sociales y humanistas, que se niegan a aceptar la oscuridad como un resultado consumado.

Hoy más que nunca, el proverbio «Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad» se nos vuelve totalmente relevante. Nos invita a movernos con acciones coherentes en cada medio inmediato en todas partes y esto para no dejarnos vencer por la desesperanza.

f. Replantear la espiritualidad

Esta época de vacíos existenciales, dónde la facilidad del acceso a drogas, alcohol, consumo excesivo y fácil, permite “ocultar, postergar y acallar la demanda espiritual”. El espíritu del ser humano siempre necesitará el acceso a lo Sagrado que existe en cada uno y una de nosotros, reflexionar, actuar y volver a reflexionar, en un espacio que da sentido a la vida de cada persona y agrega pasos en la búsqueda de la felicidad humana. La coherencia personal en sus actos del pensar, sentir y actuar en una misma dirección, se volvió un punto de mirada para cada ser humano en esta difícil época.

g. La ancianidad

Recuperar la experiencia, el cariño y la satisfacción con la vida de los abuelos y abuelas, se vuelve una necesidad de las distintas generaciones que convivimos en este momento histórico y social. Más en esta cultura del descarte y la obsolescencia programada, pareciera que también en actos absurdos de esta cultura degradada se tiende a olvidar y liquidar la vida de quienes pasan de cierta edad “productiva”, que condena a millones a sufrir la experiencia de la desigualdad generacional justo en el momento de posiblemente mayor sensibilidad y conocimiento de la persona en cualquier latitud. Valga el espacio para recuperar y admirar lo mejor del ser humano en cualquier momento de su existencia.

El mundo que tenemos y que podemos tener…

Estamos en un mundo que se enfrenta a posibles colapsos en sus sistemas de vida común, en medio de la grave crisis climática, crisis de violencia y guerra, de tristeza, depresión y locura, debemos encender pequeñas luces, que en conjunto pueden generar un cambio profundo y un salto adelante para la Humanidad.

Nos insta a movernos hacia la acción, sin importar lo pequeña que sea, para hacer frente a la adversidad y no dejarnos vencer por la desesperanza. En un mundo que parece enfrentarse a un colapso de muchos de sus sistemas tradicionales, cada uno de nosotros tiene la capacidad de encender pequeñas luces, que, unidas, pueden generar un cambio profundo.

Este proverbio nos habla de verdades que van más allá de los tiempos de las culturas, nos habla de que podemos entender los conflictos hasta sus últimas raíces y finalmente son llamadas a la acción de todos los seres humanos que buscan crear un mundo más solidario, humano y sobre todo esperanzador. Es un llamado a la creación de luz en medio de la oscuridad más profunda que nos rodea.

Volando alto con bajo perfil

La productora Prisma Latinoamérica entrevista a doña Flor Emilia Ureña (Tita), actual propietaria de La Cueva, negocio heredado de su padre.

Ella explica que sus cuestionamientos a la religión y tradiciones desde que creció, llevó a dinámicas familiares complicadas, especialmente con su madre y algunas personas de su pueblo en Santa María de Dota que le llaman el demonio.

Su negocio es un conglomerado de frases, decoraciones y arte de diferentes experiencias de su vida, que aportan valor e intentan instruir a las personas que visitan.

Desde “solo se permiten escenas amorosas” (haciendo sátira de la prohibición que encontramos en la mayoría de lugares públicos) y hasta otros detalles de diferentes culturas hasta indígenas como la Inca o las líneas Nazca.

Uno de los pilares fundamentales de la conversación con Tita es la delegación a lo “divino”, no necesariamente religioso y a la perspectiva de vida que esto otorga, aceptación por lo diverso y una cultura de comunidad.

Compartimos la entrevista: