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Etiqueta: Gustavo Gutiérrez

Cuando la utopía entró al seminario

Una memoria personal sobre la Teología de la Liberación

Por: Dr. Rodrigo Díaz Bermúdez* / pressenza

Eran los años setenta. Yo estudiaba teología y el mundo parecía haber perdido la paciencia. Vietnam ardía, el Che Guevara acababa de convertirse en un símbolo universal, la Guerra Fría dividía el planeta entre dos absolutismos y América Latina despertaba cada mañana con la sensación de que la revolución estaba a la vuelta de la esquina. Era imposible estudiar teología sin respirar aquel ambiente. Los seminarios no eran únicamente lugares de formación espiritual; eran laboratorios donde se discutía el destino de la Iglesia, de la sociedad y hasta de la historia.

Todavía puedo recordar aquellas conversaciones interminables. En los pasillos se citaba a Gustavo Gutiérrez con la misma naturalidad con que se citaba a San Pablo. Hugo Assmann agitaba las conciencias con su crítica al capitalismo latinoamericano. Leonardo Boff comenzaba a convertirse en referencia obligada. Jon Sobrino aportaba la dimensión cristológica de una Iglesia comprometida con los pobres. Ernesto Cardenal demostraba que la poesía podía convertirse en revolución. Desde Europa llegaban las provocaciones intelectuales de Hans Küng y Edward Schillebeeckx, mientras Karl Rahner seguía siendo lectura obligada para cualquiera que quisiera comprender el Concilio Vaticano II.

Yo mismo conocí y escuché a algunos de aquellos protagonistas, entre ellos Hugo Assmann y el costarricense Victorio Araya. Eran hombres inteligentes, profundamente comprometidos con su tiempo y convencidos de que el cristianismo debía responder al sufrimiento concreto de los pueblos latinoamericanos. Sería injusto caricaturizarlos. No eran agitadores improvisados. Eran teólogos serios que intentaban responder a preguntas igualmente serias.

Pero también era la época del liberalismo teológico, de la crítica histórico-crítica aplicada a la Escritura, del entusiasmo despertado por el Concilio Vaticano II y de la influencia creciente del Consejo Mundial de Iglesias. En el mundo evangélico comenzaban a escucharse las primeras voces de la llamada Misión Integral, con René Padilla y Samuel Escobar insistiendo en que evangelización y responsabilidad social no podían caminar separadas. Del otro lado aparecía un fundamentalismo igualmente intenso, convencido de que cualquier compromiso social era una traición al Evangelio. Todo parecía polarizarse.

Hoy, al mirar aquellos años con la serenidad que concede el tiempo, comprendo que no fueron simplemente una discusión teológica. Fueron un auténtico Sitz im Leben, un contexto histórico irrepetible donde confluyeron la Guerra Fría, la descolonización, el mayo francés, Vietnam, las dictaduras latinoamericanas, el sueño socialista y el profundo deseo de que la Iglesia estuviera del lado de los pobres.

La pregunta de la Teología de la Liberación era profundamente evangélica: ¿cómo anunciar a Cristo en un continente marcado por la miseria? La pregunta era correcta. Incluso diría que era inevitable.

El problema apareció cuando las respuestas comenzaron a buscarse más en Karl Marx que en san Agustín, más en la lucha de clases que en la conversión del corazón, más en la revolución que en la redención.

No ocurrió de un día para otro. Fue un proceso lento.

Primero apareció el lenguaje sociológico. Después, las categorías económicas. Más tarde, la interpretación de la historia como un conflicto permanente entre opresores y oprimidos. Poco a poco, el Reino de Dios empezó a confundirse con un proyecto político.

Y allí comenzó la crisis.

Mientras en nuestros seminarios algunos respiraban a Boff, otros casi eructaban a Hans Küng. Había quienes llevaban el Evangelio en una mano y El Capital en la otra. La revolución parecía haber encontrado finalmente un fundamento teológico.

Pero la historia, como suele ocurrir, terminó siendo más sabia que nuestras teorías.

La caída del Muro de Berlín no solo derrumbó un sistema político; también derrumbó una ilusión intelectual. El socialismo real mostró un rostro muy distinto del que imaginaban muchos jóvenes latinoamericanos. El paraíso prometido terminó produciendo nuevas formas de autoritarismo.

Fue entonces cuando comprendí que el problema nunca había sido la opción por los pobres.

La Iglesia jamás renunció a ella.

El problema consistía en convertir la salvación en un proyecto político.

En aquellos mismos años apareció otra figura que cambiaría profundamente el rumbo de la Iglesia: Karol Wojtyła, san Juan Pablo II. Venía de una Polonia donde el marxismo no era una teoría universitaria sino una experiencia cotidiana. Junto a él trabajaba un teólogo alemán de extraordinaria profundidad intelectual: Joseph Ratzinger.

Muchos los presentaron como enemigos de la Teología de la Liberación.

Nunca compartí esa simplificación.

Ratzinger jamás condenó el compromiso con los pobres.

Lo que cuestionó fue algo mucho más profundo: que la fe cristiana terminara subordinándose a una filosofía de la historia incapaz de comprender plenamente el misterio de la persona humana.

Con el paso de los años he llegado a pensar que Ratzinger tenía razón.

No porque negara la necesidad de transformar las estructuras injustas.

Sino porque comprendía que ninguna estructura puede redimir al hombre.

La verdadera tragedia del siglo XX consistió precisamente en creer que bastaba cambiar los sistemas para cambiar el corazón humano.

Y eso nunca ocurrió.

Hoy vivimos otra revolución.

Ya no es la revolución socialista.

Es la revolución digital.

La inteligencia artificial, la biotecnología, la economía algorítmica y la cultura de las redes sociales están modificando la civilización con una rapidez mucho mayor que la imaginada por aquellos viejos teólogos de los años setenta.

Sin embargo, la pregunta sigue siendo exactamente la misma.

¿Dónde está el ser humano?

Si la Teología de la Liberación tuvo un gran mérito fue recordarnos que la fe no puede ser indiferente al sufrimiento.

Si tuvo un gran error fue creer que la liberación económica podía sustituir la salvación.

Hoy corremos un peligro parecido.

Pensar que la tecnología podrá sustituir la verdad.

Que los algoritmos podrán sustituir la conciencia.

Que la inteligencia artificial podrá sustituir la sabiduría.

No.

El hombre seguirá necesitando aquello que ninguna máquina puede producir: sentido, esperanza, amor, perdón y trascendencia.

Quizá esa sea la gran lección que me dejaron aquellos años apasionantes.

Las ideologías pasan.

Las modas teológicas también.

Los imperios desaparecen.

Los sistemas económicos cambian.

Pero Cristo permanece.

Y mientras el cristianismo siga colocando en el centro la dignidad irrepetible de cada persona, siempre tendrá algo nuevo que decirle al mundo.

Eso fue lo que comprendí después de haber vivido aquellos años en que, por un momento, muchos creímos que la utopía había entrado definitivamente al seminario. Y tal vez esa sea también la razón por la que la Teología de la Liberación, entendida como proyecto histórico, terminó perdiendo vigor: porque ninguna utopía, por generosa que sea, puede ocupar el lugar del Evangelio.

(*) Teólogo, costarricense y dominicano sociólogo de la religión. Educador y escritor.

Celebrando el pensamiento de la liberación: Gustavo Gutiérrez 1928-2024

Observatorio de Bienes Comunes, UCR

El pasado 22 de octubre del 2024, partió Gustavo Gutiérrez un filósofo y teólogo peruano referente de la teología de la liberación, a través de su pensamiento y hacer, contribuyó para articular el discurso teológico en diálogo con el universo de las personas pobres y excluidos, un diálogo comprometido con la transformación de nuestras sociedades.

Para Gutiérrez el desafío de la Teología de la liberación representa establecer la relación que existe entre la emancipación de la persona humana –en lo social, político y económico– y el reino de Dios, para este se realiza comprendiendo que lo esencial es hacer la voluntad de Dios en la acción liberadora, una acción que es solidaria y está presente dónde se manifiesta Dios, es decir en el sufrimiento de los pobres.

Por esta razón, para Gutiérrez el camino de la liberación empieza por el compromiso por la opción preferente de los pobres. Este compromiso no es ingenuo, sino que parte de una reflexión crítica del momento histórico que las personas viven, y estas mismas no son sujetos pasivos, sino que a través de la problematización de los trayectos históricos y condiciones que viven, impulsan sus propias capacidades de transformación a partir de sus necesidades y aspiraciones.

Como forma de celebración de la vida de Gustavo, les compartimos esta infografía que nos presenta su reflexión en torno a los movimientos de liberación y los desafíos que representa esta opción como forma de pensar-hacer.

Este esfuerzo sólo tiene una intención, y es que sirva de invitación para visitar y dialogar con sus pensamientos y legados.

Algunos materiales para explorar su obra y pensamiento

Libro Teología de la Liberación Perspectivas

Entrevista a Gustavo Gutiérrez

Gustavo Gutierrez OP – 1 Encuentro Iberoamericano de Teología (Opción por los pobres)-Video

¡Qué linda esa iglesia!

Óscar Madrigal

Oscar Madrigal

Acaba de morir Gustavo Gutiérrez el sacerdote peruano, uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, una concepción de Iglesia cotidiana, cercana a los problemas de la gente, al pueblo, de los pobres.

El Concilio Vaticano de Juan XXIII y la Teología de la Liberación sacaron a la Iglesia Católica de la modorra en que agonizaba, especialmente en América Latina.

La “nueva” Iglesia tuvo gran impacto en Costa Rica. Recordamos el enorme aporte de los jóvenes cristianos en las luchas universitarias, especialmente en la UCR con la JUC, liderada por Ana Ligia Rovira, Mayela Rodríguez, Pepe, Martén, Garrón, William y tantos otros que imprimían su compromiso cristiano contra Alcoa, por una sociedad más solidaria. ¡Qué bonita era la Iglesia en ese entonces! Joven, comprometida, lúcida, con fuertes valores cristianos y luchadora.

Era linda esa Iglesia de Javier Solís, Miguel Picado, Arnoldo Mora, la de las monjas del Saint Clare, de Yolanda Rojas, que luchaban por lo que alguna vez le oí a Arnoldo Mora decir en San Pedro de Poás: queremos una Iglesia donde la feligresía no llegue a pedirle a Dios ayuda para encontrar trabajo, para tener comida para sus hijos, dinero para pagar la renta, sino que acudan al templo con alegría, para agradecer a Dios por vivir con trabajo, con educación, con salud, en una sociedad que les satisfaga todas sus necesidades fundamentales.

La gran Iglesia latinoamericana de las Comunidades de Base de Brasil, Nicaragua, El Salvador, las de los Cardenal, Leonardo Boff, Casaldáliga, Helder Cámara, Sergio Méndez, de Puebla o Medellín. Esa Iglesia era bonita.

También la Iglesia de los evangélicos, de las llamadas iglesias históricas, prostituidas por el neopentecostalismo, de la Escuela Bíblica Latinoamericana que siempre abría sus puertas a las organizaciones populares.

Esa Iglesia abierta, libre, que olía a futuro y pobres fue cerrada por Juan Pablo II, Karol Wojtyla y por el que sería luego su sucesor, Joseph Ratzinger.

Quedan las luchas y los logros.

Tal vez podamos imaginar una Iglesia que se renueve incorporando a las mujeres al sacerdocio, a los párrocos como padres amorosos o casando personas del mismo sexo, a los gays oficiando misas y los templos convertidos en lugares de oración y lucha.

Sería una Iglesia aún más bella, sin duda.