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Etiqueta: humanismo político

Democracia multidimensional, antídoto a la corrupción y germen de «Buen gobierno»

Javier Tolcachier / pressenza

Al hablar de “buen gobierno”, este tema suele ser enfocado, tanto desde la crítica como desde el apoyo, en sus aspectos más compositivos. Es decir, se juzga la cuestión poniendo la mira en aquellas personas que ocupan coyunturalmente espacios de decisión preeminentes en las instancias ejecutivas, legislativas o judiciales.

Nosotros queremos destacar los aspectos más estructurales que condicionan dicha actividad, siendo, en nuestra opinión, factores fundamentales en los desvíos que sufre el derecho humano a un “buen gobierno”. Entre estos factores, apuntamos los vicios de origen del actual modelo de “democracia meramente formal”, la morfología misma del Estado, y aquellos poderes corruptores que subvierten toda construcción positiva y no son suficientemente visibles para la opinión pública.

Ante todo, definamos mejor el concepto de “buen gobierno”.

El Buen gobierno

El buen desempeño de un gobierno – en un sentido humanista – debe ser evaluado a la luz del crecimiento de las posibilidades de desarrollo humano que genera al conjunto social. Con desarrollo humano nos referimos al mejoramiento del marco de condiciones para que la intencionalidad humana pueda expresarse con cada vez mayor libertad, superando límites, expandiendo los horizontes colectivos y aportando a la evolución de la especie.

En ese sentido, el Buen gobierno debe ayudar a garantizar la mejoría en las condiciones de vida de toda la población, liberando energías necesarias para que cada ser humano pueda elegir el tipo de existencia que prefiera y tener la posibilidad de explorar de manera integral, transformadora y creadora la realidad recibida en sus distintas facetas.

Al mismo tiempo, un buen gobierno tiene como misión esencial crear las condiciones para permitir que se exprese con cada vez mayor fuerza el propósito de la comunidad misma, reduciendo su propia incidencia en la gobernanza. De este modo, la participación del pueblo va creciendo y dotando de un nuevo sentido a la hoy decadente “democracia”.

Esto no excluye un componente de cooperación fedetada y de “protección” – no paternalista – ante las embestidas agresivas de poderes externos a la comunidad, que pretendan disminuir o condicionar su desarrollo humano.

El deterioro de la democracia formal

La Democracia formal afirma engañosamente que los pueblos eligen libremente concurriendo una vez cada cierto tiempo a votar, escogiendo a sus gobiernos y representantes por un período y modalidades determinadas por sus constituciones.

Pero he aquí que la realidad nos muestra algo muy distinto. La manipulación previa de las candidaturas, la coerción que imponen los esquemas de balotaje, el incumplimiento de lo prometido en los programas y las campañas, la disparidad de recursos con los que cuentan las distintas candidaturas, la fabricación de imaginarios ficticios por parte de publicistas y asesores, el vaciamiento militante, moderado apenas por el interés de acceder a algún ventajoso cargo público, las trabas del sistema burocrático, las exclusiones y otras trampas judiciales, la compra de voluntades, la venta de sellos de agrupaciones inexistentes y por supuesto, las campañas sucias, agresivas y llenas de falsedades a través de las plataformas digitales y medios de comunicación, son algunos de los muchos motivos por los que se debe hoy dudar de que esta democracia formal represente fehacientemente la voluntad popular.

Ante esta afrenta, los pueblos expresan frecuentemente su desconfianza y rebeldía mediante una alta abstención, hecho que se intenta combatir obligando en muchos casos al soberano a concurrir a las urnas, so pena de incurrir en desacato, poniendo en claro la imperiosa necesidad de renovar la organización política general.

El Estado como forma

Por otra parte, la morfología misma de los Estados centralizados conlleva, más allá de las buenas intenciones que puedan sostener agrupaciones políticas progresistas o revolucionarias, el alejamiento del gobierno de la base social y su burocratización. La gran paradoja es que los liderazgos que asumen en un primer momento la tarea de organizar y movilizar en la base social, en el caso de ser elegidos para ocupar cargos en el Estado, se convierten en funcionarios, cortando las poleas de conexión con la base, generando así desmovilización y decepción popular. Por sus características, el Estado absorbe, maniata y paraliza en número y calidad las energías transformadoras del activismo.

Por otro lado, esa progresiva desconexión de la base, aísla a los funcionarios públicos, facilitando la apropiación del Estado por parte del poder real, constituyéndose en el germen de la corrupción. Aquí es preciso destacar que la actual forma de organización política no se da en abstracto, sino que está sometida a la presión de condiciones de poder socioeconómico injustas y geopolíticamente dependientes.

Detrás de la escena pública y de la manipulación mediática, actúan las garras del poder real oligárquico, financiero, imperialista y transnacional, que pretenden congelar la evidencia del fracaso de un sistema anclado en el despojo, el robo y la apropiación del todo social por parte de minorías. Así es como el ideal de un Estado al servicio y bajo el gobierno del pueblo, se ha convertido en un instrumento insensible en manos del gran capital, un Estado paralelo o Para-Estado.

Descentralización del poder

Del mismo modo, ocurre que el Estado centralizado produce la discriminación de provincias y regiones enteras. Según señala el Documento fundacional del Movimiento Humanista esto deberá cesar cuando se impulse una organización federativa en la que el poder político real vuelva a manos de las entidades históricas y culturales que conforman el entramado político de cada país.

Es decir que, para desterrar la corrupción y avanzar hacia un buen gobierno es preciso construir modelos de democracia real que contemplen la descentralización del aparato estatal, encaminando la lucha política hacia la creación de un nuevo tipo de sociedad, en la que anide la idea de que el progreso humano debe construirse entre todos y para todos.

Ha habido y hay numerosos ejemplos similares ya existentes en este sentido. En la India, el Partido Aam Aadmi fundado a finales de 2012 por Arvind Kejriwal y otros activistas del movimiento India contra la corrupción, tiene gran conexión con el concepto de Swaraj (o autogobierno) enunciado por Gandhi, quien decía «Es Swaraj cuando aprendemos a gobernarnos a nosotros mismos», refiriéndose no solo a un modelo político, sino también a una actitud personal.

Del mismo modo, la Revolución Bolivariana en Venezuela puso en marcha en su momento un fuerte proceso de descentralización con la formación de miles de comunas. Famosa es la frase de Hugo Chávez en 2010, quien exclamó “Comuna o Nada”.

También destacable en este sentido son los “Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno”, esquema adoptado por las comunidades zapatistas en Chiapas, México, cuyo lema es “mandar obedeciendo”. El sistema ha logrado importantes avances en la calidad de vida de los pobladores en el ámbito de la salud, la educación y la alimentación.

Asimismo, resaltamos el proceso de Rojava, en el Norte del Kurdistán sirio, que, a diferencia de otros movimientos en la región, no busca la creación de un Estado kurdo, sino la coexistencia pacífica entre los Estados-nación existentes​, guiados por la idea de un Confederalismo Democrático multiétnico y multireligioso construido desde el territorio.

Sin agotar en lo más mínimo los múltiples efectos demostración existentes, y volviendo al análisis conceptual, esta descentralización del poder, esta dirección de construcción social compartida desarticula el tropismo habitual hacia las cúpulas, el llamado “arribismo” y permite mantener una conexión permanente de posibles liderazgos con la base social. De igual manera, facilita la participación popular, ya que la vecina o el vecino de una comunidad tiene la posibilidad real de actuar y transformar desde su entorno inmediato, accediendo a los resultados de su acción. Al mismo tiempo, este molde político comunal permite una relación directa y la interpelación de quienes son designados por la misma comunidad para tomar decisiones.

Finalmente, este diseño coloca la responsabilidad en cada persona que conforma la comunidad, sin cuya participación, este modelo también sería vacío.

Pero la realización plena de este modelo dependerá en estructura de la recuperación del poder social en un sentido multidimensional, poder hoy arrebatado por una minoría destructiva.

Para avanzar en este sentido, se hará necesario cultivar un nuevo sentido de la vida en nosotros mismos y quienes nos rodean, potenciando el sentir colectivo y la humanización de nuestro entorno como objetivo primario de la existencia. En definitiva, trabajar en conjunto tanto en las condiciones externas como también en las internas que permitan liberarnos y avanzar con la mira puesta en esta utopía radical y revolucionaria: un ser humano solidario y no violento.

Esta ponencia fue expuesta en el conversatorio sobre Buen Gobierno organizado por la Agencia Internacional de Noticias Pressenza el 18/1/2026 y forma parte de la Campaña «Buen Gobierno es un derecho», lanzada por la agencia.

(Imagen de Visentico / Sento, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons)

Fuente: https://www.pressenza.com/es/2026/01/democracia-multidimensional-antidoto-a-la-corrupcion-y-germen-de-buen-gobierno/?sfnsn=wa

La trampa de las elecciones nacionales

Por José Rafael Quesada Jiménez

Cada cuatro años, los costarricenses nos sumergimos en un ritual cívico que despierta pasiones, esperanzas y falsas promesas: las elecciones nacionales. Una vez más, se nos dice que “ahora sí” todo cambiará o nos renovamos para cambiar. Pero, ¿y si la transformación que necesitamos no puede lograrse solo en las urnas? ¿Y si estamos atrapados en un mecanismo que reproduce el inmovilismo?

Elecciones sin rumbo

Las elecciones, aunque necesarias, no son suficientes. Las promesas se repiten, se diluyen, y al poco tiempo son sustituidas por la decepción. Los partidos —viejos y nuevos— insisten en discursos desgastados, carentes de visión estratégica. Pero lo más grave: no tienen un relato histórico nacional claro, ni un proyecto colectivo que inspire a las nuevas generaciones. Parece que solo el Ejecutivo parece tener una imagen de lograr la mayoría electoral para transformar el Estado Nacional, asamblea constituyente incluida.

Como diría Rodrigo Facio Brenes, se requiere una «revolución mental» para que el país tome conciencia de su propio destino. Pero en lugar de revolución, lo que vemos es reiteración. En vez de despertar, hay una anestesia colectiva sostenida por una clase política sin audacia ni profundidad.

Un país sin imagen de futuro

El país está extraviado. No porque falten candidatos o partidos —tenemos demasiados—, sino porque ninguno propone una visión transformadora de largo plazo. La política costarricense ha perdido altura y densidad histórica. Lo que hace falta no es más administración de lo mismo, sino una nueva dirección histórica, un nuevo relato. Desde mi mirada, ese relato debe ser humanista o al menos cercano a esa visión.

Como se afirma en el Documento Humanista:

Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro.”

Ese principio esencial exige una transformación profunda del modelo político, económico y cultural. Las elecciones deberían abrir camino a esa transformación, pero hoy más bien la cierran, la disimulan o la falsean.

El problema es estructural, no coyuntural

No estamos ante una crisis de gestión; estamos ante el agotamiento de un modelo. Las instituciones fundamentales del país —educación, salud, transporte, seguridad, ambiente— no están funcionando como garantes del bienestar colectivo:

  • Educación: abandonada, rezagada, desarticulada, sin alma

  • Telecomunicaciones: Un ICE que termina siendo un competidor más en el mercado, sin entrar en la disminución de la brecha digital

  • Salud: colapsada, sobrepasada, burocratizada, deshumanizada

  • Transporte: anticuado, con estrés y contaminación, sin propuestas

  • Seguridad: realmente inseguridad, absorbida por la lógica del narco y la criminalidad, patrimonial y social.

  • Los seguros: El caso del INS que no permite pensar en la solidaridad como instrumento de cobertura de los más vulnerables

  • Crisis climática: sin alma para soluciones, sin emoción y apoyo de la población

Como decía don Manuel Mora Valverde, «el Estado debe ser el protector de los débiles y regulador del poder económico», pero hoy el Estado parece más bien desmantelado, impotente o cómplice de intereses privados.

El mesianismo electoral y la fragmentación sin sentido

Otra trampa es el mesianismo político: la creencia en que un solo líder (candidatura) «lo resolverá todo». Pero no hay mesías. Ni candidatos milagrosos. Hay cientos de candidaturas dispersas, promoviendo un nuevo mosaico partidario donde lo más probable es que uno o dos partidos concentren una fracción legislativa mayor a los 30 diputados, mientras el resto del Congreso se fragmenta en 10 o más fracciones políticas sin rumbo, sin propósito estratégico, sin unidad de proyecto país.

Este “picadillo” legislativo impediría la gobernabilidad real y favorece el chantaje parlamentario, los intereses particulares y la parálisis institucional.

Como advertía Alberto Cañas Escalante, “el país no necesita más partidos, necesita más ciudadanos con conciencia histórica, con ética pública y sentido de dirección”.

Desconexión con el mundo

Uno de los errores más graves de la actual dirigencia política (de gobierno y oposición) es no ver el mundo. No parecen leer los cambios de época. No entienden el papel de la inteligencia artificial, la transformación laboral, la crisis climática, ni las disputas geopolíticas globales en la transformación civilizatoria que se avizora en el camino mundial, como tampoco la posibilidad de avance hacia una “singularidad histórica y tecnológica” que transformaría la vida del Sapiens sapiens como lo conocemos hoy.

Costa Rica sigue alineándose a bloques de poder internacional sin análisis, sin estrategia. No tenemos política exterior, ni visión económica a largo plazo. Nuestra neutralidad histórica se desvanece sin reflexión colectiva, y parecemos repetir errores históricos por omisión.

¿Para qué sirven entonces las elecciones?

No hay que desecharlas. Las elecciones son un punto de partida, pero no un final. No se puede seguir presentándolas como la “gran solución nacional”. Su verdadero valor está en abrir posibilidades, generar pequeñas rupturas del orden establecido y permitir que nuevas fuerzas sociales impulsen un proceso profundo de transformación. Debemos avanzar hacia una democracia real y superar la insuficiente democracia representativa que nos caracteriza por imprimir negación a los avances, representación territorial y mecanismos realmente democráticos que requiere esta nueva época.

Como dice el Movimiento Humanista, “la verdadera revolución no se hace con armas, ni desde arriba, sino desde las conciencias, desde abajo, desde el cambio profundo de la mirada sobre uno mismo y los otros”.

Conclusión: una dirección histórica humanista

Costa Rica necesita despertar. No hacia la ilusión de un nuevo gobierno, sino hacia la construcción de un nuevo país. Un país donde el humanismo no sea un eslogan sino una dirección histórica. Donde la política no sea espectáculo sino servicio. Donde la ciudadanía sea protagonista y no espectadora. Donde la democracia sea Real y no una ilusión.

Y ese proceso no empieza ni termina con una elección. Comienza cuando decidimos romper con la trampa y asumimos la construcción colectiva de un nuevo horizonte civilizatorio.