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Etiqueta: Independencia de Costa Rica

La patria no nació en un solo día

Eduardo Piza Volio
Setiembre de 2026

¿Qué celebramos cuando festejamos la independencia de Costa Rica?

Las naciones necesitan fechas porque la memoria colectiva difícilmente puede desfilar detrás de un proceso histórico. Las banderas exigen un día; los himnos, una ceremonia; las escuelas, una efeméride. La historia, en cambio, suele mostrarse menos disciplinada: avanza mediante vacilaciones, conflictos, acuerdos provisionales, intereses contrapuestos y decisiones cuyo verdadero alcance solo se descubre mucho después.

Por eso, preguntar qué celebramos cada 15 de setiembre no equivale a buscar una fecha indiscutible en el calendario. Supone examinar cómo un territorio habitado durante milenios, convertido después en provincia colonial, comenzó a desprenderse de la monarquía española, a gobernarse por sí mismo, a construir un Estado y, finalmente, a defender con las armas la soberanía adquirida.

La independencia de Costa Rica no fue un instante milagroso. Fue una secuencia.

Antes de Costa Rica

Afirmar que Costa Rica no existía antes de la llegada de los europeos es correcto únicamente si por “Costa Rica” entendemos el Estado republicano, con sus instituciones, sus fronteras y su identidad política contemporánea. Resultaría profundamente equivocado, en cambio, si con esa frase se pretendiera insinuar que antes de los españoles no había historia, sociedad ni cultura.

Mucho antes de que el territorio recibiera su nombre europeo, existían en él sociedades indígenas complejas, con autoridades políticas, redes de intercambio, sistemas agrícolas, lenguas, religiones y concepciones propias del mundo. Las sociedades cacicales del siglo XVI no constituían una nación costarricense anticipada —sería anacrónico imaginarlas así—, pero tampoco eran una página en blanco sobre la cual Europa escribió la primera línea de la historia (Ibarra Rojas, 1990).

Reconocer esa complejidad no exige idealizar el pasado prehispánico. Aquellas sociedades también conocieron jerarquías, conflictos y relaciones de poder. Sus derechos actuales no dependen de representarlas como comunidades perfectas, sino de admitir su continuidad histórica, su dignidad y su condición de pueblos con identidades, instituciones y vínculos territoriales propios.

Cristóbal Colón llegó a la costa caribeña en setiembre de 1502, durante su cuarto viaje. Su paso por Quiribrí, la actual isla Uvita, fue una visita exploratoria: no fundó ciudades, no estableció una administración permanente ni conquistó el territorio. Pero aquella escala tampoco fue históricamente inocente. Incorporó esas tierras al horizonte geográfico y a las ambiciones imperiales de España. La visita no fue todavía la conquista, pero abrió el camino que conduciría a ella.

La penetración española fue tardía, fragmentaria y difícil. Las primeras incursiones se concentraron en el Pacífico y en Nicoya; el dominio más estable del Valle Central solo comenzó a organizarse durante la segunda mitad del siglo XVI. La fundación y consolidación de Cartago, la distribución de encomiendas y el sometimiento de diversas comunidades indígenas permitieron establecer la provincia colonial.

No se trató de la instalación pacífica de pobladores en un territorio desocupado, sino de un proceso de apropiación de tierras, imposición religiosa, explotación laboral, desplazamiento, reducción demográfica y transformación forzada de sociedades preexistentes (Quirós Vargas, 1990; Fonseca Corrales, 1983).

Esta precisión posee una dimensión ética fundamental: si la historia nacional comienza con Colón, los pueblos indígenas quedan convertidos en una antesala borrosa de la verdadera historia. Esa exclusión prolonga, en el terreno simbólico, la conquista material que padecieron.

La sociedad colonial y sus silencios

La provincia de Costa Rica nació dentro de un orden monárquico, católico, jerárquico y racializado. Encomenderos, comerciantes, funcionarios, campesinos, indígenas, mestizos y personas afrodescendientes —tanto libres como esclavizadas— ocuparon posiciones profundamente desiguales. La pobreza relativa de buena parte de la élite colonial no convirtió aquella sociedad en una democracia rural, ni la ausencia de grandes minas eliminó la explotación.

Uno de los mitos más persistentes de la identidad nacional sostiene que Costa Rica surgió como una comunidad homogénea de campesinos blancos, propietarios, pacíficos e iguales. Esa imagen cumplió una función psicológica y política: permitió imaginar una genealogía democrática excepcional. Pero lo hizo al precio de borrar a los pueblos indígenas, minimizar la presencia afrodescendiente, disimular las diferencias sociales y presentar como igualdad originaria lo que fue, en realidad, una sociedad estratificada (Molina Jiménez, 2002).

La independencia política tampoco desmanteló de inmediato esa estructura. Cambió la fuente de la soberanía, pero no convirtió automáticamente en ciudadanos plenos a todos los habitantes. Los grupos subordinados continuaron cargando con buena parte del trabajo, mientras las decisiones políticas permanecieron principalmente en manos de minorías masculinas, alfabetizadas y propietarias.

La primera lección moral, por consiguiente, consiste en no confundir independencia con justicia consumada. Un país puede dejar de obedecer a un imperio y conservar dentro de sí muchas de las desigualdades que aquel imperio ayudó a construir.

Los pueblos indígenas: continuidad histórica y derechos colectivos

La independencia de España no significó la liberación inmediata de los pueblos indígenas. La nueva república proclamó gradualmente la igualdad jurídica de sus habitantes, pero esa igualdad fue concebida, con frecuencia, como la obligación de integrarse a una sociedad definida por otros. Las formas indígenas de propiedad, autoridad, identidad y relación con el territorio no siempre fueron comprendidas como derechos que debían respetarse, sino como diferencias destinadas a desaparecer.

Este punto resulta esencial: los pueblos indígenas no son únicamente sectores empobrecidos que necesitan asistencia estatal. Tampoco constituyen simples minorías culturales cuya protección pueda reducirse a conservar artesanías, bailes o celebraciones. Son pueblos anteriores a la formación del Estado costarricense, con continuidad histórica, identidad colectiva, instituciones propias y una relación material, cultural y espiritual con sus territorios.

Por eso poseen, además de los derechos individuales reconocidos a toda persona, derechos colectivos. Estos derechos no conceden privilegios ni colocan a los indígenas fuera del orden democrático. Procuran impedir que una igualdad puramente formal destruya las condiciones necesarias para la supervivencia de sociedades culturalmente diferenciadas.

Entre esos derechos se encuentran la preservación de la identidad; el uso y la transmisión de las lenguas; el respeto de las autoridades y formas propias de organización; la participación efectiva en las decisiones públicas; la educación intercultural; una atención sanitaria culturalmente pertinente; la protección de los conocimientos tradicionales; el acceso a la justicia sin discriminación y el derecho a decidir sus prioridades de desarrollo.

El territorio ocupa un lugar central. Para los pueblos indígenas no es solamente una propiedad susceptible de comprarse o venderse. Es el espacio en el que se sostienen la memoria, los vínculos comunitarios, las prácticas productivas, la espiritualidad y la continuidad entre generaciones. Perderlo puede significar algo mucho más profundo que perder un bien económico: puede poner en peligro la existencia misma del pueblo como comunidad diferenciada.

La Ley Indígena de 1977 declara los territorios indígenas inalienables, imprescriptibles, no transferibles y exclusivos para las comunidades que los habitan. Costa Rica aprobó, además, mediante la Ley n.º 7316 de 1992, el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo. Este instrumento obliga a respetar las instituciones, culturas y formas de vida de los pueblos indígenas, proteger su relación con las tierras y consultarlos cuando una medida legislativa o administrativa pueda afectarlos directamente.

La consulta indígena no consiste en informar sobre una decisión ya adoptada. Debe realizarse previamente, de buena fe, mediante procedimientos culturalmente adecuados y a través de las instituciones representativas de los pueblos involucrados, con el propósito de alcanzar acuerdos. Tampoco equivale a un derecho de veto automático sobre cualquier política pública; pero sí impide que el Estado trate la participación indígena como un trámite ornamental. En 2018, Costa Rica estableció un Mecanismo General de Consulta Indígena para ordenar estos procedimientos en los ocho pueblos y los veinticuatro territorios reconocidos oficialmente (Ministerio de Justicia y Paz, 2018).

La Constitución también ordena al Estado velar por el mantenimiento y cultivo de las lenguas indígenas nacionales. A ello se suman la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y la jurisprudencia interamericana sobre propiedad colectiva, identidad cultural, consulta y participación.

Sin embargo, reconocer un derecho en una ley no equivale a garantizarlo en la realidad. La presencia de ocupantes no indígenas dentro de territorios protegidos, los lentos procesos de recuperación territorial, la fragilidad de algunas lenguas, la pobreza, las barreras de acceso a servicios públicos y la insuficiente participación política muestran la distancia que todavía separa la norma de su cumplimiento.

Los asesinatos de los dirigentes indígenas Sergio Rojas, en 2019, y Jehry Rivera, en 2020, ocurridos en un contexto de disputas territoriales, revelaron de manera trágica que la cuestión indígena no pertenece solamente al pasado. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió entonces sobre las amenazas y la violencia contra líderes indígenas y recordó al Estado su deber de proteger la vida, la integridad y los derechos territoriales de los pueblos bribri y brörán (CIDH, 2020).

Hablar de inclusión indígena exige, por tanto, algo más que incorporar sus nombres a un discurso patriótico. Significa reconocerlos como interlocutores políticos del presente, garantizar la posesión efectiva de sus territorios, respetar sus instituciones, proteger sus lenguas y hacer posible que participen en las decisiones que afectan su futuro.

1821: una independencia que llegó por correo

La independencia costarricense tuvo una peculiaridad casi novelesca: no llegó precedida por una insurrección local, sino por documentos transportados lentamente desde el norte.

El 15 de setiembre de 1821, las autoridades reunidas en la ciudad de Guatemala aprobaron el acta que abrió la ruptura política del antiguo Reino de Guatemala con España. Costa Rica no estuvo representada en aquella reunión. Sin embargo, sería incorrecto reducir el documento a un acontecimiento ajeno: la decisión guatemalteca inició el proceso de deliberación que se extendió por toda Centroamérica y desarticuló el orden político al que pertenecía la provincia.

Las noticias llegaron a Costa Rica el 13 de octubre, acompañadas por el acta de Guatemala y por el llamado “Acta de los Nublados”, redactada en León, Nicaragua. A partir de ese momento, los cabildos de Cartago, San José, Heredia, Alajuela, Barva y Ujarrás comenzaron a discutir qué autoridad debía sustituir al poder colonial y cuál sería el destino político de la provincia (Díaz Arias, 2021, 2022).

Conviene comprender el significado que entonces tenía la palabra pueblo. No aludía todavía al conjunto indiferenciado de todos los habitantes, como en las democracias contemporáneas, sino principalmente a comunidades políticas representadas por sus ayuntamientos. Al romperse el pacto con el rey, se consideraba que la soberanía retornaba a esos pueblos. Cada cabildo se sentía, por tanto, depositario de una porción de aquella soberanía recuperada.

El 25 de octubre se reunieron en Cartago varios legados municipales. No estaban representados Bagaces, Esparza ni los llamados “pueblos de indios”. Algunos delegados carecían, además, de autorización para tomar decisiones definitivas. Esta ausencia revela los límites sociales y territoriales del proceso: la independencia fue una deliberación política importante, pero no una consulta popular en el sentido moderno.

No sería razonable exigir a 1821 los procedimientos de una democracia del siglo XXI. Pero tampoco sería honrado esconder que los pueblos indígenas, pese a ser habitantes originarios del territorio, no participaron en igualdad de condiciones en la fundación del nuevo orden político. La república heredó esa exclusión y tardó mucho en comenzar a reconocerlos como sujetos de derechos colectivos.

El 28 de octubre, al conocerse que León había jurado la independencia, una multitud josefina integrada —según las fuentes— por personas de distintas clases y de ambos sexos la celebró públicamente. Al día siguiente, el cabildo de Cartago proclamó la independencia absoluta del Gobierno español y, al mismo tiempo, dispuso que se observaran la Constitución y las leyes del Imperio mexicano.

La combinación resulta reveladora: se abandonaba una monarquía mientras se contemplaba ingresar en otra. La emancipación no nació con un mapa claro del porvenir.

El 15 de setiembre y el 29 de octubre

El documento del 29 de octubre posee un valor patrimonial indudable. El Archivo Nacional lo conserva como uno de los testimonios fundamentales del nacimiento político del país, y en sus folios se proclama expresamente la independencia del Gobierno español (Archivo Nacional de Costa Rica, 2021).

Pero su alcance jurídico e histórico requiere matices. David Díaz Arias ha demostrado que los legados presentes en Cartago no contaban todos con poderes suficientes para declarar la independencia de la provincia entera y que el acta correspondía, en sentido estricto, a una decisión del cabildo cartaginés. Los demás ayuntamientos juraron su independencia durante los primeros días de noviembre (Díaz Arias, 2022).

Esto impide presentar el 29 de octubre como la única fecha “verdadera” y el 15 de setiembre como una impostura. Pero también impide reducir el 29 de octubre a una ceremonia irrelevante.

El 15 de setiembre representa la ruptura centroamericana que hizo posible la emancipación de las provincias. El 29 de octubre simboliza una de las proclamaciones locales más solemnes de independencia respecto de España. Las juramentaciones de noviembre expresan la adhesión de los demás ayuntamientos. Y el Pacto de Concordia, aprobado el 1.º de diciembre, constituye el primer acuerdo constitucional propiamente provincial, adoptado por una Junta de Legados con facultades más amplias.

No tenemos, pues, una fecha falsa enfrentada a otra verdadera. Tenemos diversos momentos de un mismo proceso, cada uno referido a una escala distinta: Centroamérica, los cabildos, la provincia y el naciente gobierno constitucional.

De la emancipación al Estado

La ruptura con España no produjo instantáneamente la República de Costa Rica. La provincia se incorporó fugazmente al Imperio mexicano, atravesó el conflicto de Ochomogo en 1823, formó parte de la República Federal de Centroamérica y se convirtió en Estado en 1825. El Partido de Nicoya decidió su incorporación en 1824, demostrando que incluso el territorio nacional seguía en construcción.

En 1838, bajo Braulio Carrillo, Costa Rica se separó en la práctica de la Federación Centroamericana. Solo en 1848, durante el gobierno de José María Castro Madriz, se proclamó formalmente la República (Díaz Arias, 2005; Molina Jiménez & Palmer, 2007).

La independencia, observada desde esta perspectiva, no fue un certificado de nacimiento, sino una larga mayoría de edad. Hubo que crear una hacienda pública, organizar elecciones, centralizar la autoridad, redactar constituciones, resolver rivalidades entre ciudades, establecer relaciones diplomáticas y enseñar a una población diversa a imaginarse como integrante de una misma comunidad política.

La nación no precedió necesariamente al Estado. En buena medida, fue el Estado el que, mediante escuelas, fiestas, símbolos, relatos históricos y ceremonias cívicas, enseñó a los habitantes a reconocerse como costarricenses.

Pero esa pedagogía nacional tampoco fue neutral. Al escoger determinados héroes, territorios y antepasados, dejó a otros en los márgenes. La nación enseñada por las instituciones exaltó con frecuencia una Costa Rica blanca, vallecentralina y culturalmente homogénea, mientras convertía a los pueblos indígenas y afrodescendientes en figuras periféricas. Construir una memoria más inclusiva no significa destruir la identidad nacional, sino liberarla de una representación mutilada de sí misma.

1856–1857: cuando la soberanía tuvo que defenderse

Tres décadas después de 1821, la independencia dejó de ser principalmente una cuestión de actas y se convirtió en una cuestión de supervivencia.

William Walker había tomado el poder en Nicaragua y su régimen amenazaba con extender por Centroamérica un proyecto expansionista vinculado al filibusterismo estadounidense y a la restauración de la esclavitud. Bajo el liderazgo de Juan Rafael Mora Porras, Costa Rica emprendió la guerra de 1856–1857.

Santa Rosa, Rivas y la Campaña del Tránsito no fueron episodios aislados de valentía militar. Constituyeron una defensa efectiva de la soberanía centroamericana. Costa Rica desempeñó un papel decisivo, aunque la victoria final perteneció al esfuerzo conjunto de los pueblos de la región.

El precio humano fue terrible. La epidemia de cólera, propagada durante el regreso del ejército, causó la muerte de entre el ocho y el diez por ciento de la población costarricense. Pocas familias quedaron intactas. La guerra se libró en los campos de batalla, pero también en los hogares, en los caminos y en los pueblos devastados por la enfermedad (Molina Jiménez & Díaz Arias, 2023).

La Campaña Nacional no creó la independencia: para 1856 Costa Rica poseía gobierno, instituciones, reconocimiento exterior y una identidad política en desarrollo. Pero sí defendió esa independencia contra una amenaza concreta y contribuyó poderosamente a consolidar el sentimiento nacional.

A partir de la década de 1880, el Estado liberal convirtió la guerra en el centro del relato patriótico. Juan Santamaría fue elevado a la condición de héroe nacional y la complejidad del conflicto se condensó en el incendio del Mesón de Guerra. Esto no significa que el héroe haya sido una ficción, sino que su memoria fue seleccionada, organizada y dotada de una función cívica determinada (Palmer, 1993; Molina Jiménez & Díaz Arias, 2023).

Toda memoria nacional hace algo semejante: ilumina ciertos hechos y deja otros en penumbra.

La psicología de las fechas patrias

Una fecha nacional funciona como un ancla psicológica. Permite comprimir un proceso extenso en una imagen inteligible: una antorcha, una bandera, un acta, un héroe. Sin esa simplificación, la memoria colectiva difícilmente podría transmitirse de una generación a otra.

Las naciones son comunidades imaginadas, no porque sean irreales, sino porque la mayoría de sus miembros nunca se conocerán personalmente y, sin embargo, se sentirán unidos por relatos, símbolos y recuerdos compartidos (Anderson, 1993).

El problema aparece cuando la simplificación se transforma en dogma. Una identidad insegura necesita héroes perfectos, fechas inmaculadas y orígenes sin contradicciones. Una identidad nacional madura puede reconocer, en cambio, que su historia contiene grandeza y exclusión, valor y violencia, solidaridad e intereses particulares.

La verdad histórica no debilita el patriotismo. Lo rescata de la propaganda.

Una lectura filosófica y ética

Desde una perspectiva filosófica, la independencia posee al menos dos dimensiones. La primera es negativa: dejar de estar sometidos a una autoridad exterior. La segunda es positiva: adquirir la capacidad de gobernarnos mediante leyes e instituciones que podamos reconocer como propias.

La primera se alcanzó con la ruptura del orden español. La segunda continúa siendo una tarea inacabada.

Un pueblo no es verdaderamente libre solo porque su bandera ondee sin permiso extranjero. También necesita instituciones legítimas, ciudadanos capaces de deliberar, derechos protegidos, justicia social y límites efectivos al abuso del poder. La independencia política puede alcanzarse en una fecha; la libertad cívica debe reconstruirse todos los días.

Esa libertad tampoco puede descansar en la subordinación de los pueblos originarios. Un Estado que proclama su soberanía mientras permite que comunidades indígenas pierdan el control efectivo de sus territorios incurre en una contradicción moral: celebra frente al extranjero el derecho a gobernarse por sí mismo, pero se resiste a reconocer dentro de sus fronteras la participación y la autonomía cultural de quienes habitaban el territorio antes de la formación republicana.

Moralmente, la conmemoración exige gratitud hacia quienes defendieron la soberanía y hacia quienes soportaron sus costos sin aparecer en los monumentos: soldados rasos, campesinos, mujeres que sostuvieron hogares y labores logísticas, víctimas del cólera, comunidades indígenas, afrodescendientes y trabajadores cuyas vidas también construyeron el país.

Éticamente, la memoria nacional debe regirse por tres principios: verdad, inclusión y responsabilidad. Verdad, para no convertir el pasado en catecismo; inclusión, para recordar a quienes fueron expulsados del relato oficial; responsabilidad, para comprender que la libertad heredada impone obligaciones a quienes la reciben.

Como advierte Ricoeur (2003), una sociedad justa no necesita recordarlo todo de la misma manera, pero sí debe resistir tanto la manipulación interesada del recuerdo como el olvido impuesto.

Entonces, ¿qué celebramos?

Celebramos el 15 de setiembre porque la decisión adoptada en Guatemala abrió el proceso centroamericano de emancipación y porque los propios protagonistas del siglo XIX asumieron esa fecha como símbolo compartido.

Recordamos el 29 de octubre porque el cabildo de Cartago proclamó solemnemente la independencia absoluta de España, aunque aquel documento no pueda presentarse, sin matices, como una declaración jurídicamente vinculante de toda la provincia.

Reconocemos las juramentaciones de noviembre y el Pacto de Concordia del 1.º de diciembre porque con ellos comenzó a organizarse un gobierno propio.

Conmemoramos el proceso comprendido entre 1821 y 1848 porque durante esos años se construyeron el Estado, el territorio y la República.

Y honramos la Campaña Nacional de 1856–1857 porque en ella la soberanía dejó de ser una declaración escrita y se convirtió en una realidad que hubo que defender con inteligencia, valor y un sacrificio humano enorme.

No celebramos la llegada de Colón como si antes de ella no hubiese existido nadie. No celebramos la conquista, el sometimiento indígena ni las jerarquías coloniales. Tampoco deberíamos celebrar una supuesta pureza racial o una igualdad social imaginaria.

Una conmemoración históricamente honrada debe reconocer que el Estado costarricense se levantó sobre territorios habitados por pueblos anteriores a él y que esa historia origina responsabilidades presentes. Entre ellas se encuentran garantizar la propiedad y posesión efectiva de los territorios indígenas, realizar consultas genuinas, proteger las lenguas, respetar las formas propias de organización y asegurar la participación política de esos pueblos.

Celebramos la difícil capacidad de una sociedad para separarse de un imperio, deliberar sobre su futuro, darse instituciones, construir una comunidad política y defenderla cuando estuvo amenazada. Pero la celebración solo alcanza plenitud moral cuando la libertad que proclamamos para la nación se convierte también en derechos efectivos para todos los pueblos y personas que la integran.

El 15 de setiembre representa, por tanto, una síntesis cívica, no el monopolio de la verdad histórica. El 29 de octubre merece memoria, pero no necesita convertirse en un nuevo mito excluyente. Y la Campaña Nacional debe comprenderse como la gran defensa de una independencia que ya existía, aunque todavía estaba afirmándose.

Costa Rica no nació en una mañana ni fue obra de un solo cabildo, una sola ciudad, una sola clase, una sola cultura o un solo héroe. Surgió de una cadena de decisiones, conflictos, sacrificios y esperanzas. Comprenderlo no disminuye la celebración: la vuelve más verdadera, más humana y moralmente más digna.

Referencias

Anderson, B. (1993). Comunidades imaginadas: Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica.

Archivo Nacional de Costa Rica. (2021, 26 de febrero). Acta de la Independencia de Costa Rica se sometió a riguroso proceso de restauración.

Comisión Interamericana de Derechos Humanos. (2020, 18 de marzo). Al completarse un año del asesinato de Sergio Rojas, la CIDH expresa preocupación por la situación de amenazas, hostigamiento y violencia contra líderes indígenas y personas defensoras de derechos humanos en Costa Rica.

Costa Rica. (1949). Constitución Política de la República de Costa Rica, artículo 76.

Costa Rica, Asamblea Legislativa. (1977). Ley Indígena, Ley n.º 6172.

Costa Rica, Asamblea Legislativa. (1992). Aprobación del Convenio sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes, Ley n.º 7316.

Costa Rica, Poder Ejecutivo. (2018). Mecanismo General de Consulta a Pueblos Indígenas, Decreto Ejecutivo n.º 40932-MP-MJP.

Díaz Arias, D. (2005). Construcción de un Estado moderno: Política, Estado e identidad nacional en Costa Rica, 1821–1914. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Díaz Arias, D. (2021). La independencia de Costa Rica: Historia, debate y conmemoración, 1821–2021. Editorial Universidad Estatal a Distancia.

Díaz Arias, D. (2022, 17 de mayo). Voz experta: ¿15 de setiembre o 29 de octubre? Universidad de Costa Rica.

Fonseca Corrales, E. (1983). Costa Rica colonial: La tierra y el hombre. Editorial Universitaria Centroamericana.

Ibarra Rojas, E. (1990). Las sociedades cacicales de Costa Rica: Siglo XVI. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Molina Jiménez, I. (1986). El Valle Central de Costa Rica en la independencia. Revista de Historia, (14), 85–114.

Molina Jiménez, I. (2002). Costarricense, por dicha: Identidad nacional y cambio cultural en Costa Rica durante los siglos XIX y XX. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Molina Jiménez, I., & Díaz Arias, D. (2023). La Campaña Nacional (1856–1857): Historiografía, literatura y memoria. Editorial de la Universidad de Costa Rica. (Obra original publicada en 2008).

Molina Jiménez, I., & Palmer, S. (2007). Historia de Costa Rica: Breve, actualizada y con ilustraciones (2.ª ed.). Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Naciones Unidas. (2007). Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas.

Organización Internacional del Trabajo. (1989). Convenio n.º 169 sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes.

Palmer, S. (1993). Getting to know the unknown soldier: Official nationalism in liberal Costa Rica, 1880–1900. Journal of Latin American Studies, 25(1), 45–72.

Quirós Vargas, C. (1990). Historia de Costa Rica: La era de la encomienda. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Ricoeur, P. (2003). La memoria, la historia, el olvido (A. Neira, Trad.). Trotta.

¿Es Laura Fernández la presidenta N.º 50?

Vladimir de la Cruz

Con frecuencia desde que asumió la Presidencia de la República, Laura Fernández Delgado, me han preguntado, padres de familia y algunos maestros y profesores, si la presidenta es la persona número 50 en ocupar ese cargo, como se dijo en los medios de información, y así se le presentó.

Esta es una inquietud que podría no tener gran importancia, dependiendo de cómo se aborde esta numeración o definición de la condición de gobernante de Costa Rica. Pero, es una inquietud que les han planteado a estudiantes valorando el proceso democrático que vivimos en febrero de este año.

Si se trata de ver o analizar la condición de Gobernante tendríamos que atender diversas situaciones históricas. Si tomamos a los gobernantes desde antes de la Independencia o si lo hacemos a partir de la Independencia, el 29 de octubre de 1821.

Si es del período anterior podemos abordar el tema de la Gobernabilidad de la Provincia de Costa Rica durante su período de la conquista y la colonia española. Aquí, habría que considerar a todas las personas que ejercieron la Autoridad Suprema sobre el territorio y su población que origina la Costa Rica dominada por los españoles, por las autoridades que ellos impusieron. Y, podría considerarse también la historia aborigen de las comunidades indígenas que habitaban el territorio, organizados en comunidades que tenían sus caciques, con lo cual se sumarían otros gobernantes que no dejaban de tener presencia en sus comunidades aun cuando estaban sometidas, superada la resistencia a la dominación. Obviamente la dominación española anuló la gobernación de los caciques, pero existieron.

Pero, también hay que considerar como autoridades superiores de Gobierno a quienes ejercieron esa condición en la Capitanía General de Guatemala, o Reino de Guatemala como también se conoció, que eran autoridades superiores en toda la región de Centroamérica.

Del mismo modo, habría que tener como autoridades superiores de gobierno a los Virreyes que fueron nombrados como autoridades superiores del Virreinato de Nueva España o de México, al que pertenecía la Capitanía General de Guatemala.

Y, sobre todas estas autoridades estaban los propios Reyes de España, que fueron las autoridades supremas de todo el Reino Español, en España y Europa y en ultramar, fuera de Europa. Todo este engranaje de dominación política produce muchas personas como autoridades superiores de la Provincia de Costa Rica hasta su Independencia.

Desde este punto de vista, partiendo desde los días de la Independencia, para estimar el número de personas que han gobernado a la Provincia de Costa Costa Rica, al Estado de Costa Rica y a la República de Costa Rica, tenemos tres períodos a considerar. Primero, el período de las Juntas Superiores de Gobierno, así considerado el período que va desde 1821 hasta 1824. Segundo, el período de incorporación a la República Federal de Centroamérica, que nos provoca dos situaciones, la de los jefes de Estado, cuando formando parte de la República Federal nos constituimos en Estado de Costa Rica, miembro o parte de la República, junto con los otros Estados centroamericanos. Así tuvimos jefes de Estado de Costa Rica desde 1824 hasta 1848.

Dentro de este período de la República Federal tuvimos como autoridades superiores de toda la región centroamericana, y de Costa Rica, a los presidentes de la República Federal de Centroamérica.

Costa Rica se retiró de la República Federal en 1838, pero permaneció con el nombre de Estado de Costa Rica hasta el 31 de agosto de 1848, cuando el entonces jefe de Estado y primer presidente de la República de Costa Rica, el Dr. José María Castro Madriz, declaró la fundación de la República de Costa Rica, como empezamos a llamarnos desde esa fecha, y así se nos reconoce nacional e internacionalmente.

Como República de Costa Rica operamos hasta el 8 de mayo de 1948, cuando José Figueres, jefe supremo y líder victorioso de la guerra civil de marzo y abril de ese año, se impuso en el gobierno, sobre Otilio Ulate, que había resultado victorioso en las elecciones de febrero de 1948, que se las anularon, y fundó la llamada Segunda República, que es el período que hemos vivido desde 1948 hasta hoy.

Desde esta perspectiva, de manera directa, tuvimos 14 Reyes de España, como autoridades superiores de todo el Reino, incluido Costa Rica. No considero a Napoleón Bonaparte, cuando destituye al Rey y gobierna España desde 1808 hasta 1814. Como Virreyes de Nueva España, a la que pertenecía la Capitanía General de Guatemala, hubo 62 virreyes.

En el caso de la Capitanía General de Guatemala, las personas que ocuparon el principal puesto de mando en toda la región, se denominaron Capitán General de Guatemala, Gobernador, Teniente de gobernador, Adelantado de Guatemala, Presidente de la Real Audiencia de los Confines de Guatemala y Nicaragua, Oidor – presidente, Presidente – gobernador, Gobernador de la provincia de Guatemala, Jefe Político Superior, Presidentes y Superintendente General de la Real Hacienda, que sumaron todos ellos alrededor de 150 autoridades coloniales.

Desde 1821 hasta 1823 tuvimos organismos colegiados de gobierno que se llamaron Junta de Legados de los Pueblos, Junta Interina, Junta Electoral, Primera Junta Superior Gubernativa, Segunda Junta Superior Gubernativa, Diputación Provincial o Triunvirato, comandantes generales, Congreso Constituyente y Tercera Junta Superior Gubernativa. Este período de las Juntas gobernó desde el 12 de noviembre de 1821 hasta el 8 de setiembre de 1823. Durante ese período 13 personas ejercieron como los principales de esos gobiernos colegiados.

Desde el 8 de setiembre de 1823 Juan Mora Fernández asumió como jefe de Estado de Costa Rica, dando inicio a ese período, del Estado de Costa Rica, hasta 1848, que se desarrolló en 17 breves gobiernos, algunos de ellos repetidos por una persona, como lo fueron Juan Mora Fernández o Braulio Carrillo. Como gobernantes fueron 17 pero como personas gobernantes 14.

Dentro de la República Federal tuvimos, desde 1825 hasta 1838, cuatro presidentes en 7 períodos de gobierno. Francisco Morazán gobernó 4 períodos.

Con el inicio de la República de Costa Rica, a partir del 31 de agosto de 1848, José María Castro Madriz tuvo el título de presidente de Estado, del 8 de mayo al 31 de agosto de 1848. A partir de esta fecha se regularizó el título de presidente de la República, hasta hoy. Como presidentes de la República 30 personas ejercieron 41 gobiernos, porque algunas repitieron gobierno.

Desde los gobernantes de Costa Rica, en 1821, considerando gobierno tras gobierno, hasta el gobierno de Teodoro Picado, 1944-1948, hubo 72 períodos gubernativos, unos cortos, otros estables en períodos de 4 años cada uno.

Desde 1948 hasta el 2026 hemos tenido, considerando a la Junta de Gobierno, 21 gobiernos. 20 a partir del Gobierno de Otilio Ulate Blanco, iniciado el 7 de noviembre de 1949.

De esta manera, a Laura Fernández Delgado la tenemos como la presidenta 20 o 21 del período de la Junta de Gobierno, según se analice desde mayo de 1948 o desde el inicio del gobierno de Ulate. Sería la presidenta 20 o 21 del período de la Segunda República.

Si nos devolvemos hasta 1848, cuando se fundó la República y se estableció la denominación de presidente, o presidenta, si consideramos todos los gobiernos, uno a uno, Laura Fernández Delgado es la presidente o presidenta número 62. Y. si nos remontamos a los días de la Independencia, desde el período de las Juntas de Gobierno, Laura Fernández Delgado es la persona que ejerce la Presidencia del gobierno 93, desde aquella época.

Durante el período 1834-1859 hubo 10 personas que ejercieron el Poder Ejecutivo como Encargados del Poder Ejecutivo.

Para la ciudadana Laura Fernández Delgado los números que se le pueden aplicar al ejercicio de su período gubernativo, de su Presidencia, son los siguientes: 20, 21, 62, 93, todos al gusto… todos igualmente válidos.

“Unir el reino”

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

Este fin de semana en la ciudad de Londres se llevaron a cabo manifestaciones en que buscaban posicionar la idea de una patria común, en la que no tienen cabida los inmigrantes irregulares.

Es de sobra conocido el impulso que las ideas racistas, fascistas y nacionalistas ha recibido en varios países del mundo. No es fácil olvidar que no muy lejos de nuestra región, en el Estados Unidos de Donald Trump, continúan las redadas y los operativos contra cualquier persona sospechosa de provenir de un país distinto a ese. Paradoja de paradojas en un escenario formado históricamente por personas migrantes.

Las marchas convocadas este sábado 13 de setiembre contaron con varios personajes de la extrema derecha europea y un saludo por medio de un video del magnate estadounidense Elon Musk, quien ha aprovechado para enviar un mensaje sobre la vigorosidad de las ideas conservadoras a nivel global.

En la jornada la consigna a la patria ha sido la tónica. Bajo un discurso aglutinador en esa línea y contrario a la migración irregular, más de 100.000 personas se concentraron en esta manifestación, que contó con una contra en las cercanías, sobre el antirracismo, de apenas cinco mil seguidores.

Es claro. Vivimos aún los tiempos pospandémicos en que los reacomodos del mundo han visto crecer como una ola las ideas xenófobas, racistas y discriminatorias en todos sus extremos.

En Costa Rica se celebran en este mes las fechas conmemorativas a la obtención de la independencia. Los tonos celebratorios no llegan aún, por suerte, a esas escalas nacionalistas extremas.

Pero se debe estar alertas y atentos.

En estas fechas me gusta sugerir un material audiovisual que coloca en contexto esa diversidad que somos. Se trata de la pieza “Pongámonos de pie” disponible en YouTube (de la que desconozco fecha y autoría) en la que el himno nacional es cantado por varias voces, algunas de ellas representativas de las disidencias y las minorías.

Es que esas voces también son este país. Recordemos siempre este tronco común, para no salir aquí a buscar ese “reino” odioso en nuestro ADN.

De los símbolos patrios y su uso ante el Mes de la Patria

Vladimir de la Cruz

El Mes de la Patria, que se celebra tradicionalmente durante el mes de setiembre, asociado a la Declaración de la fecha de Independencia de Guatemala, del 15 de setiembre, que sirvió de detonante para que cada Provincia que integraba la Capitanía General de Guatemala, con conocimiento de esa decisión, así se pronunciara.

La noticia de ese acontecimiento llegó a Costa Rica, el 13 de octubre, acompañada de la Declaración de Independencia, del 28 de setiembre, tomada en Nicaragua, la conocida por su expresión de declarar su Independencia “hasta que se aclararen los nublados del día”, lo que rectificaron el 11 de octubre.

A partir del 13 de octubre en el país el último gobernador colonial, Juan Manuel de Cañas, no pudo ocultar la noticia de la desintegración colonial que estaba sucediendo en el Virreinato de México y en la Capitanía General de Guatemala, a los cuales pertenecíamos. La puso en conocimiento de los pueblos con la intención de que nombraran delegados para reunirse en Cartago, la capital de la Provincia de Costa Rica, en aquellos años, el 29 de octubre para tomar la decisión correspondiente.

Así en Cartago se reunieron las autoridades políticas más importantes de Costa Rica, en ese momento, junto a los delegados de Ujarrás,

Alajuela, los Legados de San José, Heredia, Barba, delegados de los Ayuntamientos Bagaces, y ese 29 de octubre declararon la “Independencia absoluta del Gobierno español”.

De seguido, como lo hicieron las provincias de la Capitanía General de Guatemala, se dispuso “observar la Constitución y las Leyes que promulgue el Imperio Mexicano”, de Agustín de Iturbide, integración que no llegó a concretarse, dando campo al desarrollo que desde 1824 hasta 1838 funcionó con nuestra presencia, las Provincias Unidas del Centro de América y la República Federal de Centroamérica.

En 1824 el Congreso Federal resolvió establecer la fecha del 15 de setiembre como una fecha a celebrar en toda la Federación, a la vez que se debía celebrar la fecha en que cada Provincia, o Estado, en ese momento, debía celebrar la propia, El Salvador el 21 de setiembre, Honduras el 28 de setiembre, Nicaragua, el 11 de octubre y Costa Rica el 29 de octubre.

Desintegrada la República Federal, el 31 de agosto de 1848, el Dr, José María Castro Madriz, declaró siguiendo un acuerdo del Congreso Nacional, del 30 de agosto, la República de Costa Rica recogiendo las iniciativas que en ese sentido habían propuesto un grupo de municipalidades.

El Mes de la Patria, que se celebra, así debería arrancar con la fecha del 30 y del 31 de agosto de 1848, cuando el Congreso Nacional tomó la decisión, a iniciativa de ese grupo de municipalidades, de declarar la República de Costa Rica, lo que el 31 de agosto afirmó y así lo proclamó en definitiva el Dr. José María Castro Madriz, dejando de usarse el término Estado de Costa Rica, nombre que habíamos tenido dentro de la República Federal.

Si el Mes de la Patria está asociado a esa fecha de la Independencia, bien debe prolongarse su celebración, como realización de actividades cívicas y protocolarias, conmemorativas a la identidad de nuestro país, de nuestra Nación y de nuestro sistema democrático, hasta el mes de octubre, para que quede cubierta la fecha del 29 de octubre, cuando en Cartago se proclamó y decidió, como capital que era de la Provincia de Costa Rica.

Las celebraciones que se realizan durante este mes exhiben banderas de Costa Rica, en todos los establecimientos escolares, edificios públicos, en todas las casas, empresas e instituciones de distinto tipo, que de esa manera se unen a la celebración. Cuando no se ponen banderas se exhiben los colores de la bandera, azul, blanco y rojo, Bandera Nacional también establecida por el Dr. José María Castro Madriz, que son los colores de los revolucionarios franceses de 1789, establecidos también en la Bandera de Francia.

La Bandera Nacional como Símbolo Patrio es el más distinguido de todos los símbolos existentes, es el que más nos representa a todos los costarricenses, y a Costa Rica en el concierto internacional de las Naciones. La Bandera Nacional desde su origen, el 29 de setiembre de 1848, ha permanecido inalterable, invariable, como ha sucedido de igual manera con la música del Himno Nacional, aprobada en el gobierno de Juan Rafael Mora Porras, escrita e interpretada el 11 de junio de 1852.

Los Símbolos Mayores de nuestra Patria son la Bandera Nacional y el Escudo Nacional, que nació con la Bandera, el Pabellón Nacional, que es la integración de la Bandera y el Escudo, la Música y la Letra del Himno Nacional. Desde 1939 se han creado otros símbolos nacionales MENORES, cuando

Los Símbolos Nacionales tienen normas de uso que deber seguirse y de respetarse. Es importante tenerlas presentes, especialmente en este mes, que se populariza al extremo su uso.

Entre las normas, o reglas que deben acatarse con la Bandera, están las siguientes:

1.- No se puede usar para cubrir tribunas de ningún tipo. Cuando en un acto, reunión o actividad cívica, no hay tribuna se coloca a la derecha del lugar de honor o de más distinción en que pondrá.

2.- La bandera nunca debe usarse, en ninguna forma, como colgadura. En su lugar se usa estameña roja, blanca y azul.

3.- Cuando flota o se coloca junto con las banderas de provincias, ciudades o sociedades se debe poner más alto y en el centro

4.- La Bandera nunca se debe desplegar sucia, rota, deshilachada o desteñida. Tampoco puede guardarse rota, sucia o con daño alguno. A la hora de desplegarse o izarse hay que asegurarse que no se le producirá daño alguno.

5.- La Bandera nunca debe usarse como traje.

6.- No se le puede bordar la Bandera en cojines, tapetes, manteles, servilletas o pañuelos, en etiquetas de botellas o cosas de uso temporal, ni tampoco en propaganda política.

7.- No debe servir de anuncio, ni propaganda comercial de ningún género.

8.- No se le pueden poner, ni debe tener, inscripciones ni letras de ninguna naturaleza. Es usual grabarle “Costa Rica”, lo que no debe hacerse.

9.-No se le puede destinar a usos impropios ni se le puede poner nada encima, ni pegarle figuras, diseños, logos, insignias comerciales o de cualquier tipo.

10.- La bandera debe no puede estar en contacto con lo que esté debajo de ella, suelo, basuras, agua, o lo que sea.

11.- La bandera no se puede usar como cortina.

12.- La bandera no se puede exhibir plegada, sino que siempre debe tener una caída libre

13.- Sobre la Bandera, o a su derecha, no se podrá poner ninguna otra bandera.

14.- En las fiestas patrias se debe izar la bandera en todos los edificios públicos.

15.- Por respeto a la Bandera Nacional no debe izarse cuando hay inclemencia climática.

16.- No se debe colocar atrás de los vehículos o los transportes.

17.- Si la Bandera se usa en situaciones de duelo se debe colocar a media asta.

18.- Cuando se usa o se permite su uso para cubrir ataúdes, de grandes personalidades nacionales, éste debe ser llevado hacia adelante y la bandera con las franjas hacia adelante.

19.-Nunca se debe permitir que la bandera entre en la fosa, ni se puede enterrar, ni que toque el suelo. Tampoco se puede usar para cubrir parte de un cuerpo, el corazón por ejemplo, que se le extraiga a un cuerpo para ser enterrado aparte.

20.- En las iglesias cuando está en el presbiterio la Bandera Nacional se coloca al lado derecho del clérigo, dándole el frente a los fieles, y los estandartes religiosos se ponen a su izquierda. Fuera del Presbiterio se pone a la derecha y de frente a los fieles.

21.- Para destruir una Bandera dañada se debe quemar en privado.

La Bandera Nacional como símbolo supremo solo puede ser usada en lo que le es propio, y debe izarse cuando así lo ordene el Poder Ejecutivo.

Una cuestión importante que se debe seguir, con el uso y respeto que se le debe tener a la Bandera Nacional, es la forma de saludarla.

Hay tres formas de saludarla. Una es extendiendo el brazo derecho al frente, al pasar delante de donde está enarbolada; la segunda, colocando la palma de la mano derecha sobre el corazón y, la tercera, colocando el antebrazo derecho en forma horizontal frente a la garganta.

La colocación de la palma derecha sobre el corazón es símbolo de la disposición de arrancarse el corazón y de ofrendar la vida en defensa de la Bandera, la Patria y la Nación en ella representada.

La colocación del antebrazo derecho en forma horizontal frente a la garganta es compromiso de que antes de proferir palabras o pensamientos contra la Patria y la Nación se está en disposición de cortarse la garganta, de que jamás se dirán tales expresiones y de cortarse la cabeza antes que actuar de esa forma.

En todos los casos en que se salude a los Símbolos Nacionales, las personas presentes deben ponerse de pie y dar la cara a la Bandera al momento de hacerlo. Quienes usen sombrero o gorra se la deben quitar y poner en el hombro izquierdo. Los extranjeros presentes en estos actos tienen el deber de ponerse de pie.

Cuando la bandera no esté izada, o no se ice, y se ejecute el Himno Nacional, las personas al saludar este Símbolo, dan la cara hacia donde se entona la música y se ponen de pie.

En el momento en que se despliega la Bandera es cuando se realiza el saludo. Si el Himno se ejecuta cuando ya la Bandera está presente, entonces las personas deben dirigir su cara hacia la bandera y proceder a realizar el saludo, permaneciendo en esa forma hasta el final.

Los símbolos nacionales expresan lo mejor de evolución histórico política de la nación y exaltan la esencia del ser costarricense, de sus momentos de gloria.

Se considera la Bandera como el símbolo más distinguido y preciado de la unidad del pueblo, del patriotismo y la soberanía.

Es ante la Bandera que se realiza el Juramento de las autoridades públicas que lo deben rendir, y se debe saludar a los Símbolos Nacionales con la mayor solemnidad.

El Mes de la Patria debe provocarnos a pensar sobre la Costa Rica que queremos. Debe invitarnos a reflexionar, analizar y decir qué Costa Rica queremos construir en el futuro inmediato y percibir la Costa Rica del largo plazo, la que exige un Pacto Nacional para impulsarla.

Compartido con SURCOS por el autor.

Lo que ha hecho el Poder Ejecutivo con la celebración de la Independencia en Cartago es moral y políticamente despreciable

Vladimir de la Cruz

El 29 de octubre, guste o no guste, se esté de acuerdo o no con esa fecha, de 1821, fue cuando en Cartago, entonces la capital colonial de Costa Rica, se tomó la decisión de Declarar la Independencia absoluta del reino español.

Como se dice en el Artículo primero del Acta, de esa fecha, que se aprobó por el Ayuntamiento de Cartago, que reunía delegados de distintos pueblos, nombrados en cabildos abiertos, para tomar una decisión frente a las Actas de Independencia de Guatemala, del 15 de setiembre, y la de León de Nicaragua, de 28 de setiembre, que habían llegado a conocimiento de los costarricenses el 13 de octubre, las cuales se pusieron en conocimiento de los costarricenses, en sus pueblos, para que enviaran delegados a Cartago, que se reunirían ese día, 29 de octubre para tomar una decisión.

Así ese glorioso día, 29 de octubre de 1821, se Declaró la Independencia de Costa Rica, como lo hicieron en las distintas provincias de Centroamérica, en sus respectivas fechas, el 21 de setiembre en El Salvador, el 28 de setiembre en Honduras, Comayagua, y en Nicaragua, actuando. de la misma manera, el Acta del 15 de Setiembre de Guatemala como el detonante de esas otras Declaraciones.

Se ha celebrado el Bicentenario de la Declaración de la Independencia de Guatemala, como la de Centroamérica, con todas la formalidades que siempre se ha tenido con esa fecha, a pesar de que desde la Asamblea Nacional Constituyente, de las Provincias Unidas de Centroamérica, del 1 de julio de 1823, se señaló que la opresión ejercida por el gobierno español “excitó a los pueblos el más ardiente deseo de recobrar sus derechos usurpados, que a impulsos de tan justos sentimientos, todas las provincias de América sacudieron el yugo que las oprimió por espacio de tres siglos: que las que pueblan el antiguo reino de Guatemala proclamaron gloriosamente su independencia en los últimos meses del año 1821”, refiriéndose a los meses de setiembre y octubre, y a las independencias pronunciadas a partir de la de Guatemala, por el Salvador, Nicaragua, Honduras y Costa Rica, y por Acuerdo del Supremo Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas de Centroamérica, del 1 de setiembre de 1823, se dispuso “que en todos los pueblos de las Provincias Unidas se celebre la Memoria del día en que cada uno proclamó su independencia del gobierno español”, siendo el caso de Costa Rica, el 29 de octubre de 1821.

El próximo viernes 29 de octubre se cumple el Bicentenario de la proclamación de la Independencia de Costa Rica, hecha en Cartago. El Gobierno Municipal de Cartago ha hecho todos los esfuerzos por hacer una digna celebración, que incluye la develación de un Monumento a la Libertad, a la Independencia, en la Plaza Mayor de esa ciudad al frente del Palacio Municipal, entre una gran cantidad de actividades que allí se han venido celebrando y realizando por la Municipalidad, por la Asociación de la Puebla de los Pardos y otros grupos culturales, con publicaciones de un enorme valor investigativo y documental.

Para el viernes el Gobierno municipal y el Alcalde de Cartago, Mario Redondo, gestionaron ante el Gobierno de la República que se diera asueto a los trabajadores públicos para celebrar, como se debe, esta fecha bicentenaria. El Gobierno ha rechazado, ha denegado, este asueto. Según el Presidente Carlos Alvarado, para el Poder Ejecutivo “esta fecha no tiene fundamento ni razón de ser”, así comunicado por la viceministra de Gobernación y Policía, Priscilla Zúñiga al Gobierno municipal, cuando la práctica, del asueto, por más de 50 años se ha dado en Cartago a los funcionarios públicos, particularmente, del Cantón Central.

Si para el Presidente y su Gobierno que “esa fecha no tiene fundamento ni razón de ser”, ¿para qué va a ir el Presidente a las celebraciones que están programadas, movilizando hasta la Sinfónica Nacional, para que entone el Himno Nacional, por asistir el primer Mandatario? No solo es un absurdo y una contradicción, sino una verdadera afrenta a los cartagineses, y al país, que el Presidente que desprecia esta fecha se haga presente, solo para la pasarela política, y las cámaras de los medios de comunicación, en un acto tan importante que él desprecia, ignora y que del todo no justifica.

Según me han dicho irá y participará con una representación “medio oficial”, término que desconocía de las participaciones oficiales del Presidente. Pero si va a medias, a medias deben recibirlo en la Municipalidad, en los actos oficiales de esa celebración, y a medias deben darle su protocolo oficial en esos actos, como si fuera un medio presidente.

La postura del Presidente en este caso muestra lo absurdo de estar trasladando las fechas patrias, como las del 11 de abril, 1 de mayo, 15 de setiembre, por citar unas, para lunes o viernes, cuando “caen” esas fechas entre martes y jueves de la semana, lo que se ha justificado “comercialmente”, “económicamente” y “turísticamente” no para hacer celebraciones de tres días en torno al significado nacional y patriótico de esas efemérides, sino para que alejados de esas fechas y de sus contenidos, los ciudadanos que puedan ir a las playas y lugares de recreación puedan aprovechar, esos tres días seguidos, como si fuera un fin de semana extenso o más largo, y contribuir de igual manera a la desmemorización de valores y significados patrios.

Para quienes han venido imponiendo esta práctica de feriados extensos lo único que les interesa es hacer plata, hacer más dinero…eso es todo su patriotismo.

En este caso, que el 29 de octubre cae un viernes, bien pudieron haber justificado “su patriotismo” dentro de esa misma filosofía y haber dado el asueto, de los tres días desde el viernes incluido, para los que quisieran irse a vacacionar, con pago de fin de mes, también incluido, y dando, a la vez, también, la oportunidad de que quienes quisieran sumarse a las fiestas y actos de celebración del Bicentenario, de la Independencia en Costa Rica, lo hubieran hecho al calor del entusiasmo que ha puesto la Municipalidad de Cartago en esto, y de la develación del Monumento a la Libertad o la Independencia, como se conocerá ese Monumento en Cartago.

Que no hayan dado el feriado o el asueto, como se gestionó, no es por compromiso patriótico con la producción del país, ni por ahorrarle dinero al erario público, o a los costarricenses y a los empresarios. Es tan solo por mezquindad, por falta de nobleza con el pueblo de Cartago y del pueblo costarricense, en no celebrar la Fecha de Independencia Nacional, proclamada en Cartago.

Lo hecho por el Poder Ejecutivo es moral y políticamente despreciable. Así, despreciablemente, deberían recibir, en trato y en su presencia, sin ninguna distinción especial, de la manera más simple posible, a los representantes del Poder Ejecutivo en Cartago, y en la Municipalidad, el viernes que llegarán para la foto.

Lo resuelto por el Poder Ejecutivo expresa ruindad y bajeza, la falta de conocimiento histórico de quienes tomaron esa decisión de que esta “esta fecha, del 29 de octubre, no tiene fundamento ni razón de ser”. Si es así, ¿para que van a ir los señores del Poder Ejecutivo y su comparsa de ignorantes acompañantes? ¿Para qué están “embarcando” al Presidente con semejante estupidez de la incomprensión de esta fecha?